El Suspiro de un instante Escribe: Gustavo Hernández Larrauri A veces
Cuando el tiempo pasa
Cuando se suspira
La vida empieza
La vida acaba
Sólo a veces
A veces pasa
La vía rápida
La vía rápida para suspirar un instante, es él poder respirar, se decía así mismo Virgilio, envuelto en un mundo de borrosas visiones, en un mundo líquido de transformaciones radicales. ¿cómo poder suspirar en un instante? Sí el viento es demasiado fuerte y aun no estoy preparado ¿Cómo enfrentarme a un espacio de gravedad?, Sí, precisamente, esa pueda ser la gravedad de la caída, se preguntaba una y otra vez Virgilio, Como empezar a emprender el vuelo si aun no sé volar, ni mucho menos planear ni navegar, como poder respirar sólo, tan sólo un instante. Uno a uno llegaban los pensamientos que aterraban la mente de Virgilio y comprendió tal vez lo mejor era empezar a existir.
Poco a poco empezó a salir del cascarón y respiro aire puro en un instante, más en otro una borrasca fétida asqueó su primerizo sentido del olfato, el viento que soplaba con fuerza a veces, con debilidad de vez en vez y no en una sino en varias direcciones, fue el momento donde comprendió que a veces el aire no es tan puro y la corriente sopla no en una, sino en muchas direcciones y cada una lo llevaría a rumbos diferentes, esos que debería tomar uno a uno a fin de comprender cual sería el mejor, pero para poder volar, primero tenía que caminar y por primera vez sintió la textura de la tierra y comprendió que al igual que el aire, la tierra lo podía llevar en infinidad de direcciones. Miro al horizonte y pudo ver que esa estructura se transformaba en subidas y bajadas, en pendientes muy sinuosas, en precipitaciones escabrosas y en planicies sin rumbo fijo.
El acercamiento
Virgilio, se aterró aun más, dudó y exclamó, ¡ por que salí del huevo ¡ y por primera vez sintió la necesidad de algo superior a él, cual luz de sendero le iluminara su camino. Y así, envuelto en sus temores, comenzó el rumbo sin aún tenerlo. Caminó y Caminó para comprender cómo volar, alzó su mirada y fijo la vista en muchos objetos luminosos, objetos que alumbraban la penumbra, pudo comprender que en la oscuridad la luz de esos astros, unos tenues, otros vivos y otros más vivos, le podrían servir como guía para en encontrar un camino.
El rumbo sin rumbo
Prosiguió el rumbo sin rumbo y de pronto divisó algo radiante cual resplandor inmenso se perdía en el horizonte, iluminaba poco a poco la oscuridad y en una gama de diversas tonalidades mezclaba la oscuridad con lo luminoso, pudo entender que existe un amanecer y entre lo oscuro y lo luminoso existen miles de tonalidades cada una de ellas diferentes y que en el rumbo no todo es oscuro y claro, sino que al igual que el amanecer existen miles de posibilidades de rumbos y que no todo es blanco, no todo es negro, que algunas iluminan más que otras y otras oscurecen más que otras, que unas queman más que otras u otras enfrían más que otras, comprendió que existía un sol y una noche y que entre esa noche y ese sol existen millones de variantes que estaban ahí, sólo bastaba alcanzarlas y poder comprenderlas.
Virgilio, retomó el rumbo sin rumbo ya con un principio de visión. Caminó y Caminó con el sol a cuestas. Por primera vez sintió algo que le atosigaba la garganta, le atormentaba todo su ser, por primera vez sintió lo que es la sed, más buscara lo que buscara no encontraba como calmarla, entendió que para calmarla tendría que encontrar la forma de saciarla. Prosiguió su rumbo sin rumbo, sintiendo en todo su ser que le imploraba calmarla. En su corto entender no comprendía como apaciguarla. Miró en su entorno y buscó en las piedras, en la tierra, en el aire, en la noche, en el sol, en las estrellas, en el camino que había dejado atrás, escudriño en sí mismo, nunca consiguió saciarla. Tal vez un poco, sólo un poco de calma. Retomó el rumbo sin rumbo y otra vez en el horizonte, observó un resplandor cual bruma etérea salvadora se suspendía en el aire entre la tierra y el sol, se elevaba cual visión efímera incomprensible para él, corrió sin saber por qué, con las últimas fuerzas que le quedaban tenía que llegar a esa visión. Al acercarse poco a poco, paso a paso, vio su reflejo en algo a veces limpio, a veces turbio a veces cristalino, algo líquido que le golpeó su mente cual vago recuerdo de su corta existencia, recuerdos no natos de su ser, visiones líquidas de vida y fue ahí donde comprendió que el agua es fuente de la vida y que para saborearla hay que entenderla y que para calmar la sed hay que saciar el alma. Bebió, bebió por horas y horas hasta saciar su sed, poco a poco todo su ser se calmaba de esa sed inmensa, tal vez por vivir, quizás por reír, tal vez por llorar, quizás por gemir, o tal vez simplemente por saciar su sed, quizás simplemente quizás.
Cuerpos etéreos
Se levantó, volvió a ver el horizonte, descubrió que esa bruma suspendida entre el sol y el agua se aferraba a un espacio invisible, a veces de un inmenso azul celeste, por momentos de un color grisáceo, a veces lleno de inmensos cuerpos etéreos suspendidos en el aire con formas caprichosas, tan caprichosas cual reflejo en su interior, que por medio de la vista llegaba a su pensamiento. Comprendió que en aquellos cuerpos de formas volubles que reconfortaban su interior se podría dejar volar algo jamás experimentado por él. La imaginación, esas nubes podrían tener la forma que él quisiera, formas que sólo él podía ver e interpretar, así también a través de ellos pudo levantar la vista y ver que se desprendían gotas de agua, a veces muy Pequeñas, a veces con gran precipitación, a veces en formas de copos blanquecinos e inmensamente fríos, a veces esas gotas de agua se juntaban con el viento y arremetían con inmensa fuerza en contra de la tierra y lo que estaba a su paso. Volvió a sentir miedo, de la fuerza de la imaginación pasó al gran temor de sentirse inmensamente pequeño hacia algo que él no comprendía y que por vez primera sentía, experimentó dentro de su ser una gran incertidumbre, un torbellino de emociones, ya que, después de la inmensa sed, paso a verse sumergido en una inmensidad de agua y en un torbellino líquido de confusiones. Ahora le faltaba la respiración, sentía desesperación al ver que con sus pasos no podía caminar, ni sus ojos podían enfocar, y sus pulmones no podían respirar, ya que ese torbellino era un inmenso océano. Pudo observar dentro de la inmensidad del mar, dentro de la inmensidad de ríos y lagos la profundidad de su alma que tal vez no alcanzaría ver jamás.
Una de esas gotas de agua lo sacó del mar, lo paseó por la inmensidad, una de esas gotas de agua de blanquecino frío lo transportó por veredas y senderos hasta llegar a una cúspide, una inmensa cúspide tan alta, tal alta que sólo él podía ver, una cúspide tal alta que en ella podía ver pequeño el mar, que en ella se podía acercar, tan cerca de esos astros que lo orientaron en la oscuridad. Desde esa cima logro palpar cuán es tan grande el poder mirar tan pequeñas las cosas, como tan grande es el poder caerse sin tocar fondo jamás. En esa cúspide sintió por vez primera el inmenso frío, no el frío de los copos de nieve, sino de la frialdad de las cosas, de esas cosas que a veces, ni con los pies sobre la tierra, ni con la visión en profundidad, ni el olor de los vientos, ni el color de los tiempos él podría sentir jamás.
