Ramos o Amuletos

Domingo de Ramos

 

 + Enrique Díaz Díaz

                                   Obispo Auxiliar de San Cristóbal de las Casas

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En aquel tiempo, Jesús, acompañado de sus discípulos, iba camino de Jerusalén, y al acercarse a Betfagé y a Betania, junto al monte llamado de los Olivos, envió a dos de sus discípulos, diciéndoles: “Vayan al caserío que está frente a ustedes. Al entrar, encontrarán atado un burrito que nadie ha montado todavía. Desátenlo y tráiganlo aquí. Si alguien les pregunta por qué lo desatan, díganle: ‘El Señor lo necesita’”.

 

Fueron y encontraron todo como el Señor les había dicho. Mientras desataban el burro, los dueños les preguntaron: “¿Por qué lo desamarran?” Ellos contestaron: “El Señor lo necesita”. Se llevaron, pues, el burro, le echaron encima los mantos e hicieron que Jesús se montara en él.

 

Conforme iba avanzando, la gente tapizaba el camino con sus mantos, y cuando ya estaba cerca la bajada del monte de los Olivos, la multitud de sus discípulos, entusiasmados, se pusieron a alabar a Dios a gritos por todos los prodigios que habían visto, diciendo: “¡Bendito el rey que viene en el nombre del Señor! ¡Paz en cielo y gloria en las alturas!”

 

Algunos fariseos que iban entre la gente le dijeron: “Maestro, reprende a tus discípulos”. Él les replicó: “Les aseguro que si ellos se callan, gritarán las piedras”. (Lc 19, 28-40)

 

Ramos o amuletos

Era un domingo de Ramos. Ya se habían terminado todas las misas y el sacristán se apresuraba a cerrar el templo, después de un día de trabajo exagerado, cuando llegó corriendo un hombre, con cara de angustia y preocupación: “¿Me podrán bendecir, todavía, mi palma?”. “Ya se terminaron todas las misas”, respondió el sacristán. “Pero es que para mí es muy importante” replicó aquel hombre. Me acerqué a ver de qué se trataba y me explicó que desde hacía muchos años el tenía la costumbre de ir el domingo de Ramos a que le bendijeran su ramo y después ponía una parte de él detrás de la puerta de su casa para que no lo visitaran los ladrones, y la otra parte en su “carcacha”. Ahora tenía miedo que si no lo bendecía le fuera a pasar algo malo, fuera a estar desprotegida su casa o hasta podría tener un accidente.

 

Entrada triunfal

¿Qué sentido tienen los ramos de este domingo? No, no es ningún amuleto para protegernos de ningún mal. Su significado es más profundo. Es el recuerdo de que Cristo es Señor y dueño de todo el universo, que lo proclamamos como nuestro rey, que querremos seguir sus pasos e imitar sus acciones, que lo sentimos vivo y presente en nuestra vida y nuestra historia, que sabemos que él nos acompaña y nos ayuda. En fin es querer hacer un memorial de aquella primera entrada triunfal en Jerusalén. ¿He dicho triunfal? Sí, creo que sí es una entrada triunfal, pero lejos del triunfalismo, lejos del poder que aplasta. Va el pobre Jesús montado en un burrito que no es como para impresionar a nadie. Y quizás sea por eso, no quiere impresionar, sino que manifestar; no quiere oprimir, sino quiere dar la vida; no quiere esclavizar, sino quiere liberar. ¡Qué diferente de otros líderes que entran en nuestros pueblos!

 

Sentido de una vida

Jesús, en su encarnación, ha hecho suya la pobreza radical del hombre frente a Dios. Coherente con esta elección, se apoya en la Palabra de Padre que en la Escritura y en los acontecimientos le indican el camino para cumplir su misión; no se ha excluido de la condición del hombre pecador, no ha rehuido al sufrimiento que proviene del egoísmo, ni a los límites de la naturaleza humana, el primero de los cuales es la muerte. Un hombre como todos, un pobre similar a todos, así lo muestra el Evangelio de este día: san Lucas nos lo presenta en todo su dolor, en toda su humillación. Aparece como una víctima de la intolerancia y de la injusticia, un olvidado, un marginado, todavía más, un sacrificado por los suyos por un falaz cálculo político.

