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EFECTO ISAÍAS Y LA CIENCIA PERDIDA
Comienzos
Un Dia sentado navegando en Internet y
me encontre este documento.
lo lei,
lo practique ; "Los resultados
son en verdad extraordinarios."
Introduccion
·
¿Es posible que exista una
ciencia perdida que nos ayude a trascender temas como la guerra, la
destrucción y el sufrimiento predichos hace tanto tiempo para nuestra
época actual?
·
¿Cabe la posibilidad de que en
alguna parte de las neblinas de nuestra antigua memoria colectiva
hubiera tenido lugar algún acontecimiento que provocara un vacío en
nuestra comprensión sobre cómo relacionarnos con nuestro mundo y entre
nosotros?
·
De ser así, ¿sería posible que,
de salvar ese obstáculo, se pudieran evitar las grandes tragedias a las
que se ha de enfrentar la humanidad?
Textos de
dos mil quinientos años de antigüedad, así como la ciencia moderna,
sugieren que la respuesta a estas preguntas y a otras similares es un
rotundo « ¡sí! ». Además, en el lenguaje de sus tiempos, los que
vivieron antes que nosotros nos recuerdan dos poderosas técnicas que
están en relación directa con nuestra vida actual. La primera es la
ciencia dé la profecía, que nos permite ser testigos de las
consecuencias futuras de nuestras elecciones del presente. La segunda es
la sofisticada técnica de la oración, que nos permite elegir qué
profecía futura vamos a vivir.
Los secretos de nuestras ciencias perdidas parecen haber sido
abiertamente compartidos por sociedades y tradiciones antiguas. Los
últimos vestigios de esta poderosa sabiduría en la tradición occidental
se perdieron al desaparecer textos muy valiosos en el siglo IV. Fue en
el año 325, cuando los elementos clave de nuestra antigua herencia
fueron apartados de la población general y quedaron relegados a las
tradiciones esotéricas de escuelas de misterio, a sacerdotes de elite y
a las órdenes sagradas.
A los ojos
de la ciencia moderna, las recientes traducciones de textos como los
manuscritos del mar Muerto y las bibliotecas gnósticas de Egipto
han abierto las puertas a aquellas posibilidades que se dejaban entrever
en los cuentos populares y de hadas antiguos y han supuesto un nuevo
despertar para las mismas. Ahora, después de dos mil años de haber sido
escritos, podemos ratificar el poder de una fuerza que mora en nuestro
interior, un poder muy real que tiene la capacidad de acabar con el
sufrimiento y traer paz duradera al mundo.
Los autores antiguos nos legaron su poderoso mensaje de esperanza
descrito con las palabras de su tiempo. Las visiones del profeta Isaías,
por ejemplo, fueron registradas más de quinientos años antes del
nacimiento de Cristo. El rollo de Isaías, el único manus-crito
descubierto intacto entre los manuscritos del mar Muerto en 1946,
desplegado y montado sobre un cilindro vertical, está expuesto en el
Santuario del Museo del Libro de Jerusalén. La exposición,
considerada como insustituible, está protegida por un sistema diseñado
para que la estancia se convierta en una cámara acorazada sellada con
puertas de acero a fin de conservar el rollo para las generaciones
futuras, en el supuesto de que se produjera un ataque nuclear.
La
antigüedad del rollo de Isaías, su integridad y el propio texto ofrecen
una oportunidad única para considerarlo como representativo de las
muchas profecías proferidas para nuestro tiempo. Aparte de los detalles
de los acontecimientos concretos, la visión generalizada de las antiguas
predicciones revela el trasfondo de un tema común. En todas las visiones
de nuestro futuro, las profecías siguen un patrón claro: descripciones
de catástrofes, inmediatamente seguidas de una visión de vida, dicha y
esperanza.
En el manuscrito conocido más antiguo de este tipo, Isaías comienza su
visión de posibles futuros, con la descripción de una época de
destrucción global de una magnitud nunca vista. Describe su ominoso
momento como una época en que «enteramente arruinada quedará la Tierra,
totalmente devastada» (Is. 24,3).' Su visión de una época que aún había
de llegar se parece mucho a las descripciones de muchas otras profecías
de distintas tradiciones, incluidas las de
los nativos americanos hopi y
navajo, así como las de los mayas de
México y Guatemala.
Sin embargo, en los versos que vienen a continuación de la descripción
de devastación de Isaías, su visión cambia espectacularmente a un
escenario de paz y salud:
«Porque
las aguas rebosarán en el desierto, arroyos en la estepa... Y la
ardiente arena se convertirá en estanque, y el sequedal en manantiales
de agua»
(Is. 35,
6-7).
Además,
Isaías dice que «en aquel tiempo los sordos oirán las palabras del
libro, y los ojos de los ciegos verán desde la oscuridad y sin
tinieblas» (ib., 29,18).
Durante casi veinticinco siglos, los eruditos han interpretado
principalmente estas visiones como una descripción de acontecimientos
que se esperaba que ocurrieran justamente en el orden en que son
descritos en el rollo de Isaías: en primer lugar la tribulación de la
destrucción, seguida de una etapa de paz y salud. ¿Es posible que estas
visiones de otros tiempos tuvieran otro significado? ¿Podrían las
introspecciones de los profetas reflejar las habilidades de expertos
maestros que se introducían entre los mundos de posibles futuros y
registraban sus experiencias para las generaciones futuras? De ser así,
los detalles de sus viajes podrían ofrecernos importantes claves para
descifrar un tiempo que está por llegar.
Los antiguos profetas, al igual que las creencias de los físicos del
siglo 'XX, vieron el tiempo y el curso de nuestra historia como una
senda que puede recorrerse en dos direcciones: hacia atrás así como
hacia delante. Reconocieron que sus visiones tan sólo reflejaban
posibilidades para un momento dado en el tiempo, más que acontecimientos
que sucederían con toda certeza, y cada posibilidad se basaba en las
condiciones existentes en el momento de la profecía. Cuando estas
cambiaran, el cambio se vería reflejado en el resultado de cada
profecía. Una visión de guerra de un profeta, por ejemplo, se podía ver
como un futuro seguro sólo si no se ponía fin a las circunstancias
sociales, políticas y militares en el momento de la profecía.
Esta misma línea de razonamiento nos recuerda que, cambiando nuestra
forma de actuar en el presente -aunque, a veces, ello suponga sólo un
pequeño cambio-, podemos cambiar todo el curso de nuestro futuro. Este
principio se aplica tanto a circunstancias individuales, como la salud y
las relaciones, como al bienestar general del mundo. En el caso de una
guerra, la ciencia de la profecía puede permitir a un visionario
proyectar su visión a un tiempo futuro y alertar a las personas de su
tiempo de las consecuencias de sus acciones. De hecho, muchas profecías
van acompañadas de reiteradas súplicas de cambio en un intento de evitar
que suceda lo que los profetas han visto.
Las visiones proféticas de posibilidades lejanas a menudo nos recuerdan
la analogía de los caminos paralelos, sendas posibles que se introducen
tanto en el futuro como en el pasado. De tanto en tanto los cursos de
los caminos parecen desviarse, haciendo que uno se acerque a su vecino.
Es en estos puntos donde los antiguos profetas creían que los velos
entre los mundos eran muy finos. Cuanto más finos estos, más fácil era
elegir nuevas vías para el futuro, saltando de un camino a otro.
Los científicos modernos se toman muy en serio estas posibilidades, y
han creado nombres para estos acontecimientos, así como para los lugares
donde los mundos se conectan. Mediante expresiones como «ondas del
tiempo», «resultados cuánticos» y «puntos de elección», profecías como
las de Isaías adquieren poderosos y nuevos significados. En lugar de ser
pronósticos de acontecimientos que se prevén para un día en el futuro,
son destellos de las posibles consecuencias de las decisiones que
tomamos en el presente. Tales descripciones suelen recordarnos un gran
simulador cósmico, que nos permite ser testigos de los efectos de
nuestras acciones a largo plazo.
Sorprendentemente, a semejanza de los principios cuánticos que sugieren
que el tiempo es una colección de resultados maleables y diversos,
Isaías la un paso más, recordándonos que las posibilidades de nuestro
futuro vienen determinadas por elecciones colectivas realizadas en el
presente. Al compartir muchos individuos una opción común, amplían el
efecto y aceleran el resultado. Algunos de los ejemplos más claros de
este principio cuántico pueden observarse en las oraciones masivas para
que se produzcan milagros; de pronto se salta de una situación futura a
experimentar otra. A principios de los ochenta, los efectos de la
oración con una finalidad fueron documentados mediante experimentos
controlados en zonas urbanas con un alto índice de criminalidad.2'3
A través de estos estudios, el efecto localizado de la oración ha sido
muy bien documentado en publicaciones para todos los públicos. ¿Pueden
aplicarse los mismos principios a zonas más amplias, quizás a escala
global?
El viernes 13 de noviembre de 1998, se puso en práctica una oración
masiva en todo el mundo, como una opción para la paz en una época en
que había una escalada de tensión política en muchas partes del mundo.
Concretamente, ese día era la fecha límite impuesta a Irak para
cumplir con las exigencias de las Naciones Unidas respecto a las
inspecciones de armamento. Tras meses de negociaciones sin éxito para
acceder a los lugares clave, las naciones de Occidente habían dejado
claro que el incumplimiento por parte de Irak daría como resultado una
campaña de bombardeo masivo y extensivo diseñado para destruir las zonas
donde se sospechaba que guardaban armamento. Semejante campaña habría
producido, sin duda alguna, una gran pérdida de vidas humanas, tanto de
civiles como de militares.
Una comunidad global de varios cientos de miles de personas conectadas
mediante la World Wide Web, optó por la paz en una oración masiva
cuidadosamente sincronizada en momentos precisos de esa tarde. Durante
el tiempo de oración, tuvo lugar un acontecimiento que muchos consideran
un milagro. A treinta minutos del ataque aéreo, el presidente de Estados
Unidos, tras recibir una carta de los oficiales iraquíes diciendo que
iban a cooperar con las solicitadas inspecciones de armamento, dio la
insólita orden al ejército estadounidense de «deponer las armas», el
término militar para suspender una misión.4
Las probabilidades de que este hecho sucediera fortuitamente en el mismo
marco de tiempo en que se estaba llevando a cabo la oración mundial son
mínimas. Los escépticos han visto la sincronicidad que hubo en
este ejemplo como una «casualidad». Sin embargo, dado que se han visto
anteriormente resultados similares en acontecimientos ocurridos en Irak,
en Estados Unidos y en Irlanda del Norte, el creciente aumento de
pruebas sugiere que el efecto de la oración masiva es más que una
coincidencia. Las pruebas, que confirman un principio descubierto en
textos centenarios, sencillamente afirman que la elección de muchas
personas, concentradas de una forma específica, tiene un efecto directo
y constatable sobre nuestra calidad de vida.
