Febrero de 2008

José María Espinasa

 

De cómo se canta con los ojos

(para que no nos oigan hacerlo)

 

Tercera menor. Alejandro Sandoval Ávila,

(Ediciones Sin Nombre, México, 2007)

 

         Hace años, muchos, pero no los voy a contar, leí los primeros poemas de Alejandro Sandoval, y no me gustaron nada, lo que se dice nada. Creo que a él los míos tampoco, pero por un azar de esos realmente sorprendentes, la amistad sobrevivió al desencuentro lírico, y con el tiempo me volví editor de varias de sus novelas (su narrativa me parece de primera). Cuando me dio Tercera menor para que lo leyera me entró una súbita alarma retrospectiva al recordar sus primeros textos, pero él me aclaró que no era para publicarlos que me los daba a leer sólo para conocer mi opinión, pues los había enviado a un prestigiado concurso que estaba seguro de ganar.

Como suele suceder con los buenos libros, no ganó, y entonces fui yo quien tomé la iniciativa de proponerle su publicación pues el libro me había gustado mucho. Ya encarrerados con esta presentación pensé que era un buen momento para plantearse las limitaciones de la crítica, y releer los primeros poemas de Alejandro para entender qué se me había escapado en ellos, cuál error había cometido en su lectura para no adivinar o intuir esta Tercera menor.

         Una de las funciones de un crítico, y también aunque de manera distinta, de un editor, es la de prever qué hay detrás, es decir: en el futuro, en una obra primeriza y considerada fallida. Eso es lo que la consabida frase paternalista de “este escritor promete” esconde. A fuerza de usarse y de no cumplirse se quedó vacía, pero viene al cuento porque cuando yo leí Cuaderno reciente de señales necias, incluido en Vuelta al camino lo que pensé es que Alejandro Sandoval, como poeta no prometía. Y me equivoqué por partida doble, no sólo porque ahora con Tercera menor se nos muestra como un excelente poeta sino porque al releer el poemario mencionado, me di cuenta de que claro que había allí, bajo los consabidos ejercicios de aprendizaje y los pagos de factura a maestros e ideologías, un sentido de futuro, justo lo que se llama promesa. Para 1983, cuando se publica Vuelta al camino, a sus 26 años, ya contaba con una trayectoria en revistas y algún libro que, sin embargo, no encontré entre los que conservo del autor, por lo que sitúo allí, en ese año y en ese libro, el origen de estas notas.

         Líneas arriba dije que siempre he preferido la narrativa de Alejandro a sus vertientes de poeta y ensayista, y esto puede hacer pensar que, dado que Tercera menor me parece notable, se trata de un libro de poemas con aliento narrativo. Todo lo contrario, una de sus mejores virtudes es precisamente que se concentra en el uso de herramientas poéticas, en especial la síntesis de sentido, y como resultado el uso de la imagen como condensación de la experiencia. Para la poesía moderna el poema épico esta vedado dijo alguna vez Borges, no sin un dejo de nostalgia, pero tenía razón, Los Cantares de Pound o el Homeros de Walcott son fragmentados por el lector en una secuencia discontinua que vuelve la épica imposible. Yo diría, con una de esas generalizaciones cuya formulación dogmática disfrazan su carácter dubitativo, que todo poeta moderno es fragmentario.

         En sus inicios Sandoval era deudor no de una épica a lo Pound o Walcott, sino de una épica individualizada, es decir de un cierto sentimentalismo que ubica al escritor al centro del universo y a sus previsiblemente comunes experiencias como “originales y necesarias para la humanidad”. Es lo que llamamos con frecuencia poesía adolescente. Sin embargo la poesía moderna también refrenda que el poeta si quiere serlo debe mantener en sus textos precisamente eso la adolescencia. Así que mientras Alejandro maduraba sus textos conseguían una condición de frescura juvenil sorprendente y realizaban ese sutil, difícil y necesario paso en que se deja de buscar la originalidad para encontrar lo originario.

         Esto se nota claramente en un libro casi dos décadas posterior, La llama y el torrente, en el que su autor buscaba ya esa síntesis y trataba de adueñarse de un lenguaje distinto al que había usado en sus primeros libros de poesía, y sobre todo dejaba atrás esa épica personal en aras de un canto al otro, en especial a la mujer. Este libro, el más ambicioso si no el más logrado de los que ha ido publicando, si tiene esa condición narrativa y reflexiva que se desprende de su narrativa. Asume lo autobiográfico como algo personal y no ya lo compartido generacionalmente, las contradicciones personales hablan y meditan sobre lo vivido, aprende sobre todo a dar lugar a la palabra que irrumpe en el poema como cifra, como condensación de la escritura.

         En efecto esa asunción de lo autobiográfico se da de manera natural en un poeta que empezó tratando de hablar a todos y de todo y que comprendió que habla sobre todo de si mismo y que debe dejar al azar de la lectura quien lo escuche, no al volumen de su voz que corre el riesgo de la retórica ni a la importancia de sus temas. Deja las abstracciones de lo distante para otras cosas y se aplica a lo cercano, a comprender su acontecer inmediato, por ejemplo, sus hijas, que lo llevan a decir:

                   Las hijas cantan frente al espejo la canción de sus años.

                   Soy el reflejo que las mira

                   y me ven con el asombro de su imagen trastocada.

