Héctor Díaz-Polanco

El canon Snorri

Universidad Autónoma de la Ciudad de México, México, 2004

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ÍNDICE


Preámbulo

1. El canon Snorri: la virtud de la tolerancia

2. Los dilemas de la diversidad

La diversidad imbatible; El sistema-mundo y la preeminencia liberal; Los adversarios del programa autonomista; El conflicto entre “universalidad” y “particularidad”; El liberalismo y el regreso del Volksgeist

3. Pueblos indios en los Estados nacionales

De festividades y conmemoraciones; El descalabro de la población indígena; Las políticas indigenistas; La resistencia de los pueblos indios; Etnia, nación y clase; La militancia étnica y la clasista; Para una agenda sobre la cuestión étnico-nacional.

4. Etnia, clase y cuestión nacional

La cuestión étnica y las clases sociales; Etnicidad y etnia; La historicidad del fenómeno étnico; Etnia, nacionalidad y nación; Etnia, campesinado y región; Luchas étnicas y estrategia política.

5. La teoría indigenista y la integración

Teorías antropológicas y colonialismo; Indigenismo e integración; La teoría de la integración regional.

6. Lo nacional y lo étnico

Homogeneidad versus pluralidad; Proyecto nacional versus proyecto étnico; Conservatismo versus creatividad política.

7. La identidad y la razón

Senderos torcidos; Razonamiento e identidad; Individuo y comunidad; Descubrimiento y elección.

8. Descontento indígena y autonomía

Presupuestos básicos; Cuatro principios; El descontento indígena; El arreglo constructivo; Pueblos y comunidades: diferencias de fondo; El desenlace de abril.

9. Darle su merecido a un multiculturalista

Referencias de los textos.
Bibliografía.

 

PREÁMBULO


En vista del mal tratamiento de la diversidad y de la intolerancia reinante por doquier, el siglo XX latinoamericano puede juzgarse como la centuria de la vergüenza. Numerosos procedimientos, todos ellos marcados por el autoritarismo etnocéntrico, se aplicaron en la región para destruir la diversidad étnica y procurar una ilusoria homogenización sociocultural. Es verdad que en períodos anteriores de la historia del continente se pusieron en práctica acciones similares contra las "otras" culturas, y en ocasiones aún peores si las medimos por su cruda violencia; pero nunca antes se había atacado lo diverso con tal ardor, mientras se proclamaban bochornosamente los principios de la democracia, la libertad, la igualdad y la justicia.
El indigenismo, que como política estatal de la discriminación y la subordinación negaba a cada paso aquellos principios, se enseñoreó de las instituciones públicas en la mayoría de los países del continente. Esta política impregnó a la sociedad civil, bloqueó el surgimiento de una ciudadanía fundada en la multiculturalidad e impidió que emergiera la opción de la democracia pluralista.
Las etnias indígenas y la multicolor floración de culturas populares acumulada durante siglos, aunque menoscabadas, lograron resistir la tremenda embestida; pero a un costo humano pavoroso. De aquel proceso todavía punzante, así como de las ideas y propuestas para alcanzar la diversidad, siempre amenazada por la intolerancia o los fundamentalismos, se ocupa el presente libro.
Hay que esperar que el siglo XXI sea el período en que la pluralidad logre establecerse firmemente como un valor entre nosotros, y sea recordado como el siglo de la tolerancia y las autonomías. En esta dirección enfilan sus esfuerzos incontables grupos étnicos de América Latina (especialmente en Bolivia, Chile, Colombia, Ecuador, Guatemala y México), en el marco de un renacimiento de las identidades –justamente cuando se esperaba que el llamado proceso de globalización tendría el efecto de asimilarlas y, eventualmente, de disolverlas— y de un fuerte protagonismo autonomista que seguramente impactará los actuales esquemas sociopolíticos.
En más de un sentido, el presente volumen es una obra de síntesis que refleja un período de grandes debates académicos y políticos. Mirados en conjunto, los escritos que la integran ofrecen, o al menos eso espero, una representación del desarrollo de las doctrinas, los enfoques y las controversias fundamentales que se han desplegado en América Latina en torno a la cuestión étnico-nacional, en el curso de las últimas dos décadas, poco más o menos. Los escritos son, desde luego, mi particular punto de vista sobre estos asuntos. No obstante, he procurado que el tratamiento de las ideas y los temas respete el contexto en el que fueron planteados, a fin de que el texto exprese el tempo y las preocupaciones del momento en que aquellos se convirtieron en propuestas teóricas o políticas públicas.
Los capítulos del volumen pueden leerse de manera independiente o como una unidad que es parte de un amplio "programa de investigación", en el sentido que Imre Lakatos dio a esta expresión: un esfuerzo colectivo en el que ha participado toda una comunidad de estudiosos a lo largo de casi tres décadas, y cuyos hilos conductores son la multiculturalidad y la autonomía en América Latina, con un obvio énfasis en el caso mexicano.