Aunque tales cambios parezcan inexplicables por medios ordinarios, los
principios cuánticos los tienen en consideración como productos de la
fuerza interior de una elección colectiva o de un grupo. Quizá la
perdida ciencia de la oración, oculta en las antiguas tradiciones hasta
que nuestro pensamiento actual pudiera reconocerla, ofrezca una forma de
acción para evitar la enfermedad, la destrucción, la guerra y la
mortandad profetizada para nuestro futuro. Nuestras elecciones
individuales se funden en nuestra respuesta colectiva para el presente,
con implicaciones que pueden ir desde unos pocos días hasta muchas
generaciones en el. futuro.
Ahora
disponemos del lenguaje para introducir este poderoso mensaje de
esperanza y posibilidad en todos los momentos de nuestra vida. Aunque
todo el alcance de las más oscuras visiones de Isaías todavía ha de
llegar, cada vez hay más científicos, filósofos e investigadores que
creen que estamos presenciando el preludio de muchos de los
acontecimientos que él predijo para nuestro tiempo.
¿Podrían
las antiguas claves como el rollo de Isaías haber sobrevivido dos mil
años con un mensaje tan poderoso que no pudiera ser reconocido hasta que
se comprendiera mejor la naturaleza de nuestro mundo? Nuestra
disposición para permitir dicha posibilidad podría convertirse en
nuestro mapa de carreteras para evitar el sufrimiento pronosticado por
toda una serie de visiones sobre nuestro futuro.
Y vi un
nuevo cielo y una nueva tierra...
Escuché
una voz que decía:
«No habrá
más muerte,
- ni sufrimiento, ni llanto
porque todo esto ya ha pasado»
LIBRO ESENIO DE LAS REVELACIONES
(APOCALIPSIS DE SAN JUAN, 21,1.4)
1 - VIVIR EN LOS
DÍAS DE LA PROFECÍA
La
historia apunta al presente
Por alguna razón aquel hombre llamó mi atención mientras yo atravesaba
el pasillo que estaba después de los aseos y los teléfonos. Podía haber
sido su obra artística expuesta en las paredes. Quizá sus joyas, que
sobresalían modestamente de la artesanal caja de fieltro. Sin embargo,
lo más probable es que fueran los tres niños que le rodeaban. Al no
tener hijos propios, con los años he mejorado al calcular las edades de
los que pertenecen a otras personas. El mayor tendría unos ocho años. Al
ver a los más jóvenes, quizá habría dos años de diferencia entre uno y
otro. «¡Qué niños más preciosos!», pensé para mí mientras dejaba atrás
su exposición en el vestíbulo del restaurante.
Acababa de terminar una cena con unos amigos, que habíamos pospuesto en
varias ocasiones y que por fin esta vez pudimos disfrutar en una pequeña
ciudad al lado del mar, al norte de San Francisco. Preocupado por la
preparación de un taller que tendría lugar durante los tres días
siguientes, era consciente de que había estado algo distante en la cena.
Desde mi ventajosa situación en un extremo de la mesa, las
conversaciones parecían estarse produciendo a mi alrededor. Me había
sentido como un observador, mientras el resto del grupo rápidamente
había formado parejas para entablar las típicas conversaciones de
ponerse al día en lo referente a situación profesional, romances y
planes para el futuro.
Recuerdo
haberme preguntado si la elección de mi asiento había sido intencionada,
si era mi forma de evitar la participación directa sin dejar de
disfrutar de la presencia de viejos amigos conversando. Más de una vez
me di cuenta de que estaba mirando por las enormes ventanas de cristal
que se encontraban a medio camino entre donde yo estaba sentado y el
muelle bajo el cual subía la marca. Mi mente estaba enfocada en la
presentación que tenía que hacer al día siguiente por la tarde.
¿Qué diría
en la presentación? ¿Cómo invitaría a participantes de tan distintas
procedencias y creencias a seguirme en el antiguo mensaje de esperanza
respecto a este momento en la historia?
-¡Eh!
¿Cómo te va? -me dijo el hombre de los niños y de las joyas mientras yo
caminaba hacia él. El inesperado saludo de un extraño me trasladó al
presente. Sonreí y moví la cabeza.
-Estupendamente -respondí, sin tan siquiera pensar-. Parece que tienes
unos buenos ayudantes -le dije señalando a sus tres hijos.
El hombre
se rió, y cuando me detuve ante él, de pronto empezamos a hablar sobre
sus joyas, del trabajo artístico de su esposa y de sus cuatro hijos.
-Fui la
comadrona de todos mis hijos -me explicó-. Mis ojos fueron los primeros
que vieron cuando llegaron a este mundo. Mis manos fueron las primeras
que tocaron sus cuerpos. -Sus ojos brillaban mientras describía cómo
había crecido su familia. En cuestión de minutos, este hombre al que no
había visto en mi vida empezó a describirme el milagro del nacimiento
que él y su esposa habían experimentado cuatro veces juntos. Enseguida
me conmovió la confianza y sinceridad de su voz mientras compartía los
detalles íntimos de cada parto.
»Es fácil traer un hijo a este mundo -me dijo.
Es fácil
para ti decirlo -pensé yo-. ¿Qué diría tu mujer si le preguntara cuál
fue su experiencia al tener los hijos?
Justo cuando estaba pensando esto, apareció una mujer desde el fondo del
pasillo. Al momento supe que ellos estaban juntos. Eran una de esas
parejas que parecen como si uno formara parte del otro. Ella se dirigió
a nosotros y sonrió amablemente mientras pasaba el brazo alrededor de su
esposo. Habría pasado de largo de su exposición en el pasillo de no
haber sido porque me paré a hablar con su esposo. Aun sabiendo de
antemano la respuesta a la pregunta que le iba a hacer, yo hablé
primero.
-¿Eres la
madre de estos hermosos niños?
El orgullo que reflejaban sus ojos respondió antes que las palabras que
salieron de sus labios.
-Sí, lo soy -respondió ella-. Soy la madre de los cinco.
Con la
gran sonrisa que surge del privilegio de compartir la vida con otra
persona, se rió y apuntó con el dedo a su marido en el brazo. Lo capté
inmediatamente. Se estaba refiriendo a él como al quinto hijo. Ella
sostenía en brazos al cuarto, el más pequeño, un niño de quizá dos años
de edad. Cuando empezó a moverse, su madre lo colocó de pie en el suelo
de baldosas de la entrada del restaurante. El niño caminó hacia su
padre, que lo cogió en brazos con un solo movimiento y lo meció en el
ángulo de su brazo. El pequeño se sentó erguido mirando directamente a
los ojos de su padre y permaneció así durante el resto de la
conversación. Evidentemente era algo que habían hecho muchas otras
veces.
-De modo
que es fácil tener un hijo -le dije como recordatorio de donde habíamos
dejado la conversación antes de la aparición de su esposa.
-Por lo general -respondió él-, cuando están listos no hay gran cosa que
los detenga. ¡Sencillamente salen disparados!
Con su
hijo pequeño todavía en brazos, el hombre se agachó un poco para imitar
a un atleta atrapando una pelota o un bebé entre sus brazos.
Todos nos
reímos y él y su esposa se miraron. De pronto un aire de silencio
invadió a la pareja y a sus hijos. De vez en cuando alguien pasaba por
en medio justo en el momento preciso, cuando estaban a punto de salir
las palabras justas que avivarían nuestros recuerdos y despertarían las
posibilidades que yacen latentes en el interior de todos nosotros. Creo
que, en planos que trascienden el habla, todos funcionamos de este modo.
En la inocencia de lo inesperado, se produce un momento mágico. Supe que
ese era uno de esos momentos.
El hombre me miró directamente. La expresión de su cara y el sentimiento
que brotaba de mi corazón me decían que cualquier cosa que fuera a pasar
era la razón de que estuviéramos allí reunidos en ese momento.
-Por lo
general, no hay problemas -prosiguió el hombre-. Aunque, de vez en
cuando, pasa algo. Algo va mal.
Mirando al
pequeño que tenía entre sus brazos, el hombre estrechó al niño todavía
más, mientras alcanzaba y apartaba su pelo de la frente con sus dedos.
Por un instante, los dos se miraron directamente a los ojos. Me sentí
honrado por su capacidad de compartir su amor sin hacer que me sintiera
un mero espectador. Me estaban dejando participar de su momento.
-Esto es
lo que nos pasó con él -continuó-. Tuvimos algunos problemas con Josh.
-Yo escuchaba atentamente mientras él proseguía-. Todo iba bien, justo
como debía. Mi esposa había roto aguas y su parto avanzaba hasta que nos
encontramos con nuestro cuarto parto en casa. Josh se encontraba en el
conducto cervical cuando de pronto todo se detuvo.
Sencillamente el parto se interrumpió. Sabía que algo no iba bien. Por
alguna razón, recordé un manual de operaciones policiales que había
leído años antes. Había un capítulo sobre partos de urgencia y había una
sección dedicada a las posibles complicaciones. Mi mente repasó esa
sección. ¿No es curioso cómo parece acudir a la mente aquello que
necesitamos en el momento adecuado? -Lanzó una carcajada nerviosa
mientras su esposa se le acercaba. Ella pasó su brazo alrededor de su
esposo y de su hijo menor; yo sabía que ellos compartían una experiencia
que los había unido a los tres mediante un raro vínculo de proximidad y
asombro.
»El manual
decía que, en algunas ocasiones, el bebé durante el parto podía quedarse
atascado contra la rabadilla de la madre. Unas veces es la cabeza, otras
el hombro lo que queda calzado. Llegar hasta dentro y liberar al feto es
un proceso relativamente sencillo. Esto es justo lo que pensaba que le
estaba sucediendo a Josh.
