Raúl Dorra

 

Textos incluidos en esta página: "Donde amábamos tanto" (de Ofelia desvaría) y El sermón de las siete palabras:

 

 DONDE AMÁBAMOS TANTO

                                                        En Córdoba la que, jóvenes, me prometió las                                                                          más profundas y más amantes cosas

 

                                                          I

                                               martes de carnaval

 

Me había imaginado cerrando suavemente esa puerta, mirando sin asombro cómo una hoja avanzaba hacia mí atraída por una mano mía sobre el picaporte, y se unía a la otra, se ajustaba con ella, contra ella, y cómo ese acontecimiento minúsculo, irrenunciablemente familiar, adquiría esta vez el aire de lo definitivo. Cómo esa puerta, esa íntima puerta, cerrada ahora así, comenzaba a ser extraña por un acto de mi mano ejecutando mi deseo, quiero decir ejecutando algo que es cruel llamar deseo pero que no puedo llamar sino deseo. Me había imaginado inclinándome a recoger la valija, estirando mi brazo sin apuro como si fuera hundiéndolo en las aguas del olvido, dando tiempo a que todo en mí cobrara un orden necesario, acomodando mi ritmo a esa leve, y frágil, frágil sensación de triunfo que apenas emergía de entre tantos escombros. Triunfaba al fin de mí, había ese temor de respirar, ese temblor agónico y también esa seda cubriendo las heridas. Me había visto bajando hasta la calle, vacía al fin de mí, liviana bajo el sol interminable. Me había visto avanzar por la vereda ya sin pensar en nada, segura al fin de mí, con el alivio de aquél que ya conoce que todo está perdido y que nada hay mejor que haber perdido, salvada en los escombros, con la fe del que sabe que ha empezado a olvidar. Había visto la ciudad silenciosa y vacía acogiéndome sin falsas promesas.

         Pero ha sido difícil salir. Ha sido difícil no recurrir a las lágrimas o buscar un apoyo en el rencor, no apresurar torpes movimientos para recoger la valija. Ha sido difícil no sentirse envejecida, reseca, vacilante, y mirarse las manos sin pensar: mis pobres manos. Había sol en la calle. He salido perdida y he mirado el sol y he mirado la gente y todo era terrible. Te he imaginado llegando, abriendo la puerta con un vago temor como si algo de pronto chocara con tus párpados, y después parado en la mitad de la pieza, ante el desorden súbito, comprendiendo. He imaginado que no necesitabas leer mis palabras redundantes pues todo estaba escrito en cada cosa: "Al fin me he decidido a acabar este juego doloroso. No pude resistirlo. Y tampoco he podido ahorrarte el desorden de las cosas. Perdóname otra vez, ya la última, amor." He imaginado tu ansiedad, el calor que crecía por tu pecho, y también un sentimiento inconfesable, como una sensación de haber sido entregado a la intemperie y por ello tener derecho al odio y sin embargo enterarse, ahí, de que en el fondo se estaba agradecido. Había sol en la calle, cómo no recordarlo para siempre, un sol interminable. He sentido el calor de las lajas dilatando las plantas de mis pies, he caminado hasta la esquina tratando de no mirar ninguna casa por miedo a sus fachadas familiares, por miedo a que alguna, a esa hora, a esa precisa hora de repente se abriese y no me quedara más remedio que mirar hacia adentro. He avanzado mirando sólo las lajas y mis pies, dejando que mis ojos resbalasen por detrás de las grietas cuyos débiles trazos sembraban en las lajas confusas, delicadas quebraduras que tenían probablemente un ritmo y hasta quizás un código que yo en ese momento no hubiese conseguido descifrar. No; ni siquiera intentarlo. He caminado hasta la esquina sin pensamiento alguno, aferrándome a la valija, aferrándome a la idea de que sólo debía preocuparme por conseguir un taxi.

         En la esquina he mirado. El sol rebotaba largamente sobre algunos balcones, rebrillaba con fuerza y sin embargo en ese mismo brillo no era difícil advertir que ya el verano había comenzado a retirarse. He visto los restos de un jarrón, al borde de la calle, y una flor pisoteada. He visto, hacia la plaza, un árbol entregado a la quietud, a una quietud casi irreal, y cuyas hojas ya eran casi amarillas. He visto un hombre viejo, vacilante, que tenía en las manos un juguete y avanzaba apretándolo con el temblor de labios del idiota. He visto sobre todo un pájaro. Estaba parado en el hilo de la luz con una serpentina entre las patas. Una golondrina, pensé, quise pensar, y comprendí enseguida que estaba recalando en imágenes librescas. Un gorrión, pensé. Y era un gorrión, en efect alzaba la serpentina con el pico, miraba, y otra vez la dejaba caer entre las patas. Miraba con serenidad, ladeada la cabeza. Aves del cielo, pensé; "avecitas que mi llanto/ se paraban a escuchar". Luego el gorrión voló, asustado del ruido de los autos y tan sólo dejó la serpentina. Balanceándose. Yo me he quedado quieta, yo me he reprochado esos desvíos literarios, me he exigido fidelidad para con mi propio drama, me he vuelto a concentrar en la preocupación por conseguir un taxi. He imaginado la serpentina todavía balanceándose en el hilo de la luz pero no la he mirado. Miré, más bien, hacia el fondo de la calle; miré la ciudad estúpidamente ajetreada y soñolienta. Luego vos leerías el mensaje pero antes leerías el desorden y lo sabrías todo y ahora yo debía esperar, concentrarme, sobre la marcha organizar la retirada.

         Poco he debido esperar, no podría quejarme. Casi mecánicamente un auto se ha detenido a mi lado y era un taxi que paraba por mí, ahora no sé cómo, y he sentido de pronto todo el sol en la cara y he subido. He tenido alguna dificultad para acomodar junto a mí la valija pero he procedido con decisión, para nada tomé en cuenta la aguja que tenía en la garganta, que era una aguja ardiente, ácida, atravesada al fondo y en el fondo quebrada, y tampoco ese sol cuyo peso continuaba aturdiéndome. El hombre del volante se observaba las uñas y esperaba, de espaldas a mí me ofrecía el callado espectáculo de una paciencia distante, de su apego al oficio, de su propia concentración. Finge concentración, pensé, debo haberlo pensado; igual que yo. Luego me he acomodado ya con cierta amplitud, luego he vuelto a desechar la imagen de la pieza que desoladamente volvía sobre mí y he improvisado una vaga dirección, en voz alta, como las circunstancias lo exigían, y me he propuesto pensar seriamente en el trayecto para hacer precisiones y llegar finalmente a algún destino. Ha sido difícil, todo ha sido difícil, por qué lo negaría.

         Luego el taxi ha partido. ¿Cómo hubiera evitado el sentimiento de que aquel taxi, entonces, me arrancaba de una entrañable esquina para entregarme a una ciudad confusa a la que ya no conseguiría reconocer? He atravesado la ciudad, la he atravesado a esa hora, y era una ciudad confusa, soñolienta, estúpidamente ajetreada. He visto tantas cosas. He visto un hombre herido bajado en camilla frente a un edificio de ventanas altas. He imaginado el accidente; he imaginado una tela desgarrada, el brusco olor de la sangre corriendo bajo el sol, gentes en torno, un rostro destruido por el dolor y el miedo, quizás también un grito, un grito único, ahogado, caliente, inconsolable. He visto un reloj que marcaba las cinco menos cuarto y más adelante a una pobre mujer detenida contra una vidriera. He visto afiches, letreros entusiastas o perversos, las desvaídas letras del nombre de películas, boxeadores de mandíbulas tensas exhibiendo ante el mundo su inocente arrogancia, llorosas damas a punto de caer sobre los brazos de un hombre que torcía la boca con el cigarrillo colgando hacia un costado para que se apreciara en detalle su estilo de mirar a las mujeres, su desdeñoso modo de fumar; he visto carteles auspiciosos, perentorios, consignas que ilustraban sobre las variadas formas de arrancarle a la vida sus dones más esquivos. Imágenes, palabras. He visto el sol en las veredas, entre la gente, el sol en las paredes de algunos edificios, el sol que restallaba en las vidrieras, he oído los ruidos de la calle subir desde el asfalto y trepar las paredes y he sentido por fin que todo aquel despliegue era un unánime, abrumador esfuerzo, un esfuerzo, quiero decir, del todo inútil.

