Héctor Díaz-Polanco
La rebelión zapatista y la autonomía

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ÍNDICE

Preámbulo

Agradecimientos

PRIMERA PARTE
EL RECÓNDITO FANTASMA AUTONÓMICO

I. AUTONOMÍA Y TERRITORIALIDAD

1. Comunidad y territorio indígenas; 2. ¿Etnicidad contra modernidad?; 3. El mito de la comunidad invencible.

II. HUELLAS HISTÓRICAS DE NACIONES DIVERSAS

1. ¿Aztequismo o pluralismo?; 2. Los desafíos de la periferia; 3. Las pistas de la diversidad.

III. LA EXPERIENCIA AUTONÓMICA

1. ¿Autonomía comunal o regional?; 2. El proceso autonómico; 3. La autonomía en Groenlandia; 4. La autonomía en la Costa Atlántica de Nicaragua; 5. Hacia las propuestas indígenas.

SEGUNDA PARTE
LA SITUACIÓN DE LOS PUEBLOS INDIOS

IV. EL NECRONOMICÓN INDÍGENA

1. Situación demográfica; 2. Lenguas indígenas reconocidas; 3. Distribución de la población; 4. Población monolingüe y bilingüe; 5. Niveles educativos; 6. Algunos indicadores socioeconómicos; 7. Servicios y características de la vivienda; 8. Condiciones de marginación.

V. UN INMENSO DILUVIO: COMUNIDADES NAHUAS DEL ALTO BALSAS

1. Pueblos con historia; 2. La configuración regional; 3. La amenaza de la presa; 4. De nikan para tech kixtizke, xtopa tech miktizke ("Para sacarnos de aquí primero tendrán que matarnos"); 5. La disputa por una estrategia regional de desarrollo; 6. La propuesta de los nahuas.

VI. RESPUESTA GUBERNAMENTAL: EL LABERINTO DE LA PRONASOLEDAD

1. El combate de la pobreza; 2. El programa nacional de desarrollo de los pueblos indios; 3. Los fondos regionales de solidaridad; 4. Un caso paradigmático: la experiencia oaxaqueña; 5. PRONASOL: el cajón de sastre.


TERCERA PARTE
DEL NEOINDIGENISMO A LA REBELIÓN ZAPATISTA

VII. DERECHO NACIONAL Y PUEBLOS INDIOS: TODO LO COMUNAL SE DESVANECE EN EL AIRE

1. EL gran desafío: fin del pacto agrario; 2. El 4º constitucional y su ley reglamentaria.

VIII. LA REBELIÓN QUE VINO DE LA NOCHE

1. Autonomía: asignatura pendiente; 2. El sustrato racista y etnocéntrico; 3. Las sombras del PRONASOL; 4. La reacción de los intelectuales.

IX. EL EZLN Y EL DILEMA NACIONAL

1. Una breve historia: fuego eterno al maximalismo, 125; 2. Las voces de la autonomía, 127; 3. Conversación en la catedral, 129; 4. Una propuesta de ley memorable, 132; 5. Crítica de la razón reglamentaria, 134; 6. Preparando el camino, 136.

X. UMBRALES DE LIBERTAD: LA AUTONOMÍA EN EL DIÁLOGO DE SAN ANDRÉS

1. Convergencias y divergencias en la primera mesa; 2. La tercera fase del diálogo; 3. Primeras brechas; 4. La "nueva relación" de los indios y el Estado; 5. El cimiento de la autonomía; 6. ¿Pueblos sin poder?; 7. Pesos y contrapesos; 8. Los acuerdos y las reservas.

ADDENDA: PROPUESTAS EN PUGNA.

BIBLIOGRAFÍA.

 

Guillermo Almeyra

 

Rosalva Aída Hernández

 

Anna Pi i Murugó

 

Federico Reyes Heroles

 

Dan La Botz (Mexican Labor. News and Analysis)

 

Laura Patricia Romero

 

Héctor Díaz-Polanco

   

Preámbulo

En sus comunicados, los pueblos indígenas de la selva Lacandona y de los Altos de Chiapas que se levantaron en armas el primero de enero de 1994, se llamaron "los que en la noche andan". Aludían a su condición más honda: la de mujeres y hombres excluidos, menospreciados y hasta perseguidos por un régimen social que los considera la peste de la tierra. La inmensa sombra de ese menosprecio ("encima nuestro caminan la muerte y el desprecio"), los hace vivir en una oscuridad tan densa como la noche.
Para los gobernantes, estas comunidades no deben ser vistas ni oídas. Colocadas fuera de la historia, su lugar es el de las sombras. Son pueblos invisibles y prescindibles. Lo que los hace invisibles es su cosmogonía incorpórea, sus relaciones misteriosas, su rebeldía a aceptar reglas que los condenan a desaparecer. Nada de esto puede verse, porque se rechaza la única visión realmente humana: la mirada cultural --no compasiva sino empática-- que permite ver a los otros; y, además, porque no conviene ver como plenamente humano lo que se niega como tal. Por eso, urge borrar cuanto antes a los pueblos indios del paisaje nacional y hasta de las estadísticas y los censos. Al menos hay que ocultar su existencia, mientras se esfuman en el crepúsculo de la modernidad que, en mala hora, los engendró.
Por ahora, lo que tienen de visible los pueblos indios es lo que puede integrarse como riqueza, como mercancía o como fuente de valor: sus tierras, sus recursos, su fuerza de trabajo. Lo visible es también lo vistoso, lo folklórico, lo jocoso y parodiable. Lo demás es in-apreciable, fuera de este mundo y, por lo mismo, contrario a este mundo. Los indígenas son igualmente vistos como los mentecatos (mente captus); esto es, los que no tienen todas las facultades y el uso pleno de la razón, los "cogidos de la mente". Por ello no están en condiciones de decidir lo que les conviene y deben ser conducidos por otros. Puesto que se presume tal enajenación, se les niega capacidad para gobernarse, para determinarse políticamente y para ocuparse de sus asuntos.
Este ensayo habla de esos pueblos invisibles, de su mundo, de sus penurias; pero también de su dignidad, de sus luchas, de sus demandas históricas y de la luz deslumbrante que proyecta su ética de "nada para nosotros, para todos todo". En la cultura, como en el pensamiento, el punto de llegada es un punto de partida. Hay círculos que se cierran, mientras se abren otros. Asimismo, al llegar a su plenitud como tales, merced al ejercicio de su autodeterminación y autonomía, los pueblos invisibles serán visibles como otros. Ya no serán negados. Y al hacerse visibles de este modo humano, tal iluminación los hará finalmente parte dichosa de todos.

 
   

Autonomía y Zapatismo
Sobre el libro La rebelión zapatista y la autonomía

Guillermo Almeyra*

 

Este es un libro importante, escrito por un importante especialista. Desde el título, en el que se lee “rebelión” y no “revolución”, se evidencia el intento—exitoso—de poner las cosas en su sitio exacto y los puntos sobre las íes en lo que se refiere a la práctica y la teoría. El autor procede de modo clásico, de lo abstracto y fundamental (la comunidad como base de la identidad indígena o el problema de la autonomía, que ve en diversos países) hasta lo concreto (el zapatismo y sus propuestas en los Acuerdos de San Andrés), pasando por la historia en general, y por la historia de las luchas sociales de los indígenas mexicanos en particular. Por fortuna, a este método tan claro se agrega un estilo didáctico y brillante y un modo “laico” de enfocar los problemas, sin fideísmo ni santificación de nada o de nadie.
Es importante este libro porque sobre el problema del indigenismo, de las comunidades y del comunalismo, así como sobre el de las autonomías se ha escrito mucho, pero no siempre atinada y coherentemente. Por lo general la discusión ha caído en una querella ideológica, en un proceso a las intenciones y en una visión puramente mexicana del problema o, incluso, puramente instrumental desde el punto de vista político, al extremo de que impera la neblina y habrá que buscar una brújula para orientarse en ella. Tocará agradecer pues a Díaz-Polanco si, en el futuro, estas cuestiones fundamentales podrán ser encaradas con mayor objetividad y rigor en el uso de los conceptos.
A este respecto me parece fundamental la distinción que hace el autor de este denso libro de no demasiadas páginas (lo que cual lo hace doblemente accesible, pues reduce su costo y lo pone al alcance de todos) entre los conceptos de comunalismo y comunitarismo; y la visión de que la autonomía no puede ser comunal (y mucho menos aún en las comunidades pluriétnicas) sino territorial, regional, al menos. Es igualmente fundamental, a mi juicio, la visión de la autonomía dentro de la estructura estatal: o sea, no como ghetto, o mancha de leopardo, especie de reserva indígena a la estadounidense, sino como detonante de la autonomía general y democrática de todas las organizaciones políticas de base, como los “Municipios Libres” (que ni son libres ni son autónomos, pues dependen de los Estados locales, que a su vez dependen del Estado nacional hasta para las menores cosas).
En una palabra, Díaz-Polanco se niega a ver a los indígenas solamente desde su separación y su identidad étnica y a crear una barrera paternalista entre ellos, el resto (mayoritario) de la población y la democratización general del Estado. Además, coloca el problema de los indígenas de México en la evolución de los indígenas de toda América Latina hacia una toma de conciencia y un abandono de la etnicidad específica y en la lucha por una autonomía que sea poderoso instrumento de renovación democrática del Estado centralista y racista, liberal-positivista, nacido de la Colonia, la Independencia y las guerras civiles del siglo XIX.
El autor rechaza la mitificación de la comunidad y las formas modernas del mito del buen salvaje, pero se cuida muy bien de ver sólo en las costumbres indígenas y las comunidades actuales una reducción, una imposición resultante de la opresión colonial. Destaca en cambio que usos, religión, vestidos, costumbres, alimentación, organización social han sufrido fuertemente la imposición de las clases dominantes durante nada menos que medio milenio y no son en ninguna medida originales o naturales; pero también que los indígenas han resistido esa imposición, la han hecho pasar por el tamiz de su propia cultura, la han remodelado e interpretado. Por consiguiente, ni es acrítico frente a los usos y costumbres (inaceptables e inaceptados por muchas de las mujeres y de los más esclarecidos entre los jóvenes de las comunidades) ni tampoco acepta la supuesta superioridad de las leyes generales del Estado.
Díaz-Polanco, sobre todo, ve en el comunitarismo y su extensión regional el libre derecho de autodeterminación por las poblaciones locales, y al mismo tiempo la palanca para la reforma democrática del territorio, expresada en la creación de Municipios realmente libres, por las propias poblaciones, sobre la base étnica, cultural, económica, política.
Al comunalismo etnicista de los indigenistas, con todo su paternalismo asistencialista y su conservadurismo, el libro opone la politización regionalista y democrática, que reconstruye la nación sobre una base pluriétnica, pluricultural, con los instrumentos de la autonomía y de la autogestión y, precisamente, en el territorio, local y nacional, mediante alianzas con los demás sectores oprimidos.
Particularmente útiles resultan los análisis de las leyes de autonomía para los grupos nativos de Groenlandia y de Nicaragua para reforzar la idea elemental de que la autonomía no conduce a la ruptura de la unidad estatal y para ligar también la autonomía con la lucha por la democracia formal y la democracia con contenido social y con la reconstrucción del Estado sobre otras bases. Se puede escapar así de la aparente oposición exclusiva entre Estado liberal y libre mercado o Estado centralista y planificación desde arriba para mostrar que es posible planificar desde abajo con la autogestión social generalizada y remodelar al Estado cambiando la relación social.
Son también importantes las críticas que el autor hace, al igual que las mismas comunidades zapatistas, a los Acuerdos de San Andrés y el estudio de las experiencias de autonomía pluriétnica y territorial que a escala regional o supracomunal realizan en diversas regiones del país diversas etnias.
Los Acuerdos están lejos de ser el non plus ultra de los derechos indígenas. Son, simplemente, el resultado significativo de una relación de fuerzas política a escala nacional, obtenida gracias a la tenacidad y decisión de los zapatistas, con el apoyo de otros amplios sectores, generalmente urbanos. Una cosa es exigir su cumplimiento, tal como se exige el respeto por la Constitución, y otra es pensar que ni aquéllos ni ésta son perfectibles. Es evidente que el esfuerzo debe concentrarse ahora en incorporarlos a la legislación fundamental y no en rediscutirlos, ni siquiera para mejorarlos. Pero nunca está de más mirar al horizonte, aunque sólo se piense recorrer un difícil kilómetro de camino...
* Analista internacional. Articulista del diario La Jornada y de otras publicaciones. Miembro del Comité Editorial de la revista Viento del Sur. Su última obra (en colaboración con Enzo Santarelli) es Che Guevara, el pensamiento rebelde, Ediciones La Jornada, México, 1997. Es profesor de la Universidad Autónoma Metropolitana (México).
   

