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QUÉBEC
Y LA LENGUA FRANCESA.
UN
TRATADO MALTRATADO.
LAS
LENGUAS FRANCESAS DE QUÉBEC.
Probablemente
en ninguna otra parte del
Orbe se observa una lengua
– en este caso la
francesa - con tales
implicaciones en lo político,
lo económico y lo
cultural de una nación.
Mientras en el resto del
mundo las lenguas se
fusionan, amalgaman y
transforman – sobre todo
ante el embate del inglés
– sin que el tema
inquiete particularmente más
allá del ámbito de los
intelectuales y
especialistas, en Québec
la lengua francesa está
vinculada al sentimiento
nacional, se encuentra en
el centro del debate sobre
el separatismo quebequense
y tiñe todos los aspectos
de la existencia
colectiva, bajo el mandato
de la llamada Ley 101 (que
ahora a partir del año
2000, se encuentra sujeta
a revisión), que define
al francés como lengua
oficial de Québec y todo
ello generado en vinculación
con la pugna con los
grupos anglófonos que
desembocó en la llamada
“Revolución
Tranquila”. Agreguemos a
esto el flujo de
inmigrantes – auspiciado
por el Gobierno
quebequense – para
compensar la baja tasa de
crecimiento demográfico
de la población local,
los denominados “alófonos”
(que tienen como primera
lengua otra diferente del
francés) que se pretende
asimilen el francés como
segunda lengua, que
obviamente seguirán
usando simultáneamente su
lengua de origen y el caso
entre estos de los que
pretenden aprovechar las
facilidades migratorias
que brinda Québec para de
allí trasladarse al Canadá
anglófono por lo que en
el fondo desean aprender
inglés, antes que el
francés. Vaya complicación
con la lengua.
Así,
llegar a Québec es
sumergirse en la lengua
francesa. Si bien el
quebequense está
acostumbrado a su babel
propia, donde etnias de
los 4 confines del Globo
han sido bien acogidas
estableciendo allí su
segunda Patria, esto no
disminuye el papel del
francés como lengua base.
Para
el quebequense, que se
siente rodeado de
angloparlantes, el
ejercicio cotidiano del
francés es afirmación de
la propia identidad. La
defensa del idioma, la práctica
cotidiana de este
idioma-identidad, lo lleva
a no aceptar fácilmente
el uso de expresiones
tomadas de otros idiomas:
toda idea, situación,
objeto que genere una
expresión ideomática que
provenga de otra lengua
– en especial del inglés,
es automáticamente
traducida al francés. Aquí
no hay week-ends, hot-dogs
ni sleeping-bags. Aquí no nos proporciona
estatus ni nada positivo
el salpicar nuestro
lenguaje con expresiones
en inglés. En Québec se
acaba hablando un francés
mucho más puro que en el
propio París.
A
pesar de encontrarnos a
escasos kilómetros de la
frontera con los EEUU y
cercanos a Boston y Nueva
York, nadie parece sentir
un impulso especial por
cruzar la frontera.
Inclusive no se han
generado a lo largo de la
línea fronteriza – en
la forma en que acontece
en la frontera méxico-estadounidense
– centros comerciales de
importancia. Los EEUU bien
podrían encontrarse en
otro continente.
Por
contrapartida, son
turistas provenientes del
nordeste de los Estados
Unidos los que abarrotan
Québec en los largos
fines de semana estivales,
cargando el ambiente con
la tensión que los
caracteriza al seguir un
programa estricto de uso
del tiempo (“1 minuto
para ver la Citadelle, 2
minutos para ver el
Frontenac, etc. etc.”)
Québec
- a donde vienen a comer
como salvajes ( asunto que
trataremos en otro
apartado) – según el
decir de un amigo
quebequense – y a tomar
o retomar, según el caso,
contacto con la cultura
francesa-quebequense.
Estos angloparlantes aquí
batallan con el idioma. Sólo
en los establecimientos
turísticos de tipo
internacional se les habla
en inglés. Cuando
incidentalmente abordan a
algún transeúnte nativo
en busca de información,
frecuentemente tropiezan
con un interlocutor reacio
a admitir que entiende el
inglés - hay que pensar
que en general sí lo
domina porque éste es
obligatorio como segunda
lengua en la enseñanza
del nivel equivalente a lo
que para nosotros es la
escuela secundaria.
