ESQUEMA PARA ENTENDER LA GLOBALIZACIÓN

 

Gilberto Giménez

 

Necesitamos interrogar con especial cuidado la idea de globalización, ya que ésta suele presentarse de entrada como una doxa en el sentido bourdieusiano del término, es decir, como un régimen discursivo que pretende imponerse como naturalmente evidente y no sujeto a discusión. Es así como la globalización aparece en el discurso hiperbólico y triunfalista de los tecnócratas neoliberales como un nuevo orden mundial de naturaleza preponderantemente económica y tecnológica, que se va imponiendo en el mundo entero con la lógica de un sistema autorregulado frente al cual simplemente no existen alternativas.

Uno de los efectos inesperados de las manifestaciones globalófobas y altermundistas, particularmente a partir de Seatle 1999, ha sido la multiplicación exponencial en el campo académico de innumerables estudios críticos que han contribuido a disipar la doxa dejando al descubierto el alcance real y las verdaderas proporciones del fenómeno en cuestión. Lo que presentamos a continuación es una síntesis apretada de las tesis más compartidas a este respecto.

 

1) Se entiende por globalización el proceso de desterritorialización de sectores muy importantes de las relaciones sociales a escala mundial o, lo que es lo mismo, la multiplicación e intensificación de relaciones supraterritoriales, es decir, de flujos, redes y transacciones disociados de toda lógica territorial y de la localización en espacios delimitados por fronteras (Scholte, 2000, 5, 46). Así entendida, la globalización implica la reorganización (al menos parcial) de la geografía macro-social, en el sentido de que el espacio de las relaciones sociales en esta escala ya no puede ser cartografiado solamente en términos de lugares, distancias y fronteras territoriales. Esta definición es perfectamente compatible con otras que conciben la globalización en términos de “interconectividad compleja” (Tomlinson, 1999, 2), de “interconexión global” o también de “redes transnacionales” (Castells, 2000, vol, 1), cuyo sustrato son las nuevas tecnologías de comunicación e información a alta velocidad (e incluso “en tiempo real”). Por lo tanto, los términos claves para entender la globalización son tres: interconexiones, redes y flujos.

 

2) Los soportes o puntos nodales de la maraña de redes supraterritoriales que definen a la globalización son las llamadas ciudades mundiales, que conforman en  conjunto un sistema metropolitano jerarquizado de cobertura global (Friedman, 1986; Sassen, 1991; Johnston, Taylor y Watts, 2000). Estas ciudades son  centros donde se concentran las corporaciones transnacionales más importantes, juntamente con las mayores compañías de servicios especializados que les prestan apoyo (bancos, bufetes de abogados, compañías de seguros y de publicidad…), así como también las organizaciones internacionales de envergadura mundial, las corporaciones mediáticas más poderosas e influyentes, los servicios internacionales de información y las industrias culturales. Es muy importante señalar que las ciudades mundiales funcionan también como superficie de contacto (interfase) entre lo global y lo local. En efecto, disponen del equipamiento requerido para canalizar los recursos nacionales y provinciales hacia la economía global, pero también para retransmitir los impulsos de la globalización a los centros nacionales y provinciales que constituyen su hinterland local.

Todo esto significa que la globalización tiene fundamentalmente un rostro urbano, y se nos manifiesta en primer plano como una gigantesca “conurbación virtual” entre las grandes metrópolis de los países industriales avanzados, debido a la supresión o a la radical reducción de las distancias.

 

3) Una consecuencia inmediata de lo dicho hasta ahora es lo que suele llamarse, a partir de David Harvey (1989), compresión del tiempo y del espacio, expresión que se usa para designar dos cosas: a) la aceleración de los ritmos de vida provocada por las nuevas tecnologías, como las telecomunicaciones y los transportes aéreos continentales e intercontinentales, que han modificado la topología de la comunicación humana comprimiendo el tiempo y el espacio como resultado de la supresión de las distancias; b) la alteración que todo esto ha provocado en nuestra percepción del tiempo y del espacio (Thrift, 2000: 21).

