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+ Enrique Díaz Díaz
Obispo Auxiliar de San Cristóbal de las Casas
En aquel tiempo, se acercaban a Jesús los publicanos y los pecadores para escucharlo. Por lo cual los fariseos y los escribas murmuraban entre sí: “Este recibe a los pecadores y come con ellos”.
Jesús les dijo entonces esta parábola: “Un hombre tenía dos hijos, y el menor de ellos le dijo a su padre: ‘Padre, dame la parte de la herencia que me toca’. Y él les repartió los bienes.
No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se fue a un país lejano y allá derrochó su fortuna, viviendo de una manera disoluta. Después de malgastarlo todo, sobrevino en aquella región una gran hambre y él empezó a padecer necesidad. Entonces fue a pedirle trabajo a un habitante de aquel país, el cual lo mandó a sus campos a cuidar cerdos. Tenía ganas de hartarse con las bellotas que comían los cerdos, pero no lo dejaban que se las comiera.
Se puso entonces a reflexionar y se dijo: ‘¡Cuántos trabajadores en casa de mi padre tienen pan de sobra, y yo, aquí, me estoy muriendo de hambre! Me levantaré, volveré a mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo. Recíbeme como a uno de tus trabajadores’.
En seguida se puso en camino hacia la casa de su padre. Estaba todavía lejos, cuando su padre lo vio y se enterneció profundamente. Corrió hacia él, y echándole los brazos al cuello, lo cubrió de besos. El muchacho le dijo: ‘Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo’.
Pero el padre les dijo a sus criados: ‘¡Pronto!, traigan la túnica más rica y vístansela; pónganle un anillo en el dedo y sandalias en los pies; traigan el becerro gordo y mátenlo. Comamos y hagamos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado’. Y empezó el banquete.
El hijo mayor estaba en el campo y al volver, cuando se acercó a la casa, oyó la música y los cantos. Entonces llamó a uno de los criados y le preguntó qué pasaba. Este le contestó: ‘Tu hermano ha regresado y tu padre mandó matar el becerro gordo, por haberlo recobrado sano y salvo’. El hermano mayor se enojó y no quería entrar.
Salió entonces el padre y le rogó que entrara; pero él replicó: ‘¡Hace tanto tiempo que te sirvo, sin desobedecer jamás una orden tuya, y tú no me has dado nunca ni un cabrito para comérmelo con mis amigos! Pero eso sí, viene ese hijo tuyo, que despilfarró tus bienes con malas mujeres, y tú mandas matar el becerro gordo’.
El padre repuso: ‘Hijo, tú siempre estás conmigo y todo lo mío es tuyo. Pero era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado’”. (Lc 15, 1-3.11-32).
Una parábola actual
Es muy fácil querer mirarse en esta parábola de Jesús, pero necesitamos meditarla muy bien y profundamente para comprender todo el significado que tiene para cada uno de nosotros. Hace apenas unos días platicaba con unos padres de familia sobre una situación extrema que les está afectando: una de sus hijas está embarazada y esto ha causado grave conflicto en toda la familia. Los hermanos mayores por ningún motivo la quieren ver en su casa, porque es una deshonra, aunque, si nos pusiéramos a investigar, ellos no tendrían su conciencia tan limpia. El padre, en un primer momento, intentó golpearla; después dijo que no quería saber nada de ella, y finalmente convive, a más no poder, mirándola a veces con odio y otras veces con desprecio, pero siempre haciéndola sentir mal. La pobre mamá es quien más sufre porque, aunque la recibe con cariño, siempre está presionada por toda la familia y acaba también maltratándola y echándole toda clase de culpas.
Si miramos nuestra forma de comportarnos en la familia, nuestros rencores, nuestros resentimientos, nuestros egoísmos y nuestros silencios, comprenderemos mejor la grandeza del padre de familia e la parábola.
Los personajes de la parábola
Al escuchar la parábola de Jesús, con frecuencia llama más la atención a quien llamamos el hijo pródigo. Y realmente es la historia de cada uno de nosotros: abandonar la casa paterna, romper los hilos tanto de fraternidad como de filiación, hundirse en un mundo de pecado, lejos del amor del padre, sentir en nuestro interior la nostalgia del terruño, la añoranza del pan, y la soledad de quien era amado. Y así levantarse del abismo y resurgir para nuevamente encontrar el amor paterno. Es una experiencia que muchos hemos vivido y que cada Cuaresma nos invita a renovar: reencontrar el amor y la paz de la casa del padre. Es, sin duda, el hijo menor un ejemplo para cada uno de nosotros sobre todo en esta Cuaresma.
