EL JARDINERO......Bienvenidos al Québec - México - Guadalajara de Raquel Carrera y Emilio Vega.

actualizada 17/09/03

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EL JARDINERO DE LA EXPLANADE DE LA POUDRIÉRE

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Tiene todavía el rostro perlado de sudor: ha de haber estado trabajando desde temprano en el jardín. Sentado en un banco, junto a lo que debe de ser la caseta de mantenimiento, bebe a pequeños sorbos una cerveza.
Su rostro cetrino, de barba entrecana, denota placer evidente ante la contemplación de la vegetación multicolor que lo rodea.
Me encamino por el sendero próximo a donde se encuentra sentado aprestando la cámara fotográfica.
Me saluda con un buenos días al que respondo y prosigue: "¡Ah, qué bello día! Ha de ser el Verano de los Indios: a ver cuantos días dura". Le comento que en efecto, qué bella se ve la Explanada.
Me responde afirmativamente y agrega: " Viera, ayer vinieron un par de japoneses así, pequeñitos, pequeñitos - extendiendo su brazo al frente para indicarme su estatura - y estaban como locos: subían, bajaban y fotos y más fotos"
Le contesto: y no es para menos, digo señalando hacia los notables amarillos - naranja - rojos que tenemos enfrente. Me responde pronto: ¿Esos? ¡No! Esos son arces comunes, refiriéndose a ellos como si fueran cualquier cosa. Lo que tiene que ver - me dice - es un arce verdadero. En ese momento su voz y sus manos cobran una vehemencia impropia de su edad: se refieren al rojo intenso de sus hojas, a su increíble gama que va del rosa al violeta, a la forma en que la luz solar juega con los colores de sus hojas.
Le comento que soy mexicano y pintor y que en efecto me cuesta trabajo hacer creer a mis paisanos que el arce verdadero - como él lo llama - tenga en otoño una apariencia que lo acerque más a una bugambilia que al común de los árboles.
Reflexiona un momento y dice: Sí, si, los colores son bastante similares.
De pronto, su rostro y su voz vuelven a recobrar urgencia: ¡ Ya sé donde tenemos un arce verdadero, aquí cerca! ¡Formidable! Sin darse tregua me pregunta: ¿Sabe usted donde queda la rue Couillard? Le contesto afirmativamente. Y sin reposo continúa: sígala hasta antes de llegar a Ste. Famille y en una callecita transversal .......Puede advertirse que lucha con su memoria para indicarme el lugar exacto.... me dice: Bueno, siga la rue Couillard despacio y en un rincón lo encontrará: es verdaderamente notable: toda la gama de rojos ¡Oh! Junta sus manos en actitud de reverencia. Se ve que lo tiene en su mente, evocándolo.
Después, sigue con una pregunta: ¿ Y ha estado en los Laurentides? Le respondo que bueno, solo he llegado hasta la Malbaie. Su respuesta es un rotundo ¡No! ¡Tiene que ir, señor, tiene que ir a los Laurentides, al norte de Montreal! Es el paraíso de un pintor, ¡Oh! dice, entornando los ojos: en este momento los está viendo, a cientos de kilómetros de distancia. Prosigue: ¡Tiene que ir, señor, tiene que ir¡ Es el paraíso de un pintor, repite, las colinas, los colores, las lejanías. Tiene que ir, concluye. Le prometo que así lo haré.
Después él ha vuelto, con paso suave, a esa caseta azul claro que destaca entre verdes, amarillos y naranjas del follaje, para concluir su cerveza.
Yo he seguido tomando fotos. Me despide en un entendible castellano con un ¡Hasta luego amigo! Repitiendo su mismo ademán, respondo con un Bonjour, M´sieur, a-bientot, plaisir¡
Y por un rato, abandono el programa que me había trazado y con el recuerdo de este jardinero en la mente, me dejo llevar suavemente por este desfile multicolor de árboles. En estos momentos, decido regalarle a este hombre una de las acuarelas que resulten de este nuevo tema que ronda mi mente en forma permanente: sus amados árboles.
Y es muy probable que al recibir este obsequio me diga: ¿Por qué a mí? Ni me conoce siquiera. Y le contestaré: el año pasado me llamó usted amigo. Y además es usted un ser humano. No necesito nada más para ello.

 

 

 

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