Cuando apenas amanece

 Cuando apenas amanece,

la neblina recuerda los muelles

donde los barcos izan vela y mástil

y con flacidez zarpan en busca de su última estrella y luego,

con las velas reventando, llegan hasta el fin.

Cuando sobre las naves oscuras

ancladas pesadamente en Moguer, Río de la Plata, Londres

o en cualquier otro profundo puerto,

caminan algunos fantasmas

manchados aún con las lágrimas de sus novias...

Cuando apenas amanece, decía, alguien toma un catalejo

y advierte el peligro en la cumbre de las olas

o en el perfil de las nubes;

entonces siente la inseguridad del timón,

la fragilidad de las anclas:

la marea ya no se rompe en la quilla.

(La verdad es que estamos

ante un enorme grisazul casi vertical).

Resuenan así muchas órdenes trágicas

sobre las naves y sobre los muelles.

(A los pasajeros y huéspedes

les cambian a color de rosa el agua).

La amargura del viento crece hasta opacar las palabras

y las órdenes son ejecutadas con ademanes cadavéricos:

las naves dan tumbos

y parten llamadas de auxilio en varias direcciones:

todos saben que ésta no es la primera tormenta,

sólo los que están sobre el muelle y los que van al timón

saben que es la última.

Mas los primeros en llegar son nuevos golpes de viento

abriendo el abismo de las aguas.

Entonces se concluye en la sospecha de un nuevo comienzo.

Al Comandante General:

"Por los oscuros mares se están perdiendo sus hombres."

A los Señores Pasajeros y Huéspedes:

"No pasa nada,

pero cierren las ventanas

y no salgan de sus habitaciones”.

Los dos avisos son arrastrados por la borrasca.


 

El tiempo ha quedado en suspenso

 El tiempo ha quedado en suspenso,   

o al menos eso indica                

el movimiento inacabado de las mujeres, 

igual que en las películas de Chaplin

con los ojos en blanco después de mirar el reloj.

Los demás sólo parecen divertirse       

a pesar de que lo único existente ahí es esto:

la soledad a medias, con cierto paralelismo

entre un tocadiscos desvencijado

y la escalera apoyada en una pared derruída;

pero la pared se sostiene no por la escalera,       

sino por las notas entrecortadas

en un disco de principios de siglo.

Un instante después aparecen,

si es que puede llamarse así a una toma casi sin luz,

varios personajes ya no de película,

sino tan reales como dos manecillas inmóviles.

El reloj se perfila amenazante para volver a funcionar

y entre los concurrentes hay uno que no acaba el intento

de mover la escalera para sostener las manecillas.

La música se oirá de nuevo,

ya no detenida hasta el grado de que la pared se solidifique,

sino para tratar de dar por concluido su interminable fondo.

Los otros dejarán de reírse en un momento

y comenzará una diversión más concreta.

Quizás ahora ya no importe tanto en sí,

más bien hay que saber cuánto tiempo falta.

Las mujeres han quedado en el éxtasis del placer

renunciando a marcharse;

en ningún momento pueden ocultar su gran parecido

a las muñecas recién salidas de la fábrica.

Los que han aparecido momentos antes, desesperados,

 

tratan de acabar con la escena:

el bufón principal rompe con lo que no puede ser removido

y el reloj, contundente, vuelve a funcionar.

El proceso no puede repetirse.

Todos corren pero no asustados,

ya que no prestan atención

a la pared que se derrumba definitivamente,

al tocadiscos que ha dejado de sonar,

a la escalera apolillada,

a las mujeres que se arrugan y se abandonan en cualquier cesto.        

Todavía no se pierde nada

porque las películas de Chaplin

nunca se exhibirán en una sala vacía

(es posible que el vacío solo exista aquí y ahora,

como la soledad no solo en algún film).


 

Los payasos (un film de Fellini )

 No del todo abandonados,

prefieren la pista bajo una lona

que desaparecer arrastrando en una bolsa

lo que alguna vez pudiera recordarles,

la agonía no es la última lucha antes del amanecer;

es la carpa que no puede levantarse,

eI niño que lo desea.

La música

(parecida a la leona moribunda en el zoológico)

se huele a entierro,      

último bastión de un viejo oficio

y nadie puede ocultarlo.

No se pueden ocultar ni las carpas ni los derrumbes 

para llegar a alguna conclusión;

sin embargo, si algo sucede, el final será demasiado pomposo.

No es suficiente escarbar                

y encontrar los ya carcomidos soportes,      

todos deben comprender, no es suficiente:

los finales existen 

a pesar de que la función no haya terminado,

a pesar de las caras a medio despintar

y de la ropa extravagante bajo una lluvia insistente

que anuncia el acabose del círculo,

que permite adivinar el disfraz;

así ya no es tan sencillo lanzar confeti,

sobre todo cuando se han endurecido las articulaciones

y de las grandes oberturas

sólo queda un ruidito como de juego.

Pero se puede conceder la última gracia:

el estruendo no debe utilizarse en la fiesta,

que la muerte sea distinta;

que el maestro de ceremonias no se deje ver completamente

(a punto de cumplirse la sentencia

lo hará con la pereza de quien hace algo

por ya no tener otra opción).                       

También hay que advertir: no habrá salvas,

pero si la música interpretada por los moribundos        

con algunos cacharros.

No habrá ningún canto de cisne,            

sencillamente el globito va a estallar.          

Tal vez habrá quien comente                       

que los soportes fueron hallados en una jaula     

y que nadie volvió a hablar de ellos

por temor a morir como la leona.

El niño la amaba

y ya no quiera saber nada de productos para pintarse

ni de tiendas de ropa estrafalaria:

el Gran Final corresponde a los que utilizan eso,

a nadie más, y si hay muertes tienen su razón de ser

pero la historia no volverá a ser la misma.  


 

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