I

 

Adelor se llamó el último hijo de Angelito, el que nació cuando ya vivían en Tepetongo, el que nació muchos años después de que habían asesinado a Quirino, de que la Finca De Los Muertos había ardido contra una mañana, de que las calles de Tepetongo se habían conmovido ante la llegada de Angelito y sus dos hijas, ante el rapto de Purita y su posterior huida con un maquinista, ante la muerte por abandono de Mi General Chekelito. El que nació después de la visita del diputado aquél, el que nació durante la época en que Atilana no salía de La Cantina y antes, mucho antes de que Orquídea La Furia hiciera de la tierra y las luces de los caminos su vida y su muerte. El que nació signado porque La Mística declaró que su hijo era el sagrado producto de su intercambio con La Divinidad. Los Gañanes de La Cantina pasaron largas horas endilgándose al hijo de la Angelito, hasta que el mitote fue desvaneciéndose como suelen desvanecerse en el semidesierto las novedades del agua.

Adelor tuvo que llamarse.

El nombre tenía que ver con una casi olvidada historia.

Una historia de inmigrantes. De alguien que pasó viajando más de un año para venir a instalarse por acá.

Una historia que iba de las imágenes del mar, puer­tos y playas, hasta las tolvaneras que unen a la tierra con el sol, resequedad de las escuetas calles de Tepetongo.

Flamenco Labastida desembarcó en Veracruz hace muchos años. Andaluz y gallardo, agüerejado y de ademanes lentos, antes de viajar hacia La Capital, prefirió indagar en qué rumbo del país existía menos competencia para el comercio. Hablando con uno y con otro, fue a toparse con los afanes de Mi General Chekelito. Por acá sólo existía el comercio que él realizaba.

Y Flamenco Labastida hizo su viaje a estos parajes montado en el carromato del trashumante.

Habían trabado amistad en algún tugurio con olor a melcocha y a pescado rancio y la habían profundizado conforme Flamenco le agarraba el gusto al ron barato. Después, por el camino, Mi General inició a Flamenco en el tequila y el mezcal, pero nunca logró erradicar el gusto del andaluz por su aperitivo. Un aperitivo cuya botella, durante los años de residencia en el altiplano, le costaría buena parte de lo que lograra ganar en un mes. Un aperitivo cuyo nombre sería inevitable en los futuros trajines de Tepetongo.

Durante el trayecto hacia ese pueblo, Flamenco vio, con ojos de azoro desconocido, la lenta transformación del paisaje. De la iracundia vegetal al semidesierto. Vio cómo iban desvaneciéndose los verdes incontables hasta quedar en un monótono color parduzco.

Hablaron poco. A veces lo hacían por las noches. Como si durante el día temiesen que al abrir la boca se les metiera el calor. Fueron varios meses los que tuvo Flamenco Labastida para enterarse de algunos pormenores de los parajes en los cuales iba a residir. Antes que por las conversaciones con Mi General Chekelito, lo hizo al percibir el rumbo que tomaban las coloraciones del paisaje. Se enteró, sobre todo, por el cada vez más obstinado silencio de Mi General conforme se acercaban a Tepetongo, opuesto a la locuacidad con que lo conociera en el puerto. Chekelito se asumía según cada lugar que visitaba.


 

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