 

En estos versos podemos encontrar claramente el origen de su Tercera Menor. O en este otro: “El padre habita en la dilación de su hija”. Sin embargo, aunque aquí la promesa ya es realidad, al verso le falta flexibilidad, se ocupa más de contar que de cantar, pues le importa que su lector se ubique en la narración de lo vivido. Soy de los que creo que no hay manera de escribir una poesía que no sea existencial, y que hasta El cementerio marino es un texto autobiográfico, pero también se que más que distancia con el hecho en sí lo que se necesita es el milagro de esa expresión que no solo sorprende a quien la lee, también a quien la escribe, y que gracias a esa sorpresa, que se da como iluminación, descubre en si mismo la otredad de toda existencia, incluso la propia.

         Supongo que fue en este proceso que Alejandro descubrió esa práctica en la que ha conseguido premios y elogios, que es la literatura para niños. Me suelo burlar de mis amigos que escriben “para niños” pues me parece parte de un mal entendido que no logro precisar. Pero también debo confesar que en el caso de Alejandro lo hago menos porque ha conseguido un tono que me llama la atención precisamente por su elasticidad narrativa, por su capacidad de jugueteo lírico, algo que sin duda sus lectores infantiles y sus editores deben agradecer. 

También creo que Alejandro decantó en su escritura una atenta lectura de la poesía mexicana, en especial la de sus contemporáneos, de la cual ha dejado muestras en diferentes antologías publicadas aquí y allá, y que encontró en la voz de otros escritores la posibilidad de ubicar su propio tono y ritmo, y no como parecía en sus primeros poemas, la imitación de temas de cara a la galería y no hacia si mismo. Por eso en La llama y el torrente el colofón es un último poema que lleva por título “Agua zarca”, de claras resonancias machadianas (“ojo que mira cuando alguien lo busca”), y que da título a otro libro, Agua zarca, publicado unos años antes, en 1996, que incluye algunos de los textos recogidos en La llama y el torrente. Agua zarca insinúa una experiencia poco presente en la obra de Alejandro y que en Tercera menor tendrá un papel mucho más importante: la soledad.

Así que mientras Alejandro crecía y maduraba como persona y escritor las que se volvían adolescentes eran sus hijas, mismas que, por su belleza, le atraían y atraen todo tipo de bromas por parte de sus amigos, hijas por cierto que son protagonistas de casi todas las páginas del libro que hoy presentamos. A estas alturas ustedes se preguntarán a qué horas voy a hablar de ese libro. Esta breve bitácora por la obra lírica de Alejandro tenía justamente como intención llevarnos a Tercera menor. Cuando leí el libro ya con la idea de editarlo pensé siempre, por pura resonancia, que el título tenía algo de indicación musical, como si se hubieran mezclado expresiones como “pulsar la segunda cuerda” o “tocar en fa sostenido menor”. Seguramente esto tenía que ver con que Ana María, mi mujer, había publicado ya un libro, La luciérnaga extraviada, y de allí había derivado a escribir canciones musicalizadas por grupos de trova jarocha e incluso una especie de auto sacramental musical narrado en sones. Una de las canciones, “El son de la luciérnaga”, tuvo éxito y su ejecución en Tlacotalpan fue grabada y difundida por radio y ya la cantan algunos grupos sin saber si quiera de donde viene. Esa nueva oscilación de lo personal a lo impersonal que representa el anonimato es la máxima aspiración de todo poeta.

Así al escribir estas notas de presentación y consciente de que no era una indicación musical el título, decidí conservar al menos el eco en mi lectura y pensar en los poemas como canciones anónimas. No fue un ejercicio fácil porque los poemas de este libro son ante todo visuales, y escritos para ser leídos, no cantados. Veamos el resultado: como señalé líneas arriba en este libro la mujer es protagónica, pero no la mujer como la amada o la amante (aunque también) sino como la hija. Desde su primera sección, “Patín del diablo” el autor asume esa condición de la mirada paterna estremecida por la infancia ajena (en el sentido en que no es la propia) y propia en el sentido que es la del vástago. Y toda descripción recorrida por una musicalidad de canción infantil y no de canción ranchera, de tango o de son. Así la condición de imagen y agregaría de “imagen súbita”, de epifanía, se percibe por los ojos pero se canta.

¿Qué quiero decir con esto? Cuando el niño cambia la compañía de sus padres por la del patín del diablo, el columpio o la bicicleta se aleja, se aleja de tal manera que su algarabía nos llega como música no como ruido. La segunda sección, “Solar”, tiene esa fascinante ambigüedad de toda poesía. Es solar porque está iluminada o lo es, solar, porque está desierta. Esa distancia que crea el alojamiento hace surgir la soledad de la que hablé antes, y no se trata de estar solo sino de estar en soledad, cosa muy distinta. La espuma en la pantorrilla de la niña, de inusitada sensualidad deudora de Sorolla, es una muestra de que esa distancia que trae la soledad hace que la mirada fragmente a la totalidad. Y esa fragmentación no sólo es espacial sino también temporal: en la manera en que miro a mi hija también veo a mis padres, y en la manera en que ella me mira me veo mirado por ellos. ¡Aguas!, la cosa no es fácil. Todo parece muy bonito y rosa pero no, fragmentarse es desbaratarse, Polifemo devora a sus hijos, pero también, aunque no lo diga el mito, a sus padres. Para estas alturas del libro, en la cuarta parte, “Pálida y desnuda”, el autor ya no sólo canta, también baila. En La llama y el torrente Alejandro escribió: “Y las letras que trazo en vano buscan trasmutarse en emoción”. Aquí lo consiguió: son pura emoción. Y ojo, porque la distinción es pertinente, emoción, y no sentimiento nada más. Si fuera lo segundo sólo le pertenecerían  (ellas, las emociones) a él, como lo primero ya son de todos. Por eso digo con él (y no canto porque soy muy desafinado incluso en la tercena menor): “No hay señales de ella/ y sin embargo esperas”.