Y… ¿DESPUÉS DE HUSSEIN?

Han pasado ya muchos días desde la captura, por parte de las tropas estadunidenses, del exPresidente iraquí Saddam Hussein sin que, a la fecha se haya precisado lo más importante: ¿cuál es la estrategia de salida de las tropas de la coalición? Evidentemente Estados Unidos contó con una estrategia respecto a lo que pretendía conseguir a través del uso de la fuerza contra Hussein, destacando, el ascenso de un gobierno “amigable” a Washington y que al mismo tiempo pudiera neutralizar o ayudar a enfrentar a países vecinos hostiles –previsiblemente Irán, bautizado por Bush como uno de los vértices del “eje del mal.” Adicionalmente a estos objetivos subyacen otros no menos importantes, por ejemplo, apoyar la causa contra-terrorista de Estados Unidos; asegurar el acceso a yacimientos petroleros; establecer bases militares; contrarrestar la proliferación de armas de destrucción en masa; y lograr un entorno seguro en beneficio de Israel. Claro, lo que Washington quiere no es reflejo de la voluntad de la comunidad internacional misma que habiendo cuestionado, en general, la guerra contra Irak, desearía que la era post-Saddam Hussein lleve a que ese atribulado país se estabilice y prospere de manera independiente a la brevedad.

 

En este sentido será muy importante que Estados Unidos y sus aliados devuelvan a los iraquíes el control de su país. Los reportes cotidianos que dan cuenta de los soldados estadunidenses y de otros países que mueren por “goteo” en Irak, incluso tras la captura de Hussein, revelan que la inseguridad imperante es un grave problema, pero alertan respecto al riesgo de que la inseguridad sea invocada como pretexto para retardar el retiro de las tropas de ocupación. Es razonable suponer que en la medida en que se inicie la transferencia de poderes y autoridad a los iraquíes, los ataques contra las tropas de ocupación, los organismos internacionales y ciertos líderes iraquíes disminuirán. Pretender que la captura de Hussein dotará de un “bono de legitimidad” a las tropas de ocupación, es ilusorio y, al contrario, las presiones para su retiro crecerán. El problema estriba en que cada vez será más difícil para EEUU y sus aliados, justificar la presencia en Irak.

 

La transición para entregar Irak a los iraquíes deberá reposar en dos premisas: la redacción de una nueva Constitución, conforme a las tradiciones iraquíes, y la celebración de comicios, tentativamente para la primavera de 2005. En los meses que siguen, se requerirán enormes cantidades de recursos para apoyar la reconstrucción iraquí, pero ello se debe hacer sin comprometer las riquezas nacionales de esa nación. Si la propiedad del petróleo de Irak queda en manos extranjeras, es previsible que el rechazo popular a la “coalición” se mantenga o que inclusive crezca. Es necesario contar con mecanismos transparentes que sin lugar a dudas hagan un escrutinio de qué recursos iraquíes son vendidos en los mercados internacionales, qué se obtiene a cambio de ellos y qué manejo se hace de las divisas correspondientes. Para ello debe existir una entidad independiente e internacional ajena a EEUU y la Gran Bretaña que lleve a cabo el citado monitoreo.

 

El trabajo es arduo, pero la fracasada gestión en Afganistán deberá servir como un ejemplo de lo que no se debe hacer en Irak.

Por María Cristina Rosas



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