         He tratado de no desfallecer. He contestado con aplomo algunas preguntas del hombre que estaba al volante. El hombre pedía nuevas precisiones, le preocupaba saber exactamente el último destino de aquella travesía. No tenía quizá por el momento otro modo de cumplir su obligación. Quizá también de ese modo distrajera alguna ansiedad profesional, algún tedio. Le he contestado con aplomo pero he reiterado la vaguedad, me ha sido inevitable ver de nuevo tu rostro, inevitablemente, tu rostro ante el desorden de la pieza, tu lucha por retardar unos instantes el momento en que debías comprender, hacerte cargo de toda esa evidencia; me ha sido inevitable imaginar, ahora, que cerrabas los ojos y sufrías, que sentías como yo, ahora, esa espada cortando la garganta, y he debido buscar un escape, entonces, he debido mirar hacia afuera una vez más, observar, procurarme un respiro.

         Afuera había la tarde, la fuga del verano, la esbeltez de unos árboles contra el límpido cielo. Afuera había la gente, las puertas, los zaguanes, aquella poca gente liviana y soñolienta. He debido mirar, he mirado el asfalto que corría hacia atrás, las bocacalles que venían despacio hacia nosotros. Y he visto el puente, debo decir, he visto sobre todo el puente, un perro quieto, serio, escrutando, sentado, lo invisible; y una bicicleta contra el barandal, y más allá la calle que trepaba. El río, desde luego, he visto el rí el Suquía, el íntim centelleaban sus aguas, parecían correr dentro de mí, parecían curarme para siempre y había aquella brisa llegando desde el agua. He sido fuerte, he resistido. Hacia el final del puente he visto unas personas, un hombre con un pomo entre las manos, apretándolo, arrojando su líquido contra una mujer que se agachaba con un gesto de súplica y de burla. Jugaban. Ella tenía un antifaz, el pelo ya empapado y quizás pegoteado y se agachaba y él jugaba a vencerla con su pomo. Ella estaba dispuesta a doblarse hasta tocar el asfalto con su pelo, era evidente, se dejaba, flotaban unas telas, se agitaban los vuelos de su blusa de tenue fantasía y una rápida sombra, un pájaro tal vez, cruzaba sobre ambos. Luego el auto ha girado y la escena ha quedado a mis espaldas. He sentido los párpados temblarme, doloridos temblarme, he sentido que el sol estallaba otra vez sobre mis párpados y he cerrado los ojos. Había tanta dispersión, tantas imágenes que yo no conseguía organizar, fugas. He cerrado los ojos y he pensad hoy es martes de carnaval, Dios mío; hoy algunos recuerdan esa cosa remota y salen a la calle, llegan, andan por otro tiempo. ¿De veras es carnaval? Me he hecho esa pregunta y me he apoyado mejor contra el respaldo y he debido oír la voz del hombre del volante, extrañamente aguda, cargada y casi cortajeada del rencor:

‑¿No lo sabía? Es carnaval. Pero ahora, hoy por hoy, casi nadie se acuerda. Mírelos. Siempre habrá locos, claro. Dicen que son bohemios. Ellos dicen. Bohemios... ¡Por favor! Son payasos. Se ponen antifaces y salen a la calle vaya a saber de dónde. Salen como si fuera nada, lo ve usted, y hasta se ríen de uno. Pero reírse así, hay que tener coraje. Cuando pienso que en treinta y pico de años, treinta casi, ya estaremos rodando por el año dos mil... Pienso en eso y miro todavía estos payasos y el mundo, le juro, entonces me parece de verdad una locura. ¿Se hace una idea usted? Pero mírelos. Es ya martes, por suerte. Mañana los payasos archivarán sus trajes. Esta noche se acaban.

         Confundida he mirado. La mujer ya había terminado de doblarse, estaba de rodillas y el hombre le arrancaba la peluca, la mostraba chorreando mientras su otra mano empuñaba aquel pomo que seguía vaciándose ahora en una calva cenicienta. Creo que la mujer lloraba. No he podido saberlo, sin embargo. Un tercero ha irrumpido en aquel cuadro, una especie de viejo, quiero decir un hombre de edad indiscernible cuyos torpes anteojos apenas sostenían una nariz deforme, unos bigotes rígidos. El hombre ha ocultado con su cuerpo a la mujer, nos ha mirado, se ha reído de mí, de nosotros, y jugó a amenazarnos con señales obscenas. He intentado apartar la mirada de la escena porque he sentido miedo. Traté de mirar lejos, el confín de la tarde, y me hundí en una bruma donde no había nada sino las pulsaciones de mi sangre. Debí advertir, entonces, que yo nada miraba, que en realidad seguía con los ojos apretados, lo que era peor aun, y he hecho un nuevo esfuerzo, más consciente, un esfuerzo exitoso y despegué los párpados, miraba alrededor, me tuve que hacer cargo de que sentía mied miedo de mí. ¿Había, yo, hablado? ¿Había dicho, yo, en voz alta lo que creí pensar? El hombre se aferraba del volante con cierta crispación, a veces le era forzoso detenerse, detener la marcha y esperar, y entonces esperaba pasando alguna uña sobre la superficie del volante, lenta, ansiosa, prolija, o dando golpecitos con la punta de los dedos mientras juntaba los labios como para soplar alguna sorda melodía. Tenía una camisa verde que procuraba ser signo de trabajo y a la vez de pretendida distinción, el pelo de la nuca cuidadosa y abruptamente recortado, seguramente recortado siguiendo un hábito contraído en la niñez, el perfil tenso. Ese hombre alejado, ahora tan atento a cualquier incidente que tuviera que ver con el manejo, acababa de hablarme. Yo he abierto los ojos pero nada he visto, nada, fantasmas quizá, siluetas quizá, y el asfalto a lo largo, un ventanal con rejas pero yo nada he visto, quiero decir que antes de haber visto nada tu imagen ha irrumpido en mí de nuevo y me ha cegado sin que yo lo consintiera: estabas en la pieza, ante el desorden, caminabas adentro con un gesto en verdad desconocido, tus sentimientos eran confusos y tal vez inconfesables, había abandono y soledad y también algo que preferías no explorar, alivio, desapego, era como si te aproximaras a los límites de esa revelación tras la cual no podrías sino reconocer que lo que llamábamos amor no era sino un suspenso de la lucidez, ansiedades diversas, una incierta ficción para uso de adolescentes, tal vez sentías vergüenza en nombre de los dos y también un dolor turbio, inmanejable que ahora empezarías a sobrellevar. Te parabas en la pieza, ante el desorden, y el dolor estrechaba tu garganta, dilataba tus ojos, te daba esa mirada que tampoco conocí, he imaginado tu ansiedad, te he imaginado parado y después caminando como si no terminaras de llegar, te he imaginado doblado ante el mensaje: "Al fin me he decidido a acabar este juego doloroso. No pude resistirlo. Y tampoco he podido ahorrarte el desorden de las cosas. Perdóname otra vez, ya la última, amor." Pero te doblabas sobre el mensaje y veías que la palabra amor estaba cruzada por una doble tachadura, ahora era claro para vos que podías leer esa palabra sólo porque quien la había escrito había sido presa de vacilación, porque no tuvo fuerzas para hacerla desaparecer enteramente bajo las tachaduras, porque había tenido, en fin, esa debilidad o esa astucia de último momento. Te doblabas sobre el mensaje y al instante sentías ganas de llorar, te compadecías, te he imaginado demorándote en la autocompasión y nada pude reprocharte, tenías esos ojos de niño castigado y repentinamente te deseaba, me aferraba al asiento, aspiraba el olor del tapizado y te deseaba, irresistiblemente deseaba borrar esa mirada de tus ojos. Luego el auto ha frenado sobre una bocacalle: pasaba la gente, el hombre del volante debía cederles su lugar y eso le provocaba una sorda crispación, yo diría mejor que lo humillaba. Gente en silencio, gente que al parecer salía de un recinto en el que hubieran pasado algunas horas de tensión, concentrados sobre algo que aún era preciso comprender: el cine quizá, algún complejo rito, una lucha mortal entre dos bestias de furia silenciosa que se golpearían con toda aplicación, exhaustas y sangrantes, hasta que un estertor les anunciaba que alguna de las dos entregaba su cuerpo al enemigo y que entonces el público tenía que aplaudir. El hombre del volante no ace­rtaba en sus intentos de distraer la espera: buscaba algo en el tablero, algo en la radio, tiraba de un botón, le daba golpecitos con los dedos pero era ya visible que la radio del auto estaba descompuesta, era visible que estaba descompuesta desde hacía ya tiempo y el hombre lo sabía y perseguía algo negado de antemano, quería distraerse de mí y de aquella gente, se reprochaba la mudez del aparato, se castigaba en público por su propio indolencia pues él y sólo él era el culpable de ese estado de cosas. El hombre ha dejado de insistir, se ha dado momentáneamente por satisfecho con aquel espectáculo que mostraba de tal modo su culpable indolencia y me ha buscado con los ojos por el retrovisor. Yo he simulado preocuparme por la valija, he desabrochado su correa y la he vuelto a ajustar, me he sentido acorralada. La gente ha terminado de cruzar la bocacalle pero el hombre ha debido esperar a que pasara una ambulancia turbia, equívoca, que avanzaba a muy poca distancia de la gente con los vidrios cerrados y a la que la gente miraba con recelo. He visto una mujer agachándose a recoger su hijo. He visto que se agachaba con una prisa que no consiguió disimular y que alzaba a su hijo y lo apretaba contra su cuerpo oscuro y apresuraba el paso. He visto que era joven y eso ha sido lo último que he visto porque el auto ha partido nuevamente, se notaba que el hombre del volante estaba lastimado por aquel tiempo inútil que debió sobrellevar, sobre todo porque el ritmo de la marcha había tenido que quebrarse y la quiebra había hecho de él un ser inerme durante unos momentos. Ahora estaba mejor, avanzaba, ahora podía dejarse expandir sobre el asiento y acomodar la discreta amplitud de sus espaldas, estaba mejor porque avanzaba pero la contrariedad no lo había abandonado, sobre eso era necesario conservar la lucidez, la contrariedad encontraba en ese avance una forma de distensión pero en lo fundamental seguía intacta. Yo he sentido que el aire era más fresco y he debido cerrar la ventanilla. Ahora la visión se empañaba levemente y las ramas contra el sol y hasta las casas se volvían menos nítidas pero también más doradas, difusamente encendidas. Yo te he imaginado en el desorden de la pieza, te he imaginado doblado sobre un papel, he imaginado una lágrima deslizándose así, dorada y silenciosa. He visto los girones de una máscara, el ojo inmenso colgando de unos hilos telefónicos. He visto una figura de mujer, de hombre o de mujer, a la distancia y sobre una explanada de cemento. Su cabello era verde, eso se veía mejor conforme me acercaba con el taxi, y que miraba hacia abajo entre sus piernas, agachado, agachada, ocultando su rostro. Tenía un amplio traje de papel y lo rompía abajo, entre sus piernas, entre unas piernas que eran cada vez más largas, más abiertas, y se arqueaba, simulaba pujar, simulaba tirar de algo que resistía en el fondo de su vientre. Yo hubiera preferi­do estar en otra parte. Luego, pero creo que bastante después, ha levantado al fin la cara y ha mirado. Ha mirado bruscamente en el momento mismo en que el taxi pasaba frente suyo, me ha mirado a mí, me ha mostrado una cara aplastada y sanguinosa y tenía en sus manos una muñeca rota, creo que una muñeca. Se ha burlado de mí con una saña que yo no podía tolerar, me ha hecho tanto daño, he querido asociar esa imagen con la de la última mujer agachándose a recoger su hijo y apretándolo contra su cuerpo oscuro, me he esforzado de verdad pero no lo he conseguido. Otras imágenes llegaban a mansalva y se instalaban, pasaban ante mí, sin defensa posible he recordado cosas, tantas cosas, he recordado el atroz episodio de un aborto donde hubo tanto desconcierto y juventud, discusiones inútiles, cobardía, egoísmo, una tarde de invierno en una salita que tenía paisajes y geranios, resignados los dos, exhaustos y a la espe­ra de la mujer canosa que llegó con un mínimo retraso y sonreía mostrándonos su inteligente comprensión y me llamaba "hijita" y acomodó mi cuerpo ya no sé sobre qué, me acomodó y metió sus manos, metió y escarbó, se detuvo varias veces para dar tiempo a que me serenara y a mi vez comprendiese que todo era tan simple, escarbó y tironeaba y arrancó y yo no vi sus manos pero quedé vacía, vacía como ahora.

