EL LIBRO de Villamorena actualizada 330/04/07
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El amor al Libro

Emilio Vega Martín

En esta época en que algunos suponen que la Internet provocará la desaparición del libro impreso, tengo un buen amigo amante de los libros al que estoy tratando de convencer sobre las bondades del uso de la computadora y la multimedia como instrumentos de trabajo. Se muestra renuente: para él no hay como la pluma, la letra manuscrita y los libros impresos: estos - me dice él - son objetos reales, tangibles, alejados de esa ficción cibernética construida con ilusorios mapas de bytes que en un descuido o bajo la acción de un virus pueden desvanecerse cual si nunca hubieran existido.
Y al final, no puedo menos que coincidir: hay en el libro una calidad de objeto vivo, de producto cumbre de la cultura, que nos hace sentir un amor entrañable. Acariciarlo amorosamente, sentir el papel, oler la tinta fresca e imaginar cuanto trabajo y cariño encierra. Y esto es solo el principio: enfrascarnos en la lectura de un buen libro nos lleva a trabar contacto con lo mas íntimo de su autor: con lo que éste decanta de sí mismo y considera tan importante como para merecer el ser convertido en algo dirigido a sus semejantes; pues ¿qué es un libro sin lectores? ¿Cuantas horas no habremos pasado embebidos en un libro, absortos en ese universo de imágenes, de ideas que bulle en su interior que nos vuelve ciegos y sordos a cualquier otro reclamo fuera de él?
El libro, amigo selecto, de elección voluntaria, siempre a mano, que nos puede acompañar a cualquier parte; al que podemos regresar reiteradamente, leer y releer. Retomarlo cuando ya no somos los mismos y descubrirlo nuevo, fresco, enriquecido. Y en aquellos que nos son más entrañables establecemos nuestra impronta: subrayados, notas al margen: el papel del libro se convierte en campo de debate.
Libros nuevos; inefable olor de papel y tinta; libros viejos desgastados por el tiempo y el tacto amoroso de innumerables e ignotos lectores.
En esta época de extensiones del hombre, el libro nos permite entrar en contacto con su autor prescindiendo de intermediarios; va con nosotros, se adapta a nuestro ritmo, esperando pacientemente nuestra atención. No nos obliga a citas de hora forzada o a convocatorias masivas. No es flor de un día; está aquí con nosotros permanentemente; forma parte esencial de nuestros bienes. Su posesión puede engalanar mas una casa que los muebles mas costosos.
El libro, objeto que señala a su poseedor. Identificación inmediata con desconocidos a través de lecturas afines. Y en efecto, hay algo de único, de personal en un individuo identificado a través del libro que porta.
En esta época de cultura oral y visual, de cultura de masas, (especie de retorno al medioevo según Umberto Eco), los letrados somos minoría. Y nada nos resultaría mas reconfortante para la difusión del libro que ver este país pletórico de bibliotecas públicas que nos hicieran espiritualmente ricos.
El libro, aparentemente inocuo objeto, pero a la vez, fermento de revoluciones. Instrumento peligroso; primera víctima de cualquier hecatombe cultural, que a veces debe de adoptar ropajes extraños para cruzar las fronteras que establecen los enemigos de la propagación de ideas.
Los relatos de anticipación mas consistentes en visiones futuras de posibles sociedades totalitarias, señalan al libro como ente peligroso. En la sociedad del Fahrenheit 451 de Bradbury se queman los libros y se persigue su posesión; y los humanos que los aman deben de aprendérselos de memoria (convertirse en hombres libros): volver a la tradición oral para poder eludir la acción del Sistema. Y en el 1984 de Orwell, los únicos libros que subsisten (los demás han sido eliminados) son los que produce el Estado para consumo de las masas; libros de tipo pornográfico y de nota roja para mantenerlas entretenidas, a los que se agrega un sistema de propaganda y publicidad machacante, ineludible, que solo transmite las noticias fabricadas por el Régimen en su Ministerio de la Verdad.
Pero a pesar de lo anterior, el libro prevalece. Autores y lectores que escriben y leen, independientemente de las penurias económicas, porque no les queda mas remedio: es su destino obligado para conservar y cultivar algo de lo mas preciado que ha producido el espíritu y la cultura humana: EL LIBRO.

 

             

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