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| El
desafuero
Cecilia González Arenas |
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Después
de los ríos de tinta que han corrido en este país con el
tema del desafuero del jefe de gobierno del DF, resulta reiterativo escribir
sobre lo mismo; sin embargo, como en toda acción humana, es preciso
el análisis cuidadoso y la búsqueda incesante de explicaciones,
fundamentos y, de ser esto posible, soluciones. |
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| Cuba
en el corazón Retos del pensamiento crítico Héctor Díaz-Polanco |
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En diversos tonos, intelectuales de izquierda han condenado las penas de cárcel impuestas en Cuba a un grupo acusado de varios delitos, así como la aplicación de la pena de muerte a tres secuestradores de una lancha. Difiero de los que piensan, a la vieja usanza, que criticar a los aliados o a los proyectos progresistas, de suyo es alimentar el proyecto del imperialismo. Pero me opongo también a quienes piensan que un desacuerdo, por más fuerte que sea, con las medidas de las autoridades de la isla, debe implicar el rechazo de la Revolución Cubana, ponerse al margen, abandonar el campo. Se diga lo que se diga, en las circunstancias concretas que vivimos hoy, dar la espalda al pueblo cubano —lo que no se refiere a la discrepancia, siempre válida— equivale a alimentar el proyecto imperial. Si bien es inaceptable que se detracte a los intelectuales que discrepan, por el sólo hecho de manifestar su desacuerdo, es también insostenible que los críticos, que hablan desde una perspectiva de izquierda, impliquen que su reprobación conlleva tocar la retirada o a abandonar la defensa del proceso revolucionario cubano. En esto no puedo seguir ni a Saramago ni a otros intelectuales. Tendría que demostrarse, al menos, que el sistema sometido a juicio se ha erosionado, que su práctica es la negación del proyecto sociopolítico que lo alentó y que los derechos fundamentales de los cubanos han sido conculcados, lo cual no es, ni de lejos, el caso de la Revolución Cubana. Saramago proclamó que considera la disidencia un acto irrenunciable de conciencia y que rechaza la pena de muerte. No tengo objeción a esos planteamientos generales, con las precisiones que haré más adelante. Pero Saramago deriva un rotundo: “Hasta aquí he llegado”. No creo que esta conclusión se deduzca, ni filosófica ni políticamente, de la discrepancia manifestada. Oponer preceptos generales a los argumentos particulares del otro, y con ello dar por terminado el diálogo, no es un ejercicio de la razón crítica; a menudo es un gesto dogmático y soberbio que, en la historia, ha sido la práctica habitual de los poderosos. Discrepar con uno o más actos de la Revolución Cubana no tiene por qué conducir a desentenderse de ese experimento social, uno de los más valiosos de nuestro tiempo; a implicar que ya nos será ajena la solidaridad con ese pueblo (al parecer comprendida en esta sentencia de Saramago: “en adelante Cuba seguirá su camino, yo me quedo”). Si este proceder se generalizara entre la intelectualidad que ha sido solidaria con el pueblo de Cuba —poco interesa aquí la previsible logomaquia del imperio y de sus intelectuales de derecha—, el sanguinario totalitarismo imperial que hoy nos amenaza a todos alcanzaría un triunfo político-ideológico. Y hay que dejarlo claro: un triunfo de ese tipo de los enemigos de la Cuba revolucionaria, por ahora improbable, no podría ser anulado por las buenas intenciones que animen a los que practican la crítica como defección. Las sombras del universalismo ¿Qué es lo que realmente ha cambiado, que induce una variación de actitud tan drástica en algunos intelectuales que anteriormente valoraban con entusiasmo el ejemplo cubano? ¿Han sido las últimas medidas contra “disidentes” (estas comillas las justificaré más adelante) y transgresores de las leyes del país? No parece ser así, ya que por lo que hace a estas medidas la política del Estado cubano no ha variado. Así, pues, no es evidente la relación entre los hechos reprobados y el nuevo camino seguido por algunos intelectuales. Vuelvo a mirar la foto, tomada en La Habana, en febrero de 1992, ya en pleno “período especial”: un grupo de intelectuales, entre ellos Saramago, saludamos al comandante Fidel Castro; a un lado de éste, Roberto Fernández Retamar, nuestro anfitrión en Casa de las Américas. Se festejaba el cierre de los trabajos de los jurados del Premio Casa y de los eventos culturales con motivo del Quinto Centenario. Revivo la admiración de Saramago hacia la Revolución Cubana, sus logros y la calidad de sus dirigentes; sus penetrantes comentarios sobre la importancia de este vasto experimento social, temas recurrentes en las numerosas pláticas que sostuvimos (junto con Consuelo Sánchez) a lo largo de una semana, a veces hasta altas horas de la noche. En aquel entonces estaba vigente la pena de muerte en la isla (de hecho se había aplicado poco antes), y los tribunales sancionaban con penas de cárcel a aquellos que violaban las leyes cubanas (sin exceptuar a los que se definían como disidentes). Así que, por aquel entonces, intelectuales como Saramago distinguían claramente su apoyo a la Revolución Cubana de su posible desacuerdo con la aplicación de la pena de muerte y el arresto de ciertos transgresores de las leyes. El apoyo, desde luego, no impedía manifestar el desacuerdo. De aquellos años a la fecha, insisto, en este punto no hubo cambios en Cuba. Si hubo cambios en la isla fueron en el sentido de remontar —contra tantos vaticinios sobre la catástrofe que se avecinaba— las dificilísimas condiciones socioeconómicas creadas a raíz del derrumbe del bloque soviético (el mencionado “período especial”), sin que Cuba sea ahora el paraíso, una hazaña que sólo puede explicarse por la unidad del pueblo cubano en torno al proyecto revolucionario, la sorprendente vitalidad propia del sistema (roto ya el nexo con las economías del este) y la lucidez de su dirigencia. ¿Qué cambió entonces, que provoca las reacciones ya sabidas? Me parece que, en el ínterin, hubo un cambio en la visión de esos intelectuales. No implico que hay doblez en el giro observado, pero sí que entraña novedades sobre las que debemos reflexionar. Dejando de lado las consabidas injurias del pensamiento conservador contra la Revolución Cubana, creo que los recientes reposicionamientos de algunos intelectuales no pueden explicarse, en efecto, como meras reacciones ante las medidas adoptadas en abril último por el Estado cubano. Vislumbro que hay otras cuestiones de enfoque. Exploraré la que puede ser una de ellas. El cambio referido quizás tiene que ver con el desarrollo de una ideología universalista —de neto corte liberal— que ha ido penetrando en el pensamiento de izquierda y progresista en los últimos tiempos. Lo más destacado del pensamiento liberal y de sus aparatos de formación de opinión pública han dedicado un esfuerzo formidable en décadas recientes a modelar esta visión, especialmente por lo que hace a los derechos humanos. En este terreno se ha concentrado parte importante de la batalla ideológica. Los derechos humanos, de ser prerrogativas históricas, construidas por las sociedades, que responden a necesidades concretas de justicia de las agrupaciones humanas, pasan a ser esquemas previos, supuestamente fundados en principios ahistóricos, categóricos, absolutos. De ahí les viene la “universalidad”, puesto que están determinados de antemano, tanto por lo que hace a su contenido como a la forma específica de su ejercicio. En suma, la perspectiva liberal resulta así la depositaria del saber sobre la libertad, la justicia y otros valores, traducidos al lenguaje de los derechos. El liberalismo predominante (especialmente en sus formulaciones deontológicas más recientes), obtiene un triunfo notable cuando logra meter al menos parte del pensamiento progresista o de izquierda en la lógica de un falso universalismo que favorece en todo al statu quo capitalista. Entiéndase: no es, ni mucho menos, que los proyectos democráticos o el socialismo deban reñir con los derechos de las personas y los grupos (colectividades con identidades propias, por ejemplo), sino que tales derechos deben concebirse como históricos, concretos, emanando de concepciones del “bien” que son obra de los hombres y sobre las que van construyendo acuerdos. En este sentido, los derechos son universalizables: se forman mediante el diálogo, la discusión y el acuerdo entre las comunidades humanas. Esa es su verdadera fuente, y no ningún principio o imperativo del que los pensadores de una o más sociedades tienen la clave. Así, por cierto, surgieron los derechos contenidos en la Declaración Universal de los Derechos Humanos: son universales en cuanto la generalidad de las sociedades los han adoptado, manifestando su acuerdo. Esto está lejos de esquemas previos que definen hasta en sus menores detalles cuáles son esos derechos de una vez y para siempre y, particularmente, cómo deben ejercerse en la práctica (que instituciones, qué mecanismos, qué procedimientos, etc.). El que los derechos humanos tienen un claro soporte histórico se deduce del sencillo hecho de que ellos se han ido construyendo y han ampliado su rango, proceso que está lejos de haber concluido. Nuevas “generaciones” de derechos han surgido en los últimos años, y órdenes nuevos están apenas en proceso de consolidación, como es el caso de los llamados “derechos colectivos”, parte de los cuales se está fraguando en el diálogo que realiza el Grupo de Trabajo de Naciones Unidas sobre los derechos de los pueblos indígenas del mundo. El procedimiento liberal sigue otro camino: definir principios universales “de justicia”, por ejemplo, que excluyen cualquier concepción particular del bien, para poner el énfasis en una visión de lo justo que también se pretende universal. Examinada con detalle, se echa de ver que esta visión de lo justo esconde una concepción particular del bien, que es en verdad el sustento de la primera. Por ello, no es sorprendente que los principios “universales” que sustentan la justicia, los derechos humanos, correspondan perfectamente con las sociedades llamadas liberales-democráticas de occidente (y particularmente de su parte noratlántica). Los teóricos liberales advierten tan afortunada coincidencia y razonan que ello se debe a que, en rigor, la forma particular de ver el mundo de esa parte de occidente es la consumación de los principios universales que ellos no han formulado, sino que sólo han descubierto. Ahora podemos estar tranquilos, pues los principios de la democracia liberal (anglosajona, para más señas) tienen la consistencia de la “razón universal” y es por ello que deben ser adoptados por todas las sociedades humanas. Esta manera de razonar, que causa tanta fascinación en ciertos círculos intelectuales (se perciban o no sus sutilezas), tiene el doble problema de que oculta el particularismo que está detrás del universalismo y ahoga el pensamiento crítico. El primer problema lo advierten los críticos recientes de este enfoque liberal, tanto internos como externos. Coinciden en un punto: lo peculiar del liberalismo no es que sus presupuestos y los modelos sociopolíticos que de ellos derivan sean universales (en el sentido de estar fundadas en la razón humana, como declaran los liberales), sino que es la doctrina que ha llevado más lejos la pretensión de convertir todas sus concepciones particulares del bien en normas generales. El liberalismo en boga, recuerda Taylor, "parece suponer que hay unos principios universales que son ciegos a la diferencia". Lo preocupante, agrega, es "que la misma idea de semejante liberalismo sea una especie de contradicción pragmática, un particularismo que se disfraza de universalidad".1 No hay, en verdad, mejor coartada política que hacer pasar mi propia e interesada visión del mundo como la única forma de organización sociopolítica que es racional y moralmente legítima. Según este enfoque, la libertad, la democracia, por ejemplo, sólo se pueden ejercer de acuerdo con ciertos moldes, con lo que los correspondientes derechos pasan a ser, realmente, muy particulares: responden más a los patrones de una tradición cultural y política específica que a supuestos imperativos universales. Su “universalidad”, más bien, proviene de la voluntad poderosa de un tipo de sociedad que decide que su visión del mundo debe ser reconocida universalmente como “la vida buena”: la única forma legítima, democrática, etc., de “ordenar” la sociedad y sus instituciones. Todo el que se aparta de tal “universalidad” y explora otros caminos, en aras de buscar formas más justas de organizar la sociedad (a fin de acrecentar las libertades reales de todos, la solidaridad, el bienestar de la colectividad), es un violador de los derechos humanos. Y es así como se puede llegar a la aberración de que sociedades en donde los derechos de las personas y los grupos alcanzan altísimos niveles, como es el caso de Cuba, puedan ser acusadas de infringirlos. Esto lleva también, y ya tenemos inquietantes ejemplos concretos de ello, a justificar la aplicación de la fuerza contra ciertos países (intervenciones humanitarias, claro) para reponer la normalidad dictada desde los centros de poder