El frío en la distancia
Virgilio, se sentó a esperar sin detener el tiempo, ya con la experiencia de algo del vivir, razonó detenidamente y fijo la vista hacia el firmamento. Miró hacia el infinito, comprendió que arriba de esa cúspide se podía ver infinitamente la distancia pero entendió que con levantar la mano no la podía alcanzar jamás. Razonó con la sed de la distancia, con el frió de lo distante y con el correr del viento, esforzándose tal vez alcanzaría ese punto que con su vista podía ver. Se levantó y se lanzó al abismo, cuando una ráfaga de viento lo elevo por los aires y lo llevó dando tumbos de cúspide en cúspide, de barranco en barranco, de subidas y bajadas. Sólo Pensó que no podría bajarse de esa ráfaga de viento, que al igual que como una ola, tal vez dando tumbos lo llevaría o lo alejaría de ese punto distante que divisó, por momentos quiso evadir a esa ráfaga, quiso salir de ella, pretendió evadir el rumbo sin rumbo, porque talvez no lo podría transportar a ese punto que él se fijó en el infinito y el cual como ave empezaría a volar. Sin querer abrió las alas y intentó aletear. Entre la fortaleza del viento y el frío del tiempo no lo dejaban empezar a volar. Comprendió de golpe que aún no estaba preparado para poder volar, que cualquier ventisca lo tumbaría y cualquier helada mañana lo haría desistir. Se dejó llevar por esa ráfaga sin importarle si al punto fijo en la distancia él pudiese llegar. Y así de tumbo en tumbo ésa ráfaga de aire le fijó el rumbo sin rumbo que él aún no podía determinar.
Virgilio, confundido con los tumbos y más tumbos perdió el rumbo sin rumbo, y así tirado entre la tierra, así empolvado y en el fango volvió a ver hacia el horizonte, lo fijó detenidamente dándose cuenta que no podía avanzar, volvió a sentir otra vez un inmenso miedo, ahora no lo comprendía, talvez no un recelo que el no hubiera sentido al intentar volar, fue un miedo inédito, fue una duda incomprensible, fue un miedo que en su corta existencia no había sentido jamás; Talvez temor a la soledad, entendió que ni la ventisca, ni la sed, ni estar bajo del mar, ni el subirse en una cúspide podría acabar con algo adentro, muy adentro de su ser, comprendió que en sus aciertos y fracasos en alguien el podría descansar. Por primera vez en su pequeño mundo, en el corto tiempo de existencia, sin poder recurrir a las estrellas y sin alcanzar a comprender que existía un ser superior, por vez primera necesito alguien igual, alguien con quien compartir el olor y el correr del viento, la textura de la tierra con subidas y bajadas, la incertidumbre de la sed, el agobiante frío de la cúspide y de quién aferrarse al dar tumbos la ventisca.
La silueta de su ser
Virgilio, volvió a mirar hacía el horizonte, miró y escudriño, al igual que la sed su cuerpo un día sintiera, buscó sobre la tierra, buscó entre las piedras, buscó en el olor del viento, buscó en el correr del tiempo, buscó y buscó en la inmensidad del mar. Miro desde la cúspide, se tiró hacia el abismo, y se dejó llevar por la ventisca, escudriño y escudriño, más no pudo saciar su soledad. Indagó dentro de sí mismo, levantó su vista a las estrellas, más no podía acabar con esa la soledad. Se sentó, volvió a levantar la vista. Fijó su mirada en el horizonte, y en lo lejano de la distancia una silueta pudo divisar, con lo poco o mucho de su existencia no alcanzaba a ver a la distancia, más de una forma lenta, poco a poco se acercaba más y más, poco a poco y con prudencia se allegaba, sin entender lo que encontraba, si bien sabía lo que buscaba, a veces saltaba, a veces gritaba, a veces caminaba o a veces rodaba, solo sabía que poco a poco se aproximaba. Así dando tumbos se acercaba y al estar frente a frente, comprendió que ni con él brillo de las estrellas, ni la inmensidad del mar, ni la altura de un abismo, ni la profundidad del mar, entendería en plenitud lo que se postraba frente a él, solamente entendió que nunca más estaría solo.
Virgilio, levantó la vista, miró hacia el horizonte. Comprendió que nunca más caminaría en soledad; Sin embargo logró entender que su andar no sería para él mismo. Se sentó, levantó la vista y miro hacia el horizonte, por segunda vez volteó hacia atrás, volvió la vista al frente, miró sin rumbo fijo. Suspiró por un instante, por vez primera se dio cuenta que el transcurrir el tiempo, su infancia, al igual que un rayo pasó, volvió la vista nuevamente hacia el horizonte, por más que avanzó y avanzó se percató que con el instante de un tiempo su vida transformó. Cerró los ojos poco a poco y al abrirlos se vio inmerso en mundo que a pesar de lo vívido no reconocía, era un mundo que como aquellas nubes y las olas del mar se mecían con el viento, estaba inmerso junto aquella silueta en un campo lleno de flores que se mecían al compás del viento, era un mundo multicolor, con aromas y figuras que exacerbaban sus sentidos, era un mundo maravilloso donde sólo con el bálsamo de lisonjas embriagaba sus existencia, junto aquella silueta, cual sombra y reflejo de su ser, corrían una y otra vez sin rumbo fijo en aquel campo inmenso. Corrían durante días, durante noches, a veces fijaban la vista en las estrellas, a veces contemplaban amaneceres, a veces escuchaban el susurro del viento cual murmullo cómplice, a veces admiraban la gama multicolor de las flores, cerraron los ojos y al abrirlos un instante, el viento los elevó.
El murmullo del viento
Virgilio, por segunda vez voló, se vio dentro en un ángulo igual al de aquellas flores, durante días, durante noches volaron cual insectos, se dejaron llevar por el murmullo del viento que cuchicheaba con ellas, volaron y volaron libremente sin más límite de lo que su vida vivía, cerraron una vez más los ojos y al abrirlos un instante elevaron su vista al cielo, juntos por primera vez vieron las gotas de agua caer, una a una se mezclaban con las flores, una a una se posaban poco a poco sobre la tierra, una a una, poco a poco a las plantas reverdecía, Virgilio, miró hacia el cielo, bajó su mirada al suelo, fijó su vista en el horizonte y por vez primera volteó a ver a su mano derecha, en ella, aferrada dentro de aquella silueta cual viva imagen de su propio ser algo reverdecía, no alcanzaba a comprender por qué su propio ser se conmovía, echó mano del viento, echó mano del tiempo, echó mano de las estrellas, echó mano del mar, echó mano de las cúspides, echó mano de su propia sed, echó mano de los ríos, echó mano de los lagos, echó mano del camino andado y tal vez poco entendió del porqué de su ser se estremecía, fijo la vista al rumbo sin rumbo y al voltear a su derecha, vio que aquel ser al igual que él un retoño cual flor de su vientre reverdecía.
