I.
Un viejo huizache tira su sombra
contra el estruendo de un avión.
El paisaje asciende a las pupilas llega pardo:
es el silencio de las aves y el color de los arbustos,
es el aire flaco y el calor entre las crestas de concreto.
Para el emigrado que regresa
han transfigurado las lejanías del llano.
II.Me asombro ante las llamas
como quien encontrará reposo al amanecer.
El insomnio arde toda la noche,
es un torrente.
Ya no está la oscuridad ingenua
con la que aguardaba el alba
y las letras que trazo en vano buscan trasmutarse en emoción.
El viento encuentra muros y metales
en donde dejé eucaliptos y geranios.
Los murmullos que recuerdo
en esta ciudad ahora son ruidos ineludibles.
Pero el incendio de los cielos es el mismo.
III.Abrí los ojos con el silbato de los talleres
y allí estaba el alba resonando a llamadas a misa.
Pisé las calles que abandoné
ya sin los trajines entrañables.
En esa misma luz desbocada
la mañana se completó como un milagro que han cambiado
para perder afanes y sosiegos.
IV.
La casa es concisa en sus vulgares rincones.
Para la abuela nunca fue más allá de un justo vecindario
procaz como la cercanía de los otros inquilinos.
La casa es corta en sus techos, puertas y aires.
Nada tiene de la épica familiar
que yo me empeño en recobrar con algunas líneas.
Si hay abandono proviene de la carencia de grandeza.
Si hay añoranza es porque atrás ha quedado
la emoción por los reencuentros.
Pero los sueños que nos poseen en sus habitaciones
pervierten el sentido de la ausencia,
la trastocan en un jolgorio de nombres, gestos y ademanes
que dan la razón inicial de mis desvelos
mirando los mosaicos del piso y los muros encalados.
V.He vuelto para encontrarme con los rasgos de la abuela
y para continuar con la conciencia de mí mismo.
Las sombras que inquietaron los juegos de la infancia
que nos volcaron a un caudal de susurros y ademanes
se quedaron en las orillas de la luna llena o de la lluvia.
Toda penumbra fue propiciatoria
hasta que no hubo nada que respondiera a las invocaciones.
¿Para llegar a esta orfandad fueron precisos tantos años?
¿En dónde yace Cruz de León y la exaltación de su sangre?
¿A qué páramo se han ido los ancestros
que sólo conocimos por el brillo en los ojos de mi abuela?
El silencio me responde como un soplo ácido
que apaga una pequeña flama.
VI.Entre ausencia de aguas y en perenne asombro ante la luz
regresa aquella lejana y entrañable vida.
La canícula y las tolvaneras fueron las llamas
en las que incineré mis primarios goces
y los magros aguaceros azuzaron la sed por otros ámbitos.
Ocasional fue la cercanía del mar
y negada la agonía de los torrentes.
Pero fueron días que despertaron en la piel
las sensaciones que llevo como inmerecida cicatriz,
doliente cuando invoco este aire, aquellos cerros pelados
y el atardecer que me cierra los ojos y traspone los párpados.
VII.Había un arroyo de agua pobre y había un murmullo.
Estaban el cielo y los follajes
las viñas y el olor a zumo de uvas.
La corriente se deslizaba contra el sol
y acarreaba a los racimos un brillo ajeno al de la tarde.
Entre las parras encontrábamos un beso de dulzor amargo
y el mismo rumor del agua pobre.
VIII.A vastedades se calcinan cúpulas y azoteas.
Soy el que añoró los lechos de los arroyos
que nunca conocieron de torrentes
y el que tiembla con las largas llamas en las canteras
que una vez fueron sombra y resguardo de esta ciudad.
XV.La insolencia desdoblada
ha sitiado los lugares de mi padre.
Son nuevos camaradas
que nada saben de libros y pinturas:
me ven como una sombra frente a la taza de café.
Los nombres junto a los cuales crecí
se fueron a otros rincones
y si mi padre y sus amigos viniesen
no habría quien les hiciera espacio en la mesa que ocupaban.
XVIII.En las ruinas de la vieja Fundición
grabé las iniciales de unos labios.
Tembloroso ante un rostro que ya no recuerdo
hice de ladrillos el testimonio de mi vehemencia.
Allí están. Lo sé. Y he temido buscar en aquellos escombros
las huellas que traicionarán
la memoria de mi adolescencia enardecida.
Pero ahora que los muros nuevos de las nuevas industrias
se quedan con las ilusiones que me hicieron venir
¿podré negarme a reecontrarlas cuando por última vez regrese
a donde aún me aguardará la erosión de los ladrillos?
XXII.
Retorna un sueño:
la indiferencia de gentes conocidas
y las que me miran ajeno a las calles que ya no son las de mi niñez.
Hay otras infancias prolongadas y altas
en los edificios que no tienen umbrales
ni puertas amigas.
Las tertulias ya no son las mías
y no serán de nadie
y la ciudad de mi sueño no se volverá parte irrecobrable
del alma de los niños que miran con extrañeza
las lágrimas en los ojos de un hombre solemne.
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