CAFETEANDO EN QUÉBEC . Bienvenidos al Québec - México - Guadalajara de Raquel Carrera y Emilio Vega

actualizada 17/09/03

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CAFETEANDO EN QUÉBEC.

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Somos en lo personal amantes de los cafés, de esos espacios donde junto a una buena taza de café los seres humanos charlamos, arreglamos el mundo y nos recreamos sin protocolos, sin horarios.
No bien arribamos a una localidad, una de las primeras cosas que indagamos es que cafés tiene, cómo son y qué gente los frecuenta. Lo anterior nos dice sobre ella y sus habitantes mucho más de lo que nos pueden indicar las más completas guías turísticas.
Creemos, en el fondo, que toda localidad que se precie de sensata, debe de contar con cafés. El café, en la tradición mediterránea, ocupa el lugar de la antigua ágora: todo lo que merece la pena ser sabido, conocido, se escucha allí. 
Si comparten ustedes ese amor por los cafés, Québec no los decepcionará y los latinoamericanos encontrarán que sus ciudades y Québec están profundamente hermanados en la materia.
En Guadalajara, es del dominio público que para encontrar a alguien debemos de buscarlo en el Madoka del centro, en el Madrid, en el Azteca o en la Estación de Lulio. En Guanajuato, en el Pinguis, Valadez o el Retiro. Y en Québec, debemos de buscarlo en el Kriegoff, en el Van Houte de Place Youville, en el Temporel o en el Pub Saint Alexandre.
En la Ciudad de México, desgraciadamente, estos locales y esta costumbre - la de frecuentar cafés - se está perdiendo. Entre el sismo de 1985 y la decadencia del centro de la ciudad, desaparecen La Copa de Leche, el Do Brasil y entran en deterioro La Blanca y el Tupinamba. Pobre ciudad, está perdiendo el alma. 
Como si esto fuera poco, florecen por doquier impersonales establecimientos que respondiendo a los curiosos nombres de Vips, Toks, Wings, Dennys, Lynis y Sandys, sirven un inmundo brebaje que responde al mexicanísimo nombre de "café americano". Mexicanísimo apelativo - reiteramos - porque solo en México se le denomina así.
Pero, tal vez, el hecho que más ha influido en esta alarmante extinción de los cafés en la Ciudad de México, ha sido el tomar muy en serio la opinión de un eminente siquiatra estadounidense que concluía a partir de los resultados de una encuesta para el análisis de anomalías de conducta, que la asistencia a cafés denotaba cierto grado de insanía mental. El insigne galeno se ensañaba especialmente con sus compatriotas que asistían a cafés de San Francisco, New York o Boston, a los que calificaba de "dropouts" "outsiders", inadaptados, marginados sociales, en resumen, "losers", perdedores (el peor insulto que se les puede endilgar allí, en esa tierra de "winners") 
Entonces, en general, los quebequenses que asisten a cafés están medio locos, los tapatíos, los guanajuatenses, los defeños, los estadounidenses y nosotros en lo personal, también.
Creemos que el susodicho siquiatra adoraba lo que se ha dado en llamar el fast-food estadounidense y que consiste en el despojar a la comida de todo arte y reducirla a un mero acto de supervivencia biológica efectuado a velocidad extrema - excluyendo el contacto humano - muy a tono con ese espíritu competitivo, belicoso y guerrero que caracteriza al ciudadano promedio que habita esas tierras situadas entre Québec y México.
Parece que complementariamente a lo anterior, el doctor creía firmemente que la asistencia a cafés sólo contribuía a la pérdida de tiempo ("time is money" he says), a fomentar el anarquismo, los ensueños y la poesía, actividades de nulo valor económico y que pueden, en un caso dado, conspirar contra la producción de tuercas y tornillos que son, como todos sabemos, actividades de la mayor trascendencia en la carrera sin fin de incrementar el Producto Nacional Bruto (PNB), el consumo de bienes superfluos y el endeudamiento familiar y personal.
Por contraparte, un amigo muy querido cree - y nosotros estamos de acuerdo con él - que los cafés son el escenario ideal para retomar, a través de la ingestión de café y el contacto humano, la propia dimensión, lo que resulta esencial para eliminar la necesidad de acudir al siquiatra. 
Dice nuestro amigo que tal vez, en el fondo, la inquina del multicitado especialista en contra de los cafés y sus parroquianos, tenía su origen en que la asistencia de sus pacientes a cafés, estaba reduciendo alarmantemente su clientela y por ende sus ingresos.
Bueno: hasta aquí con estos comentarios sobre el siquiatra, que amenazan, por su complejidad inherente, en convertirse en tema para charlas de café.
El hecho es que creemos firmemente que no se ha hecho justicia a lo que pudiéramos denominar " la cultura de los cafés".
De facto, las culturas española, francesa, italiana, quebequense, defeña, guanajuatense y tapatía han tenido frecuentemente como escenario, como telón de fondo, un café.
¿Es que acaso alguien puede concebir a Honorato de Balzac sin sus innumerables tazas de café? O bien, ¿qué serían J. P. Sartre y Simone de Beauvoir, Alberto Moravia, Renato Leduc, Carlos Monsiváis o Jorge Ibarguengoitia sin un café como telón de fondo? Sería imposible ubicarlos. O bien: ¿puede alguien imaginarse el Puerto de Veracruz sin el Café de la Parroquia o Córdoba sin los cafés de los portales? Resultaría tarea difícil.
Por ello, no hay que extrañarse si en el Kriegoff quebequense alguien se parapeta en una mesa, bebiendo innumerables tazas de café al tiempo que escribe infatigable durante horas, sin ser presionado por los meseros, charlando a ratos con los amigos o bien leyendo los periódicos del día que, según esa sana costumbre quebequense, proporciona el establecimiento a sus parroquianos.
Pensad, cuando os sentéis a la vera de este infatigable artesano, que tal allí, en ese momento, se esté gestando algo que contribuya al enriquecimiento de vosotros mismos. Pensad también que estas impresiones de viaje, que ahora os compartimos, fueron gestadas sobre la mesa de un café quebequense y revisadas sobre las mesas de cafés guanajuatenses y tapatíos. 

 

 

 

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