Antonio Carter, a los cincuenta.

Parte I

Sin duda alguna, cada ser humano es dueño de errores y aciertos, los cuales son determinantes para el crecimiento como individuo, sin embargo, reconocer la nobleza y su práctica en quienes la poseen es de gente bien nacida, sobre todo si ésta se sale del parámetro indicador de lo común, como fue Antonio Carter Rosales.

Hoy a su memoria, dedico estas líneas, que sólo alcanzan un modesto reconocimiento a sus grandes valores. La sensibilidad de Antonio fue un pilar muy sólido en todos los actos de su vida., en ella se apoyaron sus convicciones, a los cuales sólo superó el amor. Como esposa, tuve la oportunidad de conocer y compartir sus sentimientos y en el diario hacer de nuestra vida cotidiana descubrir en él un caudal de riqueza espiritual, dada únicamente a personas privilegiadas.

Riqueza que enseña sin compromisos, pero deja obligación. En el campo del dar, la generosidad de Antonio no tuvo límites y el deseo de compartir lucía espontáneo de tal forma que sus nobles sentimientos lo llevaron a la firme decisión de obsequiar algo de esperanza a las personas solas, ausentes y descontinuadas en el sendero del amor; la idea como tal nos cautivó y decidimos iniciar un camino en aras de elaborar un libro que llevaría por título: A los cincuenta.

La necesidad de saber feliz a mucha gente fue la clara expresión de amor de Antonio hacia el prójimo y en la prisa de darle forma a este proyecto que al menos en intenciones sería el salvavidas de muchas soledades, dedicamos largas horas al análisis de la práctica y resultados de nuestras vivencias diarias como pareja. Según Antonio teníamos todo para realizar el mejor trabajo: el momento, el lugar, la pareja, la edad y el amor.

De acuerdo a nuestra convicción, a los cincuenta ya se puede hablar de la vida. Las vivencias, altas y bajas, moldearon un carácter y se puede planear con mayor seguridad una estabilidad emocional más acertada, difícil de prever en plena juventud. De igual forma, la madurez se hace presente en los criterios y la vida se disfruta de otros ángulos; hay más tiempo para descubrir virtudes mutuas, elevar el espíritu y admirar un amanecer. Si los sentimientos coinciden, el alma está fértil para recibir el amor y el fruto será bondadoso.