LOS INFORTUNIOS CON SERGIO

También Sergio Galindo llegó con abril. Todavía la feria allanaba la ciudad desde la Plaza de Armas hasta el Jardín de San Marcos. Todavía los tapancos y tamborazos eran el pretexto para esa convocatoria anual a la que acudían amigos de todos los confines de la literatura.

Estoy seguro que Sergio llegó con abril, aunque el primer recuerdo que tengo de él, lo ubica en un departamento de la Colonia Cuauhtémoc en la Ciudad de México. Fuimos, creo que la familia completa, a visitar a la familia completa del maestro Galindo. Fue de tarde.

De allí hay un salto emocionado a los mediodías en el Jardín de San Marcos, a pasar por el casino antes de las comilonas de feria. Había que pasar y dar una apostadita en la mesa de juego que estuviese menos concurrida para salir, con el tiempo quemándonos, a la cita en alguna fonda vestida de pueblerina. “Es como mejor se pierde” me dijo una vez Sergio “sin convocar previamente a la suerte” (tal vez no fue eso lo que dijo, pero así lo recuerdo).

Nosotros estábamos en ese tránsito en el cual aún nos gustaban los helados al cenit, pero ya nos seducía la posibilidad de una cerveza bien fría en las barras aledañas el Jardín. Y con Sergio había opción a ambas cosas.

Recuerdo el sol enceguecedor y la mirada miope de Sergio sonriéndome. Recuerdo su andar desgarbado  y un sabor de infancia que se diluía junto al helado. Y recuerdo su calidez ante los tragos de cerveza.

Las sobremesas eran largas y plenas de tabaco y literatura. Lo conocí siendo él funcionario y sólo recuerdo haberlo escuchado hablar de los asuntos de la sensibilidad. Fue de los pocos amigos de mi padre que nunca me vieron como un apéndice del hombre mayor.

   Las tardes palidecían y se incendiaban anunciando las noches ansiadas, de apuestas en la ruleta, el bacará, los dados. Nos levantábamos de las sobremesas anocheciendo y nos íbamos al casino preparados para la velada. Era la época en que uno abre los ojos con desmesura ante todo lo que una vez le fue vetado.

Yo había intentado leer El bordo sin éxito. Estaba más interesado en Julio Verne, en Sir Arthur Conan Doyle. Pero Polvos de arroz la leí en una sola sentada. En nuestros andares de abril había algo de desolación, la misma que percibí en ese texto. Poco tiempo después, la esencia de tal desolación me la daría Sergio, también entre los trajines de la feria.

Lo recuerdo iniciando la noche, sentado en el bar del casino, como espiando a los jugadores, como dejando pasar la suerte. Pero hacía algo más: invocaba al amor, ese amor que puede ser un jugueteo de ojos, un gesto cortés o francamente una caricia premonitoria.

Todas las noches se quedaba por ahí, en compañía de algún amigo pasajero o de los de siempre. Nosotros, las familias, nos retirábamos a una hora prudente.

Pero hubo una noche en que yo había cambiado. Ya no encajaba en las familias y me quedé con Sergio.

Para entonces La justicia de enero formaba parte de mis lecturas recientes y Nudo era otro de sus libros que aguardarían mejor oportunidad para leerlos. Me había dicho que el primero lo escribió a partir de un cargo menor que tuvo en alguna oficina relacionada con la seguridad pública y que el segundo había comenzado a gestarlo desde que vivió en París. Me parece que nada de esto es totalmente cierto, que sólo forma parte de la mitología que circunda a todo gran creador.

Pero había algo en lo que leí, en lo que me habían dicho de Sergio y en él mismo, situado más allá de la desolación. Algo no triste ni melancólico, pero necesariamente trágico. Descubrí, aquella noche, el sentido de esa aura en las obras y en la vida de Galindo.

Esa noche me dijo que cualquier cosa que pasara, sería como si lo acompañase se hijo (de nuevo no recuerdo exactamente lo dicho, pero el sentido era ése, así de cursi).

Sacó un fajo de billetes, tantos como yo no había visto nunca juntos, y me mandó a cambiarlos por fichas. Me pidió que fuesen muchas, de baja denominación. Y empezó una gira enloquecida y enloquecedora: realizó tres apuestas en seco con una o dos fichas pequeñas y ganó. Mientras yo casi lanzaba alaridos de gusto, él, tristón, se retiró de la mesa. Fui tras él y mi confusión no tuvo límites cuando me dijo que había que cambiarse de ruleta, a otra donde pudiera perder todo lo que había ganado. Pensé que era una broma, de esas que se dicen en tono solemne.

