Anunciando el Reino
XIV Domingo Ordinario
+ Enrique Díaz Díaz
Obispo Auxiliar de San Cristóbal de las Casas
En aquel tiempo, Jesús designó a otros setenta y dos discípulos y los mandó por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares a donde pensaba ir, y les dijo: “La cosecha es mucha y los trabajadores pocos. Rueguen, por tanto, al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos. Pónganse en camino; yo los envío como corderos en medio de lobos. No lleven ni dinero, ni morral, ni sandalias y no se detengan a saludar a nadie por el camino. Cuando entren en una casa digan: ‘Que la paz reine en esta casa’. Y si allí hay gente amante de la paz, el deseo de paz de ustedes, se cumplirá; si no, no se cumplirá. Quédense en esa casa. Coman y beban de lo que tengan, porque el trabajador tiene derecho a su salario. No anden de casa en casa. En cualquier ciudad donde entren y los reciban, coman lo que les den. Curen a los enfermos que haya y díganles: ‘Ya se acerca a ustedes el Reino de Dios’.
Pero si entran en una ciudad y no los reciben, salgan por las calles y digan: ‘Hasta el polvo de esta ciudad, que se nos ha pegado a los pies, nos lo sacudimos, en señal de protesta contra ustedes. De todos modos, sepan que el Reino de Dios está cerca’. Yo les digo que en el día del juicio, Sodoma será tratada con menos rigor que esa ciudad”.
Los setenta y dos discípulos regresaron llenos de alegría y le dijeron a Jesús: “Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre”.
El les contestó: “Vi a Satanás caer del cielo como el rayo. A ustedes les he dado poder para aplastar serpientes y escorpiones y para vencer toda la fuerza del enemigo, y nada les podrá hacer daño. Pero no se alegren de que los demonios se les someten. Alégrense más bien de que sus nombres están escritos en el cielo”. (Lc 10, 1-12. 17-20).
Se derrumba una Iglesia
Los albañiles se afanaban y en su rostro se veía el orgullo de quien está terminando una obra magnífica. Como cada año, pero quizás ese año de un modo especial, los encargados de la fiesta y del templo se habían propuesto que el templo luciera esplendoroso y lo estaban logrando. ¡Claro que lo merece San Jerónimo! Los enjarres, la pintura, las cortinas, los adornos, todo parecía ir muy bien y ya era la víspera… Precisamente en la víspera, cuando estaban poniendo los últimos detalles, de pronto se escuchó un fuerte ruido y el gritar y el correr de la gente. ¡Toda una pared se vino abajo! Estaba toda hueca por dentro, el agua y el tiempo habían minado su interior y aunque parecía muy gruesa y fuerte, era solamente externamente pues ya había perdido toda la consistencia y fortaleza por dentro. El techo cayó casi todo junto con la barda. Gracias a Dios no hubo ningún muerto, pero ha sido una de las fiestas de San Jerónimo más triste de toda la historia. Han pasado los años, la reconstrucción en un principio fue muy difícil, el pueblo estaba desanimado, pero ahora, después de muchos trabajos, nuevamente luce esplendorosa la Iglesia de San Jerónimo.
¿Y nuestra Iglesia?
La enseñanza ahí queda para cada uno de nosotros ¿Qué hay en lo profundo de nuestro corazón y que queda en lo exterior? En América Latina se encuentra casi la mitad de los católicos en el mundo. Sin embargo, en nuestros países impera la desigualdad y la pobreza, así como sus devastadoras consecuencias en la economía de las familias, en la falta de realización personal y en las múltiples expresiones de discriminación económica, racial y cultural.
Junto con lo anterior, las migraciones, el narcotráfico y el deterioro ecológico evidencian nuestras fallas y la debilidad de la evangelización o incluso su ausencia. Ser cristiano no es solamente estar bautizado, implica vivir al estilo de Jesús. El testimonio que muchas veces damos los católicos en el continente hacer pensar que el mensaje de Cristo no ha enraizado en los corazones, en las conciencias y en las estructuras. Puede alguien decirse católico y odiar a su hermano, puede alguien “rezar piadosamente” y pagar salarios injustos. No hemos comprendido el mensaje de Jesús.
