MACHO ALFA

 

No fueron los destellos que el agua de la regadera provocaba al escurrirle por la piel: lo paralizó la sensualidad con que la recibía. Eso era tomar un baño matutino.

El sobresalto lo hizo alejarse.

Apenas dio unos pasos, decidió observar con calma. Se acercó de nuevo: sólo el vacío. Esa fugacidad fue suficiente para que terminara de espabilarse, sin el cotidiano ritual de beber café recién colado.

Todo el día la imagen se le sobrepuso: una mujer hermosa. Sobre la fugacidad, alcanzó a atisbar unos senos erguidos y unas caderas de justas proporciones, una tez morena clara. Nunca antes la había visto. O tal vez no le había prestado atención. Decidió quedar al acecho.

Se acercaba cada día, más o menos a la misma hora. Se alejaba después de algunos minutos de inútil e inquieta espera. Y repetía ese ir y venir varias veces. Perdió la cuenta de si fue una semana, diez días o más o menos de remachar esos pasos. Estuvo a punto de desesperarse y mandar al demonio la necedad de verla de nuevo. Hasta llegó a pensar que sólo había sido una imagen que, en medio de la modorra matutina, se proyectaba desde su última infancia, cuando vio a una mujer desnuda tomar el sol. Aquella fue su primera revelación erótica: un cuerpo femenino tendido, sin mayor malicia que tomar el sol.

Su impaciencia fue recompensada: al fin pudo observarla: comenzaba agitando la cabellera acoyotada, lavándola y enjaguándola; luego, de espaldas al chorro de agua, se frotaba con calma el cuello, los hombros, la parte baja de los senos que se erguían aún más, como en un acto propiciatorio para el deseo, para la lujuria, para la concupiscencia; continuaba con el vientre, se detenía un momento en el sexo y recorría la redondez de las nalgas: pasaba el canto de la mano por el ano y, sin prisa, seguía con la parte interna de los muslos; hasta allí alcanzaba a ver. Las pantorrillas y los pies quedaban en un misterio que no le importaba demasiado. Se sorprendió con una incipiente erección. Se alejó sin verla concluir su baño.

Trató de establecer el horario en que se duchaba. No era fijo: había un margen como de dos horas. Cada día ojeaba furtivamente hasta que comenzaba ese ritual; entonces se agazapaba y clavaba la mirada. Ella empezó a volver la vista hacia el exterior con insistencia: el sentido que la inmensa mayoría de las mujeres ha desarrollado para percibir cuando son observadas con lascivia, funcionaba muy bien en ella.

Una mañana en la que un sol intenso le daba de frente, pudo observar detalles antes difusos: la brevedad de sus pezones y el encaje de sus rasgos. No, definitivamente a esa mujer no la había visto. Ella, sin dejar su rutina, insistía en mirar buscando algo o alguien. Él reaccionó a tiempo y se alejó, antes de que toda posibilidad de evasión se hubiera esfumado.

 

Empezó a sentirse incómodo. Cualquier cosa la hacía con pesadez, esperando los momentos de estar allí; el mundo se le había reducido al breve sitio desde donde acechaba y el tiempo, a esos minutos en los que miraba casi sin parpadear, con la respiración temblorosa: la vida tenía que seguir, la vida tenía que seguir, se repetía. Y lo hizo: durante días, semanas, se alejó de esa visión, de ese justo lugar, de esos momentos de agobio a veces prolongados, a veces no. Fue un difuso proceso de convencimiento personal. Tuvo que dejar atrás resistencias íntimas. Sabía que era una estupidez actuar como chamaco fisgón, pero había una seducción que superaba todo razonamiento, que le era desconocida.

A propósito se levantaba tarde y cuando se asomaba era casi mediodía y no encontraba ni rastro de ella. Se sentía más tranquilo.

Inició un recuerdo que le gustaba evocar. Incluso llegó a formar parte de sus charlas y les contaba a los amigos -quienes le hacían modestas bromas procaces- agregando detalles que no había visto: la proporción de sus pantorrillas y la perfección de sus pies.

Comenzó a darle un aura de invención que le gustaba; formaría parte de sus mitos personales, como su amiga de aquella infancia con la que jugaba a “las peladeces”, como su primera novia formal, como las visitas a los prostíbulos apenas rebasando la adolescencia, como la primera mujer que poseyó en verdad.

Una tarde luminosa caminaba distraído por los rumbos aledaños y se topó con ella de frente: una hembra para privilegiar sus sueños. Pero venía acompañada de un fulano de quien sólo retendría su carencia de pelo. Cruzaron una mirada que a él le reveló unos ojos mortecinos y profundos, y a ella, un transeúnte más de los muchos a los cuales estaba acostumbrada por las miradas que le dirigían.

Volvió a la hora y al espacio de su acechanza con zozobra: tomaba café, daba vueltas, suponía que algún día ella dejaría de acudir a ese acto matinal y eso acrecentaba el desasosiego.

Empezó a tomar su baño diario después de mirarla y bajo el agua tibia de la regadera se masturbaba entusiasmado, esperanzado: hacía planes para acercársele, para hablarle, para conocerla. El mito había descendido a dimensiones terrenas y le parecía asequible.

Con la variación solar de los meses y del clima, había mañanas en las que tenía una mejor vista; otras, en las cuales ella era nada más una sombra.

Un día irrumpió otra sombra: se bañaban: el pelón la enjabonaba mientras le besaba el cuello. Eso no lo quiso ver, no pudo: con una sola jabonadura le habían deshecho la eventualidad de un acercamiento que quería iniciar con un galanteo ligero, intentando encontrarla nuevamente como por casualidad.

