CAPITULO CUATRO.

LOS TEMIDOS SUCESOS.

Por la noche, los vecinos del piso de abajo, durante un buen rato, estuvieron escuchando golpes muy fuertes provenientes del piso superior. Subieron a tocar la puerta para pedir que dejaran de hacer ruido, pero nadie les abrió y todo lo que obtuvieron por respuesta fueron unos alaridos pavorosos, profundos, roncos y prolongados. Ellos y otros vecinos ya habían escuchado alaridos similares otras noches, pero nunca habían sabido de donde provenían.
Esa noche, los ruidos fueron especialmente intensos y varios de los que vivían en ese edificio estuvieron tocando la puerta y llamando a gritos al hombre que habitaba en ese departamento, pero lo único que obtenían eran más alaridos y unos golpes fortísimos que cimbraban la construcción entera. Verdaderamente espantados, los vecinos imaginaron fantasmas o asesinos despiadados o visitantes extraterrestres.
Alguien fue a llamar a la policía y, previniendo cualquier cosa, quienes vivían en ese edificio salieron de sus departamentos y estuvieron a la intemperie hasta que llegó una patrulla, ya en la madrugada.
Fueron los agentes quienes, al escuchar los ruidos tan extraños y los golpes, se envalentonaron y decidieron forzar la puerta y entrar al departamento para ver qué sucedía.
Los policías y quienes los seguían se llevaron un gran susto cuando vieron, en la penumbra, una masa enorme que se agitaba y daba de alaridos y provocaba que el piso temblara. Retrocedieron atropellándose hasta el corredor.
Pasados los primeros momentos, uno de los policías, envalentonado, volvió a entrar y con cautela buscó el apagador y la sorpresa fue mayor cuando, iluminado ya el departamento, vieron al elefante. Todos, absolutamente todos, se quedaron con la boca abierta durante un buen rato, mientras el animal los miraba con desconfianza y algo de curiosidad.
Y de pronto todos volvieron a hablar al mismo tiempo, sin que nadie acertara a poner orden. El elefante se asustó mucho al oír semejante ruido, retrocedió dos pasos hasta un rincón y barritó más fuerte. Con susto, todos volvieron hasta el marco de la puerta y desde allí siguieron armando escándalo, sin que los policías pudieran hacer callar a nadie y sin que el elefante se moviera de su lugar ni dejara de barritar. Comenzaba a amanecer y entonces llegó el cuidador.
Cuando fue conocida esta historia, el juez explicó que en el reglamento de la unidad habitacional estaba expresamente prohibido tener en los departamentos animales y leyó la lista: loros, cotorras o cualquier animal parecido. Tampoco se podían tener changos, chimpancés o gorilas. Ni leones, tigres o jaguares. Mucho menos serpientes, cocodrilos o caimanes. También quedaban excluidos los caballos, las cebras, los camellos, los dromedarios y las llamas. Era imposible tener halcones, águilas o buitres. Los pájaros pequeños, los gatos, los perros y los hámsters se permitían, siempre y cuando no dieran problemas.
Pero el reglamento, para asombro del juez, no hablaba sobre elefantes. Si no estaba permitido, tampoco había nada que prohibiera tener un elefante en un departamento de esa unidad habitacional. Por lo pronto, Don Macareno Benítez pudo conservar a su elefante en su departamento.
Regresó cuando ya había oscurecido y esa noche no fue a trabajar. Estuvo sin dormir, cuidando que su amigo no barritara ni golpeara el piso con sus patas.
Le hablaba muy dulcemente y lo acariciaba. El elefante resoplaba y levantaba la trompa y se sacudía, pero no hizo mayor ruido. Comprendía que algo grave sucedía y que así era como debía comportarse.


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