El miedo
Virgilio, por volvió ha sentir un miedo aterrador hacia la vida, elevó la vista más allá de las estrellas, sin saber por qué, al igual que en sus primeros pasos elevó sus pensamientos a alguien muy superior a él, le pidió por vez primera que le ayudara a entender el porqué de las cosas que aun no comprendía, lloró, suplicó, reclamó, y no encontró contestación, tal vez la tuvo pero aun no podía entender la armonía de las cosas, aún no estaba preparado para poder ver, ni mucho menos el poder volar. Cerró los ojos, los abrió, volteó a su derecha y divisó una silueta, al igual que la propia, estrechaba la mano de aquella silueta que llenó su soledad, corrían y corrían por montes y valles aferrado de la mano de aquella silueta, cerró los ojos y miró por un instante sólo para sentir que aquellas gotas de agua ya no caían de aquellas nubes, sino que rodaban sobre sus mejillas al salir de sus propios ojos, aquellos que por vez primera viera a la oscuridad y a las estrellas; aquellos ojos que ni el miedo, ni la incertidumbre los hicieron por vez primera llorar, los volvió a cerrar y esta vez no los abrió, lo que quería es ver sin ver, suspirar sin poder llorar y así caminar y caminar, sin abrir los ojos podía ver a esas siluetas cual reflejo y semejanza de su propio ser, el poder correr y correr entre nubes, entre estrellas, entre mares, entre toda la gama de colores, entre ríos y lagos, entre vientos y entre el murmullo de las flores.
El sueño
Virgilio, esta vez no fijó el rumbo sin rumbo hacia el horizonte, esta vez no abrió sus ojos ni en un instante, los dejó cerrados por un tiempo, soñando y soñando cual sueño embelesado, con el sueño que por vez primera su alma experimentara, y así poco a poco, paso a paso, entre lágrimas de felicidad poco a poco, paso a paso los fue abriendo, levantó la vista y fijo el rumbo sin rumbo, miro hacia el horizonte con un brillo intenso sobre sus ojos, emprendió el rumbo sin rumbo, esta vez volteo a su costado y aferrado de las manos aquellas siluetas emprendieron el rumbo, entre llantos, entre desenfoques, entre ilusiones y desilusiones, caminaron y caminaron, durante días, durante noches, entre estrellas, entre mares, arriba de montañas, entre la ventisca, entre todo lo soñado junto aquellos de su lado. Por un momento a lo lejos pudo ver siluetas, siluetas y más siluetas, aquellas que nunca había visto jamás. Caminó, poco a poco, paso a paso se acercó.
La mesa
Virgilio, tocó la puerta donde veía aquellas siluetas, sin saber y poder comprender tocó y tocó, después de un buen rato por fin alguien abrió, alguien al igual que su imagen y semejanza se postro frente al él, le dijo pasa hermano, pasa, Virgilio, su mano, su imagen y su misma imagen, pasaron poco a poco, tal vez con algo de temor, algo que ellos no podían interpretar, dentro de aquel espacio, vieron frente así, una mesa con varias sillas alrededor , la mesa era de piedra, adornada con estrellas, ráfagas de viento y de una azul profundo como el mar, bordeada de azul celeste como el cielo, alrededor habían varias sillas una era de un resplandor inmenso, dorada igual que el sol, otra plateada cual el brillo de las estrellas, otra café como la tierra, otra roja anaranjada, otra era de un color grisáceo, otra más negra que la noche sin estrellas, otra era de madera fresca, otra de madera podrida, otra de papel en blanco, otra de siluetas diferentes aunque muy semejantes a la suya, otra pintada en forma multicolor y otra que sólo reflejaba su espacio, Virgilio, por cuarta vez sintió miedo, un pánico a lo que aún no podía comprender, su mente daba vuelcos al igual que sus primeros pasos dentro de la ventisca. Uno a uno fueron pasando, sin saber dónde sentarse, sin saber qué hacer, quiso probar, tal vez por curiosidad, tal vez por necesidad, más bien por no arriesgar, no a él mismo, sino a su mano, a su imagen y a su mismo rostro.
Las pruebas
Virgilio, aún indeciso primero se sentó en la silla dorada, experimento un sentimiento de inequidad, de desigualdad, de poder, de ambición, sintió que algo lo mareaba, que ese inmenso brillo lo deslumbraba y lo deslumbraba a tal grado que su vista no podía ver, era algo que no lograba comprender, después de dar vueltas dentro de su cabeza, sintió que con el brillo de ese resplandor podía a la desigualdad convertirla en igualdad, a la ambición en sencillez, experimentó que esa enorme fuerza que se traducía en poder, podría usarla para construir y al igual de fuerza para destruir, sintió que lo que lo mareaba no era ese resplandor, sino más bien lo que el mismo sentía con ese brillo que era tan deslumbrante, eso era lo que más lo desequilibraba. Prosiguió a sentarse en la silla plateada al igual que las estrellas, por un momento se sintió transportado entre astros luminosos; sin embargo algo no estaba bien dentro de él, al igual que el resplandor de la silla dorada lo cegaba inmensamente, lo cerraba en su visión, escuchaba un campaneo de metal en su cerebro y por más que su mente imaginara, no lo concebía más y más, sus sueños y la imaginación poco a poco se desvanecían, entre su mente se fijaba una imagen más y más, esa imagen material que poco a poco acaba con ellos. Se quiso parar por un instante pero comprendió que con ese tintineo que golpeaba su cerebro y con ese mundo material, usado correctamente esos sueños se podrían convertir en realidad.
Prosiguió a sentarse en la silla de color café, silla de color igual al de la tierra que un día por primera vez pisara, al sentarse en aquella silla, sintió la misma ansiedad que un día su ser en su garganta percibiera, se dio cuenta que sin la tierra el no existiría jamás, que al igual que el vital líquido, la tierra era fuente de vida, en el estaba cuidarla, conservarla, respetarla y amarla al igual que aquellas siluetas que al igual que él era lo que más quería, entendió que la tierra era el inicio de la armonía de las cosas, que vivía en un circulo de vida entre el agua, la tierra y el aire; sin embargo algo le ofendía.
Prosiguió a sentarse en la silla de color rojo anaranjado, y sintió que algo en todo su ser le quemaba, ardía fuego en su interior, ardía todo su cuerpo, se retorcía de dolor, sintió una sed inmensa, le faltaba el aire, quería correr sobre la tierra. El fuego ardiente que lo quemaba cedió poco a poco, conoció la implacable furia de dolor, entendió que para cerrar una parte del círculo de la vida se necesitaban de los cuatro elementos, agua, fuego, tierra y viento. El dolor laceraba en lo interno y en lo externo, que el dolor a veces venía de uno mismo, a veces de algo externo y a veces por la combinación de ambos, así como el ardor destruía las Entrañas.
Prosiguió a sentarse en aquella silla pintada de un tono grisáceo, al sentarse su mente fue envuelta en una nube gris, como aquellas de formas caprichosas que lo espantaban al inicio de su corta existencia, de ellas salían truenos y centellas, relámpagos jamás antes vistos por él. No lograba concentrarse, no podía ubicarse. Pensó por un momento que tal vez lo mejor sería dejarse llevar por esas nubes, por momentos flotó y flotó, otra vez el rumbo fue sin rumbo, en un abrir y cerrar de ojos, fijó la vista en un instante, se dio cuenta que aquellas nubes, él mismo las provocaba, que la ceguera, que la falta de visión, que la nubosidad, que aquellas formas grises, provenían de lo más profundo de su ser, que era él mismo quien veía las nubes de esa forma y que estaban en él para aclarar la visión, que sólo dependía en ver más allá de las cosas, que a veces, los relámpagos, truenos y centellas, eran por su escasa vista, por no lograr ver más allá de la distancia, que sí a veces lo tocaban y lo envolvían era por que no sabía evitarlos.
