HUYERON

Entró al aeropuerto como quien sale al mundo sin mayores aspiraciones.
Excepto la huida.
Tenían que escapar los dos. Era seguro que los seguirían y que no dejarían de hacerlo. Aunque estuvieran bien lejos no podrían confiarse.
Miró en todas direcciones tratando de disimular su ansiedad. Enseguida supuso que eso atraería la atención de algún vigilante. Se dirigió con paso inseguro hacia la sala de espera de las llegadas nacionales que, como siempre, estaba atestada.
Apenas se desocupó un asiento, se acomodó allí.
Observó a los viajeros y a los que esperaban. Era evidente cierta emoción entre quienes se iban o llegaban. Tenían un aire que los delataba. No sucedía lo mismo con quienes aguardaban el arribo de alguien o acompañaban a alguno para despedirlo. Éstos, se veían confiados, fastidiados o gustosos, pero nunca inseguros. Eso: en los viajantes el aire era de inseguridad.
No pudo permanecer sentado. Se levantó, dio unos pasos y vio la puerta salvadora de los sanitarios. Hacia allá se encaminó. Antes de entrar lanzó una mirada sobre su hombro y no observó nada raro. Apenas traspuso el umbral, le asaltó el olor a desodorante barato de los mingitorios públicos.
Como no tenía ganas de orinar ni nada, pudo ver con algo de calma el sitio: estaba más o menos limpio aunque, como de costumbre, no había papel de baño, ni jabón, ni toallas para las manos. Con la misma urgencia que había entrado, cayó en la cuenta de que su actitud sería sospechosa allí, sin hacer otra cosa que permanecer de pie, viendo todo con la expresión desencajada que traía desde temprano. Un hombre, de los que hacen la limpieza, lo miraba y lo miraba y lo miraba. Frente al espejo se arregló el pelo con las manos, hizo como si se revisara los dientes y salió.
Caminó por los pasillos y creyó que se le repetían algunas caras que había visto en la sala de espera. Eran muchos los rostros que reconocía o imaginaba reconocer: allí estaba el hombre que arrastraba una excesiva maleta roja; y la señora con la niña chillona. No era posible que ellos estuvieran siguiéndolo.
Recorrió los locales comerciales, uno por uno. Miraba su reloj a cada momento. “No pasa nada, no pasa nada” se repetía. Pero es que sí pasaba. Y no quería imaginar el tamaño de lo que estaba iniciando, ni cuestionarse a dónde sería capaz de llevar el asunto.
Había demasiada gente en el aeropuerto. Era usual al inicio del verano. A ver si no había problemas para conseguir los pasajes.
“No llegan...” Es que aún no era la hora.
Si ellos no llegaban, tampoco habría ni equipaje ni dinero y todo se iría al infierno. Bueno, de seguro él iría a la cárcel. Esa perspectiva le provocó una punzada en la boca del estómago.
Minutos antes de la hora acordada, estaba en el sitio del encuentro, bajo los tableros de avisos de la sala de llegadas nacionales. Se puso a leer los detalles de las salidas. Descartó los vuelos domésticos. Eso sería ponerse en las manos de sus perseguidores.
París, Houston, Buenos Aires, Dublín, Tokio. Destinos demasiado conocidos: muy al alcance. No sabía adónde, pero había que irse lejos. Por lo pronto, lo importante era salir del país.
Cuando le tocaron el hombro, Máximo Atencio tuvo un sobresalto.
—Por fin— dijo María.
—¿Todo bien? ¿Todo bien?— preguntó Máximo con ansiedad.
—Todo en orden— confirmó Pablo, quien estaba parado junto a ella.
Traían los equipajes. Pablo, después de vaciar la cuenta bancaria de Atencio, había cambiado todo a dólares. Tenían lo necesario para emprender, ahora sí, la huida.
A juzgar por el tamaño de sus tres maletas, María llevaba más de lo necesario. Máximo guardó el dinero, revisó los pasaportes y se aseguró de que en su valija estuviese lo que había pedido. Pero no importaba, en realidad. No pudo evitar un gesto de desaprobación cuando cargaron las maletas para dirigirse al área de las aerolíneas internacionales. Pablo hizo una broma nerviosa diciendo que ahora era sencillo, que la bronca había sido sacarlas de la casa de ella sin que interfiriera la sirvienta. María sonreía y era la única que lucía tranquila y feliz.
—No es para tanto— dijo.
No había boletos. Estaban llenos todos los vuelos hacia los países que no pedían visa. Y ya era imposible ir a algún consulado a realizar cualquier trámite. Pablo escuchaba con ojos redondos, clavados en el piso, la desesperación de Máximo Atencio. A unos metros, María se había sentado con toda su belleza sobre las maletas y lo miraba con algo de esperanza. Ese vestido ligero y su cuello estirado, contraponiéndose a su pierna cruzada, le daban un aire de reto y de expectación que obligaron a más de uno a observarla con detenimiento.
—Nos va a cargar la chingada— le decía Máximo a Pablo; su voz denotaba un ligero temblor. —Si no salimos ahora, de seguro nos alcanzan.
En el bullicio de los andadores, esa angustia pasaba inadvertida para la inmensa mayoría de quienes circulaban por allí. Los tres tenían toda la pinta de viajantes agobiados, lo que a los ojos de cualquiera resultaba normal, previo a las jornadas del verano. Pero sin que ninguno de los tres se hubiese percatado, durante varios minutos un hombre bajito —que vestía un traje gris, ajado, con una corbata roja estridente y camisa blanca percudida— los había observado. Se aproximó.