»Introduje mis dedos en el cuello uterino de mi esposa, y entonces
sucedió algo absolutamente sorprendente. Palpé su rabadilla, moví mi
mano un poco hacia arriba y noté con toda certeza que era el omóplato de
Josh el que se había encallado en el coccis. Justo cuando iba a moverle,
sentí un movimiento. Al momento comprendí lo que estaba sucediendo. Era
la mano de Josh. ¡Estaba estirándola en dirección al coccis para
liberarse él mismo! Cuando su brazo rozó mi mano, tuve una experiencia
que creo que muy pocos padres han tenido. -En ese punto de la
conversación ya estábamos todos llorando.
-La historia todavía no ha terminado -dijo la esposa dulcemente-. Sigue,
cuéntale el resto -le susurró a su esposo animándole.
-Ahora llego a esa parte. -Sonrió mientras se secaba las lágrimas con
las manos-. Cuando su brazo rozaba mi mano, Josh dejó de moverse, sólo
durante un par de segundos. Creo que estaba intentado comprender lo que
había encontrado. Entonces volví a sentirle. Esta vez no estaba
alargando la mano para liberarse de la rabadilla de su madre. ¡Esta vez
me la estaba dando a mí! Sentí su manita moverse entre mis dedos. Al
principio su tacto era inseguro, como si estuviera explorando. En
cuestión de segundos me agarraba con fuerza. Sentí a mi hijo todavía
nonato extenderme su mano y entrelazar sus dedos entre los míos
confiadamente, ¡como si me conociera! En ese momento supe que a Josh no
le pasaría nada. Los tres juntos trabajamos para traer a Josh a este
mundo y aquí está hoy.
Todos miramos al pequeño que estaba en los brazos de su padre. Al notar
que todas las miradas se posaban sobre él, Josh ocultó su cara en el
hombro de su padre.
-Todavía es un poco tímido -dijo el hombre riendo.
-Ahora entiendo por qué está tan apegado a ti -dije yo-. Los dos
compartís algo muy grande.
Nos
miramos los unos a los otros a través de las lágrimas que habían brotado
de nuestros ojos. Recuerdo el sentimiento de reverencia y asombro, y
quizás un poco de sorpresa, ante la intensidad de lo que acabábamos de
compartir. Todos nos reímos, aliviando el desconcierto del momento sin
detractarnos del poder de lo que habíamos compartido. Tras unas pocas
palabras más y muchos cálidos abrazos, nos dimos las buenas noches.
No volví a ver a la familia. Ahora, casi tres años después, sigo sin
saber sus nombres. Lo que permanece es su historia, su apertura y
voluntad de compartir un momento íntimo de sus vidas. Su sinceridad
había tocado algo muy antiguo y profundo dentro de mí. Aunque hacía
menos de veinte minutos que nos conocíamos, los tres habíamos creado un
poderoso recuerdo que yo compartiría muchas veces durante los meses
siguientes. Fue uno de esos momentos en los que no se necesitan
explicaciones. Ni siquiera lo intentamos.
Una conocida frase en las enseñanzas de
Hermes Trismegisto, considerado como el padre de la alquimia, sugiere
que las experiencias de nuestras vidas cotidianas, como el nacimiento,
son reflejos de acontecimientos que ocurren a una escala mucho mayor en
el cosmos. Con elocuente simplicidad, el principio afirma: «Como arriba,
así abajo». La teoría del caos, un estudio especializado de matemáticas,
lleva la explicación un paso más lejos, al sugerir que nuestras
experiencias también son holográficas. En un mundo holográfico, la
experiencia de un elemento es reflejada por todos los demás elementos a
través de todo el sistema.
En el
grado en que nuestro cosmos funciona de esta manera, el principio
también puede ser aplicado a una experiencia mucho más cercana a
nosotros: la relación entre nuestros cuerpos y la Tierra. Mientras la
familia que estaba de pie conmigo compartía los recuerdos del nacimiento
de su hijo menor, descubrí que estaba pensando en el principio de
Hermes. De pronto, la historia de Josh abriéndose paso hacia nuestro
mundo se convirtió en una poderosa analogía de nuestro planeta dando a
luz a un nuevo mundo. Las similitudes son incontestables.
Si pudiéramos imaginarnos, aunque sólo fuera por un momento, a nosotros
mismos viniendo a la Tierra desde un mundo en que el milagro del
nacimiento fuera desconocido, la historia de Josh supondría una nueva
perspectiva para los acontecimientos de nuestro tiempo. Presenciar la
vida que llega a este mundo es, sin duda alguna, una experiencia mágica.
Sin embargo, saber cuál va a ser el resultado del parto de algún modo
debe cambiar nuestros sentimientos en cuanto a la experiencia. ¿Cómo
sería nuestra perspectiva si no conociéramos el resultado? ¿Qué pasaría
si viéramos el proceso del nacimiento sin el privilegio de comprender
que se ha invitado a una nueva vida a nuestro entorno?
Empezaríamos por ver a una mujer que padece tremendos dolores. Su rostro
hace muecas sincronizadas con los gritos del parto. Sangre y fluidos que
brotan de su cuerpo. En efecto, presenciar la llegada de una nueva vida
sería como presenciar los mismos síntomas que acompañan la pérdida de la
misma. ¿Cómo podríamos saber por los síntomas exteriores de dolor que se
trata de un nacimiento? ¿Es posible que hagamos las mismas conjeturas al
contemplar el nacimiento de una nueva tierra que haría alguien que
estuviera presenciando un parto humano y desconociera lo que está
viendo?
Este es
justamente el escenario que las antiguas tradiciones sugieren que se
está manifestando; somos testigos del nacimiento cíclico de un nuevo
mundo. En las visiones proféticas del evangelio de san Mateo, el autor
utiliza el nacimiento como una metáfora para describir los
acontecimientos que la gente de nuestro tiempo espera ver:
«Habrá
hambrunas y terremotos en diversas partes. Pero todo esto no es más que
el comienzo de los dolores del parto»
(Mt.
24,7-8).'
Durante el
último cuarto del siglo XX, los científicos documentaron unos hechos
únicos que parece que no se puedan comparar con nada. Desde las regiones
más profundas de la Tierra hasta los límites de nuestro universo
conocido, hay instrumentos que graban acontecimientos que sobrepasan en
fuerza y duración las anteriores mediciones, a veces por muchos órdenes
de magnitud. En otoño de 1997, empezaron a correr por la World Wide Web,
revistas y otros medios, informes sobre cambios catastróficos en la
Tierra y en la sociedad.
Los
artículos describían una variedad de acontecimientos que iban desde los
mega terremotos, aumento en el nivel del mar y colisiones cercanas con
asteroides, hasta poderosos nuevos virus y la ruptura de la frágil paz
de Oriente Próximo, todos ellos con el potencial de causar estragos y
destrucción. Muchos de los artículos describen fenómenos que concuerdan
con las predicciones visionarias de hace miles de años para esta época
de la historia. Tanto las profecías modernas como las antiguas sugieren
que los acontecimientos de 1997 marcaron el comienzo de un extraño
período en el que se esperan cambios espectaculares.
EL LENGUAJE DEL
CAMBIO
Era la segunda semana del mes de
julio de 1998. Mi esposa y yo acabábamos de regresar de un largo viaje
en el que habíamos pasado tres semanas en el Tíbet y cinco en el sur de
Perú. Juntos habíamos realizado viajes sagrados a algunos de los lugares
más prístinos y aislados de nuestro planeta. El propósito de cada viaje
era aportar pruebas claras e importantes de la existencia de una
sabiduría antigua perdida para Occidente hace 1.700 años. Al viajar a
lugares remotos donde las tradiciones se habían conservado durante
cientos de generaciones, tuvimos la oportunidad de hablar con aquellos
que hoy en día todavía viven las prácticas.
En lugar
de especular sobre la validez de los descoloridos textos o traducir los
idiomas olvidados de las paredes de los templos, hablamos directamente
con los monjes, chamanes y monjas de esas regiones mediante guías,
intérpretes y nuestras propias habilidades lingüísticas, hicimos
preguntas específicas respecto a las prácticas que tuvimos el privilegio
de contemplar.
Aunque veíamos las noticias en las grandes ciudades siempre que
podíamos, Melissa y yo estuvimos prácticamente desconectados del «mundo
exterior» durante la mayor parte de nuestro viaje. Entré en mi despacho
justo cuando el fax empezaba a pitar anunciando la llegada de un-
mensaje. Ya había una cascada de papel enrollado que caía al suelo. Me
preguntaba qué mensaje podía ser tan urgente como para darnos la
bienvenida en nuestro primer día de vuelta.
Tras dejar
que las primeras páginas salieran del aparato, las recogí y empecé a
ojear los papeles. Había páginas y páginas de información recopilada de
una serie de instituciones científicas desde la Administración Nacional
de Aeronáutica y del Espacio (NASA) y del Departamento de
Inspección Geológica de Estados Unidos hasta las principales
universidades y servicios de noticias. Todas las páginas estaban
repletas de tablas, gráficos y estadísticas que documentaban los
acontecimientos inusuales que se habían producido en las últimos meses.
Aparentemente, los investigadores me habían tenido al comente de los
mismos, y dio la casualidad de que yo entraba en mi despacho justo
cuando llegaba otra información.
Las primeras páginas describían detalladamente un acontecimiento cósmico
de proporciones inauditas. El 14 de diciembre de 1997, los astrónomos
detectaron una explosión en la frontera de nuestro universo conocido, la
segunda en magnitud después del Big Bang primordial. Tal como se
relató en las publicaciones científicas casi siete meses más tarde, los
investigadores del Instituto de Tecnología de California certificaban
que la explosión había durado uno o dos segundos, con una luminosidad
idéntica al resto del universo.' Desde la primera explosión, se han
descrito otras explosiones de magnitud similar.
También había informes del mes de junio de 1998, en que los científicos
habían presenciado dos cometas que colisionaron con nuestro Sol,
acontecimiento que nunca se había visto o documentado con anterioridad.
Al cabo de unas horas de los impactos se produjo una «espectacular
eyección de gas caliente y de energía magnética conocida como eyección
de masa de la corona (EMC)».3 Este tipo de llamaradas son los
desencadenantes de las grandes alteraciones en el campo magnético de la
Tierra, y con frecuencia son las causantes de cortes en las
comunicaciones y en el suministro eléctrico en zonas muy extensas.
