ARRIBANDO A QUÉBEC Bienvenidos al Québec - México - Guadalajara de Raquel Carrera y Emilio Vega.

actualizada 17/09/03

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ARRIBANDO A QUÉBEC

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PRIMER CONTACTO CON QUÉBEC. EL TRAYECTO NOCTURNO HACIA QUÉBEC. 

El primer indicio de que nos aproximamos a Québec acontece paradójicamente en el aeropuerto de Acapulco: el vuelo cubre el trayecto México, D.F.- Acapulco - Montréal. 
La cabina semivacía del avión se ve repentinamente plena de quebequenses tostados por el sol, que con ánimo festivo, traen consigo algo de esa ensalada de cosmopolitismo, subdesarrollo, folclor plastificado, miseria y exotismo en que ha devenido nuestro Acapulco. Pronto descubriremos el importante papel que Acapulco juega en la vida de muchos quebequenses. Acapulco es un curioso punto de enlace México - Québec. 
Ante la inminencia del despegue, resulta divertido encontrarse, de repente, rodeados de semejante grupo de franco parlantes que impregnan el ambiente de informalidad, cuando despreocupados deambulan por el pasillo formando corrillos, bastante alejados de esa imagen usual del pasajero que todo tensión, se abrocha el cinturón de seguridad y envarado en su asiento, tragando saliva, espera el terrible momento del despegue.
La imagen que guardo de los momentos previos al despegue es de confusión: las sobrecargos, tras una lucha titánica, logran hacer que los quebequenses tomen en serio eso de que es necesario sentarse y abrocharse el cinturón de seguridad. Viene a mi mente, a propósito, la imagen de las atareadas maestras de primaria mexicanas que en un aula abarrotada, tratan de imponer una apariencia de orden entre alborotados alumnos que regresan del período vacacional.
Despegamos. Y apenas tomamos altura, la imagen del desorden vuelve a sentar sus reales. Con ánimo divertido escuchamos las pequeñas escaramuzas verbales que se empiezan a gestar entre algunos quebequenses y las atareadas sobrecargos. Estas se aferran a ese inglés telegráfico que al parecer creen que todo el mundo debe de entender y se comunican entre ellas en un español - mexicano coloquial.
Los quebequenses en cuestión, se empecinan a su vez en hablar francés, a ratos en español, simulando entender escasamente el inglés de las sobrecargos. Se establece así una especie de pequeña guerra verbal, de confusiones, de malentendidos, que se mantendrá hasta nuestro arribo a Montréal. Esta situación es solo un prolegómeno a esa presencia de la lengua francesa, que ejerce el quebequense - rodeado de población anglófona - como oficio cotidiano. Universo lingüístico en el que nos veremos inmersos a partir del día siguiente.
No cabe duda que los pasajeros quebequenses están de buen humor; aceptan tolerantes, sin un gesto, la triste estupidez de las sobrecargos que los tratan cual si fueran ciudadanos de segunda, metiéndonos a quebequenses y mexicanos en un mismo saco, desdeñando al momento de cobrar bebidas y souvenirs, tanto los pesos mexicanos como los sanos dólares canadienses, moneda esta última que hacen descender para efectos de cambio, a tan solo la mitad del valor del debilitado pero imperante dólar estadounidense.
El ambiente caótico - festivo que inunda la cabina se va diluyendo, desaparece. Arribamos al aeropuerto de Mirabel - tan impersonal como pueden serlo los aeropuertos internacionales - donde nos espera un amigo.    regresar

EL TRAYECTO NOCTURNO HACIA QUÉBEC.

