LÓPEZ VELARDE Y PAVESE: CONVERGENCIA DE EXILIOS.

 

Cuando he comentado las similitudes que encuentro entre ambos escritores, algún estudioso de uno o de otro autor ha expresado su rotundo desacuerdo. Puede ser que en términos académicos sea inencontrable paralelismo alguno. Pero no se trata de un análisis riguroso de las dos poéticas, sino de la lectura entusiasmada de la poesía de estos autores y, más exactamente, de algunos temas recurrentes desde sus libros iniciáticos hasta los textos finales.

Ambos sabían lo que, en su momento, representaba su obra poética. Pavese, en su libro, El Oficio del poeta, dijo de Trabaja Cansa: “...una obra que me interesa, no tanto por haberla compuesto yo, sino porque, al menos por un tiempo, la he creído lo mejor que se estuviese escribiendo en Italia...”. Y con la misma falta de falsa modestia, en el prólogo a la segunda edición de La Sangre Devota, López Velarde se dirigía así a quienes no comprendían lo que estaba haciendo: “Enemigo de explicar mis procedimientos aun en las ocasiones en que la crítica apta o la bajeza de la estulticia han tocado temas generales...”

Nosotros podríamos decir: son libros que nos han conmovido profundamente y no sólo por haberlos escrito dos de los autores más apasionantes del siglo pasado, sino porque los consideramos -y en mayor medida cuanta más perspectiva nos va dando el tiempo- lo más importante que se hizo en la poesía italiana y mexicana de su momento.

Más allá de explicaciones, análisis e interpretaciones, el des­tino literario de ambos no termina con el suicidio de uno o con la muerte temprana de otro. A ambos -llevados de uno a otro extremo por opiniones que pretenden fijarlos en puntos cardinales rígidos, o llevados con ele­gante indiferencia sobre las espinas de sus dolores- después de su tenaz oficio de escribir, les ha tocado un cada vez más afincado oficio de perdu­rar.

En pocos, como en ellos, han coexistido tantos elementos dispares: decadencia y vanguardia, mito y realidad, simbología oscura y nítida claridad, definiciones categóricas e imprecisiones. Sobre todo, pocos, muy pocos, como ellos, han documentado el origen, la muerte y la renova­ción de sus entusiasmos. Pavese lo dijo e insistió en ello: hay que saber leer. En los ambientes literarios hay una considerable cantidad de gente que no sabe leer, pero comenta. De ahí la paradoja: los comentarios en torno tanto al nombre de Pavese como de López Velarde, multiplican disparatadas posiciones alejadas de sus realidades.

Para nosotros, la realidad de cada uno de ellos, significa tanto lo subjetivo de complejas personalidades, ambas con extravíos confesados y otros que deben sobreentenderse; las realidades que ambos representan, tienen que ver con los datos objetivos y precisos de su formación cultural, de su deuda con los clásicos griegos, con algunas tendencias del decadentismo; significa por igual su introversión depresiva, su trágica tensión, su tormento por las más cotidianas contingencias de la vida, su drama ante el amor de la mujer; las realidades de Pavese y de López Velarde tienen que ver con la niñez y la ado­lescencia vividas, una en el ahogo de la Italia fascista y otra en la paz porfiriana.

Por otro lado, es frecuente oír que Pavese es mejor narrador que poeta, así como que López Velarde es mejor prosista que poeta; también hemos leído que lo de Pavese era la búsqueda de la imagen poética, asunto que para nada es ajeno a nuestro poeta; por ahí se ha proclamado que Pavese es el Rimbaud del siglo XX y, en La Sangre Devota, por otro lado, López Velarde hace una muy clara alusión a ese tipo de poesía al utilizar el nombre de Baudelaire para autodefinirse; también se ha dicho que Ramón López Velarde fue un retrógrado, mote que igualmente se ha utilizado para descalificar a Pavese; otras similitudes de comentaristas: que, en su momento, cada uno por su parte, fue el único escritor de pensamiento coherentemente moderno; que era un artista exquisito y no hay por qué tomar en serio sus opiniones críticas.

