Antonio Carter, a los cincuenta.

Parte III

El amor de Antonio hacia la gente, su contínua protesta contra la injusticia, la reconocida lealtad a sus amigos, el inmenso amor hacia su sangre y el dolor de los caídos por causas nobles, siempre estuvieron presentes en la vida de Antonio y lo reflejó de tal forma que no pudieron pasar inadvertidos por las personas que estuvimos es su entorno.

Para quienes creemos en un ser supremo, se dice que el hombre es la estatua de Dios que pasea por el jardín del mundo. Y como somos hechos a su semejanza, poseemos el sentimiento arrollador que todo lo mueve: El amor. De acuerdo a nuestras creencias religiosas lo practicamos aunque exista diferencia en las formas, eso depende de cada quien. Sin embargo, hemos escuchado en alguna ocasión, que hay tres tipos de personas muy amadas por el Padre y son aquellas que a su paso van sembrando la semilla del dar:

- La primera persona es aquella que se despoja de parte de sus bienes en beneficio de los demás, aunque sea por protagonismo.

- La segunda en quien da sólo por sentirse bien consigo mismo, aún alimentando su ego. Recordemos que hay quien tiene de sobra y no da nada.

- Pero la tercera persona y la más amada por Dios es quien da por costumbre y no deja para sí ni el gozo del dar, sólo da sin preguntar. La lógica natural nos dice que ese es el verdadero amor.

A este pequeño núcleo perteneció Antonio y más aún en su espontánea ofrenda, por pequeña que fuera, se daba él por entero. Fue una práctica muy conocida en él.

Amigo inseparable de la verdad. Esa verdad que en todos los tiempos y en momentos decisivos duele tanto expresar. Su antagonismo hacia la mentira y el maquillaje social. Su empatía hacia la justicia, le causaron grandes dolores y decepciones, pero su espíritu joven de lucha en ningún momento se rindió, sólo le faltó tiempo para realizar sus altruistas deseos.

¿Como no amar a un ser humano con esas virtudes?

Despúes de estas reflexiones. ¿Donde quedó la parte oscura que todos llevamos dentro? Todos estos sentimientos dejaron en mí una gran enseñanza y hoy la aplico a mi vida. Su incomprendido mundo generó cuestionamientos de quienes no tuvieron oportunidad de descubrir su alma de poeta. Su libre albedrío fue parte determinante en sus acciones, y su vida la poesía más profunda de reclamos hacia la injusta represión humana. La inteligencia la tenía Antonio: fue un consumado creador de proyectos. Yo, seguramente, fui apenas la flama que dio un poco de luz a su vehemente deseo de realizarlos.

Cuando escucho a Missent con su obra "Las meditaciones", o a Wagner, su compositor favorito, vienen a mi memoria las frases de Antonio al decirme: pronto debemos escribir un libro, A los cincuenta.

 

Son recuerdos inviolables

nadie los puede tocar

fueron su fuerza y pasaje

con ellos hizo su viaje

camino a la eternidad.