 

1. El canon Snorri: la virtud de la tolerancia

En “El pudor de la historia”, un texto de singular concisión y transparencia, Jorge Luis Borges manifiesta desconfianza hacia la abundante demarcación de jornadas históricas a la que se dedican los gobiernos, con ímpetu de fabricantes y simuladores, apoyados en la propaganda y la publicidad. Reparo una similar inclinación en algunos expertos que se dejan impresionar más por el estrépito de los acontecimientos que por su significado. Borges sospecha “que la historia, la verdadera historia, es más pudorosa y que sus fechas esenciales pueden ser, asimismo, durante largo tiempo, secretas”.
Stefan Zweig, particularmente en uno de sus libros más conocidos, también está interesado en aprehender algunos de esos momentos inolvidables o estelares que, dice, “son raros tanto en la vida del individuo como en el curso de la Historia”. Pero el propósito de Zweig no es bucear en las entrañas de la historia en busca de fechas esenciales y secretas, sino mostrar en toda su intensidad y dramatismo “tales momentos preñados de fatalidad, en los que una decisión destinada a persistir a lo largo de los tiempos se comprime en una única fecha, en una única hora y a menudo en un solo minuto”. Esos instantes decisivos (desde la conquista de Bizancio hasta la entrada del “tren sellado” de Lenin en Petrogrado) ya nos son conocidos como hitos, y el autor sólo nos revela o subraya los emocionantes pormenores de su grandeza.

En el escrito mencionado, en cambio, Borges se refiere a dos hechos que no serían considerados por el talante habitual de los historiadores y otros eruditos como sucesos que marcan una época o establecen un hito memorable. En opinión de este autor, sin embargo, esos episodios corresponden justamente a las pocas fechas en verdad recónditas e imperecederas de la historia. Me llama la atención que los dos casos seleccionados por el ensayista conciernan, respectivamente, a la pluralidad y a uno de sus efectos más inesperados: la admirable y, en cierto modo, asombrosa virtud humana del reconocimiento del otro.

El primer episodio ocurrió hace unos 2500 años: el día en que los atenienses fueron sorprendidos por la presencia en el escenario de un segundo actor. El padre de aquella innovación prodigiosa fue el poeta trágico Esquilo. Hasta él, el drama se desarrollaba con un solo actor y el acompañamiento del coro. El gran logro de Esquilo consistió en trasladar la atención de los espectadores desde el coro hacia los actores en conflicto y, así, en inventar el diálogo. Borges consigna la significación histórica de este cambio que supuso el paso “del uno al dos, de la unidad a la pluralidad y así a lo infinito”, con la sola pero fundamental operación de hacer entrar “el diálogo y las indefinidas posibilidades de la reacción de unos caracteres sobre otros”. Ciertamente, el momento exacto en que se fragua la dramaturgia de la pluralidad y del diálogo puede ser considerado una gran jornada histórica.

