En 1990 John
B. Thompson publicó una obra intitulada Ideology and Modern Culture. Critical Social Teoria in the Era of
Mass Communication. [Ideología
y cultura moderna. Teoría crítica social en la era de la comunicación de
masas]. Tres años después, felizmente la UAM Xochimilco la tradujo al español
y, según algunos uameros, ha sido su más grande éxito editorial con una segunda
edición en 1998. No es para menos ya que el trabajo expone una consistente
teoría de la cultura, tan poco sistematizada anteriormente. En su trabajo, hace
un cuidadoso balance y retoma a los principales autores que han reflexionado
sobre el tema de la cultura y de la ideología, y enuncia lo que él mismo llama
una concepción estructural de la cultura. Heredero de Clifford Geertz, de quien
se reconoce continuador de su teoría simbólica de la cultura (Geertz, 1973),
desarrolla una fructífera crítica que desemboca en su concepción estructural.
De este trabajo haremos una revisión cuidadosa con el fin de retomar esta
concepción que llamaremos simbólico-estructural de la cultura.
Un primer
esfuerzo consiste en definir el concepto de cultura y nos dice que:
En su sentido más amplio, la reflexión sobre los fenómenos culturales se puede interpretar como el estudio del mundo sociohistórico en tanto campo significativo… de las maneras en que los individuos situados en el mundo sociohistórico, producen, construyen y reciben expresiones significativas de diversos tipos… [se alude así] a una variedad de fenómenos y a un conjunto de preocupaciones que hoy día comparten analistas que trabajan en diversas disciplinas, que van de la sociología y la antropología a la historia y la crítica literaria (Thompson, 1998: 183).
Estamos
ante un autor que reconoce, como nosotros, la necesidad, en las ciencias
sociales, de romper con las antiguas separaciones disciplinarias, que hoy
parecieran funcionar más bien como camisas de fuerza.. El espacio de reflexión
de los fenómenos culturales es un espacio “híbrido”.
De acuerdo con su concepción,
los fenómenos culturales pueden ser entendidos como formas simbólicas en contextos estructurados; y el análisis cultural puede interpretarse como el estudio de la constitución significativa y de la contextualización social de las formas simbólicas (Ibíd.: 185).
*
Constitución significativa
(rasgos
estructurales internos)
Análisis cultural de las formas simbólicas (acciones, objetos y expresiones significativas de diversos tipos)
*
Contextualización social
(contextos y procesos estructurados socialmente en los cuales se insertan)
Según Thompson lo que define a nuestra cultura como
«moderna» “es el hecho de que, desde fines del siglo XV, la producción y la
circulación de las formas simbólicas han estado creciente e irreversiblemente
atrapadas en procesos de mercantilización y transmisión que ahora poseen un
carácter global” (p. 185).
Uno de los aportes más importantes de dicha propuesta es la
atención que se le da a los problemas del poder y del conflicto social. Los fenómenos culturales siempre están
insertos en relaciones de poder y de conflicto; además las formas simbólicas se
producen, transmiten y reciben, siempre, en contextos sociales estructurados y
con una historia particular; aspecto anteriormente descuidado, entre otras, en
la concepción geertziana.
Los enunciados y las acciones cotidianas, así como fenómenos más elaborados como los rituales, los festivales las obras de arte, son producidos o actuados siempre en circunstancias sociohistóricas particulares, por individuos específicos que aprovechan ciertos recursos y que poseen distintos niveles de poder y autoridad; y una vez que se producen y representan estos fenómenos significativos, son difundidos, recibidos, percibidos e interpretados por otros individuos situados en circunstancias sociohistóricas particulares, que aprovechan ciertos recursos para dar sentido a los fenómenos en cuestión. Vistos de esta manera, los fenómenos culturales pueden considerarse como si expresaran relaciones de poder, como si sirvieran en circunstancias específicas para mantenerlas o interrumpirlas, y como si estuvieran sujetos a múltiples interpretaciones divergentes y conflictivas por parte de los individuos que reciben y perciben dichos fenómenos en el curso de sus vidas diarias (p. 202-203).
Por lo anterior, la concepción estructural de la cultura
enfatiza tanto los aspectos de carácter simbólico de los fenómenos culturales,
como el hecho de que tales fenómenos se inserten siempre en contextos sociales
estructurados y con una historia particular.
Thompson define entonces, el «análisis cultural» como:
… el estudio de las formas simbólicas —es decir, las acciones, los objetos y las expresiones significativas de diversos tipos— en relación con los contextos y procesos históricamente específicos y estructurados socialmente en los cuales, y por medio de los cuales, se producen, transmiten y reciben tales formas simbólicas (pág. 203).
Los fenómenos culturales son, así, comprendidos como formas
simbólicas en contextos estructurados; y el análisis cultural como el
estudio de la constitución significativa y la contextualización social de las formas
simbólicas. Y es importante recordar que los fenómenos culturales son
significativos tanto para los actores involucrados, como para los analistas.