Prosiguió a sentarse en la silla negra más negra que las noches sin estrellas, en ella volvió ha sentir un inmenso miedo, por momentos esa negrura lo alimentaba, por momentos esas tinieblas lo deslumbraban, empezó a inclinarse por esa silla que le provocaba enormes sentimientos jamás experimentados, sintió una fuerza descomunal que lo embargaba, lo que quería tocar lo alcanzaba, el fuego a él ya no lo quemaba, la ambición a él lo llamaba, el viento por más que soplaba no lo cimbraba, vio que innumerables siluetas a el lo adoraban, sintió que él brillo de lo dorado a él lo iluminaba, creyó que las estrellas plateadas a él lo buscaban; Más de pronto, sintió un inmenso golpe en su interior y vio que una luz deslumbrante poco a poco se acercaba, vio una enorme lucha entre lo más recóndito de su ser entre esa negrura de la noche sin estrellas y ese resplandor que poco a poco avanzaba. Por momentos su corazón se agitaba, por momentos él dudaba, sentía otra vez un inmenso miedo, sentía que su silueta poco a poco flaqueaba, esa lucha entre la luz y la oscuridad de su ser, duro días y noches, noches y días, tal vez años, tal vez lustros, tal vez siempre duró, más sólo valoró que en su corazón una enorme fuerza creció y creció, vio un rayo de luz más blanco que la nieve, sintió que su alma se regocijaba, sintió que su espíritu se alimentaba, sintió que poco a poco de verdad a él nada lo tocaba, comprendió que la fuerza de su corazón, aquel que hasta este momento de su vida conoció, crecía y crecía más alto que las nubes, más alto que la noche, más alto que los astros y más alto que todas la negruras de todas las noches, tal vez tocó un poco de aquel ser más grande que todo lo creado, nunca lo vio pero pudo palpar que de ahora en adelante caminaría junto a su silueta, a su mano derecha y a su imagen y semejanza.
Prosiguió a sentarse en la silla de madera fresca, al afirmarse, su mente viajo por montes, valles, selvas, bosques, tundras y desiertos, al igual que con las flores, vio que todo reverdecía, que sólo le bastaba con levantar la mano y agarrar el fruto que reverdecía, fruto que saciaba su hambre, no era el fruto de su corta existencia, era el fruto que alimentaba su cuerpo, sólo bastaba levantar la mano recoger aquellos frutos que hasta de los desiertos y tundras poco a poco recogía, más de pronto todo aquello que reverdecía, frente a sus ojos desaparecía, se desconcertó por momentos no supo que hacer, sintió dentro de su ser un voraz apetito que a su cuerpo carcomía, comprendió que sí quería ver reverdecer los montes y valles, tenía que cuidar su ambiente, sembrar y cosechar positivamente, pues si sembraba mal, una mala cosecha obtendría, comprendió que tenía que trabajar duramente para conseguir el fruto de cada día.
Prosiguió a sentarse en la de madera podrida, por momentos vio todas sus acciones, sintió otra vez un miedo incontrolable ya que, esa madera que se podría y podría, era la cosecha de lo que sembraría, no en la siembra de la flora y sino en la siembra de la vida, con sus acciones erradas, la silla cada vez se pudría y sí no cambiaba la siembra pronto esa silla ya no lo sostendría, entendió por vez primera que lo que siembra en la misma vida es lo que cosecharía.
Prosiguió a sentarse en la silla de papel en blanco, esa silla lo hizo sentir muy frágil, tan frágil, que por más que quiso apoyarse, sentía que se zarandeaba, sintió que al papel, lo elevaba el viento, el fuego lo quemaba en un instante, el agua lo desmoronaría, pero había algo en el que lo llamaba, no sabía el porqué, tomó una hoja en blanco y comprendió que en ese papel, todo lo que su imaginación percibiera ahí lo plasmaría, que su fuerza radicaba en ese espacio blanco donde su mente por siempre volaría, así en ese pequeño pedazo de papel su vida podría escribir.
Prosiguió a sentarse en la silla de siluetas diferentes aunque muy semejante a la suya, al colocarse dio de brincos, dio graznidos, dio aullidos, dio de trinos, dio bufidos, dio maullidos, dio rugidos, dio bramidos, corrió, saltó, se arrastro, voló, nadó. Por su mente pasó innumerables siluetas de todo el mundo reinos que cohabitaban en existencia, reinos que representaban a la animalia, a las moneras, a los protoctistas, a los fungis y a los plantae, palpó que eran mundos paralelos a él, mundos que al igual que el suyo, coexistían en un círculo de vida, entre la tierra, el agua, el viento y el fuego, mundos equilibrados, que según el camino que él tomara ellos lo acompañarían, pero debía de entender cómo conservar ese equilibrio, buscar la armonía ya que sí él la desequilibraba ese circulo vital él mismo lo exterminaría.
Prosiguió a sentarse en la silla pintada en forma multicolor, al colocarse cerró los ojos y en su mente pasaron cual relámpagos y centellas, una inmensidad de colores, sonidos, símbolos, siluetas, espacios, movimientos corporales, formas caprichosas de vida. Todos ellos regocijaban su alma, se acercó a las bellas artes, entre sus sueños conoció de arquitectura, de escultura, de pintura, de música, de literatura. Así mismo aprendió del teatro, de la danza, de la literatura, del cine, de la fotografía, de la poesía, de la escenografía, rió con la comedia, sufrió con la tragedia, se alimentó de la opera, su oído se regocijo, con las voces de sopranos, de bajos, de tenores. de barítonos. Se deleitó con la escala de música, con la escala cromática en la pintura y con lo sublime de la escultura. Por último se sentó en la última silla, en la que sólo reflejaba su espacio, en esa silla se olvidó de todo lo demás y al cerrar los ojos miró dentro de su mente una balanza. En esa balanza se representaba la igualdad de las cosas, en cada lado, sin cargarse de uno u otro se encontraba, la ambición, la envidia, la codicia, la soberbia, la avaricia, la ira, el rencor, el odio, el temor, la venganza y todo lo que manchaba al ser humano. En el otro extremo de esa báscula, se encontraba, el perdón, el honor, la dignidad, el amor, la esperanza, la humildad, la confianza, la paz, la sencillez y todo lo que hacia mejor al ser humano; por momentos todo lo que se encontraba en cada extremo de un lado al otro se mezclaban, se intercambian, uno a uno, otro a otro se entrelazaban. Se dio cuenta que no podían existir uno sin otro, se confundía por instantes. Por momentos su mente se nublaba, por momentos, su corazón y su alma se aturdían y así fue durante días durante noches, tal vez infinitamente hasta que entendió que esa lucha en su interior él mismo la desataba, solo comprendió que viviría con esa duda eternamente y en él estaba la balanza equilibrarla.