El zapatismo en la era de la autonomía

Rosalva Aída Hernández*

 

Hace algún tiempo, Héctor Díaz-Polanco me comentaba que en una de sus múltiples confrontaciones con los críticos de la autonomía, una conocida antropóloga le aseguró que la autonomía no podía ser una reivindicación indígena, ya que jamás había escuchado el término entre los indios. Corrían el primer mes de 1994. Ante tal argumento, Díaz-Polanco señalaba que si nuestra tarea como científicos sociales consistiera en sólo reproducir los discursos de los pueblos indígenas, para ello bastaría una buena grabadora; entonces estaríamos renunciando a nuestra capacidad analítica y, en tal caso, más nos valdría dedicarnos a otra cosa.
Utilizar criterios lingüísticos o esencialismos étnicos para deslegitimar las demandas de autonomía como poco "auténticas" es no reconocer que los pueblos indígenas viven en un mundo cada vez más interrelacionado y no en comunidades aisladas; es cegarse ante el hecho de que sus organizaciones y sus luchas se han desarrollado en estrechos vínculos con otros sectores de la sociedad.
Advierto que, en algunos casos, los investigadores sociales no sólo han aportado herramientas analíticas para explicar los movimientos sociales contemporáneos, sino que han sido partes integrantes de los procesos que se proponen explicar. Tal es el caso de Díaz-Polanco y sus vínculos con el movimiento indígena en México. Héctor no ha sido un distante observador y analista de los procesos sociales, el etnógrafo solitario cuestionado por Renato Rosaldo (1987), sino que ha sido actor de la historia que nos narra en la tercera parte de su libro La rebelión zapatista y la autonomía. En movimientos anteriores, luego como integrante de la comisión técnica de seguimiento de la Asamblea Nacional Indígena Plural por la Autonomía (ANIPA) y, en 1995, como asesor del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) en la mesa sobre "Cultura y derechos indígenas", Díaz-Polanco ha aportado importantes elementos al debate político en torno a la autonomía.
Sin pretender sobrestimar el grado de influencia de la producción académica, la experiencia mexicana es, quizás, un caso sui generis en Latinoamérica, en lo que respecta al importante papel que, para bien o para mal, ha jugado la antropología en la construcción de un imaginario colectivo sobre la nación.
En los años cincuenta y sesenta, Gonzalo Aguirre Beltrán sentó las bases para todo un modelo de nación que se fundaba en la "integración" de la población indígena. El concepto de aculturación se convirtió en el término oficial para justificar y legitimar la imposición de la cultura nacional por sobre las culturas indígenas. El México mestizo era el único México viable para el indigenismo oficial de esa época.
A fines de los años setenta y en los ochenta, Guillermo Bonfil Batalla se convirtió en el ideólogo del multiculturalismo en México. Su obra, México profundo, ha sido utilizada tanto por los movimientos indígenas como por el nuevo indigenismo oficial. El Estado mexicano finalmente reconoce, con 500 años de retraso dirían algunos, el derecho a la diferencia cultural. El México multicultural empieza a aparecer hasta en los anuncios de la empresa Televisa.
En la segunda mitad de los ochenta y durante los noventa se desarrolla un nuevo discurso sobre la nación que, poco a poco, ha ocupado un lugar central en el debate y la lucha política. El México de las regiones autónomas empieza a reivindicarse en distintas partes del país. En la construcción de este nuevo proyecto ha sido fundamental el aporte de Díaz-Polanco.
No quiero decir con esto que los cambios en el proyecto de nación se hayan debido enteramente a los antropólogos. Transformaciones políticas y estructurales, luchas sociales y negociaciones han creado las condiciones necesarias para que las propuestas de aquéllos influyeran en el discurso oficial o en el de las organizaciones indígenas y campesinas. Paradójicamente, a pesar de las grandes diferencias y hasta confrontaciones que se dieron entre estos tres autores, cualquier estudio que se proponga reconstruir la génesis y transformación del proyecto nacional en México, tendrá como lecturas obligadas las obras de Gonzalo Aguirre Beltrán, Guillermo Bonfil Batalla y Héctor Díaz-Polanco.
Precisamente porque en México la producción académica no ha quedado empolvada en alguna biblioteca, sino que en algunos casos se ha convertido en base para la formulación de políticas públicas o de plataformas programáticas de movimientos sociales, es tan fundamental que quienes han decidido ir más allá del trabajo etnográfico de comunidad, al momento de hacer sus propuestas reconozcan la complejidad del entramado social y retomen los aportes de quienes se han dedicado a los estudios micro. El ser escuchados, leídos y retomados por los movimientos sociales es un verdadero privilegio que, a la vez, implica una responsabilidad histórica muy grande.
Por esto me preocupa que en la historia y análisis que se nos presenta en La rebelión zapatista y la autonomía casi no aparezcan los conflictos intercomunitarios, la violencia y la lucha por el poder que han desgarrado el tejido social de las regiones indígenas de Chiapas y de otras partes del país durante varias décadas. Quienes hemos vivido y trabajado en las comunidades indígenas de Chiapas, sabemos que el caso de San Juan Chamula es un extremo, pero no la excepción. Sabemos que el hecho de que los indígenas estén recuperando territorio y muchos ladinos hayan salido de sus pueblos, no vuelve a estas comunidades más autónomas. El Estado ha logrado construir una red intrincada de relaciones cacicales a través de la cual mantiene un control parecido a lo que los ingleses llamaban la "indirect rule" o "ley indirecta".
En la guerra de baja intensidad que se libra en Chiapas, el mayor número de muertos no ha sido resultado de los doce días de acciones bélicas entre el EZLN y el ejército federal, sino de enfrentamientos intercomunitarios o regionales en los que grupos paramilitares, como los chinchulines y Paz y Justicia, están integrados por "hermanos indígenas" choles, tzeltales, tzotziles... Las complejas redes de dominación no consisten sólo en grupos ladinos dominantes y su aparato estatal contra indígenas que resisten a la par de su ejército de liberación. Incluye también un complejo entramado que se ha formado a través de los años de colonialismo interno y relaciones clientelares.
Dentro de este contexto, las mujeres se han convertido en botín de guerra de distintos bandos, y la violación en un instrumento de represión del Estado, de amedrentamiento por parte de los caciques y hasta de venganza por parte de los expulsados de sus comunidades. El reto que enfrenta la constitución de un régimen de regiones autónomas es no sólo el de un Estado centralista que no está dispuesto a perder sus privilegios, tan acertadamente descrito por Díaz-Polanco, sino también el de una sociedad civil dividida y en muchas regiones enfrentada, así como el de culturas indígenas y mestizas marcadas por las relaciones de dominación. El democratizar las regiones pluriétnicas es un prerrequisito para que el nuevo proyecto de nación que se esboza en el libro pueda representar realmente una alternativa para una mejor convivencia entre indígenas y ladinos.
Entiendo que políticamente es importante poner énfasis en la unidad del movimiento indígena y reivindicar tradiciones culturales, como son el trabajo colectivo, el respeto a la madre tierra y los procesos jurídicos conciliatorios, pero estoy segura de que ni Díaz-Polanco, ni ninguno de los ex-asesores del EZLN (como André Aubry, Antonio García de León, Luis Hernández o Lucio Leyva) desconocen las profundas contradicciones que marcan los llamados "usos y costumbres" de las culturas indígenas y mestizas. A ellos mismos les ha tocado confrontar los difíciles retos que implica la construcción de un movimiento indígena amplio, plural y democrático. Sin embargo, quienes desde la vida cotidiana, las ONG's o la investigación comunitaria nos enfrentamos a la violencia sexual y doméstica, al caciquismo indígena y mestizo o al faccionalismo comunitario, no podemos evitar cierto pesimismo frente a propuestas políticas que parten de que es posible unificar regiones enteras contra un federalismo centralista.
A pesar de todo lo expuesto, considero que el imaginar lo que antes era inimaginable es un primer paso para la construcción de un nuevo tipo de sociedad. En este sentido, la propuesta autonómica ha venido a desplazar el discurso hegemónico del Estado sobre la manera como debe funcionar esta comunidad imaginada (Anderson, 1983) que llamamos México. A este respecto quisiera retomar el concepto de hegemonía propuesto por Williams Roseberry (1994), no como consenso, sino como la manera en que las palabras, imágenes, símbolos, formas, organizaciones y movimientos utilizados por la población subordinada para hablar, entender, confrontar, adaptarse o resistir la dominación, están marcados por la dominación misma. Lo que la hegemonía construye no es una ideología compartida, sino un marco común de referencias y significados para vivir y actuar en los órdenes sociales.
Hasta hace poco ese marco común era el federalismo centralista. El estado reivindicaba el poder de "nombrar". Las propuestas autonómicas y el tener que incorporar el tema de la autonomía en el debate político entre el Estado y el EZLN, a pesar de las limitaciones descritas por Díaz-Polanco, le ha quitado al Estado la capacidad de "nombrar", de establecer los términos del diálogo en el sentido barthiano. En este contexto, la obra de Díaz-Polanco, Autonomía regional: la autodeterminación de los pueblos indios (1991), y el libro de que nos ocupamos ahora, han contribuido a crear un nuevo marco de referencia para el desarrollo de la lucha política y para imaginar la nación, desplazando el debate en torno a la democracia y la justicia fuera de los términos establecidos por el federalismo oficial.
Queda pendiente la promesa de desarrollar lo que el autor llama una "arqueología del concepto de autonomía", para poder conocer cómo se ha ido desplegando en el contexto mexicano y cómo se ha llenado de contenidos múltiples.
Defensor de la propuesta regional, Díaz-Polanco presenta la propuesta comunalista como una estrategia del INI para restarle fuerza al reconocimiento autonómico. Me parece que hubiera sido justo incluir en este libro los argumentos de quienes, desde el movimiento indígena y no desde el Estado, defienden esta propuesta. Para los que nos hemos mantenido al margen de este debate, aun quedan muchas interrogantes sobre cuáles fueron las diferencias de fondo que dividieron al grupo de asesores del EZLN en torno a la autonomía. Estas diferencias apenas se esbozan en el capítulo X de La rebelión zapatista y la autonomía.
A pesar de su distanciamiento, comunalistas y regionalistas han contribuido de manera importante a la forma como se discute y concibe la construcción de la democracia en las comunidades indígenas. La autonomía se vivía de hecho en muchas comunidades indígenas, pero no se formulaba aún como una reivindicación política. Quienes vivimos en Chiapas, hemos visto en los últimos tres años cómo este concepto se convierte en un término utilizado por intelectuales y líderes indígenas, en una reivindicación enarbolada por otros sectores de la población. Al tiempo que el término ha sido reapropiado, se ha llenado de nuevos contenidos. Por ejemplo, las mujeres indígenas --por cierto ausentes en el libro de Díaz-Polanco-- han ampliado la definición del concepto de autonomía desde su experiencia de género. Así, se refieren a la autonomía económica, que definen como el derecho de las mujeres a tener igual acceso y control sobre los medios de producción; a la autonomía política como mujeres, que respalde sus derechos políticos básicos; a la autonomía física, para decidir sobre su cuerpo, y a la autonomía sociocultural que definen como el derecho de reivindicar sus identidades específicas en tanto indígenas.
La lucha por la autonomía a distintos niveles, desde la casa, la comunidad, el municipio y la región está ahora en el centro de la lucha política en México. El libro que hoy tengo el gusto de presentar es una parte importante de esa historia que aún está por escribirse, pues como señala el autor: "Es evidente que esta historia continuará".