mundial. El derecho a la “intervención humanitaria” comienza a configurarse como un nuevo derecho “universal” a la medida de los intereses de los mandarines de la globalización. Para lograr todo ello, adicionalmente el pensamiento liberal ha realizado una doble operación de cirugía mayor, consistente en reducir prácticamente los derechos a unos cuantos, y éstos a su manera. La primera operación consiste en distinguir arbitrariamente entre derechos civiles y políticos, por una parte, y derechos económicos, sociales y culturales, por otra. Al tiempo que el tema de los derechos humanos adquiere una relevancia cada vez mayor en el mundo, el debate crítico en torno a lo que ellos realmente significan y, sobre todo, a las prerrogativas individuales y colectivas que abarcan, debería intensificarse. Lo que creo observar en algunos intelectuales, en cambio, es una mansa aceptación de los tópicos que pregona el liberalismo. Aquella separación entre “órdenes” de derechos es un ejemplo pertinente. No existe ni el más mínimo fundamento para ello. Pero la disociación tiene el efecto de apuntalar el sesgo individualista de los derechos y, como veremos, de deshacer el eje social que cruza transversalmente los mismos. Al final, los únicos verdaderos derechos terminan siendo los civiles y políticos, mientras los demás son sólo “deseos” poco realistas, moralmente no exigibles, “aspiraciones” que se dejan para las calendas griegas. Es un asunto crucial, pues resulta evidente que desde los países ricos, conforme aumenta su poder económico y político merced a la llamada globalización, se impone una visión sesgada, desequilibrada y egoísta de los derechos humanos, minimizando o dejando de lado sus contenidos económicos, sociales y culturales. En el fondo de esto, está la vieja distinción que hace la doctrina liberal entre la libertad y la igualdad, ahora convertida por los Estados centrales —incluso en el seno de las Naciones Unidas y contra el espíritu de su Declaración— en imperativo ideológico a escala mundial y en la única y “universal” verdad moral. La verdad es que los derechos humanos son integrales (civiles y políticos/sociales, económicos y culturales/individuales y colectivos) o no son más que un arma de combate político. Si no se insiste en cada caso y a cada paso en la integralidad, se favorece un falso universalismo interesado (en realidad, nada universal sino muy particular y propio de una manera de ver el mundo, de organizar la dominación de la sociedad). La organización de Amnistía Internacional ha reparado en este hecho recientemente. Paul Hoffman, presidente de esta organización, lo reconoció en su discurso ante el III Foro Social Mundial de Porto Alegre: “El derecho internacional de derechos humanos es mucho más que los derechos civiles y políticos. Va mucho más allá del limitado concepto que se circunscribe a la protección del ciudadano de las injerencias del Estado en sus libertades fundamentales. La perspectiva de los derechos humanos hace igual énfasis en la idea de la dignidad humana y en lo que se requiere que hagan los Estados (en términos positivos) para garantizar que la vida se vive con dignidad.” Y agregó: “Durante demasiado tiempo se ha prestado demasiada poca atención a los derechos económicos y sociales y, en este respecto, Amnistía Internacional comparte algo de la culpa. Hasta hace bien poco nuestra organización no se había comprometido a trabajar por toda la variedad existente de derechos humanos.”2 Veamos la segunda operación: una vez que han sido separados, los derechos son jerarquizados por el liberalismo. Ilustres liberales, desde J. Locke a I. Kant, desde I. Berlin a J. Rawls, han insistido en que la libertad tiene prioridad absoluta sobre la igualdad, y que ninguna restricción de la primera es admisible para alcanzar mejorías prácticas en materia de justicia y fraternidad humanas. La jerarquía liberal establece que existen derechos sustantivos (que son inalienables), y adjetivos (que pueden pasarse por alto, al menos hasta que se realicen plenamente los primeros). En ese marco, previsiblemente los derechos civiles y políticos se afirman como los fundamentales, mientras los económicos, sociales y culturales ocupan una posición secundaria, aunque el ejercicio pleno de éstos sea una evidente condición para construir sociedades justas e igualitarias. En los hechos, esta arbitraria jerarquía, asumida acríticamente por ciertos círculos intelectuales, ha operado como el más formidable obstáculo para que la mayoría de la humanidad disfrute del elemental derecho a una vida plena. En Teoría de la justicia, considerada la última obra maestra del liberalismo, Rawls buscó conciliar la libertad con la igualdad, incorporando en la doctrina el célebre “principio de diferencia” (regulador de las desigualdades). Pero no tardó en recaer en la prioridad del “principio de libertad”, de modo que ningún principio regulador de las desigualdades socioeconómicas puede intervenir hasta que aquél haya sido plenamente satisfecho. En estas condiciones las cuestiones relativas a la igualdad pueden quedar permanentemente aplazadas, dando lugar a la paradójica “justicia” de la desigualdad y la explotación, que no es más que un retrato de las actuales democracias capitalistas.3 Los derechos humanos así jerarquizados no responden a ningún imperativo universal; constituyen el punto de vista particular de una doctrina, asumido por grupos de intereses también muy determinados. Se entiende que busquen hacer pasar esta visión como la racional y universal. El motivo es sencillo: si todos los derechos fuesen considerados en el mismo plano de importancia y como interdependientes, gobiernos que hoy se proclaman como campeones de los derechos humanos quedarían situados como los mayores violadores, pues con sus políticas han extendido la sombra de la desigualdad y la miseria sobre la mayoría de los pueblos. Es un enfoque que se opone a la construcción de sociedades tan igualitarias y justas como libres y solidarias, que es la generalizada aspiración de la humanidad. La reducción de los derechos humanos es una de las formas ideológicas que adopta la oposición neoliberal a cualquier cambio del mundo en un sentido democrático, progresista, socialista. En su marco, otro mundo jamás será posible. En los hechos, esta visión se ha concretado como una defensa abstracta, formal y unilateral de la “libertad” (en realidad de ciertos derechos civiles, entendidos según los valores de los poderosos), en detrimento u olvido de la justicia entendida como igualdad que constituye, sin duda, la médula de los derechos humanos proclamados por las naciones en 1948. En resumidas cuentas, el liberalismo, que nació como una perspectiva filosófica y una ideología política entre otras, amenaza con convertirse en un pensamiento único. Pero no sólo eso. Además, se está traduciendo en una intolerante política internacional, dogmáticamente impuesta sobre todo el orbe, que permite repartir condenas o reconocimientos a conveniencia. En esa atmósfera, la noble defensa de los derechos humanos corre cada vez más el peligro de convertirse en mero instrumento de manipulación política y en el manto que cubre la hipocresía de los poderosos (particularmente del gobierno norteamericano y sus aliados), en perjuicio de los países más débiles. Cuba, por cierto, ha luchado en los foros internacionales contra estas deformaciones.4 La Declaración Universal de los derechos Humanos indica en su primer párrafo que "todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos". No es difícil llegar al acuerdo de que esta debe ser una idea inspiradora, un presupuesto internacionalmente aceptado. Pero lo que necesitamos no es que se nos repita que es un principio universal, sino que a la luz de él se saquen las consecuencias y se explique por qué muchos millones de seres humanos, que según esa máxima nacieron libres e iguales en dignidad y derecho, viven en la pobreza y la opresión; y qué sería necesario hacer para que esto no siguiera ocurriendo. Si todos nacemos libres e iguales, ningún principio sobre la “libertad” que pueda esgrimirse para imposibilitar que los seres humanos alcancen la igualdad en dignidad y derechos puede proponerse como una norma moralmente válida. La única norma que puede pretender universalidad es la que procura la justicia para todos. En mi opinión, en la actualidad nadie está haciendo más, y en medio de más dificultades, para avanzar por esa ruta que la Revolución Cubana. Estimo que el análisis de estos problemas, que apenas he esbozado, debería ser materia del trabajo de los intelectuales que adoptan un talante crítico, en sus variadas modalidades. Parece haber cierto acuerdo acerca de que la principal tarea de estos intelectuales es abordar críticamente la sociedad que les tocó vivir, mediante la evaluación atenta de las evidencias, contrastando los enfoques con las pruebas que brotan de la diversidad del mundo... Pero esto no puede lograrse a partir de vaporosas nociones que ahorran el análisis concreto e ignoran los contextos. Al contrario, el pensamiento crítico no se lleva bien con los pretendidos principios universales o inmutables. En este sentido, me parece que es deber de los intelectuales reflexionar sobre los temas apuntados, buscando remontar los tópicos que están configurando un pensamiento “políticamente correcto”: por ejemplo, la defensa abstracta de ciertos derechos “civiles y políticos”, mientras cotidianamente, y en parte merced a esos tópicos, se violan los derechos a la vida digna y plena de millones de personas. La crítica debería enfocar sus baterías hacia un orden sustentado en la impostura, en el que unas “libertades” se oponen a la justicia y modelan un planeta atestado de menesterosos y desesperados: la inmensa multitud de los “condenados de la tierra”. Está visto que esa crítica no puede realizarse con los instrumentos de un universalismo hueco que hace caso omiso de la variedad del mundo; que en su intolerancia y soberbia no es capaz, como añoraba Borges, de apreciar “las excelencias ajenas” porque está enceguecido por sus propios valores y verdades inalterables; que exonera a los culpables y condena a las víctimas que no aceptan las reglas del juego, sin ni siquiera escuchar sus razones (pues ya se impuso el canon: las razones son “universales” o no son razones). Los derechos humanos en Cuba En Cuba se han llevado los derechos humanos en su “vertiente” económica, social y cultural, más lejos que nadie, al menos en el contexto latinoamericano. ¿Se violan, en cambio, los derechos civiles y políticos? Nadie ha podido fundar expedientes de desapariciones, ejecuciones extrajudiciales, torturas, represiones policíacas, y otras violaciones por el estilo, contra ciudadanos cubanos. Esto puede decirse de muy pocos países en el mundo; desde luego, no puede afirmarse de los Estados Unidos, cuyo gobierno es un contumaz ejecutor o promotor de todas las violaciones imaginables. Digamos de paso que el gobierno norteamericano no sólo viola tales derechos, sino que además ha roto todas las marcas en su oposición a los acuerdos e instrumentos internacionales destinados a mejorar el respeto a los derechos de las personas y hacer del planeta un mundo mejor para todos. La negativa del gobierno estadounidense a reconocer tales acuerdos internacionales va desde el protocolo de Kyoto hasta la Corte Penal Internacional, desde la Convención sobre imprescriptibilidad de los crímenes de guerra y de lesa humanidad hasta la que garantiza los derechos de los niños...5 Por lo que respecta a Cuba, pues, la cuestión entonces se restringe a ciertos derechos civiles y políticos que tienen que ver con la libertad de expresión y prensa, participación política, etc. Pero la sociedad cubana se ha dado formas de expresión, participación, etc., adaptadas a su realidad y circunstancia. El debate es en torno a si esas formas y los procedimientos conexos son adecuados o no. Y es un debate válido, pues es absurdo pretender que la sociedad cubana alcanzó el punto culminante y que no es perfectible; o que no deba discutirse sobre ello. Pero ese debate no puede realizarse provechosamente a partir de supuestos principios universales que han definido de antemano las únicas formas legítimas y que, por ejemplo, repudian por principio cualquier modalidad de democracia participativa, etc. La universalidad que excluye la consideración de la diversidad, como lo han comprobado tantos pueblos a lo largo de la historia (y en particular los pueblos indígenas), es una impostura. La universalidad que aspira a ser válida debe alimentarse de la diversidad, a la que no puede ser ciega. Y esto tiene un presupuesto insoslayable: no perder de vista los contextos y comprenderlos. Si hay una sociedad juzgada al buen tuntún sin un esfuerzo razonable por allegarse la información pertinente, y a veces con una ignorancia hasta de lo más elemental, esa es la Cuba de hoy. Y aquí cabría recordar la máxima de Geertz: “El juzgar sin comprensión constituye una ofensa contra la moralidad”.6 Volviendo al punto, ¿acaso puede sostenerse reflexivamente que las únicas formas válidas y “universales” de ejercer esos derechos “civiles y políticos” son las dictadas por los países ricos y sus pensadores? ¿Y, en cualquier caso, una evaluación equilibrada no tendría que tomar en cuenta la situación a