VENIR A QUÉBEC EN SEPTIEMBRE   Bienvenidos al Québec - México - Guadalajara de Raquel Carrera y Emilio Vega.

actualizada 17/09/03

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VENIR A QUÉBEC EN SEPTIEMBRE

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Para nosotros, hijos de esta tierra cálida mexicana en la que las estaciones se dividen en la de secas y la de lluvias, el Otoño quiere decir muy poco: 
Septiembre, fin de las lluvias. Tal vez, algunos días frescos y nada más. 
Pero en latitudes nórdicas, es ese breve lapso en el que los bosques se poblan de follajes multicolores a los que son tan afectos muchos cineastas de esas latitudes que los utilizan como colorido telón de fondo de sus creaciones.
Septiembre es un hermoso mes en esos lares y en ese sentido, tenemos un lugar preferido: Québec, en el Canadá francés: 
Québec en Septiembre, mas que un lugar en una fecha dada, es un estado de ánimo. 
Québec en Septiembre merece el peregrinaje: es una lección rápida de verano, otoño y la antesala del invierno. Y al decir de muchos quebequenses, es el único mes decente en ese clima que oscila entre los 35 grados centígrados sobre cero y bajo cero. Sobre todo para ellos, latinos nórdicos, "los negros del norte" como alguien los ha llamado, paradójicos hijos del calor que habitan en un país frío y que aman el nuestro por su calor permanente. 
Para ellos y para nosotros, Septiembre allí es un estado de ánimo: un pasar de la euforia de esas noches estivales, cálidas y húmedas, de un engañoso sabor tropical, de calles y cafés pletóricos de gente hasta altas horas de la madrugada, bajo las verdes frondas, a esas jornadas, heraldos del invierno, en las que se camina presuroso por esas calles despobladas, bajo la lluvia menuda e incesante, el viento fuerte y frío y árboles con follajes que van del verde al rojo. La Grand-Allée, esa notable avenida del centro de la ciudad, se ve despojada, súbitamente, del juego multicolor de sombrillas, mesas y gente. Los seres humanos se repliegan en los interiores: puertas adentro, cafés y restaurantes abarrotados. Afuera, el color humano cede su lugar al color de los árboles: follajes que en una inefable explosión de amarillos, ocres, naranjas, rojos y violetas, jugando con la luz solar y el viento, devienen categoría estética, mas que seres del reino vegetal.
Hay algo a la vez de mágico, efímero y desgarrador en esta eclosión de color que luego, rápidamente - quizá, en una noche apenas- convertirá el piso en mullida alfombra de hojas, cediendo su paso a esas ramas desnudas que bajo los azotes de un viento cada vez mas frío y después cubiertas de hielo, esperarán pacientemente casi 6 meses para volver a florecer.
Y puede ser que en este interludio otoñal, entre el calor agobiante, el frío inclemente y la lluvia pertinaz, amanezcan, como regalos no esperados, días claros, luminosos, con un viento fresco, que acaricia la piel; días en los que, como afiebrados, no podemos permanecer puertas adentro; días en los que nos lanzamos a la calle, convocados a esa fiesta de los sentidos que se desarrolla entre bosquecillos multicolores y prados infinitamente verdes, todavía húmedos por la lluvia de ayer. En esos días mágicos, aprovechar el Sol, el aquí-ahora se vuelve esencial: no sabemos cómo será el mañana; solo hoy, urgente hoy, fulgurante hoy, sin retorno, que se nos escurre entre los dedos; día en el que se ansía marchar hasta el agotamiento, bajo la caricia del sol brillante, el viento fresco, el dulce olor de los arces y el sentir bajo los pies, la suave alfombra de las hojas caídas. Seguir y seguir, perdida la noción del tiempo hasta recalar, al anochecer, con los amigos, en esa reunión espontánea, no planeada, en un Café, en un Restaurante de la Avenue Cartier. Cita en la que el recuerdo del color de los árboles y sus follajes tiñen las ideas, los pensamientos, los sentimientos humanos. Hojas de los árboles donde el color se recrea y se guarda en nuestros bolsillos para nutrir la memoria, a la espera de otro de estos días febriles, frescos, en los que se siente que es una gloria estar vivo, allí, en Québec, en Septiembre.
   

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