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REFERENCIAS

Anderson, Benedict, Imagined communities: reflection on the origin and spread of nationalism, Verso, Londres, 1983.

Aguirre Beltrán, Gonzalo, Regiones de refugio, Instituto Indigenista Interamericano, México, 1967.

---, El proceso de aculturación y el cambio sociocultural en México, Instituto de Ciencias Sociales, Ediciones Comunidad, Universidad Iberoamericana, México, 1970.

Bonfil Batalla, Guillermo, México profundo, SEP-CIESAS, México, 1987.

Díaz-Polanco, Héctor, Autonomía regional: la autodeterminación de los pueblos indios, Siglo XXI Editores, México, 1991 (2ª edición, 1996).

---, La rebelión zapatista y la autonomía, Siglo XXI Editores, México, 1997.

Encuentro Taller de Mujeres, Los derechos de las mujeres en nuestras costumbres y tradiciones, Memorias del Encuentro Taller, COLEM, San Cristóbal, 1994.

Rosaldo, Renato, Culture and truth: the remaking of social analysis, Beacon Press, Boston, 1987.

Roseberry, Williams, "Hegemony and the language of contention", in Every day forms of state formation: revolution and the negotiation of rule in modern Mexico, James C. Scott, Joseph Gilbert M. y Daniel Nugent (eds), Duke University, Durham y Londres, 1994.

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* Profesora-investigadora del Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS). El texto fue leído el 22 de agosto de 1997, durante la presentación del libro La rebelión zapatista y la autonomía, en San Cristóbal de las Casas. Hernández era entonces la Coordinadota del CIESAS-Sureste, con sede en San Cristóbal Las Casas, Chiapas. Los demás comentaristas fueron: Mariclaire Acosta (presidenta de la Comisión Mexicana de Defensa y Promoción de los Derechos Humanos) y Marcelino Gómez Núñez (diputado tzotzil ante el Congreso del estado por el PRD). Araceli Burguete Cal y Mayor, moderó la mesa.

   

Autonomía de los autonomistas


Anna Pi i Murugó

Revista Memoria, 107, enero de1998

 


Contra los pronósticos de la homogenización del mundo moderno, producto de la globalización económica y cultural, emergen en México y en otros países del continente y del mundo, movimientos que reivindican la autonomía y con ella la diversidad étnica y sociocultural.
El tema de la autonomía se ha convertido en una de las demandas que, en este final de siglo, se ha generalizado en casi todo el mundo. En muchos países de Latinoamérica esta preocupación coincide con la problemática étnica e indígena que caracteriza a la zona. Este es el caso, obviamente, de México y el tema que Héctor Díaz-Polanco aborda en La rebelión zapatista y la autonomía.
El nuevo carácter de las reivindicaciones indígenas, que plantean el reconocimiento de sus derechos históricos como pueblos diferentes, ha contribuido a reconstruir el modelo clásico de la nación-estado propio del siglo XIX. Tal como apunta el autor del libro, la problemática indígena y el distinto tratamiento que esta población ha padecido, y a la cual se ha visto sometida desde la época colonial a la actualidad, tiene sus orígenes en el siglo XVI, con personajes tan destacados como Bartolomé de Las Casas, Francisco de Vitoria y Ginés de Sepúlveda.
Tres posturas principales se enfrentaron en ese momento: "la que preconizaba la imposición del sistema español; sin concesiones de ningún tipo a los pueblos indios; la que recomendaba mantener separados a los indígenas de los españoles y, finalmente, la que demandaba el reconocimiento de la autodeterminación india y la instauración de una autonomía acorde con el proyecto colonial."
Díaz-Polanco plantea, asimismo, recogiendo estos antecedentes, las dos posiciones que actualmente preconizan el movimiento autonomista: la autonomía comunal y la autonomía regional. "Una sostiene que la autonomía debe concebirse y practicarse exclusivamente a escala comunal, pues éste es el ámbito natural de la vida indígena". La otra reivindica la autonomía regional como "parte del principio de que la comunidad constituye el nivel básico, la célula vital, la piedra angular de la autonomía; pero en la medida en que el tejido social en que se envuelve la existencia de los núcleos indígenas no se reduce a la comunidad, se niega a aceptar que la autonomía sea restringida al ámbito comunal... concibe la autonomía como un sistema que engloba tres niveles concurrentes: el comunal, el municipal y el regional". A esta postura de la autonomía regional el autor se manifiesta abiertamente favorable e impulsor.
A pesar de las discrepancias entre ambas posturas autonómicas, las dos coinciden en consideran necesario un pacto entre la sociedad nacional, cuya representación asumen los poderes del estado-nación, y los grupos socioculturales -nacionalidades, pueblos, regiones o comunidades- que reclaman el reconocimiento de lo que consideran como sus particulares derechos históricos. Del mismo modo, en el discurso indígena contemporáneo la reivindicación de la costumbre y de las tradiciones es considerada como uno de los determinantes identitarios y, asimismo, el reconocimiento del sistema jurídico indígena, distinto del derecho nacional, constituye uno de los ejes centrales de las reivindicaciones indígenas vinculadas a la demanda de autonomía.
De estos postulados se desprende que las organizaciones independientes de indios, basados tanto en el reclamo autonomista comunal como en el regional, se enfrenten al marco constitucional del país y, más concretamente, con la presente formulación del primer párrafo del artículo 4º de la Constitución Mexicana. Es necesario reformar este artículo, además de otros, para establecer los derechos sociopolíticos de los pueblos indios con base en el régimen de autonomía.
A pesar de que la tradición constitucional latinoamericana, y la mexicana en nuestro caso concreto, se ha basado en un proyecto de unidad nacional que no deja espacio para el reconocimiento de la diversidad, partir de finales de la década de 1970 algunas constituciones incluyeron menciones a la temática indígena. Algunos movimientos indígenas han empezado también a participar en el mapa democrático y, al mismo tiempo, algunas reformas legales están creando mecanismos para la participación de los pueblos indígenas en las instituciones democráticas nacionales a partir de sus propias dinámicas y formas organizativas. Díaz-Polanco en su libro apunta al respecto, las distantes pero importantes experiencias de autonomía que en este sentido se han impulsado en Groenlandia y en Nicaragua -el propio antropólogo participó en la confección del Estatuto de Autonomía de la Costa Atlántica nicaragüense.
A partir de 1994, a raíz del alzamiento zapatista en Chiapas se asistió en México a una verdadera ola de entusiasmo autonomista. Científicos sociales, políticos e intelectuales que antes habían rechazado los postulados autonomistas, critica e ironiza el autor, "se convirtieron de golpe en autonomistas".
Los manifiestos del EZLN reclamando una reforma constitucional verdadera y una autonomía regional consecuente, rompieron con los principios indigenistas propugnados por el Estado y muy concretamente con los impulsados por el Instituto Nacional Indigenista (INI). En este sentido Díaz-Polanco plasma las manifestaciones de Andrés Aubry, suficientemente claras: "...los invitados y asesores del EZLN nos dieron una lección académica y cerraron para siempre las soluciones culturalistas e integracionistas del indigenismo".
A través de un detallado análisis y cronología del desarrollo de las pláticas entre el EZLN, la COCOPA y el gobierno de la República, las distintas posiciones, los temas debatidos y los acuerdos escritos pero no consumados o llevados a la práctica el autor describe las posturas de algunos grupos, su caracterización e intereses, mostrando al lector una clara imagen de lo sucedido desde 1994 a la fecha.
Luis Hernández Navarro recientemente en su artículo "Mil veces más verde que el gris de la teoría. Notas a La rebelión zapatista y la autonomía de Héctor Díaz -Polanco"1 afirmaba que "El ensayo de Héctor Díaz Polanco prescinde de un análisis detallado de la realidad indígena, como sujeto y de la pluralidad de sus propuestas. Sobrevalora a una de las corrientes presentes en el movimiento indígena —Asamblea Nacional Indígena Plural por la Autonomía (ANIPA), minoritaria— y critica con muy poca objetividad a otra (el comunalismo oaxaqueño) y olvida al resto".
Estas críticas y otras pertinentes acotaciones que Hernández hace en su artículo son en parte matizadas por el propio Héctor Díaz-Polanco en el libro. Este reconoce su posición favorable a la llamada autonomía regionalista —argumentando extensamente esta posición—, cuestiona la iniciativa de la COCOPA por no recoger fielmente los acuerdos de San Andrés Larráinzar y, asimismo, se afirma notablemente conocedor de ciertos grupos u organizaciones frente a otros que no puede, por cuestión de espacio e imposibilidad material, dejar patentes en el texto. Con todo, La rebelión zapatista y la autonomía y el anterior libro del autor, Autonomía regional. La autodeterminación de los pueblos indios, —también publicada por Editorial Siglo XXI— son obras de obligada referencia sobre la materia para cualquiera que desee penetrar en este controvertido laberinto de la problemática indígena y autonómica de México.
En un análisis etimológico del término autonomía2, tal como argumenta Alicia Castellanos Guerrero, éste se puede definir como "el goce de la libertad para gobernarse bajo sus propias leyes, opuesta, en consecuencia, a una situación de dependencia y subordinación [y del mismo modo] casi siempre la autonomía connota una forma de inclusividad en la nación de los grupos diferenciados, y se encuentra asociada a la idea de participación en procesos democráticos en términos de igualdad efectiva". Por lo tanto debemos refutar las connotaciones negativas que se han asociado al término y por lo contrario potenciar y clarificar su concreción, así como rechazar falsas utilizaciones o reacciones que su empleo conlleva3 Díaz-Polanco trabaja en esta línea y su libro es una expresión pertinente, acertada y actual que debe ser revisada y leída para entender la situación política del país hoy.