que ha sido orillado el país, a la defensiva frente a un asedio y una agresión constantes? ¿En esas condiciones, el ejercicio de tales derechos civiles y políticos podría realizarse sin previsiones para evitar que los propósitos declarados de los Estados Unidos de destruir el sistema cubano mismo se cumplan? Veamos el caso concreto de la disidencia, esto es, el derecho a tener ideas divergentes de cualquier tipo y a expresarlas. Hasta Saramago, que en su texto citado caracteriza la disidencia como irrenunciable, admite que ésta debe tener al menos un límite: por ejemplo, la traición. Ahora bien, en Cuba el que piensa diferente no es considerado un traidor ni es encarcelado por ello. En las condiciones de Cuba, en cambio, las acciones del disidente que consisten en hacer tratos y realizar actividades con los agentes de una potencia extranjera que explícitamente ha manifestado querer socavar y derribar el régimen, se consideran una grave falta, rayana en la traición, y están penadas por leyes previas y públicas (no ad hoc ni secretas). Lo penado, en el caso de las sentencias recientes, no fueron las ideas, sino las acciones conducentes a derribar el gobierno, en complicidad con entidades oficiales norteamericanas que no ocultan sus propósitos. El asunto aquí radica en si la traición fue probada adecuadamente en el caso de los sentenciados (“Puede que disentir conduzca a la traición, pero eso siempre tiene que ser demostrado con pruebas irrefutables”, escribió Saramago). Los tribunales cubanos creen que sí fue acreditada, y se han exhibido las pruebas. Saramago cree que no. Por consiguiente, la cuestión se coloca en el terreno de las pruebas y su evaluación, y no ya en el de un pregonado derecho universal a la “disidencia” que no admite restricciones, lo que colocaría a Cuba en la indefensión frente a un gigante que no ceja en su empeño de someterla. La mejor prueba de que en Cuba no se encarcela por las ideas es que los que piensan diferente, pero no violan las normas que previenen el complot y la conspiración contra la sociedad revolucionaria, andan libres. Ya se ha dicho hasta el cansancio: ningún país (incluyendo a los que se precian de ser campeones de la libertad de pensamiento y de ser el modelo para juzgar a los demás, como es el caso de Estados Unidos) permite que sus nacionales participen en operaciones con agentes o funcionarios extranjeros para derribar el régimen sociopolítico. Si ciudadanos norteamericanos hubieran realizado actividades con el responsable de la oficina de intereses cubanos en Washington, orientadas a “cambiar el régimen”, estarían ahora encarcelados de acuerdo con las leyes estadounidenses. Yo diría que el verdadero problema de los derechos humanos en Cuba se encuentra en otra parte. Es cierto que el pueblo cubano sufre la violación de sus derechos humanos, masivamente, cada día. Pero ello no es obra del régimen cubano. Los instrumentos de esas violaciones tienen nombres y a veces hasta apellidos: el bloqueo contra la isla, la Ley de Ajuste Cubano, la Enmienda Torricelli, la Ley Helms-Burton, todos obras de los Estados Unidos. La amenaza imperial Hasta los críticos de izquierda más acérrimos tienen que reconocer un hecho incontestable: la amenaza imperialista contra la sociedad que los cubanos han construido en las últimas décadas es más seria e inminente que nunca. Sólo hay que atender a las declaraciones de los voceros del imperio y sus corifeos, y a sus aprestos contra Cuba, inmediatamente después de haber arrasado con Afganistán e Iraq. Dado el historial del imperio, no hay razones para tomar en serio la declaración de Powell, del 4 de mayo pasado, en el sentido que no cree necesario el uso de la fuerza militar contra Cuba. De todos modos, él creyó conveniente agregar que era sólo “por el momento”. Comprendo la reacción de los cubanos. El 28 de abril pasado rememoré la experiencia más traumática y amarga de mi vida: la invasión de mi país de origen por tropas norteamericanas. Una insurrección popular, iniciada el 24 de abril de 1965, había derribado el gobierno de facto en la República Dominicana y buscaba restablecer el régimen democrático y constitucional (depuesto unos años antes por el propio Estados Unidos). Alegando que en las filas de los constitucionalistas había “53 comunistas” —algo parecido al pretexto de las “armas de destrucción masiva” esgrimido para ocupar a Iraq—, desembarcaron en la isla miles de marines. Formamos comandos para resistir y logramos combatir contra el invasor durante cerca de seis meses. Miles de mis compañeros murieron. Es una historia larga que no me propongo exponer aquí. Fue, en síntesis, el heroísmo de un pueblo que afrontó con todo al invasor; pero también la afrenta, el atropello, la humillación, la muerte para muchos en la flor de la vida. Cuando finalmente se marcharon las tropas de ocupación, dejaron a los dominicanos una de las dictaduras más feroces del continente (encabezada por Joaquín Balaguer, el “hombre” de Estados Unidos en Santo Domingo): durante 12 años, millares de ciudadanos fueron asesinados, decenas de miles perseguidos, encarcelados y torturados, sin contar a los deportados. Los grupos paramilitares, los cuerpos represivos del Estado y los “asesores” de la CIA (el más conocido entonces fue Dan Mitrione) ejecutaron el trabajo. Para ellos, violar los derechos de los dominicanos se convirtió en una de las bellas artes. Hasta hoy, el país (que tiene la mayoría de su población sumida en la pobreza) no se ha recuperado de estos infames actos.
Creo entender la preocupación del pueblo y el gobierno de Cuba.
La idea de tropas extrajeras hollando su suelo debe provocarles el mismo
vértigo de rebeldía que me produjo hace 38 años el
cuadro horrendo de una invasión a mi país. Yo espero con
toda el alma que millones en el mundo compartan ese sentimiento. Si el
pueblo cubano y su revolución fueran agredidos, no bastará
decir: Me atuve al dictado de mi conciencia y a los principios que me
aconsejaron decir: “Hasta aquí he llegado con Cuba; aquí
me quedo”. Y no importará si las intenciones fueron las mejores
del mundo. Supongo que especialmente en este caso, la pesadumbre, el dolor
no podrán describirse. Y ningún principio universal será
consuelo para un pueblo herido. ____________________________________ Notas 1 Charles Taylor, El multiculturalismo y "la política del reconocimiento", FCE, México, 1993, p. 68. 2 Paul Hoffman, “Respeto para los derechos humanos: ¡esto es lo que hay que globalizar!”, en Memoria, núm. 169, CEMOS, México, marzo de 2002. (En la red cf.: http://www.memoria.com.mx/). 3 John Rawls, Teoría de la justicia, Fondo de Cultura Económica, México, 1979, pp. 52-53. 4 Véase, por ejemplo, el discurso del Ministro de Relaciones Exteriores de Cuba en el 56 período de sesiones de la Comisión de Derechos Humanos de Naciones Unidas, Ginebra, 30 de marzo de 2000: Felipe Pérez Roque, “Cuba, ¿país libre o colonia de los Estados Unidos?”, en Memoria, núm. 141, CEMOS, México, noviembre de 2000, pp. 45-50. 5 Asociación Americana de Juristas, “La violación de los derechos humanos en Estados Unidos”, en Memoria, núm. 149, CEMOS, México, julio de 2001, pp. 51-53. 6 Clifford Geertz, “El pensar en cuanto acto moral”, en Los usos de la diversidad, Paidós, Barcelona, 1996. No está de más señalar que el rechazo del universalismo que hace caso omiso de la diversidad no requiere suscribir el relativismo del “todo vale” ni asumir sus supuestos. En otra parte me he referido a esta cuestión: cf., “Dilemas de la diversidad”, en Diálogos Latinoamericanos, Aahus (Dinamarca), octubre-diciembre de 2000, pp. 77-91. El autor es profesor-investigador del Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS), México. Director de la revista Memoria. Obras recientes: Indigenous peoples in Latin America. The quest for self-determination (Westview Press, Colorado/Oxford, 1997), La rebelión zapatista y la autonomía (Siglo XXI Editores, México, 1998) y (en coautoría con Consuelo Sánchez) México diverso (Siglo XXI Editores, México, 2002). |
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| El
Imperio y sus humanos Antonio Maira Rodríguez |
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| Humano:
ente abstracto repetido unos seis mil millones de veces que Hace pocos días Rebelión publicaba un magnífico artículo de Héctor Díaz-Polanco, “Cuba en el corazón. Retos del pensamiento crítico” (cf. también, Memoria, núm. 172, junio de 2003, pp. 37-42), en el que más que expresar ese sentimiento de afinidad y de amor hacia la Cuba revolucionaria al que se refiere su título, el autor hace un análisis sobre la peculiar interpretación liberal de los derechos humanos, pretendidamente universal e indiscutible, que está justificando atrocidades tales como la criminal distribución de la renta en el mundo; la guerra antiterrorista convertida en permanente, sucia y universal; la matanza, destrucción, ocupación y despojo de Irak; así como el bloqueo continuo, la guerra de “baja intensidad”, el terrorismo permanente, las amenazas de agresión al modo masivo y preventivo, y la campaña de Estados Unidos y sus aliados contra Cuba.1 Díaz-Polanco invita al análisis crítico de ese imperativo ideológico del Imperio sobre los derechos humanos, que ha ganado terreno aceleradamente y que permite el sosiego de los intelectuales ante matanzas como las de Irak o Palestina, o ante hechos tan vergonzosos como el que la Comisión de Derechos Humanos de la ONU sesione pocos días después de iniciada la criminal guerra de Irak y no trate del asunto –lo que supone afirmar que la guerra no ha representado violación alguna de los derechos humanos- por no inquietar a los EU, el país que con el Reino Unido ha lanzado esa guerra violentando todas las leyes internacionales; o que pocas semanas después de finalizados los feroces bombardeos el Consejo de Seguridad de la misma ONU legitime, por unanimidad, la ocupación y gobierno de Irak por las potencias ocupantes –y por lo tanto la guerra- para un tiempo indefinido, y de paso la destrucción del sector público y el expolio de sus riquezas. Dicho sea de paso y ya que hablamos de derechos humanos, la resolución legitima también un modelo represivo que se va a establecer con dos tipos de tribunales: los militares que ha establecido Bush hace unos meses para su “guerra antiterrorista”, y otros civiles presididos por jueces llegados desde el exilio y “entrenados por los EEUU” según señalan los voceros oficiales de Washington. Consecuentes con la absoluta arbitrariedad de su guerra los EEUU se niegan a aceptar cualquier modelo de tribunal internacional que pueda atenuar su inevitable opción por una justicia parcial de vencedores. De ese tema de la represión no ha hablado nada el Consejo de Seguridad pese a que hay miles de personas detenidas en campos de prisioneros y pese a los gravísimos antecedentes que por el mantenimiento de detenciones permanentes sin cargos en régimen de aislamiento total, la ausencia de toda clase de garantías y la realización reconocida de torturas, supone el centro instalado en Guantánamo. Hace pocos días se ha filtrado una noticia alarmante sobre el estado de detención de los miles de prisioneros iraquíes, amordazados con las manos amarradas a la espalda y encerrados en barracones en condiciones extremas de temperatura -“calor sofocante”, decía la noticia-. Recodemos que la permanencia durante largos períodos de tiempo en posiciones incómodas y en condiciones ambientales extremas es una de las técnicas de “tortura limitada” cuyo empleo han reconocido las autoridades de los Estados Unidos. Tal vez la parte más urgente de la denuncia que hace Díaz-Polanco, se refiere a la progresiva aceptación por una parte de los intelectuales de izquierda de ese esquema de derechos, pretendidamente universal, que en realidad supone una enorme mutilación de todo lo que significa la reclamación de una dignidad humana para todos, y también a la gigantesca impostura de unos derechos que implican la perpetuación e incremento de la enorme desigualdad que mantiene en la pobreza y la marginación a cientos de millones de personas. Díaz-Polanco nos advierte sobre la progresiva, y en cierto modo y hasta cierto punto casi inconsciente, asimilación por los intelectuales de izquierda de la diferenciación radical entre derechos “civiles y políticos”, por un lado, y derechos “económicos, sociales y culturales”, por otro. Los primeros serían universales, obligatorios, efectivos y absolutos dentro del modelo y formas de realización que postula Occidente, y los segundos serían meras aspiraciones, cada vez más alejadas de la realidad y más cercanas a la utopía. El ciudadano universal exige –o más bien otros exigen en su nombre- la concreta libertad de información y de opinión que según se supone le “garantizan” las grandes multinacionales privadas de la comunicación, y también la posibilidad de colocar una papeleta en una urna precisamente en esos gigantescos mercados electorales que se celebran en las llamadas democracias liberales, pero no puede expresar, más que como deseo con mucha frecuencia cercano a la utopía, ninguna exigencia en relación con el derecho a la vida, al trabajo, a la seguridad en la lucha contra el hambre, la enfermedad, la ignorancia, la marginación social o la pobreza. ¡Puede usted votar y después cante un tango!