         Recordar esas cosas. Sentir que viene a mí lo inabarcable. In­temperies. Calles vaciándose. Plazas donde los bancos se han llenado de hormigas. No ha sido un ejercicio saludable, no, me ha llevado a las lindes del peligr he estado a punto, quiero decir, de dejarme quebrar por los sollozos. Ya sentía el ardor, y el ahogo, unas lágrimas prontas y pesadas. Sollozar a esa altura y ahí, sobre ese asiento, era un lujo impensable o más bien el final de mi carrera. Por lo tanto he buscado hacer algo, he actuado con una desesperación que no intenté juzgar porque se trataba en verdad de una emergencia, he hurgado en el bolso, me he aferrado del encendedor y he hundido en mi piel mis propias uñas, he apartado cosas, me he puesto un cigarrillo entre los labios y lo he encendido desesperadamente. Afuera había gente que corría en dirección a la explanada de cemento. No eran muchos pero creo que iban para allá y que algo los urgía. He aspirado el humo y lo he tragado, lo he sentido expandiéndose en mi pech una gran bocanada y el ahogo empezaba a salirse con el hum suspender el recuerdo, seguir el movimiento del humo contra el sol, su danza que alejaba aquellas cosas.

         He visto el humo contra el sol: lo cubría un instante, lo envolvía entre sedas que giraban abriéndose y ya enseguida el mismo sol las penetraba y estaban otra vez los edificios y el humo era una pura transparencia. No obstante yo abusaba. El humo comenzaba su danza a centímetros de la nuca del hombre del volante. Me arriesgaba a causar otra perturbación. Me he resignado a sacrificar el espectáculo, he abierto la ventanilla, lo he hecho despacio, he sentido el aire, su frescura, lo he dejado llegar hasta mis brazos, he visto cómo el humo se abría hacia la tarde ahora ya sin peso, he imaginado el otoño que pronto cubriría la ciudad, sus blandas tardes. Otra gente corría, hacían señas, he sentido la tentación de conocer la causa pero me era imposible por completo. El hombre del volante ha dejado escapar una especie de suspiro, ha movido la cabeza, no era un suspiro, era como una risa cargada de desprecio, me ha buscado de nuevo con los ojos. Ya se acabó, me he dicho, a qué hacer señas, ya todo es tan inútil.

         He visto un chico sobre una bicicleta: acababa de salir de una de aquellas casas y trataba de alcanzar velocidad, esforzaba su cuerpo hacia adelante, era evidente que quería ponerse a la par nuestra, quería demostrarse que era capaz de alcanzar ese límite que era entonces el taxi y aun sobrepasarlo y pedaleaba de una manera que en verdad era cómica. Pero el taxi ha doblado, ha doblado a la izquierda y el chico ha continuado sobre la misma calle y he comprendido que nuestras existencias quedaban separadas para siempre. Ahora estaba sola y el hombre del volante hurgaba con sus ojos persiguiéndome, me atrapaba, forzaba o inventaba una complicidad que yo estaba tan lejos de desear. Yo he resistido, he vuelto a sorber el cigarrillo como si nada hubiera, y me he dejado estar sobre el asiento. He bajado los ojos para no mirar otra cosa sino la lejanía, he pensado que el sol bajaba así sobre toda la ciudad, una mirada para la que todo quedaba siempre lejos, he defendido mi soledad y mi distancia pero el hombre ha hablado, el hombre había vuelto a decidirse y de nuevo debía oír su voz a la que había precedido algo como un suspiro, una pequeña risa que cumplía la misión de adelantarme su despreci

         ‑En fin, usted ya lo está viendo. Hay gente que tiene ánimo para salir a la calle a divertirse. Mire. Y en estos tiempos, mire: ¿le parece una forma de pensar? Pobres; parece que no saben que se acabó la risa, que aquí ya no hay payasos. ¿No ha oído las sirenas en la noche? ¿No vio las ambulancias, unas cosas oscuras, autos, gente que entra en las casas rompiendo las ventanas? Es en la noche. Qué saben éstos; éstos van a saber en el momento en que lleguen y los metan en vereda. ¿Acaso no lo ha visto?