Todavía están frescos en la memoria de muchos científicos los efectos de
alteraciones de este tipo que se produjeron en el mes de marzo de 1989,
provocadas por
llamaradas que superaron en un 50 por ciento los
récords anteriores.4
Las hojas siguientes describían estudios realizados en el mes de abril
de 1998, que documentaban lo que muchos ya sospechaban respecto al
tiempo y a las temperaturas extremas que se han venido produciendo en
los últimos años. Por primera vez, un equipo internacional confirmaba
que las temperaturas del hemisferio norte habían subido más en la última
década que durante ningún otro período en los últimos seis siglos.
Además, los estudios habían revelado que un error en los datos
proporcionados por los satélites habían dado lugar a lecturas erróneas
sobre las tendencias climáticas en el pasado, enmascarando los signos
del aumento de las temperaturas.'
Al temerse
un aumento similar en el hemisferio sur, los científicos del Centro
Nacional de Datos para la Nieve y el Hielo todavía estaban sorprendidos
al comprobar con qué rapidez 200 kilómetros cuadrados de masa del hielo
de la plataforma Larsen-B se habían desprendido de la Antártica y habían
desaparecido de las fotografías del satélite. Todavía intacta el 15 de
febrero, once días después había desaparecido, sumergiéndose bajo el
agua. El informe reflejaba la preocupación de que toda la plataforma
Larsen-B, que cubre más de 10.000 kilómetros cuadrados podría
«deshacerse en tan sólo uno o dos años». Estudios adicionales siguieron
explicando el significado de tales acontecimientos y calculaban que «el
derretimiento del hielo antártico podría elevar el nivel del mar en seis
metros».
A principios de 1997, empezó un patrón climático anómalo conocido como
El Niño, que causó estragos en las cosechas, la industria y las vidas de
cientos de miles de personas a escala mundial. Los informes decían que
más de 16.000 personas habían muerto en todo el mundo, y que se
calculaba que los daños ascendían a 50.000 millones de dólares [casi 10
billones de pesetas]. Los modelos climáticos convencionales fueron
incapaces de predecir este patrón, resultado de la ruptura e inversión
de las corrientes oceánicas, hasta que ya había comenzado.
Otras hojas indicaban el descubrimiento realizado en 1991, de
misteriosas y nuevas señales que se originaban desde el centro de
nuestra galaxia, y que confirmaban que el polo norte magnético de la
Tierra se había desplazado cinco grados desde 1949-1950.1','2
Junto con los artículos había comentarios de investigadores destacados
respecto a la aceleración y al aumento de la intensidad del fenómeno.
Acontecimientos de años anteriores que muchos vieron como algo aislado y
anómalo, como las llamaradas solares a finales de los ochenta, ahora se
contemplaban como un peldaño en la escala de estas últimas
demostraciones de extremos aún mayores. ¡Todo había ocurrido dentro de
una ventana de tiempo de nueve años! Aunque no me sorprendía, sentía
respeto por el número de acontecimientos y por su incidencia en un
período de tiempo tan breve. Muchos investigadores sospechan que estos
extraños cambios físicos puedan indicar el inicio de un catastrófico
ciclo de cambio que tantas tradiciones y profecías han predicho.
A simple vista, sin un contexto dentro del cual podamos contemplar estos
informes, en el mejor de los casos pueden parecernos aterradores. La
variedad de acontecimientos que suceden en tan poco tiempo parece algo
más que una mera coincidencia o accidente. Cualquiera de estos
acontecimientos garantiza por sí solo la atención de los mejores
científicos y de las mayores potencias mundiales. El hecho de que muchos
de ellos tuvieron lugar en unas pocas semanas sugiere que pueda estar
desarrollándose otro escenario sobre el que todavía no hay nada escrito
en nuestros modelos de sociedad y naturaleza.
Muchos estudiosos, profetas contemporáneos y simples profanos creen que
estos poderosos ejemplos de extremos naturales y sociales son
precursores de los acontecimientos que harán realidad las antiguas
profecías de guerra y de destrucción. Sin embargo, las mismas profecías
consideradas en su totalidad nos ofrecen un mensaje de muy distinta
índole. Las antiguas predicciones, lejos de resultar aterradoras, vistas
con los ojos de la nueva ciencia nos dan una autorizada perspectiva de
esperanza y nuevas posibilidades.
LA HISTORIA APUNTA
AL PRESENTE
Estaba en un breve compás de espera cuando escuché la voz del técnico
por el auricular del teléfono.
-Empezaremos el programa dentro de tres minutos, en una emisora de
Idaho, a las 20.30 horas -dijo él.
Siempre me
he sentido cómodo en la radio. Sin embargo, sentí una familiar sensación
de emoción que me recorrió todo el cuerpo cuando oí la voz del hombre.
Sabía que en las tres horas siguientes cualquier cosa que dijera sería
escuchada por otras emisoras de todo el país que retransmitirían el
programa. Durante meses, a veces años, se me mencionaría por algunas de
las afirmaciones que hiciera esa noche. Al mismo tiempo, sabía que el
mensaje de esperanza que iba a transmitir en la entrevista ofrecería una
nueva perspectiva a los oyentes. Hice una respiración profunda para
concentrarme y estar preparado. Era un programa en directo y por lo
tanto no había habido ensayos. Lo primero que pensé fue: «¿Cuál será la
primera pregunta?».
Como si me hubiera leído el pensamiento, el técnico volvió de pronto a
la línea.
-Nos
gustaría comenzar evocando tu optimismo. Ante tantas predicciones de
caótica destrucción para el final del milenio, ¿por qué eres tan
positivo respecto al futuro del mundo?
-Bueno -respondí-. Veo que vamos a empezar por las preguntas fáciles.
Nos reímos
juntos, liberando de este modo las tensiones de los minutos anteriores.
Momentos después la voz del anfitrión del programa inició la entrevista
en directo. Rápidamente nuestra conversación hizo que las personas que
llamaban preguntaran cuáles eran los retos que se podían esperar en la
transición de final de milenio y entrada en el siglo XXI. Aunque las
palabras variaban, había un tema común en todas las preguntas: la
preocupación sobre cómo afectarían los cambios destructivos a la
población humana.
Algunas
voces temblaban al compartir visiones culturales y personales para el
final de siglo. Un anciano amerindio de una tribu que no mencionó,
describió unos cambios terrestres específicos que sus antepasados habían
dicho que marcarían los últimos de los tres «grandes temblores» sobre la
Tierra. Estos
incluían:
·
terremotos
·
alteraciones en los patrones climatológicos
·
la caída de ciertos tipos de
gobierno
Según la
visión de su gente, los cambios profetizados ya habían comenzado.
Escuché detenidamente. A mi entender, todas las personas que llamaban
tenían razón respecto a las predicciones y detallaban las profecías
justo del modo en que yo también las había escuchado. Pero, al mismo
tiempo, las historias eran incompletas. En las visiones de nuestros
antepasados, la destrucción catastrófica era la única posibilidad para
nuestro futuro. Muchas profecías también indican otra posibilidad. Sin
embargo, las visiones de futuros de felicidad y esperanza parece ser que
han quedado en el olvido o perdidas por completo a medida que las
profecías se transmitían de generación en generación.
El programa se alargó hasta la madrugada del día siguiente. El moderador
y yo fuimos recomponiendo un contexto en el cual los extremos de los
fenómenos naturales y sociales empezaban a cobrar sentido. Describí una
serie de revelaciones recién descubiertas en los textos precristianos.
Al verse apoyadas estas tradiciones por las investigaciones recientes,
la razón de mi optimismo pronto quedó clara. Mientras nuestros retos
pueden parecer más formidables cada día que transcurre, mi fe en nuestra
capacidad colectiva para estar por encima de los acontecimientos que nos
amenazan no ha hecho más que fortalecerse.
UNA VENTANA HACIA
LOS MUNDOS INTERIORES
Para muchos investigadores, los recientes extremos que se han producido
en nuestro sistema solar, los patrones climáticos, los cambios
geofísicos y los patrones sociales no tienen un marco de referencia en
los modelos de comprensión occidentales. Su formación les exige ver los
sucesos anormales observados por la ciencia como fenómenos discretos y
no interrelacionados, como si fuesen misterios sin contexto.
Las
tradiciones antiguas e indígenas como las de los amerindios, los
tibetanos y las comunidades de Qumrán a orillas del mar Muerto, ofrecen,
sin embargo, un contexto que nos permite encontrar un sentido al
aparente caos de nuestro mundo. Estas enseñanzas nos proporcionan una
visión unificada de la creación y nos recuerdan, nada más y nada menos,
que nuestro cuerpo está compuesto por los mismos materiales que la
Tierra.
Quizá los antiguos esenios, los misteriosos autores de los
manuscritos del mar Muerto, nos ofrezcan algunas de las visiones más
claras sobre nuestra relación con el mundo y con las ciencias del tiempo
y de la profecía. Esos textos de 2.500 años de antigüedad, apoyados por
las modernas investigaciones, sugieren que los hechos que se observan en
el mundo que nos rodea reflejan el desarrollo de creencias en nuestro
interior. Algunos documentos del siglo IV que se conservan en la
biblioteca del Vaticano, por ejemplo, nos ofrecen detalles sobre esta
relación y nos recuerdan que,
«el
espíritu del Hijo del Hombre fue creado del espíritu del Padre
Celestial, y su cuerpo del cuerpo de la Madre. El Hombre es el Hijo de
la Madre Terrenal, y de ella el Hijo del Hombre recibió su cuerpo. Eres
uno con la madre terrenal; ella está en ti y tú en ella... »
Los
esenios nos recuerdan, de la única manera que conocían, una relación que
ahora la ciencia moderna nos ha confirmado. El aire de nuestros pulmones
es el mismo que se desliza sobre los grandes océanos y se precipita a
través de los grandes pasos de montaña. El agua, que es la que compone
el 98 por ciento de la sangre que corre por nuestras venas, es la misma
que una vez fue parte de los grandes océanos y los ríos de las montañas.
A través de los escritos de otros tiempos, los esenios nos invitan a que
nos veamos uno con la Tierra, en vez de considerarnos como algo
separado de ella. Desde esta visión del mundo tan antigua, se nos
presentan dos preceptos clave que nos guían a través de los mayores
retos de la era moderna.