El resultado de este fenómeno ha sido la polarización entre un mundo acelerado, el mundo de los sistemas flexibles de producción y de sofisticadas pautas de consumo, y el mundo lento de las comarcas rurales aisladas, de las regiones manufactureras en declinación y de los barrios suburbanos social y económicamente desfavorecidos, todos ellos muy alejados de la cultura y de los estilos de vida de las ciudades mundiales.

 

4) Así entendida, la globalización es pluridimensional, y no solamente económica, aunque todos admiten que la dimensión económico-financiera es el motor real del proceso en su conjunto (Mattelart, 2000: 76). Cabe distinguir, entonces, por lo menos tres dimensiones (Waters, 1995):

4.1.- La globalización económica, que se asocia con la expansión de los mercados financieros mundiales y de las zonas de libre comercio, con el intercambio global de bienes y servicios y con el rápido crecimiento de las corporaciones transnacionales.

4.2.- La globalización política, que se relaciona con el relativo desbordamiento del estado-nación por organizaciones supranacionales, como las Naciones Unidas y la Unión Europea, por ejemplo, y con el ascenso de lo que suelen llamarse políticas globales o “gobernancia global”.

4.3.- La globalización cultural, que se relaciona, por una parte, con la interconexión creciente entre todas las culturas (particulares o mediáticas) y, por otra, con el flujo de informaciones,  de signos y símbolos a escala global.[1]

 

5) Una característica central de la globalización es su carácter polarizado y desigual; y la consideración de esta característica es fundamental para cualquier acercamiento crítico al fenómeno que estamos examinando. En efecto, no todos estamos conectados por internet, ni somos usuarios habituales y distinguidos de las grandes líneas aéreas internacionales. El mundo de la inmensa mayoría sigue siendo el mundo lento de los todavía territorializados, y no el mundo hiperactivo y acelerado de los ejecutivos de negocios, de los funcionarios internacionales o de la nueva “clase transnacional de productores de servicios” de los que habla L. Sklair (1991). En alguna parte afirma Castells que las tecnologías de la información han permeado hasta tal punto nuestra sociedad, que han llegado a convertirse en “parte integral de toda actividad humana” (Castells, 2000 : vol 1: 61-62) y, por ende, de la vida cotidiana. ¿Pero de la vida cotidiana de quiénes? Porque lo que vemos es que sólo un pequeño porcentaje de la población mundial forma parte de la “network society”. Refiriéndose al acceso desigual en el mundo a las computadoras, al internet y al ciberespacio, Z. Einsenstein  demuestra hasta qué punto dicho acceso está condicionado cultural, racial y demográficamente, e incluso en términos de clase y de género:

“El 84 % de los usuarios de computadoras se encuentran en Norteamérica y en Europa… De éstos, el 69 % son varones que tienen, en promedio, 33 años, y cuentan con un ingreso familiar, en promedio, de $ 59,000. […] Es también palpable el elitismo racial de las comunidades cibernéticas. En los Estado Unidos, sólo el 20 % de los afroamericanos tienen computadoras en su casa, y sólo el 3 % están abonados a los servicios online. Antes que una super-autopista, el internet parece más bien una calle privada y de uso restringido” (Einsenstein, 2000: 212).

 

Einsenstein continúa desbaratando nuestro triunfalismo globalizador del siguiente modo:

 

“Aproximadamente el 80 % de la población mundial carece todavía de acceso a la telecomunicación básica […]. Hay más líneas telefónicas en Manhattan que en todo el África sub-sahariana. […] Pero hay más: sólo alrededor del 40 % de la población mundial tiene acceso diario a la electricidad” (Einsenstein, 2000: 212).[2]

 

Entre nosotros, Manuel Garretón ha señalado con especial énfasis, no solamente el carácter desigual de la globalización, sino también su dinámica excluyente:

“La exclusión fue un principio constitutivo de identidades y de actores sociales en la sociedad clásica latinoamericana, en la medida en que fue asociada a formas de explotación y dominación. El actual modelo socioeconómico de desarrollo, a base de fuerzas transnacionales que operan en mercados globalizados, aunque fragmentarios, redefine las formas de exclusión, sin eliminar las antiguas: hoy día la exclusión es estar al margen, sobrar, como ocurre a nivel internacional con vastos países que, más que ser explotados, parecen estar demás para el resto de la comunidad mundial” (Garretón, 1999: 10).

