¡Un elefante!

 

Eso fue lo que gritó Jerónimo desde el asiento trasero del auto que circulaba por la carretera. Y lo repitió varias veces:

-¡Un elefante, un elefante, un elefante... !

Lejano, lo había visto contra la luz del atardecer. Alcanzó a percatarse que tenía colmillos y que avanzaba agitando sus enormes orejas.

El papá, sin despegar la vista del camino, apretó un poco el volante, suspiró y sonrió con benevolencia, y la mamá con suavidad le reprochó:

-Jerónimo, por favor: ya no inventes cosas. Lo imaginaste, nada más. Tranquilízate.

Pero es que él sí había visto un elefante. Su exaltación era mucha. Y crecía conforme se resistían a creerle.

-¡De veras, allá estaba! ¡Yo lo vi, yo lo vi!

Pero como sus papás ya habían concluido que todo era una ilusión más de Jerónimo, no le prestaban atención. Sin embargo, él sabía que, a diferencia de Desnaquio, su amigo llegado del desierto y a quien no siempre podía verlo, de hecho a veces sólo podía oírlo, el elefante que había visto era algo por completo ajeno a los entretenimientos con Desnaquio.

Eso no lo dijo Jerónimo porque a sus papás no les gustaba cómo se divertían ellos dos y puesto que el elefante no tenía nada qué ver con sus juegos, no quería que fueran a confundirlo todo. El elefante se había quedado allá atrás. Cualquiera que hubiese puesto atención al paisaje lo habría visto; pero sus papás iban entretenidos hablando entre ellos.

Haciendo un esfuerzo prefirió callarse, aguantarse su inquietud, esperando una mejor oportunidad para intentar convencerlos, de nueva cuenta, de que en el campo andaba un paquidermo. Se quedó mirando por el vidrio posterior del auto, con la esperanza de volverlo a ver.

Minutos después el auto se detuvo en un hotel a la orilla de la carretera. Pasarían allí la noche y continuarían su viaje al día siguiente.

Jerónimo no podía dejar de repasar lo que había visto; mientras se instalaban en la habitación del hotel y antes de ir a cenar, insistió dos o tres veces y después de que su papá le dijo en tono regañón:

-Ya basta de decir tonterías, Jerónimo. Ahora quiero que guardes silencio.

Supo que así no los convencería. Aparentó que jugaba con unos coches pequeños que traía en las bolsas de sus pantalones, aunque en realidad estuvo imaginando en la mejor manera de demostrarles a sus papás que lo del elefante era absolutamente cierto. Tendría qué hacer que lo vieran. Pero ¿cómo?

Pensando, pensando, consideró varias posibilidades: una era soltarse a llorar hasta que le hicieran caso y regresaran por la carretera a buscarlo; aunque el riesgo de esto era que le diesen un par de buenas nalgadas para hacerlo callar. Otra era preguntarles a los empleados del hotel si no habrían visto por allí cerca un elefante, pero lo más seguro sería que lo ignoraran dándole una palmadita de benevolencia en la cabeza. Otra era salir a buscarlo... ¡Eso! Eso era lo mejor. Salir y traerlo. No había nada más qué hacer si quería que le creyeran. ¿O que otra solución podría proponer Desnaquio?

Una vez resuelto, para Jerónimo transcurrieron con excesiva lentitud los minutos que estuvieron en el restaurante mientras cenaban. Igual fue, ya en la habitación que compartían, con el tiempo que sus papás tardaron en prepararse para pasar la noche y en quedarse dormidos; había una cama grande para ellos y una pequeña para él.

Antes de que apagaran la luz de la mesita de noche, fingió que dormía. Pero después de un rato, en la penumbra que provocaba la luna llena entrando a través de las cortinas, percibió que su mamá respiraba pausadamente y oyó los ronquidos de su papá; entonces se dispuso.

Se vistió con mucho cuidado, despacio para no hacer ruido; caminó de puntitas y descalzo hasta la puerta, la abrió con cautela y salió, tomando precauciones para que la chapa quedara bien cerrada. Entonces se puso los zapatos.

Caminó rápido por los pasillos del hotel y cruzó agazapándose frente al mostrador de la recepción, en donde había un vigilante.

Luego salió a la noche y avanzó alejándose de la orilla de la carretera, de los ruidos de los autos que circulaban, de las luces del hotel; avanzó hacia donde consideró que había visto al elefante, en un claro entre dos arboledas. Buscaría ese claro o alguna de las arboledas. Era su única pista. El lugar no debía estar lejos.

A la luz de la luna, las cosas lucían diferentes: los matorrales que desde el carro los había visto sólo como matorrales, proyectaban en el llano unas sombras que parecían animales extraños. Ante cada uno Jerónimo detenía su andar unos momentos hasta que constataba que nada más era una planta, que no se movía más allá de las tenues sacudidas que provocaba el viento fresco. Vio un conejo que cruzaba veloz. Luego le pareció que algo que volaba le rozaba la cabeza; sintió un escalofrío porque pensó que podría ser un murciélago.

Tal vez tendría que poner en práctica muchas de las cosas que Desnaquio le había enseñado de cuando vivió en el desierto. No entendía por qué a sus papás no les gustaba Desnaquio. Era un niño un poco diferente a los demás, pero sabía llegar las veces que Jerónimo lo necesitaba: cuando de veras tenía ganas de llorar o cuando en serio no sabía qué hacer o cuando se aburría.

La primera vez que vino a verlo fue una tarde de lluvia. Se encontraron frente a la televisión que transmitía un repetido programa de caricaturas. “Tú debes ser Desnaquio”, dijo Jerónimo, como si supiese quien iba a llegar. Y es que ya se había imaginado un amigo así, como no podía tenerlo en la escuela ni en ningún otro lugar, como los amigos de los libros de aventuras. Jerónimo sabía que ese amigo sería como él quisiera.

Estuvieron platicando hasta la hora de la merienda; Desnaquio contó lo que le había sucedido en el desierto, cuando vivió allá porque buscaba huesos de dinosaurios. Habló de los monstruos desconocidos a los que se había enfrentado. A Jerónimo le fascinaban los animales grandes, como los dinosaurios, las ballenas, los rinocerontes y, por supuesto, los elefantes. Abrió unos ojos grandes, grandes, nada más de imaginar lo que serían aquellos monstruos contra los que Desnaquio había luchado.

La mamá los interrumpió porque pensó que Jerónimo hablaba con los personajes de la televisión. 

Nunca le habían creído que hablaba con Desnaquio, igual que se rehusaban a admitir lo del elefante. Aunque eran asuntos diferentes,  cómo le gustaría que Desnaquio estuviese con él, que le ayudara en su búsqueda.

En el momento que Jerónimo avistó una arboleda, muy atrás habían quedado los ruidos de la carretera y ya no se veían las luces del hotel. Bajo la claridad de la luna, primero la percibió como una gran mancha oscura. Y conforme se aproximó fueron dibujándose sombras entre las ramas y detrás de los troncos de los árboles. Recordó algunos cuentos que su mamá le había leído en donde se habla de los espíritus que viven en los bosques y que de noche salen a danzar y a hacer travesuras. Se detuvo a unos metros del primer árbol y estuvo a punto de regresar por donde había venido.

Pero es que tenía qué convencer a sus papás.

“Sólo espero regresar antes de que despierten mañana” pensó al adentrarse decididamente en la arboleda.


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