Podrás encontrar algunos textos de mi autoría en la página http://culturamexico2005.diinoweb.com/files/ En ésta página colocaré periódicamente alguno de ellos, para su más fácil acceso. Espero que sean de tu interés. A continuación, un texto del 2006. La Nación después de las elecciones, la política cultural Carlos J. Villaseñor Anaya Hace casi una década, en el libro ?El Choque de las Civilizaciones?, Samuel P. Huntington nos decía: ?En el mundo de la posguerra fría, las distinciones más importantes entre los pueblos no son ideológicas, políticas ni económicas; son culturales. Personas y naciones están intentando responder a la pregunta más básica que los seres humanos pueden afrontar: ¿quiénes somos? Y la están respondiendo en la forma tradicional en que los seres humanos la han contestado, haciendo referencia a las cosas más importantes para ellos. La gente se define desde el punto de vista de la genealogía, la religión, la lengua, la historia, los valores, costumbre e instituciones. Se identifica con grupos culturales: tribus, grupos étnicos, comunidades religiosas, naciones y, en el nivel más alto, civilizaciones.? Parafraseando a Huntington, podríamos decir que en el mundo postelectoral mexicano, las distinciones más importantes no son ideológicas, políticas ni económicas; son culturales. Para intentar aclarar un poco el sentido cultural del conflicto que hemos vivido en los meses recientes, añadiría una segunda cita del mismo autor: ?La gente usa la política no sólo para promover sus intereses, sino también para definir su identidad. Sabemos quiénes somos sólo cuando sabemos quiénes no somos, y con frecuencia sólo cuando sabemos contra quiénes estamos.? Si bien las reflexiones que hace Huntington surgen específicamente a partir de los nuevos balances geopolíticos que estaban emergiendo después de la caída del Muro de Berlín, me parece que pueden resultar orientadoras para intentar elaborar un mapa de la realidad Mexicana actual, a partir del hecho de que continuamos viviendo una transición que seguramente concluirá la sustitución del modelo de relaciones que estuvo vigente durante casi setenta años, por decir lo menos. ¿Cuál será el nuevo modelo de relación que surja de la transición? No lo se, pero de lo que sí se es que seguramente se centrará en un nuevo balance de las relaciones entre la diversidad cultural de nuestro país. Lo cultural y la cultura Más allá de lo artístico, lo cultural abarca todos los códigos, símbolos y significados que utilizamos para comunicarnos, para establecer relaciones sociales, con objeto de resolver nuestras necesidades; insertos en un medio ambiente específico. Los códigos que utilizamos para la convivencia, van generando cohesión entre aquellos quienes los comparten. A la vez, le dan sentido a nuestras relaciones sociales. Ese conjunto de códigos y el sentido que producen, nos identifican respecto de otros grupos sociales. Es decir, nos dan identidad. Utilizamos el término código en el sentido de que éste puede ser desde una palabra, hasta una Fiesta Patronal. Basta hablar de la Virgen de Guadalupe, del Mole Poblano, de la Danza del Venado o del Huapango de Moncayo, para saber que estamos hablando de códigos méxicanos. Cada uno de ellos es un símbolo que compartimos, que nos cohesiona, y que define el sentido de nuestras acciones. En ese orden de ideas, lo que habitualmente llamamos cultura, es el sustrato de se va conformando por aquellos códigos que siguen siendo capaces de darnos cohesión, de producir sentido y de darnos identidad, a lo largo del tiempo. Desde ésta perspectiva, mientras los ritos, las tradiciones, las costumbres, la fiesta, las artes, la gastronomía, la historia mínima compartida y otras tantas cosas, sigan siendo capaces de cohesionarnos, darle sentido a nuestra asociación e identificándonos respecto de otros grupos sociales, seguirán formando parte de nuestra cultura. Diversidad cultural de México Se enuncia que México es un país multiétnico y pluricultural. Vale la pena dedicar algunos párrafos a entender lo que ello significa. México goza de una megadiversidad que lo coloca entre los primeros lugares mundiales. Ello ha dado origen a muy distintas necesidades y formas de relación social que, como consecuencia, han producido una diversidad cultural también excepcional. Es evidente que no se tienen las mismas necesidades, ni se construyen los mismos códigos, si se vive en la orilla del mar, en el desierto, en la selva húmeda, en