Thompson define las formas
simbólicas como “acciones, objetos y expresiones significativas de diversos
tipos” (p. 203). Creemos, en este punto, que el trabajo realizado en el campo
de la psicología social a partir de Moscovici, nos puede ser muy útil. Nos
referimos al estudio del fenómeno conceptualizado como representaciones
sociales. Trataremos de acercar estas dos teorías, provenientes de
distintas disciplinas para realizar un trabajo de “hibridación”.
Utilizaré el término «formas simbólicas» para referirme a un amplio campo de fenómenos significativos, desde acciones, gestos y rituales, hasta los enunciados, los textos, los programas de televisión y las obras de arte (p. 205).
Sin embargo, pareciera que hay aquí una confusión. ¿Son
construcciones mentales o son acciones y objetos? Las formas simbólicas son
construcciones mentales —que pueden ser sobre acciones u objetos— pero no son
esas acciones y esos objetos en sí. ¿Podríamos entonces decir que las
representaciones sociales son equiparables al concepto mismo de formas
simbólicas? Creo que sí, pero esto lo desarrollaremos más adelante.
Thompson no hace una definición exhaustiva del concepto,
pero nos recuerda que su objetivo al abordar la problemática del estudio de las
formas simbólicas es distinguir sólo algunas de las características clave (no
todas), en virtud de las cuales se pueden considerar como «fenómenos
significativos», con miras a poder examinar lo que implica la interpretación de
las formas simbólicas. No pretende profundizar en un estudio exhaustivo de las
formas simbólicas ni construir una teoría del significado.
El autor distingue cinco aspectos principales que
intervienen típicamente en la constitución de las formas simbólicas: el
«intencional», «convencional», «estructural», «referencial» y «contextual».
Aspecto intencional: Las formas simbólicas son
expresiones de un sujeto y para un sujeto (o sujetos). Al ser producidas,
construidas o empleadas, el sujeto “persigue ciertos objetivos o propósitos y
busca expresar por sí mismo lo que «quiere decir», o se propone, con y mediante
las formas así producidas”. El o los receptores “la perciben como la
expresión de un sujeto, como un mensaje que se debe comprender”. Se
adquiere este carácter significativo, aun en el caso de los patrones naturales,
“en la medida en que son considerados como la expresión de un sujeto
intencional y con propósitos”.
La constitución de los objetos como formas simbólicas presupone que sean producidos, construidos o empleados por un sujeto para dirigirlos a un sujeto o sujetos, o que sean percibidos como si hubieran sido producidos así por el sujeto o sujetos que los reciben (p. 206).
Esto no significa que el sujeto haya producido el objeto de
manera intencional, o que éste sea lo que el sujeto tenía la intención de
producir; significa simplemente que el objeto fue producido, o es percibido
como si hubiera sido producido, por un sujeto acerca del cual podríamos decir,
alguna vez, que lo hizo de manera intencional. Además el «significado» de una
forma simbólica o de los elementos que lo constituyen, no es necesariamente
idéntico a lo que el sujeto productor se propuso o «quiso decir» al producir la
forma simbólica. El significado o sentido de una forma simbólica puede ser
mucho más complejo y variado que el significado que podría derivarse de lo que
el sujeto productor se propuso originalmente; el sujeto, incluso, pudo haber
tenido intenciones diversas, conflictivas o inconscientes, o quizá simplemente
ninguna intención clara.
Aspecto convencional:
La producción, la construcción o el empleo de
las formas simbólicas, así como su interpretación por parte de los sujetos que
las reciben, son procesos que implican típicamente la aplicación de reglas,
códigos o convenciones de diversos tipos.
Aplicar estas reglas y convenciones no significa necesariamente
que se esté consciente de ellas. Son esquemas implícitos y presupuestos. Son
parte del conocimiento tácito empleado en el curso de la vida diaria, es
compartido por más de un individuo y está siempre abierto a la corrección y
sanción de los demás.
Las reglas, códigos o convenciones que intervienen en la
producción la construcción o el empleo de las formas simbólicas son reglas
de codificación. Aquellas implicadas en la interpretación que da el sujeto
a las formas simbólicas que recibe son reglas de decodificación. Y no es
necesario que coincidan o siquiera que coexistan. Una forma simbólica
codificada de acuerdo con ciertas reglas o convenciones se puede decodificar de
acuerdo con otras reglas o convenciones. Una forma simbólica se puede
codificar, pero tal vez nunca decodificar en la práctica. O se puede
decodificar de acuerdo con ciertas reglas o convenciones, aunque de hecho nunca
se haya codificado.
codificación
Reglas de
decodificación
Aspecto estructural:
Las formas simbólicas son construcciones que presentan una estructura articulada… típicamente se componen de elementos que guardan entre sí determinadas relaciones… …comprenden una estructura que se puede analizar de manera formal… (p. 210)
Se puede distinguir entre la estructura de la forma
simbólica, por una parte, y el sistema que es representado en las formas
simbólicas particulares, por la otra
.