         He juntado mis fuerzas porque debía resistir. He tirado el cigarrillo lo más lejos que me ha sido posible, he dejado que el humo se fuera lentamente de mi boca. Me he tomado el tiempo. He pensado que mi voz debía ser rotunda pero también calmada. He hablado con calma, he mirado su nuca y también más allá, a través del parabrisas, le he dich

 ‑Sí, autos: creo que sirenas también. He oído que se habla de esas cosas. Pero no me interesan, francamente.

         Se lo he dicho con toda claridad, con toda calma, y el hombre ha tenido que convencerse de que su empresa era ya a esas alturas un fracaso. Te he recordado llegando en plena noche lleno de odio y también de temor por lo que habías visto o habías presentido; he recordado sobre todo una noche, juntos, una alta noche: alguien, despavorido, salió de las tinieblas y cruzó ante nosotros: no había terminado de vestirse y su respiración se oía a varios metros, quemaba; al instante se hundió en la oscuridad y en los días siguientes esa imagen volvía sobre mí, el ruido de esa respiración entre las sombras, la seguridad de que lo atroz había comenzado su tarea. De cualquier modo me he hecho comprender. El hombre se ha encogido brevemente, ha dicho algo para sí, me habrá incluido en su lista, sé que hubo silencio.

         He observado la tarde alrededor, el sol contra unas tejas, unas paredes lisas, y rosales, y alguien que saludaba hacia adentro de una casa como si pidiera entrar o se estuviera despidiendo. Una mancha de sombra sobre el costado sur de un campanario. Una sombra afilada, veloz, que no podía confundirse con la sombra de un pájaro. La sombra de un avión, pensé, pero ya el campanario había salido del espacio que cubrían mis ojos. ¿O un pájaro, un pájaro muy grande? He evocado un pájaro, pero un pájaro comiendo de mi mano. Creo que fue ése el momento en que he sentido que el ardor regresaba y me ahogaba, creo que estaba envanecida por mi triunfo reciente y que ese triunfo me había llevado a confiar con exceso en mi débil resistencia, a bajar la guardia, quiero decir, y ahora nuevamente estaba a punto de dejarme arrasar por los sollozos. Me he dado, no obstante, un momentáneo espacio para la reflexión. Mi resistencia era débil, ciertamente, pero en compensación había aprendido a utilizar ciertas astucias. He organizado, entonces, la defensa, un programa de tretas recurrentes. Me he imaginado que las campanas atronaban la ciudad, lo he deseado con todas las fuerzas de que entonces podía disponer; me he movido sobre el asiento; urdí una pequeña tos como si estuviera preocupada por aclarar mi garganta, en fin, he utilizado lo que tenía a mano. He vuelto a ver la sombra ahora sobre un techo y para entonces sabía que se trataba de un helicóptero que sobrevolaba la ciudad y sobre todo sabía que el peligro acababa de pasar. Pero he sido prudente, me he concentrado sobre la marcha del taxi y hemos andado así, en silencio y rodeados de la tarde. Hemos cruzado una calle que me fue tan extraña y donde el agua bajaba derramándose, hemos cruzado otras, hemos pasado delante de un almacén donde había unas bolsas y unos hombres alegando con demorada pasión, hemos dejado atrás una plazoleta, hemos andado aún algunos tramos y yo supe por fin que estaba cerca la esquina que buscaba. Y yo he dicho por fin:

 -En la esquina, señor, en esta esquina. Me bajo aquí.

         Se ha detenido el taxi y el hombre no ha mostrado el menor gesto que indicara que planeaba ayudarme con la valija y en consecuencia he debido yo sola emprender nuevamente la tarea. La he empujado un poco, la he arrastrado otro poco, la he dejado caer sobre la vereda, he cerrado la puerta, me he dispuesto a pagar. A qué lo negaría: te he necesitado ahí. A lo lejos se oía el zumbido de un motor mezclándose a los ruidos de la tarde. Me costaba buscar el monedero. Si estuvieras, pensé. Le he dado un billete al hombre y he esperado, parada ahí, oyendo ese zumbido que por momentos parecía otra cosa, estúpidamente parada con la mano tendida. El hombre ha buscado a su vez, ha demorado, nerviosamente ha amontonado monedas y las ha envuelto con algunos billetes. Lo he oído hablar, he oído que mientras depositaba ese pequeño bulto en mi mano tendida hablaba con una violencia que no quería ya disimular.

 ‑Tome su vuelto; cuéntelo. Ahí va hasta la última moneda. A cada cual lo suyo, digo yo, y a cada cual su suerte. No me quedo con nada; cuente, cuéntelo. Yo no quiero propina de payasos.

         Lo he mirado, aturdida. Una delgada cicatriz le partía una ceja. Respiraba por la boca, con ansiedad, separando los labios a un costado. No era feo, era sólo repugnante. Me he quedado mirándolo aturdida y eso lo ha incitado aún, he debido preverlo. El hombre me ha gritad

 ‑¿A quién vas a engañar, decime, a quién? ¿Por casualidad no te paraste delante del espejo? Enseguida uno ve todo, uno sabe mirándote la cara: has metido el disfraz en la valija y ahora andás así, a la fuga. ¿Me creías idiota? No te vas a salvar. Buscás donde esconderte pero yo te lo dig no te vas a salvar.

         Creo que ha gritado eso o eso es al menos lo que he podido reconstruir de sus palabras. Ha gritado eso o algo parecido a eso, estoy segura. Luego el auto ha partido. Yo me he quedado ahí sin comprender, vacía. La tarde declinaba; durante unos momentos no he podido sentir otra cosa que ese suave, doloroso declinar. La marea de ruidos se había retirado. Me he reconstituido, sin embargo, después de unos momentos he vuelto en mí, intacta. Había varios hoteles en la cuadra. Me he dicho que debería elegir uno cualquiera, el más próximo, y probar. Alrededor la tarde declinaba, cómo no recordarlo. La luz. Esa luz. ¿Qué había en mí, qué había entonces más suave que esa luz?

         He ejecutado mi propósito; he probado con calma en algunos hoteles; quiero decir: he entrado a algunos, he preguntado precios y comodidades, me he formado una impresión. No eran muy sórdidos, eran más bien impersonales, levemente pretenciosos y de un gusto que resultaba para mí lo más difícil de afrontar: alfombras violetas, paredes empapeladas, cuadros horrendos sobre el papel horrendo, quebraduras, manchas, floreros poligonales de una loza brillante y amarilla, ergu­idas flores de plástico, ya se sabe. He recordado nuestros hoteles de dos horas, hoteles de estudiantes situados en un tiempo que ya no tendré con quién rememorar. He recordado sobre todo el primero, ese hotel para parejas, como entonces nosotros, que llegaban a pie y pagaban contando las monedas. Promediaba el otoño y casi hacia frío pero el aire doraba las horas de la tarde. Promediaba la tarde. Entramos a una pieza desvaída: crema el techo, las paredes de un rosa macilento; había hacia un costado un lavatorio turbio, cor­tinas que comenzaban a desflecarse, un infantil helecho ‑dig alambres forrados de papel, esquinas rotas‑, espejos a los que ya nunca se hubiera podido desempañar. Nos miramos sonrientes, complacidos y cómplices y situados en la mitad de la aventura, el ardor en la piel. He recordado nuestra excitada satisfacción por ese antro que alentaba en nosotros perversiones menores y nos llevaba a imaginar enlaces favorecidos por la turbiedad, intercambios prohibidos y triunfantes, que ponía, quiero decir, que ponía o que entonces sentimos que ponía el sabor de la clandestinidad a disposición de nosotros. He recordado que contrajimos el gusto de jugar a la pareja clandestina y casi lo adoptamos, que más tarde, en los viajes, llegábamos a los hoteles fingiendo turbación y ensayando conductas visiblemente anómalas y una vez conseguimos que el hombre soñoliento que cruzaba los brazos detrás de un mostrador reaccionara primero contrariado y al final ya iracundo golpeando con su puño la madera y gritándonos que aquél era un hotel para familias. Oh entusiasmo, oh inocencia. Pero esa pieza rosa era un bello recuerdo entre nosotros, un recuerdo querido y preferido y ahora una tristeza, un agujero. He pensado todo esto, he recordado sin dejar de poner la debida atención a mi tarea. He entrado y salido, he cruzado la calle porque las circunstancias así lo requerían, he afrontado lo que había que afrontar. Luego me he decidido. Cansada he elegido acaso el peor de todos pero eso era un detalle irrelevante: yo había probado, yo había preguntado, yo había desechado y preferido y aquello era bastante, diría que era más de lo que hubiera esperado de mí misma.