 

Pero esto no le bastaría para ser salvador. Aquello que rescata su muerte, que la transfigura - para él y para nosotros – es la inmensa carga de amor con que él ha hecho el don de la vida, para librarnos de la violencia y del odio, del fanatismo y del miedo, del orgullo y de la autosuficiencia; para ponernos – como él – disponibles ante Dios y ante los otros, capaces de amar y perdonar, de tener fe y de reconstruir, de creer en el hombre más allá de las apariencias y de las deformaciones.

 

Tapizaba el camino con sus mantos

Solamente si  la Iglesia tiene estas actitudes puede ofrecer hoy el sacrificio agradable al Padre: cuando reconociéndose pecadora y siempre necesitada de salvación, presente no los propios méritos y acciones, sino el recuerdo vivo de quien es  su cabeza,  crucificado, del hijo amadísimo, de cuya muerte y resurrección recibe luz y fuerza para ser fiel a su misión. Aceptando con alegría el sufrimiento que completa la pasión de su Señor y Maestro, la Iglesia  puede ofrecer el sacrificio eucarístico como voz de los pobres, de los humillados, de los desafortunados, de los oprimidos de la tierra, anunciando la esperanza de la liberación. No lo hará de verdad, cuando elija el camino del  poder, del  triunfo y el boato, y del bienestar; sino en el coraje de rechazar las injusticias y de asumir hasta el fondo la suerte de los humillados.

 

Pero seamos objetivos, imparciales y concretos, este discurso nos toca personalmente. La Iglesia, que tanto criticamos y cuestionamos, la formamos cada uno de nosotros y cada uno de nosotros tenemos esa tarea de seguir a Jesús, en su estilo en sus predilecciones, en su entrega total. La Iglesia somos nosotros, todos y cada uno de nosotros. Nosotros vamos haciendo el camino detrás de Jesús, nosotros queremos despojarnos de nuestros mantos para que Jesús pase sobre ellos, nosotros queremos gritar y vitorear a Jesús. Solamente que Cristo ahora se presenta en el pobre, en el indigente, en el diferente. Y con frecuencia somos capaces de vitorear a Jesús en la calle, pero no somos capaces de quitarnos el manto, o lo que sea, para compartirlo con el hermano. Somos capaces de decirnos cristianos y dejar morir a nuestro hermano de hambre. Nos podemos cargar la cruz de Jesús externamente y mirar con muere olvidado en cada uno de nuestros hermanos.

  

Domingo de Ramos es un día muy especial pues en la misma liturgia une esos dos evangelios que a nosotros nos parecen hasta contradictorios: la victoria del Mesías que es reconocido por su pueblo, y la condena del siervo que es entregado a una muerte ignominiosa. A veces quisiéramos seguir a Cristo sólo en su victoria y no sufrir su entrega y su dolor, pero el fiel discípulo es capaz de seguir con la cruz, con la renuncia y con la entrega de la propia vida. Leamos hoy con detención estos dos evangelios, el primero que se lee para iniciar la celebración (Lc 19, 28-40) y el segundo que nos narra toda la pasión de Jesús según san Lucas (Lc 22, 14 – 23, 49), y se proclama ya dentro de la Eucaristía. Pero no nos limitemos a leerlos en esta celebración. Es un reto y una forma de vivir: acompañar a Cristo en su “triunfo” y proclamar a Cristo en la entrega, en el servicio y en el amor.

 

Semana Santa es un tiempo especial para revivir ese amor de Jesús por nosotros y el domingo de Ramos nos presente la esencia de esta celebración. El próximo sábado que llamamos de Gloria, es el día más importante para todos los cristianos, recordamos y vivimos la Resurrección de Jesús. Aprovechemos esta semana para estar con Jesús, acompañarlo y llenarnos de amor. Y así, mirando su ejemplo y su entrega, también nosotros comprometernos y construir su Reino en el servicio y en el amor.

 

Dios, lleno de amor y de bondad, que has querido entregarnos como ejemplo de humildad a Cristo, nuestro salvador, hecho hombre y clamado en una cruz, concédenos vivir según las enseñanzas de su pasión, para participar con él de su gloriosa resurrección.

 

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