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NOTAS
1 Luis Hernández Navarro: "Mil veces más verde que el gris de la teoría. Notas a La rebelión zapatista de Héctor Díaz-Polanco" en Ojarasca, no. 5, La Jornada, México, septiembre de 1997.
2 Ver Alicia Castellanos Guerrero: "Presentación" en Alteridades. Estado nacional, autodeterminación y autonomías, no. 14. UAM Iztapalapa. México, 1997.
3 Para ampliar este aspecto y profundizar en la temática ver María Teresa Sierra: "Esencialismo y autonomía: paradojas de las reivindicaciones indígenas" en Alteridades. Estado nacional: autodeterminación y autonomías, no. 14. UAM Iztapalapa. México, 1997


 

La autonomía en la encrucijada del tiempo

Federico Reyes Heroles*

 

Héctor Díaz-Polanco es un serio investigador social, antropólogo, historiador, especialista en problemas indígenas, conocedor profundo del asunto de la autonomía indígena. Pero también es muy conocido por ser un militante, en el sentido de participar con los movimientos indígenas, siendo su asesor, su ideólogo, si la expresión se vale en algún sentido. Eso hace que la evaluación de su trabajo académico se convierta en algo bastante controvertido. A diferencia de otros académicos que desearían la categoría de puros, es decir, que intentan siempre aparecer como intocados por los intereses terrenales, casi suspendidos en el limbo de la santidad, Héctor optó por ser hombre de pensamiento y de acción.
Por si fuera poco decide publicar este excelente texto, La rebelión zapatista y la autonomía (Siglo XXI Editores, 1997), en medio de una discusión muy compleja que tiene como guerreros principales al gobierno federal, con toda una carga de desprestigio, a la opinión pública con un creciente poder de intervención, de guerra de opiniones en tanto que determina el escenario mismo de la batalla, simpatías y antipatías, y al Ejército Zapatista de Liberación Nacional con todo el peso emotivo que la simple pronunciación de las cuatro letras provoca. Sería ocioso repetir los argumentos por los cuales Díaz-Polanco considera que el régimen autonómico de las comunidades indígenas es no sólo una forma alternativa de justicia política, sino el camino, en el caso mexicano, para la paz. Sobre estos aspectos, sobre estos argumentos hemos visto publicadas ya muchas líneas.
Me parece, sin embargo, que resulta mucho más importante recalcar las dudas de Díaz-Polanco, aquellos aspectos en los cuales el propio teórico de las autonomías indígenas plantea más preguntas que afirmaciones. Lo cual habla de su honestidad intelectual. En ese sentido se trata de una elaboración muy sofisticada de los asuntos que, en el momento mismo de la negociación, aflorarán en el texto para ser tejidos de manera muy fina. Una declaración de principio: he manifestado reiteradamente que creo en la posibilidad de legislar sobre los derechos de los pueblos indígenas sin contravenir el orden federal que nos gobierna. He declarado también que la existencia de un problema hermenéutico, es decir, de palabras y de lo que las palabras dicen, ha entorpecido, silenciosa pero constantemente, las negociaciones. De tal forma que me veo en la obligación de hacer un análisis ceñido a la ruta académica porque avizoro las consecuencias políticas de cualquier reflexión sobre la autonomía de los pueblos indígenas. Trataré entonces de lanzar algunas ideas-eje que subyacen en el texto de Díaz-Polanco y que a todos nos podrían ayudar a comprender la complejidad de la discusión.
Quizá el primer asunto sería definir la vaga expresión de comunidad, que, como bien señala Héctor, ha dado pie a interpretaciones diversas y contrarias, como las de comunitarismo y comunalismo. Cómo definir al sujeto de esta controversia jurídica e histórica, siendo que la comunidad cambia, se transforma, incorpora y expulsa, se asume como tal, pero a la vez es inexistente, por lo menos en papeles, en preceptos y ordenamientos. Héctor distingue entre aquella comunidad que naturalmente existe y se asume, es decir en ese sentido es hegeliano. Es la conciencia misma del ser la que determina la existencia. Esa es la comunidad, pero también existe, en su lectura, la aparición de formas sociales de expresión que él denomina comunalismo y que surgen a partir de la intervención de alguna acción estatal. Aquí la conciencia no aparece como un acto automático. Se trata de una explosión que requiere de un detonador externo. Sin embargo, desde el punto de vista jurídico y político ambas existen por igual.
Esto nos llevaría a un segundo punto de tensión, plasmado en el segundo capítulo de su obra, que es la diferencia de los movimientos indígenas a partir de su legitimidad. Héctor menciona dos formas de legitimación. La primera es la legitimidad indígena, tal cual, que más bien se asienta en un registro del peso histórico de los miembros de estas comunidades y de las múltiples injusticias a que han sido acreedores en tanto que comunidades. Pero a la par Héctor desarrolla una línea de argumentación que se sustenta en la legitimidad ciudadana. Esta argumentación en lugar de mirar hacia el pasado otea hacia el futuro y reclama con toda justeza la necesidad de incorporar a esas comunidades a la plenitud de los derechos ciudadanos, tal como y los concebimos en pleno final del siglo XX. Queda entonces la duda de cómo construir un puente entre los derechos históricos adquiridos, y que Héctor defiende a capa y espada, y la transformación de los mismos en un código de ética política cuyo eje central es el individuo.
La tensión entre comunitarismo e individualismo es planteada por el autor a lo largo de todo el texto. Con toda razón, Díaz-Polanco se abstiene de inclinarse por una de las dos vertientes, es decir, la defensa indiscriminada de la comunidad y su auténtico ser histórico, que más bien remite al pasado, y la inserción obligada de los derechos individuales que de alguna manera suponen, por lo menos, la modificación radical en algunos de los usos y costumbres de las comunidades. Héctor, y qué bueno que existan individuos comprometidos como él, sabe mejor que muchos de la dificultad para establecer una tabla rasa, una tajante línea divisoria, una mojonera incruzable que permita al frío bisturí analítico separar lo uno de lo otro. De un lado está la presencia histórica como auténtico producto del pasado, la razón de ser de los tiempos como argumentara un clásico, por cierto un conservador, me refiero a Edmundo Burke. En el otro extremo se encuentra la modernidad, ese temido concepto, esa palabra que es blasfemia porque ha servido desde siempre para doblegar a los pueblos e imponer a la fría idea. Es cierto y Héctor nos lo recuerda a cada instante, la mentada modernidad de los romanos abrió camino a la degeneración. La modernidad del Renacimiento destruyó las alianzas firmes del medioevo. La modernidad del siglo XVIII llevó a Napoleón a cabalgar por Gena e invadir Europa. La modernidad utilizada por el paradigma hegeliano-marxista, apuntaló el sojuzgamiento de los pueblos. Pero el otro lado de la moneda es que la modernidad de los romanos extendió el derecho, o por lo menos lo intentó, a pueblos que ni remotamente consideraban la posibilidad de ser liberados por la norma abstracta. También es cierto que la modernidad del Renacimiento, buscó llevar urbi et orbi garantías mínimas a las gentes, expresión ésta que evolucionaría hacia el individuo. Como también es cierto que el punto culminante se daría con la declaración francesa de los derechos humanos. Díaz-Polanco es muy consciente de la inexorable tensión entre universalidad o universalismo y particularidad o particularismo. Los que sólo defienden al frío concepto, se transforman en monstruos que por mirar en el futuro aplastan en el presente. A la inversa, los que sólo atienden a la particularidad, al ser en su expresión concreta, simple, real pero imperfecta, son incapaces de vislumbrar nuevos horizontes.