El Padre misericordioso
Pero ahora quisiera que pusiéramos un poco de atención a la parábola y a las razones de la parábola: el motivo que da origen a la narración de Jesús es el escándalo que provoca el trato que Él da a los pecadores. «Por lo cual los fariseos y los escribas murmuraban entre sí: “Éste recibe a los pecadores y come con ellos”». Es la base sobre la cual descansa esta narración. Y me parece que la parábola insiste sobre todo en esta nueva imagen de Dios que Cristo nos quiere ofrecer. La parábola, aunque la llamamos del Hijo Pródigo, quizá la deberíamos llamar la parábola del “Padre Misericordioso”. La mirada no está centrada sobre todo en el hijo y su pecado; está puesta en el padre y su actitud amorosa. Jesús parece querer enseñarnos una nueva y singular historia del perdón.
Cuando llega declara que “no ha venido para condenar el mundo sino para salvar el mundo” Y toda su vida es una muestra de esta verdad. Él busca, como buen pastor, la oveja extraviada; o como la mujer, la moneda perdida. Los privilegiados de la misericordia, los preferidos de Jesús, son los pobres, las mujeres abandonadas, los extranjeros, es decir, los separados y señalados por la sociedad. Para Jesús, el hijo pródigo es siempre esperado. Y este comportamiento provoca el fastidio y el desprecio de los fariseos y de ciertos hombres “justos”, incapaces de mirar más allá de lo externo, parecidos al hijo mayor, celoso de la bondad del padre hacia el hijo menor.
Mirar más el amor que el pecado
Por eso la invitación es a mirar al Padre amoroso que espera al hijo con cariño. Es cierto, para que pueda haber regreso, debe haber un verdadero reconocimiento del pecado. No es fácil aceptarse como pecador. Buscamos a toda costa justificarnos, y muchos hasta creen que lo han logrado diciendo que no hay pecado. Pero, de improviso, sentimos en nuestra vida, y en la vida del mundo que nos rodea, una profunda y misteriosa culpabilidad: las guerras, la destrucción, el odio racial, el hambre de los hermanos, la incapacidad de perdonar a veces a los más cercanos… En fin, una larga historia de debilidad, de miseria y de pecado. Pecados personales y pecados de todo un pueblo.
La técnica de los grupos de Alcohólicos Anónimos es parecida a lo que nos propone hoy la parábola: reconocernos pecadores, incapaces de levantarnos por nosotros mismos y poner toda la confianza, toda la fe en un Padre amoroso que no condena, sino que espera con los brazos abiertos. No es querer quedarse en el pecado, es querer sentir la misericordia de un Padre que no hace muchas preguntas, que simplemente limpia, acoge, viste y vuelve a poner el anillo de la filiación. ¡Qué diferente de nuestro mundo! ¡Qué modo de actuar tan distinto! Y es lo que Jesús nos propone.
El “perfecto” hermano mayor
En cambio, nosotros parece que nos gozamos en asumir la actitud del hijo mayor: condenamos y no somos capaces de vivir como hermanos; destruimos la fraternidad y nos enojamos porque Dios sigue amando; nos alejamos de la mesa porque lo otros no están a nuestra altura. Pero nos olvidamos que no basta permanecer en la casa del padre para participar del banquete: se necesita saber perdonar. No basta no haber hecho nada malo, se necesita amar como hermano al que se ha alejado. No basta no haber quebrantado las leyes de la Iglesia o del Estado, se requiere haber trabajado por un mundo más justo, más humano. Y así también nosotros rompemos la armonía de la casa paterna cuando nos negamos a reconocer a los hermanos. Tan grave es el pecado del hijo menor como el del mayor. Ambos, como todo pecado, rompen injustamente la fraternidad y la filiación. Es la realidad del pecado actual: nos desconocemos como hermanos, nos “robamos” la herencia, no compartimos la mesa, y nos olvidamos que somos hijos de Dios y que el “otro”, es nuestro hermanos y también es hijo de Dios.
Siempre el retorno al Padre
Los tres personajes de la parábola nos deben cuestionar fuertemente, y podemos asumir el rol de cada uno de ellos y compararlo con nuestro propio comportamiento. Y así, a veces nos miraremos como el hijo que necesita regresar y volver a la casa paterna; otras veces nos sentiremos abrazados y acariciados por el Padre que nos ha rescatado del pecado; ojalá que nunca asumamos la actitud del hermano mayor, de crítica dura y corazón cerrado, que no se convierte ni admite la conversión del hermano, que se cierra a la bondad del Padre y que excluye, con argumentos que lo justifican, de la mesa a su hermano.
Tiempo de Cuaresma es tiempo de levantarse y volver al Padre para sentir nuevamente toda su ternura; es recobrar la condición de hijo. ¿Nos animaremos, en esta Cuaresma, a regresar a la casa del Padre?
Señor, Padre de Misericordia, ayúdanos a reconocer en este tiempo de Cuaresma las barreras que hemos levantado y nos alejan de nuestros hermanos al alejarnos de Ti. Danos fuerza para asumir nuestras miserias, levantarnos de nuestros pecados y retornar a tus brazos amorosos. Por Cristo Nuestro Señor.
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