Bosque, Pinar de la Venta, Zapopan, Jalisco. actualizada 30/04/07
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"La tierra no es nuestra; nos la prestaron nuestros hijos": Proverbio Keniano.
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El Aire de Fuego...

Aun recuerdo lo que escribía a propósito del bosque el año pasado en plena estación de secas:

Este Bosque es un lugar mágico; aire diáfano y suave, temperatura y humedad que poco tienen que ver con las que sentíamos hace rato en las calles de Guadalajara. Y aunque no nos encontramos sino en el borde del Bosque de la Primavera, ubicados en un fraccionamiento, perduran en él amplias secciones arboladas. Ladera de robles y pinos, piso de alfombra de hojas caídas y pastizal, sólida roca sobre la que nos sentamos allá arriba, donde pensamos ubicar la casa, atalaya desde donde podemos otear, hacia el norte, entre los árboles, la serranía que flanquea la Barranca de Oblatos y el Valle de Tesistán. Allá, un poco mas abajo, entre los robles que en esta época del año mantienen su incesante caída de hojas secas, volátiles pergaminos áureos, la pareja de carpinteros de cabeza roja, a la que nos hemos habituado, mantiene sus cotidianos vuelos. Tordos de erráticas y breves trayectorias. En las alturas, el planear de un eficiente zopilote. Otras aves que no identificamos. Piso de hojarasca por el que pulula la vida; grillos de color café. Arañas. Escarabajos. Lugar en el que hemos encontrado dos breves áreas contiguas en las que ubicar la pequeña casa. Y en eso nos encontramos: buscando el lugar preciso para asentarnos suavemente entre los árboles, junto al cauce de un pequeño arroyo de temporal que divide el terreno. Allí, entre las rocas, bajo la alfombra de hojas secas que se torna profunda, se percibe aún un rescoldo de humedad. Humedad necesaria, ya que estos son días austeros, luminosos y secos, días de un viento ávido de agua que reseca la tierra y la vegetación, que los pone a la espera sedienta de esa agua del temporal de lluvias que tardará en llegar. Días en que la menor llama, al conjuro de ese viento voraz, puede desatar el incendio. Incendio que aunque parezca haber sido extinguido, puede permanecer latente, bajo la hojarasca, en oquedades, durante muchas horas y que se reaviva sin previo aviso, al conjuro del viento. Y uno de estos días, alguien, cañada abajo, al parecer, siguiendo el expediente fácil de quemar una porción de basura en esa hora del mediodía en que el aire caliente empieza a subir raudo por las cañadas, provoca un incendio - uno de tantos que se suscitaron en estos días secos, de viento salvaje - que avanzó en unos instantes ladera arriba. Una porción del predio resultó afectada. Por unos días, el ambiente se ha tornado lúgubre: alfombra del piso convertida en ceniza; volátil polvillo que llena la atmósfera; resequedad. Un olor a quemado que difícilmente se olvida. Un roble y dos pinos pasto de las llamas; otros árboles perdieron parte de su corteza. Y ahora, cambian un tanto nuestras prioridades; aparte de la ubicación de la casa, tenemos que ayudar al bosque a recuperarse. La permanente caída de las hojas, ya empieza a proteger lo que ha quedado del frágil suelo; nos urge empezar a trasladar la hojarasca abundante que se ha acumulado en las partes bajas a este terreno lacerado; protegerlo de ese viento que amenaza convertirlo en volátil sustancia sin asidero, sin propósito. Prepararlo - tal vez con elementales terraceos - para impedir que la futura lluvia - en otros sentidos bienhechora, concluya la erosión iniciada por el viento. Por lo pronto, la vida en el bosque comienza a restablecerse: los pájaros carpinteros han vuelto; la vida, poco a poco, retoma su lugar. Y aparte de la flora ¿quienes han sido damnificados por el siniestro?. Ya sé que según nuestro criterio antropocéntrico, solo los humanos - como fauna - somos sujetos de estadístico conteo. Pero ¿qué decir del resto de la fauna terrestre que moraba en este suelo ahora calcinado?. Anónimos insectos, roedores, algunas ardillas cuyo rastro hemos encontrado, conejos silvestres. ¿quién hará este recuento, en donde se asentará, quién se hará responsable de esta pérdida de vidas y hogares?. No nos queda sino ayudar al bosque a restañar heridas. Con acciones, con trabajo que no puede ser considerado fácilmente como objeto de mercado, con trabajo en nuestra pequeña escala. Y no simplemente actuar como seres urbanos de las postrimerías del siglo XX que se quejan de la contaminación generada por los incendios del Bosque, de la pérdida del patrimonio natural cuando tal vez alguno de ellos, hace unos días, en su forma de disfrutar el Bosque, en un día de campo, haya encendido una fogata. Fogata, supuestamente extinguida, aunque es probable que en sus rescoldos, haya quedado latente el fuego que horas más tarde, ido el paseante, genere voraz incendio, del que tal vez, en sus sueños, se sienta oscuramente responsable. Tenemos que repensar nuestra relación con el Bosque de la Primavera. No existe autoridad en el mundo que pueda hacerse responsable en exclusiva de impedir los incendios que se calcula en un 90% son atribuibles a la acción humana. Esos mismos humanos que después pretenden acudir al lugar común de expresar que la autoridad debe de hacerse cargo, porque para eso pagan sus impuestos (en el caso de ser ello cierto) Tenemos que repensar - reitero - nuestra relación con el Bosque. So pena de que en unos años, lo veamos convertido en dantesco erial y a Guadalajara, en invivible, en infernal y sediento agujero.

Emilio Vega Martín.

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