el altiplano o en la montaña. De ahí que podamos hablar por ejemplo de 62 lenguas indígenas. Lenguas que traen aparejadas historia, arte, ritos, tradiciones y fiestas, por decir lo menos. A esa ya de por sí basta diversidad cultural, se fueron sumando los constantes flujos migratorios que se han asentado en nuestro país, quizás el más evidente e influyente el que comenzó en el siglo XVI, que si bien incluyó mayoritariamente a europeos, también trajo consigo un número importante de asiáticos y africanos. Sería injusto no mencionar también a las comunidades Judía y Libanesa, tan trascendentes ambas para la vida social de nuestro país. O la determinante influencia de los intelectuales españoles o sudamericanos que se refugiaron en nuestro país. Esa pluralidad cultural, que ha sido una constante en nuestro territorio, ha sido siempre objeto de una política de Estado, aunque ello no necesariamente significa que esa política haya reconocido la diversidad y promovido un diálogo intercultural. A la luz de la historia, me parece posible afirmar que una línea constante de la política cultural del Estado Mexicano, ha sido la búsqueda de la referente único que se sobreponga y articule la diversidad. Por ejemplo, en el siglo XIX, tomando como base al modelo Francés, el referente de validación de la expresión artística lo fueron las Bellas Artes. Lo que no se ajustaba a ese canon solamente podía aspirar, en el mejor de los casos, a adquirir la categoría de folklore. Durante el siglo XX, el modelo de la Cultura Nacional era el que validaba las expresiones culturales. Incluso, por ejemplo, los líderes del muralismo Mexicano llegaron a decir que no había más ruta que la suya. En ambos casos, la diversidad cultural del país era vista como minusválida respecto del centro productor de conocimiento; y, en consecuencia, un territorio a conquistar, una provincia a la que había que llevarle la luz del conocimiento. De ahí, por ejemplo, la estrategia de las misiones culturales, que tenían por objeto portar la cultura y el progreso al territorio de la República. De una Capital que es percibida como generadora a una provincia considerada como receptora. Sin embargo, la diversidad cultural ha seguido presente a lo largo de nuestra historia. En parte porque la biodiversidad sigue informando el desarrollo cultural y en parte porque los sustratos simbólicos de las comunidades siguen siendo capaces y mucho más pertinentes para seguir generando cohesión, sentido e identidad. Máxime, frente a las propuestas uniformizantes de la globalización. La UNESCO Después de la caída del Muro de Berlín, se hizo evidente la diversidad cultural que estaba oculta detrás del esquema bipolar. Lo que antes era un bloque hermético, tanto en oriente como en occidente, se expresó repentinamente en un conjunto diverso de pueblos y culturas. Los valores culturales integrantes de la identidad, las matrices esenciales como la pertenencia étnica o religiosa, se convirtieron en elementos fundamentales para que los pueblos pudieran distinguirse entre sí y sustentar su nuevo lugar en un mundo que ahora era distinto. Más allá de la economía, de la política o de las ideologías, los pueblos comenzaron a encontrar su nuevo lugar en el espacio público en razón de las diferencias culturales que los distinguían a unos de otros. A finales del siglo XX y principios del XXI, hemos sido testigos de innumerables conflictos bélicos que se sustentan a partir de diferencias culturales. La UNESCO, entonces, inicia en 1988 una nueva vertiente de análisis. Ahora la preocupación prioritaria es reconocer la existencia de esa diversidad y tratar de establecer recomendaciones de política cultural que hagan posible la convivencia en un entorno pluricultural. La paz futura del mundo se deberá escribir en código de interculturalidad. Producto de esa nueva vertiente se suscribe, entre otros documentos, la Declaración Universal a favor de la Diversidad Cultural (2001), que en su artículo primero dice: Artículo 1 ? La diversidad cultural, patrimonio común de la humanidad La cultura adquiere formas diversas a través del tiempo y del espacio. Esta diversidad se manifiesta en la originalidad y la pluralidad de las identidades que caracterizan los grupos y las sociedades que componen la humanidad. Fuente de intercambios, de innovación y de creatividad, la diversidad cultural es, para el género humano, tan necesaria como la diversidad biológica para los organismos vivos. En este sentido, constituye el patrimonio común de la humanidad y debe ser reconocida y consolidada en beneficio de las generaciones presentes y futuras. De esa Declaración, se derivaron los siguientes documentos internacionales: .