Pero ¿por qué considero similar la poesía de López Velarde y la de Pavese? Podría encerrar las razones en una sola frase: los libros La Sangre Devota y Trabajar Cansa, cada a su modo, constituyen un momento crucial en la evolución de la literatura, tanto mexicana como italiana. Hay que poner de relieve el valor de ambas poéticas como liberación final de las dos literaturas nacionales de sus peores vicios. El salto dado por los dos poetas, con diferencia de algunas décadas, por sobre el provincianismo y la retórica que saturaban las literaturas de sus países desde hacía muchos años años, es lo de mayor alcance como hecho de cultura; ambos preparan el porvenir, la universalidad de la literatura de su país, y lo hacen llevando hasta sus últimas consecuencias el decadentismo, al tiempo que consuman la verdadera experiencia de vanguardia en la poesía del siglo pasado; ajenos a la alharaca de las escuelas vanguardistas o a la calidad individual de otros autores con quienes compartieron tiempos y espacios, traen nuevos mitos que nada tienen que ver con aquella retórica, cortesana y corporativa, que ocultaba las verdades de la sangre y de la vida.

Coinciden en estos mitos subjetivos. Pero es estas subjetividades son las de dos hombres que pusieron como condición primordial el paisaje y la gente entre la que se ha crecido, con quienes se sufre, con los cuales se identifica. Pero a fin de cuentas aquellos mitos no son tan nuevos, porque para quien sabe leer allí está toda la mitología griega, no por sus nombres y anécdotas, sino por los motivos humanos, que es en donde se encuentra todo lo no caduco de la cultura, que reconoce sus raíces en la tierra y en los hombres que fueron los primeros en inventariarla y en inventariarse a sí mismos.

Tanto el mexicano como el italiano se lanzan a la búsqueda de un cierto primitivismo, que caracteriza por igual —aunque con distinto significado- al decadentismo y a la vanguardia; hacen esta búsqueda no acudiendo al arte griego o a la resurrección arqueológica, sino a vertientes que siempre tuvieron a su lado su lado, que no constituyen, de modo alguno, encantos excéntricos, sino materia viva de su existencia de hombres cultos del siglo XX: uno en un Jerez y otro en un Piamonte que les son propios.

Esas vertientes son su aldea, sus colinas, la vida sanguínea de campesinos, el choque con la ciudad, la contradicción entre campo y avenidas, un ir y venir de campesinos, de simples esposas, de muchachas, de prostitutas, de todo el ambiente místico y mágico que rodeó la infancia y la adolescencia; exilio significa “separación de una persona de la tierra en que vive” lo cual, en estos casos, deviene en estar fuera de aquel espacio que las circunstancias, o el destino si se quiere, le han asignado a un ser humano como el ámbito en el cual habrán de activarse, por lo menos, sus primeras vivencias; el exilio es siempre sinónimo de un alejamiento voluntario y supone un sentimiento de desarraigo por encima de los factores que puedan haberlo motivado. A fin de cuentas, la pérdida o la transmutación de las coordenadas espacio-temporales afectan a la persona aun cuando resulte de un proceso de libre elección.

Esa experiencia, se erige en una serie de pérdidas que se sufren en el exilio: se pierden los parámetros culturales que supone la pertenencia a una comunidad lingüística determinada; incluso en el caso de que se utilice la misma lengua del exiliado, el problema de la incomunicación surge de manera ineludible. Se pierde la tierra natal como vínculo con la naturaleza y con el mundo social. Se pierde la de la dimensión temporal: el exiliado llega a utilizar como defensa la negación del tiempo presente, que queda como "prensado" entre la vida anterior mitificada y convertida en lo único valioso y la vida futura, representada por la ilusión de conseguir volver a la tierra de origen. Finalmente cambia la noción de patria, ya que la patria es la tierra donde están enterrados nuestros muertos..

Luego está lo clásico, están los estudios que forman el bagaje principal de ambos, esas creaciones del genio griego que siglos de retórica se empeñan en despojarlas de su real contenido, de su sangre, de su fuego, de su ardor sexual, pero que ambos lo entendieron a través de sus gentes campesinas; finalmente está un sentido de libertad primitiva, de buscar hechos nuevos al llamar a las cosas por su nombre, contrario al patriotismo arcaizante.

De ese venero surgen los poemas tanto de La Sangre Devota como de Trabajar Can­sa, que no valen solamente como un hecho cultural, sino que tienen gravitación de universalidad por sus logro poéticos.

