Héctor
Díaz-Polanco El canon Snorri Universidad Autónoma de la Ciudad de México, México, 2004 _____________________________ |
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| ÍNDICE 1. El canon Snorri: la virtud de la tolerancia 2. Los dilemas
de la diversidad 3. Pueblos
indios en los Estados nacionales 4. Etnia,
clase y cuestión nacional 5. La teoría
indigenista y la integración 6. Lo nacional
y lo étnico 7. La identidad
y la razón 8. Descontento
indígena y autonomía 9. Darle su merecido a un multiculturalista Referencias
de los textos. |
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PREÁMBULO
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1. El canon Snorri: la virtud de la tolerancia En
“El pudor de la historia”, un texto de singular concisión
y transparencia, Jorge Luis Borges manifiesta desconfianza hacia la abundante
demarcación de jornadas históricas a la que se dedican los
gobiernos, con ímpetu de fabricantes y simuladores, apoyados en
la propaganda y la publicidad. Reparo una similar inclinación en
algunos expertos que se dejan impresionar más por el estrépito
de los acontecimientos que por su significado. Borges sospecha “que
la historia, la verdadera historia, es más pudorosa y que sus fechas
esenciales pueden ser, asimismo, durante largo tiempo, secretas”. En el escrito mencionado, en cambio, Borges se refiere a dos hechos que no serían considerados por el talante habitual de los historiadores y otros eruditos como sucesos que marcan una época o establecen un hito memorable. En opinión de este autor, sin embargo, esos episodios corresponden justamente a las pocas fechas en verdad recónditas e imperecederas de la historia. Me llama la atención que los dos casos seleccionados por el ensayista conciernan, respectivamente, a la pluralidad y a uno de sus efectos más inesperados: la admirable y, en cierto modo, asombrosa virtud humana del reconocimiento del otro. El primer episodio ocurrió hace unos 2500 años: el día en que los atenienses fueron sorprendidos por la presencia en el escenario de un segundo actor. El padre de aquella innovación prodigiosa fue el poeta trágico Esquilo. Hasta él, el drama se desarrollaba con un solo actor y el acompañamiento del coro. El gran logro de Esquilo consistió en trasladar la atención de los espectadores desde el coro hacia los actores en conflicto y, así, en inventar el diálogo. Borges consigna la significación histórica de este cambio que supuso el paso “del uno al dos, de la unidad a la pluralidad y así a lo infinito”, con la sola pero fundamental operación de hacer entrar “el diálogo y las indefinidas posibilidades de la reacción de unos caracteres sobre otros”. Ciertamente, el momento exacto en que se fragua la dramaturgia de la pluralidad y del diálogo puede ser considerado una gran jornada histórica. La siguiente hazaña humana que se antoja perdurable alude a la capacidad de apreciar las cualidades del otro, del distinto a uno mismo e incluso del diferente que, al mismo tiempo, es considerado un adversario. En este extremo, el reconocimiento que rinde “tributo a un enemigo”, sorteando las barreras de la propia identidad, revela un territorio hasta ese momento desconocido de valores comunes que, de algún modo oscuro y profundo, se comparten. Es un momento sorprendente y creativo. Cada vez que un miembro de la especie, situado en su específico mundo cultural, hace el descubrimiento de algo que comparte con los que responden a la voz de otra identidad, se echan las bases para producir un salto moral de grandes proporciones. La otra huella histórica que refiere Borges, pues, captura un momento justo de este singular ejercicio. Ocurrió en el siglo XIII (quizás en 1225), en Islandia, cuando el historiador Snorri Sturluson escribió sobre la última aventura guerrera del rey noruego Harald Sigurdarson (Harald III, conocido como Hardrada, el Implacable), quien acometió la invasión de Inglaterra en el año 1066 con la complicidad del conde Tostig, hermano del rey sajón Harold II.