Estructura
(patrón de elementos que pueden distinguirse) (Habla en Saussure)
Sistema
simbólico representado (constelación de elementos sistémicos que existen
independientemente de cualquier forma simbólica, pero que se realizan en formas
simbólicas particulares) (Lengua en Saussure).
Analizar la estructura de una forma simbólica implica
analizar los elementos específicos y las interrelaciones de éstos que pueden
distinguirse. Analizar el sistema representado en una forma simbólica es, por
el contrario, abstraer de la forma en cuestión y reconstruir una constelación
general de elementos y sus interrelaciones, constelación que se ilustra en
casos particulares.
En tanto que podemos distinguir entre sistemas simbólicos y
la estructura de las formas simbólicas particulares, el análisis de las últimas
se puede facilitar, y puede facilitar el estudio de la primera. Esto es
muy importante porque el significado
transmitido por las formas simbólicas se construye comúnmente a partir de
rasgos estructurales y elementos sistémicos, de manera que al analizar tales
rasgos y elementos, podemos profundizar nuestra comprensión del significado
transmitido por las formas simbólicas.
El significado transmitido por las formas simbólicas se
construye en general a partir de rasgos estructurales y elementos sistémicos,
pero tal significado no es agotado nunca por estos rasgos y elementos. El
análisis estructural no remite necesariamente al aspecto referencial de las
formas simbólicas ni al contexto o los procesos sociohistóricos en los cuales
se insertan estas formas.[1]
Aspecto referencial:
… las formas simbólicas son construcciones que típicamente representan algo, se refieren a algo, dicen algo, acerca de algo.
El término «referencial» es usado en forma muy amplia a fin
de abarcar en el sentido general cuando una forma simbólica puede, en determinado
contexto, representar u ocupar el lugar de algún objeto, individuo o situación,
así como el sentido más específico donde una expresión lingüística puede, en
una aplicación dada, referirse a un objeto particular.
Las figuras y las expresiones adquieren su especificidad
referencial de diferentes maneras. En una aplicación, una figura o
expresión particular se refiere a un objeto u objetos, individuo o individuos,
situación o situaciones específicas.
Pero incluso en el caso de los nombres propios, que pudieran aparentar
que poseen un referente absoluto, poseen cierta ambigüedad u opacidad
referencial. El caso de la término “yo”, es un buen ejemplo de esa opacidad
referencial.
Aspecto contextual:
… se insertan siempre en contextos y procesos
sociohistóricos específicos en los cuales, y por medio de los cuales, se
producen y reciben.
Siempre llevan las huellas de las relaciones sociales
características de tal contexto. Lo que son estas formas simbólicas, la manera
en que se construyen, difunden y reciben en el mundo social, así como el
sentido y el valor que tienen para los que las reciben, depende todo, de alguna
manera, de los contextos y las instituciones que las generan, mediatizan y
sostienen. Al poner de relieve el aspecto contextual de las formas simbólicas,
vamos más allá del análisis de los rasgos estructurales internos de las formas
simbólicas: el escenario, la ocasión, las maneras en que se reciben, no son
aspectos de las formas simbólicas mismas, pero estos aspectos pueden
distinguirse de los rasgos estructurales y elementos sistémicos. Tales aspectos
pueden distinguirse sólo atendiendo a los contextos sociales, institucionales y
procesos en los cuales se expresa, transmite y recibe la forma simbólica y
analizando las relaciones de poder, las formas de autoridad, los tipos de
recursos y otras características de dichos contextos.
Las formas simbólicas, además de ser expresiones de un
sujeto, son producidas por agentes situados en un contexto sociohistórico y
dotados de recursos y habilidades de diversos tipos; las formas simbólicas
pueden portar, de distintas maneras, las huellas de las condiciones sociales de
su producción. Esta inserción también implica que son por lo regular recibidas
e interpretadas por individuos que se sitúan también en contextos
sociohistóricos específicos y que están en posesión de diversos tipos de
recursos; cómo entienden los individuos una forma simbólica particular puede
depender de los recursos y las habilidades que sean capaces de emplear en el
proceso de interpretarla.
Una consecuencia más de la inserción contextual de las
formas simbólicas es que con frecuencia son objeto de complejos procesos de
valoración, evaluación y conflicto. Son
valoradas y evaluadas, aprobadas y refutadas constantemente por los individuos
que las producen y reciben. Son objetos de procesos de valoración en
virtud de los cuales y por medio de los cuales se les asignan ciertos tipos de
«valor». Además, como fenómenos sociales, las formas simbólicas también se
intercambian entre individuos ubicados en contextos específicos, y este proceso
de intercambio requiere ciertos medios de transmisión. Los diferentes tipos de
condiciones y aparatos técnicos (desde la laringe hasta un satélite) se
denominan modalidades de la transmisión cultural.