  Sergio fue a sentarse a otra mesa y vuelta a las apuestas en seco. Pero ahora con cantidades mayores. Perdió dos o tres veces y se puso feliz. Luego empezó a ganar de nuevo y se fue, indignado, a buscar una mesa en donde se jugaba “veintiuno”. Decía que esa noche las ruletas querían perjudicarlo.

Yo me encontraba ante algo absolutamente incomprensible, inasible, desconocido. Sabía de muchísima gente que ahorraba todo el año para jugar, durante la feria, con la evidente y vana esperanza de enriquecerse en unos momentos, pero nada más esa noche supe de alguien que se indignaba y se entristecía porque era uno de los poquísimos favorecidos por la suerte.

Y con las cartas fue ganar dos y perder uno. No hubo manera de retener a Sergio. Saltó a buscar otra mesa y otro juego. Para esas alturas mi preocupación era recoger las ganancias, ya que él se levantaba dejando abandonadas las fichas. Así jugó al “klondike”, a los dados, a los albures.

Finalmente me miró y se compadeció de mi confusión. Sonrió con cierta amargura y se apoyó en mi hombro. Me dijo (otra vez las inexactitudes) que la suerte siempre lo había querido, pero que él la abominaba. Que había buscado el infortunio en los juegos de azar, desesperadamente, con la intención de favorecer sus búsquedas en el amor.

Pero no me dijo todo. Yo vi que no quería perder de un solo golpe. Había que hacerlo despacio. La invocación del amor había que realizarla como se pretendía consumir la pasión: gota a gota. En ese sentido de ritual, de perseguir con obsesión lo inalcanzable, se encuentra una de las claves de la obra de Galindo.

Esa noche caminamos aún por el casino, apostó todavía unas pocas veces y yo recolecté un montón de fichas más. Bebimos largos tragos y el amanecer nos sorprendió en la Plaza de Armas viendo a los trasnochadores que, trastabillantes, regresaban a sus casas.

Los mese siguiente leí con ferocidad la obra de Galindo. No toda, claro. La máquina vacía y La comparsa casi no las recuerdo. Pero me pareció que el hombre se empeñaba, con desesperación, en darle congruencia a su vida y a su obra, hasta en los mínimos detalles. Encontré algunas claves en El hombre de los hongos: “Toy”, por ejemplo, que es el nombre de la bestia en el libro, era como se llamaba el perro de su casa. Pero la concepción de la bestia fue primero y el perro fue adquirido después. O, por lo menos, eso me dijeron.

¡Oh, hermoso mundo! me dio acceso a muchísimas otras claves. Estaba fascinado por Galindo. De lo que le he leído, creo que es el libro que mejor se acomoda al escritor que yo conocí, al que me permitió compartir con él una noche de feria y de juego y de ganancias asumidas como pérdidas.

Habría que explorar con detenimiento esta posibilidad de vida en los textos de Galindo. Por lo menos en algunos de ellos. El protagonista del cuento Me esperan en Egipto, el de Declive, Camerina Rabasa en Polvos de arroz y muchos más de esta intensa literatura, son hombres y mujeres con todo para triunfar, o incluso triunfadores en su vida, pero esa condición, sin la cual no se explicarían como caracteres literarios, es casi repudiada por sus poseedores. La maestría de Galindo dibuja, en la mayoría de los casos, este repudio como un acto inconciente del cual se toma noción hasta que la derrota se ha consumado y el triunfo, en un sentido convencional,  se encuentra lejano, inasible. Pero es en dicha renunciación en donde está la verdadera victoria: despojándose de lo que se espera, socialmente digamos, de cada personaje.

Ese es el mecanismo que dispara el sentimiento trágico en las obras de Galindo, es el catalizador a través del cual la lógica literaria adquiere tintes de destino del que no se puede ni se quiere escapar. He pensado que tal vez esto sea una obsesión mía ante los textos de Sergio, pero ahora que releo algunos, me convenzo me convenzo de que es una faceta desde la cual se pueden abordar todos y cada uno de sus libros.

Consecuente con esto, el escritor asumió su condición de creador con gran humildad. Si le fue negado el triunfo llamado “Premio Nacional de Letras”, a fin de cuentas su victoria consiste en que su obra es ya parte sustancial de nuestra literatura.

Para terminar, he de decir que aún no he leído Otilia Rauda. No es por descuido. Ha sido una renuncia conciente y premeditada.

Aquella noche de feria, estoy seguro, conocimos a la mujer. Hablamos con ella, le invitamos unos tragos y su compañía nos hizo ganar en los juegos de azar. Desafortunados que éramos los tres en el amor. No he querido reencontrarme con Otilia. Tengo temor aún a las perdiciones necesarias. Y aún demasiado llanto por el amigo entrañable que n o pude conocer cabalmente. Demasiada necesidad de leerlo. 


 

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