Desde Mirabel hasta Québec el viaje es largo: cerca de 300 kilómetros, transitando por impersonales autopistas tan similares a sus homólogas mexicanas que la única diferencia la constituye que los letreros consignan nombres en francés o en inglés. Simultáneamente, nos sorprende un tanto la temperatura del ambiente: sabíamos que los veranos aquí son cálidos - así como sus inviernos son fríos - pero no esperábamos toparnos rumbo a la medianoche con ese calor húmedo de más de 28 grados centígrados, casi carente de ruidos y olores nocturnos.
Para nosotros, mexicanos, este ambiente de las noches estivales quebequenses puede resultar extraño. Este calor, que en México solo encontramos en el trópico húmedo, asociado a multitud de fragancias, a las referencias luminosas de las luciérnagas y al gran coro de voces de animales nocturnos, aquí carece de ellos. Nos gustaría poder aportarles, aunque solo fuera por una noche, toda la riqueza sonora y aromática de nuestro trópico.
Arribamos a Québec; habiendo circulado exclusivamente por vías rápidas y por silenciosas calles flanqueadas por árboles, nos vemos inmersos, sin previo aviso, en una avenida profusamente iluminada, pletórica de gente deambulando o sentada bajo las sombrillas de los cafés al aire libre. Y todo esto habida cuenta de que ya pasamos de la media noche. ¿qué es esto? ¿qué celebran? preguntamos. Nada, se nos contesta: es el verano. Simplemente el verano.

A partir de ese momento, nos sumergiremos en ese estado de euforia que es el verano quebequense. Llegamos al hotel, dejamos las maletas y sin perder un momento regresamos, ya iniciada la madrugada, a ese mediodía nocturno de la vida urbana que se desarrolla en la Grande-Allée.
Y entonces, con base en nuestras vivencias de los días subsecuentes, surgió una pregunta: ¿Cómo se las arregla el quebequense medio para compaginar sus obligaciones cotidianas con este estado de euforia, de diversión que comprobaremos vigente - en tanto el clima lo permita?
Durante todo el mes de Agosto, la mitad del de Septiembre e intervalos de Octubre, el centro de la ciudad de Québec vive en un estado febril: calles y plazas - en las que la ciudad es tan pródiga- se ven repletas de nativos y turistas, cantantes, mimos, hombres-orquesta; dibujantes en Sainte Anne y la rue du Trésor, todo ello desde la mañana hasta alcanzar su clímax entre el atardecer y la medianoche.
Descubriremos que el quebequense medio se las arregla bastante bien. Aparte de sus vacaciones veraniegas, sus días normales - si el clima lo permite-se dividen en 2 etapas claramente definidas: a las 8 de la mañana lo encontraremos en su trabajo en el que continuará hasta las 5 de la tarde - excepción hecha de un breve intervalo a mediodía para comer. Después, renovado, se lanzará a partir de las 6 de la tarde, a la cena, al café, al bistrot, a la brasserie, a la calle, donde departirá incansable con los amigos. 
En Québec, a través de la convivencia, descubriremos que es necesario dejar de lado todos esos clichés que los habitantes del sur nos hemos forjado de nuestros homólogos de latitudes nórdicas. Al menos aquí con nuestros amigos quebequenses todo ello es frágil, casi inexistente. Con razón los llaman "los negros del norte". 
Usualmente, entre ellos no existe la frialdad: tienden a ser acogedores, cálidos.
Sus comidas, cuando disponen de tiempo, son largas: nadie se apresura. Se departe con los amigos y entre medio se come. Nos reafirma esta idea un amigo quebequense al decirnos que "la comida es un pretexto para la charla"
Podremos decir que si los estadounidenses parecen haber sido los inventores del "fast food", los quebequenses son amantes el "slow food" 
Ahora pienso que no conozco el invierno quebequense. No puedo imaginarme esos largos meses de confinamiento que el gran Dictador vitalicio, el clima, impone en estas tierras. Pero puedo imaginarme que esto tiene que ver con el amor que el quebequense siente por el calor, por el sol, por los espacios abiertos en los que se puede vagabundear ligero, en un clima como el que ellos disfrutan en nuestras costas, en pleno Diciembre, lejos de sus entonces heladas tierras.
Así que si arriban ustedes a Québec en pleno Agosto, procuren no llevar consigo asuntos serios a tratar: resulta criminal, imperdonable, permanecer en una oficina, despacho o cualquier lugar de trabajo sabiendo que la vida se agita, bulle en el exterior, en las calles y plazas de Québec. 

 

 

 

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