La experiencia
Virgilio, cerró los ojos, los abrió fijos en el horizonte y fijó el rumbo sin rumbo. Su silueta, su mano derecha y a su imagen y semejanza entrelazados de las manos caminaron y caminaron, Virgilio ya con la experiencia, de lo dorado, de lo café, de lo gris, de las siluetas semejantes, el papel en blanco, de lo plateado, del mundo multicolor, del papel, de la madera reverdecida, de la madera podrida, de la del reflejo del espacio, la de la negrura de la noche y del rojo anaranjado, siguieron el rumbo sin rumbo, entre estrellas, entre aires, entre mares, entre ríos, entre lagos, entre flores, entre noches, entre amaneceres, entre abismos y entre cúspides, Sintieron lo dorado, lo plateado, lo café, lo gris, el sabor de la madera podrida, el sabor de la madera fresca, lo negro, el papel en blanco y el aprecio de las siluetas semejantes.
Las alas
Poco a poco vieron que en sus espaldas algo poco a poco crecía, era algo blanquecino cual copo de nieve, era frágil cual papel, era fuerte como el viento, poco a poco los elevaba, eran sus primeras alas y con esas alas, emprendieron el rumbo sin rumbo entre las estrellas, entre lo más profundo de las nubes y en lo más sublime del cielo, volaron durante horas, durante días, durante noches, al volar y volar sus alas se expandían al igual sus espíritus, al igual que sus mentes, al igual que su cuerpos, volaron cada vez más, entre el brillo tenue de estrellas, entre el brillo fuerte de los astros, se subieron en cometas, volaron de planeta en planeta, a veces buscando, a veces buscando nada, a veces encontrando, a veces encontrando nada, a veces, simplemente a veces.
El llanto
Al abrir los ojos Virgilio, sintió nuevamente el correr de gotas de agua en sus mejillas, comprendió lo que era el llanto, su silueta, su mano derecha, su silueta a su imagen y semejanza, tal vez de tanto volar, tal vez de tanto soñar se sumieron en un cansancio inexplicable, algo desconocido para ellos, en lo incomprendido, algo no sentido jamás, poco a poco daban pasos, poco a poco daban de aletazos, poco a poco se acababan, poco a poco se desgastaban, poco a poco se enfermaban, a veces del alma, a veces de espíritu. A veces de lo físico, simplemente sentían que su ser se atormentaba, se aferraban a la vida, se aferraban a vivir cual garra que arañaban las entrañas. Uno a uno, otro a otro, se debilitaban, comprendieron lo que era vivir en el dolor, en la desesperación, en la laceración, en la enfermedad. La balanza de la vida los puso dentro de la vida y de la muerte, entre el comienzo y el fin terrenal, entre poder comprender, si a veces entre estrellas, entre mares, entre ríos, entre lagos, entre llantos, se podía pedir a un ser superior. Virgilio sintió que ni sus gotas de agua, ni sus nuevas alas, tal vez lo podían alcanzar. Echó mano del tiempo, se aferró de la mano del correr del tiempo, echó mano del camino andado, se aferró de mano de todo lo soñado, poco a poco, lentamente, con suavidad fueron sanando, sanando, a veces del alma, a veces del espíritu, a veces de lo físico, a veces solamente a veces.
La Materia
Virgilio, volvió a cerrar los ojos, los abrió después de un tiempo. Al abrirlos vio cómo en aquellas sillas, que su cuerpo se llenaba de cosas que lo inundaba inmensamente, cosas, que saciaban su cuerpo, sintió hambre, vivió siempre del suspiro del viento, siempre vivió de ilusiones. Esta vez algo al igual que la sed atosigaba su cuerpo al igual que la sed a su garganta, sentía que quería más y más, que su cuerpo se llenaba, de todo lo dorado y lo plateado. Sentía que eso lo atestaba más y más, a su silueta, a su mano derecha y a su silueta a su imagen y semejanza, al igual que la sed por vez primera sintiera, lo ahogaba en su propio ser, en su propia hambre. Volvió a buscar en las estrellas, en la ventisca, en el mar, en el río, en los lagos, en todo lo pasado, más no encontraba saciar esa hambre a lo dorado y lo plateado; cerró los ojos un momento a fin de encontrar la respuesta a su voraz apetito. Al abrirlos sintió que a sus ojos algo lo cegaba y lo cegaba a igual que lo dorado y lo plateado, logro mirar hacia el horizonte y por vez primera no lo encontró, se vio envuelto en un inmenso desierto tan luminoso que siempre lo cegaba, lo perturbaba, poco a poco se hundían en un su propio abismo, se convirtió en el hambre que no podía saciar, en el hambre que lo deshonraba, en el hambre que lo hacía cada vez más criminal, en esa hambre que a su cuerpo no lo saciaría jamás, se encerró más y más en ese desierto que lo hundía en su propio ser, se quería volver loco de ansiedad, se vio más y más sólo, se dejó llevar por ese resplandor hasta la saciedad, mas de pronto aquel resplandor se acabó, por momentos quiso otra vez llorar y llorar, pero aquello que tanto lo deslumbró, que luego lo envileció, poco a poco y en un suspiro de tiempo, el mismo tiempo puso fin a esa angustia, sintió y un alivio inmenso, fijó la vista en el rumbo sin rumbo, levantó la vista, volteó a su derecha, sólo encontró a su silueta, a su mano derecha, a su imagen y semejanza, ahí solo encontró que otra vez su alimento fue el suspiro del viento y el poder de la ilusión, a veces por vivir, a veces por existir, a veces, sólo a veces...
La trampa
Virgilio, levantó la vista, miró hacia el horizonte y emprendió nuevamente el rumbo sin rumbo, caminó y caminó, junto a su mano derecha, a su silueta a su imagen y semejanza, caminó nuevamente por veredas y senderos, caminó, caminó y caminó, a veces de día a veces en noches, a veces en lluvia a veces en sol, anduvo hasta perderse poco a poco, su camino frente a él se empezó a desvanecer, perdió el rumbo sin rumbo, perdió la mirada en el horizonte, perdió las noches con estrellas, perdió el olor de las flores, perdió uno a uno los colores, perdió, sólo se dio cuenta que perdió, se sumió en un abismo sin tocar fondo, se sumió en un torbellino que embriagaba, en una pesadilla etílica, en la adicción por algo que no lograba saciar su sed interna, se sumió en un mundo sin mundo, ya después de tanto vagar por el abismo, de tanto vagar entre torbellino y torbellino, por fin toco el fondo y en lo más bajo de esa oscuridad, logro ver una luz que lo iluminaba, cual faro que guiaba la perdida del rumbo sin rumbo, cual estrella que lo guiara en la noche, logro salir de ese abismo, paso a paso, a veces pedía ayuda, a veces no encontraba, con mucha fuerza de voluntad, la lucha era sólo con él, por fin abrió los ojos volteó a su derecha y lo primero que encontró fue a su silueta, a su mano derecha y a su silueta a su imagen y semejanza. Se liberó paso a paso de esas cadenas que lo esclavizaban hacia la oscuridad, lo que para él empezó como un juego, le costó salir de una inmensa eternidad.
