FÉMINAS actualizada 18/08/09
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SI: PREFIERO A LAS MUJERES.
Emilio Vega Martín.
Crecí y sigo viviendo rodeado de mujeres brillantes, luminosas, radiantes..., ellas no requieren de un día para que se las festeje: ellas son, en sí mismas, una fiesta y están aquí, omnipresentes, poblando el silencio, llenando el espacio y la cotidianeidad con su actuar pleno de vida. Ellas me curan de mis arrebatos propios de la impulsividad masculina; me ayudan a depurarlos, a tomar distancia y filósofas como son, a extraer de ellos lo que de rescatable puedan tener. En un mundo de instituciones masculinas en el que los hombres, si nos descuidamos, acabamos cómodos y adocenados nadando de a muertito en la corriente de la vida, sin evolucionar, ellas, por el contrario, tienen que bregar a contracorriente, entre escollos, a brazo partido y las que están emprendiendo esta azarosa travesía, lo están haciendo bastante bien, para sobresalto de los machos. Hay en esas mujeres una vivacidad, una riqueza, una sabiduría instintiva que no encuentro en muchos hombres. Nosotros, los hombres, por el contrario, si no estamos alertas, devenimos solemnes; solemnidad que es el disfraz de la tontería. Nosotros, los hombres, podemos ser chatos, pomposos, carentes de gracia, de barriga prominente, desaliñados, de desmañado atuendo: no importa, todo se nos perdona: para eso somos hombres. Este mundo masculino no es en nada equitativo; un hombre que tiene muchas mujeres, es sinónimo de masculinidad a celebrar; y a una mujer que tiene muchos hombres ¿cómo se le califica?. ¿Y la virginidad? Ese pesado lastre-aplicable solo a las mujeres-mas propio de la calidad de objetos o de ganado: hijo de la propiedad exclusiva como orgullo y razón de ser de la existencia. Y en las relaciones propias del matrimonio institucionalizado, siempre se espera que el hombre tenga experiencia y la mujer-por el contrario- sea cual hoja en blanco; y en el caso de que ésta se muestre diestra siempre quedará la ominosa duda: ¿dónde, cuando y con quién la habrá adquirido?
Contra lo que pudieran pensar, no soy un rendido admirador del sexo femenino; me incomodan aquéllas que abdican del ejercicio de sus potencialidades humanas: no me gustan-pongamos por caso- las sufridas madrecitas, ésas que tienen a la maternidad como único sino o aquéllas que consideran el casarse como única vía para adquirir razón de ser. En lo tocante a las madrecitas, cierto es que en buena medida, el país subsiste gracias a su concurso, pero hay en su actuar algo perverso: siguen procreando machos, seres que no crecen, minusválidos permanentes y longevos. La madrecita, tras esa fachada de abnegación, encubre a la controladora de la familia; controladora que paga un precio: el de no ser ella misma, esclava de lo que gestó. Y lo peor es que al parecer, en el fondo, disfruta su sufrimiento. Tampoco me convencen las feministas: éstas no hacen sino reproducir, en un efecto de espejo, la postura del machismo: prefiero en este sentido declararme humanista, partidario de lo humano, hombre y mujer. Y por otra parte, me entristezco cuando muchas mujeres, acatando mansamente el rol que los hombres les asignamos, se conciben a sí mismas como meros objetos depositarios de belleza física, echando por la borda el ejercicio de todas sus posibilidades y viven angustiadas, obsesas en detectar el menor indicio de pliegues en la piel. Y hablando a título personal, me gustan las arrugas en un rostro humano: es síntoma de vida, hijas del sol, del viento, del fruncir el entrecejo a plena luz del día, de la expresividad, de la risa plena; en resumen, de la vida. Un rostro sin arrugas, o bien es fruto de una edad temprana o de, conforme trascurren los años, de la pasividad, de la represión, de ambientes cerrados o de erigirse en yerto maniquí, fría estatua, a veces, con el concurso de la estéril y esterilizada cirugía. La supuesta belleza física-esa apreciación que varía con las épocas y las culturas- y la juventud, son meros accidentes, eventuales y efímeros. ¿Y qué queda después? Solo aquélla belleza inmanente, la que es fruto de la espiritualidad, de la expresividad, del calor humano, del ponerse en juego, del nutrirse de vida. Me he sentido atraído por mujeres de cualquier edad, que son en sí mismas, la vida decantada, poseedoras de una belleza suave y a la vez firme, portadoras del magnetismo que irradian aquellos seres que viven en armonía consigo mismos y con la vida.
Y en este mundo occidental, de aparente racionalidad, de voluntad y fuerza, de discurso masculino, del 2 mas dos del hemisferio izquierdo, ellas, las mujeres cabales son ante todo, el hemisferio derecho: la sabiduría eterna, global, sentimientos e intuiciones, los lenguajes no verbales. Infinitamente ricos; lenguajes e ideas que escapan a lo mensurable, a lo encasillable en cómodos parámetros. Lenguajes e ideas más propios del arte, de la magia, del pensamiento libre y subversivo. Y así, en mi pequeño ámbito, esas mujeres siguen enriqueciendo mi vida, llenándola de aromas, nutriendo el silencio, colmándolo de lenguajes sin lengua, universales, a través de un giro del cuerpo, del rostro, de los hombros, de unos ojos expresivos, el fruncir de unos labios, de un inesperado apretón de manos y unos dedos que suaves y expresivos, recorren mi piel. Discurso más elocuente que el de las palabras, ante el cual, el hemisferio izquierdo, masculino, verbal y racional, se siente desarmado, intuyendo que ante sus narices, se desarrolla algo clandestino, vital, que no alcanza a entender. Casi seguro que después de estas palabras, recibiré airados reclamos de mis congéneres masculinos; por el contrario, de las mujeres sufridas no recibiré queja alguna: ellas están aquí para crecerse al castigo, sin chistar, para sentirse heroicas. Los primeros, hombres reclamantes, me reprocharán mi falta de solidaridad en esa especie de guerra que según ellos, existe entre los sexos. No me importa, porque mientras ellos no cambien, aceptando lo humano, hombre y mujer, yo seguiré diciéndoles: sí, prefiero a las mujeres.
             

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