¡Joven, levántate!

X Domingo Ordinario

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                                                                  + Enrique Díaz Díaz

                          Obispo Auxiliar de San Cristóbal de las Casas

 

En aquel tiempo, se dirigía Jesús a una población llamada Naím, acompañado de sus discípulos y de mucha gente. Al llegar a la entrada de la población, se encontró con que sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de una viuda, a la que acompañaba una gran muchedumbre.

 

Cuando el Señor la vio, se compadeció de ella y le dijo: “No llores”. Acercándose al ataúd, lo tocó y los que lo llevaban se detuvieron. Entonces dijo Jesús: “Joven, yo te lo mando: levántate”. Inmediatamente el que había muerto se levantó y comenzó a hablar. Jesús se lo entregó a su madre.

 

Al ver esto, todos se llenaron de temor y comenzaron a glorificar a Dios, diciendo: “Un gran profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo”.

 

La noticia de este hecho se divulgó por toda Judea y por las regiones circunvecinas (Lc 7, 11-17).

 

 

Muerte prematura

Ya hace algunos años que esto aconteció y sin embargo conservo su recuerdo muy vivo en mi memoria. Me llamaron los padres de una jovencita que estaba invadida de cáncer. Ya los médicos la habían desahuciado, no tenían ninguna esperanza y la habían regresado a su casa para que ahí pasara sus últimos días. Sus papás no encontraban palabras para darle la noticia y creían mejor no decirle nada, pero me pidieron que la visitara para darle algún consuelo. ¿Cómo decirle a una niña de 22 años que está invadida de cáncer y que solamente le dan unas horas de vida? ¿Qué palabras de consuelo podría darle yo? El trayecto hasta su casa se me fue en pensar y pensar sin encontrar ninguna palabra que juzgara oportuna. Al llegar, me sonrió y con palabras adoloridas pero llenas de confianza, me dijo: “Padre, yo sé que ya me voy a ir al Cielo y estoy tranquila. Siento que Dios me quiere. Por favor, consuele a mis papás. Solamente le pido su bendición porque ya Dios me está esperando”. Me impresionó y me sigue impresionando porque mostró una madurez y una fe que pocas veces encontramos en los jóvenes.

 

Los jóvenes de hoy

 A pesar de que en muchos eslóganes y frases publicitarias se dice que los jóvenes son la esperanza del país y el futuro de la humanidad, se percibe un ambiente de desencanto y desconfianza hacia la juventud actual. Los jóvenes de hoy tienen que enfrentar un mundo difícil, hostil y tienen pocas armas para vencerlo. De las comunidades más remotas, salen grandes grupos que emigran a las ciudades o a los Estados Unidos, solamente protegidos por su fe y por su deseo de aventura. Quedarse en los pequeños poblados es resignarse a una vida sin futuro y sin esperanza, de acuerdo con los nuevos valores que van recibiendo. Opciones de trabajo son muy escasas o nulas. Si revisamos los porcentajes de los que estudian, quedaremos asustados de tan bajos. Y si preguntáramos cuántos profesionistas están desempeñando su carrera, todavía bajan mucho más los porcentajes. Entonces para qué estudiar si no sirven los títulos, para qué prepararse si no se puede ejercer lo que se ha aprendido.

 

Por otra parte, están jaloneados por un mundo fácil, de artificio, de ruido y de placer. Los modelos a seguir son de oropel. Un día están en la cima y al día siguiente están desmoronados, pero surgen –o hacen surgir– nuevos ídolos que caerán mañana. ¿De dónde pueden asirse quienes van entrando a la vida? ¿Qué seguridades pueden tener? Da la impresión de que participamos en el cortejo fúnebre que nos presenta el Evangelio. Hoy también muchas madres y pueblos pobres acompañan la muerte, física o moral, de sus hijos jóvenes maltratados por el hambre o por la falta de trabajo y oportunidades, o porque sucumbieron desesperados ante la droga o los caminos violentos. Porque se dejaron llevar por el placer y despertaron hastiados y vacíos.

 

Hoy muchos jóvenes se encuentran paralizados, como muertos, ante la inseguridad de su futuro y la falta de lugar para ellos en la sociedad, sin que tengan oportunidad de hablar y sin escuchados. Por desgracia, lo mismo nos sucede en nuestras iglesias, se toma muy poco en cuenta su identidad, su forma de ser y se les quiere encasillar en moldes antiguos que acaban por asfixiarlos.

 

Jesús y el joven

La actitud de Jesús nos señala un camino: ir a su encuentro, tocarse el corazón y comprometerse. Dejarse “contagiar” de ese ambiente de juventud. En tiempos de Jesús era “contaminarse” el tocar a un muerto. Ahora, parecería contaminarse el acercarse y comprometerse con la juventud. Llevar la ayuda eficaz, el estímulo y el aliento, que los impulse a levantarse, a decir su palabra, a caminar con iniciativas. Es creer en el joven, sobre todo en el joven pobre, en el arrinconado, en el olvidado.

 

Me gusta imaginar la escena que nos presenta el Evangelio, observar el contraste entre las dos comitivas: una saliendo de la ciudad llena de muerte y soledad; otra encaminándose a la ciudad, llena de vida. Contemplar a Jesús, que, sin que nadie se lo pida, se acerca al joven muerto y lo toca. Oír las palabras fuertes y con autoridad, de Jesús que exclama: Joven, Yo te lo mando: levántate. Y ver a aquel joven, antes cadáver, que se levanta y comienza a hablar.

 

Nosotros y nuestros jóvenes

Y no me resisto a hacer el paralelo de nuestra situación actual y hacer miles de comparaciones de jóvenes, hombres y mujeres, unos que se encaminan y luchan por la vida, y otros, vencidos antes de tiempo, cadáveres vivientes. Pero que a todos se acerca Cristo y ofrece la vida. El mensaje más esperanzador de la fe cristiana es que Nuestro Dios es el Dios de la vida y no de la muerte. Jesús no se reserva su vida para Sí solo, sino que la comparte generosamente con los hombres, y quiere contagiar de su vida, de su amor, a todos, pero en especial a los jóvenes.

 

Hoy Jesús, igual que ayer, está diciendo a cada uno de los jóvenes: Joven, Yo te lo mando: levántate. Pero hoy lo quiere decir a través de nosotros. Tomemos la iniciativa como cristianos, sin esperar la petición de quien está necesitado. Cada uno de nosotros debe “acercarse” a las situaciones difíciles de muerte y de olvido que enfrentan los jóvenes.

 

Hoy también a cada una de las familias llega la palabra consoladora de Jesús: “No llores”, pero también a cada una de las familias llega la pregunta cuestionadora sobre lo que estamos haciendo por los jóvenes y cómo los estamos educando para la vida. Los jóvenes no son el futuro de la sociedad o de la Iglesia. Son el presente, y si están muertos, olvidados o callados, se convierten en lastre cuando deben ser la energía, la alegría y la fortaleza que impulse a la creación de una nueva sociedad.

 

Hoy también a cada uno de los jóvenes, por más desalentados que estén, por más adormilados que parezcan, por más olvidados que se encuentren, les habla Jesús. Pido al Señor que muchos jóvenes escuchen con fuerza en su corazón: Joven, Yo te lo mando: levántate.

  

Señor Jesús, que has conocido de cerca de los jóvenes y has tocado su corazón, que les has lanzado tu tremenda invitación de construir un mundo lleno de justicia y fraternidad, mira con amor a los jóvenes que con ilusión empiezan la vida. Concédeles tu verdad, tu sabiduría y tu amor. Amén.

 

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