VIÑETAS DE QUÉBEC. Bienvenidos al Québec - México - Guadalajara de Raquel Carrera y Emilio Vega.

actualizada 17/09/03

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VIÑETAS DE QUÉBEC.

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LOS ÉRABLES–MAPLES–ARCES.

PUNTUALIDAD DIPLOMÁTICA.

OBRA PÚBLICA.

LA BASURA CALLEJERA.

LAS CASITAS DE LOS RICOS.

 LOS CABALLOS PERCHERONES.

 CALANDO UN FRÍO QUE CALA.

 UN ANGLO ENTRE FRANCÓFONOS.

 EL MÉNDIGO SEÑOR H Y SU EDIFICIO

  LA FLORIDA LENGUA ESPAÑOLA

 

 

 

LOS ÉRABLES – MAPLES – ARCES.

Para nosotros, habitantes de tierras cálidas, el hecho de que el arce domine el panorama de Québec puede resultar sorprendente; siempre asociamos las latitudes nórdicas con las coníferas y aquí, éstas solo son dominantes más al norte. En mi estética personal, los pinos, abetos y demás coníferas, no tienen buena acogida. Eso de que las hojas sean perennes, les resta la magia de los árboles de hoja caduca; hay algo de lección profunda, esperanzadora, en estos arces que después de una apoteosis de color otoñal pierden sus hojas, soportando el duro invierno para renovarse en primavera, llenándose de verdes brotes cuando podríamos pensar que se ha trocado ya en un árbol yerto, estéril, víctima del invierno.

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PUNTUALIDAD DIPLOMÁTICA.

R. está molesto; solicitó una cita con el Embajador mexicano para tratar un asunto oficial universitario y éste lo ha dejado plantado 3 veces. El asunto es bastante serio, si pensamos que R hubo de desplazarse desde Québec hasta Ottawa para acudir a tal cita. ¿Cómo? se pregunta. R. está sumamente versado en la realidad mexicana pero aun así, como buen quebequense no puede asimilar la cuestión. No nos lo dice, pero se nota que en su fuero interno, el eximio diplomático ya está ubicado en la categoría de bichejo de la peor ralea, lo cual confirmó cuando al fin lo atendió sin quitarse los lentes obscuros.

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OBRA PÚBLICA.

La Raque observa detenidamente el amplio piso de cemento recién construido en la Place D´Youville; éste servirá para habilitar una pista de patinaje en invierno. Merced a la caída de una lluvia reciente, se observan en él depresiones en las que se han formado charcos. ¡Cómo!, exclama la Raque: “lo hicieron mal”, a lo que yo respondo, que, “bueno, dales chance, está bien difícil lograr un fino perfecto con pendiente ligera en una longitud de más de 25 metros”. Mi respuesta no la satisface y ahí queda el tema. Tres días después – cual si hubieran escuchado a la Raque – se consigna en el periódico que las autoridades han rechazado la obra obligando al contratista a rehacerla...

Estamos desorientados; no tenemos referencia respecto a cuándo y por cuál gobierno fueron hechas las obras que vemos. Por lo visto, aquí tienen la mala costumbre de no poner placas alusivas al respecto. Entre nosotros, esas placas son esenciales: siguiendo aquélla norma tan nuestra de que "fue un buen gobierno, hizo mucha obra", aquí los gobiernos se pierden en el anonimato. Simplemente no tenemos cómo ubicarlos. 

De un día para otro, nos encontramos con que un tramo (3 cuadras) de la Rue Saint-Jean ha sido circundado por una alta empalizada con muros de plástico - que solo deja libres las aceras por las que transitamos - a través del cual más que verse, se adivinan obreros y máquinas trabajando, provocando un fuerte ruido, aunque sin emitir polvo alguno. Atisbando por la pequeña entrada de esta construcción improvisada, podemos ver la maquinaria del más diverso tipo y los trabajadores que proceden a levantar pavimentos, excavar zanjas y remover instalaciones diversas. Preguntándole a uno de los atareados operarios sobre la obra, nos explica que están renovando todas las instalaciones de ese tramo (conducciones de agua potable, drenaje, gas y eléctricas y telefónicas). Aunque no se crea, trabajando sin interrupción, día y noche, en 72 horas, al llegar nosotros a la mañana siguiente de ese lapso, la calle se ve vacía, normal, cual si lo que vimos en los días anteriores hubiera sido solo un espejismo, creación de nuestras mentes. 

 

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LA BASURA CALLEJERA.