         He tomado mi decisión y un muchacho ha recogido mi valija y ha salido delante de mí indicándome el camino y me ha conducido a lo que durante las próximas horas sería mi morada. Ha abierto la

puerta y no he querido ver, he bajado los ojos y he pasado. Algo ha caído sobre mí, ha sido obligatorio que recordara a Eliot: Porque no espero una vez más volver/ porque no espero. Porque me he dicho, entonces, que nada debo esperar. El muchacho ha salido y ha entrado y luego ha vuelto a salir no sin antes asegurarme que sus servicios quedaban a mi disposición. Yo he caminado por esa pieza ajena, silenciosa, parecida nada más que a una pieza. He levantado la valija y la he colocado junto al ropero. He abierto una hoja de la ventana para aprovechar la última luz. Me ha dolido, todo ello me ha dolido, por qué lo negaría. Me he dejado doblar sobre la cama, me he encogido hasta que mi cabeza encontró su lugar en mis rodillas. No he llorado. Me he quedado en silencio, casi sin respirar, simplemente con los ojos cerrados. He oído pasar frente a la ventana a un grupo de personas. Personas jóvenes y con un entusiasmo sigilos hablaban de una fiesta en la que ellos cumplirían un papel relevante, reían con pasión pero tratando al mismo tiempo de sofocar cualquier estrépito; alguno, al parecer, se había retrasado inflando un globo y los demás lo urgían; llevaban cascabeles, o pequeños cencerros o pequeñas sonajas, algo que a cada paso instalaba en el aire un diminuto escándalo de sonidos brillantes. Los he oído. He oído que doblaban en la esquina y que luego el silencio los tragaba y a mí me devolvía la sensación del cuerpo. Me he quedado encogida, rodeada del crepúsculo. ¿Qué era entonces el mundo para mí? Lejanía, cosas calladas. He permanecido así nada más que unos pocos momentos y me he levantado, he empujado mi cuerpo y he com­enzado a desarmar la valija. He fumado. He fumado mucho, sobre todo sentada en la cama, abiertos los ojos; y era dulce la entrada de la sombra, la ingravidez, el humo que expulsaba con mi boca y se hacía invisible de inmediato, giraba alrededor, anónimo, secreto, la sombra por cuyo imperio era todo materia de olvid cosas, cuerpos, mi propio cuerpo. Era dulce, inofensivo al menos, y vos te habías vuelto tan lejano a mí, tan remoto que ya no dolías y en consecuencia podía dejar que los recuerdos fluyeran y giraran casi sin sobresalto.

         He recordado entonces, me he dejado recordar. Han llegado sin orden las imágenes y las imágenes reiteraron, al comienzo, sin

que yo lo consintiera, escenarios a los que la sombra, piadosa, debió también hacer entrar en el olvid lugares de abandono donde el viento silbaba tristemente, árboles sumergidos, un perfume manando en la intemperie, cenizas, habitaciones rotas y lámparas caídas. Pero no, era cuestión de insistir, no era así todo, había aquello por lo cual valió la pena todo, había dulces, adormecedores recuerdos, había lentas, intensas noches de amor. Me he hecho el propósito de insistir, me he dicho que hubo aquello, en verdad, y que aquello era ahora lo único importante. Me he dicho que diré: había dulces, adormecedores recuerdos, largas, intensas, interminables noches de amor: nosotros anudados en la oscuridad sintiendo que la respiración se escapaba de un cuerpo para ingresar en otro, nosotros bebiendo en la oscuridad un brebaje encantado que haría que la fuerza del amor nos arrebatara para siempre, nosotros aquietados al borde del amanecer, el cuerpo vagamente entumecido, el cuerpo frente al mundo que era sólo un murmullo que fluía a lo lejos, el cuerpo frente al sueño. Oh suavidad entonces, oh caricias. La vida era esas frondas, esa espesura ardiente, decisiones, fervores. Y esa hermosura trémula que apenas nuestros cuerpos contenían. Veranos. Había los olores del verano, las inflamadas tardes, las tormentas en medio de la tarde y después el crepúsculo, allá, los más hondos crepúsculos, olores que he sentido, vapores, silenciosos relámpagos y las nubes abiertas sobre los edificios. Crepúsculos. Altas telas bajando sobre árboles mojados. Y viajes. Viajes también: trenes de la primera hora: partidas. Diré: hubo esos viajes, el aire helado abriéndonos la piel, las manos tuyas que entonces calentaba entre las mías. Y diré: amigos. Sobre todo hubo amigos, la hermosa gente de uno, amores, claridades, vastedades secretas.    

         Hubo amigos: ese largo capítulo que nunca acabaré de repasar. Al principio ardían velas sobre las repisas y antes de sentarnos a la cena quemábamos sándalo y nos descalzábamos y poníamos música de Haendel. Oh intimidad, oh fácil y querida sofistificación. Después hablábamos tanto, hablábamos hasta que la sinceridad nos embriagaba, después apagábamos las velas y oíamos la música tirados en la noche y en la noche buscándonos, había tanto que decirse y callar y comprender, había las palabras que nunca pronunciamos porque eran más intensas que nosotros, había eso, esas cosas calladas y flagrantes, el orgullo de ver llegar el alba desparramados sobre las camas o sentados en el suelo entre restos de vino y de café, el amanecer gris, el amanecer violeta, el amanecer naranja, el amanecer, diré el amanecer, esa hora de grandes revelaciones en que las cosas hablan un lenguaje fugaz y precioso, imprescindible para comprender el mundo, para completar el amor. Había eso y había siempre más, y había sobre todo la íntima promesa que era entonces la vida, un esplendor que comenzaba a gestarse, una plenitud que estábamos en tren de descubrir, un deslumbramiento que ya despuntaba, amigos, queridos amigos de entonces, un largo cigarrillo caliente del que pitábamos todos, un mate de mano en mano sorbido en la oscuridad y cuyo sabor tardaba en irse como nuestra adolescencia, un tiempo que nos unía y reunía y maduraba y en el que nunca había prisas sino la despreocupada seguridad de que para él estábamos predestinados, traviesos y crueles amigos, saber ahora que nada se nos exigía realmente, heroicos amigos hechos para vivir en un mundo donde todo acontecer es un suceso extraordinario, oh ilusión entonces, oh dispersión después, pensar ahora que en un sitio del tiempo estamos juntos, jovencitos, resplandecientes y al comienzo de todos los caminos, alegres o sufriendo de un sufrimiento que nos volvía más hermosos, seducidos por pequeñas amoralidades, entendidos en las cosas del espíritu, sagaces, admirables. Amigos: hermosa gente de uno. Gentes lejos de aquí, de ahora: dormidos en la arena mientras el fuego aún no se ha apagado y el agua está corriendo cerca, entre las sombras. O más lejos aún, años más lejos (hablo en la iniciación, antaño, esos reinos que fueron más ardientes) celebrando los ritos de amor y de anarquía, apartados, rabiosos contra todo y conspirando en aquellos lugares no muy recomendables que fueron el albergue de los otros, de los amigos que vos apenas conociste y que nunca lograbas aceptar porque al fin y al cabo tenías tus principios y esa gente, esos hermanos míos, era pródiga en debilidad y era fiel a sus vicios. Ellos también, ellos también, ese reino barrido, aquella gente. Cuesta remontar el tiempo, cuesta manejarlo como un fotógrafo en su laboratorio frente a una cinta de celuloide: hay amores, festejos, luminosas imágenes; y también hay dolores, traiciones, desaliento, retirada en desorden. Cuesta, yo me he dicho que cuesta porque debo ver un tiempo en que los amigos ya no están y nosotros ya casi no evitamos la facilidad de hacernos daño, debo ver una tarde sobre todo, debo verte agobiado, enfermo de frustración, debo verte sentado frente a mí sin levantar los ojos para no leer lo que seguramente en mis ojos ya habías visto escrit que no, que el juego así no era, que perdimos porque alguien hizo trampa. Debo ver varias veces esa imagen y nuestra pobre lucha: a veces te decidías a levantar los ojos e iniciar una caricia, restaurabas viejos gestos, prometíamos sentirnos mejor, buscar salidas, terminábamos hablando del país, este lugar culpable, único, este amado lugar donde todo está mal hecho; hablábamos de la sociedad y de sus víctimas, hablábamos de nosotros, víctimas de víctimas, nosotros, gente dispuesta para un mejor destino, desperdiciada gente que no ofrecía otra cosa que el talento y no recogía otra cosa que la incomprensión. Eran intentos frágiles, lo comprendo, distracciones, me he dicho que debo comprenderlo aunque quizás sea tarde y sea vano, me he dicho que nuestros argumentos eran pobres astucias de gente perdedora, me he dicho que nada debo decir, que la vida son historias que empiezan y terminan, me he dicho que al final nuestras vidas no son sino los ríos que van a dar a la mar. Me lo he dich nuestras vidas, nuestras pequeñas vidas no son sino los ríos que van a dar a la mar o ni siquiera es ríos extraviados que se pierden en algún arenal, siempre al crepúsculo, o en algún desierto de cariadas rocas. Me lo he dicho con toda seriedad, profunda, reflexivamente. Cuánto pasado había en mí. Cómo ahora los días giraban y volvían y yo no era otra cosa que esos días. Ahora, arrinconada, ninguna otra cosa había en mí: ni una sed; sólo memoria. Arrinconada.