En primer lugar, nos recuerda que
los desequilibrios que se producen en nuestro planeta son reflejos de
nuestro estado interior.
Estas tradiciones contemplan la precariedad de nuestro sistema
inmunitario y la proliferación cancerosa en nuestro cuerpo, por ejemplo,
como la expresión interna de una ruptura colectiva que impide que el
mundo exterior nos dé vida.
En segundo lugar, esta línea de pensamiento nos invita a considerar los
terremotos, las erupciones volcánicas y los patrones climáticos como
proyecciones del gran cambio que está teniendo lugar en la conciencia
humana. Está claro que con semejante visión del mundo, la vida es mucho
más que una serie de experiencias diarias que suceden al azar. Los
acontecimientos que tienen lugar en el mundo son barómetros vivientes de
nuestro progreso en un viaje que empezó hace mucho. Cuando miramos
nuestras relaciones dentro de los parámetros de las sociedades y de la
naturaleza, en realidad estamos siendo testigos de cambios en nuestro
interior.
Estas
perspectivas holistas sugieren que los cambios que se producen en el
mundo suponen una oportunidad excepcional para evaluar las consecuencias
de nuestras elecciones, creencias y valores de un modo espectacular,
como un mecanismo de interacción (feedback), si es que se le puede
llamar así. Una vez que reconocemos el mecanismo, despertamos a nuevas
posibilidades de opciones incluso mayores en nuestra vida.
Estas posibilidades de sanación se han mantenido en secreto en las
tradiciones tribales y en las profecías precristianas durante cientos de
generaciones. Ante los ojos de quienes han vivido antes que nosotros,
nuestro calendario parece estar intacto; ahora ha llegado el momento del
gran cambio. Si el mundo exterior refleja realmente nuestras creencias y
valores, ¿es posible terminar con el dolor y el sufrimiento en la Tierra
si elegimos la compasión y el amor en nuestra vida? Las circunstancias
actuales, de placas de hielo que se funden, aumentando peligrosamente el
nivel del mar, de aumento en todo el mundo de la actividad sísmica y de
una tercera guerra mundial, sólo están en sus comienzos.
Llevados a
su máxima expresión, cada una de estas posibilidades puede ser
considerada como una seria amenaza para la supervivencia de la
humanidad. Nuestro mensaje de esperanza es que todavía no se han
materializado por completo. La clave para abordar estos acontecimientos
se encuentra en el tiempo: cuanto antes reconozcamos nuestra relación
con el mundo que nos rodea, nuestras elecciones internas de paz pueden
proyectarse como patrones climáticos suaves, la sanación de nuestras
sociedades y la paz entre las naciones.
Todavía tenemos la prueba de una poderosa tecnología, olvidada hace
mucho tiempo, oculta en las profundidades de nuestra memoria colectiva.
Cada día vemos la evidencia de nuestra tecnología, basada en los
sentimientos, en la alegría de una nueva vida y un amor duradero, así
como en las situaciones que nos alejan de la misma. Es esta ciencia
interior la que nos capacita para trascender por medio de la gracia las
profecías destructivas de tiempos futuros y los retos de la vida. En
nuestra sabiduría colectiva se encuentra la oportunidad de iniciar una
nueva era de paz, unidad y cooperación global sin precedentes en la
historia de la humanidad.
LA PROFECÍA
CUÁNTICA EN LOS DÍAS DE LA ESPERANZA
La ciencia de la física
cuántica, desarrollada a principios del siglo XX, aporta principios
que hacen que el tiempo, la oración y nuestro futuro estén íntimamente
relacionados de modos que sólo estamos empezando a comprender. Entre las
fascinantes propiedades de la teoría cuántica está la existencia de
muchas posibles consecuencias para un momento dado en el tiempo. Si
evocamos el pasaje bíblico de «en casa de mi Padre hay muchas
mansiones», la «casa» de nuestro mundo es la sede de muchas de las
posibles consecuencias de las situaciones que creamos en nuestras vidas.
Más que crear nuestra realidad, sería más exacto decir que creamos las
situaciones a las que atraemos los futuros resultados, ya establecidos,
a ocupar su puesto en el presente.
Las elecciones que realizamos como individuos determinan qué mansión, o
posibilidad cuántica, experimentamos en nuestras vidas personales. A
medida que nuestras elecciones individuales van cayendo en amplias
categorías que afirman o niegan la vida en nuestro mundo, las múltiples
opciones se fusionan en una sola respuesta colectiva a los retos del
momento.
Por
ejemplo, si elegimos el perdón, la compasión y la paz, atraeremos
futuros que reflejarán esas cualidades. La belleza de la analogía ya
citada de Hermes Trismegisto «como arriba, así abajo», es que nos
muestra el significado de cada elección que ha realizado cada hombre y
cada mujer, de cualquier procedencia, en cada momento. En la ausencia de
dinero o de privilegios, todas las opciones tienen la misma fuerza y
valor. Seguir nuestro curso por las posibilidades de la vida es un
proceso de grupo. En el mundo cuántico no hay acciones ocultas, y cuenta
cada acción de cada individuo. Nos encontramos en un mundo que creamos
juntos.
Ni las profecías antiguas ni las actuales pueden predecir nuestro
futuro; ¡en cada momento perfeccionamos nuestras elecciones! Aunque nos
parezca estar en un camino destinado a un resultado específico, nuestro
camino puede cambiar radicalmente para producir otro resultado
totalmente inesperado (en un período de tan sólo treinta minutos como en
el ejemplo del bombardeo de Iraq). Las predicciones sólo
ofrecen posibilidades. El físico Richard Feynman, considerado
por muchas personas como uno de los más grandes innovadores del nuevo
pensamiento desde Albert Einstein, hablaba precisamente de este punto
clave de la profecía cuando dijo:
«No
sabemos cómo predecir lo que sucederá en un momento dado. Lo único que
se puede predecir es la probabilidad de que sucedan distintos
acontecimientos».14
Quizá los
pasajes con más autoridad de nuestros perdidos textos precristianos
hagan referencia a una antigua ciencia conocida hoy en día como oración.
Considerada por muchos como la raíz de toda tecnología,
la oración, que es la unión del
pensamiento, el sentimiento y la emoción, representa nuestra oportunidad
de hablar el lenguaje del cambio en nuestro mundo y en nuestro
cuerpo. Las palabras de otros tiempos nos recuerdan el potencial que la
oración puede aportar a nuestras vidas. Las modernas investigaciones,
con el lenguaje de nuestra propia ciencia, nos ofrecen las mismas
visiones.
A finales de los ochenta, el efecto de la oración y la meditación
masiva se pudo documentar mediante estudios que se realizaron en
algunas de las principales ciudades del mundo, donde se pudo medir el
descenso del índice de criminalidad ante la presencia de continuas
vigilias de paz realizadas por personas preparadas para este fin. Los
estudios descartaron la posibilidad de la «coincidencia» ocasionada por
los ciclos naturales, los cambios en la política social o el
cumplimiento de la ley.
Mientras
un estado de calma y de paz se creaba en el seno de los grupos de
estudio, los efectos de sus esfuerzos se dejaron sentir mucho más allá
de las fronteras de las paredes y de los edificios donde tenían lugar.
Mediante una red invisible que parecía impregnar el sistema de
creencias, las organizaciones y los estratos sociales de los barrios del
centro de las ciudades, la elección de la paz por la que optaron unas
cuantas personas alcanzó a la vida de muchas. Había un efecto directo
claramente observable y mensurable en la conducta humana que estaba en
correlación con los grupos que se habían centrado en la oración y la
meditación.
¿Se creó realmente el cambio gracias a aquellos que estaban centrados en
la paz, o las vigilias de oración demuestran otra posibilidad, con
implicaciones aun mayores, hasta la fecha probadas sólo en los
laboratorios? Si las teorías cuánticas mencionadas anteriormente están
en lo cierto, entonces por cada acto de delincuencia observado en una
ciudad ya existía otra situación en ese mismo momento: otra en la que no
existía el delito. Los investigadores llaman a estas posibilidades
«superposiciones», pues parecen encubrir una realidad con el resultado
de una nueva posibilidad. ¿Existen ciertos tipos de plegaria que
atraigan estas superposiciones a ocupar el centro de nuestro presente?
Para que esto fuera cierto en los experimentos mencionados, por ejemplo,
las situaciones de paz y de delincuencia tenían que existir en el mismo
momento, mientras una de ellas cedía el escenario a la otra. Pues, según
nuestra forma de pensar, es imposible que dos cosas compartan el mismo
lugar a un mismo tiempo; ¿o es posible?
El médico Jeffrey Satinover, en su reciente libro, Cracking
the Bible Code, relata una investigación recentísima que plantea
justamente esas posibilidades. En uno de estos estudios, dice Satinover,
se registraron dos átomos, con propiedades muy distintas, en un acto que
desafiaba las leyes de la naturaleza, tal como las entendemos hoy en
día. Bajo las condiciones apropiadas, ¡los dos átomos estaban ocupando
exactamente el mismo lugar en exactamente el mismo momento! 16 Antes de
que estos estudios se hubieron verificado, semejante fenómeno se
consideraba imposible. Ahora sabemos que no es así.
Las situaciones que se produzcan en nuestro mundo, en cualquier momento
dado en el tiempo, están formadas por personas, máquinas, la Tierra y la
naturaleza. En su plano más elemental, están formadas por átomos.
Si dos de los componentes básicos de nuestro mundo pueden coexistir en
el mismo instante, entonces se ha abierto la puerta para que muchos
átomos hagan lo mismo, lo que implica que lo mismo sucede con los
resultados. La diferencia puede ser simplemente de escala.
Con nuestro refinado lenguaje de
ciencia cuántica, disponemos del vocabulario para describir justamente
cómo participamos en la determinación de una situación de nuestro
futuro. Nuestros antepasados, al reconocer que las experiencias de
nuestras vidas existían como acontecimientos situados en el curso del
tiempo, nos recuerdan que, para cambiar la naturaleza de las mismas,
basta con escoger un nuevo rumbo. La diferencia entre esta línea de
pensamiento y la idea de que creamos nuestra realidad manipulando la
estructura de la creación es enorme, y, al mismo tiempo,
extraordinariamente sutil.
