LA VIGILIA

 

Arturito se aficionó al “Negro” desde que lo vio como un pollito cuyo cuerpo conservaba aún la forma del huevo del que había salido, pero destacaba entre los demás por su pico más largo y sus patitas más cortas. No lo perdía de vista a pesar de que la gallina, a cada momento, se agachaba sobre los pollitos y los cubría con todo su cuerpo para calentarlos.

Lo buscaba cada día y le ganó el  cariño, y hasta admiración, el día que vio a la gallina ocupada removiendo la tierra con golpes rápidos de sus patas y se quedó contemplando, curioso, aquella labor. Cuando se detuvo el animal, un pequeño gusano se retorcía delante de ella en la tierra. Ahora cacareaba, mientras los polluelos en derredor no comprendían. Pero el “Negro” se precipitó, rápido, sobre la presa y se la tragó. Eso le hizo gracia a Arturito. En las semanas siguientes, vio cómo se transformaba en un gallito vigoroso, fino y largo, en cuya actividad por todo el gallinero, y aún por el patio cuando lo sacaba para jugar con él, dejaba ver su vitalidad.

El gallinero estaba situado a un costado del patio; ocupaba casi la tercera parte. Tenía una cerca alta de tela de alambre, el doble por lo menos de la estatura de Arturito, y había en el él un cobertizo para que las aves pudieran pasar la noche o refugiase durante el mal tiempo. El patio contaba con un muro de ladrillo que lo dividía de la calle; la puerta era una reja, la cual quedaba cerrada con una cadena y un candado durante la noche. Al fondo del terreno, en el cual crecían unas pocas hierbas, quedaba la casa; tenía piso de mosaico que todo el tiempo estaba frío, aún en los peores día de verano. Además del zaguán y el baño, estaban la cocina en donde la mamá pasaba la mayor parte del día, el comedor, una pequeña sala en donde ocasionalmente se recibía a los amigos y dos recámaras: la Arturito y la sus papás.

 

El “Negro” nunca apareció. Después de tres o cuatro días de inútiles búsquedas, Artús, Yuya, Jere y Jano abandonaron toda esperanza.

Pero a partir de la charla aquella bajo el eucalipto el día de la desaparición de “El Negro”, en la escuela comenzó a crecer un rumor entre los niños: la misteriosa desaparición de aves de corral que se repetía en una y en otra casa. Era uno de los temas de las pláticas entre los niños durante el recreo. Había todo tipo de especulaciones: desde que unos vecinos les robaban a otros los animales preferidos de los chicos -ya que todos tenían o habían tenido un pollo al cual estimaban sobre los demás- hasta la presencia de ánimas en pena mal alimentadas por sus parientes el día de muertos, pasando por alguna mención a los ovnis. Jere aseguró con toda solemnidad:

—Son los gatos.

—¿Cuáles?— preguntó Jano.

—Pues los que hay por todos lados y que sólo salen por las noches— respondió segurísimo.

—Yo no los he visto— dijo Artús.

—Es que salen cuando ya es muy noche y a esa hora ya estamos dormidos.

—No— dijo Yuya —Que los gatos no les gusten a ustedes no significa que maten pollos.

—No digo que los maten— respondió Jere –Sólo los hacen desaparecer.

—¿Y para qué los harán desaparecer si no es para comérselos?— preguntó Jano, haciendo un ademán de obviedad.

—Puede ser cierto— dijo convencido Jere, a quien le decían así porque su nombre era Jeremías.

—Ustedes dirán lo que quieran— insistió Yuya –Pero hasta que no lo vea no les voy a creer.

—Es cosa de espiarlos alguna noche— dijo Jano en su tono de sabihondo.

—Pues habrá que hacerlo— sentenció Artús y los demás amigos asintieron.


PÁGINA PRINCIPAL

Para niños

Índice