Los contextos son espacial y temporalmente específicos: implican escenarios espacio-temporales, y estos escenarios son, en parte, constitutivos de la acción y la interacción. Las características espaciales y temporales del contexto de producción de una forma simbólica pueden coincidir o traslaparse o incluso diferir totalmente con las características del contexto de recepción.
producción
Contexto
de
recepción
Los contextos se estructuran de diversas maneras. El análisis de tales contextos es indispensable para el estudio de la acción e interacción, de la producción y recepción, de la misma manera que el análisis de los contextos sería parcial e incompleto sin una consideración de las acciones e interacciones que ocurren en ellos (Thompson: 219).
El concepto campos de interacción de origen
bourdieuano le sirve a Thompson para iniciar el análisis detallado de los
contextos.
Según Bourdieu un campo de interacción puede conceptuarse de
manera sincrónica como un espacio de posiciones y diacrónicamente como
un conjunto de trayectorias. Los individuos particulares se sitúan en
ciertas posiciones en ese espacio social y siguen, en el curso de sus vidas,
ciertas trayectorias. Tales posiciones y trayectorias están determinadas en
cierta medida por el volumen y la distribución de diversos tipos de recursos
o «capital». Bourdieu distingue cuatro tipos de capital:[2]
a)
el capital económico, que incluye los recursos
de naturaleza económica (entre los que el dinero ocupa un lugar preeminente por
su papel de equivalente universal),
b)
capital cultural, que incluye los recursos de
naturaleza cultural (entre los cuales los diplomas escolares y universitarios
han cobrado una importancia creciente),
c)
capital social (consistente en poder movilizar en
provecho propio, redes de relaciones sociales más o menos extensas, derivadas
de la pertenencia a diferentes grupos o “clientelas”), y
d)
capital simbólico que consiste en ciertas
propiedades impalpables, inefables y cuasi-carismáticas que parecen inherentes
a la naturaleza misma del agente (autoridad, prestigio, reputación, crédito,
fama, notoriedad, honorabilidad, talento, don, gusto, inteligencia, etc.) Es,
en esencia, el capital económico o cultural en cuanto conocido y reconocido.
Lejos de ser “naturales” sólo pueden existir en la medida en que sean
reconocidas por los demás.
En
cualquier campo dado de interacción, los individuos aprovechan estos diferentes
tipos de recursos a fin de alcanzar sus objetivos particulares. Asimismo pueden
buscar oportunidades para convertir un tipo de recursos en otro.
Además, al
tratar de alcanzar sus objetivos e intereses en los campos de interacción, los
individuos también se basan típicamente en reglas y convenciones de
diversos tipos. Pueden ser preceptos explícitos y bien formulados o, en la
mayoría de los casos, son implícitos, formales e imprecisos, y no están
formulados. Son esquemas flexibles que orientan a los individuos en el
curso de sus vidas diarias. Existen bajo la forma de conocimientos prácticos
que se inculcan poco a poco y se reproducen continuamente en la vida diaria. Y
no es que los individuos se “basen” en estos esquemas, sino que los ponen en
práctica de manera implícita. Son condiciones de acción e interacción
inculcadas y diferenciadas socialmente, condiciones que se realizan y
reproducen, en cierta medida, cada vez que un individuo actúa. Pero al ponerlos
en práctica, los individuos también los amplían y adaptan dependiendo de las
circunstancias particulares y nuevas en algunos aspectos. Esta “aplicación” no
es mecánica sino que es un proceso creativo que implica con frecuencia algún
grado se selección y juicio, y en el cual las reglas y los esquemas se
modifican y transforman en los procesos mismos de la aplicación.
En este
punto no podemos dejar de pensar en el concepto mismo de Bourdieu de habitus,
es:
… un sistema de disposiciones en vista de la práctica, constituye el fundamento objetivo de conductas regulares y, por lo mismo, de la regularidad de las conductas… es aquello que hace que los agentes dotados del mismo se comporten de cierta manera en ciertas circunstancias (1987 “Habitus, code, codification”, Actes de la Recherche en Sciences Sociales, núm. 64: 40).
… no es un destino, como se interpreta a veces. Siendo producto de la historia, es un sistema abierto de disposiciones que se confronta permanentemente con experiencias nuevas y, por lo mismo, es afectado también permanentemente por ellas. Es duradera, pero no inmutable… (Reponses, 1992: 109)
Siendo el producto de la incorporación de la necesidad objetiva, el habitus, necesidad hecha virtud, produce estrategias que, por más que no sean el producto de una tendencia consciente de fines explícitamente presentados sobre la base de un conocimiento adecuado de las condiciones objetivas, ni de la determinación mecánica por las causas, se halla que son objetivamente ajustadas a la situación. La acción que guía al «sentido del juego» tiene todas las apariencias de la acción racional que diseñaría un observador imparcial, dotado de toda la información útil y capaz de dominarla racionalmente. Y sin embargo no tiene la razón por principio. Basta pensar en la decisión instantánea del jugador de tenis que pasa la red a destiempo para comprender que ella no tiene nada de común con la construcción sabia que el entrenador, después de un análisis, elabora para dar cuenta y para extraer lecciones comunicables. Las condiciones del cálculo racional no están dadas prácticamente nunca en la práctica: el tiempo es contado, la información limitada, etcétera. Y sin embargo, los agentes hacen, mucho más a menudo que si procedieran al azar, “lo único que se puede hacer”. Esto porque, abandonándose a las intuiciones de un “sentido práctico” que es el producto de la exposición durable a las condiciones semejantes o aquellas en las cuales están colocados, anticipan la necesidad inmanente al curso del mundo. (Cosas dichas:23-24).