En vez de crear o imponer el cambio en
nuestro mundo, quizá la antigua clave a la que se referían los maestros
del cambio pasivo en la historia fuera nuestra habilidad para cambiar de
enfoque. Buda, Gandhi, Jesús de Nazaret y aquellos
que participaron en la oración masiva del mes de noviembre de 1998,
todos experimentaron el efecto de ese cambio. La física cuántica sugiere
que al dar una nueva dirección a nuestro enfoque -allí donde ponemos
nuestra atención-, atraemos un nuevo curso de acontecimientos, a la vez
que liberamos otro que ya no nos sirve.
Puede que sea esto precisamente lo que ocurrió esa tarde de noviembre en
la campaña contra Irak. Aunque en el pasado la fuerza militar nos
sirviera para conseguir nuestras metas políticas, puede que hayamos
llegado a un momento en que hemos superado tales tácticas. Por extraño
que parezca, la antigua amenaza de destrucción mutua entre potencias con
un poder similar ha creado una de las eras de relativa paz más largas
que ha conocido nuestro mundo en los últimos años. De todos modos, algo
cambió esa noche de noviembre.
Con una voz
unificada, nuestra familia global eligió concentrar su atención en la
superposición de la paz, en lugar de lograr la paz mediante una
actuación militar. Aunque los aproximadamente treinta países que
participaban en la oración esa noche representaban sólo una pequeña
fracción de nuestro mundo, los efectos fueron muy poderosos. Esa noche,
no se perdieron vidas en Iraq por los bombardeos. ¿Podría ser que traer
paz a nuestras vidas fuera algo tan simple como concertar un esfuerzo
unificado para concentramos en la paz como si esta ya existiera? Las
antiguas tradiciones nos preguntan por qué complicamos las cosas.
VOLVER A ESCRIBIR
NUESTRO FUTURO
La membrana entre las posibilidades futuras puede ser tan fina que no
podamos reconocer cuándo hemos cruzado la barrera y nos hemos adentrado
en un nuevo resultado. Por ejemplo, el «repentino deseo» de hacer
ejercicio más a menudo, comer de modo diferente o volver a comprometerse
con una relación que se tambalea supone una nueva elección que rompe la
estructura de un patrón actual y que promete un nuevo resultado. Aunque
podamos sentir que la elección ha sido espontánea o natural, el cambio
nos permite ahora experimentar una posibilidad de salud o de una
relación que en el pasado sólo era un sueño. La oración es el lenguaje
que nos permite expresar nuestros sueños, hacerlos realidad en nuestras
vidas. ¿Y si
nuestras elecciones fueran intencionadas?
Ahora, quizá más que en ningún otro momento en la historia de la
humanidad, la elección está en nuestras manos. Una vez que hemos leído
las palabras, reconocido las posibilidades y expuesto nuevas ideas, no
podemos regresar a la inocencia del momento anterior. Ante lo que hemos
visto, hemos de dar sentido a nuestra experiencia. Podemos olvidar lo
que se nos ha mostrado, alegando falta de pruebas o pocos datos, o
podemos permitirnos abrazar oportunidad de una nueva vida.
El momento en que reconciliamos cada
nueva posibilidad es el momento en que empieza la magia; el momento de
nuestra elección.
Mientras el mundo da a luz a una nueva Tierra, las mas terrestres, los
patrones climáticos, las placas de hielo y los cambios magnéticos son
testimonio de los cambios. A la luz de las últimas investigaciones,
¿cuál es el potencial de aplicar la sabiduría de te tos de 2.000 años de
antigüedad a escala mundial, para responde a los retos del nuevo milenio
con un resultado de sanación, paz y suave transición? La labor ya ha
comenzado puesto que la historia señala al presente, a los últimos días
de la profecía.
Me has
dado a conocer tus más profundos misterios.
LIBRO DE LOS HIMNOS,
MANUSCRITOS DEL MAR MUERTO 30
2 - Palabras
perdidas de un pueblo olvidado
Más allá de la ciencia, de la religión y de los milagros
Había sucedido muy deprisa. A veces el sentimiento que deja un
acontecimiento dura más que el propio acontecimiento. Ese era uno de
esos casos. Rebobiné la escena una y otra vez en mi mente. A cámara
lenta podía congelar cada imagen. Con el aplomo y la sensación del
observador que está a salvo, estudié los detalles en busca de una
respuesta, algo en mi mundo conocido que diera sentido a lo que acababa
de presenciar.
Sólo unos momentos antes, había reparado en el anciano caballero
mientras cruzaba el aparcamiento para dirigirme al restaurante a orillas
del mar. Le había visto con una mujer, que supuse que era su esposa,
abriéndose paso a través de un pequeño grupo de gente para llegar a la
acera de enfrente de la recepción. Los dos habían traspasado las puertas
batientes para adentrarse en el tórrido y espeso aire de una noche de
verano en la costa de Georgia.
Su andador
de acero inoxidable precedía cada uno de sus pasos, asegurándole una
posición estable desde la cual abordar el siguiente movimiento.
De pronto cambió el ritmo. Inesperadamente había llegado a una curva con
un desnivel de unos 15 centímetros respecto al nivel de la acera de la
calle. Observé a cámara lenta cómo su andador se tambaleaba con
incertidumbre, volcaba y se estrellaba contra el asfalto, todavía
caliente por el implacable sol del verano.
El hombre,
agarrando con confianza las asas de su fiel aparato, cayó encima de él.
Yacía inconsciente. Como un observador surrealista, permanecí de pie en
la calle sin moverme. En silencio. Observando. El viento parecía engañar
a mis oídos trayéndome fragmentos de los aterradores gritos de su
esposa. « ¡Socorro! ¡Por favor, que alguien nos ayude! » La fuerza de su
voz traicionaba su frágil y delicado cuerpo.
A los pocos segundos yo estaba a su lado. Sin embargo, a pesar de la
rapidez con la que me moví, no fui el primero. En mi silenciosa
observación no me había fijado en que hubiera alguien más alrededor, ni
que nadie se acercara. Había otra mujer, ya arrodillada en el suelo al
lado del hombre que se había caído y le había colocado la cabeza en su
falda. Una hilera de sangre en forma de zigzag se dejaba ver en la base
del cráneo, justo debajo de la oreja. Ella le inclinó suavemente la
cabeza para localizar de dónde salía la sangre.
A la luz
de las tenues luces de la entrada del restaurante, pude ver los pliegues
de su piel que se superponían entre sí y ocultaban cualquier herida que
pudiera estar provocando la hemorragia.
La mujer separó cuidadosamente cada uno de ellos hasta que encontró la
herida. La sangre adoptaba un extraño color con el resplandor del vapor
de mercurio que desprendía la farola que teníamos encima. Al principio
parecía otra capa de piel. Luego pude divisar una zona más oscura, un
profundo destello, mientras separaba el pliegue. Sin articular palabra,
la mujer tocó el tejido roto y empezó a acariciar la herida como si
estuviera acariciando a una mascota. Miré su cara. Tenía los ojos
cerrados mientras le inclinaba la cabeza en dirección al cielo. Al ver
el incidente desde el restaurante, un grupo de personas se habían
reunido a nuestro alrededor.
Salvo por
un susurro esporádico de alguien que acababa de llegar, nadie dijo ni
una palabra. Todo el grupo permanecía de pie sin moverse y en silencio,
como si se hubiera acordado una señal silenciosa. Posteriormente, esa
misma tarde, algunos de los espectadores dijeron haber experimentado una
especie de sentimiento sagrado en aquel momento. Algunos llegaron
incluso a sospechar que se estaba produciendo un acto sagrado.
En conjunto, nos quedamos en trance ante lo que vimos. Al principio no
estábamos seguros de lo que pasaba. Mientras nuestros sentidos sugerían
una cosa, nuestra lógica dictaba otra. Allí, en el mal iluminado
aparcamiento de ese pequeño restaurante, presencié lo que la ciencia
moderna hubiera calificado de milagro. Ante la mirada de doce testigos o
más, mientras la mujer acariciaba silenciosamente la herida en la carne
del hombre, la herida empezó a desaparecer. En cuestión de segundos su
herida se había cerrado sin dejar ninguna huella de la caída que acababa
de sufrir.
Alguien en el restaurante había llamado al teléfono de urgencias y los
paramédicos no tardaron en llegar. Cuando sus linternas anunciaban su
llegada, el grupo se separó, para que los enfermeros accedieran al
pequeño círculo donde el hombre todavía estaba con la cabeza en la falda
de la mujer.
Todavía
abrazando la cabeza y los hombros del anciano, la mujer cedió su sitio
al asistente médico sanitario. Nosotros observábamos mientras él
examinaba las manchas de sangre de la camisa. Su experiencia le llevó
rápidamente a localizar el lugar de la herida en la parte posterior de
la cabeza y luego justo debajo de la oreja. Al igual que había hecho
poco antes la mujer, el paramédico separó cuidadosamente los pliegues de
la piel de donde la sangre se había estancado. Para la sorpresa del
paramédico y el asombro de los testigos, no había herida.
La sangre
parecía sencillamente haber aparecido en un punto del cuello del
anciano, haber seguido su curso y salpicado el cuello de su camisa. No
había rastro de herida, incisión o cicatriz. ¡La sangre, todavía húmeda
en la camisa del hombre, parecía no tener fuente! Mientras observaba la
escena, me sobrevino la pregunta: «¿Cómo es posible?». Con una ciencia
tan avanzada que puede penetrar en el mundo de un átomo y construir
máquinas que viajan hasta los límites de nuestra galaxia, ¿por qué esa
misma ciencia considera la sanación que acabo de presenciar como un
milagro?
LAS PALABRAS
PERDIDAS
Aunque en la ciencia de Occidente no tenemos un marco de referencia para
tales cosas, estas sí entran dentro del ámbito de las tradiciones
indígenas y de los textos antiguos. Además, las mismas tradiciones nos
recuerdan que es ahora, durante la convergencia de muchos ciclos de
tiempo, cuando reconoceremos la' importancia de semejantes milagros.
Cuando contemplamos acontecimientos que están fuera del alcance de la
ciencia aceptada, reavivamos el recuerdo de un poder que ha vivido en
nuestro interior durante cientos de generaciones.