—¿Desean viajar los jóvenes?— les preguntó en voz apenas audible en medio del fragor del aeropuerto. El primer pensamiento de Máximo Atencio fue que ya los habían alcanzado. Pero cuando se fijó en la facha del hombre que lo interrogaba, supo que no era de los perseguidores.
—¿Y a usted qué chingados le importa?— contestó Pablo.
El tono fue amenazante, por lo que el hombrecillo encogió la cabeza entre los hombros para dar a entender que era inofensivo. Con la lucidez que da la desesperación, Atencio entendió:
—¿Tiene algo que pueda ayudarnos?
—Tal vez, tal vez— dijo el fulano asumiendo un aplomo que en él resultaba chocante. Hablaron rápido. Pablo no confiaba. Pero para Máximo y María no había más opciones: tenían que abandonar el país.
Al señorcito le quedó claro que debían exhibirse lo menos posible en los pasillos del aeropuerto y que una salida a Norteamérica no les servía de nada. Hizo un guiño y los condujo a unos sanitarios cerrados, según decía un cartel que colgaba de la cerradura, porque supuestamente estaban fuera de uso. El hombre sacó una llave, abrió la puerta y los metió. Ahí debían esperarlo, dijo. Cuando se marchaba, Pablo preguntó por el costo.
—Primero veamos qué consigo. Luego nos arreglamos— y salió echando llave a la chapa.
—Es una trampa— dijo Atencio, arrepintiéndose de no haber hecho caso a las desconfianzas de Pablo.
Había un olor a caño reconcentrado.
—De veras deben estar inservibles estos sanitarios— comentó María.
—Ahora es preciso resistir— murmuró Pablo mientras se acuclillaba, apoyando la espalda en la puerta.
Durante casi una hora estuvieron allí, tratando de respirar lo menos posible. El hedor no les permitía hablar, a pesar de las cosas que tenían para contarse. Máximo y María tendrían tiempo.
Aparte de la peste, el calor empezó a volverse insoportable. El sudor les humedeció la ropa.
En esos minutos fueron estoicos, recordaría Pablo tiempo después.
Alguien quiso abrir la puerta, moviendo la cerradura.
Máximo Atencio tuvo que ayudar a Pablo a incorporarse porque se le habían entumido las piernas. Entró el hombrecito y con él una bocanada de aire agradable. Los apresuró para salir y ya en los andadores, ayudando a cargar el equipaje, les ofreció un vuelo inmediato a Ámsterdam, pero sin visa. Entrarían a Holanda como ilegales.
El problema era el costo. El chaparrito les cobraba casi la cuarta parte de lo que Atencio llevaba, sus fondos para iniciar la vida a donde fuesen a parar. El precio no era negociable. Pablo dijo que sí y, ante el estupor de sus amigos, le entregó el dinero al hombre. Luego metió en la bolsa del pantalón de Atencio un fajo de billetes enrollado con una liga.
—Yo también dispuse de mis ahorros— dijo.
Hubo un abrazo emocionado entre Pablo y Atencio. María le dio el adiós con un ligero beso en la mejilla y lágrimas en los ojos. El señorcito los apresuró hacia una angosta puerta tras la cual se divisaba un largo pasillo. Había un uniformado que, sin mediar palabra, recibió unos billetes.
Salieron a las pistas, caminaron hacia un jet boeing y subieron por una escalera lateral del pasillo telescópico.
Otro vigilante, vestido de civil, también en silencio aceptó su parte de dinero. Después, el de traje ajado, hablando un inglés mocho, los entregó al capitán del avión, diciendo que eran los pasajeros que esperaban. Antes de que el pequeño señor desapareciera de sus vidas, Máximo —otra vez siguiendo una inspiración— le preguntó si tenía idea de alguien que pudiera ayudarlos cuando llegaran a Ámsterdam.
—Claro que sí— respondió. Le dio a Máximo el nombre de un bar en el aeropuerto de aquella ciudad.
—Esperen allí. Como dos horas después del aterrizaje, van a buscarlos. Yo me encargo de enviar su descripción. Es todo lo que puedo hacer.
Luego se fue.
El piloto dio algunas órdenes en alemán a una azafata y, ante la mirada curiosa de varios pasajeros, los acomodaron en clase turista, en asientos separados. Las maletas quedaron en los compartimentos cercanos a la puerta.
Con un suspiro, María se resignó a compartir el viaje con dos gringos gordos que no dejaron de sonreír con imbecilidad.
Sentaron a Máximo Atencio junto a un anciano que olía a tequila y roncaba a más no poder.
Miró por la ventanilla, buscando alguna señal de los perseguidores. No distinguió nada sospechoso. Lo acometió de nueva cuenta la angustiosa certidumbre de que, por lejos que llegaran, jamás podrían confiarse.
El avión empezó a moverse.
Dejaban estudios, trabajo, amistades, familia…

—Huyeron— dijo sombríamente un hombre muy moreno, bien vestido, hablando por un teléfono móvil. —Tenemos identificados a los que les ayudaron. Ahora los vamos a agarrar para que nos digan hacia dónde.

A cada uno por su lado, los detuvieron en los pasillos de salida del aeropuerto con gran despliegue de elementos de seguridad.
Pablo esperaba algo así.
Pero el hombrecito no.


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