Una tesis que me resulta muy atractiva del texto de Díaz-Polanco, es la idea de analizar con mayor rigor si el tiempo ha sido un aliado o un enemigo de las comunidades indígenas. De ser lo primero, es decir un aliado, no habría más que esperar para que la capacidad de ensimismamiento y supervivencia doblegaran a la agresión externa. Se trataría entonces, en todo caso, de una guerra táctica en la cual la victoria está garantizada casi de antemano. Pero Héctor es enfáticamente crítico de esta postura. Cuestiona severamente si la expresión "supervivencia" es la adecuada y, citando a Borah, hace ver al lector que no sólo en términos relativos sino también absolutos, la llamada supervivencia es una forma de ocultamiento de la terrible realidad que ha mermado la existencia de los pueblos indígenas. Si el tiempo es aliado, el futuro es de los pueblos indígenas: versión que en el mejor de los casos puede ser calificada como de ingenua, si no es que de perversa, y que Héctor no se cansa de demoler en cada oportunidad que se le atraviesa.
En la segunda versión se diría que el tiempo es enemigo y que por lo tanto las comunidades de los pueblos indígenas tienen su mejor razón de ser en el pasado. En esta lectura todo lo que ha acontecido desde el siglo XVI en adelante, por poner algún corte temporal, ha sido un encadenamiento de actos persecutorios de las comunidades indígenas. Pero Díaz-Polanco, y con toda razón, tampoco puede aceptar esta visión. Es en ese sentido que considera que la constitución de entidades autonómicas es llevar a los pueblos indígenas al calendario histórico, es decir, insertarlos en el tiempo: que sean capaces no sólo en los hechos sino también en las leyes, de ejercer su ámbito de decisión, y aquí aparecería de nuevo la discusión de fondo: decisión comunitaria o decisión individual.
Es esta discusión sobre el tiempo la que conduce a una de las tesis más arriesgadas del autor. Si las comunidades indígenas, si los pueblos indígenas hubiesen sido dejados en las mismas condiciones que reinaban cuando aparecieron sus formas de organización, el conflicto jamás hubiera aparecido. Se trata entonces de una condición que niega el cambio, que niega las transformaciones que involuntariamente se han ido imponiendo a los individuos, a las familias, a las ciudades, a los estado-naciones e incluso a los organismos de pretensión universal. Ese páramo por el cual no soplan los vientos del cambio es, además de inexistente, en algún sentido indeseable. Por supuesto que las formas de aprovechamiento agrícola utilizadas por las comunidades hace siglos, como la roza, tumba y quema, eran inofensivas con una baja densidad demográfica. Pero el hecho histórico es que tal condición no se dio. ¿Son las comunidades indígenas entidades de conservación del medio ambiente? Me parece que es una discusión en la cual existen argumentos encontrados.
Héctor Díaz-Polanco se aleja del riesgo de lanzar un rosario de alabanzas sobre el ser de las comunidades indígenas. Este es quizá uno de los méritos mayores del texto. Una de sus críticas principales se centra en el carácter excluyente que adoptan algunas comunidades. A Héctor no le tiembla la mano para señalar que, por lo menos en el caso mexicano, ello se debe fundamentalmente al uso corporativista que el partido de Estado hizo de las comunidades indígenas. Pero, y aquí es donde Díaz-Polanco aporta elementos de juicio con la vasta información que posee, también nos recuerda de algunos otros casos en los cuales la guerra interétnica condujo al predominio, a la preponderancia, por qué no decirlo al sojuzgamiento de los débiles por los poderosos, así la batalla fuera entre indígenas. Héctor nos advierte sobre el mito de la mexicanidad como parte de un discurso opresivo, que en ocasiones recurre al mito fundador del estado mexicano para aplastar los derechos comunitarios de otros pueblos indígenas de nuestro país.
Quizá de todos los ejes de discusión que Díaz-Polanco plantea al lector, el más interesante, a mi juicio, sea esa tensión entre el pasado mítico que convalida cualquier acción, incluso, para algunos, la violencia y la utopía autonómica como un mañana que puede llegar, que debe llegar, y que, en última instancia, para algunos, debe ser impuesta. Como en muchos otros movimientos políticos, pasado y utopía--que son elementos que ayudan a centrar el juicio e imaginar el futuro deseable--en el exceso se convierten en rasgos de opresión. El pasado por el pasado y la utopía por la utopía misma, conducen a regímenes con rasgos totalitarios. Díaz-Polanco lo sabe muy bien y por ello camina por el estrecho lindero que supone que el pasado dé una razón de ser a los pueblos indígenas y que la utopía, en este caso la utopía autonómica, contribuya primero a imaginar y después a construir un mejor futuro. Es precisamente en la construcción de esa utopía autonómica para el caso mexicano donde el autor se detiene a imaginar diferentes escenarios en los cuales las comunidades pudieran poseer y administrar lo que un pasado remoto les brindó. La discusión allí tiene que darse renglón por renglón, pues si alguna lección, dolorosa lección hemos sacado de las fallidas negociaciones con el EZLN es que los planteamientos maximalistas, de uno y otro lado, en nada contribuyen a tejer una red de entendimiento entre los intereses de las comunidades y los del estado-nación.
El texto, huelga decirlo, brinda sólida y abundante información que permite el más doloroso de los ejercicios que es la comparación. Para bien y para mal, lo que hoy reclaman los pueblos indígenas en México tiene una larga historia. La agenda, sin ser exactamente la misma, es hermana de la de otros pueblos y en ese sentido el reclamo fundamental es uno: justicia.
Por ello, doy la bienvenida a este rico texto de Héctor Díaz-Polanco el cual, independientemente de engordar su ya de por sí vasto curriculum, tiene esa enorme cualidad que a veces los académicos puros olvidan: me refiero por supuesto al hecho de ser útil. Entiendo La rebelión zapatista y la autonomía como una semilla para que germine la paz.

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* Escritor, ensayista y analista político, director de la revista mensual Este País. Tendencias y opiniones. El presente texto fue leído durante la presentación del libro La rebelión zapatista y la autonomía, de Héctor Díaz-Polanco, en el Centro Cultural Arnaldo Orfila, el 28 de agosto de 1997.


   

Mexican Labor Bibliography
III. Rural Workers and Indigenous People

Dan La Botz (Mexican Labor. News and Analysis)

 

 

Héctor Díaz-Polanco, a researcher at the Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS) in Mexico City and an advisor to the Zapatista Army of National Liberation (EZLN), has been one of the foremost interpreters of autonomy movements in Latin America and one of the strongest advocates of regional, territorial and political autonomy for the Indian peoples of Mexico. A Dominican by birth, Díaz-Polanco spent time in Nicaragua as an advisor to the regional indigenous movements there. In this book Díaz-Polanco argues that the EZLN-led Chiapas rebellion of 1994 put the issue of autonomy at the top of the political agenda in Mexico. As Díaz-Polanco sees it, one of the greatest contributions of the EZLN was to link the Chiapas Indians' demand for autonomy with the national struggles for democracy and social justice, and to link the guerrillas and the Indian movement to the broader struggles of Mexican civil society. This comprehensive book discusses the history of the indigenous peoples' autonomy struggles in Mexico since the conquest, the contemporary social and economic situation of the Indians of Mexico, and the political struggle between the Indians and the Mexican State. Díaz-Polanco examines the autonomy agreements between Greenland and Denmark and between Nicaragua and its costal regions as models for future autonomy agreements in Latin America and other parts of the world.
Finally, Díaz-Polanco follows the current negotiations between the Mexican government and the Zapatistas from the uprising of January 1, 1994 to the San Andrés Larráinzar agreements. I found this book particularly helpful in correcting some of my own political misunderstandings about the autonomy issue. Díaz-Polanco's new book and Yvon LeBot's recent book "Subcomandante Marcos: El sueño zapatista," provide us with important insights into the Mayan Indian rebellion.

