El abuelo

 

A Yuya le gustaba que tocara el violín. Se quedaba viendo al anciano que, entrecerrando los ojos, interpretaba a veces una música alegre, otras un poco triste, más bien nostálgica, pero siempre fascinante. Yuya supo después que eran piezas que él componía. Y que la primera la había compuesto para la abuela hacía muchos años, cuando todavía no eran novios.

A ella le costó entender porqué se dedicó a carpintero y no a músico. Alguna vez estuvo a punto de preguntárselo, pero no se atrevió. Se enteró por su mamá: se ganaba más dinero como carpintero en el ferrocarril que como violinista. Y se casó con la abuela y tuvieron hijos y había que darles de comer, pagar la renta, la luz... No hubo otra opción.

 

El abuelo se levantaba todos los días a cinco de la mañana. Era una costumbre adquirida cuando trabajaba en el ferrocarril y después de jubilarse nunca pudo o, más bien, nunca quiso modificarla.

Hacía café de olla, lo endulzaba con piloncillo y le ponía un poco de canela. Lo bebía despacio mientras masticaba la mitad de un bolillo con nata. Luego comía algo de fruta: una manzana, un plátano, una rebanada de melón, lo que hubiese en la casa.

Se bañaba con rapidez en la ducha bajo el chorro de agua fría, que en ocasiones estaba helada. Se secaba frotándose vigorosamente el cuerpo con una toalla burda. Se vestía con sencillez y salía de la casa cuando el silbato de los talleres del ferrocarril, que se escuchaba por toda la ciudad, comenzaba a llamar a los trabajadores. Ahora ya no iba para allá. Ahora caminaba hasta la Plaza de Armas en donde ya estaban a la venta los periódicos del día y se sentaba a leerlos en alguna banca.

Luego regresaba a su casa y tomaba el maletín que Yuya le había visto y salía a hacer alguna visita. Como todo esto era en la mañana, la niña no lo sabía. O bueno: sólo sabía la parte  que su abuela contaba: lo de seguir levantándose de madrugada y bañarse con agua helada. Y lo que ella veía: por el mediodía comía pollo: muslo hervido o pechuga asada, y tomaba agua de limón casi sin azúcar. Al final del día merendaba chocolate en agua y una o dos piezas de pan dulce.

 

-Ya andan por aquí los duendes catalanes- le dijo en un susurro el abuelo a Yuya. Era una de esas tardes en que, después de comer, se sentaban a platicar en la pequeña sala que en la casa de los abuelos algunas noches también era cuarto de televisión.

Yuya lo miró divertida. Esa era una de las historias que más le gustaban de todas las que el abuelo le había contado. Porque el abuelo, por sorprendente que fuese lo que decía, no inventaba nada. La abuela daba constancia de ello.

Cuando trabajó en el ferrocarril, había sido dirigente de los trabajadores durante algún tiempo. Fue esa la época en que vino una delegación de los ferrocarrileros de España, de una provincia que se llama Cataluña. Con uno de ellos el abuelo había hecho especial amistad y como parte de ella, por las tardes, tomando té en la cafetería de la estación de trenes, intercambiaban historias. Así llegó a la familia esa historia de duendes.

El amigo había nacido en una familia de campesinos, en la cual estaba muy arraigada la creencia de que las cosas que se extraviaban eran cambiadas de lugar por unos duendes que cada noche, antes de dormir, preguntaban: “¿què farem, què direm, què farem, què direm, què farem, què direm?” y si después de esas tres veces no se les  respondía con prontitud, se sentían en la más absoluta libertad de hacer lo que les diese la gana y así era como cambiaban las cosas de lugar y luego era difícil encontrarlas. Pero si se les respondía encomendándoles una serie de labores, las realizaban con total eficacia por la noche: limpiar los pisos, lavar la loza, sacudir los muebles. La pregunta era apenas susurrada, cuando uno estaba a punto de quedarse dormido, por lo que era muy usual que la persona no escuchase el “¿qué haremos, qué diremos, qué haremos, qué diremos, qué haremos, qué diremos?”. Mirmallons, era su nombre

-¿Los has visto?- preguntó incrédula Yuya.

-No, pero cada mañana hay demasiadas cosas que se me han extraviado. Y no alcanzo a escucharlos antes de quedarme dormido.

Después de un momento de silencio, Yuya ofreció:

-Si quieres el sábado me quedo a dormir y te ayudo a quedarte despierto hasta que los escuches.

-El asunto no es así- dijo el abuelo. -Debe ser uno mismo quien los escuche, porque acuérdate que sólo se dejan ver de reojo y hablan en un susurro.

Yuya no dijo nada más, pero decidió que el fin de semana se quedaría a dormir en casa de los abuelos y trataría, si no de escucharlos, por lo menos de verlos, aunque fuese fugazmente.

 

Por las tardes, después de comer, la mamá llevaba a Yuya a casa de los abuelos, si es que la niña no había comido con ellos. Mientras la abuela y la mamá conversaban y tejían haciendo sobremesa en el comedor, Yuya y el abuelo en la sala hablaban de muchas cosas, a veces el anciano le ayudaba a hacer la tarea que le hubiesen dejado en la escuela, a veces nada más se hacían compañía y otras el abuelo sacaba su violín y lo tocaba para ella. En ocasiones iban al taller y hacían cualquier cosa que a la niña se le ocurría; así habían llevado a navegar a la fuente del parque ferrocarrilero una balsa que habían hecho con todo y vela; en el cuarto de la niña había un pequeño librero perfectamente pulido y barnizado, durante la fabricación del cual ella había aprendido, entre otras cosas, cómo se pulía, se sellaba, barnizaba y perforaba la madera con tornillos para que lo fabricado tuviese una larga duración. Había presumido, ante los amigos de la escuela, una espada de madera, muy bien pulida, con algunas figuras de estrellas y cometas que el abuelo le había grabado. Porque a ella, si bien le gustaban los muñecos y los peluches que tenía -todos con nombre propio- también le agradaba jugar con los chicos a los espadazos o a las canicas.