Ella estaba acompañada, no era ocasional. 

Llegó la mañana en que no apareció. Por mucho que porfió en su espera no apareció. Y no lo hizo durante varias mañanas. Al quinto día la zozobra amenazaba con ahogarlo. Pero al sexto lo vio: el pelón era quien se duchaba. Un hombre vigoroso, de cuerpo delgado, que disfrutaba el agua dejando que le cayera a un costado, al otro, por la espalda. Nada digno de mirar.

La mañana siguiente la pudo ver: bella como siempre, ahora podía percibir la piel dorada y la blanca sombra dejada por el bikini. No lo dudó: se había ausentado para ir a la playa con el hombre. Sintió una profunda tristeza de sí mismo ante la mujer ajena.

Empezó a tener curiosidad por la vida de ellos: especulaba. Ella debía ser actriz o modelo de altos vuelos. Sería muy vulgar que fuese secretaria de algún funcionario importante o ejecutiva de alguna empresa trasnacional. Él no era feo. Podría asegurar que se ajustaba a las exigencias de lo que llaman “metrosexual”. Lo decidió: ambos vivían en el mundo del entretenimiento. Lo más seguro es que fuesen actores a quienes aguardaba una carrera de éxitos. El día que la mirase a ella como protagonista de una película, sería el acontecimiento.

 

Un mediodía vio al fulano sentado en el exterior, tomando el sol con displicencia. Le hablaba a alguien, a unas manos suaves que gesticulaban al responder. No alcanzaba a escuchar nada ni a verla: la ocultaba una columna que sostenía la cubierta bajo la cual ella permanecía; estuvo viendo al perfil del hombre platicándole a esos ademanes ligeros.

Las mañanas comenzaron a alternarse: a veces se bañaba ella primero y la miraba con largueza, y otras, era el hombre quien primero ocupaba la ducha lo cual hacía que la vigilancia perdiera todo atractivo.

Hasta una vez que, de frente a la regadera, el calvo empezó a masturbarse. No pudo dejar de mirar. El hombre se encorvó un poco y subía y bajaba con rapidez la mano que apretaba el sexo. Con la otra se pellizcaba las tetillas. Fueron minutos de expectación. Todo el cuerpo estaba en tensión, anhelante del orgasmo. Entre espasmos ligeros, eyaculó sosteniendo la punta de la verga contra el chorro de agua, levantando la cabeza, también como realizando un acto propiciatorio, pero el que espiaba no acertó a saber propiciatorio para qué. Le pareció patético; si grotesca fue la imagen de un hombre teniendo sexo a solas, en ése se recrudecía por la mujer con la que fornicaba. No pudo dejar de mirar hasta que el hombre desapareció de su vista.

El que miraba cobró conciencia que hacía ya muchos años se había hecho su primera puñeta frente a la televisión, casi por accidente, mirando algún programa de caricaturas, mientras en la casa paterna todos dormían la siesta. Se sintió envejecido y ridículo. Como vano consuelo recordó las palabras de una francesa, directora de una revista de arte, que al publicar sus memorias sobre sus devaneos sexuales, dijo que el mejor sexo lo había tenido a solas... o algo así.

No quería imaginarse al metrosexual y a la de pelo acoyotado fornicando. Pero su mente derivaba hacia ello: ¿qué se dirían? ¿Qué se pedirían mutuamente? ¿Cómo le gustaría ser penetrada? ¿Qué es lo que más disfrutaban? ¿Cómo serían los orgasmos de ella?    

Tardó días en asomarse otra vez.

Allí estaba ella realizando su danza, hermosa y lejana. La miró ajena, con languidez, ni siquiera con la ilusión de un anhelo; si las coplas populares dicen que no hay bocado más sabroso que el de la mujer ajena, ella le parecía un bocado inalcanzable. En algún libro había leído la frase “mujer dolorosa”: comprendía a cabalidad el sentido de la unión de esas dos palabras.

Se duchaba apenas incorporándose de la cama, pero aunque ya sin erección posible, verla era una adicción. Y como todo adicto, poco le importaba quien se enterara. Las miradas recelosas dieron con un objetivo: el que la observaba sin recato. Ella agitó la cabeza con evidente enojo y corrió el cristal traslúcido de la ventana que impedía verla en toda su belleza. Él pudo ver, de frente, esos senos prodigiosos, desnudos, la redondez perfecta de las caderas, la sombra de la entrepierna, el agua corriendo por los muslos y no prestó atención al gesto de furia que le ensombrecía el rostro.

Tras la maravillante sorpresa del primer instante pensó en abrirse la bragueta, pero en ese mismo segundo le vino a la memoria lo que una amiga le había dicho: “el sexo del hombre es atrayente cuando está erecto; flácido es un moco desagradable”. Lamentó su ausencia de erección. Se alejó con rapidez de la ventana, avergonzado, humillado, a refugiarse lo más lejos posible dentro de su espacio doméstico, considerando que la suya era una bragueta triste.

 

No podía abandonar la tentación de volver a asomarse, aunque no la consumaba; como inútil desahogo miraba por las otras ventanas a toda hora del día.

Un atardecer, con la luz situada del lado opuesto en que era necesaria para su adición y mirando por otra ventana, la vio. Pero la vio y no: envejecida, el pelo hirsuto y entrecano, sentada al borde de la cama, gorda, con las lonjas que se amontonaban una sobre otra, con las tetas al aire, que de tan flácidas parecían una lonja más; acezando por la fatiga cotidiana, decaída, sin prestar atención a nada, tenía las ventanas abiertas de par en par y no le importaba quien viera sus miserias.


 

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