 

6) Finalmente, la globalización no constituye un fenómeno radical y dramáticamente nuevo, como muchos creen, sino en todo caso la aceleración de tendencias preexistentes en fases anteriores del desarrollo histórico mundial. Como dice P.J.Taylor,

“la globalización es más bien una continuación antes que una novedad, más bien algo que tiene que ver con una ampliación de escala, antes que una nueva y específica forma de globalidad” (Taylor, 2000: 8).

 

Esto significa que la globalización tiene una historia y se ha realizado por ciclos. Historiadores de la economía, como Hirst y Thompson (1999), han señalado incluso que en la “belle epoque”, es decir, en el ciclo que va de 1870 a 1914, la economía mundial estaba más integrada todavía, bajo ciertos aspectos, que ahora. Según una expresión pintoresca, los cables submarinos eran en esa época “el internet de la Reina Victoria”.

Esta tesis, que relativiza drásticamente la novedad de la globalización, ha sido aceptada y reconocida en nuestros días incluso por los analistas del Banco Mundial, quienes hablan ahora de las “oleadas sucesivas” de globalización (World Bank Policy Research Report, 2002: 23 y ss.).

Pero hay más: ni siquiera el tópico de la “compresión del tiempo y del espacio”, asociado al nombre de David Harvey, constituye una novedad. Según el geógrafo inglés Nigel Thrift, el aniquilamiento del tiempo y del espacio era un tema de meditación favorito entre los primeros escritores de la época victoriana:

“Era el topos que solía usarse a comienzos del siglo XIX para describir la nueva situación en que el ferrocarril colocaba al espacio natural, privándole de sus poderes hasta entonces absolutos. El movimiento ya no dependía ahora de las condiciones del espacio natural, sino de un poder mecánico que creaba su propia y nueva espacialidad” (Schivelsbuch, 1986: 10, en Thrift, 2000: 22).

 

Así, por ejemplo, la idea de la compresión del espacio inglés en torno a la ciudad de Londres, como consecuencia de la ampliación de las redes ferroviarias, se encuentra ya en artículos periodísticos de 1839. Y en lo que se refiere a la alteración de la percepción del tiempo y del espacio, se encuentra admirablemente descrita en la discusión de Virginia Woolf  sobre el “atomismo de la ciudad”, que ella plantea no sólo como un problema de percepción, sino también de identidad (Thrift, 2000: 23).



[1]  Arjun Appadurai (1992) presenta esta multidimensionalidad distinguiendo cinco dimensiones o vertientes (Scapes) de la globalización: technoscapes, finanscapes, ethnoscapes, mediascapes e ideoscapes. Esta variedad de “perspectivas” sobre la globalización sólo reconoce flujos y procesos que interactúan entre sí provocando fricciones, disyunciones y desfases, pero sin otorgar privilegio a ninguno de ellos. La imagen que se evoca es la de las placas geológicas que entran en colisión montándose unas sobre otras. Según Appadurai, el transfondo de esta configuración móvil sería el capitalismo desorganizado, llamado también capitalismo flexible o de “high  value”.

[2]  Según encuestas más recientes reportadas por NUA Internet Surveys (Septiembre de 2002),  sólo el 10 % de la población mundial tiene acceso a internet. En 2002, Europa tiene por primera vez el mayor número de usuarios de internet en el mundo. Hay 185.83 millones de europeos online, comparados con 182.83 en Estados Unidos y Canadá y 167.86 millones en la región Asia / Pacífico. El estudio también indica que la brecha digital entre países desarrollados y en desarrollo es mayor que nunca. Mientras los europeos cuentan con el 32 % del total de usuarios en el mundo, América Latina sólo cuenta con el 6 % , y el Medio Oriente juntamente con África sólo con el 2 %. Según el mismo estudio, estas dos últimas regiones son también las que registran el menor incremento de usuarios de internet, debido fundamentalmente a la carencia de  infraestructura adecuada para las telecomunicaciones.