Los derechos humanos según esta interpretación liberal generalizada
por los intelectuales vinculados al poder y admitida por una parte de
los intelectuales progresistas se han desconectado unos de los otros y
todos ellos de las condiciones reales de la vida, y de las exigencias
que derivan de esas condiciones cuando afectan gravemente a la dignidad
de las personas. Díaz-Polanco animaba a que todos los intelectuales críticos participasen de un trabajo necesario y fundamental que rescatase la concepción de los derechos humanos basado en la dignidad de las personas, y que los interprete no cómo derechos abstractos, ahistóricos e independientes del contexto en el que se realizan, sino como logros y objetivos colectivos basados en la situación real de las personas y los grupos. Porque la observación fundamental del artículo era precisamente, como ya se ha dicho, la progresiva aceptación de ese discurso liberal de los derechos humanos por una parte importante de los intelectuales de izquierda. El “hasta aquí he llegado” del desapego de Saramago frente a Cuba, resonaba como incitación y advertía sobre la necesidad urgente del análisis que en parte realiza y al que invita Díaz-Polanco. Hacia un derecho humano único Creo
que el tema que plantea y resume Díaz-Polanco es fundamental y
que es necesaria una reacción inmediata y rotunda que impida la
consolidación ideológica de la doctrina de los derechos
humanos que propugnan los Estados Unidos. Por otro lado la absoluta y arbitraria conculcación de esos derechos humanos proclamados como “necesarios” y de los que se colocan en el campo de los “deseos utópicos” que está realizando el Imperio. Por eso, para ampliar el trabajo de Díaz-Polanco hay que empezar diciendo que no sólo se trata de la reducción y jerarquización de los derechos humanos que realiza la doctrina liberal –la doble operación de cirugía a la que se refiere el autor de “Cuba en el corazón”- sino también de la absoluta mutilación de esos derechos “preservados” tan caros para los doctrinarios liberales. En rigor lo que está ocurriendo es una reducción de los derechos “civiles y políticos” que proclaman los liberales hasta la única postulación de un derecho colectivo, considerado como providencia de los demás derechos humanos: la libertad de Mercado o, con más precisión, la libertad de elegir en el mercado. La situación es, en realidad -y ésta es otra puntualización al análisis de Díaz-Polanco-, muy trágica. Los derechos económicos, sociales y culturales que los liberales consideran como derechos no sustantivos –y por lo tanto postergables, situados en el terreno de lo “deseable”, por no decir en el de las “quimeras”- han sido ahora colocados en el campo de los derechos no sólo no exigibles, sino no realizables, de ninguna manera, por el estado. La doctrina liberal de los derechos humanos no sólo define como “quimera” el derecho a la vida –alimentación suficiente, atención sanitaria, trabajo, cultura, vivienda- de la inmensa mayoría de sus humanos sino que establece la prohibición de que la “quimera” de vivir dignamente sea incluida en los programas de actuación de los estados. La posibilidad no sólo es postergada a tiempos más venturosos sino prohibida.
La irracionalidad de la situación es extrema: causa absoluta indiferencia,
cuando no desdén, la reclamación de los derechos humanos
básicos, por ejemplo el derecho a la alimentación y a la
asistencia médica, por miles de millones de personas hambrientas
y desamparadas; mientras parece encolerizar que once millones de cubanos
suficientemente alimentados y con excelente atención médica,
no puedan tener acceso a los medios de comunicación de grandes
empresas. “Las
grandes luchas del siglo XX entre la libertad y el totalitarismo terminaron
con una victoria decisiva de las fuerzas de la libertad - y en un solo
modelo sostenible de éxito nacional: libertad, democracia y libre
empresa. _________________________________ NOTAS 2
Con un sentido clasista muy acusado, Disraeli decía que lo que
llamamos “opinión pública” debería llamarse
“sentimiento público”. Según el insigne político
del imperio británico, si las masas han de ser capaces de ser convencidas
de algo tiene que hacerse a través de las emociones porque las
masas no son capaces de seguir y compartir argumentaciones lógicas.
Con un discurso mucho más cínico, la Falsimedia actual sigue
el mismo criterio. Y el “sentimiento público” es alimentado
con emociones más primarias y más efectivas. Especialmente
con el odio y con el miedo. |
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Cuba
y la alternativa socialista al liberalismo Rafael Bernabe |
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La solidaridad con Cuba: compromiso urgente y necesario El texto se inicia con un señalamiento
que considero fundamental: reafirma su apoyo, su solidaridad con Cuba,
con la revolución cubana y a la vez reconoce que la crítica
no está reñida con esa solidaridad y ese apoyo. Esto implica
un doble deslinde: tanto de los que, al no estar de acuerdo con determinadas
acciones, se colocan al margen de esa solidaridad, como de los que piensan,
“a la vieja usanza”, como dice Díaz-Polanco, que “criticar...
a los proyectos progresistas, de suyo es alimentar el proyecto del imperialismo.”
El apoyo, como dice Díaz-Polanco, no impide manifestar el desacuerdo.
Es cierto: y esto es lo que han olvidado unos y otros, tanto los más
intolerantes defensores de Cuba, que ven todo desacuerdo como síntoma
de falta de apoyo, por un lado, y algunos críticos, por otro (como
parece ser el caso de Saramago), que al manifestar el desacuerdo han optado
por renunciar al apoyo. De unos y otros hay que diferenciarse, aunque,
hay que aclarar, con los primeros compartimos algo esencial: la defensa
de la revolución cubana, a lo cual no renunciamos ni por un segundo
(y a la cual pensamos que su intolerancia ayuda muy poco). La crítica del universalismo liberal Y es desde esa perspectiva que quisiera
abordar el texto de Díaz-Polanco. Dicho autor advierte que buena
parte de la crítica que contra Cuba se ha formulado recientemente
tiene un punto de arranque específico: las categorías de
cierto universalismo liberal que, según él, ha ido penetrando
el pensamiento de izquierda y progresista en años recientes. Se
trata, señala Díaz-Polanco, de una corriente particularmente
problemática, cuyos postulados generales esconden intereses muy
particulares: quien asume sus categorías irreflexivamente puede
contribuir a objetivos (como la reproducción o encubrimiento de
un sistema social injusto) con los cuales quizás no simpatice concientemente. La visión integral: una respuesta al universalismo liberal La clave está entonces en insistir
en que “los derechos humanos son integrales”, en rechazar,
en fin, la postergación de los derechos económicos, sociales
o culturales ante los derechos civiles y políticos. Si hacemos
esto, varias cosas ocurren inmediatamente: para empezar el capitalismo
vuelve a hacerse visible en nuestro análisis como sistemático
y masivo violador de los derechos humanos. De hecho, si constatamos, como
es necesario reconocer, que el desempleo, el subdesarrollo, la precariedad,
la miseria son aspectos inescapables del capitalismo, tenemos que concluir
que una defensa consistente de los derechos humanos, vistos integralmente,
no es compatible con una defensa del capitalismo: tan sólo es compatible
con una posición radicalmente anticapitalista. La Declaración
Universal de los Derechos Humanos es un documento magnífico y también
es un llamado a superar el capitalismo: buena parte de los derechos que
allí se proclaman son simple y sencillamente incompatibles con
los límites de dicho sistema económico. Y por lo mismo,
desde esta perspectiva Estados Unidos y Europa Occidental quedan retratados
como sistemáticos violadores de los derechos humanos. Y sí
Cuba ha hecho grandes avances en garantizar derechos económicos
y sociales, que también son derechos humanos, ello se debe precisamente
a que allí se abolió el capitalismo y con ello algunos de
los límites que ese sistema impone a toda política que ponga
el bienestar de todos por encima de los privilegios de unos pocos. (Digo
"algunos límites”, pues la revolución cubana
no puede abolir los límites que le imponen las estructuras del
capitalismo mundial, para no hablar de la constante agresión imperialista). Una respuesta correcta, pero insuficiente Pero aquí me parece que damos
con una pregunta que el texto de Díaz-Polanco no aborda y que,
sin embargo, me parece esencial: si descartamos, como debemos descartar,
los criterios liberales como adecuados para evaluar el sistema político
cubano, ¿qué criterios debemos poner en su lugar? Si descartamos
la idea de los derechos humanos como atemporales, eternos, ahistóricos,
¿qué noción concreta, históricamente específica
de los derechos humanos debemos asumir? En cuanto a esto, el texto de
Díaz-Polanco se refiere a la realidad y circunstancia de Cuba y
a la aspiración a la justicia, que, a diferencia de las abstracciones
liberales, o de la concepción occidental de la democracia, sí
sería válido considerar un valor universal. Pero esto, aunque
correcto, me parece insuficiente. No hay duda de que en todo momento hay
que tomar en cuenta las condiciones concretas en que se mueve el proyecto
cubano (empezando por la agresión imperialista), pero cuando se
salta del rechazo de las abstracciones liberales a las particularidades
de la situación cubana sin otro asidero que una aspiración
general a la justicia me parece que se obvia uno de los aspectos distintivos
de la perspectiva socialista: el hecho de que nuestra crítica de
las abstracciones del liberalismo, de que nuestra aspiración a
la justicia tiene, en Cuba y en todas partes, un fundamento de clase concreto
–los asalariados y asalariadas y demás sectores desposeídos
y sus aliados (campesinos pobres, algunos sectores medios, profesionales
e intelectuales)-- y que de ello se derivan no pocas consecuencias sobre
el tipo de democracia a que aspiramos, es decir, sobre los “derechos
civiles y políticos que tienen que ver con la libertad de expresión
y prensa, participación política.” “La emancipación de los trabajadores obra ha de ser...” ¿Qué condiciones concretas
son necesarias entonces, para que la clase obrera se convierta en clase
gobernante o al menos empiece a autodeterminarse, proceso que, por supuesto,
no siempre se inicia o desarrolla en las condiciones más favorables?
