AVISTARON las luces del puerto cuando anochecía; el capitán Yahadí decidió esperar los primeros resplandores del alba para atracar.

Esa última noche en el mar, los elefantes estuvieron alterados. Entendían que algo importante estaba a punto de suceder. Los olores y los ruidos, nuevos para ellos, los hacían sentir curiosidad y al mismo tiempo les causaban temor. Los cuidadores pasaron la noche en vela acariciando a los animales, que no dejaban de barritar.

Al amanecer, la capitanía del puerto mandó averiguar de dónde procedía ese barco y cuál era su carga.

El capitán Yahadí, que entendía el idioma de ese país, muy contento y pensando que las preguntas se las hacían porque la gente que esperaba en el muelle quería asegurarse para iniciar las celebraciones ante el arribo de los elefantes, contestó que venían de Nyasala y que la carga era el esperado presente.

La capitanía del puerto mandó decir que no sabía de qué hablaba.

El capitán Yahadí, sorprendido, redactó cuidadosamente un mensaje tratando de no cometer errores, ya que hacía tiempo que no practicaba esa lengua, y lo envió a las autoridades del puerto; en él les recordaba que el señor Presidente había hecho un viaje al África y les decía que en el barco venía el regalo enviado por el rey Bucharaia, cosa que debía ser ampliamente conocida por todos.

La capitanía del puerto concedió permiso de atracar mientras consultaba con la Presidencia de la República.

Apenas llegó al muelle, Yahadí preguntó el nombre del país en el cual se encontraban. Aunque era un marino experto, siempre existía el riesgo de haberse equivocado. Pero el país era el correcto; sólo que no había nadie esperando a los elefantes.

Durante el día no hubo otra cosa que hacer más que aguardar, así que los cuidadores se pusieron a bañar a los elefan­tes y los marineros a lavar el barco; el capitán se recostó en su camarote y poco a poco fue entrando en un sueño pro­fundo. Soñó con su regreso triunfal a Nyasala; en cómo el Tyawara de seguro sería recibido con fiestas, en cómo llegaría ante el rey Bucharaia a decirle que había cumplido con éxito su misión. Lo despertó un ruido que, todavía modorro, identificó como el que harían los habi­tantes de ese puerto bajando por las calles al muelle, en caravana festiva, para darles la bienvenida; Yahadí se levantó sobresaltado y corrió a la cubierta... no vio nada: el ruido provenía de su sueño.

Después tuvo esperanzas de haber confundido la fecha de arribo; tal vez se había adelantado o atrasado, y cuando se supiese que ya estaban allí, la población se desbordaría a recibirlos... Pero no. Los primeros días en ese puerto desconocido, los elefantes, los cuidadores, el capitán Yahadí y los tripulantes permanecieron a bordo en espera de las ins­trucciones de la capitanía del puerto. La sonrisa en el rostro del capitán ya no era frecuente.


 

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