Cuando posteriormente López Velarde escribe los poemas dramáticos, impecables precisos que forman Zozobra  evoluciona en un sentido similar al que tomará Pavese años después en Vendrá La Muerte Y Tendrá Tus Ojos, ¿o acaso el título del poemario del italiano no provoca un cierto sentimiento de zozobra?.

En ambos hay un proceso continuo, elaborado con los más serios elementos del trabajo intelectual, empecinados por llevar claridad hacia sus propios mitos; este proceso se identifica con la vida, con el drama individual de uno y de otro. La literatura de estos dos poetas hace sufrir con ellos, con sus colinas, con sus antepasados, con sus campesinos silenciosos, con sus mujeres secretas. Esta imposibilidad, o dificultad por lo menos, de desentenderse de las pautas socioculturales que afronta el individuo en el exilio, explica la recurrencia del pasado en las imágenes mentales y en las ensoñaciones. Al desarraigo se le suma entonces una nostalgia radical, que es justamente la que hace de obstáculo para que el sujeto pueda adaptarse integralmente al nuevo medio en el cual le toca en suerte desenvolverse.

El concepto de mito que hallamos en la literatura tanto del piamontés como del zacatecano, se desarrolla a partir de una sólida formación intelectual. Sin embargo, vale señalar una diferencia que, a fin de cuentas, también puede sugerir otra convergencia: López Velarde le da valor religioso al mito como norma de conducta social, en tanto que a Pavese le interesa más la relación del mito con el símbolo

Por otra parte, esos valores del mito, se vinculan fundamentalmente con los mitos personales, en tanto que son diversos para cada individuo, reveladores de su íntimo ser. Para estos poetas, la empresa primordial en la que se ve comprometido el hombre –no sólo el poeta– es la de ir develando esos núcleos de sentido, en sacar a la luz esos múltiples significados que están ocultos en nuestro inconsciente. Se trata de un proceso complejo y siempre inacabado, pues esos símbolos se fugan y de esta manera ocultan la parte más rica de cada uno. Ese proceso de aprendizaje encierra el valor mismo de la vida de la persona. El valor del mito como norma, como ética existencial, deviene pues del hecho de que partiendo de aquél es posible escribir. Si el devenir temporal afecta los parámetros socioculturales, el mito es en cambio de naturaleza atemporal y, por tanto, resulta una vía de conocimiento todavía en vigencia. Pero hablar del mito como modo de conocimiento implica, en la concepción de uno y otro, su relación con el mundo de la infancia: de Jung se aprende que el mito nace tanto de las reminiscencias infantiles como de la herencia espiritual arcaica, de los llamados arquetipos universales. Resulta así que mito e infancia, son dos conceptos radicalmente relacionados para el escritor mexicano y para el italiano; y también, el acto artístico está directamente vinculado con el ritual, vale decir con aquel fenómeno de repetición que permite actualizar y revivir el mito

Esta importancia que para ambos tienen los recuerdos de la infancia no supone una concepción de la existencia como un constante "retornar" hacia el pasado. Porque en tanto el mito es de naturaleza atemporal, no puede fijarse obviamente una marca rigurosa entre el antes y el después. Si bien es cierto que la potencia poética de la infancia se revela como sustancial en el sentido de que transforma en eventos únicos y absolutos las sucesivas revelaciones de las cosas, es importante tener en cuenta que en la esfera del mito, el tiempo se diluye. Cada uno por su lado llegó, a través de su poética, a expresar que solamente puede hablarse de una segunda vez, de ese reencuentro con las imágenes infantiles, en el sentido de que adentrándonos en ellas, tratando de descifrar su último sentido, nos descubrimos a nosotros mismos. Es interesante señalar también que los dos, en sus versos, se apoyan más en estas construcciones intuitivas de la niñez que en los parámetros resultantes de la formación intelectual a través de la educación.

Son ejemplares sus búsqueda de nuevos horizontes literarios, su rigurosa concepción del trabajo del escritor, su valoración de la sedimenta­ción cultural, su apego a lo popular y al estudio de la palabra literaria, la fidelidad a sus propias emociones; es ejemplar cómo se jugaron el todo por el todo en cada cosa que escribieron. 

 


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