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Recursos o
capital
Campos de interacción
Reglas,
convenciones y esquemas
Instituciones sociales: Conjuntos
relativamente estables de reglas, recursos y relaciones
Estructura social: Asimetrías
y diferenciales relativamente estables
Los conceptos de la izquierda definen distintos niveles de
análisis y nos permiten captar los rasgos sociales de los contextos en los
cuales actúan e interactúan los individuos. Rasgos que son constitutivos de la
acción y la interacción, en el sentido de que los individuos rutinaria y
necesariamente aprovechan, ponen en práctica y emplean los diversos aspectos de
los contextos sociales al actuar e interactuar. Los rasgos contextuales no sólo
son restrictivos y limitativos: también son productivos y facultativos.
Circunscriben el margen de acción posible, defendiendo algunos cursos como más
adecuados o más factibles que otros, y asegurando que los recursos y las
oportunidades se distribuyan de manera desigual. Pero también hacen posibles
las acciones e interacciones que ocurren en la vida cotidiana,
constituyendo las condiciones sociales de las que necesariamente dependen
dichas acciones e interacciones.
Este análisis proporciona el telón de fondo para considerar
lo que interviene en el ejercicio del poder. Entendiendo por poder como esa
capacidad de actuar para alcanzar los objetivos e intereses que se tienen: un
individuo tiene poder de actuar; el poder de intervenir en la secuencia
de sucesos y de alterar su curso. Al actuar así, un individuo aprovecha y
emplea los recursos que están a su disposición. En consecuencia, la capacidad
de actuar para alcanzar los objetivos e intereses que se persiguen depende de
la posición que se ocupa en un campo o una institución. El «poder», analizado
en el plano de un campo o una institución, es la capacidad que faculta o
habilita a algunos individuos para tomar decisiones, seguir objetivos o
realizar intereses; los habilita de tal manera que, sin la capacidad conferida
por la posición que ocupan dentro de un campo o institución, no habrían podido
seguir el trayecto relevante.
Cuando las relaciones de poder establecidas son sistemáticamente
asimétricas, la situación se puede describir como de dominación. Las
relaciones de poder son sistemáticamente asimétricas ahí donde los individuos o
grupos de individuos particulares detentan el poder de una manera durable que
excluye, y hasta cierto grado significativo se mantiene inaccesible, a otros
individuos o grupos de individuos, sin considerar las bases sobre las que se
lleva a cabo tal exclusión. En tales casos podemos hablar de individuos o
grupos «dominantes» y «subordinados», así como de aquellos individuos o grupos
que ocupan posiciones intermedias en un campo, en virtud del acceso parcial que
tienen a los recursos.
Las diversas características de los contextos sociales son
constitutivas no sólo de la acción y la interacción, sino además de la
producción y la recepción de las formas simbólicas. Al igual que la acción en
su sentido más general, la producción de formas simbólicas implica el uso de
los recursos disponibles y la puesta en práctica de reglas y esquemas de
diversos tipos por parte de individuos situados en determinada posición o
posiciones en un campo o institución. Un individuo emplea los recursos, se
sirve de las reglas y pone en práctica los esquemas a fin de producir una forma
simbólica para un receptor particular o una serie de receptores potenciales; y
la recepción anticipada de la forma comprende parte de las condiciones de su
producción. La posición ocupada por un individuo en un campo o institución, y
la recepción prevista de una forma simbólica
por parte de los individuos a quien se dirige, son condiciones sociales
de producción que moldean la forma simbólica producida.
Si las características de los contextos sociales son
constitutivas de la producción de las formas simbólicas, también lo son de las
maneras en que éstas se reciben y comprenden. Las formas simbólicas son
recibidas por individuos que se sitúan en contextos sociohistóricos
específicos, y las características sociales de estos contextos moldean las
maneras en que son recibidas, comprendidas y valoradas por ellos. El proceso de
recepción no es un proceso pasivo de asimilación; es más bien un proceso
creativo de interpretación y valoración, en el cual el significado de una forma
simbólica se construye y reconstruye activamente. Los individuos no absorben
con pasividad las formas simbólicas, sino que les dan un sentido activo
y creador, y en consecuencia producen un significado en el proceso mismo de
recepción… Al recibir o interpretar las
formas simbólicas, los individuos se sirven de los recursos, las reglas y los
esquemas que están a su disposición. De aquí que las maneras en que se
comprenden las formas simbólicas y las maneras en que se valoran y evalúan,
puedan diferir de un individuo a otro según las posiciones que éstos ocupen en
campos o instituciones estructurados socialmente.