Una de las primeras cosas que llaman la atención en Québec es la carencia de basura en las calles. Los pavimentos lucen inmaculados. Inclusive en el caso de verse algún insignificante papel en las calles, los ciudadanos se apresuran a levantarlo y depositarlo en uno de los numerosos botes existentes por doquier. Y dicen las malas lenguas que se piensa castigar también el escupir en la calle...(continuará)

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LAS CASITAS DE LOS RICOS.

R. nos conduce a la zona de Lac Beauport, un área donde habitan miembros de la clase alta quebequense. Discurrimos en el automóvil por cuidados caminos a cuya vera se alzan viviendas que aunque de excelente apariencia son de exiguas dimensiones – según nuestra óptica mexicana – y carentes de muros que delimiten los predios.

Pensamos que esas casas han de ser las que ocupa el personal al servicio de los ricos y en consecuencia, preguntamos a R. dónde están las mansiones tan anunciadas y éste nos contesta que son éstas. ¡Cómo – exclamamos -  si están muy pequeñas! Pues sí, nos contesta: éstas son. Qué poquiteros, pensamos, qué limitados.

Por lo que hemos podido colegir, aquí, tanto los pobres como los ricos, son de a mentiras.

Después de este decepcionante recorrido, R. decide llevarnos a ver la propiedad de F., un nuevo rico reputado por su mal gusto y ostentación. Nueva decepción: en un predio de unos 40 metros de frente y a unos 20 metros de la calle, se alza lo que pudiera ser una versión enana de las fachadas neoclásicas de las mansiones sureñas estadounidenses a la que se accede por un caminito flanqueado por postes coronados por lamparitas; total, nada del otro mundo en el amplio universo de la ostentación y el mal gusto.

Y lo que sigue se vincula y explica algo de lo anterior.

LA SERVIDUMBRE.

Estupefactos, sin poder dar crédito a sus ojos y oídos, estos turistas mexicanos pertenecientes a la clase alta, se percatan de que el personal de servidumbre es prácticamente inexistente y que contratar una sola persona para que proporcione el más elemental servicio, es camino fácil para ir directamente a la ruina. ¡Setenta dólares diarios! exclaman al unísono, aun no convencidos, los cónyuges. Entonces – se pregunta la señora - ¿cómo puede progresar este país, careciendo de sirvientas, mucamas, cocineras, niñeras, choferes, valets, guardaespaldas y jardineros? Precisamente por eso, contestará algún quebequense.

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LOS CABALLOS PERCHERONES.

Amamos estos caballos percherones que tiran de las calesas. Son la imagen plena del vigor animal, de la energía. Son cual imagen de caballo de condotiero renacentista.

Vigor animal que en complicidad con su conductor trota infatigable por las calles del viejo Québec, bajo el sol, el viento o la lluvia, transportando turistas que aturdidos tratan de captar el cambiante calidoscopio de imágenes de estas calles llenas de historia y los comentarios del cochero a propósito de los lugares por donde circulan. Y sentimos, contemplándolos, que falta en la estatuaria de Québec, la imagen de un caballo percherón.

 

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CALANDO UN FRÍO QUE CALA.

Aquí es conveniente dejar de lado ese cliché de imagen idílica de la Blanca Navidad, de nevadas plácidas, de Bing Crosby cantando “White Christmas”, del arbolito y de Santa Clós llegando en trineo.

Todo ello es factible en lugares que no superen los 5, máximo 10 grados bajo cero. Pero aquí, cuando el termómetro puede bajar en cuestión de horas, de 5 a 10 grados, emplazándose en los menos 20 y seguir bajando hasta alcanzar los menos 40, la “Blanca Navidad” se torna pesadilla.

Pasar de días de bajo cero en los que la “poudrerie” ( gotas de lluvia congeladas que el viento lanza a 60 kilómetros por hora, cual perdigones sobre nuestro rostro) nos impide la marcha, a otros en los que intensas nevadas acumulan en pocos días mantos de nieve de 2 metros de espesor que después se congela e impide la marcha al tornarse muro infranqueable que debe de ser removido con maquinaria para dejar al descubierto un pavimento congelado y resbaloso en el que debe regarse sal gruesa para tornarlo transitable y entonces caminar penosamente por las cuestas del Viejo Québec aferrados a los pasamanos provistos para tal fin.

Y después, días engañosamente despejados en los que el sol brilla pero no calienta en los que el termómetro sigue descendiendo, en los que el viento corta cual cuchillo, se nos congelan manos, nariz y orejas que por ello se vuelven insensibles. Situación a la que hay que estar atento. Días en los que no podemos permanecer más de 10, 15 minutos al exterior a despecho de cuán abrigados estemos. Con este frío no se juega: hay que olvidar todo ese bagaje de ropa de poliéster supuestamente abrigadora que suelen traer los turistas provenientes del sur: aquí esa vestimenta sólo sirve para congelarnos más eficazmente. Las fibras naturales - algodón, lana - , materiales aislantes de relleno y pieles naturales (a despecho de los ecologistas) se imponen.   

