El 2004 terminó de manera trágica. El 26 de
diciembre, el terremoto de 9 grados en la escala de Richter que se
gestó en la
isla de Sumatra y que generó los mortales tsunamis
cuyos estragos alcanzaron a siete países asiáticos y tres
africanos, cobró las
vidas de al menos –al momento de escribir esta reflexión- 300
mil personas,
además de que produjo una exorbitante cantidad de heridos y
millones de
refugiados y personas desplazadas. Ningún acto terrorista
perpetrado en el
transcurso del 2004, ni antes, ha provocado tanta destrucción,
muerte y
miseria. De hecho, la furia de la naturaleza hace ver a Osama Ben
Laden, a al-Qaeda y a cualquier criminal como
seres muy pequeños. Paradójicamente, el presupuesto que
canalizan las naciones,
especialmente las más prósperas, como Estados Unidos, a
enfrentar amenazas a la
seguridad internacional como los desastres naturales arriba referidos,
es
minúsculo a comparación de los recursos materiales y
humanos que consume la guerra contra el terrorismo.

Ante la miseria humana que viven los países
afectados por los tsunamis, ha
aflorado la solidaridad internacional. Aunque la respuesta de Estados
Unidos y
de instituciones como el Banco Mundial han sido más bien
tardías –y resultado,
en buena medida, de la presión
internacional con una buena dosis de críticas contra Washington
por lo que se
considera “tacañería” de parte de la
administración Bush- se tienen
comprometidos en beneficio de Asia –que conste, nadie se acuerda de
Kenya,
Somalia y Tanzania a donde también llegaron los tsunamis-
una cifra cercana a los 2 mil millones de dólares. Esta
cantidad no es nada despreciable y si efectivamente fuera entregada a
los
países que lo requieren, podría ayudar a paliar una parte
de los problemas de
salud, infraestructura y en general, las necesidades humanitarias
existentes.
Uno de los países más necesitados de ayuda es Indonesia,
el archipiélago más
grande del mundo, y que es además el país con la
población que profesa el islam
más numerosa en el planeta (200 millones de personas).

El lector seguramente recordará que en diciembre
de 2003, otro terremoto, esta vez en Irán, devastó en
particular la ciudad de
Bam. En esa oportunidad, Estados Unidos, presionado por la
opinión pública
internacional, que tanto lo criticó por hacerle la guerra a
Irak, se
comprometió a ayudar a Irán con mil millones de
dólares. A la fecha, Irán ha
recibido apenas 17 millones de dólares y nadie sabe
cuándo fluirán los demás recursos.
En otras palabras: prometer no empobrece…
es dar lo que aniquila. Ojalá que el alud de promesas de
ayuda en beneficio
de las víctimas asiáticas –y africanas, no las olviden
por favor- se cumpla.