- Convención para la salvaguardia del patrimonio cultural inmaterial (2003) .- Convención sobre la protección de la diversidad de los contenidos culturales y las expresiones artísticas (2005) Políticas culturales para el próximo decenio Los recientes procesos electorales de México han sido sumamente competidos y han producido diferencias porcentuales mínimas entre el primero y segundo lugares. A muy grandes rasgos, podemos percibir que las diferencias entre las ofertas políticas de los candidatos no son radicalmente distintas entre sí. Todas ellas parten del acuerdo en lo fundamental de darle continuidad a una república federal, democrática, bajo el sistema de mercado. La diferencia específica en la oferta política, me parece, está dada por los valores que están implicados en cada una de ellas. El discurso se ha polarizado ha partir del intento de singularizar un ellos y un nosotros, a partir de la forma en la que es abordada por cada uno de los grupos la diversidad que está presente en el país. Si bien la diversidad es un hecho objetivo, evidente e innegable, el centro de la controversia es la forma en la que se propone darle organización y gobernabilidad. Como hemos podido observar a nivel internacional, la singularización de la identidad es la vía que mejor ha posibilitado el acceso al espacio público durante la última década del siglo XX y la primera del siglo XXI. No sólo hablamos de los pueblos que han logrado su reconocimiento como Estado a partir del argumento de sus diferencias identitarias, principalmente étnicas o religiosas, como lo han sido muchos surgidos de la antigua Unión Soviética; sino también, de las numerosas organizaciones que han ganado visibilidad en el espacio público a partir de conjuntos específicos de códigos que les dan cohesión, sentido e identidad. Tal y como es el caso, por ejemplo, de Greenpeace o de los globalifóbicos. Otro ejemplo muy interesante y cercano, es la nueva posición que ha ganado la minoría latina en EUA, a través del empoderamiento de los valores culturales de identidad mexicanos. Ese fenómeno se ha visto indudablemente potenciado a través de las tecnologías de comunicación que han permitido el contacto horizontal, más allá de las fronteras de los Estados Nación, de personas que comparten necesidades, visiones e intereses. En ese orden de ideas pareciera que la política se ha convertido en el ámbito donde muy diversas comunidades e individuos, que se perciben como diferentes entre sí, están negociando el acceso al espacio de lo público y la apropiación de un nuevo esquema para organizar las relaciones de la diversidad. Debo alertar muy contundentemente que la transición consiste precisamente en un momento donde el antiguo marco referencial para el establecimiento de relaciones sociales ya no resulta útil, ni pertinente; pero, a la vez, no ha terminado de ser construido un nuevo marco de referencia que lo sustituya. México está precisamente en una transición y, sobre esa premisa, es que parte mi propuesta de lo que pudiera ser la política cultural del Estado Mexicano. Hablo del Estado Mexicano, como la figura que representa el acuerdo fundamental de la sociedad y no de las políticas culturales que deberá instrumentar el gobierno, a partir de ese acuerdo social primero. Con ello quiero distinguir muy claramente que la política cultural es un asunto que nos compete a todos y que está más allá de la iniciativa de los partidos políticos o de los funcionarios que ocupen posiciones de gobierno. El acuerdo de cómo nos vamos a relacionar en la diversidad no sólo debe surgir, sino que indefectiblemente surgirá del acuerdo social que construyamos entre todos nosotros. Resulta difícil imaginar que todo el país se siente a una mesa a convenir, pero no es de esa manera como se construye el acuerdo. Es a través de la decantación de nuestras decisiones diarias, de los códigos que elegimos utilizar, de la forma en la que los combinamos, de aquellos que privilegiamos o desechamos, de donde va a surgir esa nueva forma de relación que sea apropiada por todos. Cada una de nuestras decisiones asigna un valor concreto a un código específico, y si esa asignación de valor produce resultados satisfactorios en nuestras relaciones, ésta va