Por
otra parte, el uso del
francés, derecho
arduamente ganado por el
quebequense, no da lugar a
claudicaciones. El idioma
inglés tiene para él
demasiadas connotaciones
emotivas, culturales y
económicas conflictivas
como para aceptarlo fácilmente.
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UN
TRATADO MALTRATADO.
Un
ejemplo claro de la forma
en que valora su lengua,
lo constituye la forma en
que negociaron para que en
el Tratado de Libre
Comercio para América del
Norte (NAFTA, por sus
siglas en inglés), el
francés fuera incluido
como tercera lengua junto
con el inglés y el español.
Según la información de
que disponemos, las
autoridades
estadounidenses no tenían
en mente que hubiera que
negociar la inclusión del
francés dentro de los
acuerdos del NAFTA: su
primera reacción fue de
molestia. Las
negociaciones subsecuentes
se prolongaron por más de
un año.
Es
de considerarse la firmeza
quebequense en este tema:
a grosso modo, los franco
parlantes son apenas 5
millones sobre un total de
400 millones de habitantes
de los 3 países
signatarios del Tratado (
Canadá, EEUU y México),
poco más de un 1%. ¡Pero
que uno por ciento más
decidido a hacer sentir su
presencia!
Dicen
las malas lenguas que a
partir de esta
eventualidad, los
funcionarios
estadounidenses están
enfrascados en descifrar
– sin conseguirlo – el
porqué el uso del francés
es tan importante para los
quebequenses ahora que –
según ellos – hay que
hablar inglés si se
quiere lucrar en esta
vida. regresar
LAS
LENGUAS FRANCESAS DE QUÉBEC.
Debemos
de advertir al visitante
que en Québec no se habla
un francés sino varios:
aparte del que podemos
llamar internacional,
existe un francés que
podemos denominar
quebequense y dentro de éste
una variante – una
especie de caló o
lunfardo – que es el “joual”.
Acostumbrados al francés
internacional, el
“joual” es
inentendible aún para los
propios quebequenses de
clase media. Y cada región
de Québec tiene su propio
acento.
Y
lo verdaderamente especial
en materia de idioma se da
cuando hablamos con
aquellos para los que el
francés es su segunda
lengua – inmigrantes en
su gran mayoría.
Entonces, la diversidad de
acentos se torna
asombrosa. Así, se puede
escuchar a un español de
origen, radicado allí
desde largo tiempo,
hablando un francés
gramaticalmente perfecto
pero con acento y entonación
del más puro castellano.
Y qué decir de los
haitianos que se expresan
en una especie de francés
tropical caribeño.
Pero
las que resultan
verdaderamente
espeluznantes son las
ensaladas lingüísticas
que se generan cuando un
inmigrante latinoamericano
de extracción popular se
enfrenta con objetos y
situaciones que desconoce,
para las que no tiene
palabras en su lengua
materna que las denominen.
Entonces, al retomar el
español, lo salpica y
complementa con
expresiones francesas que
él castellaniza: por
ejemplo, si en su país de
origen no nevaba, los
copos de nieve no existían
en su vocabulario.
Entonces los flocons
(copos) de nieve se tornan
flocones. Magasiner, término
quebequense que se utiliza
para designar el acto de
ir de compras, se
convierte en magasinear.
En concordancia con lo
anterior, el inmigrante
expresa: “cuando
empiezan a caer los
flocones de nieve, no me
gusta ir a magasinear”,
que traducido al
castellano sería:
“cuando empiezan a caer
los copos de nieve, no me
gusta ir de compras”
Asistimos
aquí al nacimiento nuevos
híbridos lingüísticos:
el fragnol (frañol) y el
franglish que
afortunadamente no parecen
tener muchas posibilidades
de desarrollo, dado que
las autoridades
quebequenses desean y se
esfuerzan porque el
inmigrante pula su propio
idioma de origen y a la
vez aprenda el francés.
Concluyamos
con estas ideas que son
moneda corriente por estas
tierras:
La
pérdida de la lengua
propia es el principio de
la pérdida de la
identidad; el perder las
raíces.
Lengua:
el fruto más completo de
la cultura. La principal
herramienta del
pensamiento: pensamos con
palabras. Nos apropiamos
de los objetos denominándolos.
Lengua en constante
evolución, interpretando,
moldeando nuestra visión
de la realidad.
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