Son los días en que todo quebequense que puede hacerlo emigra, dándose una tregua - al menos de una semana – hacia el bendito trópico.

En resumen, al quebequense en su invierno no le quedan más que dos opciones para sobrevivir la temporada: o bien el confinamiento con desplazamientos mínimos, con su carga de depresión y melancolía o practicar deportes y actividades de invierno al aire libre.

Para los estudiantes de origen africano inscritos en la Universidad Laval y alojados en la propia Institución, el invierno es particularmente duro - generando secuelas de trastornos mentales en algunos casos. Imaginen el vivir como topos, bajo tierra, transitando por los interminables corredores subterráneos que comunican los edificios, sin ver la luz del sol durante meses. Y todo esto para estos hijos del sol, de tierra cálida.

Ahora, si quieren divertirse un rato con la crónica de un invierno quebequense en boca de una pareja de ingenuos franceses recién llegados a instalarse en Québec, consulten esta página (en francés). Podrán constatar que no solo nosotros los latinoamericanos, podemos echar de pestes de un invierno en estas tierras.

En resumen, cuidado con el clima quebequense.

 

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UN ANGLO ENTRE FRANCÓFONOS.

Previamente a nuestros viajes a Québec, ya había podido constatar que los canadienses anglófonos consideran al quebequense como una especie de bicho raro, incómodo y todo esto sin que se me aportaran razones de peso que sustentaran tal idea. Pero no será hasta que imparta mis cursos que encontraré un ejemplar anglófono que me documentará más ampliamente sobre esta actitud, que pudiéramos calificar de fobia, convenciéndome aún más de que estos anglos siguen viviendo mentalmente en la época de Juana de Arco, agravada por la condición de los anglófonos al ser minoría en Québec.

Mister K. – que no Monsieur – es un espécimen curioso: participa en el curso marcadamente distanciado de los demás alumnos francófonos; no convive con ellos. Se sienta aparte, aislado. Se expresa frecuentemente en inglés – actitud que todos, por cortesía aceptamos - y ha buscado conmigo un acercamiento de carácter casi clandestino, subrepticio.

Empezamos charlando - fuera de clases - sobre la materia del curso. Hasta allí, todo fue muy bien. Después su interés derivó rápidamente en confiarme que el atraso (?) de la provincia de Québec se debía a que había sido conquistado por los franceses; que si lo hubiera sido por los ingleses, sería ahora un lugar próspero y floreciente. Fueron horas de escucharlo, arguyéndole que mi juicio Québec no estaba tan “pior”. Si aceptaba seguir charlando con él, se debía – entre otras cosas a las que más adelante haré alusión - a que por mi parte ya me había embarcado en una especie de juego sadomasoquista y me encontraba verdaderamente fascinado y ansioso por saber hasta donde podían llegar los prejuicios de semejante espécimen.

Nuestra relación tuvo un fin abrupto: un día, cansado de semejante melopea, le declaré que yo, como mexicano, era bastante peor que los quebequenses en todo aquello que él veía como defectos en torno al lirismo, el romanticismo, lo anarquista, lo rebelde y no sé cuantas cosas más. Me observó con la boca abierta – creo que al descubrir que yo, más que un posible confidente, era una especie de espía sonsacador quebequense - mexicano – y se alejó sin decir palabra.

Lo que sí arrastro como un leve, ligerísimo, digamos que tenue sentimiento de culpa, es que no dije nada tajante en contra de lo que pensaba cuando él me sobornaba, como oyente cautivo, invitándome café y pasteles - en una especie de tournée - en los mejores establecimientos de Québec (y créanme que hay muchos de estos), creyendo – iluso él – que por fin había encontrado un alma gemela (y coptable) en el despotricar contra la masa de locos quebequenses francófonos que amargaban su existencia cotidiana.

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El MÉNDIGO MONSIEUR H. Y SU EDIFICIO.

Monsieur H. es el administrador del edificio de departamentos en el que habitualmente nos alojamos. Solterón, rondando los 40, de baja estatura, delgado, de tez descolorida y mostachos, con apariencia de despistado y a ratos, bobalicona, sempiternamente enfundado en su gastada chamarra de piel negra, se la vive eternamente encerrado tras el cristal de su cubículo situado a la entrada del edificio, leyendo infatigablemente o escuchando a inquilinos solitarios, de edad avanzada, que acuden a él buscando un oyente compasivo y en sus días libres, transita por las calles atento a descubrir la menor imperfección en la vía pública, ya se trate de grietas en el pavimento, rupturas menores en la banqueta o leves daños en los botes de basura para apuntalar su idea de que este gobierno municipal no es eficiente y hay que ir pensando en cambiarlo.