         He abierto los ojos y he tratado de ver y he visto que ya estaba en plena noche. Voy a quedarme así, me he dich sin ver, sin escuchar un ruido que no sea el de mi respiración, sin otra presencia que el peso de mi cuerpo sobre una cama que no es mi cama. Y me he quedado así, en efecto, durante unos momentos, y era todo lejano. Luego he oído una sirena: venía desde afuera y el ruido se movía a ras del suelo y era un ruido reptante y sofocado. Luego he oído un vehículo frenar, no sé si el mismo, no sé por dónde, pero el vehículo frenó y había como gente que escapaba y yo he sentido una especie de pavor, yo he retrocedido en la cama y he aplastado mi espalda contra la madera y me he quedado en esa posición hasta que los ruidos desaparecieron por completo. He buscado a tientas la perilla de la luz, he intentado varias veces y la luz se prendió y entonces me vi sola en esa pieza. Vi la valija: continuaba en el suelo, semiderramada. Me he parado, he caminado un poco, he tratado de reconocer algunas cosas, quiero decir de entablar con ellas alguna relación. Había una mesita opaca, desnuda, no demasiado endeble, y una silla arrimada a la mesita. He pensado que sobre esa silla alguien podría sentarse y escribir, en soledad, ajeno a todo, noches y noches, oyendo nada más que los ruidos de su cuerpo, acaso su ansiedad, su ansiedad incesante, y el correr de la pluma. Era tentador. Remoto, melancólico, escribiría sin cálculo y sin esperanza una historia lenta, minuciosa, grave, siempre rodeado de la noche, ahí, en ese hotel, y de tanto en tanto se sentiría oprimido, levantaría la cabeza, entregaría los ojos al vacío durante unos segundos y otra vez volvería a su trabajo. Se quedaría, quizá, en ese hotel para siempre pues su vida no sería ya sino es noches y una larga memoria.

         ¿Pero podría en ese hotel, quiero decir en un hotel cualquiera, podría alguien sentarse y escribir olvidado de todo sin sentir el agobio, la opresión que no deja y en torno, siempre, la noche, lo siniestro? Me he hecho esa pregunta y he vacilado y he terminado por contestar que no. He estado atenta, he oído carreras en la noche, deslizamientos, me he representado el hotel, un hotel cualquiera, y he estado a punto de estremecerme, o más bien me he estremecido. Me he estremecid no cabía otra cosa en aquella circunstancia.

         Los hoteles, es claro, son siniestros, sobre todo siniestros en la noche. Hay como un acecho, como una presencia malsana y sofocada en los pasillos. Hay un comedor prolijo y silencioso con alguna silla corrida, con algún mantel recién manchado. Hay gente que abre puertas y sonríe y saluda débilmente. Hay hombres tristes de mirada lasciva. En las habitaciones se camina con pasos cuidadosos o se abre las camas y se permanece ante ellas con los ojos ausentes. Se está ausente de todo. Una se mueve en su pieza, se mueve entre el ropero, el espejo, el lavatorio, y le gustaría oír que alguien grita, que alguien está vivo en algún lado, y le gustaría gritar a una misma, gritar o por lo men­os levantar una mano y apretarse la boca. He pensado así, he hecho eso. Me he movido en mi pieza y era como si me alejara. He fumado mirándome al espejo, imaginando una sonrisa ante el espej he fumado sentada en la cama, doblada sobre la valija. Era raro; era como estar en otra ciudad, como sobrevivir a millones de kilómetros, en un sitio desde el que casi no podía recordarte. He necesitado un esfuerzo para recuperar alguno de tus rasgos familiares. He querido imaginarte parado ante el mensaje pero era un esfuerzo de verdad inútil y hasta casi ridículo. Nada he podido. He tratado de pensar en papá. He imaginado que podía escribirle una carta, que debía tal vez, pero nuestra historia era ya a esas alturas algo tan irreal, tan desvaído, que hubiera sido como emprender un ejercicio fuera de todo género. ¿Cómo iba a decirle "papá, no separamos, ocurrió lo que sabías, fui yo y ahora no sé cómo, desde hace tanto tiempo estamos separándonos, nos amábamos tanto", cómo iba a hablarle de esta historia confusa que, bien mirada, era confusa sólo por el enorme peso de su trivialidad? Imposible. He pensado abrir la puerta y aventurarme por la ciudad nocturna, pero la ciudad era ahora, a esta hora, el escenario donde lo atroz expandía sus redes de infortunio. Nada que hacer, me he dicho, estás aquí, estás en esta pieza y no hay más que esta pieza donde estás desarmada.

         Me he soltado el cabello y he mirado mi sombra dando vueltas callada en las paredes. He mirado mi rostro cruzando ante el espejo. Pero el papel de las paredes era en verdad demasiad el fondo ocre, algo como racimos de un tono amarillento, algo como tallos, como hojas, en fin, motivos vegetales. Estaba casi intacto, con los bordes pegados por alguien que sin duda dominaba su oficio. Sólo algunas burbujas en pequeños sectores, algunas depresiones y rugosidades que eran defectos atribuibles a la propia pared. Manchas lineales producidas por el roce de los muebles. En suma: un ornamento horrible y de probada consistencia. He pasado mis uñas por los bordes del papel, pacientemente, y he rasgado y tirado, le he hecho todo el daño que me ha sido posible. He conseguido deteriorar una esquina casi por completo. Me he sacado un zapato para darle mayor eficacia a mi tarea: he manchado y golpeado y empujado. Luego he ido hasta el bolso en busca de una lima de metal. La he buscado también en la valija, entre mis cajas. No he podido encontrarla. He sacado la pasta de los dientes y la he ido vaciando mientras la pieza se inundaba del olor. He fregado la pasta con la suela del zapato y he formado una baba resistente, lodosa, cortada por estrías blanquecinas. He escupido y he fregado de nuevo y machacado.

         Me he sentido después bruscamente cansada. He caminado hasta la cama, he abierto las sábanas pero he vuelto a cubrirlas de inmediato. He desplegado una toalla para tapar la almohada y me he acostado encima vestida como estaba, frío ya el pie descalzo. Luego he buscado la perilla, he apagado la luz, he cerrado los ojos, me he tapado la boca, me he encogido. Había silencio alrededor. Silencio en la extensión del aire y de la noche, en el fondo del mar. Me he tapado la boca y he dejado que los sollozos subieran y estallaran. He sentido que los sollozos estallaban sin remisión, he temido que se oyeran en la noche. No sé, no sé lo que he hecho. Me he metido la toalla entre los dientes, he apretado la mano y los sollozos crecían y crecían, destrozaban mi vientre, astillaban mi pecho, mi garganta.