 

Zapatismo y autonomía

Laura Patricia Romero*

 

 

La élite neoliberal en el poder desde la presidencia de Miguel de la Madrid (1982-1988) extremó la exclusión de los pueblos indígenas de México. Esta situación fue acentuada por el proyecto de "modernización" de Carlos Salinas (1988-1994), quien impulsó el Tratado de Libre Comercio (TLC) con Estados Unidos y Canadá.
El TLC fue percibida por los pueblos indios como su "carta de defunción". El movimiento indígena no aceptó el destino que le proyectó la política neoliberal. Se levantó en armas el mismo día que entraba en vigor el TLC, el primero de enero de 1994.
En un ensayo magistral, Héctor Díaz-Polanco analiza las causas que han llevado a los pueblos indios a plantear, junto con los intelectuales que reflexionan con ellos, la demanda de autonomía. Ésta plantea la cuestión central de cómo construir en México el Estado multiétnico. Para ello, es preciso resolver la contradicción entre dos modelos de vida: el que surge de un patrón liberal, según un esquema que excluye la pluralidad, por un lado, y el de la democracia social, pluriétnica, directa y participativa, por el lado de la cultura indígena. A media que el libro nos expone las razones por las que el movimiento indígena ha convertido la demanda autonómica en el "núcleo duro de su programa sociopolítico", vamos descubriendo cuán difícil es para el Estado liberal y autoritario admitir derechos mínimos a los indígenas.
Los lectores quedamos convencidos de que la autonomía es la vía con mayores perspectivas para la permanencia y el florecimiento de la etnicidad india. Pero con Perogrullo, vale recordar que no todos están dispuestos a reconocer a los indios el control de sus territorios y tierras, así como el manejo de sus recursos; los derechos humanos, la ética y la política en un marco plural de culturas, sensibilidades y cosmovisiones. Mientras que para Díaz-Polanco ello exige "construir conceptos transculturales, al mismo tiempo operativos, para posibilitar un pacto respetuoso entre diversas tradiciones civilizatorias", para los intelectuales e ideólogos del Estado autoritario, la meta es cómo mediatizar al movimiento indígena, ofreciendo "autonomía" carente de su contenido autonómico.
Para unos, la autonomía debe concebirse y practicarse exclusivamente a escala comunal, pues consideran que es el ámbito natural de la vida indígena. Para otros, entre los que se encuentra nuestro autor, es preciso reivindicar la autonomía regional, como un sistema constituido por el nivel comunal, municipal y regional, en el que cada pueblo--según sus particulares condiciones y su dinámica interna-- podrá asumir la escala más conveniente para satisfacer sus necesidades y aspiraciones.
Dicho sea de paso, no se trata de "inventar" la autonomía en México. El régimen autonómico es, desde hace muchos años, una realidad en países con diversos regímenes políticos: España, Italia, Rusia, Portugal, Finlandia, China, Dinamarca y Nicaragua, por ejemplo. Por cierto, Díaz-Polanco tuvo una participación directa en el proceso que condujo al establecimiento de las regiones autónomas en Nicaragua, años antes de su intervención en las negociaciones entre los zapatistas y el gobierno federal, como asesor de los primeros.
La investigación no permite incurrir en mistificaciones. Como se plantea en el libro de Díaz-Polanco, si bien la autonomía haría posible el florecimiento de las culturas indígenas, esto no podrá lograrse mientras el paisaje de las etnias autóctonas de Latinoamérica sea el de una desoladora pobreza, provocada por los afanes integracionistas de los que dicen representar los intereses "nacionales". El análisis sobre la población, los niveles educativos, los indicadores socioeconómicos, los servicios y las características de la vivienda de los pueblos indios que contiene la obra, confirman la certera imagen zapatista de que están colocados en el "sótano" de la sociedad.
A las condiciones de extrema marginación, el régimen de Salinas respondió con el Programa Nacional de Solidaridad (PRONASOL), que no tuvo como meta resolver los problemas de los pueblos, sino exaltar el modelo neoliberal. Los pueblos recibieron "algunas migajas y muchas calamidades, entre las que no fue menor la obligación de aportar trabajo y recursos para recibir atenciones elementales que, en rigor, obligan al gobierno."
El análisis meticuloso del libro, permite apreciar por qué se rebelaron los indígenas. Entre otros factores, hay que considerar la extrema pobreza, el ofensivo e irritante PRONASOL, las reformas salinistas de los artículos 4º y 27 constitucionales, etc. Díaz-Polanco plantea que en 1994, un importante sector de las organizaciones indias se inclinó por aplazar los reclamos de reformas constitucionales de fondo y por concentrarse en la elaboración de una ley adjetiva del artículo 4º; pero el gobierno optó por aplazar indefinidamente la reglamentación prometida, porque quería rematar el sexenio con la firma del TLC. Los salinistas consideraban que el más mínimo avance en materia de derechos indígenas afectaría negativamente las negociaciones del TLC. Mientras tanto, a mediados de 1993, los preparativos armados en el sureste del país eran ya un secreto a voces, a pesar de que las autoridades chiapanecas y federales negaban la existencia de la guerrilla. El salinismo pagó las consecuencias.
El levantamiento zapatista iniciado el primero de enero de 1994, con la toma de San Cristóbal de las Casas y de las cabeceras municipales de Ocosingo, Altamirano y las Margaritas en el estado de Chiapas, sacudió el país y colocó en el centro del debate nacional los temas de la democracia, la cuestión étnica y el proyecto de autonomía. El EZLN construyó paulatinamente un discurso inclusivo y propuso un tipo de sociedad no sólo para los indígenas, sino para todos.
El libro trata pormenorizadamente la trayectoria que tuvo la demanda de autonomía enarbolada por el movimiento zapatista, las luchas, los acuerdos, las negociaciones, los incumplimientos por parte del gobierno federal, proceso en el que va quedando claro que existen contrapuestos proyectos de nación y de Estado.
Las elecciones del 6 de julio de 1997, anunciaron el inicio de un sistema político competitivo en el que las autoridades surjan de elecciones creíbles; pero también revelaron que es tal la situación de opresión y autoritarismo que impera en muchas regiones del país, particularmente en diversas zonas de Chiapas, que ahí no hubo condiciones para realizar comicios libres.
La paz con justicia y dignidad no podrá alcanzarse si no se logra que la Constitución corresponda a un nuevo pacto federal que incluya la autodeterminación de los pueblos indios y, como la expresión concreta de ésta, el régimen de autonomía regional, como entidad de gobierno y con territorio propio, en el marco de la unidad nacional. El subcomandante Marcos fue contundente cuando reclamó, en febrero de 1994, el establecimiento de un "estatuto de autonomía", a partir del cual el gobierno y la administración de los pueblos sean reconocidos en la organización federal, a fin de garantizar la convivencia respetuosa de las diferentes culturas.
En la obra que nos ocupa se analizan detalladamente las diversas fases de negociación entre los zapatistas y el gobierno federal. Pero este esfuerzo no se ha traducido aún en resultados tangibles. Por el contrario, en cada una de las fases del diálogo, el gobierno ha presionado para limitar cada vez más los derechos indígenas. La última maniobra parece estar encaminada a incumplir lo pactado en febrero de 1996. Por ello, el movimiento neozapatista está demandando que se cumplan los acuerdos de San Andrés, a partir de la formulación de la Comisión de Concordia y Pacificación (COCOPA). Aunque la formulación de la COCOPA sólo recoge parcialmente los acuerdos de San Andrés, como lo advierte el autor, éste coincide con el planteamiento de muchas organizaciones indígenas en el sentido de que constituye una mejor versión que la del gobierno. La contrapropuesta zedillista, en cambio, "extrae la médula que quedaba a la formulación de la autonomía". De admitirse el TERCER DESCENSO que quiere impulsar el gobierno, advierte Díaz-Polanco, los derechos de los pueblos indios terminarían siendo "letra muerta".
Para comprender el actual momento del proceso autonómico mexicano y sus perspectivas, así como la causa histórica de los indígenas, hay que leer este magnífico libro de Díaz-Polanco.

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* Directora del Centro de Estudios sobre las Revoluciones en México, Universidad de Guadalajara.


 

Respuesta a Luis Hernández Navarro
La realidad es más que una inmensa estepa verde
Siete precisiones necesarias

Héctor Díaz-Polanco*

La duda no es agradable, pero la certeza es ridícula. Voltaire.


Siempre es bienvenida la reseña crítica de una obra. Como tal, agradezco la nota publicada por Luis Hernández Navarro, sobre mi libro La rebelión zapatista y la autonomía. No obstante, la recensión de LHN ofrece una visión extremadamente reducida del contenido y los alcances del libro, al limitarse prácticamente a la polémica entre comunalistas y regionalistas y, a partir de ella, al carácter y los alcances de los acuerdos de San Andrés. Desde luego, está en su derecho al proceder así. Pero el no mencionar siquiera los demás temas abordados puede dar la falsa impresión de que sólo se tratan estas cuestiones. Como podrá comprobar cualquier lector, los puntos indicados, con todo y lo interesante que puedan ser, abarcan una parte mínima de la obra. Se analizan muchos otros temas cruciales que habría sido interesante debatir. Pero es un problema menor.

Examinemos entonces los asuntos tratados por Hernández Navarro. Lo más preocupante es que éste acumule tergiversaciones del texto reseñado, con el objeto de apuntalar sus juicios; o que me atribuya posturas que son el fruto de su imaginación. Aportaré ejemplos.

1. Comencemos con la confrontación comunalismo-regionalismo. LHN cita dos pasajes de mi libro, tomados de la página 52. En el primero, advierto que no hay que confundir el comunalismo, que es un "proyecto estatal" y cuya característica más destacada es la idea de que la autonomía "debe concebirse y practicarse exclusivamente a escala comunal", con otra postura: la defensa indígena de la comunidad. A esto último lo llamo comunitarismo, precisamente para distinguirlo del primero; y digo que el comunitarismo indio "sintetiza su modo de vida". En el segundo pasaje sostengo que, en realidad, el comunalismo "está encaminado a escamotear las condiciones y el entorno político que harían viable precisamente la vida comunitaria de los pueblos indios". Este entorno lo configuran las autonomías a escalas supracomunales. Asombrosamente, LHN inmediatamente me acusa en su texto (p. 5) de "calificar con el mismo término" a ambas posiciones, pues supuestamente tengo la intención de reprobar a los que tienen una visión de la autonomía fundada en la comunidad.

Quizás para sostener este juicio con alguna credibilidad, LHN omite una frase clave en medio de la cita, que habría echado por tierra su apreciación. Un procedimiento no muy habitual, por cierto. Digo allí: "El comunalismo estatal se aprovecha de la falta de distinción entre éste y el comunitarismo, presentándose como defensor de la vida comunitaria". Por tanto, es claro en mi texto que no identifico una cosa con otra. Lo que rechazo no es la defensa de la comunidad, sino la construcción ideológica de clara factura indigenista que intenta limitar la autonomía al ámbito de la comunidad. Así pues, no puede calificarse de comunalistas a los indígenas que defienden la comunidad. Se puede reivindicar la comunidad sin ser comunalista, del mismo modo que puede aceptarse la evolución social sin ser evolucionista. En esta confusión sustenta LHN todo su análisis.