Perspicaz, lector acucioso, notablemente informado, puede ser en un momento dado, un ente temible: podrá constatarlo un muchachito mexicano de clase acomodada, al que sus padres envían a Québec a que estudie la lengua francesa en los cursos de verano. Buscando alojamiento – curiosamente enfundado en un sarape de Saltillo – este joven se anuncia ante M. H. como mexicano, esperando tal vez una amable acogida por parte del Administrador. Éste le responde – con una sonrisa maliciosa - ¡ Ah! Mexicano, a propósito, ¿Cómo les va con la deuda externa? ¿ y las reservas petroleras? ¿ y qué dicen en el PRI? ¿ no saben todavía quién va a ser “el tapado” (lo dice en español) ( hay que pensar que nos encontramos en 1987)?

Después de tales andanadas, el joven, balbuceando alegatos sobre su ignorancia respecto a tales preguntas, se apresura a abandonar el edificio. No lo volvemos a ver.

Después el señor H. nos explicó las razones de tal proceder: ya había tenido amargas experiencias alojando a este tipo de alumnos. Mientras que los estudiantes mexicanos de cursos regulares se portan razonablemente, estos advenedizos veraniegos vienen a Québec con la idea de “echar desmadre” (la expresión es nuestra) con lo que al ser alojados, alteran la vida normal de los inquilinos.

No obstante lo anterior, monsieur H. ha debido admitir que los mexicanos – y en general los latinoamericanos – despertamos su curiosidad. Lo explica con base en que se ha topado con mexicanos de todo tipo ( “de dulce, chile y manteca” diríamos nosotros) y que sigue asombrándose de que tengamos visiones tan dispares de lo que acontece en nuestro país y que respecto a la realidad mexicana él esté – a veces – mejor informado que nosotros mismos. Lo cual es cierto, agregaríamos nosotros.

En resumen, nos cae bien el méndigo de monsieur H.

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LA FLORIDA LENGUA ESPAÑOLA...en el Guanajuato Cervantino.

Pinche, pendejo, cabrón......la voz de Jacques se escucha gozosa pronunciando una retahíla de palabras de lo más florido de nuestro léxico mientras disfruta del sol sentado en una banca del Jardín de la Unión. Jacques contesta así mi demanda de que muestre sus avances en el curso de español. Inició estos explicándome que había empezado por aprender adjetivos y a ello siguió los que mencionaba antes. Ya previamente había yo escuchado sobre la existencia de esta extraña forma de iniciarse en el aprendizaje del español que por lo visto es bastante popular entre los jóvenes extranjeros que asisten por aquí. Pero nunca me había topado con una demostración de primera mano.

Me dirijo a R., profesor quebequense que acompaña al grupo al que pertenece Jacques, preguntándole el porqué de tal tendencia lingüística y me responde que en realidad no lo sabe – supone que en todo caso se trata de ese amor juvenil por la subversión del statu quo vigente. Le pregunto también si es que acaso no existen palabras equivalentes en el francés quebequense a lo que me responde que no, que éste resulta un verdadero desierto en materia de palabras altisonantes. Éstas se limitan a una sola: “tabarnac”, que tampoco es la gran cosa. En principio, no podía dudar de su aseveración: R. habla un inglés oxfordiano, un español muy bueno, un italiano muy decente y no se diga, obviamente, su francés materno. R. es un arquitecto notoriamente culto, tanto que mi compañera y yo, nos referimos a él con el sobrenombre de “Raymond Larousse”. Pero, sin embargo, esta vez sí nos falló: sí hay más palabras de este género en el lenguaje coloquial quebequense, pero éstas tienen un carácter diferente de las nacionales: giran, como muchas de las castellanas en torno a elementos de índole religiosa y si alguien quiere formarse una idea al respecto, revise estas dos páginas: Manual del quebequense para viajeros y Lista de improperios quebequenses. 

Lo que pienso proponer a los alumnos respecto a esta forma sui géneris de aprendizaje del español, es que si no puede impedirse, por lo menos se refine. Por ejemplo: la palabra puta puede enriquecerse acudiendo a sus diversos sinónimos tales como meretriz, hetaira, suripanta, furcia y buscona que permiten matizarla. Y así podríamos continuar con los otros términos para dotar de galanura al bagaje de los vituperios españoles en boca de jóvenes quebequenses.

Pero volviendo al "tabarnac", hemos podido enterarnos que de tanto proferir el “tabarnac”, a los quebequenses que arriban a Acapulco, ya les dicen los “tabarnacos”.

Continuará.....

 

 

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