Al recibir e interpretar las formas simbólicas, los
individuos participan en un proceso permanente de constitución y reconstitución
del significado, y este proceso permanente de constitución y reconstitución del
significado, y este proceso es típicamente parte de lo que puede llamarse la
reproducción simbólica de los contextos sociales. El significado transmitido
por las formas simbólicas y reconstituido en el curso de la recepción puede
servir para mantener y reproducir los contextos de producción y recepción. Es
decir, el significado de las formas simbólicas, tal como es recibido y
comprendido por los receptores, puede servir de diversas maneras para mantener
las relaciones sociales estructuradas características de los contextos en los
cuales se producen, reciben, o ambas cosas, las formas simbólicas.
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Producción de Recepción de Comprensión
formas simbólicas formas simbólicas cotidiana del

significado

Reproducción simbólica
de las condiciones de
recepción
Reproducción simbólica
de las condiciones de
reproducción
La reproducción simbólica de los contextos sociales es un
tipo particular de reproducción social mediada por la comprensión cotidiana de
las formas simbólicas. No es el único tipo de reproducción, ni tampoco
necesariamente el más importante. Las relaciones sociales también se reproducen
típicamente mediante el uso o la amenaza del uso de la fuerza, así como
mediante la mera repetición rutinaria de la vida diaria. Pero la reproducción
simbólica de los contextos sociales es un fenómeno importante que vale la pena
analizar por sí solo. Es en este punto donde el problema de las formas
simbólicas se reincorpora al problema de la ideología (que es el estudio de las
maneras en que el significado movilizado por las formas simbólicas sirve, en
circunstancias específicas, para establecer, mantener y reproducir relaciones
sociales que son sistemáticamente asimétricas en términos de poder).
Una consecuencia de la contextualización de las formas
simbólicas es que están sujetas a complejos procesos de valoración, evaluación
y conflicto. Son los objetos de los procesos de valoración. Podemos distinguir
entre dos principales tipos de valoración particularmente importantes. El
primero es lo que podríamos llamar «valoración simbólica»: es el proceso
mediante el cual los individuos que producen y reciben las formas simbólicas
les asignan cierto «valor simbólico». Éste es el valor que tienen los objetos
en virtud de las formas y la medida en que son estimados por los individuos que
los producen y reciben; es decir, elogiados o denunciados, apreciados o
despreciados por tales individuos.
simbólica
Valoración económica
…
La valoración económica es el proceso mediante el cual se
asigna a las formas simbólicas cierto «valor económico», es decir, un valor por
el cual podrían ser intercambiadas en un mercado. Por medio del proceso de
valoración económica, las formas simbólicas se constituyen como mercancías;
es un precio dado. Las formas simbólicas mercantilizadas se denominarán «bienes
simbólicos».
Ambos tipos de valoración se acompañan comúnmente de formas
distintivas de conflicto. Los individuos que las producen y reciben pueden
asignar diferentes grados de valor simbólico a las formas simbólicas, de tal
manera que un objeto elogiado por algunos puede ser denunciado o despreciado
por otros. Lo anterior se puede describir como un conflicto de evaluación
simbólica. Tales conflictos ocurren siempre en un contexto social
estructurado que se caracteriza por asimetrías y diferenciales de diversos
tipos. Por ello rara vez las evaluaciones simbólicas poseen la misma categoría
externadas por individuos situados de distinta manera. Algunas evaluaciones
tienen más peso que otras, en función del individuo que las externa y la
posición desde la cual lo hace; y algunos están en una mejor posición que otros
para externar sus evaluaciones y, de ser necesario, imponerlas. Al adquirir un
valor simbólico una obra puede ganar un nivel de legitimidad; es decir, puede
ser reconocida como legítima no sólo por los que están en una buena posición
para asignarle un valor simbólico, sino también por aquellos que reconocen y
respetan la posición de quienes lo asignan. En la medida en que un trabajo se
reconoce como legítimo, su productor recibe honor, prestigio y respeto. Sin
embargo este proceso de valoración rara vez es consensual o rara vez está libre
de conflictos. El proceso de valoración simbólica posee un carácter
conflictivo.
El proceso de valoración económica también es conflictivo…
En circunstancias reales, dichas formas de valoración y conflicto a menudo se traslapan de maneras
complejas. En algunos casos, la adquisición de un valor simbólico puede
aumentar el valor económico de un bien simbólico o viceversa.