La dureza
Virgilio, se levantó del fango, rompió las cadenas, emergió de las tinieblas, levantó la vista, miró hacia el horizonte, esta vez fijo su mirada en el destino, volteó a su derecha, vio a su mano derecha, a su silueta a su imagen y semejanza, se logro ver, tal vez un poco dentro de sí mismo, vio el reflejo de sus sienes ya plateadas, abrió los ojos ante el destino, miró que poco a poco se acortaba, Virgilio, su mano derecha, su silueta a su imagen y semejanza retomaron nuevamente el rumbo sin rumbo, caminaron durante días, durante noches, en el espacio, en la tierra, entre estrellas, entre nubes, esta vez desde las nubes, logro ver que muchas siluetas, contornos con sombras se golpeaban, se lastimaban, lo rojo anaranjado prevalecía en medio de ellas, existía lo dorado, lo plateado y la negrura, no lograba comprender la razón de tal visión, mientras lo dorado y lo plateado se acercaba, contornos a sombras encadenaba, mientras más y más dorado lo adoraban, más siluetas se mataban, una gama de colores salían de ellas, rojos, negros, verdes, a veces blancas se elevaban entre estrellas, una a una tomaban rumbos diferentes, a veces, vagaban sin rumbo, a veces se precipitaban al fondo de la tierra, a veces, sólo a veces cada una suspiraba, por vez primera vio de cerca un instante, no sabe cuanto tiempo se sentó en esa nube, volteó a ver a su mano derecha, a su silueta a su imagen y semejanza, temió que esa negrura los alcanzara, que esa gama multicolor los tocara, pasó días, pasó noches, pasó tal vez una eternidad y no lograba comprender, tan sólo le bastó ver un segundo dentro de él, y comprendió que estaba en su ser, dentro de él mismo esa razón de ser.
El suspiro de un instante
Virgilio, abrió los ojos nuevamente, miró hacia el horizonte, fijó el rumbo sin rumbo en un rumbo fijo, su mirada se perdió, tal vez de tanto ver o por lo que le faltó entender, con lo poco que le quedaba de vista, a imagen y semejanza de aquél amanecer, vio en el horizonte, el ocaso al igual que aquel, entre la tierra y el cielo se mezclaba lo luminoso con lo oscuro, sintió que sus alas, aquellas alas que por vez primera sintiera en sus espaldas, se acrecentaban. Cerró los ojos, logrando ver dentro de su propio ser en un pequeño instante, miró dos siluetas que a su imagen y semejanza eran donde el provenía, se vio envuelto otra vez en sueños líquidos, en un cascaron de miedo, ahora no por comenzar el camino sino por empezar el nuevo rumbo, volteo a ver a su mano derecha, a su imagen y semejanza, logro ver que una imagen de vida por vez primera abría el cascaron y empezaba el rumbo sin rumbo, aquel rumbo sin rumbo que tanto temía, entendió que lo mejor para él fue abrirlo, vio a su mano derecha, se entrelazaron de cuerpo y alma, juntos empezaron el nuevo rumbo, sus alas aleteaban más y más se disiparon los miedos, se disiparon los temores, por primera vez voló con rumbo fijo, levantó la vista al cielo y fue cuando Virgilio voló entre el suspiro de un instante. A MIS HIJOS
Derechos reservados ante el INDAUTOR ------------------------------------------------------------------------------------ UNA PIEDRA EN EL COATAN (TIEMPOS DE ESPERANZA) Por: Gustavo Hernández Larrauri MUCHAS DE LAS VECES LA ADVERSIDAD HACE QUE EL SER HUMANO MANIFIESTE LO MEJOR DE SI MISMO, OTRAS DE LAS VECES SOLO ACTUA POR INSTINTO, PERO EN OTRAS MAS, EL INFORTUNIO HACE QUE TENGAMOS UNA RAZON DE EXISTIR AL BUSCAR TIEMPOS DE ESPERANZA Existió una vez un lugar donde la vida y el tiempo reflejaban los años, los cuales, pasaban de forma casi insolente, ahí están, ahí se quedan, el tiempo es inmisericorde con el mismo tiempo, no sabemos a donde vamos, quizás la vertiente de la vida tome rumbos diferentes, no lo sabemos, hasta cuando estamos ahí, cuando empezamos, revivimos o volvemos a vivir. El turno es el momento, muchas de las veces se nos va la vida planeando o configurando formas de existir para darnos cuenta qué, en la vida misma no existen planes, mucho menos configuraciones, que vivimos y volvemos a vivir, lo inmenso o lo pequeño aún no lo sabemos, tal vez nunca lo sepamos, lo importante es vivirlo y volverlo a vivir, con errores y aciertos, renacemos y volvemos a renacer, no importa, lo importante es vivir y volver a vivir. EL FRIO DE LA MADRUGADA Era un día de invierno, de un inmenso frío, de una forma casi intolerante, no se soportaba, eran de esos días grises que se preferiría no salir. El lugar no importa, un lugar donde se encontraba un ser cualquiera, un ser perdido en la inmensidad, el cual se llamaba Anselmo. Un lugar como cualquier otro, donde los sueños se dejan volar y vagan de un lado a otro, son sueños sin atrapar, ahí están solo hay que desearlos, tocarlos y alcanzarlos. Era un especie de valle arbolado, repleto de pinos, montañas que lo resguardaban, como queriendo proteger esos sueños para no dejarlos salir, aunque se elevaran muy alto, era una especie de alucinación, donde se mezclaban la realidad, a veces dolorosa con la misma fantasía, pero ahí estaba, sin más ni mas, era algo tangible, como cuando las aves trinan y los vientos corren, tan cruel como el más profundo dolor jamás imaginado, y tan feliz como la mas inmensa de las alegrías, era un mundo simbiótico, entre todas la vivencias mezcladas, era solamente un mundo que rayaba entre la locura y la razón, eran espacios de vida que soñaban vivir. -Son las seis de la mañana, se decía asimismo, Anselmo, ¿que hacer en este día gris, podría levantarme o dejar de existir? . La pregunta se la hacía una y otra vez, su mente daba vuelcos en sus propios pensamientos, se enredaba en su mente tratando de volver el tiempo atrás, ya no importaba, cual lo laceraba más, si el interno o el externo. Tiempos atrás, fueron días soleados, llenos de esperanza, su vida dio un vuelco después de aquel terrible Huracán, el ?Stan?. -Como no he de olvidarlo, tan terrible como Satán, se decía así mismo, me despedace las piernas, al tratar de cruzarlo al querer rescatar a mi familia y recuperar mis humildes pertenencias. Sólo logre perderlas y perderlas, mi familia, mis piernas, los brazos y mi alma, los brazos se fracturaron al quererme aferrar a un tronco que se impacto contra una piedra, si no fuera porque el coatán me aventó a la orilla y la gente me ayudó, hubiera muerto, tal véz sería lo mejor después de este terrible dolor, que más dá, quizá ni el Coatán se apiado de mi. Hoy estoy lejos de mi tierra tratando de recuperarme sin poder mirar atrás. Circunstancia en que perdió sus extremidades, ambas piernas y brazos, pero no su capacidad de luchar por un tiempo, capacidad hoy mermada al no poder superar algo inmensamente mayor a él. -Levántate y lucha, no te des por vencido, se que es difícil, pero está en tí el poder salir avante de este trance, lucha por lo que amas, por tí mismo, no te des por vencido, aférrate a vivir, creo que estas aquí para hacer algo grande, tu misión en este mundo terrenal aún no termina, levántate, abraza y camina hacia el destino. Le decía una pequeña vocecilla que salía de lo más profundo de su ser, la vocecilla era