I

 

No se viajaba a Cuba sin pasaje de regreso.

Pero yo no lo sabía.

Preparé mi salida con varias semanas de antelación, haciendo caso a un sinfin de recomendaciones recitadas por algunos amigos, quienes supuestamente conocían los países socialistas: escasez de jabón y de otros artículos de aseo, carencia de alimentos enlatados, imposibilidad de conseguir ropa adecuada y así por el estilo. Agoté los pocos dineros ahorrados y acudí al financiamiento familiar.

Mi equipaje, apenas para iniciar una estancia la cual se suponía de varios años, era monumental. Me sentí un poco avergonzado en el aeropuerto, sobre todo entre los viajeros a Cuba, ellos con valijas moderadas. Todavía no era usual llevar a la isla la cantidad de cosas que después les dio por transportar a los visitantes: no eran malas épocas para el socialismo.

Los pasillos del aeropuerto de la Ciudad de México, como siempre atestados de viajantes, ese día lucieron diferentes. Había abordado aviones antes, pero nunca percibí esa grisura, esa melancolía de cuando se carece de futuro cierto, esa deformación en los rostros ante lo injusto de un mundo que me aprestaba a abandonar.

Cuando me notificaron la beca, consideré que otra claridad me aguardaba en el solo hecho de pisar la isla. Fayad Jamís, El Moro, había sonreído conmigo, me había abrazado. "Debemos hablar mucho" dijo quien sería mi presencia tutelar en Cuba, quien había sido el principal gestor de los estudios por iniciar. Y nos reunimos varias veces, por las tardes. Alguna vez lo fui a ver a la embajada, pero lo preferí como amigo generoso. Después del inicio de una amistad cuyos alcances comprendería hasta mi regreso a México, de sus visitas a Ojocaliente, del reencuentro con su familia perdida, él me abrió unas puertas distantes a la ortodoxia de manuales y militancias de izquierda a ultranza.

Al hombre lo conocí durante la Feria de San Marcos. Había ido a los Quince Días y Noches como Agregado Cultural de la Embajada de Cuba. Lo acompañaba un fulano vestido de traje azul marino, siempre de corbata y gesto desabrido, su ayudante en la oficina según dijo. Fayad Jamís era un hombre de notable melancolía. No era triste, sino su mirada y su porte tenían algo, delatores de su inconformidad con el mundo. Era melancolía, pero también reciedumbre, la tenacidad ante el batallar que no concluía con el triunfo de la Revolución, según me repitió varias veces. Cenamos algunas noches en la Fonda de los Jotos y fuimos a La Jugada y a escuchar la tambora zacatecana en el jardín. El poeta preguntaba por las llanuras y tolvaneras, elementos primigenios de esa música, y por el pueblo de Ojocaliente. Comenzó a contarme: su nacimiento en aquel lugar, su temprana emigración y que hasta pocos años después del triunfo revolucionario en Cuba, él viajaba con pasaporte mexicano. Yo le dije de mis ansias por conocer lo que pasaba en la isla, por estudiar allá. Hablamos de afinidades nuestras. En esa ocasión no pudimos ir a su tierra natal, pero después iría muchas veces a Ojocaliente: la primera vez en auto conmigo y luego otras en autobuses polleros y por último en un vehículo de la embajada. Antes de despedirnos aquella primera vez, me prometió trabajar para cumplimentar la que entonces era mi más cara esperanza. De quien lo acompañara, mi padre comentó que con certeza no era ningún ayudante, sino un hombre del G-2. Así conocí la denominación de la Seguridad del Estado Cubano y su presencia en cuanto pudiese interesarle.


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