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Noticias PIME

23/12/2007

Misioneros mártires en el 2006, el don de veinticuatro vidas.

Desde hace 15 años el día 24 de marzo, aniversario del asesinato de Monseñor Oscar Romero, arzobispo de San Salvador (1980), recordamos todos los misioneros que murieron en el servicio del Evangelio y del anuncio de Jesucristo. Esta iniciativa que surgió en 1993 por el Movimiento Juvenil Misionero de las Pontificias Obras Misionales de Italia, ha llegado a muchos otros países.

Ya son muchas las diócesis y los institutos religiosos que dedican un tiempo del año para recordar sus propios misioneros mártires y con ellos todos los que derramaron su sangre por causa del Evangelio.

Palabras del padre p. Ciro Biondi, PIME, secretario nacional de la Pontificia Unión Misionera.

 

El don de 24 vidas

El balance del año pasado se cierra todavía en activo: veinticuatro discípulos de Jesús derramaron su sangre y con esto tomaron la responsabilidad de ser gracia para toda la humanidad.

Ser escogidos para el martirio es gracia; significa ser llamados por Jesucristo para imitarlo plenamente. Es gracia que se paga muy caro porque seguir a Jesucristo es una vocación incomparable y de inestimable valor. Es gracia porqué de esta forma Jesucristo ganó vida abundante para el mundo que el Padre ama. Cuesta muy caro porque tiene el precio de la propia vida.

Este precio, sin el cual no se puede recibir el don de la vida, esta pérdida de sí mismo, es la esencia misma de la extraordinariedad el martirio. El martirio es el horizonte de la radicalidad del Evangelio.

A aquel que Jesucristo llama para que lo siga le dice: “ven a morir”. No le dice “anda” y muere, sino “ven”. Lo invita para que se le acerque diciendo “ven a mí” que significa “quédate conmigo”, “aprende de mi”, “dame la posibilidad de amarte”, “haz la experiencia de mi amor en ti”.

Los que son escogidos para el martirio son personas que han estado con Jesucristo, han aprendido de Él, han sido amadas por Él y han aprendido a amar a los demás con el amor del Hijo de Dios.

Amar no es una actitud del hombre, sino una habilidad de Dios y solamente Aquel que fue enviado al mundo para revelar el amor del Padre tiene la capacidad de lanzar una persona a su misma aventura diciéndole: “nadie tiene amor más grande de aquel que da su vida para sus amigos. Ustedes son mis amigos si harán lo que yo les mando” (Jn 15, 13-14).

El mártir es escogido para ser revelación del amor de Dios, para continuar la obra de Cristo, para proclamar la voluntad de Dios de ser “Todo en todos” ofreciendo su propia vida. El mártir es intercesor, una persona que por amor a sus hermanos y hermanas llega a gritar como el apóstol Pablo: “desearía ser rechazado y alejado de Cristo en lugar de mis hermanos” (Rm 9,3) El mártir sabe que su vida ya no le pertenece, que le pertenece a Jesucristo y que Él la ofrece continuamente junto a la suya al Padre para toda la humanidad. La sangre del mártir es la sangre de toda la Iglesia. Es súplica que sube al Padre e implora “misericordia” también para los que le quitaron la vida pensando con eso de rendirle culto a Dios.

La vida de estos veinticuatro miembros elegidos de la Iglesia proclama el Evangelio desde la altura de sus vidas donadas por amor.

 

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