Los individuos que participan en la reproducción y la
recepción de las formas simbólicas están en general conscientes del hecho de
que éstas pueden estar sujetas a procesos de valoración, y pueden emprender
estrategias orientadas a aumentar o reducir el valor simbólico o económico.
Intentar alcanzar dichas estrategias puede ser un objetivo explícito de los
individuos. Pero también puede ser un objetivo implícito, una meta que se busca
pero no se reconoce, un resultado que se desea pero que no se persigue abierta
o expresamente. Las estrategias se pueden orientar hacia el aumento o la
reducción del valor económico, o hacia una combinación de ambos. Esto último
implica lo que puede describirse como valoración cruzada: es decir, el
uso del valor simbólico como medio para aumentar o disminuir el valor económico
y viceversa. Las estrategias de valoración cruzada se traslapan de esta manera
con lo que llamé antes estrategias de conversión de capital, mediante las
cuales los individuos tratan de convertir un tipo de capital en otro, y
reconvertirlo en una etapa posterior del ciclo de vida, a fin de preservar o
mejorar su posición social general.
Las estrategias seguidas por los individuos se vinculan con las posiciones que ocupan en los campos de interacción particular. Los tipos de estrategias que siguen típicamente los individuos, y su capacidad para tener éxito con ellas, dependen de los recursos que tienen a su disposición y de la relación que guardan con otros individuos del mismo campo. Distinguiré varias —no todas, desde luego— estrategias de evaluación simbólica típicas y demostraré cómo se vinculan con diferentes posiciones de un campo.[3]
Los individuos que ocupan posiciones dominantes en un campo
de interacción son aquellos que poseen de una manera positiva recursos o
capital de diversos tipos, o que tienen un acceso privilegiado a ellos. Al
producir y valorar las formas simbólicas, los individuos de las posiciones
dominantes siguen típicamente una estrategia de diferenciación en el
sentido de que buscan distinguirse de los individuos o grupos que ocupan
posiciones subordinadas a ellos. Así, puede atribuirse un alto valor simbólico
a bienes que sean escasos o caros (o ambas cosas), y que en consecuencia sean
en gran medida inaccesibles para los individuos que posean menos capital
económico. También pueden tratar de diferenciarse al seguir una estrategia de burla:
es decir, considerando las formas simbólicas producidas por los que ocupan
posiciones inferiores a ellos como desatinadas, torpes, inmaduras o poco
refinadas. Una variante más sutil de esta última estrategia es la condescendencia.
Al elogiar las formas simbólicas de una manera que humilla a sus productores y
les recuerda su posición subordinada, la condescendencia permite a los
individuos de las posiciones dominantes reafirmar su dominio sin declararlo
abiertamente.
Posiciones en un campo de interacción |
Estrategias de evaluación simbólica |
|
Dominante
Intermedia
Subordinada |
Diferenciación Burla Condescendencia Moderación Presunción Devaluación Viabilidad Resignación respetuosa Rechazo |
Las posiciones intermedias en un campo son aquellas que ofrecen
acceso a un tipo de capital pero no a otro, o que ofrecen acceso a diversos
tipos de capital pero en cantidades más limitadas que las que están a
disposición de los individuos o grupos dominantes. Se puede caracterizar por
una gran cantidad de capital económico pero una baja cantidad de capital
cultural, o por una baja cantidad de capital económico y una gran cantidad de
capital cultural, o por cantidades moderadas de ambos. A menudo las estrategias
de evaluación simbólica seguidas por los individuos de las posiciones
intermedias se caracterizan por una moderación: los individuos valoran
positivamente bienes que saben que están a su alcance; y, como individuos cuyos
futuros pueden no ser totalmente seguros, pueden valorar más aquellas formas
simbólicas que les permiten emplear su capital cultural sin perder sus
limitados recursos económicos. No obstante, también se pueden orientar hacia
las posiciones dominantes, produciendo formas simbólicas como si fueran
valoradas por estos últimos, siguiendo así una estrategia de presunción,
fingiendo ser algo que no son y buscando integrarse a posiciones superiores a
las suyas. Sin embargo, también se pueden seguir estrategias muy diferentes
hacia los individuos o grupos dominantes, intentando devaluar o
desprestigiar las formas simbólicas producidas por ellos. Pueden reprobar las
formas simbólicas producidas por ellos en un intento por situarse por encima de
tales posiciones.
Las posiciones subordinadas
son aquellas que ofrecen acceso a cantidades más reducidas de capital de
diversos tipos. Poseen menos recursos y sus oportunidades son más limitadas.
Sus estrategias de evaluación simbólica se caracterizan típicamente por la viabilidad:
al ser individuos que están más preocupados que otros por las necesidades de supervivencia,
pueden asignar un mayor valor que otros a objetos que son prácticos en su
diseño y funcionales en la vida diaria. La evaluación positiva de los objetos
prácticos puede ir de la mano de una resignación respetuosa en relación
con las formas simbólicas producidas por los individuos que ocupan las
posiciones superiores de un campo. Son consideradas como superiores, es
decir, dignas de respeto; pero es una estrategia de resignación en la medida en
que la superioridad de estas formas, y por tanto la inferioridad de los
productos propios, se acepta como inevitable. En contraste con ésta, los
individuos de estas posiciones pueden seguir varias estrategias de rechazo.