En primer lugar, como ya indiqué, la abolición de la propiedad
privada de los grandes medios de producción y su transformación
en propiedad pública. Sin esto, todas las decisiones económicas
fundamentales que afectan a la comunidad seguirán en manos de una
minoría, sometida a su vez a los imperativos de la acumulación
capitalista. La expropiación del gran capital abre la puerta, al
contrario, a la realización de los derechos humanos sociales y
económicos que hemos mencionado anteriormente: la garantía
de las condiciones materiales para una vida digna a todo ser humano (alimentación,
cuidado en la niñez y la vejez, vivienda, vestido, salud, educación,
ingreso, tiempo libre, etc.). Decimos que la expropiación del capital
abre la puerta a estas conquistas, pues ciertamente no es suficiente para
alcanzarlas, sobre todo en la medida que hablamos de un país o
de un número limitado de países, máxime si se trata
de países relativamente poco desarrollados si se les compara con
los centros del capitalismo mundial: así, los grandes avances de
Cuba, que han sido posibles gracias a la abolición del capitalismo,
no han dejado de chocar con el límite que implica la presión
que ejerce el hostil entorno capitalista sobre toda economía subdesarrollada
(algo que se acentuó, claro está, a partir del colapso del
antiguo campo soviético). ¿Y la organización revolucionaria? ¿Y la contrarrevolución? No somos espontaneístas. No creemos
que la clase obrera, la clase de los desposeídos, obligados a trabajar
por un salario, descubre espontánea o siquiera fácilmente
lo que mejor conviene a sus intereses. Sabemos que no son pocos los sectores
de la clase obrera en que (en determinado momento) pueden dominar ideas
que consideramos reaccionarias, conservadoras, incluso burguesas. La clase
trabajadora es heterogénea. Por eso favorecemos la organización
de partidos revolucionarios, partidos que con sus ideas y su práctica
intenten promover los intereses generales y a más largo plazo de
la clase obrera y de todos los oprimidos, empezando por la idea del socialismo
y de la revolución socialista y del derecho de la revolución
socialista a defenderse. Pero esos partidos, si se trata de verdaderas
vanguardias políticas, tienen que ganarse el apoyo de un sector
cada vez más grande de la clase obrera, no imponerlo administrativamente
por vía de un monopolio institucional. Esto no quita que se luche
por la mayor unidad orgánica de los socialistas, pero el partido
no es un fin en sí mismo: es un medio para la auto-emancipación
de los trabajadores y para ello, a la vez que propone sus ideas, debe
promover la creación de organismos de lucha y eventualmente de
gobierno obrero y popular en que han de actuar las diversas corrientes
que puedan existir o surgir entre los trabajadores. Completando la respuesta socialista al liberalismo En fin, si bien no “puede sostenerse reflexivamente”, como bien señala Díaz-Polanco, “que las únicas formas válidas y ‘universales’ de ejercer... derechos ‘civiles y políticos’ son las dictadas por los países ricos y sus pensadores”, ello no implica (como sí parece sugerir el texto de Díaz-Polanco) que no exista parámetro general alguno --más allá de la justicia como valor universal-- sobre cómo deben concebirse tales derechos desde la perspectiva de la auto-emancipación de los trabajadores y desposeídos. En ese sentido, nos parece que, ante el universalismo liberal, no sólo es posible sino necesario, y hasta imperativo, formular otro universalismo, aquel que corresponde, no a las abstracciones liberales de Locke, Kant, Berlin o Rawls, no a una mera aspiración universal a la justicia (que compartimos), sino, más específicamente, a las condiciones estructurales que definen la situación de la clase obrera. Digámoslo en pocas palabras. Si con el planteamiento de Díaz-Polanco que citamos al inicio de este párrafo se quiere decir que pueden existir otras estructuras políticas democráticas distintas a las del parlamentarismo occidental y la institucionalidad liberal-burguesa, estamos enteramente de acuerdo: la democracia participativa, obrera y popular a que aspiramos, no sólo puede, sino que debe generar una institucionalidad y formas estatales radicalmente distintas a las mencionadas. Pero si con la afirmación citada se sugiere o implica que esa institucionalidad (fuera de ciertas situaciones) puede incluir o no los derechos de expresión, prensa, reunión, etc., como comúnmente se entienden, entonces diferimos: no se puede limitar esos derechos sin limitar la posibilidad de que los trabajadores puedan gobernarse a sí mismos. Se trata de un aspecto esencial, universal, si se quiere, de la democracia socialista, aunque ciertas circunstancias puedan implicar excepciones. Tal perspectiva, tal reivindicación de los derechos que ya señalamos, y el tipo de marco legal e institucional que conllevan, en modo alguno implica una separación arbitraria de los derechos sociales y los políticos. Tampoco se pretende hija de la razón abstracta o de valores eternos, por encima de intereses de clase o históricamente concretos. Al contrario, parte de una concepción integral de los derechos humanos y se reconoce como producto histórico que corresponde a cierto proyecto social concreto: el de la clase obrera en su lucha por la auto-emancipación. Y esa perspectiva implica, no sólo una radical crítica de la concepción liberal burguesa de la democracia, sino una concepción alterna de la democracia, que si bien tendrá que ajustarse a la condición y circunstancia de cada país y coyuntura (volveremos sobre esto inmediatamente), no deja de ser relevante para todo aquel que se plantea un proyecto emancipador a partir de la condición proletaria. No estamos, repito, ante modelos “occidentales” o liberales que, como bien señala Díaz-Polanco, sería arbitrario introducir como norma en nuestra discusión del sistema político cubano o cualquier otro: se trata de nociones que corresponden a toda perspectiva de auto-emancipación obrera, y que, por tanto, sí son pertinentes al debatir las estructuras políticas cubanas. Cuba: navegando por el difícil mar entre lo necesario y lo posible En cuanto a lo último, basta mirar
el sistema y la vida política cubana para ver la diferencia entre
Cuba y lo que por décadas existió en Europa del Este y la
antigua URSS o lo que existe en China y Corea. Pero el sistema cubano
también carece de muchas características de la democracia
obrera y socialista que señalamos anteriormente. Hay que preguntarse,
sin embargo, si esa distancia puede justificarse a partir de las difíciles
circunstancias en que ha tenido que sobrevivir la revolución cubana.
Me parece que en grado considerable hay que contestar esta pregunta en
la afirmativa. Cuba se enfrenta al más poderoso imperio que jamás
haya existido: se trata del enfrentamiento de un país pequeño,
pobre y alejado de estados aliados (cuando los tuvo), con el imperio que
preside sobre la más grande y una de las más productivas
economías del mundo. La diferencia en recursos es sencillamente
abrumadora. La capacidad de intervención, de reclutamiento, de
soborno, de chantaje de tal enemigo es en realidad extraordinaria. Que
Cuba haya sobrevivido hasta el presente es muestra, más allá
de cualquier crítica que podamos tener, de las profundas raíces
sociales de la revolución. Los debates recientes Por todo esto, nuestro señalamiento,
en los debates en curso ha sido bastante modesto, aunque algunos lo consideren
demasiado crítico. En primer lugar, señalamos que autores
como Galeano no se equivocan al indicar los peligros inherentes al gobierno
de partido único y el peligro de burocratización que acecha
a los procesos revolucionarios. Descontar este problema y peligro implica
olvidar una de las grandes lecciones de las complejas luchas sociales
del siglo XX: las revoluciones anticapitalistas enfrentan, no uno, sino
dos grandes peligros: el de la restauración capitalista y la agresión
imperialista, y el de la fosilización burocrática. También
he señalado que en Cuba, a pesar de su régimen de partido
único, existen elementos nada despreciables de participación
y consulta a la población sobre las orientaciones generales del
estado y la economía. A la vez que se mantiene un amplio apoyo
popular al proyecto revolucionario y su liderato. Estoy convencido de
que el liderato y la mayor parte de los integrantes del PCC no son burócratas,
sino revolucionarios sinceros comprometidos con el socialismo. Pero también
pienso que la vida pública y política cubana es demasiado
uniforme y que algunas limitaciones a la iniciativa ciudadana no se justifican.
No veo por qué toda iniciativa fuera del PCC o de las organizaciones
de masa reconocidas se ve con sospecha casi automática (no niego
que la desconfianza en ciertos casos sea necesaria), por qué la
prensa no se abre a posiciones contrapuestas sobre diversos temas, por
qué los candidatos al poder popular no pueden agruparse en corrientes
que defiendan determinadas orientaciones ante diversas cuestiones. Es
lógico que sobre la aplicación de la pena de muerte o sobre
la energía nuclear y sobre muchos otros temas existan diversos
puntos de vista. En la prensa cubana, sin embargo, tan sólo puede
leerse uno: el que explica y justifica la línea acordada por el
gobierno y el partido cubanos. Se da el caso, un tanto absurdo, como también
señalan los compañeros de Andalucía Libre, a la vez
que reiteran su apasionado apoyo a la revolución, de que los periódicos
cubanos publiquen las respuestas de diversos autores a Galeano, sin que
también se haya publicado el texto al cual responden.(4) No dudo
que el gobierno cubano tiene derecho a limitar posibles contactos con
(y evidentemente el recibo de ayuda financiera o material de) cualquier
agencia del gobierno norteamericano y que actividades vinculadas a éstas
pueden disfrazarse como iniciativas independientes. Esto es algo que exige
vigilancia. Pero esto no quiere decir que todas las iniciativas que no
haya iniciado el partido o las organizaciones de masas reconocidas sean
contrarrevolucionarias o que la revolución no pueda abrirles más
espacio. En fin, incluso en el contexto del bloqueo y la agresión
y sin exigir lo deseable pero imposible, me parece que existen opciones
que se están desaprovechando y que contribuirían al fortalecimiento
de la revolución. Notas |
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¿Indigenismo o autonomía? Héctor Díaz-Polanco Publicado
en La Jornada, |
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Desde luego, HAC tiene todo el derecho de expresar su opinión sobre un asunto que está abierto al debate. Pero tratándose de una cuestión de tanta importancia para el futuro del país, al menos podría esperarse que expusiera puntos de vista fundados. Lo más notable de sus escritos, sin embargo, es que contienen juicios sobre los planteamientos autonómicos de los indígenas que revelan un desconocimiento de lo que éstos están proponiendo a la nación. Así, imputa propósitos y metas a la autonomía que jamás han expresado las organizaciones indígenas. Imaginando lo que quieren los indios, el autor se anota fáciles victorias verbales. Por ejemplo, nadie que tenga un conocimiento elemental de los regímenes de autonomía que se han instituido en el mundo puede alegar que estos provocan aislamiento. Pero después de suponer que, en México, la autonomía que procuran los "pueblos indios y sus ideólogos" conducirá al "aislamiento", le resulta sencillo lanzarse contra ese fantasma de su propia creación. Volveré sobre el punto. No hay excusa para esta práctica. Hoy día disponemos de un corpus sobre el proyecto de autonomía, elaborado en los últimos lustros por los indígenas, que cualquiera puede consultar para formar su criterio. También están a la mano numerosos trabajos de corte académico que quizás sean más accesibles para HAC. En ellos se encuentran definiciones precisas de conceptos como pueblo, tierra y territorio, sistemas normativos, libre determinación y regiones autónomas. Se puede estar en desacuerdo con tales nociones, pero es ligero decir que adolecen de "vaguedad". En todo caso, estaremos a la espera de las definiciones alternativas de HAC y sus partidarios. Asimismo, tomando en cuenta que en muchos países de Europa y Latinoamérica se ha logrado "aterrizarlos en una legislación practicable", aguardaremos ansiosos los argumentos de HAC para entender por qué en México, según dice, esto es imposible. Todo ello resulta familiar. El conocimiento de procesos autonómicos en otros países nos enseña que a menudo, en su primera fase de discusión nacional, sectores contrarios a la autonomía arguyen todo género de imposibilidades y dificultades "prácticas". Ese fue el caso de España y Nicaragua. Las convicciones antiautonómicas se disfrazan de problemas "técnicos" irresolubles. Los hechos posteriores, una vez que se afirma en la sociedad la legitimidad y la conveniencia de la autonomía, muestran claramente dos cosas: que a menudo los alegatos "técnicos" eran, en verdad, rechazo político de la autonomía, y que los problemas "insuperables" para ponerla en práctica eran relativamente fáciles de resolver mediante la voluntad política y el despliegue creativo de la sociedad. Instituir la autonomía en países con tradición centralista no es cuestión sencilla; pero el proceso se facilita cuando se identifican las dificultades y se elaboran propuestas concretas, en lugar de poner por delante problemas de implementación como pantalla para impugnar la propuesta política. Particularidad y universalidad En su último trabajo, los reparos de HAC se basan en una idea central: que los autonomistas buscan una salida particular para los indios, al margen de la "respuesta universal" que procura la mayoría de los mexicanos. Se trata de una idea falsa. Supone que los indios autonomistas pretenden encontrar su propia salida, salvarse solos, con independencia de los cambios nacionales en la política, la economía y la cultura. Este ingenuo enfoque sectorial está lejos del presente pensamiento indio. Por el contrario, si hay una novedad en la actual plataforma india esta radica en la vinculación de sus demandas particulares con las grandes aspiraciones democráticas, socioeconómicas y políticas de la mayoría de los mexicanos. Este vínculo no es sólo identificación sino también condicionante: los indios han insistido hasta el cansancio en que no puede haber solución para ellos, sin soluciones de fondo para el país en su conjunto. No puede concebirse la autonomía sin profundos cambios nacionales. Pero entender esto no implica que los
pueblos se crucen de brazos y dejen de plantear sus propuestas de solución.
