CAMINAR EN EL VERANO Bienvenidos al Québec-México-Guadalajara de Raquel Carrera y Emilio Vega.

actualizada 17/09/03

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CAMINAR EN EL VERANO DE QUÉBEC.

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En estos días veraniegos, deambular por calles, plazas y explanadas es un irrenunciable pasatiempo quebequense.

La ciudad en su parte antigua conserva una amable escala peatonal que permite conservar esa tradición mediterránea de ver pasar gente, de "ver y ser vistos".
Empezar en una caminata sin fin, desayunando en el Petit-Champlain; después subir por Cote de la Montagne; recalar en el Parc Montmorency para ver premiada la ascensión por la vista desde la altura ganada. De allí, por la rue Buade, remolonear y fundirse con todos aquellos que atiborran la Place des Armes, la rue Sainte-Anne y la rue du Trésor entre caricaturistas y vendedores de reproducciones, escuchando entremedio algún músico ambulante.
Desde allí, fácilmente, ascender a la terraza del Frontenac y deambular sin prisas, en recorridos zigzagueantes entre flautistas, laudistas, hombres-orquesta y cantantes que lo mismo lo hacen en francés que en inglés o en español. Entre mimos y músicos que emplean los esperantos del lenguaje corporal o de la música instrumental. 
Descansar apoyándose suavemente en la balaustrada de la terraza, bajo el sol y el viento, el graznido y el vuelo de las gaviotas - amas y señoras del aire - contemplando el ancho río, los trasatlánticos, el par de transbordadores que en forma incansable se desplazan entre Québec y Lévis - que se alza entre árboles y prados en la orilla opuesta - y el enjambre de veleros y lanchas rápidas que al conjuro del buen tiempo se lanzan al agua, sorteando el oleaje provocado por las embarcaciones de gran calado que se desplazan permanentemente rumbo a Montréal y los Grandes Lagos y en su regreso al Océano Atlántico.
Para este momento, podemos vernos acosados por el ansia de ganar altura y la elección no es fácil: si optar por la Promenade des Gouverneurs, con la vista del río San Lorenzo o por el borde de la Citadelle, viendo como la perspectiva de la ciudad, de la Basse-Ville, de Charlebourg y de los Laurentides se amplían.
Ambos caminos valen la pena para arribar a los Plaines D´Abraham, les Champs de Bataille y el Bois de Coulonge, en los que a lo largo de unos 3 kilómetros se alternan cuidados prados y macizos de árboles, siempre conservando el río San Lorenzo abajo.
Y para aquellos que no hayan saciado su ansia de ganar altura y vistas, siempre queda el recurso de ascender los 20 pisos del hotel Concorde hasta su restaurante giratorio para obtener una formidable vista a vuelo de pájaro de la ciudad.
Desde que nos encontramos en los Plaines D´Abraham, debemos de decidir donde haremos la comida del mediodía: ¿nos hemos adaptado al horario quebequense de 12 a 14 horas? ¿o por el contrario seguimos en el horario mexicano - esto es, después de las 15 horas? (La urgencia alimenticia se agrava porque los arces ubicados allí han empezado a secretar, sutilmente, su miel que aromatiza el ambiente y estimula nuestro aparato digestivo) 
Para comer, será conveniente elegir entre la Grande-Allée y la Avenue Cartier. Por esta última se arriba al Petit Cartier, amable y poblado de gente y restaurantes, del cual se puede - satisfechas nuestras carencias alimenticias - derivar hacia la Rue Saint-Jean y si nos queda energía, prepararse para la segunda etapa de la jornada pasando por las Portes de Saint Jean, Kent y Saint Louis, la Place D´Youville, la Asamblea Nacional, la calle de Saint Louis hasta el Chateau Frontenac y al anochecer - que parece que nunca arribará - retomar los trayectos del centro fundiéndonos en esa multitud renovada que puebla las calles del centro de Québec.
Dentro de los múltiples itinerarios que pueden establecerse aquí, siempre es necesario disponer de tiempo; puede ser amargo el tener que cumplir con un programa estricto. En cada recodo puede atraparnos una suave vista de los Laurentides que en la lejanía azulean cubiertos de arces o bien puede ser un recodo del trayecto, una pequeña plaza donde el juego de luz y sombra, techos inclinados y tranquilidad nos inviten a hacer un alto para ver como las hojas de los árboles comienzan a amarillear, para retomar sin tregua, la belleza de la caminata en un día de buen tiempo en este amable Québec. 

 

 

 

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