Pueden rechazar o ridiculizar las formas simbólicas producidas por los
individuos de las posiciones superiores. Al hacerlo, no necesariamente buscan
ubicarse encima de las posiciones de sus superiores, sino que pueden intentar
afirman el valor de sus propios productos y actividades sin trastornar
fundamentalmente la distribución desigual de los recursos característica del
campo.
Hasta aquí no he considerado las maneras en que dichas
estrategias se pueden ver afectadas por el desarrollo de instituciones que se
relacionan en parte con la asignación y la renovación del valor simbólico (por
ejemplo, las escuelas, universidades, museos, etc.), o por el desarrollo de
instituciones que se orientan esencialmente hacia la valoración económica de
las formas simbólicas (galerías de arte, instituciones de comunicación masiva,
etc.) El desarrollo de tales instituciones se acompaña de la acumulación de
recursos, la fijación de posiciones de evaluación y la diferenciación de las
esferas culturales. Surgen instituciones particulares donde se amasan recursos
de diversas clases, no sólo el capital económico, sino también las formas
acumuladas de conocimiento y prestigio. En virtud de su ubicación en esas
instituciones, los individuos asumen una posición de evaluación que confiere
cierta autoridad a las evaluaciones que externan. Hablan como un profesor
universitario, como un director de museo, como un corresponsal de una red de
televisión, y, como tales, las evaluaciones que se externan portarán una
autoridad derivada de la institución que representen ellos. El desarrollo de
las instituciones se acompaña también de la diferenciación de esferas
culturales en el sentido de que, con la aparición de las instituciones
relacionadas con la producción, la transmisión y la acumulación de formas
simbólicas, surgen diferentes tipos de formas simbólicas que se interrelacionan,
diferenciadas en términos de sus modos de producción y transmisión y recepción,
con términos del valor simbólico y económico que se les ha atribuido. Así, en
el campo de las publicaciones, la aparición y la perpetuación de un catálogo de
grandes obras literarias se vincula con el desarrollo de un sistema educativo
en el cual se ha institucionalizado la práctica de la crítica literaria. Estas
prácticas institucionalizadas operan como un filtro selectivo para extraer
ciertas obras del amplio campo de las publicaciones, y para constituir estos
trabajos como «literatura». La aparición de la «literatura popular» fue
producto tanto de estos mecanismos de exclusión, mediante los cuales la
literatura popular se constituyó como la «otra» literatura, como del desarrollo
de instituciones de comunicación y educación masivas, las cuales crearon las
condiciones para una gran producción y una amplia circulación de formas
simbólicas.
En este capítulo me he interesado sobre todo por el desarrollo de una concepción clara de cultura que enfatice la constitución significativa y la contextualización de las formas simbólicas. He seguido el precepto de Geertz de pensar en el análisis cultural como el estudio del carácter simbólico de la vida social; sin embargo, he sostenido que esta orientación se puede combinar con una descripción sistemática de las maneras en que las formas simbólicas se insertan en contextos sociales estructurados. Para captar la constitución significativa de las formas simbólicas debemos examinar los aspectos intencional, convencional, estructural y referencial de las formas simbólicas. La contextualización social de las formas simbólicas requiere que prestemos atención a ciertos aspectos sociales de los contextos (aspectos espacio-temporales, la distribución de los recursos en campos de interacción, etc.), así como a ciertos procesos de valoración y a lo que llamaré «modalidades de transmisión cultural»…
El surgimiento de la comunicación masiva se puede entender como la aparición en Europa de fines del siglo XV y comienzos del XVI de una serie de instituciones relacionadas con la valoración económica de las formas simbólicas y con su circulación extendida en el tiempo y en el espacio. A partir del rápido desarrollo de estas instituciones y de la explotación de nuevos recursos técnicos, la producción y circulación de las formas simbólicas fue mediada cada vez más por las instituciones y los mecanismos de la comunicación masiva. Este proceso penetrante e irreversible de mediatización de la cultura acompañó el surgimiento de las sociedades modernas, las constituyó en parte y las definió, también en parte, como modernas (p. 240).
[1] Thompson considera importante aclarar en este punto una confusión común en muchas lecturas de Saussure: “el referente de una expresión no es de ninguna manera idéntico al «significado» de un signo, pues este último, de acuerdo con Saussure, es meramente el concepto que se correlaciona con el sonido-imagen o «significante»; tanto el significado como el significante son parte integral del signo. El referente, por el contrario, es un objeto, un individuo o un estado de cosas extralingüísticos”.
[2] Giménez, 1997.
[3] Basado en Bourdieu, 1979.