Semillas
Leyla A. González Taméz

Periódico el "Centenario"

 

Las soledades del hombre

 

¿Por qué si somos tantos, estamos tan solos? Que ironía, apenas se puede creer que entre más habitantes poblamos la tierra, nos vamos sintiendo mas solos y lo más triste es que sabemos a qué obedece esta soledad y no hacemos gran cosa para evitarla.

El hombre, especie privilegiada de la creación, dotado de inteligencia, ha perdido el camino y no encuentra el regreso y se siente abandonado al laberinto de su soledad.

Este genial cerebro que tenemos, que es capaz de construir y destruir imperios, no ha podido crear una formula que lo proteja de sus propias miserias, sin embargo, mientras podamos reconocer cada uno las nuestras, hay esperanzas de no sentirnos tan solos en medio de esta avasalladora multitud humana.

“EL EGO” mal incurable del humano, nos quita la compañía que tanto buscamos.

El “Yo tengo razón”, mi prójimo se cree superior, es muy egoísta, exigente, prepotente, soberbio, apático y mil calificativos más que terminan siendo las causas de rompimiento en las relaciones humanas y por supuesto quien acusa, cree no equivocarse.

El caso es que siempre hay a quien delegar nuestras debilidades y es que estamos tan ciegos y no vemos que al sacudirnos los errores nos purificamos tanto, que quedamos tan vacíos, que terminamos queriendo recuperar aunque sea nuestras miserias, para tener algo o alguien a nuestro lado.

De soledades podemos hablar día y noche en niños jóvenes adultos y ancianos, estas últimas, nobles y ancianas soledades que por regla general así terminan.

Nobles, porque en el anciano predomina el sentimiento, el arrepentimiento y la experiencia.

El anciano se preocupa más por vestir el alma, ya no pide solo bendice, los halagos materiales son menos importantes, el solo hecho de ver a sus seres queridos bien, les da el mejor alimento a su espíritu.


En el joven y adulto, marca su huella el vestido del cuerpo. el “que me das, que te doy”.

Pero así somos los humanos, razonamos con irracionalidad, luchamos una vida entera por construir lo que destruimos en un minuto, amamos para matar, buscamos compañía para tener a quien acusar y así seguir la guerra, y cuando al fin tenemos el valor de pararnos frente a nuestro espejo, nos causa pavor el descubrir lo que hemos hecho de nuestra misión en la tierra y corremos para refugiarnos de la misma soledad que a final de cuentas traemos dentro.
Es bueno recordar que la soledad más dañina, es el tratar de huir de nosotros mismos y la soledad más agradable, es la que generan las buenas acciones.

Cuando adoptemos la actitud de reconocer que ¡SÍ NOS EQUIVOCAMOS, QUE SÏ FALLAMOS, QUE SI HERIMOS! entonces, estaremos menos solos y más cerca de la paz.

Se decía en un tiempo que todos los hombres eran divinos, pero abusaron tanto de su divinidad, que Brhama decidió quitarles el poder divino y esconderlo donde ellos jamás pudiesen encontrarlo.

¿Dónde esconderlo? esa fue la cuestión.

Optaron por: enterrar la divinidad en la tierra.

Brhama dijo: no, porque el hombre cavará profundo y la encontrará

Pongámosla en lo más profundo del océano.

Brhama respondió: no, el hombre explorará y llegará a la profundidad del océano y la tomará otra vez para él.

Por fin, el consejo reunido se rindió diciendo: no tenemos donde esconderla, pues no hay lugar en la tierra o en el océano que el hombre no llegara a encontrar, al momento exclamó Brhama: aquí está lo que vamos a hacer con la divinidad del hombre: la esconderemos dentro de él mismo, porque nunca pensará en encontrarla allí.

Desde esa fecha, el hombre no ha cesado, clamando, cavando, explorando, buscando algo que esta dentro de él mismo.

Hace 2000 años, un hombre llamado Jesús la encontró y compartió su secreto con nosotros, y ni así la aceptamos.