Conviene decir unas palabras sobre el narrador. Snorri (1179-1241) fue
un historiador, jurista y político nacido al oeste de Islandia,
descendiente de los exiliados noruegos que siglos atrás habían
emigrado a esas tierras. Después de una vida agitada y sembrada
de logros políticos y económicos, de episodios oscuros y
traiciones, fue asesinado en el sótano de la casa en que se había
refugiado para huir de la furia del rey noruego, a quien no había
cumplido algunas promesas. Descontando el arte de la guerra (para lo que
carecía del mínimo arrojo), fue un hombre especialmente
dotado para todas las empresas que se propuso. Pero fue su obra literaria
la que perpetuó su nombre. Es autor de dos textos capitales: la
llamada Edda Menor (o Prosaica), una especie de guía para poetas
interesados en aprender las destrezas tradicionales o para lectores que
buscaban entender “lo que se escribió con misterio”;
y la Heimskringla, historia de los reyes nórdicos, obra maestra
de la literatura escandinava y universal. “Veinte jinetes se allegaron a las filas del invasor; los hombres, y también los caballos, estaban revestidos de hierro; uno de los jinetes gritó:
“— ¿Está aquí el conde Tostig? Aquel mismo día de 1066, el rebelde y el invasor noruego fueron derrotados, pereciendo ambos en la batalla. Cada personaje de este drama exhibe cualidades que el narrador islandés advierte: el rebelde sajón no traiciona a su aliado noruego; el rey noruego alaba el discurso del rey sajón frente al hermano sublevado; finalmente, el rey sajón estuvo dispuesto a perdonar a su hermano y a compartir el reino, pero no a tolerar la intromisión de un monarca extranjero. Borges no oculta su fascinación por el “delicado juego psicológico” que el historiador islandés nos transmite y por “la destreza verbal” de la respuesta del rey sajón, contenida en esta economía expresiva: “dar una tercera parte del reino, dar seis pies de tierra”. Pero la genuina jornada histórica no la sitúa Borges en el siglo XI, sino en el siglo XIII. Esto es, no el día en que ocurren los hechos relatados, sino el momento en que el narrador los consigna con efusión; no el día en que el rey sajón pronunció sus palabras deslumbrantes, sino aquel en que un cronista, hermanado culturalmente con los que sufrieron la derrota, las escribió para la posteridad. “Una sola cosa hay más admirable que la admirable respuesta del rey sajón ?dice Borges en el primer texto citado?: la circunstancia de que sea un islandés, un hombre de la sangre de los vencidos, quien la haya perpetuado”. Lo grandioso no es tanto el comprensible patriotismo del rey sajón, sino el hecho de que un lejano y quizá discordante narrador viera grandeza en su comportamiento y en su sobria sentencia. La hazaña, en suma, es el reconocimiento de las cualidades del otro. Es notable que, muchos siglos después, la conducta de Snorri sea digna de ponderación, aun cuando podamos suponer que en ese gesto otros lo precedieron y otros más después de él han seguido el mismo camino. La admiración seguramente se debe a que lo alcanzado por Snorri sigue siendo una rareza, una anomalía. Es decir, su actuación aún está por conquistarse como hábito social o norma de conducta entre los hombres y entre las naciones, de modo tal que llegase a constituir el canon universal ?podemos llamarlo el canon Snorri? de una sosegada acogida de lo diferente. Es probablemente en este sentido que Borges avista en el momento de aquel acto de reconocimiento del otro una “fecha profética de algo que aún está en el futuro: el olvido de sangres y de naciones, la solidaridad del género humano. La oferta [del rey sajón] debe su virtud al concepto de patria; Snorri [el polígrafo islandés], por el hecho de referirla, lo supera y trasciende”. “Olvido”, deseo creer, no quiere decir aquí desconocimiento o abandono de lo particular, de lo diverso, de la identidad propia, en búsqueda inmediata de lo que nos es común como seres humanos; tampoco entonces la ciega adhesión, pecado capital de tantos liberales, a una universalidad a la que supuestamente podemos acceder sin mediar la diversidad. De hecho, lo que cautiva a Borges es precisamente la admiración de Snorri por “las excelencias ajenas”. Pero incluso esa aptitud de Snorri no parece sólo una cualidad personal, sino el esfuerzo de un hombre que lleva hasta su cima lo que era un rasgo identitario de su pueblo. Borges y Vázquez han citado a Saxo Gramático, historiador y poeta danés del siglo XII, quien advirtió que “a los hombres de Thule (Islandia) les deleita aprender y registrar la historia de todos los pueblos y no les parece menos glorioso publicar las excelencias ajenas que las propias”. Con Snorri este talante peculiar de una colectividad alcanza el refinamiento y el rango de lo universal.
El repentino hallazgo de valores acaso universales, que están como
latentes en nosotros, resulta del espléndido encuentro de las identidades
diversas o de la confrontación de lo propio con lo ajeno. La hazaña
del historiador islandés, que nos descubre una súbita chispa
de la solidaridad humana fundamental, no es extraña a la presencia
de identidades diferenciadas que, precisamente por estar allí,
permiten hacer patente el valor transcultural de la mejor empatía.
Colocarse en lugar del otro (que puede sernos extraño y con quien
a primera vista no compartimos convicciones o propósitos) y hacerlo
con compasión, admiración o gozo humanos: he aquí
el resorte esencial del logro. El reconocimiento de un valor en el otro
es la primera señal discernible de que ese valor está también
en nosotros mismos. La prueba del ácido de alguna universalidad
posible es la diversidad que la convoca incansablemente. |
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