     No sé cómo decirlo. Me dejaba sollozar pero al mismo tiempo vigilaba los sonidos, ahogaba, rompía. Tal vez haya gritado, no lo sé, sacudía mi cuerpo, me inundaba de mocos y de lágrimas. Creo que he sollozado mucho tiempo, que me sacudía, que mi cuerpo, ajeno a mí, se sacudía. He cruzado un espacio incalculable y al final, gradualmente, esa angustia cedió, fue cediendo, mi pecho se aquietaba, retornaba su ritmo y los ríos volvían a sus cauces sosegándose. He dejado de sollozar. He continuado solamente llorando. He llorad después de tanta angustia, del furor, del destroz he llorado. Ya sin contrariedad, sin autocompasión, sin miedo ni esperanza. Simplemente he llorado hasta que el sueño se hizo cargo de mí para borrarme.

 

                                                                     * * *

 

EL SERMÓN DE LAS SIETE PALABRAS

 

Señor, yo no soy digno

La primera vez fueron sus golpes poderosos, fue su nítida voz en la mañana; fue también mi respuesta todavía indecisa:
-Todo intento es inútil, señor, porque yo no soy digno.
En la segunda vez me llamó del mismo modo pero ahora la fuerza de sus golpes llegó para indicarme que estaba calculada mi respuesta, que estaba calculada y también desechada como un fugaz equívoco, un ilusorio poder de resistencia.
-Señor, yo no soy digno.
Y tornaron sus golpes y tornó mi respuesta y más tarde, sin duda, debió reconocer que había deslizado algún error al formular sus cálculos porque lo vi llegar, alto en el alba, e instalarse a la entrada con algunos avíos para una breve espera.
-No lo intentes, señor, porque yo no soy digno.
No sé qué persistencia será más admirable, si la suya o la mía. No sé por cuánto tiempo continuará a mi puerta. Sus golpes cada vez se hacen más débiles. Ay semanas y meses y hasta años enteros que no se los escucha. Por eso cada tanto descorro algún visillo y miro fugazmente para verlo perdido en la maraña de pelos y de barbas, agachado entre tarros con restos de comida. Le repit
-Señor, yo no soy digno.
Me es fácil advertir cómo envejece. Ignoro si él percibe que mi voz es cada día más robusta.

 


Por qué me has abandonado

Dejé que su existencia cundiera sobre mí; cubrí su cuerpo con mis propias vestiduras; llevé agua hasta su boca cuidándola en el hueco de mis manos. Y pareció saciarse y se durmió y era un sueño tranquilo ?yo velaba a la sombra de sus párpados? y luego despertó y abrió los ojos todavía nublados y distantes, y luego me miró, y tenía en los ojos esa luz apagada, irrestañable. Debí inclinarme más sobre su frente para oír lo que entonces me decía:
-Por qué me has abandonado.
Le pregunté qué le era aprovechable aún de mí; rogué que dispusiera de los últimos tramos de mi fuerza; mis manos le oferté. Creo que vacilaba pero luego a mis manos accedió; me desprendió las manos y las guardó consigo y se quedó mirando los muñones sangrantes y tenía en los ojos esa luz apagada, irrestañable.
-Por qué me has abandonado.
Le reclamé, le urgí, le pedí con urgencia que me usara del modo que quisiera, que bebiera mis ojos, que tomara mi lengua para limpiar el sitio donde apoyaba el cuerpo, que comiera de mí lo que le fuera más nutricio o simplemente aquello que su antojo pidiera. Que entrara, dije, en mí como en su reino, y que escogiera o que tomara todo. Yo lo vi sonreír. Suavemente sonrió mientras se erguía y aún mientras hacía el primer tajo. Abrió mi cuerpo entero; lo abrió prolijamente y lo miró y era como si vacilara, lo miró y lo ocupó, se expandió por mis miembros y mis vísceras, respiró por mi piel, por mis pulmones, creo que se aquietaba, creo que estaba cerca la tregua que buscábamos; luego filtró su voz por mi garganta y despegó mis labios; su voz era apagada, irrestañable:
-Por qué me has abandonado.

 

Antes que cante el gallo

La marcha había abrumado aun a mis verdugos; pero sólo quedaban aquel último tramo, la casa hacia un costado, entre las plantas, y en el fondo el cadalso como un alto escenario bajo el sol. La arena era una llaga.
Notoriamente recio, inexpugnable, avanzó el oficial hacia nosotros. Se paró, nos obligó a parar; sus ojos aplastaban. Era evidente que ninguna otra cosa le importaba sino aquel espectáculo que armaba con sus gestos de dominio.
-La sentencia le ha sido levantada ?me anunció?. Ese señor, allá ?e indicó brevemente hacia un sitio impreciso como queriendo señalar que indicaba por mera formalidad, que aquel sitio era imposible de ignorar?, ha dado testimonio a su favor. Lo ha reconocido. Agradézcale, pues.
El hombre al que aludía estaba casi de espaldas, casi cubierto por las hojas. Sólo podía ver sus altas botas de montar, pero a partir de ellas logre reconstruir su cuerpo entero, la rotunda cabeza, la fusta entre las manos, el correaje cruzando por su pecho, toda aquella imponencia de la que el oficial era sin duda apenas el reflejo.
¿Qué querría de mí, ahora?
Es cierto que temí que el oficial reconociera vacilaciones en mi voz. Pronuncié con detalle cada sílaba:
-Yo no conozco a ese hombre.
E insté a mis verdugos a proseguir la marcha.
El oficial tardó un instante en reaccionar, tocado en algún sitio vulnerable. De inmediato se puso al lado nuestro y hablo sin detenerse:
-Las palabras de él han sido terminantes. Sabe todo. Ha revelado incluso detalles de su infancia. Exigió sin oír.
El hombre, ahora, se hacía más visible. Había juntado las manos por detrás de su cuerpo en actitud de espera. Pero en lugar de la fusta previsible sus poderosos dedos apretaban un mísero palito con la punta quebrada. La voz del oficial sufrió un leve desgarro. Insistí:
-Yo no conozco a ese hombre.
Empujando ya casi a mis verdugos subía por las gradas cuando llamó de nuevo la voz del oficial. Se diría que estaba aproximándose al solloz
-Anunció que lo espera para darle el abrazo del perdón. Me lo ha exigido a mí; me ha hecho responsable y en nada transigió. ¿Qué he de decirle, entonces?
Desde la plataforma alcancé a dominar todo el paisaje. El sol bajaba ya con suavidad sobre el camino donde habían quedado las manchas de mi sangre. También veía al hombre en cuerpo entero; podía verlo ahora: sus espaldas rellenas con estopas, su nariz de cartón apenas sujetada por un hilo; sus afeites ridículos; ¿en qué nos parecíamos? Abajo el oficial se arrodillaba sobre el último rastro dejado por mis pies:
-¿Qué he de decirle, entonces? ¿Cómo podré mirarlo? Ha ordenado una fiesta para usted.
Es muy cierto que no me conmoví; que nada me importaba ya sino el final.
-Lo lamento ?le dije?; pero no lo conozco.
Y puse con cuidado mi cabeza para abreviar trabajo a los verdugos. Creo que un gallo cantó lejanamente aunque pudo tratarse nada más que del ruido del metal.

 

La paz sea con vosotros

Alguna vez estuve próximo a ese difícil estado que se puede llamar felicidad. Fue en el hospital, en la espantosa época de las curaciones. Dos veces en el día me sacaban las gasas con pedazos de carnes y de coágulos. Y luego removían las heridas empujando hasta el fondo un algodón mojado como en fuego. Yo apretaba la boca a fin de poner freno a los quejidos pero el dolor era tanto y quemaba de tal modo que los gritos se hacían enseguida irreprimibles. Sobre todo en las tardes llegaba yo tan lejos con mis gritos que acababa quedándome sin voz. En las tardes, recuerd era como si la garganta acabara entregándose, sobrepasada ya, impotente y vacía. Una tarde ocurrió: la garganta, recuerdo, ya se había entregado y el dolor no dejaba de crecer. Al filo del desmayo alcancé una vislumbre, sentí, quiero decir, como si hubiera dado contra un leve tabique que mostraba y negaba ese difícil estado. Pero la felicidad estaba ahí, detrás, casi podía percibirse el resplandor. Era cuestión de que las pinzas llegaran todavía más al fondo y yo me mantuviera con los ojos abiertos. Entonces el tabique se derrumbaría y habría aquella luz interminable. ¿Pero quién mantiene los ojos abiertos? ¿Quién entrega hasta el último respiro y aún puede esperar entre las llamas a que caiga el tabique?
Algo parecido sucede con la paz. Yo no la conozco, es cierto, pero un amigo mío que volvió de la guerra solía referirme lo siguiente. Estaban atrincherados, en plena escaramuza. Había que abatir a un enemigo que crecía sin término y era cuestión, entonces, de disparar sin tregua. El enemigo, en realidad, no disparaba, no se defendía, no hacía sino reemplazar a sus muertos y crecer. ¿Cómo vencerlo? Para contrarrestar la pérdida de tiempo que supone el recargar un arma que acaba de vaciarse, el jefe había dispuesto que un grupo de soldados, los de vista más torpe, tomaran a su cargo esa tarea y entregaran las armas ya cargadas y listas a los mejor dotados. Para mi amigo, entonces, la tarea era simple: se reducía a apuntar, vaciar la carga, bajar los brazos, dejar el fusil y tomar el siguiente. El movimiento era tan rápido y perfecto que entre un paso y el otro, o entre un ciclo y el otro, prácticamente no había interrupción. Se tomaba un fusil y se mataba. Instalado en aquella febril continuidad, mi amigo, sin embargo, percibía un extraño desajuste. Se mataba, se acababa la carga, se bajaba los brazos, al instante siguiente se tenía de nuevo un fusil en las manos. Era un instante en el que levemente se aflojaban los músculos del hombro. Apenas un instante en el que mi amigo se sentía invadido por una beatitud que no acaba de describir.