ganando un espacio y logrando continuidad. Es tan sencillo e instantáneo como eso y, a la vez, tan trascendente. La UNESCO ha planteado recomendaciones de política cultural que, desde mi punto de vista, son consistentes con ese planteamiento, ya que no buscan determinar un nuevo contenido de lo cultural, sino que únicamente alientan el reconocimiento de la diversidad y promover su diálogo horizontal, como un medio para garantizar la creatividad. Dicho de manera muy sencilla, a mayores posibilidades de combinación de códigos, estaremos en mejores condiciones de encontrar nuevas soluciones a los nuevos problemas. Esa combinación de códigos, para encontrar nuevas soluciones, ya la hacemos cotidianamente en nuestra vida diaria. La performa, el multimedia, la nouvelle cuisine o el movimiento retro, son formas de explorar nuevas opciones de combinación de códigos, para verificar si resultan pertinentes y apropiables. Uno de los problemas a los que nos hemos enfrentado es que la globalización, en su pretensión establecer formas de relación únicas a escala global, eliminó muchos códigos de la diversidad cultural. De ahí que una acción prioritaria sea la de reconocer y empoderar esos códigos. Ampliar la noción de patrimonio cultural y establecer mecanismos de reconocimiento. De ahí, por ejemplo, la Convención para la salvaguardia del patrimonio cultural inmaterial. A continuación, hay que establecer medidas para garantizar la circulación y la posibilidad de asignarles valor a esos códigos locales, dentro de las relaciones sociales. En ese sentido, considero de la mayor importancia el contenido de la Convención sobre la protección de la diversidad de los contenidos culturales y las expresiones artísticas. En ese mismo orden de ideas, la recomendación para proteger más eficientemente los derechos de los autores e intérpretes, pues sin la debida garantía, esos creadores se verían limitados para hacer circular los nuevos códigos contenidos en sus obras y la sociedad se vería privada de insertarlos dentro del circuito de relaciones, para asignarles un valor y estimar su continuidad histórica. Así mismo, resulta pertinente la propuesta de generar y fortalecer los espacios de diálogo intercultural, ya sean a través espacios escénicos, museos, bibliotecas o los medios de comunicación masiva o el Internet. El objetivo es lograr la mayor circulación posible de códigos, en ámbitos propicios para el intercambio social, que faciliten la construcción de nuevas soluciones y su apropiación por el mayor número de individuos posible. Se trata de promover la interculturalidad. En las recomendaciones de la UNESCO, está siempre presente el llamado a los valores del diálogo horizontal, respetuoso del otro, corresponsable y propositivo. Del reconocimiento de la diversidad como un medio, valga reiterarlo, para garantizar la creatividad del género humano. Del valor de los códigos locales, en razón de que son los más pertinentes para establecer relaciones sociales en un entorno social y un medio ambiente específicos, y que se ha demostrado que no pueden ser plenamente sustituidos por códigos de pretendida validez universal, porque no producen el mismo rendimiento de felicidad. México, quien ha suscrito cada uno de las Convenciones antes mencionadas, está en una transición de la que surgirá un nuevo acuerdo fundamental sobre la forma en la que abordará la diversidad cultural de nuestro país. En paralelo al proceso que desarrolle la sociedad para definir la política cultural del Estado Mexicano, los tres ámbitos de gobierno deberán estar atentos para establecer las políticas culturales que generen un marco legal y administrativo que sea propicio para el desarrollo de ese proceso de nuevo acuerdo en lo fundamental. Ello no es monopolio de un partido o de un grupo gobernante, es una necesidad a la que hay que dar una respuesta pertinente, como medio de legitimación de su actuación pública. México, tiene la valiosa oportunidad de encontrar en una nueva forma de aproximación al reconocimiento de la diversidad cultural y su diálogo intercultural y, con ello, permitir el acceso al espacio público a numerosos grupos que actualmente se perciben ajenos al desarrollo nacional. La restitución del tejido social, la posibilidad de generar capital humano, la oportunidad para definir una nueva noción de desarrollo incluyente y sustentable, para México, se escribirá en código cultural.
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