I

 

Máximo Atencio llegó como regresan los ausentes a quienes se ha extrañado durante mucho tiempo. Por lo menos, esa fue la primera sensación que él retendría. Llegó con la impresión de no haber dormido en varias noches y con la seguridad de que el sueño terminaría por encerrarlo en algún sitio. En el ambiente acababa de despabilarse el tenue calor de la mañana recién iniciada.

Apenas dio los buenos días a quien le abrió la puerta. Entre la somnolencia de incontables noches sin completo dormir y el nerviosismo por pisar esa casa nuevamente, creyó que era su madre, rejuvenecida, la mujer que lanzara una exclamación al verlo entrar en la casa como un fantasma dispuesto a trastocarlo todo, como una ternura retomada después de haber sido condenada por el tiempo.

Se dirigió, un poco tambaleante, hacia donde, años atrás, dejara su habitación. El simple deseo de reposar como desde la adolescencia no lo hiciese, pudo más que las escuetas ganas de abrazar a quien aún habitara en esa casa. Mientras caminaba hacia la que fue su habitación, alcanzó a comprender que en el pasillo faltaba la humedad matinal que la madre, con un balde de agua y una sartén, en alguna época se había encargado de conservar todos los días. Faltaba la exuberancia que apenas permitía el paso de las personas. Faltaba el caliche reluciente de las paredes y sobraba la palidez de un lapso a punto de consumarse. Se le hizo presente un calor atenuado, reseco, sobre todo cuando en el cuarto no encontró la cama cubierta con la colcha que siempre ligara a los recuerdos de casa y familia. Tampoco estaban los afiches que él se esforzara por pegar con cierto decoro, ni los libros amontonados en los rincones, ni sus dos o tres objetos colgados en las paredes. En el instante de tirarse a dormir advirtió el olor que las sábanas y el colchón despedían: se le despertaron sensaciones no conocidas en las noches de otras camas.

Atencio llegó y se tiró a dormir con verdadero cansancio. Y sin embargo, el color de las hazañas desvaídas comenzó a posesionarse de él.

Para evadirse buscó otra cosa.

 

Entonces recordaste a la abuela.

Te dedicaste a buscarla: anduviste por la casa, sin tomar plena conciencia de que el orden que añorabas ya no podía existir. Aun así, encontraste a Mi Lala refundida en el Cuarto de Siempre. Anduviste tanto, tocando cortinas, macetas húmedas por el agua que tu madre les había puesto al rayar el sol, husmeando los olores nocturnos que comenzaban a despejarse, espiando a tu hermana que ya se vestía como mujer, oyendo los cenzontles encaramados en su trino. Anduviste, en fin, casi como en tu hogar de años atrás, sólo faltó el brillo, posesión exclusiva de aquello que nunca fue condenado al olvido y amnistiado sólo para ventura de quien se hubiese negado a desarrollar la posibilidad de otros recuerdos, de otras nostalgias, de triunfos que ahora serían denegados.

No era necesario entrar para saber que Mi Lala estaba justo en ese cuarto. El eco de barajar infinitas veces, partir y echar las cartas no cesaba su vigilancia. Tampoco el olor a botella de tequila recién destapada, o en todo caso los residuos de la bebida evaporándose en un rincón, condensándose en el siguiente, como tenaz ciclo para sostener las imágenes amenazadas por el continuo llegar, en cada avance, de cosas, cambios y hasta nombres, permaneciendo —a pesar de su entrada— ajenos por completo a ese cuartito. La casa toda lo resentía y el vínculo con el cuarto de Mi Lala se estableció apenas traspusiste el umbral. Sin embargo, el vínculo fue más rico que una simple irrupción, por mucho que Mi Lala estuviese preparada para ésta. El cuarto era mínimo, como mínimo también el devenir que hubiera logrado colocarse allí. Sólo la mujer estaba más erguida, sentada con la apostura del que anuncia su fatiga por lo mucho caminado.


 

SI DESEAS RECIBIR MAYOR INFORMACIÓN

 ACERCA DE ESTE LIBRO ENVÍA UN CORREO.