de un color de voz tan bello que era radicalmente opuesta a su gran sufrimiento, bien pudo ser un ángel pequeño, podría ser un serafín o un querubín, quizás algún ser que lo amaba y vivía en su corazón. -Para que, ya llevo meses de sufrimiento, me parecen varios años, tal vez siglos de sufrimiento, quizás una eternidad, he perdido las dos piernas y mis brazos. Ya no aguanto más el dolor, sufrimiento que hoy lacera mi alma, mi cuerpo y mi espíritu, para qué quiero la vida, si solo me ha traído dolor y sufrimiento, a veces miro al cielo y maldigo el momento en que nací. -No blasfemes le decía la vocecilla. -No esta en ti definir el destino, muchas de la veces intentamos cambiarlo para lo que nosotros creemos y solo nos lleva a un profundo dolor, toda etapa de la vida es de aprendizaje, es parte de la esencia del vivir, créeme, yo en vida era un pequeño niño que nací en una alcantarilla, mis padres eran ?niños de la calle? que se drogaban, nací en la adversidad, intoxicado, desnutrido y sin ningún futuro, pero me adoptó un matrimonio que me llenó de felicidad, morí en pocos años debido a las deformidades en mi organismo, derivadas de las adiciones de mis padres, pero el poco tiempo que estuve en la tierra lo llene de felicidad, a pesar de mi corta edad y sin saber por que, ni por que en mi pequeñita mente y mi grande corazón me decían, vive segundo a segundo, disfruta la vida. Un ser superior a nosotros te dio una oportunidad, aprovéchala. Ya ves, hoy me encuentro aquí, volando entres sueños con una inmensa algarabía, tratando de ayudar a las personas que sufren como hoy tú sufres. -¿Pero que hacer?, le preguntaba Anselmo a esa vocecilla, he tratado por todas las formas a mi alcance de entender el por que de las cosas, y sigo sin entender, he pasado por la negación, la represión, la proyección, la ansiedad, la depresión y todas las formas que nuestra mente pueda experimentar para lo que hoy yo sufro, a veces me pregunto que habré hecho en vida o vidas anteriores para llevar esta carga en la existencia. Fíjate vocecilla que he tenido sueños que no logro entender, no los puedo interpretar, podría ser sueños libertadores de sueños, quizás sueños que vuelan sin tiempo, pero también he tenido pesadillas terribles, tan terribles cual jinetes apocalípticos, tan terribles como lo mas terrible de lo temible. LA TEMPESTAD Era un año como pocas veces visto, por todo el mundo habían existido Huracanes, Tifones, Tsunamis, Terremotos, etc... La tormenta Tropical ?Stan?, en el Océano Atlántico se empezaba a formar, apuntaba a costas mexicanas en el ?Golfo de México? ya convertida en Huracán, al paso de los días se impacto en Tierras Veracruzanas, la descarga de agua que contenía ese fenómeno, disparó su fuerza en el sureste Mexicano, llovió por días y noches, las lluvias semejaban el diluvio, las gotas de agua se convertían en torrentes sobre las montañas Chiapanecas, no había tregua, la naturaleza no perdonaba la deforestación ni el maltrato que hemos hecho como especie, gota a gota, se desplomaban con fuerza inusitada sobre las partes mas altas de la orografía de Chiapas, como lágrimas del cielo que chocaban con la tierra, formaban enfurecidos torrentes que se encausaban en los ríos, buscaban salida por doquier, todos los ríos que desembocaban en las costas, rebasaron inmediatamente sus limites, los causes fueros desbordados, el agua buscaba nuevas veredas para poder llegar al mar. Eran avalanchas mezcladas de agua, lodo, troncos, piedras, arrasaba con todo a su paso. Tal vez se comparaba a un profundo ¡ Ya basta ¡ de la naturaleza, o al mas terrible castigo que la madre tierra le propiciaba a sus hijos que habitan en ella. Al rebasar sus causes el impacto pluvial toco a las poblaciones, prácticamente todas las de la costa, soconusco y parte de las sierra chiapaneca, en pocas horas incomunicó a varios municipios, la fuerza de los ríos derrumbo puentes, carreteras y viviendas, buscando cause dentro de las poblaciones, lo ríos retomaron rumbos distintos, llevándose a su paso a colonias enteras, no existía piedad, no había tregua, la fuerza de la lluvia arremetía una y otra vez, no permitía la ayuda a los desamparados, la gente se solidarizó, en cada rostro se reflejaba la tragedia, unos luchaban por su vidas, otros por sus animalitos, unos por sus siembras, otros por sus casas, era tiempo de caos y de crisis, pero sobre todo del reflejo del querer vivir, de aferrarse a la vida, luchando por lo que más querían en la vida, en cada rostro se reflejaba una historia diferente, pero con un solo sentido, el querer vivir. Anselmo, había arropado a sus dos retoños, niña y niño, una de tres y un bebe de brazos, eran su orgullo y el de María Cundapí, su esposa. A pesar de ser tierra caliente la humedad que generaba la lluvia de varios días, hacia más penoso el ambiente. El rostro de los hijos de Juan, reflejaban la marginación y pobreza del pueblo Chiapaneco, de ese pueblo sumido en el olvido y la pobreza, de esa gente que solo en tiempos electoreros nuestros gobernantes se acuerdan de ellos. -No para de llover, le comentaba Anselmo a María Cundapí, la leña está mojada y la paga que me dieron de la pizca del café en esa finca del Tacaná ya acabó, no tenemos para blanquillos, fríjol y tortillas, voy a Tapachula a la tienda de mi compadre Juan, a ver si me fía algo de leche para los niños, un costal de azúcar, de harina, otro de fríjol y un poco de café, pero ten cuidado por que el río esta subiendo muy rápido, más rápido que en otras épocas de lluvia. ??Pinche? lluvia, no se, Tal vez debí irme al otro lado, lo hubiera intentado de nuevo, rumiaba Anselmo en sus adentros, en esta época de ?cambios y esperanza?, más pobreza hemos encontrado, en México y en Chiapas. Puras promesas y más promesas, pasan miles de ?cachudos? y ?catrachos? por el Suchiate en cámaras de llantas, caminan por la vía del tren, le dan su entre a las autoridades, se cuidan de la ?mara?, se embarcan en lo que puedan y de ahí, directo al otro lado, aquí cada vez se pone peor la cosa, dicen que tenemos trabajo, pero ?pura madre?, cada día esta peor, debí irme para el otro lado, otros que han tenido más suerte que yo y que se han ido, hasta ?troca? traen, debí haberle tomado la palabra otra vez a tanto ?pollero? que se me ha ofrecido, por aquí abundan. Anselmo, recordaba su amarga experiencia del quererse pasar al otro lado, andar desde el Coatán hasta el río bravo, lo intento una vez con una cruel experiencia, tuvo que vender su propiedad ejidal para poder pagar al pollero que contactó en Ciudad Hidalgo, el cual lo abandonó en pleno desierto de Arizona, E.U, lo asaltaron, lo golpearon, casi muere de deshidratación e inanición entre Nogales y Tucson, no le quedaron ganas de regresar, tuvo que ?talachar? de ?tragafuego? y limpiavidrios, para poder subsistir y tener para su regreso de Nogales, Sonora. A su comunidad a orilla del Coatán en la zona rural de Tapachula Chiapas. México. LA TRAGEDIA La lluvia escurría por las montañas, de forma imparable, era un alud de agua que se abalanzaba sobre la llanura