Durante
casi dos milenios, nuestro poder ha estado latente, mientras los retos
de la historia de la humanidad nos ponían a prueba. Las mismas
tradiciones nos sugieren que ahora despertaremos nuestros dones para
enfrentamos a retos aún mayores durante nuestra vida. Al hacerlo,
abriremos las puertas de una era de paz y de cooperación sin
precedentes, a la vez que aseguraremos un futuro a las generaciones que
han de venir.
¿Por qué, entonces, suponen los extremos de la naturaleza y la
intranquilidad social del mundo actual semejante misterio para la
comprensión occidental? Al igual que nuestras explicaciones de los
procesos naturales nos han servido hasta ahora, ¿podría nuestro
entendimiento ser incompleto? ¿Falta algo? ¿Es posible que en los
recovecos de nuestra mente colectiva hayamos perdido el conocimiento que
nos permite dar sentido a lo que aparentemente no lo tiene?
En la segunda mitad del siglo XX se han descubierto documentos que
aclaran esta pregunta tan común. Los antiguos manuscritos de origen
arameo, etíope, copto egipcio, griego y latino apoyan a las tradiciones
indígenas e indican con seguridad que la respuesta es «¡sí!».
UNA TECNOLOGÍA
OLVIDADA
Hace mil setecientos años, se
perdieron elementos clave de nuestra antigua herencia, al quedar
relegados a los sacerdotes, de suyo elitistas, y a las tradiciones
esotéricas de aquellos tiempos. En un esfuerzo por simplificar las
vagamente organizadas tradiciones históricas y religiosas de su tiempo,
en el siglo IV, el emperador romano Constantino formó un consejo
de historiadores y eruditos. Lo que posteriormente se conocería como el
Concilio de Nicea cumplió sus directrices y recomendó que al
menos veinticinco documentos fueran modificados o eliminados de la
colección de textos.' El comité consideró que muchas de las obras
que estaban revisando eran redundantes, solapaban historias y repetían
parábolas.
Otros
manuscritos eran tan abstractos y en algunos casos tan místicos que se
creyó que no tenían ningún valor práctico. Además, otros veinte
documentos de apoyo fueron eliminados y quedaron reservados para los
investigadores privilegiados y eruditos selectos. Los libros restantes
fueron condensados y reestructurados, para darles mayor significado y
hacerlos más accesibles al lector común.
Cada una de estas decisiones contribuyó a confundir cada vez más el
misterio de nuestro propósito, posibilidades y relaciones mutuas. El
fruto de su tarea produjo un único documento en el año 325. El resultado
de su labor todavía se encuentra entre nosotros como lo que quizá sean
los textos de historia sagrada que más controversias han suscitado.
Es lo que en la actualidad conocemos como la Sagrada
Biblia.
Mil setecientos años después, las implicaciones de las acciones del
Concilio de Nicea todavía continúan moldeando la política, la estructura
social, el entendimiento religioso y la tecnología de nuestras vidas.
Aunque vivimos en un sofisticado mundo regido por la ciencia, las
suposiciones que nos condujeron a nuestros logros técnicos están
firmemente enraizadas en nuestras creencias sobre cómo nos relacionamos
con el mundo. Esta comprensión, desarrollada hace miles de años, se ha
convertido en el fundamento de nuestra ciencia. Por ejemplo, ¿cómo sería
la tecnología del petróleo que rige nuestra economía actual, si en su
lugar hubiéramos reconocido las leyes de la armonía y conectado nuestras
máquinas a la banda de energía de siete centímetros de amplitud que
impregna nuestro mundo?
Esta
tecnología sólo es posible con un sistema de creencias que comprenda las
leyes holistas de la naturaleza, los mismos principios que
desaparecieron de nuestras tradiciones sagradas hace casi dos milenios.
Quizá nuestro fallo en reconocer estas relaciones se refleje en una
tecnología que cree que hemos de aprovechar quemando o haciendo estallar
formas de energía para alimentar energética-mente a nuestro mundo. Estas
expresiones exteriores de tecnología pueden estar reflejando nuestro
sentido interior de separación.
Es evidente que hace casi dos mil años los miembros del Concilio de
Nicea no podían haber previsto estas implicaciones, ni siquiera los
traductores de dichos textos cientos de años después. Por ejemplo, una
frase atribuida al arzobispo Wake de Canterbury da a entender su
inocencia respecto a las correcciones niceas cuando al preguntarle por
qué eligió la pesada y aburrida tarea de traducir los textos en lugar de
permitirse la libertad creativa de escribir los suyos propios, el
arzobispo respondió:
«Porque
suponía que estos escritos serían mejor aceptados y sin prejuicios por
todo tipo de personas, que cualquier otra cosa escrita por alguien
contemporáneo».2
¿Cómo
podían saber los miembros del concilio del siglo IV que el libro que
crearon acabaría convirtiéndose en la base de una de las grandes
religiones del mundo?
Últimamente se han recuperado, traducido y puesto a disposición del
público documentos personales y bibliotecas enteras que se habían
perdido tras la muerte de Cristo. Que yo sepa no existe una sola
recopilación que contenga toda la información, puesto que las
traducciones son producto de distintos autores que han trabajado en
distintos idiomas en el transcurso de los siglos. Sin embargo,
esporádicamente han traducido textos en bloque. Gracias al trabajo de
los eruditos modernos, una de esas recopilaciones de libros bíblicos
perdidos se publicó a principios del siglo XX.'
Entre los
documentos identificados como suprimidos de nuestra Biblia moderna se
encuentran estos libros:
·
Bernabé Maria
·
Clemente I Magnesios
·
Clemente II Nicodemo
·
Cristo y Abgaro Pablo y Séneca
·
El credo de los apóstoles Pablo
y Tecla
·
Hermas
I-Visiones Filipenses
·
mas
I1-Mandatos Filadelfos
·
Hermas
III-Similitudes Policarpio
·
Efesios Romanos
·
Infancia I Trallanos
·
Infancia II Correspondencia
entre Herodes y Pilatos
A
continuación expongo un resumen parcial de los textos complementarios
eliminados durante las revisiones del siglo IV.
Estos textos
normalmente quedaron reservados para los eruditos.'
·
El libro primero de Adán y Eva
Símeón
·
El libro segundo de Adán y Eva
Leví
·
Los
secretos de Enoc Judá
·
Los
salmos de Salomón Izacar
·
Las
odas de Salomón Zabulón
·
El libro cuarto de los Macabeos
Dan
·
La
historia de Ajícar Neftalí
·
El
testamento de Rubén Gad
·
Aser
Benjamín
·
José
Las
consecuencias de eliminar, o en algunos casos de alterar, estos 41
libros, y posiblemente algunos más, que describían nuestra herencia y
relación con el cosmos, todavía deja notar sus efectos. La ausencia de
estos textos clave podría explicar la sensación que muchas personas han
expresado de que nuestros textos bíblicos están desperdigados e
incompletos. Tanto para los investigadores serios como para los
historiadores aficionados la existencia de estos documentos les devuelve
un sentido de solución de incógnitas. Como si fuera un misterio moderno,
es ahora, casi después de haber transcurrido dos mil años de su
desaparición de nuestra literatura abierta, cuando podemos completar
nuestra historia.
Mientras cada uno de los libros perdidos contribuye a que comprendamos
nuestro pasado, hay unos que tienen mayores consecuencias que otros.
Entre los más significativos están aquellos que describen las vidas de
las personas que el tiempo ha hecho que veamos como más que humanas por
sus logros. El Libro de María, la madre de Jesús, es uno de esos
ejemplos.
Durante
siglos los eruditos han especulado sobre si María desempeñó un papel
mucho más significativo en la vida de Jesús que el que podemos ver en
las descripciones abreviadas de su vida que aparecen en nuestra Biblia
moderna. Gracias al libro que lleva su nombre, podemos conocer la
herencia y los valores familiares que condujeron a Marta a su función de
madre de Jesús. En los textos posteriores al Libro de María, se
nos muestra cómo ella guió a su hijo, inculcándole los valores que le
concederían sus dones de sanación y de profecía para servir mejor a la
humanidad y en el más allá.
Los padres de María, por ejemplo, eran descendientes del linaje de
David, una de las primeras tribus de Israel. Su padre y su madre,
Joaquín y Ana, llevaban casados aproximadamente unos veinte años antes
de concebir a su primera y única hija. El espíritu de María entró en el
útero de Ana tras un sueño que tanto ella como Joaquín compartieron
desde distintos lugares, en la misma tarde. En la presencia de un
«ángel del Señor», aceptaron el voto de que su hija sería «entregada al
Señor desde su infancia y llena del Espíritu Santo desde el útero
materno». El nombre de su hija sería María, y debido a su pureza
sería apta para aceptar una inusual concepción a los catorce años. Otros
libros adicionales siguen describiendo el tiempo que transcurrió hasta
el nacimiento de Jesús e inmediatamente después, así como los
milagros que no se habían contado que realizó durante su infancia.
Quizá los
Libros de Adán y Eva ofrezcan algunas de las
visiones más importantes acerca de nuestro papel en la historia y
nuestras creencias actuales. El Libro primero de Adán y Eva comienza
después de la Creación, con una descripción de la localización del
«jardín», que se supone que es el jardín del Edén. Creado «al este de la
Tierra», el jardín estaba situado,
«en la
frontera al este del mundo, en dirección hacia la salida del sol, más
allá de la cual lo único que hay es agua, que rodea todo el mundo y
llega hasta las fronteras del cielo. Y al norte del jardín hay un
manantial de agua, clara y pura para el paladar, más que ninguna otra
cosa».6
Al cabo de
un tiempo, cuando Adán y Eva fueron expulsados del jardín, se les dio un
extraño horario que describía la duración de su exilio, extensible a
todos sus descendientes, hasta un momento específico en el tiempo. En lo
que sería la primera de las grandes profecías, su Creador les dice a
Adán y Eva que «he dispuesto esta tierra donde pasaréis días y años, y
tú y tus simientes morarán y caminarán por ella hasta que los días y los
años se hayan cumplido». Este tiempo del cumplimiento se prevé para
después de los «grandes cinco días y medio», definidos más adelante como
«cinco mil quinientos años». Será entonces, al final de un gran ciclo de
tiempo, que «Alguien vendrá y salvará» a Adán y sus descendientes.