¿Los indígenas, las mujeres, los campesinos, etc., deberán
esperar hasta que haya "solución para los problemas de México"
a fin de elaborar sus demandas particulares y luchar por ellas? Esto es
una invitación al inmovilismo. A riesgo de que la "respuesta
universal" sea algo abstracto y vago, debe constituirse por la articulación
de todas las demandas y propuestas particulares. Los indígenas
han hecho su aportación, proponiendo una solución a sus
problemas particulares que se enlaza con las aspiraciones democráticas
de las mayorías. Convertir esa tarea exitosa en pretensión
de una salida aislada es no comprender las cosas. Por lo tanto, tan indebido es plantear una oposición artificial entre lo particular y lo universal, como oponer dos órdenes de solución, como lo hace HAC. La concepción de los indígenas es más compleja: entienden que no habrá solución para ellos si no hay solución para México; pero juzgan también que cualquier solución "universal" que, desde ahora, se pretenda construir sin ellos será una nueva impostura. La virtud de la necedad ¿La autonomía regional es una vía hacia el aislamiento de los pueblos indios del resto de la sociedad? Así parecen entenderlo muchos creadores de opinión pública, entre ellos Héctor Aguilar Carmín. "Creo--escribió éste en sus artículos de julio de 1995-- que la autogestión de las comunidades indígenas las va a conducir a lo que es ya su mayor problema: el aislamiento". También: "Creo que el aislamiento genera autoconsunción y sólo el contacto y la mezcla dan riqueza y fuerza cultural..." En su artículo del 21 de octubre pasado repite la misma tesis. Estos juicios parten de una errada interpretación de la autonomía. La propuesta de autonomía está lejos de "la idea de que el aislamiento es una forma eficaz de preservar la identidad y las tradiciones indígenas" (HAC, "Respuesta a Fernando Benítez", La Jornada, 7/95). El sueño del aislamiento, del que se deriva un proyecto étnico irreductible y "aparte" de la nación, es de factura etnicista, no autonomista. En un escrito de abril de 1994, Arnaldo Córdova se había referido al tema del aislamiento (Cuaderno de Nexos, 70). Después de advertir que los indígenas exigían el reconocimiento de un estatuto político (la autonomía), este autor reflexionaba: "Se ha llegado a postular que eso agudizaría las condiciones de atraso y aislamiento en que viven nuestros indígenas. Es una necedad. Si se les da esa representación nacional y se les permite autogobernarse y luchar activamente por sus derechos legítimos, ¿cómo puede pensarse que el aislamiento o el atraso los hagan sus víctimas? Todo lo contrario." Después de eso, en tres ocasiones HAC ha insistido en la "necedad", lo que indica que es un punto sobre el cual habrá que volver una y otra vez. Contra necedad, paciencia. La autonomía, como fue recalcado en el Congreso Nacional Indígena, es una propuesta de nueva relación entre los pueblos indios y los demás sectores de la sociedad nacional. En la declaración política del CNI no se habla de ensimismamiento, sino de "hermanarnos con todos los hombres y mujeres" del país. Al defender la autonomía, agregan, "defenderemos la de todos los barrios, todos los pueblos, todos los grupos y comunidades que quieren también, como nosotros, la libertad de decidir su propio destino, y con ellos haremos el país que no ha podido alcanzar su grandeza." Con el mismo espíritu se manifestaron en 1994 las principales organizaciones indígenas de México, en un manifiesto justamente titulado La autonomía como nueva relación entre los pueblos indios y la sociedad nacional (Ojarasca, 38-39). (Por cierto, sería muy conveniente que los críticos de la autonomía al menos se tomaran el trabajo de enterarse de lo que plantean los indígenas, a fin de que no borden en torno a supuestos que brotan de sus recónditas introspecciones). De entrada, allí se rechaza la explicación culturalista de la problemática indígena: "El problema [...] no está en nuestra cultura, sino en nuestra carencia de poder político al servicio de nuestros pueblos". Pero no se quiere un poder para el retraimiento y la búsqueda del ideal autárquico, sino para tener "la posibilidad de ser parte de las decisiones nacionales que atañen al conjunto del país y a nuestras regiones, municipios y comunidades". Nada que ver con aspiraciones de "aislamiento". Más aún, cuando las organizaciones indígenas demandan la autonomía no tienen en mente un mezquino esquema sectorial. El régimen que preconizan supone "transformar el actual régimen de Estado (centralizado, excluyente, autoritario, homogeneizador y negador de la pluralidad) por un Estado de las autonomías que haga posible el respeto a la pluralidad y abra las puertas a la participación de los pueblos indios en la definición de un país para todos". Y explican: "La autonomía que planteamos no es un nuevo proyecto de exclusión ni se pone al margen de la gran aspiración de la mayoría de los mexicanos que quieren democracia, justicia y libertad". Más bien, "la autonomía es la propuesta india para entrar en la vida democrática por primera vez en la historia moderna; también es la contribución de los pueblos indios a la construcción de una sociedad nacional más democrática, más justa y más humana. En este sentido, nuestra gran demanda de autonomía se identifica con las aspiraciones de todos los mexicanos no indios que desean una nueva sociedad." Igualmente, se afirma el carácter incluyente, pues en las entidades autónomas se buscaría la "convivencia en la unidad y la diversidad, bajo principios de igualdad y respeto" que permitan constituir "regiones pluriculturales o pluriétnicas". ¿Con la autonomía los indígenas pretenden colocarse "fuera" de la nación? La declaración del CNI apela a todos los mexicanos; "venimos a hacer, junto con ellos, una Patria Nueva". Evidentemente, querer construir una nación nueva no significa querer colocarse al margen de ella. Por su parte, el manifiesto de 1994 refrenda el carácter nacional del proyecto autonómico. Ante todo, "es nacional porque no niega ni rechaza la unidad que todos los mexicanos hemos construido a lo largo de la historia. Estamos por encontrar una solución política para todos en el marco de la integridad de la gran nación mexicana". Es en ese ánimo que propugnan por "formas de autogobiernos comunales, municipales y regionales, regiones autónomas", y consideran el separatismo como "una idea estéril". Tampoco pretenden imponer a toda la sociedad sus formas de vida; tan sólo buscan respeto hacia sus identidades y tradiciones, y que sus "prácticas y formas de vida se conviertan en parte del sistema político del país" a través de las instituciones y leyes adecuadas. Finalmente, tan acentuada es la voluntad de los pueblos de ser parte de un nuevo cuerpo nacional, que las organizaciones advierten contra la idea de una autonomía encerrada en la comunidad: "Pero la autonomía no sólo reducida a la comunidad. No queremos que las comunidades sigan siendo convertidas por los gobiernos en reservas de discriminación para los pueblos; que nos sigan aislando del país, que sigan reduciendo nuestros espacios de autodeterminación o libre determinación, que nos quieran aislar y separar de los demás hermanos mexicanos que luchan también por democracia, justicia y libertad. La comunidad es la base de la autonomía, pero la autonomía va más allá, buscando unir a los pueblos bajo gobiernos propios de carácter regional. Los pueblos demandamos que se cree un nuevo piso de poder regional autónomo en el país, además de los pisos federal, estatal y municipal, todos en el marco de la unidad nacional." Por esto los pueblos indios representados en el CNI concluyen su declaración política afirmando que intensificarán su lucha para lograr la satisfacción de "nuestras demandas pendientes", entre las que se cuentan la reforma del artículo 27 (es decir, revertir la contrarreforma agraria salinista) y "el reconocimiento de los niveles regionales de autonomía". El proyecto de los pueblos indios está claro. Es nacional, democrático, pluralista e incluyente. Muy pronto veremos si se persiste en la absurda necedad de un México sin ellos. El debate por la autonomía Uno de los efectos más trascendentales del levantamiento indígena de Chiapas, encabezado por el EZLN, fue el poner nuevamente en el debate nacional la cuestión de nuestra heterogeneidad étnica. La novedad de esa actualización radicó en el relanzamiento de la propuesta de autonomía como una de las grandes reformas --del pacto federal y, en general, de las relaciones entre etnias y Estado nacional-- que son imprescindibles para dar una salida justa y duradera a la crisis y sentar las bases de una sociedad democrática. No es que el proyecto autonómico se plantease por primera vez a raíz de la rebelión zapatista; pero después de ésta se afirmó en sus principios y adquirió los perfiles de la urgencia. La irrupción "de los más pequeños" incitó a los pueblos indios a asumir la autonomía abiertamente: hoy es un reclamo prácticamente generalizado, al menos entre las organizaciones indígenas; y, lo que es igualmente importante, despierta entre la población no india un interés inédito, esperanzado o angustioso, según el caso. Ahora bien, el debate en torno a la autonomía arrastra un sinnúmero de confusiones que es preciso aclarar. Una de ellas consiste en pretender dividir las opiniones, como lo hizo Héctor Aguilar Carmín, en dos supuestos bandos: por una parte, los indigenistas que supuestamente aprobarían la autonomía (o la "autogestión", como a veces la llama), y por otra los críticos del indigenismo que la rechazarían como salida (grupo en el que aquél se incluye). Se trata de un enorme error, repetido incesantemente. Ante todo, en favor de la claridad, se requiere poner las cosas en sus justos términos, identificando quién dice qué, y desde qué perspectiva. La corriente autonomista no parte de una adhesión al indigenismo, sino de una crítica profunda y severa de éste. Más aún, de las premisas indigenistas no puede derivarse autonomía alguna. El indigenismo y el autonomismo son antitéticos e irreconciliables. Tanto la intelligentsia india que arriba al proyecto político de la autonomía, como los intelectuales y académicos de la misma perspectiva, lo hacen a partir de una confrontación práctica y/o una crítica intelectual del indigenismo. La vigencia del indigenismo hace impracticable la autonomía; y la autonomía, como régimen jurídico-político y como parte de un nuevo arreglo nacional, supone la cancelación de todo indigenismo. Así las cosas, el intento de HAC de recusar la autonomía ("la autogestión de las comunidades indígenas", dice él) a partir de criticar al indigenismo es, en el mejor de los casos, un error de cálculo. El autor quiere hacer un lance de tres bandas: 1) impugnar el indigenismo, al que caracteriza como una "simulación"; 2) desmitificar la base de la organización india (es decir, la comunidad), idealizada