desde Pinar de la Venta, Zapopan, Jalisco, México

                         

la cultura tiene aroma de café....

visita ¿cibercafés?

     

nodo50 CAFES FAMOSOS

 CAFE CITAS CIENCIA 

CAFE CITAS LITERARIAS

  Todos sabemos la importancia que los cafés han tenido - y tienen - para la cultura latina, aunque en estos tiempos de euforia mercantil neoliberal en los que el tiempo se nos va en tratar de ganar dinero para poder comprar cosas la mayoría superfluas, el fast - food y en general el fast- everything se oponen ferozmente al slow - food vigente en los cafés. Afortunadamente, vemos que existe un número creciente de personas entusiastas que han salido en defensa de los cafés, lo que nos permite pensar que las cosas en esta materia volverán a su justo medio. Rodrigo, el protagonista del siguiente relato, es un ejemplo palpable de ello:

LA CULTURA TIENE AROMA DE CAFÉ


Rodrigo está furioso: Bueno, ¿y por qué no? ¿Qué no es un tema de antropología social?. Sentado en el café, cuaderno y pluma a la mano, Rodrigo sigue rumiando en torno a la pertinencia del tema que ha propuesto y que tanta oposición ha generado en su Director de Tesis; y qué cínico el señor- piensa Rodrigo- cuando éste y otros profesores lo citaron en el café donde- dicho sea de paso- se la vivían todo el día. Qué cínicos cuando el nombre de la Tesis es "Los cafés y su importancia sociocultural". Ya ni la friegan.
Acto seguido, Rodrigo decide, sin importar la burocrática aprobación, iniciar su tarea: está lleno de vivencias e ideas: como buen pata de perro que es, ha podido, con base en tarifas de estudiante, vuelos charter, aventuras y peripecias sin cuento, viajar a Europa, partes de Canadá y Estados Unidos. En esas andanzas, ha discurrido, alucinado, por los cafés del Quartier Latin parisino, los del Centro de Roma, las Ramblas catalanas, la Puerta de Alcalá madrileña y los de Cartier y Saint Jean en Québec.
Descubre entonces, que los cafés pueden ser verdaderos lugares de culto; espacios donde se gestan movimientos culturales y revolucionarios: en París, en el Café de Flore, alguien le comenta, emocionado, que en aquél rincón vio la luz él más brillante cúmulo de ideas culturales de la Francia de posguerra: allí se sentaron a desarrollar su trabajo Jean Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Albert Camus, Jean Cocteau y muchos otros. Estas vivencias en el extranjero, complementan sus correrías por la Parroquia en Veracruz, los cafés de los portales de Córdoba, Puebla y Morelia y los de Zacatecas, Guanajuato y al Ciudad de México y en el escuchar como, en un tono nostálgico, un amigo suyo, ya entrado en años, se refiere al florecimiento de los cafés estudiantiles en la UNAM, en los años previos al 68; cuando en el de Filosofía y Letras bullía la vida: donde el Carlos Monsiváis, cargando siempre su voluminoso itacate de libros, se reunía con otros compañeros para nutrirse y nutrir la existencia de los demás. Y continúa su amigo: "uno de los efectos posteriores a la represión del 68, fue el que, queriendo ponerle una camisa de fuerza a la realidad, las autoridades cerraron estos cafés que habían devenido, según ellos, centros de subversión: eran la eclosión del pensamiento crítico, el ágora universitaria donde se tenía conocimiento de todo lo que valía la pena ser sabido, sin trabas, de boca a boca, a salvo de la coptación que sufrían los medios de comunicación.
Nutrido por estas vivencias, Rodrigo siente verdadero respeto por los cafés tapatíos: penetra al Madoka, al Gardel, al Madrid o a la Estación de Lulio, con la conciencia de que tal vez, allí, en ese momento, se esté gestando algo: un periquete, una novela, un poema, un ensayo u otra tesis.
Producto de este cúmulo de experiencias, Rodrigo intuye que los cafés están indisolublemente ligados a la cultura latina. Por otra parte, en sus andanzas por los Estados Unidos, su búsqueda de cafés resulta decepcionante: los pocos establecimientos que merecen tal calificativo, son lugares discretos, marginados, propiedad de hippis sesenteros, beatniks trasnochados y otros outsiders. Las normales cafeterías son, sin excepción, miserables drugstores, con una barra en la que se alinean, taciturnos y silenciosos, presurosos bebedores de un café que mas bien parece agua de calcetín, servido por malhumoradas meseras, eternas mascadoras de chicle. John, un rubicundo y obeso gringo, amigo de Rodrigo, que vive plácidamente asilado en Ajijic, le asegura a éste, mientras paladea un aromático café, instalado cómodamente en un voluptuoso equipal, que todo ello es natural: que la mayoría de sus compatriotas, allá en el otro lado, no tienen la menor idea del "savoir vivre" francés, mediterráneo o mexicano; que viven peleando entre sí, afanados en consumir bagatelas sin fin, endrogados eternamente hasta la coronilla, por lo que no tienen tiempo para ir a cafés ni para vivir, embarcados en una especie de estupidez colectiva. Dice John que la cultura anglosajona, particularmente en su versión estadounidense, aborrece los cafés. En apoyo a su idea, John da a leer a Rodrigo el texto de un eminente siquiatra norteamericano en el que se asienta que la asistencia frecuente a cafés está asociada a un cierto grado de insanía mental y al fomento de la pérdida de tiempo, el anarquismo, las ensoñaciones y la poesía, actividades que como todos sabemos, son de nulo valor económico. Como juicio de esa lectura, Rodrigo concluyó maliciosamente que el asunto era otro: que a través de la ingestión de café y el contacto humano, los parroquianos retomaban su dimensión espiritual, eliminando, de golpe y porrazo, la necesidad de recurrir a los siquiatras, con el consecuente perjuicio económico para éstos. En resumen, bajo la óptica neoliberal norteamericana, los cafés son un obstáculo al desarrollo; es mas: los cafés latinos deben de ser erradicados de la faz de la tierra; ni siquiera tener sustitutos: a platicar afuera.
Oponiéndose ferozmente a todo lo anterior, Rodrigo piensa proponer en su Tesis el fomento de los cafés, trasladando a éstos todos los espacios culturales: regresar la cultura al pueblo, para que los parroquianos impidan, contra viento y marea, parapetados en sus locales, la renta de estos espacios para bodas, bautizos, quince años y kermeses, con lo que se corte de cuajo toda esa serie de bochornosas discusiones sobre el uso de espacios culturales bajo ópticas neoliberales que solo busquen una pretendida "autosuficiencia" como acontece en la propia Guadalajara..
Hay que fomentar los cafés, pues, se pregunta Rodrigo, ¿qué sería de la vida y del desarrollo cultural, sin sueños, amigos, tiempo y una aromática taza de café?.
                    Emilio Vega Martín.