EL AGRADO NO COMPARTIDO

(El disfrute personal de los textos de Borges) 

 Son dos los territorios en los cuales prefiero acercarme a Borges: su maestría en el uso del lenguaje y las certezas -antes que la zozobra- frente lo numinoso.

 Es una dualidad en la cual Borges descubre, explora, conoce y domina una gama sorprendente de posibilidades, fincadas en los ritmos del idioma. Le imprime variaciones cuyos orígenes remotos se adivinan en una colectividad (en este caso Buenos Aires), pero cada frase, y más aún: cada resplandeciente palabra (la cita es de Borges) va cargada de un sentido que se realza al fluir, en el texto, aquellas certezas de que lo numinoso no es tan ajeno al diario acontecer.

Más que servicios mutuos que pudieran prestarse ambas vertientes, está la convicción de que existen semejanzas entre el idioma y los enigmas situados más allá de la percepción común. Esto, desde luego, tiene mucho qué ver con la idea tan llevada y traída (que no por ello es menos cierta) acerca de que el escritor, como receptor del devenir lejos de planteamientos políticos o históricos, es un demiurgo en su acepción de dios creador. Y como todo dios creador, Borges sabe ser cruel. Dice: Cada día que pasa nuestro país es más provinciano. Más provinciano y más engreído, como si cerrara los ojos. No me sorprendería que la enseñanza del latín fuera reemplazada por la del guaraní

Cada texto es un excepcional vaso comunicante en donde la incertidumbre es generada por la certeza de que hay otras posibilidades en los sucesos, posibilidades que nos las han hecho perceptibles el desarrollo de una sensibilidad diferente.

En esta diferenciación de la sensibilidad y en tal empeño de hacernos perceptible lo que no es común, juega un papel decisivo lo que Borges definió como un lento atardecer de verano, dentro del cual se perciben el color amarillo y sombras y luces: la ceguera gradual, misma que no concebía como cosa trágica. Carlos Isla, en el poema Mucho ojo, la describe así:

         Y Borges volteó hacia adentro

         para ver al que le dictaba

         y se hicieron estatuas de sal

         las niñas de sus ojos.

 

Así, mis preferencias por Borges, más que a libros se ciñen a textos.

Su cuento El otro, -escrito en 1972 y publicado en 1975 como parte de El libro de arena- es una pieza que tiene implicaciones de actualidad turbadora: sostiene, por ejemplo, que los Estados Unidos, trabados en la superstición de la democracia, no se resuelven a ser un imperio, afirmación que, en las actuales condiciones políticas e históricas, habría que pulsar con atención. Es un texto escrito en plena eclosión latinoamericanista y de efervescencia por el socialismo como vía para la igualdad entre los hombres. Para Borges -sin desencanto y sin amarguras- se yerguen otras probabilidades que ahora nos resultan obvias.   

         En ese cuento hay dos reflexiones de lo que, posiblemente, fueron sus poemas para sí mismo. En una de ellas dice: Escribirás poesías que te darán un agrado no compartido: la forma en que Borges asume su ceguera, cómo la describe, cómo trata de hacérnosla aprehender, es una aceptación hecha literatura y que, sin embargo, no puede compartir. Si la ceguera gradual no fue para él cosa trágica, también le fue cada vez menos necesario compartir ese agrado (la concepción no trágica de la ceguera) con alguien.

         Escribe en aquel cuento: El poema gana si adivinamos que es la manifestación de un anhelo, no la historia de un hecho. Y casi diez años después, devela el que, quizás, fue uno de sus mayores anhelos: ver la luna hasta agotar la suma de veces que a todos nos da el destino. La cifra es uno de los poemas escritos en español más estremecedores: en él, confrontamos el lenguaje y lo numinoso, la literatura como la manifestación de un anhelo, como el agrado que Borges no compartió:

 

La amistad silenciosa de la luna

(cito mal a Virgilio) te acompaña

desde aquella perdida hoy en el tiempo

noche o atardecer en que tus vagos

ojos la descifraron para siempre

en un jardín o un patio que son polvo.

¿Para siempre? Yo sé que alguien, un día,

podrá decirte verdaderamente:

No volverás a ver la clara luna.

Has agotado ya la inalterable

suma de veces que te da el destino.

Inútil abrir todas las ventanas

del mundo. Es tarde. No darás con ella.

Vivimos descubriendo y olvidando

esa dulce costumbre de la noche.

Hay que mirarla bien. Puede ser última.

 


Página principal

Otros textos

Índice General