RETORNO

Me incliné hasta cubrirte

y renunciamos a llorar ante las emboscadas

en las que algunas formas del rencor nos sorprendieron desnudos,

pero no hay lugar donde guarecerse: sólo paredes y ventanas;

no podemos contar con el reloj; a veces, solamente con los cuadros,

con los muebles y hasta con nosotros mismos.

¿No recuerdas si antes de intentar la huida

perdimos la clave para no regresar?

¿O acaso la arrojaste al mar cuando llegamos a él

y en esa tarde se fue de tumbo en tumbo...?

Ya sin otro remedio regresamos

sabiendo que años y meses habrán de suceder a nuestra derrota

antes de que alguien más la comparta.

Fuimos débiles de pies

y los bolsillos estarían todavía húmedos de aves y arena

si no me hubiera conformado con llegar no muy lejos

y quedarme con el horizonte mientras deshacías lo andado.

Ahora queda ya muy poco en la espesura de las hazañas,

pero los edificios no serán suficientes jamás,

el deseo de salir se teje de tus ojos a los de cualquiera

aunque un día, pudiendo caminar

sin saber de las señales a la intemperie,

volviste antes del anochecer.

Seguramente son el heredero, aunque a medias,

de los siglos anteriores, de muchos viajes sin terminar.

Nadie esperaba nuestro retorno,

pero amamos demasiado todo este horror.

 

 

SPRINT

Vienes con un dejo de vértigo

suficiente para que alguien

se fije en tus ojos.

No hay triunfo:

tus dientes grandes, posiblemente feos,

son esa necesidad que yo invento,

que tú has desenterrado

con el mito de quien ya no se pertenece.

Vienes con una mueca de miseria,

de prostituta legendaria,

con un amarre incierto

a lo que nos dicen que eres;

pero también existe el estadio abandonado,

o la ovación a la victoria que no es nuestra,

o el deseo de acariciar tu espalda,

la huesuda cadera,

tus muslos flacos y vigorosos, casi de colegiala;

y tus manos ¿cómo serán?

Quizá esto no sea una derrota

porque no estamos ni en tu vientre, ni en la pista,

en donde deben quedar vestigios

de la madrugada que te desató los pies.

 

 

HE ABIERTO

He abierto tus labios y tu sexo:

te he tocado, casi registrándote,

queriendo encontrar algún barbitúrico.

He visto que te maquillas y te desmaquillas

sin ver sus ojos claros ni su pelo rubio.

Te he hablado de cuando era muchacha

y trabajaba de empleada;

entonces me ves con tu mirada tan grande,

me observas.

Luego te niegas y nada me dices de su infancia,

ni del  marinero que tanto amó

ni de los otros.

Acudo a ti,

porque sé que no eres ese póster

donde apareces desnuda sobre un fondo de terciopelo rojo;

(a veces, la soledad es un fondo de terciopelo rojo)

Sin embargo,

me gustaría verte acorralada

en ese pedazo de papel sin saber por qué sonríes;

(un día me dijiste que preferías no haber nacido,

el suicidio vino después)

Hablamos de los barbitúricos

y siento mucha tristeza:

no alcanzaste a llamarme por teléfono.

 

 

 

LA MUCHACHA SALE

La muchacha sale del supermercado

y como de costumbre no repara en la profundidad del cielo:

sólo un pájaro.

Abre la cajuela y acomoda los bultos,

en el cielo cabe un pájaro, por ahora la cajuela es más grande.

Entonces el hombre que tiene enfrente

solamente piensa en verla desnuda

y la muchacha se complace en no complacerlo.

El recuerda su impecable presencia y a conservarla inmutable.

Detrás del hombre una cajuela, por ejemplo:

              el supermercado;

¿qué algún cielo y su único pájaro no serán

contemplados por la muchacha y el hombre?

Ella juega con los lentes oscuros y sonríe, no mucho.

Su vestido, un poco desgarbado,

la hace ver otro tanto ave;

la hace sentir un poco más sirena, sin saberlo,

el que le digan de su voz.

También el hombre se compara al de la t. v.

El cielo tan erótico

y la muchacha pensando en que si éste o el otro o el otro.

El hombre sigue su camino.


 

HACIA EL OESTE QUEDA EL OCÉANO

Bajamos del auto,

al viento llega removiendo la amargura de un girasol ciego.

Por la tarde había un sol obcecado.

Hacia el oeste queda el océano, muchacha,

y no sólo te recuerda a los transeúntes que preguntan la hora,

sino que cuando llegas a él olvidas tu jardín

en donde las flores tienen muchos atardeceres sin horizonte.

La playa es una rueda que se hace girar bajo los pies,

casi como una ola sin color.

Allí la vista recorre la lejanía imaginando una batalla naval

o tratando de adivinar el nombre del ahogado.

También en el jardín suceden cosas.

--el viento arrastrando la historia de las hojas pisadas

o los periódicos con sus letras de muchos malos atardeceres—

per5o sólo la casa cuando cruje se parece al mar;

entonces tienen lugar los naufragios y las tormentas

y desde el jardín llega el viento con sus girasoles ciegos,

con sus jaguares, su danza hirviente y sus esteros,

hasta que la profunda mirada que abandonamos en el césped,

como abandonan su navío los dos últimos tripulantes,

se pierde formulando una pequeñísima señal,

anuncio del final de una historia y sus armas.

 


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