 

Todo está consumado

Después de la agonía de una noche en la que se ha terminado por desfallecer ante la proximidad siempre creciente de lo irreversible, se siente entrar el alba, la cara sobre los ladrillos mojados por las lágrimas, sin alzar la cabeza. Cinco minutos más, una hora más, y se oyen ruidos de llaves y cerrojos. Hombres prepotentes avanzan desde la penumbra. No se sabe cuántos; no se vuelve uno a mirarlos porque ya todo es lo mismo. Entran y vociferan y lo paran a uno y lo maniatan y lo empujan afuera con los ojos vendados. Se siente el fresco del amanecer, pero por los pasos y las voces se conoce que no se está al aire, que se atraviesa largos corredores en sombra todavía. Se avanza como si ya el cuerpo no existiera organizadamente, como si todo se hubiera reducido a ese febril distanciamiento de brazos y de piernas, a ese amargor en la boca. Finalmente se llega hasta un lugar abierto, a una brusca planicie donde el aire se vuelve insoportable y las voces se alejan mezclándose y multiplicándose. Alguien lo apoya a uno contra la pared y le dice palabras que no está en condiciones de entender. Hacia el frente va creciendo el murmull movimientos, protestas, ruidos de armas; también risas. Luego una voz se eleva hasta imponer silencio y entonces ya no quedan sino esa voz y uno. Y este frío cortante y tal vez cerca, dolorosamente, perdidamente cerca, algún rincón pequeño entibiándose al sol. La voz ha preguntado si uno quiere que la venda le sea retirada de los ojos y uno dice que no con la cabeza. Hay silencio y se tiembla. La voz se ha apartado, se levanta, busca otra dirección, va de sílaba en sílaba: ?pre-pa-ren...? Ruido de armas de nuevo. Por encima, a lo lejos, el rumor de un desbande, quizás pájaros. Las venas de las sienes y del cuello; el corazón irrefrenablemente. La voz regresa ahora desde todos los lados y la orden divide brutalmente la palabra: ?aaa-punten...?
Ya se puede pensar: he aquí que está todo consumado; he aquí lo que fue tu porvenir, este dichoso estado de abandono en que el cuerpo respira suavemente.

 


Que alguien arroje la primera piedra

Retrocedió hasta que su espalda se aplastó en la pared; nosotros avanzamos otros metros, las piedras en las manos levantadas, la mirada tendida como un arco. Su expresión no era fácil de escrutar, la boca la tenía casi abierta, los rasgos afilados, expectantes, al punto que diría que aquel rostro era un rostro de asombro. Pero entonces hubo algo ?¿un parpadeo, un súbito temblor de comisuras? ? que indicó que el sujeto quería reincidir en sus discursos, y algo hubo en nosotros esta vez ?¿un lujo, un alarde de fuerza y de firmeza?? que allanó sus propósitos.
Lo que dijo es ocioso recordar. Insistió en su retórica; no hubo frase que fuera novedosa: otra vez la teoría del perdón, el deber de la paz universal, el prometido reino de amor y de justicia. Lo dejamos que hablara y se exaltara; que hablara e ignorara. Concluyó con los labios espumosos, después hubo una pausa, una pausa y miró, nos miró, estaba desencajado, satisfecho de sí, aflojó levemente los brazos y los hombros, las últimas palabras fueron casi un susurr
-Y ahora, que alguien arroje la primera piedra.
Nuestros brazos también fueron bajando. Entonces construimos entre todos un silencio perfecto. El aire comenzaba a refrescar; desde el sur nos llegaba como un ruido, como un olor a lluvia mezclado con ladridos incesantes, lejanísimos. Fue entonces que le vimos aquel gesto con que el hombre indicaba algo más que un alivi ¿es que estaba sintiendo que salvaba su vida, o pensó que nosotros escuchamos por fin y comprendimos, que después de sus trucos había conseguido este milagro, su único milagro verdadero? Algo de eso creyó, seguramente. Por eso se volvió, solemne y suave, como quien pone fin a la jornada.
Esa fue la señal. No hubo primera piedra: todas llovieron juntas sobre su cuerpo escuálido; y fueron enseguida los insultos, esa breve y frenética carrera, el fervor de los gritos y los golpes.
-¿De qué amor nos hablabas? ¿Para quién la justicia? ¿El perdón para quién?
Trabajo ciertamente nos costó desprender hasta el último pedazo de la pared rugosa. En el arrebato, en la voracidad, hubo quienes terminaron quebrándose las uñas, hubo quienes se lanzaron gruñidos con los dientes clavados en el mismo pedazo, quienes se fueron a las manos por una entraña mísera, quienes se atragantaron y vomitaron coágulos.
Lo recuerd yo logré un trozo informe en el que vi mezclados cartílagos y venas. Recuerdo que la sangre, que el sabor de la sangre no era muy agradable.

 

Dad al César...

-¿Eso es todo?- le pregunté, con inútil impaciencia.
El hombre se tomó tiempo para responder. Se sentía cumpliendo grandes gestos.
-Hay algo más- me dijo. Y comenzó a inclinarse.
Atrás, junto a la roca donde golpeaba el sol, la torpe multitud nos injuriaba. Me tendió sus sandalias comidas por la tierra; después se quitó el trapo que le cubría el cuerpo. Quedó ante mí desnudo, inexistente ya, ridículo. Los gritos arreciaban.
-Y también esta carta ?agregó?. Entréguela en persona. Conocerá que la ley fue respetada y estaremos en paz. A cada cual lo suyo.
Me sonrió levemente y me alargó su mano. La ignoré. Puse aquellos objetos en la bolsa y fui hacia mi caballo. El sol era un fastidio, ese peso en la nuca y las espaldas. El hombre, mientras tanto, caminó hasta la roca con gravedad absurda, como si todo fuera previsible y perfecto. Les habló sin sentirse buscado por los gritos.
-Y bien; aquí me tienen. Vengo a darles la parte que les toca y estaremos en paz. A cada cual lo suyo.
Desatando las bridas temblaba de la cólera. ¿Y era acaso por esto que había yo hecho el viaje? ¿Qué negocio era aquello? ¿Qué ganancia obtendría de esos objetos míseros? De pronto hubo silencio. El hombre comenzaba a desprender sus miembros y los iba arrojando. Lo hacía sin esfuerzo y casi con alivio. Monté. Había algunos perros merodeando y una mujer oscura más allá se inclinaba desnudándose un pecho. Retornaron los gritos:
-¿Y qué haremos con esto? ?y blandían un brazo, un trozo de cadera?. ¿Qué provecho dará esta pobre carne?
Atardecía. La noche iba a encontrarme galopando. Repugnado, aliviado, me coloqué el sombrero. La cabeza del hombre habló desde la roca con una voz intacta:
-Pero es la Ley. Yo no tengo otra cosa para ustedes. La Ley debe cumplirse.
Azucé mi caballo. Para avanzar más libre desprendí aquella bolsa y la dejé rodar sobre la arena. Galopando ya en medio del desierto, oía aún los gritos:
-¿Qué ley? ¿Qué ley?

 

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