I. ENTRADA A LA CASA.

 

Tito Manolito llegó con tres pollitos. Todos amarillos, todos suaves, todos con ojos de desamparo.

Los había comprado al cruzar por el mercado, según dijo. Era domingo y con ganas de ir a ver a sus nietos, salió de su casa a media mañana. Al ver varias decenas de pollitos que eran mostrados en grandes canastos, le pareció que uno para cada uno de los niños sería un buen regalo.

“Aprenderán algunas responsabilidades, además de los deberes de la escuela y de la casa” pensó. Así que compró dos pollitos y una pollita. El hombre que los vendía los diferenció tomándolos por el pico y haciéndolos colgar en el vacío unos segundos. Explicó que las pollitas se quedan inmóviles, en tanto que los pollitos aletean muchísimo.

 

El alboroto entre Nice, Güicho y Cano fue muy grande en cuanto vieron las aves y la emoción subió de tono cuando los tuvieron entre sus manos.

Doña Gelos, madre amorosa casi siempre y temible en ocasiones, sólo movió la cabeza con un gesto de reprobación pero no alcanzó a oponerse al regalo.

En el patio de la casa, bajo el cobertizo, cerca del lavadero, con una caja de madera se improvisó un pequeño gallinero para los pollitos, pero sólo durante el día, ya que los tres niños le hicieron saber a su madre, con el tono que presagiaba berrinche si no, que los animalitos dormirían en las mismas habitaciones de ellos. La madre accedió, nada más hasta que crecieran lo suficiente para permanecer en el patio todo el tiempo.

Lo que quedaba del día estuvieron viendo a los pollitos corretear y aletear por el patio. A veces los tomaban entre las manos y los acariciaban con mucho cuidado. Para diferenciarlos, la mamá les ató un listón a cada uno en el cuello. Amarillo el de Cano, verde el de Güicho y rojo el de Nice; a ella le hubiera gustado rosa, pero en el costurero de Doña Gelos no había de ese color.

El abuelo estuvo con ellos, mirando complacido, la felicidad de sus nietos.

Para alimentar a los pollos les hicieron avena molida con agua y además les pusieron un pequeño recipiente con agua cristalina. Para pasar la noche, arreglaron una caja de zapatos con papel periódico en el fondo y con agujeros en los lados y en la tapa para que pudiera pasar aire, pero los pollitos los utilizaron para sacar por ellos sus picos, lo que suscitó la risa de los niños y una diversión inesperada: cuando hacían eso los pollos, los niños los obligaban a volver a meterlo empujándolos con la punta del dedo, lo que provocaba, una respuesta airada de los animales que no pasaba de un leve piquetito.

Entre una cosa y otra, ese domingo los niños tardaron un poco más que de costumbre en dormirse, hasta que Don Víctor impuso su autoridad de papá y los obligó a ir a la cama. Ellos querían que los pollitos, con todo y su pío-pío, durmieran en su habitación, dentro su caja, claro. Pero Doña Gelos logró convencerlos que las aves durmieran en la cocina, con el argumento de que junto a la estufa habría más calorcito.

 

II. LO QUE FALTA. 

Fue un verdadero problema que al día siguiente salieran para la escuela. Querían jugar con los pollos, verlos, estar con ellos. Les divertía mirarlos beber agua: tomaban un poco con la punta del pico, luego la ingerían levantando la cabeza y dejando que el líquido se deslizara por su garganta. Repetían ese movimiento una y otra vez, hasta que saciaban su sed.

Pero no hubo nada que hacer: era un día de clases. Los papás fueron inflexibles.

Toda la mañana, los tres niños estuvieron impacientes. Cada uno en su salón no prestaban atención a lo que se decía en clase. Güicho iba en primero de primaria, Nice en segundo y Cano en tercero. Durante el recreo, con sus amigos, sólo hablaron de los pollitos.

 

Los tres regresaron con más precipitación que de costumbre. Buscaron a los pollitos, los sacaron al patio y, al igual que el día anterior, estuvieron jugando con ellos. Para que entraran a la casa y se sentaran a comer, Doña Gelos tuvo que ponerse muy seria.

Por la tarde, lograr que hicieran la tarea fue difícil. De plano, por teléfono, Doña Gelos le pidió al abuelo que viniera a la casa a ayudarla para que los niños cumplieran con sus deberes escolares. Sólo así se sentaron a trabajar: Tito Manolito les decía que si él había traído a los pollitos, él se los podía llevar.

Ese día se olvidaron de la tele. Veían a los pollos: que si aleteaban, que si caminaban, que si cerraban los ojos y se acurrucaban en un rincón, que si hacían caca.

Poco antes de que llegara la hora de dormir, cuando el abuelo ya se había marchado, Güicho dijo algo de lo que nadie se había dado cuenta, quizá porque pensaban que con los listones de colores era suficiente para diferenciarlos; dijo:

-¿A los pollitos también se les pone nombre?

Todos los niños voltearon a ver a su mamá, buscando que diera respuesta a la pregunta:

-Sí, claro- respondió Doña Gelos; y agregó: -¿Por qué no dejan que la almohada les aconseje qué nombre le va a poner cada uno a su pollito?- Maravillados con esa idea se fueron a la cama, no sin antes decir algunos nombres:

-Yo le voy a poner Maribel- dijo Nice -Porque ella es mi mejor amiga.

-Eso no le va a gustar nadita a Maribel- replicó Cano -Hasta se va a ofender porque le pones su nombre a una polla.     

-Le voy a preguntar mañana y hasta le va a dar gusto- aseguró la niña.

-Yo quiero que papá le ponga el nombre al mío- intervino Güicho.

-¡Esa es una buena idea!- exclamó Cano. Y luego dijo: -Habría que pedírselo para los tres. Pero que sean nombres diferentes, extraños, que nadie los pueda olvidar.

-Está bien. Creo que eso es lo mejor- aceptó Nice, después de pensarlo unos segundos.

Como de costumbre, para darles las buenas noches Don Víctor primero fue al cuarto de Nice y ella le dijo lo de los nombres; él aceptó divertido. Prometió que al día siguiente, por la tarde, diría cómo se llamarían los pollos.


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