La siguiente hazaña humana que se antoja perdurable alude a la capacidad de apreciar las cualidades del otro, del distinto a uno mismo e incluso del diferente que, al mismo tiempo, es considerado un adversario. En este extremo, el reconocimiento que rinde “tributo a un enemigo”, sorteando las barreras de la propia identidad, revela un territorio hasta ese momento desconocido de valores comunes que, de algún modo oscuro y profundo, se comparten. Es un momento sorprendente y creativo. Cada vez que un miembro de la especie, situado en su específico mundo cultural, hace el descubrimiento de algo que comparte con los que responden a la voz de otra identidad, se echan las bases para producir un salto moral de grandes proporciones. La otra huella histórica que refiere Borges, pues, captura un momento justo de este singular ejercicio. Ocurrió en el siglo XIII (quizás en 1225), en Islandia, cuando el historiador Snorri Sturluson escribió sobre la última aventura guerrera del rey noruego Harald Sigurdarson (Harald III, conocido como Hardrada, el Implacable), quien acometió la invasión de Inglaterra en el año 1066 con la complicidad del conde Tostig, hermano del rey sajón Harold II.

Conviene decir unas palabras sobre el narrador. Snorri (1179-1241) fue un historiador, jurista y político nacido al oeste de Islandia, descendiente de los exiliados noruegos que siglos atrás habían emigrado a esas tierras. Después de una vida agitada y sembrada de logros políticos y económicos, de episodios oscuros y traiciones, fue asesinado en el sótano de la casa en que se había refugiado para huir de la furia del rey noruego, a quien no había cumplido algunas promesas. Descontando el arte de la guerra (para lo que carecía del mínimo arrojo), fue un hombre especialmente dotado para todas las empresas que se propuso. Pero fue su obra literaria la que perpetuó su nombre. Es autor de dos textos capitales: la llamada Edda Menor (o Prosaica), una especie de guía para poetas interesados en aprender las destrezas tradicionales o para lectores que buscaban entender “lo que se escribió con misterio”; y la Heimskringla, historia de los reyes nórdicos, obra maestra de la literatura escandinava y universal.
En esta última, Snorri narra la referida pretensión de Hardrada de apoderarse del reino sajón, mediante una alianza con el hermano del rey de Inglaterra. El intento del rey noruego no corrió con fortuna. Snorri dejó constancia, maravillado, del diálogo que sostuvieron ?antes de la batalla decisiva? el rey sajón y su hermano. La conversación tuvo lugar en presencia del monarca ocupante, mientras los hermanos fingían no reconocerse:

“Veinte jinetes se allegaron a las filas del invasor; los hombres, y también los caballos, estaban revestidos de hierro; uno de los jinetes gritó:

“— ¿Está aquí el conde Tostig?
“—No niego estar aquí—dijo el conde.
“—Si verdaderamente eres Tostig –dijo el jinete—, vengo a decirte que tu hermano te ofrece su perdón y una tercera parte del reino.
“—Si acepto –dijo Tostig—, ¿qué dará el rey a Harald Hardrada?
“—No se ha olvidado de él –contestó el jinete—, le dará seis pies de tierra inglesa y, ya que es tan alto, una más.
“—Entonces –dijo Tostig—, dile a tu rey que pelearemos hasta morir.
“Los jinetes se fueron. Harald Hardrada preguntó, pensativo:
“— ¿Quién era ese caballero que habló tan bien?
“El conde respondió:
“—Harold, rey de Inglaterra.”

Aquel mismo día de 1066, el rebelde y el invasor noruego fueron derrotados, pereciendo ambos en la batalla.

Cada personaje de este drama exhibe cualidades que el narrador islandés advierte: el rebelde sajón no traiciona a su aliado noruego; el rey noruego alaba el discurso del rey sajón frente al hermano sublevado; finalmente, el rey sajón estuvo dispuesto a perdonar a su hermano y a compartir el reino, pero no a tolerar la intromisión de un monarca extranjero. Borges no oculta su fascinación por el “delicado juego psicológico” que el historiador islandés nos transmite y por “la destreza verbal” de la respuesta del rey sajón, contenida en esta economía expresiva: “dar una tercera parte del reino, dar seis pies de tierra”.