chiapaneca, sobre esas poblaciones indefensas ante la fuerza de la naturaleza, el agua no respetaba a lo que se le ponía en frente, árboles, piedras, troncos, animales, todo arrollaba a su paso. La respuesta de las autoridades ante la amenaza fue muy lenta, los rebasó fácilmente, tal parece que fué el fiel reflejo de una gris administración, con decisiones torpes y erradas, la infraestructura urbana se colapso al llegar el golpe de agua a las principales cabeceras Municipales, colonias enteras fueron abatidas, la estructura social fue vulnerada, la gente al principio no daba crédito a lo que veía, las autoridades no sabían que hacer, no había coordinación, los pueblos pedían a gritos ayuda. Al principio no encontraron eco, la adversidad y la tragedia unió al la sociedad en su conjunto en cada rostro reflejaba una historia, de ayuda entre hermanos para conservar la calma y apoyarse ante la tragedia, fue una prueba al ser humano en su conjunto, otra prueba más para el pueblo Chiapaneco. La tragedia hermanaba razones ante las sin razones, el dolor y el sufrimiento de la gente los amarraba en un pacto no escrito de solidaridad entre seres humanos, el pueblo chiapaneco se aferraba a vivir en la tragedia, la gente pasaba por encima de la catástrofe, la fuerza de la vida los impulsaba a sobrevivir. Anselmo, ya había llegado a la cabecera Municipal de Tapachula, su familia había quedado en su comunidad kilómetros atrás, en la otra orilla del Coatán, el torrente de agua, hacía cada vez imposible cruzar el río, el puente se derrumbó. Anselmo, al ver la dimensión de la tragedia, como un relámpago paso por su mente el peligro en que estaba su familia. Corrió y corrió, hasta quedar, exhausto y sin aliento pero por fin pudo llegar al otro extremo de su comunidad, el Coatán lo separaba de sus familia y su humilde vivienda, la cual desaparecían ante sus ojos incrédulos, fue tal su desesperación y el agobio de perder a su seres queridos, que no midió consecuencias. En un santiamén se encontró dando tumbos en las aguas turbulentas del Coatán, su cuerpo se entumecía ante el dolor de los objetos que lo golpeaban, era una marioneta, un objeto que las aguas del Coatán se tragaba, se afianzo de un tronco, pasaban por su mente recuerdos fugaces de su vida, la presencia de sus padres y hermanos, recordó toda su infancia y juventud, existieron destellos de felicidad y dolor, su vista era borrosa, solo veía lodo por todas partes, no sentía sus brazos ni sus piernas, no podía respirar, se asfixiaba por momentos, daba vueltas y más vueltas, estuvo en esa situación por tiempo indefinido, rodaba entre las aguas del Coatán, volvió a desfallecer. El agobio fue cesando ya no supo más de sí mismo, perdió la conciencia, al parar de rodar abrió su mente, y su corazón ante la adversidad. EL SUEÑO -Anselmo, no debes de flaquear le decía insistente la vocecilla, recuerda que tienes por que y por quien luchar, no te des por vencido tan fácilmente, no te venzas, aun puedes hacer algo, no flaquees, aun quedan tiempos de esperanza.-¿Dónde estoy? En el soconusco, no existen árboles como estos, ni hace frío. Tapachula es tierra caliente, no reconozco ha esta tierra, solo me acuerdo que estaba dentro de las aguas turbias del Coatán , ya no siento ningún dolor, puedo ver a mi familia a lo lejos, corriendo entre los árboles, cantando, sonriendo, felices, ¿qué fue lo que pasó, fue un sueño, creo que fue solo una pesadilla?, no puedo moverme, no se donde estoy. ¿dónde están mis brazos y mis piernas?. La vocecilla le susurró al oído con su característica voz celestial, Anselmo, seguía sin saber de donde salía esa voz que lo animaba y la daba fuerzas para existir, tal vez era la voz de su alma o su conciencia. -Ya ves, la vida da muchas vueltas y vueltas, somos seres transitables que rodamos en este mundo, hoy te tocó a ti, una vez me tocó a mi y así sucesivamente, no hay nada escrito, no existe nada determinado, tu consuelo será el que podrás disfrutar a tus seres queridos por tiempo indefinido, los verás crecer y ser felices. Tu dolor cesara, pero todo tiene su precio, a veces alto, a veces bajo, pero siempre un precio, según lo que hayamos cargado a través de nuestras vidas, lo que hayamos aportado, lo que sembramos es lo que cosechamos, tu cosechaste en igualdad de circunstancias, tanto cosas buenas como cosas malas, es justo el pago por vivir y revivir a tu familia. Anselmo, levantó su vista al cielo, alturas que reflejaban cual espejo a todo el valle, por fín se logró ver plenamente, su cuerpo inerte, moldeado en forma redonda por la fuerza de las aguas del Coatán, en su cuerpo las extremidades, brazos y piernas ya no existían, su alma, su espíritu voló en por un valle celestial, su cuerpo, su cuerpo físico se convirtió en una roca, quedo petrificado mirando al cielo como una piedra del Coatán, una piedra cuyo símbolo de dureza, reflejaba la fortaleza del ser humano en desgracia, de ese ser humano que a pesar de la adversidad se levanta en lo más penoso de la calamidad, Anselmo, reflejaba a todos esos seres que sufrieron el embate de la fuerza natural, del ?Stan?, sin echarse para atrás, fuertes como piedras del Coatán, Chiapanecos que poco a poco levantan piedra sobre piedra, tratando de edificar un nuevo destino, un nuevo rumbo de sus vidas, rumbo que al igual que la vertiente del Coatán, tome rumbos diferentes, ramificaciones de vida, algunas con sufrimientos, otras con felicidad, pero todas derivaban a un solo causal, el aferrarse a vivir. A veces, la misma vida, la naturaleza o el destino o como queramos llamarle, nos hace ver cual somos, tan grandes, tan pequeños, tan efímeros. A veces se nos gasta la vida en creer que somos, en creer que existimos. En un solo espacio, en un solo momento nos damos cuenta que no somos nada, solo un momento deteniendo el tiempo, somos solo momentos, sufrimos, reímos, lloramos, amamos, soñamos y ganamos o perdemos según lo que creamos, tan solo para llegar a la conclusión que a veces no somos nada, que existen cosas mucho mas inmensas que nosotros mismos, unas veces dentro de nosotros y otras tantas de manera externa. En esto días sufren miles de seres humanos por todo el planeta a costa de fenómenos sociales y por causas de la naturaleza, en México, en el sureste Mexicano y en nuestras costas, sierra y soconusco Chiapanecas. A todos los hermanos en desgracia, nada más me queda decirles fuerza y fortaleza, está en nuestros seres superar adversidades, desde el momento mismo de la concepción, nuestra vidas se forman a base de fuerza al superar adversidades, al caminar, al crecer y hasta en el morir somos seres transitables, somos seres que superan adversidades, somos semillas de vida, somos, solamente somos, ha caminar nuevamente que es cuenta nueva. FIN Las piedras del Coatán simbolizan la fuerza y fortaleza de nuestros Hermanos Chiapanecos, al edificar piedra sobre piedra una nueva vida aun en la adversidad. A NUESTROS HERMANOS EN DESGRACIA, UN CHIAPANECO ADOPTIVO: GUSTAVO HERNÁNDEZ LARRAURI. SAN CRISTÓBAL DE LAS CASAS, CHIAPAS A 6 DE NOVIEMBRE DEL 2005 |