¿No entendió mi argumentación? Tal vez. Pero sería extraño que así fuera, pues en el primer capítulo del libro en cuestión (que presumo leyó in extenso) hago una larga y fuerte defensa de la comunidad. Allí concluyo que "las comunidades deben ser consideradas, en sí mismas, uno de nuestros más valiosos patrimonios culturales". Más aún, afirmo "que la organización comunal misma es el principal patrimonio a considerar" (p. 25). Con las omisiones indicadas se da la impresión de que mi rechazo hacia el comunalismo--que no es más que el hábil reciclaje neoindigenista del viejo etnicismo que imperó en los setenta y los ochenta--implica un rechazo de la comunidad indígena como sujeto de la autonomía.

Tampoco hay contradicción alguna entre el comunitarismo y la propuesta regional de autonomía. Antes bien, se refuerzan y complementan. Tanto es así que el propio LHN admite en la misma página citada que hay un sector indígena que defiende la comunidad y que, no obstante, "reivindica la autonomía regional". Creo que esta es la tendencia dominante en el país. Como se ve, entonces no es incompatible defender la autonomía de la comunidad y, al mismo tiempo, la de la región. Por consiguiente, la demanda de autonomía regional no es un invento mío. Pero LHN sigue sin entender, pues se empeña en denominar "comunalistas" a esos defensores de la autonomía plena, en sus tres niveles. Como puede comprenderse a partir de lo dicho, lo que no se puede ser es "comunalista" y regionalista al mismo tiempo.

2. La incomprensión respecto al comunalismo es correlativa a la idea errónea que tiene LHN sobre la propuesta regional de autonomía. En primer lugar, la muestra como si lo regional excluyese los otros niveles: el municipal y el comunal. En segundo término, la presenta como una propuesta rígida, inflexible, única. Tanto en mis trabajos, como en los documentos de las organizaciones indias que defienden el enfoque regional, la propuesta comprende todos los niveles posibles; es decir, abarca tanto la autonomía de la comunidad, como la del municipio y la región propiamente dicha. Al contrario de lo que cree LHN, la propuesta regionalista comprende toda la diversidad de posibilidades y aspiraciones que puedan manifestar los pueblos indios del país. Precisamente porque la realidad étnica de México es diversa, y porque las configuraciones identitarias alcanzadas son distintas (unos han construido sólo identidades locales o plantean desarrollar la autonomía en este nivel por el momento, otros municipales y/o regionales), la propuesta que defendemos abre todo el abanico autonómico, a fin de que los pueblos puedan acceder libremente a la forma que mejor les convenga, según sus condiciones particulares.

En cambio, lo característico de la propuesta comunalista, como lo han reiterado voceros del oficial Instituto Nacional Indigenista (INI) públicamente, es concebir la autonomía sólo a escala de la comunidad. El INI ha propuesto explícitamente que la comunidad se convierta en el cuarto piso de la organización federal; mientras que la propuesta regional plantea que el cuarto piso sea constituido por el régimen autonómico que incluya a la región, el municipio y la comunidad. Considerando todo esto, que supongo LHN no ignora, es curioso que atribuya al enfoque regional el propósito de formular "una propuesta de régimen autonómico único, válido para el conjunto de los pueblos indios del país" (p. 4). Es evidente que yerra el blanco, pues esa crítica más bien es achacable al comunalismo. Es éste el que propone una modelo unidimensional e inflexible de autonomía. Utilizando las mismas palabras de LHN, es el comunalismo el que adolece de "falta de respuesta a los problemas que se desprenden de la diversidad y heterogeneidad de los pueblos indios del país"; es aquél quien defiende una fórmula que impide "la construcción de las autonomías desde la diversidad", y, finalmente, es el que teje un esquema restrictivo consistente en "una camisa de fuerza" para los pueblos indios. Ante esto, numerosas organizaciones indígenas han dicho que no quieren una autonomía "sólo reducida a la comunidad".
Contradictoriamente, LHN asegura después que se trata de un "falso dilema", que se debe "valorar ambos" enfoques; y que esto se debe hacer "partiendo", dice citándome, "como lo sostiene Díaz-Polanco" de la comunidad como "nivel básico, célula vital, piedra angular de la autonomía" (p. 6). En efecto, es exactamente eso lo que sostengo. ¿Entonces? De todos modos, insisto, no hay que confundirse: no se puede "valorar" con el mismo rasero el comunalismo, en tanto proyecto neoindigenista, y la propuesta autonomista en sus diversos niveles (incluyendo el comunal). Sigo creyendo que el comunalismo --como lo que es en realidad-- no conduce a la autonomía. En el libro aporto argumentos para sostenerlo, que no repetiré aquí.

3. Pero apenas ha resuelto aquel falso "dilema", LHN erige una extraña disyuntiva entre la autonomía "como proceso ligado a la construcción del sujeto" y la autonomía "como régimen preestablecido al que se arriba por decreto" (p. 6). Naturalmente, según LHN, esto último es lo que propongo. Así, me inventa una postura para combatirla a gusto. ¿De dónde saca que en algún momento haya pensado siquiera en ese camino? En La rebelión zapatista y la autonomía dedico una larga sección precisamente al "proceso autonómico" (p. 55). Allí insisto en que la autonomía no es el fruto de ningún "acto único"; que el proceso no concluye ni "con el establecimiento legal de los gobiernos autónomos", y en la necesidad insoslayable de que la autonomía exprese la voluntad de los pueblos (p. 57). En una obra anterior, advierto que sin la construcción del sujeto autonómico no puede haber autonomía; que la autonomía no resulta de una "concesión", "sino como una conquista del sujeto étnico", y rechazo toda imposición o decisión "desde arriba". Estos principios los practiqué escrupulosamente en el proceso autonómico nicaragüense. Y en México hemos puesto todo nuestro empeño en la tarea de impulsar la mentada "construcción" del sujeto, incluso años antes del levantamiento zapatista y de la explosión de la demanda de autonomía entre las organizaciones indígenas, que venturosamente han promovido tantas conversiones autonomistas en tiempos recientes.

4. Otro ejemplo de deformación desconcertante se advierte en dos afirmaciones de LHN: 1) Que mi evaluación crítica de los Acuerdos de San Andrés se debe a que no asumen un régimen de autonomía como el que quiero, pero que no defino "en ninguna parte"; 2) que esta falta de definición se debe a que mi estrategia consiste en aplazar el abordaje de los problemas técnicos y concretos sobre la autonomía (p. 7). Acusarme de desinterés en discutir y precisar los detalles del régimen de autonomía es ridículo: durante años me apliqué a eso en Nicaragua (en donde se estableció un sistema autonómico con todas sus precisiones) y en México en el plano teórico y práctico. Esa valoración podría calificarse, usando las palabras de LHN, como "un juicio sectario y fuera de foco". En decenas de trabajos, a lo largo de más de una década, se encuentran los elementos de tal "definición"

Pero otra vez, para sustentar su dicho, LHN retuerce un pasaje del libro reseñado. Jamás digo en éste que las precisiones autonómicas no deban hacerse, sino que la estrategia de debate usada en el pasado (hasta el levantamiento zapatista) consistió "en dar prioridad a las cuestiones de fondo", políticas, por encima de los problemas técnicos o "concretos" de su implementación. ¿Con qué fin? Allí lo explico: con el fin "de evitar que los objetores políticos de la autonomía, pretextando una supuesta racionalidad 'técnica', buscaran ahogarla en su cuna, bajo un diluvio de problemas 'irresolubles'" (p. 48). Al mismo tiempo, mientras los autonomistas se negaban a poner por delante la discusión de los problemas "técnicos" con sus contrincantes, los discutían entre ellos en infinidad de reuniones, asambleas, etc. Esta estrategia de dos pistas dio resultado. Por eso concluyo que una vez que "la reivindicación autonómica ha ganado suficiente carta de aprobación pública" es la hora de debatir abiertamente "los llamados problemas técnicos" (p. 49). Así, pues, LHN presenta como posición fija, lo que es la observación de una estrategia de lucha política que adoptaron los autonomistas durante años; que además se plantea en tiempo pasado, como correspondiente a una etapa ya superada.

5. Vayamos ahora a los acuerdos de San Andrés y la propuesta de la Comisión de Concordia y Pacificación (COCOPA). LHN se aferra a sus construcciones mitológicas sobre ellos, que no puedo analizar aquí por razones de espacio. Remito al lector al libro La rebelión zapatista..., para una síntesis de mis opiniones. Evalúo los Acuerdos de San Andrés como unos acuerdos mínimos, con grandes limitaciones y faltantes para dar una vida autonómica satisfactoria a los pueblos indios. Pero al mismo tiempo me he manifestado públicamente en favor de que sean respetados por el gobierno y se conviertan en letra constitucional. Las críticas a los acuerdos son inaceptables para LHN, porque él los considera "un gran avance" (p. 6), "el programa más avanzado y viable" (p. 7). Quizá no se ha comprendido la diferencia entre decir "no" a los acuerdos mínimos (como en la práctica lo ha hecho el gobierno) y decir "sí, pero queremos ir por más", como lo plantean diversas organizaciones indias. Toda referencia crítica a las limitaciones de los acuerdos se conceptúa como un desatino. ¿Acaso es reprochable que haya organizaciones indígenas que quieran mantener un proyecto estratégico y de largo plazo (como las agrupadas en la Asamblea Nacional Indígena Plural por la Autonomía y en el propio Congreso Nacional Indígena) y deseen ir más allá de los acuerdos, sin por eso rechazarlos en bloque? Por lo demás, no me parece una prueba muy sólida de la infinita bondad de los acuerdos, la opinión de "importantes especialistas en el tema convocados por el INI", invocada por LHN (p. 7). Nadie más interesado que el INI en presentar sus propias tesis comunalistas como el non plus ultra de los derechos indígenas.
No es necesario especular sobre el carácter de los acuerdos. Al respecto, me parece que la opinión del mismo Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) y del CNI --y no sólo de la ANIPA-- es más mesurada y cautelosa que la de LHN. Veamos unos ejemplos. En un comunicado, las bases zapatistas llaman "acuerdos mínimos" a los de San Andrés, indican que en ellos "no se logró el reconocimiento de las autonomías locales y regionales" y que "el problema de la autonomía sigue pendiente y es necesario insistir en conseguir esta justa demanda indígena". En otro pronunciamiento, se señalan las "omisiones" de los acuerdos: entre otros, que "no se reconocen tampoco las autonomías municipales y regionales". En la Declaración Final del CNI se consideran los acuerdos un "primer paso", pues hay "demandas pendientes". En una de las relatorías del mismo CNI se propone que los pueblos indígenas "en ejercicio de su libre determinación decidan la forma de organizarse: comunidad, municipio, región, etc."; y se advierte que la autonomía regional "no se contrapone sino que complementa a las autonomías comunal y municipal". Esta actitud es sin duda la más recomendable, precisamente porque la autonomía supone un proceso, y tendrán que venir nuevas fases de lucha.