por el indigenismo y 3) concluir a partir de estas premisas que la autonomía es una falsa salida. El supuesto detrás de esta escaramuza intelectual es que, puesto que la comunidad indígena no es como la pinta el indigenismo, toda solución (autonómica) que se funde en ella provocará más perjuicios que beneficios, incluso para los propios indígenas. Esta argumentación falla en su propia articulación. Se pueden aceptar sin vacilaciones las dos primeras proposiciones (esto es, el carácter simulador del indigenismo y la idealización de la vida en las comunidades indígenas), sin que esto afecte la conformidad con la autonomía. La razón ha sido adelantada: la bandera de la autonomía regional que levantan los pueblos indios no requiere una adhesión a cualesquiera de las variantes indigenistas ni a las idealizaciones de la organización comunal sino, por el contrario, su impugnación explícita. Curiosamente, fueron las críticas de HAC al indigenismo y a la comunidad las que despertaron cierta atención y las consiguientes respuestas airadas de defensores oficiosos de la política oficial. Sospecho, sin embargo, que al autor le importaba menos impugnar el indigenismo que poner en cuestión las demandas políticas de los pueblos indios, actualizadas por la rebelión zapatista. Su disputa no era, pues, con el indigenismo sino con el movimiento indígena autonomista y, en particular, con el zapatismo. Preocupaba el zapatismo que se advertía en el autonomismo indígena, particularmente en su más reciente formulación. De hecho, como veremos, el crítico del indigenismo se adscribe, ignoro si con conciencia de ello, en una de las corrientes indigenistas que en el mundo han sido. Irónicamente, los contradictores de HAC (Fernando Benítez y Acosta Becerra) no comprendieron la intención de aquél y se fueron con la finta del debate indigenista. Por lo dicho se explica, en cambio, el silencio del indigenismo oficial: ningún indigenista en activo, funcionario o antropólogo (en los aparatos o en la recreación ideológica) salió en defensa de la política oficial. Una razón radica en el sencillo hecho de que el indigenismo, hoy, es indefendible. Otra tiene que ver con algo menos evidente: los ataques de HAC no se dirigían a impugnar las posiciones del régimen, sino a apuntalarlas. Se puede aventurar otra hipótesis: quizás nuestro autor quedó confundido por el hecho de que, en los últimos años, algunos connotados indigenistas se han "convertido" inopinadamente al autonomismo, aunque sólo sea de dientes para afuera. Pero esto no implica un cambio en la política del Estado, que pretende ahora continuar su práctica indigenista bajo la retórica "autonomista"; más bien expresa los preparativos de algunos funcionarios previsores, quienes se aprestan a abandonar un barco (el indigenismo) que se va a pique, con la esperanza de salvarse del naufragio. El indigenismo simulador Como si fuera piedra de escándalo, HAC lanzó la acusación al indigenismo de ser una simulación. Para la corriente autonomista esto no era ninguna novedad. Al menos desde hacía tres lustros, los autonomistas veníamos sustentando esa crítica. Por todos los medios se proclamó que el indigenismo era una gran impostura. La conclusión no dejaba lugar a dudas: "la solución de la problemática étnica no radica en encontrar el modelo de “buen indigenismo”, en contraposición de un indigenismo “negativo”, sino en colocarse fuera de la lógica misma de cualquier indigenismo" (1991). La razón de esta posición es que el indigenismo cobija una ideología y una práctica orientadas a la disolución de las identidades indias, bajo el supuesto de que son la expresión de un "atraso" incompatible con la sana formación de la nación y el progreso. Este es el planteamiento de la variante integracionista, asumida abiertamente en México hasta la década de los setenta y, en los hechos, vigente hasta nuestros días. Para ejercer su acción asimilacionista, los indigenistas no toman en cuenta el punto de vista ni mucho menos el interés de los pueblos, puesto que por definición el indigenismo es la política de los otros (de los supuestos depositarios de la razón, la civilización y los instrumentos del progreso), fundada en la posición de poder que les otorga el Estado. En efecto, la definición más exacta del indigenismo sigue siendo la elaborada por uno de sus más lúcidos teóricos, Gonzalo Aguirre Beltrán: "El indigenismo no es una política formulada por indios para la solución de sus propios problemas sino la de los no indios respecto a los grupos étnicos heterogéneos que reciben la general designación de indígenas". Es claro, por tanto, que los indios autonomistas no podrían colocarse en el marco de un sistema de pensamiento y acción que niega el más mínimo ejercicio de autodeterminación por parte de los pueblos. La autonomía es, en contraste, una política formulada por los indios para la solución de problemas propios y para aportar a la resolución de otras cuestiones que atañen a la nación en su conjunto. De paso puede advertirse que en la variante integracionista encontramos un énfasis en lo nacional (la universalidad), en contraposición con lo étnico (la particularidad irreductible), concebido éste como una realidad indeseable; una exaltación del mestizaje como la vía privilegiada de constitución de la nacionalidad; una vinculación de lo más substancial de las otras identidades con lo retrasado e inviable, etc., planteamientos todos ellos que están emparentados con las posiciones sostenidas por HAC en varios pasajes de sus escritos. Lo dicho: su crítica no se enfila contra cualquier indigenismo, sino contra una variante (la etnicista), pero desde su contrincante histórica: el viejo indigenismo integracionista. ¡El enfoque que la antropología oficial anterior al triunfo neoliberal consideró superado y enterrado! En una de sus obras, J.P. Sartre refirió la situación paradójica en que a veces se envuelven los que buscan innovar el pensamiento: mientras quieren ir hacia adelante terminan asumiendo posiciones del pasado, "vienen a parar más atrás". Buscando poner en cuestión el autonomismo, HAC ha dado en el viejo integracionismo, tan responsable de las desgracias contemporáneas de los pueblos indios. Sus propuestas y reflexiones no están colocadas frente al indigenismo, sino en el seno y la lógica de éste. La mayoría de las recusaciones de HAC contra el indigenismo son, en realidad, impugnaciones del etnicismo, adoptado retóricamente por el Estado mexicano en los setenta. Fueron los etnicistas los que llevaron la idealización de la comunidad indígena hasta el extremo de considerarla, como dice HAC, "un lugar más genuino, real, mexicano y profundo que el resto [...] de México". Interpretada por este maniqueísmo exacerbado, la comunidad terminó siendo el ámbito de lo auténtico, lo armonioso, etc., en contraposición con un mundo opuesto (el "occidental"), considerado en bloque como el ámbito de las tinieblas. Todo esto configuró una suerte de etnocentrismo invertido. La aseveración, difundida por Guillermo Bonfil, de que la "única civilización, las únicas culturas auténticas, son las que encarnan los pueblos indios", ilustra esta desmesura. La corriente autonomista insistió en que ésta no era la comunidad real, y que el llamado México profundo, contrapuesto al México imaginario, resultaba ser igualmente imaginario. Incluso planteó que así como tendrían que cambiar rasgos de la organización y la vida nacionales, también sufrirían transformaciones o adaptaciones inevitables aspectos o relaciones de la actual vida comunitaria. Pero lo que no resulta válido es derivar del rechazo a la comunidad idealizada, el rechazo de la comunidad misma como base de una organización autónoma. Las comunidades son núcleos de identidades vivas. Sin embargo, los promotores de la autonomía jamás han sostenido que la comunidad deba mantenerse estática y ajena a los cambios. Los pueblos están pugnando por fortalecer su cohesión étnica y conquistar su autodeterminación; y, al mismo tiempo, por actualizar sus relaciones internas en vista del nuevo vínculo democrático y justo con la sociedad global que contrae todo régimen de autonomía. Estas opciones no son excluyentes. Con la autonomía los pueblos buscan establecer nuevas relaciones en el marco nacional, lo que impactará la vida interna de las comunidades. Pero se trata de que los eventuales cambios no sean definidos unilateralmente por la voluntad autoritaria de los otros y su Estado opresor, sino en virtud del diálogo, la negociación y el acuerdo democrático; y, desde luego, de que esos cambios redunden en beneficio de los propios pueblos. Este es el espíritu de la autonomía. Dicho sea de paso, HAC ha destacado como uno de los aspectos negativos de la comunidad el carácter "siniestro" de la vida de la mujer, marcada por opresión y vejaciones. Nada, por cierto, que no pueda advertirse en nuestra sociedad mestiza y civilizada. Ahora bien, en las recientes asambleas del movimiento autonomista la desigualdad de género se ha planteado en términos críticos cuya severidad no es frecuente en las asambleas del celebrado México mestizo. Las mujeres indígenas han sido claras: la autonomía incluye una renovada visión de género y, en particular, debe suprimir todos los "usos y costumbres" que opriman y limiten sus vidas. Con ello queremos resaltar que no existe en el movimiento autonomista el pretendido apego ciego a la tradición, refractario a la crítica y aferrado a un feroz consenso. Las consejas sobre un fundamentalismo indígena que se niega al cambio y que desafía todo llamado a la tolerancia, deberían tomarse con más precaución. A menudo, estos tópicos son difundidos por quienes precisamente no quieren ver cambios ni el florecimiento de la pluralidad en el país. Ocurre, en efecto, que sea el imperio estatal sobre los pueblos indios el principal obstáculo para que ciertos cambios tengan lugar en las comunidades, como lo ilustra el bochornoso expediente Chamula, en donde el régimen de dominación de las comunidades es el sostén de la intolerancia. |
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Opciones indígenas nacionales Héctor Aguilar Camín La Jornada 4 de noviembre de 1996 |
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No sé cómo pueda aterrizarse en la práctica la noción de autonomía para los pueblos indígenas, sobre la que el Congreso ha de pronunciarse en breve. He leído en La Jornada algunos intentos de explicar ese punto como si fuera obvio. Me parece menos obvio que nunca. Para empezar, no hay acuerdo en la modalidad autonómica deseada. En la especificidad del estatuto autonómico hay quienes prefieren la autonomía a nivel de la comunidad (como el INI y Adelfo Regino, coordinador del pueblo mixe) y hay quienes prefieren el estatuto de “regiones autónomas pluriétnicas”, como el Congreso Nacional Indígena y antropólogos como Héctor Díaz-Polanco, quien ha escrito un libro sobre el tema.