Pero la genuina jornada histórica no la sitúa Borges en el siglo XI, sino en el siglo XIII. Esto es, no el día en que ocurren los hechos relatados, sino el momento en que el narrador los consigna con efusión; no el día en que el rey sajón pronunció sus palabras deslumbrantes, sino aquel en que un cronista, hermanado culturalmente con los que sufrieron la derrota, las escribió para la posteridad. “Una sola cosa hay más admirable que la admirable respuesta del rey sajón ?dice Borges en el primer texto citado?: la circunstancia de que sea un islandés, un hombre de la sangre de los vencidos, quien la haya perpetuado”. Lo grandioso no es tanto el comprensible patriotismo del rey sajón, sino el hecho de que un lejano y quizá discordante narrador viera grandeza en su comportamiento y en su sobria sentencia. La hazaña, en suma, es el reconocimiento de las cualidades del otro.

Es notable que, muchos siglos después, la conducta de Snorri sea digna de ponderación, aun cuando podamos suponer que en ese gesto otros lo precedieron y otros más después de él han seguido el mismo camino. La admiración seguramente se debe a que lo alcanzado por Snorri sigue siendo una rareza, una anomalía. Es decir, su actuación aún está por conquistarse como hábito social o norma de conducta entre los hombres y entre las naciones, de modo tal que llegase a constituir el canon universal ?podemos llamarlo el canon Snorri? de una sosegada acogida de lo diferente. Es probablemente en este sentido que Borges avista en el momento de aquel acto de reconocimiento del otro una “fecha profética de algo que aún está en el futuro: el olvido de sangres y de naciones, la solidaridad del género humano. La oferta [del rey sajón] debe su virtud al concepto de patria; Snorri [el polígrafo islandés], por el hecho de referirla, lo supera y trasciende”.

“Olvido”, deseo creer, no quiere decir aquí desconocimiento o abandono de lo particular, de lo diverso, de la identidad propia, en búsqueda inmediata de lo que nos es común como seres humanos; tampoco entonces la ciega adhesión, pecado capital de tantos liberales, a una universalidad a la que supuestamente podemos acceder sin mediar la diversidad. De hecho, lo que cautiva a Borges es precisamente la admiración de Snorri por “las excelencias ajenas”. Pero incluso esa aptitud de Snorri no parece sólo una cualidad personal, sino el esfuerzo de un hombre que lleva hasta su cima lo que era un rasgo identitario de su pueblo. Borges y Vázquez han citado a Saxo Gramático, historiador y poeta danés del siglo XII, quien advirtió que “a los hombres de Thule (Islandia) les deleita aprender y registrar la historia de todos los pueblos y no les parece menos glorioso publicar las excelencias ajenas que las propias”. Con Snorri este talante peculiar de una colectividad alcanza el refinamiento y el rango de lo universal.

El repentino hallazgo de valores acaso universales, que están como latentes en nosotros, resulta del espléndido encuentro de las identidades diversas o de la confrontación de lo propio con lo ajeno. La hazaña del historiador islandés, que nos descubre una súbita chispa de la solidaridad humana fundamental, no es extraña a la presencia de identidades diferenciadas que, precisamente por estar allí, permiten hacer patente el valor transcultural de la mejor empatía. Colocarse en lugar del otro (que puede sernos extraño y con quien a primera vista no compartimos convicciones o propósitos) y hacerlo con compasión, admiración o gozo humanos: he aquí el resorte esencial del logro. El reconocimiento de un valor en el otro es la primera señal discernible de que ese valor está también en nosotros mismos. La prueba del ácido de alguna universalidad posible es la diversidad que la convoca incansablemente.
Todo ello es el requisito de la otra virtud, comparable a la solidaridad, que nos puede hacer humanos universales: la tolerancia. Pero ésta, como ha recordado Walzer en su opúsculo sobre el tema, en estricto sentido no es la apertura hacia lo que aprobamos (“¿cómo se puede decir que tolero lo que apruebo?”), sino la aceptación de que el diferente ?aunque cultive creencias o prácticas que en principio no deseo asumir o imitar? es también humano y, por ello, merece el respeto y la admiración que expresó el historiador islandés por el patriota sajón.