Todos somos discípulos
Hoy San Lucas nos lo recuerda, continuando y completando el texto iniciado de hace ocho días, y nos dice que: “Jesús designó a otros setenta y dos discípulos y los mandó por delante, de dos en dos” En paralelo con la misión de los doce, nos narra la misión de los setenta y dos, para enseñarnos que la responsabilidad y legitimidad misionera es de todos; no sólo de unos cuantos. Restringir el encargo de anunciar el evangelio a sacerdotes, religiosos y misioneros, es empobrecer el texto y el envío universal hecho por Jesús. La Iglesia somos todos, lo proclamamos con frecuencia, pero después lo olvidamos de ambas partes. Ni el fiel laico se toma en serio su papel de Iglesia en un mundo hostil y agresivo, ni asume su papel de protagonista de la evangelización; pero tampoco quienes deberíamos dar esa participación la damos con toda amplitud y responsabilidad necesarias. Es una tarea grande, aún por realizar el papel del laico y de la mujer en la Iglesia.
Corderos en medio de lobos
Por otra parte hay expresiones de Jesús que nos hemos acostumbrado quizás a oír y no les damos toda la importancia que contienen, pero que cuando sabemos escucharlas interiormente, tocan nuestro ser, nos iluminan con luz nueva y nos revelan lo lejos que estamos de entender y de acoger su evangelio. ¿Qué nos dicen las palabras de Jesús: Pónganse en camino; yo los envío como corderos en medio de lobos? En una sociedad que se nos presenta tan mezquina y tan agresiva ¿Se puede vivir de otra manera que no sea a la defensiva? Y sin embargo Jesús propone otra manera, la que él mismo vivió. Nos invita a vivir de tal manera que toda persona pueda descubrir que la bondad, la amistad, la paz y la solidaridad existen. De ahí el saludo que ordena al discípulo: “Que la paz reine en esta casa”. Y solamente quien tiene paz interior podrá ofrecer paz a los que están a su alrededor. Y entendamos que paz, no es la indiferencia o el desentendimiento de los problemas, sino al revés: enfrentar con serenidad los mismos problemas. Saberse ovejas que enfrentan al lobo y no perder la armonía interior.
Es curioso además lo que propone Jesús: nos envía en medio de los lobos y nos pide que no llevemos prácticamente nada. El testimonio de pobreza es condición necesaria para un auténtico servicio de evangelización y es un dato históricamente comprobado que el afán prioritario de eficacia, recurriendo al poder, al dinero o hasta las armas, ha desvirtuado y corrompido, y desvirtúa y corrompe, los más puros valores evangélicos. Jesús nos enseña que su “Buena Nueva” nace desde los pobres, con los pobres y en medio de ellos. Así como nació, vivió y murió Jesús.
Lo que se tiene que proclamar está aún más claro: “Ya se acerca a ustedes el Reino de Dios” Sí, ese Reino que hace presente Jesús en medio de los sencillos y los humildes, ese Reino donde los pobres escuchan una Buena Nueva, ese Reino donde los sordos oyen, los ciegos ven y los pecadores quedan limpios. Ese Reino es toda una novedad aún en nuestros días. Ese Reino es el que Jesús nos invita hoy a vivir, a anunciar y demostrar que es posible hacerlo presente en nuestros días. ¿Cómo estamos haciendo nuestra tarea de anunciar el Reino?
Dios nuestro, que por medio de la muerte de tu Hijo has redimido al mundo de la esclavitud del pecado, y nos has hecho vivir la presencia de tu Reino, concédenos participar ahora de verdadera alegría y construir el mundo de paz que ahora anunciamos. Amén.