2. Los pueblos indios podrían reclamar para sí las posiciones de la administración pública federal dedicadas a atender cuestiones indígenas. La Comisión Nacional de Derechos Humanos acaba de publicar un Directorio de servicios y programas de las instituciones del sector público federal orientados al desarrollo de los pueblos indígenas. El directorio tiene más de 600 páginas y enlista el doble de dependencias y programas destinados a servir a los pueblos indios. Supongo que no habría objeción razonable a que los pueblos indios se sirvieran directamente de los puestos y presupuestos destinados a ellos. El mismo reclamo de administración directa podrían hacer los indígenas en el ámbito estatal y municipal. Un reclamo de voz y voto podrían plantear también en todas las instancias de gobierno donde se toman decisiones educativas, culturales, de política social, de política económica y de obra pública que afectan a la población indígena de México. 3. En su propio beneficio y en beneficio histórico del país, los pueblos indios podrían emprender una cruzada nacional contra dos aislamientos que son su talón de Aquiles tanto de como el de la lucha contra la pobreza en México: el aislamiento cultural y el aislamiento geográfico. El aislamiento cultural se remite a la persistencia de una población indígena de varios millones que no habla español y carece, por lo mismo, del primer instrumento de supervivencia en una sociedad mayoritariamente castellanizada. El movimiento de los pueblos indios podría proponerse garantizar la supervivencia de las lenguas indígenas junto con la plena posesión del español para todos los indígenas de México. El aislamiento geográfico se refiere a que la parte dura del México indígena --la más pobre, aislada y monolingüe-- vive refugiada en unas 18 mil comunidades de difícil acceso, la mitad de ellas de menos de 100 habitantes y la otra mitad de menos de 500 (José del Val: “La reconstitución de los pueblos indios”, La Jornada, 8 de octubre de 96.). No hay programa de inversión pública o beneficio económico que pueda llegar a esas comunidades. No es razonable exigirlo de ningún gobierno ni esperarlo de ningún modelo de desarrollo. He ahí una tarea civilizatoria que los pueblos indios pueden ofrecerse a sí mismos y al país: agrupar su población dispersa, colaborar con su fuerza política a una reagrupación demográfica que permita intentar al menos la erradicación de los núcleos de pobreza irreductible en que fueron convertidas, por su terrible historia de opresión, dispersión y aislamiento, las zonas de refugio indígena. |
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| Compuerta
Autonomías indígenas: Riesgos y realidades Héctor Aguilar Camín Revista Nexos, México, Enero 1997. |
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De acuerdo con la Cocopa [Comisión de Concordia y Pacificación] pronto se enviará al Congreso una propuesta de reforma constitucional para que se reconozcan los derechos de los pueblos indígenas, hecho que, aseguran sus integrantes, será un "gran paso" para la pacificación del estado de Chiapas. Los cambios a la Constitución, dicen, estarán basados en los acuerdos de San Andrés Larráinzar, principalmente los que se refieren a la autonomía, la libre determinación y los usos y costumbres de los pueblos indígenas. Al respecto, usted ha advertido varios riesgos, sobre todo el de derivar a un régimen de "reservación y aislamiento". ¿Podría abundar sobre el tema? A fines del siglo XX, el problema de los pueblos indígenas de México es el aislamiento. El aislamiento geográfico y el aislamiento cultural. Me parece que habría que tratar de romper esos dos aislamientos más que darles un marco legal especial que pueda perpetuarlos o prolongarlos. Yo encuentro en esta idea de una legislación especial para los pueblos indígenas un riesgo -subrayo, un riesgo- de que en vez de autonomías reales y practicables se consagren tendencias al aislamiento y a una vida práctica de reservaciones. Me parece, por otra parte, que hay un problema en la falta de claridad sobre quiénes son los titulares de esos derechos indígenas: ¿todos los indígenas de México o sólo ciertas comunidades de población mayoritariamente indígena? No tengo claro tampoco cuáles son los territorios sobre los que pretende ejercerse la autonomía y en qué consiste exactamente la autonomía a que aspiran. El asunto está, a mi juicio, lleno de ambigüedades. Se puede prestar a una especialidad mexicana que es la ficción jurídica: leyes impracticables, leyes inoperantes, leyes muertas. Usted ha sostenido que una "gran debilidad estratégica" del movimiento indígena es pedir leyes especiales en vez de aprovechar las existentes, esto es, particularizar en lugar de universalizar ¿Cómo es esto? El esfuerzo civilizatorio de la sociedad moderna occidental, desde la Ilustración y la Revolución Francesa por lo menos, ha sido universalizar los derechos del hombre, así como las leyes e instituciones que garantizan mejor el ejercicio de esos derechos. Universalizar no quiere decir excluir, sino precisamente lo contrario: tener márgenes institucionales, legales y políticos donde puedan caber todas las minorías y las particularidades, en una gama más cierta y universal de derechos y obligaciones. Creo que los pueblos indígenas difícilmente inventarán algo que les dé más garantías y que pueda ajustarse mejor a sus necesidades. Lo cual no quiere decir que renuncien a su peculiaridad, sino que la inscriban en un marco más amplio, generoso y universal de derechos. Otra cosa es que esos derechos no puedan ejercerse en México a plenitud por deformidades políticas, sociales y raciales heredadas. Ese es un problema común de los mexicanos. No veo por qué si las leyes actuales no funcionan, funcionarán las nuevas especiales que se fabriquen para los indígenas. No se corrige, creo, el incumplimiento de unas leyes generales haciendo leyes particulares. No veo por qué, si el municipio indígena no funciona, va a funcionar la comunidad autónoma indígena. Dentro del espíritu universal de la representación política es posible incluir la vigencia de usos y costumbres peculiares de los pueblos indígenas, como sucede ya en Oaxaca sin necesidad de un cambio constitucional. Al revés, creo, sería imposible: los usos y costumbres de los pueblos indígenas de Oaxaca y Chiapas no podrían garantizar las necesidades de representación política más amplias de los mexicanos, como el sufragio universal y secreto, o la competencia electoral de distintos partidos políticos. Legislar sobre los derechos indígenas, que es ahora la demanda principal del EZLN, ¿sería recurrir al mismo remedio que durante siglos ha fracasado, según se desprende de lo que usted ha escrito? En parte, sí. Las leyes especiales para los pueblos indígenas no sirvieron, a lo largo de nuestra historia, para impedir su explotación y su progresivo aislamiento. Pero tampoco hubo muy buenos resultados con la aplicación genérica de las leyes liberales del siglo XIX sobre los pueblos indígenas. Es una cuestión compleja que no tiene respuestas fáciles o únicas. Lo que puede decirse es que, en general, los pueblos y los individuos indígenas a quienes les ha ido menos mal en este país es a los que desarrollaron mayor capacidad de contacto, de mezcla y de integración con la corriente básica de la vida nacional. Yo creo que las oportunidades de los pueblos indígenas están en el contacto, no en el aislamiento. En su opinión. ¿cuál es la mejor solución a la problemática indígena resaltada a raíz del primero de enero de 1994? No sé cuál es la solución. Seguramente no hay una, sino varias soluciones. Pero el requisito para que las soluciones funcionen es que los pueblos indígenas rompan su aislamiento geográfico y cultural. Hay 80 mil comunidades indígenas de entre 500 y 100 habitantes. No hay gobierno ni economía que pueda llevar a esas comunidades los beneficios mínimos de la vida moderna. Hay cinco millones de indígenas que no hablan español. No hay instituciones jurídicas, educativas o culturales que puedan evitar que esos indígenas monolingües estén en desventaja frente a la sociedad en que viven. La legislación más perfecta y justa no les dará a esos pueblos bienestar económico y fuerza cultural. Tienen que dárselos ellos mismos. Tienen que dejar de esperar y pedir, y empezar a hacer. Como hicieron Juárez y Altamirano en el siglo pasado. O Rufino Tamayo en el XX. Hay más lecciones de supervivencia efectiva para los pueblos indígenas en esos ejemplos que en todas su rebeliones heroicas y fracasadas, ahogadas en sangre. ¿El que los indígenas formen un partido político nacional sería la opción principal? ¿Podría detallar al respecto? No sé si formar un partido político es la opción principal, pero desde luego es una opción interesante para la causa indígena. La causa indígena tiene visibilidad, credibilidad y aliados suficientes en la sociedad mexicana para intentarlo. El riesgo de un partido así es evidente: la institucionalización de una causa racial, particularista, que podría introducir grandes disonancias y despertar arcaicas pasiones en la vida pública. Pero tendría también la ventaja de hacer transparente el planteamiento político indígena y confrontarlo con las otras opciones democráticas del país. Sería una forma de apostar a la particularidad dentro de la universalidad de la competencia política, en vez de practicar esas puertas traseras de la excepción legal y la peculiaridad cultural que son el feudo filantrópico y bienpensante de tantos indigenistas de ayer y de hoy. Su propuesta de que los pueblos indios pueden agrupar su población dispersa para vencer su aislamiento geográfico y cultural, ha sido interpretada por algunos en el sentido de que a los indios hay que mantenerlos en reservaciones como sucede en los Estados Unidos y Canadá. ¿Es cierto esto? ¿Sería ésta una opción en México? Si se quieren tener los beneficios de la vida moderna -médicos, luz, agua potable, 75 años de vida en promedio, etc.- hay que vivir en comunidades que hagan posible, financiable, alcanzable ese tipo de vida. No se pueden tener clínicas de seguridad social para cada población de 500 habitantes y menos. Para alcanzar los bienes de la civilización moderna (los bienes que, por ejemplo, pidieron las comunidades rebeldes chiapanecas en la consulta que se les hizo en marzo de 1994), hay que vivir en poblaciones de mayor densidad demográfica que las que tienen esas comunidades, a veces simples familias extensas que han fincado en medio de ninguna parte. Para recibir esos beneficios, hay que conglomerarse. El millón de indígenas que vive en la Ciudad de México, tiene más probabilidades de acceder a la electricidad, el agua potable, el transporte público y los hospitales cercanos. ¿Por qué? Porque viven en la ciudad. Ese mismo millón de indígenas dispersos en poblaciones de 100 y 500 habitantes no tienen ni podrán tener esos bienes, a menos que los produzcan ellos mismos. Pero ningún gobierno encontrará costeable y para ninguna economía será rentable llevar esas cosas a comunidades tan dispersas. Mi idea es que los propios pueblos indígenas entiendan el problema y sean ellos quienes diseñen la conglomeración que les convenga para poder ser beneficiarios de esos bienes modernos que dicen ambicionar. Que lo hagan ellos, que lo decidan ellos. A sabiendas de que, si no se agrupan en las proporciones adecuadas, no van a recibir eso que las comunidades de las cañadas chiapanecas pidieron en 1994: empleo, guarderías, escuelas primarias y secundarias, luz eléctrica, agua potable, lavadoras, televisores, quirófanos, etc. Mi propuesta es que lo asuman y lo hagan ellos. ¿Qué consecuencias positivas o negativas tendrá el legislar sobre los derechos indígenas? ¿Realmente, como usted ha dicho, sería caer en una nueva ficción jurídica y otra simulación indigenista de fin de siglo? ¿Por qué? Mientras no se aborde con sentido práctico el tema del aislamiento geográfico, económico y cultural de la población indígena -es decir: la población indígena monolingüe y refugiada en comunidades de entre 500 y 100 habitantes- no habrá ley que valga para mejorar la situación de esos pueblos. Será más o menos igual si en la ley se inscriben las palabras "autonomía indígena" o las palabras "agencia municipal". Dará más o menos lo mismo si se inscriben las palabras "autonomía regional" o las palabras "soberanía estatal". Los mexicanos somos especialistas históricos en hacer leyes que no podemos cumplir. La nueva legislación indígena no tiene por qué ser una excepción. ¿Esto no pone en entredicho todo lo realizado por la Cocopa, el Gobierno Federal y el EZLN hasta la fecha? No, en absoluto. Lo que ellos han hecho para todos nosotros es evitar el mayor mal político de todos, que es la violencia. Su tarea es haber mantenido el conflicto chiapaneco dentro de los márgenes de la negociación y el acuerdo. Ese es su éxito y no podemos sino agradecerles la paciencia y las muchas horas dedicadas al tema. Ahora, que las leyes salidas de esa negociación política vayan a resolver el problema histórico de los pueblos indígenas, es otro problema. Con todo respeto, me permito dudarlo. ¿Qué opinión tiene de otros estudiosos del tema con los cuales ha polemizado, como el doctor Héctor Díaz-Polanco o el asesor del EZLN, Luis Hernández Navarro? ¿Sigue válida su razón de que aún no entiende usted la idea autonómica que se propone? Sigo sin entenderla cuando se aplica a México. Cuando se aplica a regiones indígenas como la Amazonia o los miskitos de la costa atlántica nicaragüense, la noción de autonomía tiene una realidad casi física: el enorme territorio virgen o semivirgen en que moran esas tribus. Cuando se aplican a México, las palabras "autonomía indígena" tienen para mí el sabor de una construcción ideológica, de un rollo que los mismos interesados no pueden precisar. Ahora bien, cuando alguno de sus alumnos recuerda que hay que respetar las ideas de todos, nuestro amigo y colega Froylán López Narváez suele decir que no hay que respetar las ideas de nadie, sino a las personas de todos. Yo no coincido con las ideas de Díaz Polanco ni de Luis Hernández Navarro sobre estos asuntos indígenas, pero tengo un gran respeto por ellos. Difícilmente habrá un conocedor más acucioso de los asuntos de las autonomías indígenas que Héctor Díaz-Polanco, y difícilmente tendrá el EZLN un asesor de mayor valor práctico y alegatorio que Luis Hernández Navarro, quien, además, es el intermediario mismo de la modernidad agrícola chiapaneca, porque es el organizador de los cosechadores de café orgánico de la zona, un nicho altamente refinado de la demanda del mercado mundial. ¿Qué opina del subcomandante Marcos, del EZLN, la Comisión Nacional de Intermediación, la Cocopa, de la representación gubernamental en los diálogos de Chiapas y de la actitud que ha mostrado el gobierno a lo largo de estos casi tres años de que empezó la llamada rebelión indígena? Opino que ha habido en todo este proceso
mucha simulación y mucha realidad. Mucho ruido y pocas nueces.
Pocos indígenas y demasiados intermediarios.
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Le casse-tête de l'autonomie indienne
Revista Volcans, No. 26, Paris, 1997 |
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Le
différent sur la question des droits indigènes traduit l'existence
de deux projets difficilement conciliables. NOTAS
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