6. Para afirmar su posición, LHN esgrime un argumento de autoridad: el zapatismo, dice, ha avanzado en la construcción de la autonomía de facto, "basado en un modelo muy cercano al propuesto por los comunalistas" (p. 6). Aunque así fuera, podrían citarse otros ejemplos de avances en la construcción de la autonomía a escala supracomunal e incluso regional: es el caso de los pueblos yaqui de Sonora; de pueblos de los Altos y de la selva de Chiapas que se agrupan en las Regiones Autónomas Pluriétnicas (RAP), y de la autonomía que a su manera viene construyendo la COCEI en la región del Istmo de Tehuantepec. Estas experiencias, incluyendo la zapatista, se realizan con grandes dificultades y logros limitados, por razones obvias que tienen que ver con la hostilidad del entorno sistémico.

Pero tampoco parece cierto que los zapatistas estén avanzando a partir de algún modelo "comunalista". Si hay un movimiento sociopolítico con clara conciencia de que requiere promover articulaciones supracomunales, partiendo naturalmente de la célula comunal, es el zapatismo. En la práctica, el zapatismo no parece muy comunalista. En los últimos tiempos, por ejemplo, las bases zapatistas de diversas zonas del estado han establecido "municipios autónomos" e incluso "regiones autónomas". Tan sólo en 1997, las 66 comunidades constituidas como "municipio autónomo Tierra y Libertad" y la declaración de la "región autónoma de Tzotz Choj", lo ilustran. Es comprensible que así sea, pues el futuro político del zapatismo en su zona de influencia (y del movimiento indígena en general) depende crucialmente de que no se atomicen sus fuerzas en un inmenso archipiélago de comunidades separadas entre sí, ni se encierren en el mundo comunal.

7. Creo que en el fondo de la polémica actual sobre los derechos indígenas se encuentran perspectivas diferentes sobre la naturaleza de la autonomía que conviene a los pueblos indios y al país en su conjunto. Básicamente, la alternativa es entre una autonomía fundamentalmente conservacionista y una innovadora. Me inclino por una autonomía innovadora, que promueva--en el país como un todo y al interior de los pueblos--la democracia, la pluralidad, la tolerancia y los derechos de las minorías (mujeres, grupos religiosos, etc.). Para ello, la autonomía debe ser un régimen que induzca el máximo de transformaciones a escala nacional, tanto porque esas transformaciones son necesarias, como porque sólo con ellas el régimen autonómico será viable. Creo que el comunalismo no garantiza que esto ocurra. Por el contrario, me parece que estimula la reproducción de las relaciones autoritarias, de los aspectos más antidemocráticos de los llamados "usos y costumbres", fomenta el aislamiento y asegura la continuidad de la dominación de los pueblos indios. En suma, es un enfoque conservador. El comunalismo replantea una visión vieja: el del etnicismo, que nos retrotrae a una discusión de dos décadas atrás. Pienso, en cambio, que la autonomía regional permite establecer nuevas conexiones entre los pueblos indios y la organización nacional que facilita que ambos avancen hacia la creación de relaciones más justas y más democráticas.

La autonomía supone que cambie no sólo la nación, sino también el mundo indígena, a partir de un pacto democrático. Para ello, se requiere que los defensores de los derechos de los pueblos no tengamos miedo de ser críticos respecto a la "cultura" india. Una autonomía que apuesta sólo a la conservación de los usos y costumbres, creará más problemas que soluciones. Ciertamente, no es el remedio. En este punto, concuerdo con la conclusión de Roger Bartra, en el sentido de que los usos y costumbres tendrán que reformarse. Con un matiz: esos cambios deben ser el fruto del diálogo y los acuerdos con los pueblos y no de imposiciones desde arriba. Hoy no basta con hacer la apología de la tradición. Como Anthony Giddens, opino que, aunque a menudo se necesita defender la tradición, "ya no podemos defender la tradición de modo tradicional". Como lo advertí recientemente, existe el riesgo de que la autonomía se convierta en "el caballo de batalla de nuevos fundamentalismos, de nuevas intolerancias y, en consecuencia, de nuevos o viejos autoritarismos" (La Jornada, 25/8/97). Los autonomistas tenemos que asumir responsablemente esa eventualidad. Siempre habrá riesgos; pero estoy convencido de que las posibilidades de evitarlos o neutralizarlos serán mayores en el marco de una autonomía abierta, innovadora e incluyente, que escape del cerco comunalista.

Un último comentario. El artificio de descalificar al contrario tachándolo de "leninista", no merece mayor aclaración. Ese método facilón es estéril. En efecto, ¿qué gana el debate con esos exabruptos viscerales? Un argumento vale más que mil descalificaciones. LHN manifiesta molestia porque he realizado un análisis crítico de los Acuerdos de San Andrés. ¿Cuál es el principal papel de los intelectuales, e incluso de los asesores, si no es ejercer libremente su responsabilidad crítica? ¿Reeditará LHN las prácticas estalinistas, castradoras del pensamiento y la crítica, él que aborrece tanto el “leninismo”? Coincido con Guillermo Almeyra cuando afirma que "lo que el zapatismo (y la izquierda) necesitan no son los que echan porras sino los que tratan de pensar". Finalmente, ya que LHN parece adorar el color verde, es conveniente recordarle --como lo anotó Omar Cabezas hace más de una década-- que la montaña (y por cierto también la realidad) es más que una inmensa estepa verde.

Notas

LHN, "Mil veces más verde que el gris de la teoría", en Ojarasca, núm. 5, México, septiembre de 1997.

Cf., por ejemplo, ANIPA, "Proyecto de iniciativa...para la creación de las regiones autónomas", en Convergencia Socialista, año 1, núm. 1, México, julio/agosto de 1997, pp. 57-62.

En un diálogo público, realizado el pasado abril, en el Centro Tepoztlán, lo reiteré con todas sus letras: "La autonomía debe instaurarse y ejercerse simultáneamente en todas las escalas posibles. Establecer sólo una escala o ámbito de la autonomía sería limitativo. Parece más conveniente abrir el abanico de posibilidades. En efecto, hay grupos étnicos o pueblos indígenas en el país que sólo han alcanzado una escala comunal de identidad étnica, y en ella se sienten cómodos.

Su condición debe ser respetada. Pero hay otros que han configurado identidades supracomunales: esto es, que teniendo una organización fundada en la comunidad, al mismo tiempo han desarrollado algún nivel de cohesión socioétnica a escala del municipio o incluso a escala regional, en el ámbito de un territorio que perciben como continuo y compacto. Es el caso, entre otros, del pueblo yaqui. Por lo tanto, estos pueblos tienen el derecho de realizar a escala regional su aspiración autonómica, y a ejercer sus derechos socioculturales y políticos en el continuum que va de la comunidad hasta la región."

Cf. Documento de trece organizaciones, "La autonomía como nueva relación entre los pueblos indios y la sociedad nacional", en Boletín de Antropología Americana, nº 27, Instituto Panamericano de Geografía e Historia, México, julio de 1994. Allí se indica (p. 149): "Pero la autonomía no sólo reducida a la comunidad. No queremos que las comunidades sigan siendo convertidas por los gobiernos en reservas de discriminación para los pueblos; que nos sigan aislando del país, que sigan reduciendo nuestros espacios de autodeterminación o libre determinación, que nos quieran aislar y separar de los demás hermanos mexicanos que luchan también por democracia, justicia y libertad. La comunidad es la base de la autonomía, pero la autonomía va más allá, buscando unir a los pueblos bajo gobiernos propios de carácter regional. Los pueblos indios demandamos que se cree un nuevo piso de poder regional autónomo en el país, además de los pisos federal, estatal y municipal, todos en el marco de la unidad nacional". Publicado también en Ojarasca, núms. 38-39, México, noviembre-diciembre de 1994.

Autonomía regional. La autodeterminación de los pueblos indios, Siglo XXI Editores, México, 1991, p. 41 y pássim.

Hay que recordar que, antes de 1994, los contrincantes de la autonomía no sólo eran los ideólogos y técnicos del gobierno, sino también un gran número de pensadores y activistas de "izquierda", quienes ponían interminables objeciones: la autonomía no era una demanda indígena, era errónea y negativa, no era viable, etcétera. Esta actitud ha cambiado, gracias a Dios, pero sólo después de que se ganó la batalla de la legitimidad política del proyecto de autonomía.
Por ciento, en el libro no pretendo que sólo la ANIPA tiene una propuesta de autonomía. Coincido con LHN en que es una junto a varias, "un color del arco iris". Pero sí creo que su propuesta es más avanzada y más democratizadora que la comunalista que aupan sectores del gobierno.

CCRI-Comandancia General del EZLN, Comunicado, ms., febrero de 1996, p. 3.

Cf. El diálogo de San Andrés y los derechos y cultura indígena. Punto y seguido, ms., febrero de 1996, p. 6.

CNI, "Nunca más un México sin nosotros", ALAI, Quito, octubre de 1996, p. II; y "Derechos constitucionales de los pueblos indígenas" (relatoría), Ibídem, p. v.

Cf. "Violencias indígenas", La Jornada Semanal, nº 130, 31 de agosto, 1997, p. 9.

A. Giddens, Más allá de la izquierda y la derecha. El futuro de las políticas radicales, Cátedra, Madrid, 1994, p. 20.

G. Almeyra, "Paternalismo e izquierdas europeas (o no)", La Jornada, 21 de septiembre de 1977.

* Profesor-investigador del Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS). Autor de La rebelión zapatista y la autonomía, Siglo XXI Editores, México, 1997.