Durante casi dos mil años hemos especulado sobre el tiempo perdido y los
evidentes vacíos en los textos bíblicos. Ahora la recuperación de los
libros perdidos de la Biblia han aclarado preguntas y posiblemente
hayan abierto la puerta a otras aun mayores respecto a nuestra
comprensión del mundo. Lo que sabemos es que, en el mejor de los casos,
nuestra visión e interpretación de la historia, así como nuestro papel
en la creación, es incompleto.
¿Es
posible que los propios fundamentos de nuestra sociedad y cultura,
nuestro lenguaje, religión, ciencia, tecnología, e incluso el modo en
que nos amamos unos a otros, se basen en un entendimiento incompleto de
nuestra historia más sagrada y antigua? ¿Qué es lo que hemos olvidado de
nuestra relación con las fuerzas del mundo que nublan nuestra
comprensión de la sanación que tuvo lugar en el aparcamiento del
restaurante esa tarde en Georgia? Quizás el vacío en nuestro
entendimiento pueda ser llenado al fin, gracias a las nuevas
revelaciones de una sabiduría que supone la base de una de las
religiones más importantes del mundo: las enseñanzas de los antiguos
esenios.
LOS MISTERIOSOS
ESENIOS
Quinientos años antes del
nacimiento de Cristo, un misterioso grupo de eruditos
formaron comunidades para practicar una antigua enseñanza cuyo origen se
remontaba a tiempos anteriores a la historia tal como nosotros la
conocemos. Denominados todos ellos esenios, en realidad eran varias
sectas entre las que se incluían los nazireos y los ebionitas. Los
eruditos romanos y judíos se referían a los esenios como «una raza en sí
misma, que sobresalía más que ninguna otra en el mundo».
En los
escritos antiguos se encuentran fragmentos de sus tradiciones, como los
glifos sumerios, que datan del 4000 a.C. En este antiguo linaje de
sabiduría se pueden encontrar elementos de prácticamente todos los
sistemas de creencias importantes del mundo, incluyendo los de China,
Tíbet, Egipto, India, Palestina, Grecia y el sudoeste americano. Además,
muchas de las grandes tradiciones del mundo occidental tienen sus raíces
en el mismo tronco de información, entre las que se encuentran los
masones, los gnósticos, los cristianos y los cabalistas.'
También conocidos como «los elegidos» y «los escogidos», los esenios
fueron el primer pueblo que condenó abiertamente la esclavitud, el uso
de sirvientes y matar a los animales para comer. Dado que veían el
trabajo físico como una comunión con la tierra, eran agricultores y
vivían cerca de los campos que los alimentaban. Los esenios consideraban
la oración como el lenguaje a través del cual honraban a la naturaleza y
a la inteligencia creativa del cosmos; no hacían diferencias entre
ambos. Oraban con regularidad. La primera oración del día tenía lugar al
levantarse en la oscuridad anterior al alba para ir a trabajar al campo.
A continuación oraban antes y después de cada comida, y luego una vez
más al retirarse al final del día. Consideraban su práctica de orar como
una oportunidad de participar en el proceso creativo de sus vidas, en
lugar de un ritual estructurado que se había de realizar durante el día.
Vegetarianos estrictos según las pautas actuales, las comunidades
esenias se abstenían de comer carne fresca, alimentos derivados de la
sangre y líquidos fermentados. Quizás una de las explicaciones más
claras de su dieta se pueda encontrar en el siguiente pasaje de los
manuscritos del mar Muerto:
«No mates
el alimento que te llevas a la boca. Pues si comes alimento vivo, este
te dará vida, pero si matas tu comida, el alimento muerto también te
matará. Pues la vida sólo procede de la vida, y la muerte siempre viene
de la muerte. Todo aquello que mate tus alimentos, también mata tu
cuerpo».9
Su estilo
de vida les permitía llegar a edades avanzadas, hasta los 120 años o
más, con vitalidad y mucha resistencia.
Los esenios eran meticulosos eruditos, registraban y documentaban sus
tradiciones para unas generaciones futuras que sólo podían imaginar.
Puede que el mejor ejemplo de su obra se encuentre en las bibliotecas
ocultas que dejaron por todo el mundo. Al igual que cápsulas del tiempo
metódicamente situadas, sus manuscritos proporcionan instantáneas del
pensamiento de un pueblo antiguo y de una sabiduría olvidada. ¿Cuál es
su mensaje para nosotros?
LOS MANUSCRITOS DEL
MAR MUERTO
Una de las bibliotecas esenias
más accesibles y polémicas fue descubierta escondida entre las olvidadas
cuevas del área de Qumrán, en las alturas frente al mar Muerto. Se cree
que los documentos ocultados por seguridad, conocidos en su conjunto
como manuscritos del mar Muerto, ascendían casi a mil. Tras el
descubrimiento inicial de los manuscritos por tribus beduinas en
1946-1947, no se verificó su antigüedad hasta la primavera de 1948.
Durante ese tiempo los especialistas de la Escuela Estadounidense para
la Investigación de Oriente confirmaron la antigüedad de los siete
primeros manuscritos. Manual de disciplina, Leyendas de los patriarcas,
Salmos de acción de gracias, Comentario de Habacuc, Manuscrito de la
guerra y el Libro de Isaías (dos copias), se calculó que habían sido
escritos cientos de años antes que ningún otro texto hallado en Tierra
Santa.
En 1956,
se habían descubierto un total de once cuevas. En su conjunto albergaban
los restos de aproximadamente 870 manuscritos, compuestos de 22.000
fragmentos de papiro, pergamino y rollos metálicos. Un yacimiento por sí
solo, la cueva número cuatro, contenía aproximadamente 15.000
fragmentos, la reserva más extensa desenterrada hasta la fecha.
La traducción y la publicación de los manuscritos ha estado sometida a
grandes controversias durante más de cuarenta años. Hasta hace poco el
acceso a la biblioteca del mar Muerto estaba limitado a un equipo de
ocho eruditos. No fue hasta la década de los noventa, a raíz de la
presión política y académica, que el contenido de la biblioteca de
manuscritos de las cuevas de Qumrán fue puesto al alcance del público.
En 1991, la Biblioteca Huntington del sur de California anunció que se
hallaba en posesión de un juego completo de fotografías de los
manuscritos del mar Muerto y que este se pondría a disposición del
público. Emanuel Tov, responsable del equipo oficial de los
manuscritos, siguió el ejemplo y en el mes de noviembre del mismo año
anunció el «libre e incondicional acceso a todas las fotografías de los
manuscritos del mar Muerto, incluyendo rollos que no se habían dado a
conocer»10
La todavía actual controversia sobre los rollos nos invita a plantearnos
la misma pregunta, una y otra vez. ¿Qué mensaje podría contener un texto
de dos mil años de antigüedad, que provocara su secreto durante casi
medio siglo después de su descubrimiento? ¿Qué debían decir estos 22.000
fragmentos de cobre, cuero y papiro que pudiera causar impacto en
nuestra vida actual?
Una de las razones para el retraso de la publicación de las traducciones
de los manuscritos es que estos parecían ser versiones anteriores de
nuestra Biblia moderna. Por fascinante que pueda resultar al principio
este descubrimiento, el problema se encuentra en las discrepancias entre
los textos originales transcritos por los esenios y las biblias
aceptadas hoy en día. Los documentos hallados en las cuevas del mar
Muerto no fueron sometidos a las revisiones del concilio de Nicea del
siglo IV, a las traducciones a las lenguas de Occidente o a la
interpretación de los eruditos durante los últimos dos mil años.
En los manuscritos hay historias, parábolas y una historia que no se
había vuelto a ver desde que fue eliminada de la versión canónica de
nuestra Biblia a principios del siglo IV. Escritos en hebreo y arameo,
incluyen textos que se dice que, en algunos casos, procedían de los
propios ángeles. Además, la biblioteca contiene aspectos poco corrientes
de las vidas de algunos profetas como Enoc y Noé, y de al menos doce
textos desconocidos anteriormente escritos por Moisés. Ninguno de estos
documentos se encuentra en nuestra Biblia. Es evidente que los
manuscritos de las cuevas de Qumrán no han hecho más que empezar a abrir
la puerta a nuevas posibilidades en nuestras relaciones con nuestro
pasado colectivo y entre nosotros.
LOS SECRETOS DE LOS
ESENIOS
Un extracto de los manuscritos del mar Muerto nos aclara por qué los
antiguos esenios se separaron de las zonas urbanas de su tiempo y
formaron comunidades en el desierto:
«Siempre
han vivido los hijos de la luz donde se regocijan los ángeles de la
madre terrenal:' cerca de los ríos, de los árboles, de las flores, de la
música de los pájaros, donde el sol y la lluvia pueden abrazar al cuerpo
que es el templo del espíritu»."
La
naturaleza y las leyes naturales eran la clave de la forma de vida de
los esenios. Se puede hallar la vía para comprender su visión del mundo
en sus creencias respecto a la relación entre el cuerpo humano y los
elementos de la Tierra.
Para los esenios de Qumrán, la palabra ángel describía los
elementos del mundo que hoy vemos como fuerzas eléctricas y magnéticas.
Algunas fuerzas eran visibles y tangibles, mientras que otras eran
etéricas, aunque estaban igualmente presentes, por ejemplo, una
referencia al «ángel de la tierra» puede incluir al ángel del aire y a
los del agua y de la luz. Las fuerzas de la emoción y la conciencia
también eran consideradas como ángeles, como los ángeles del júbilo, del
trabajo y del amor. Estas revelaciones del pensamiento de los esenios
nos permiten ver sus palabras 2.500 años después con una nueva esperanza
y comprensión.
En el lenguaje de su tiempo, los autores de los manuscritos del mar
Muerto ofrecían una visión del mundo que tiene en cuenta una relación
holista y unificada entre la Tierra y nuestros cuerpos. Mediante
palabras elocuentes y poéticos recordatorios, los textos de Qumrán nos
recuerdan que somos el producto de una unión muy especial, un matrimonio
sagrado entre el alma de los cielos y el tejido de nuestro mundo. El
principio afirma que todos sin excepción formamos parte de todo lo que
vemos como nuestro mundo, y que estamos íntimamente interconectados
dentro del mismo. Mediante hilos invisibles y cuerdas interminables,
somos parte de cada una de las expresiones de la vida. Cualquier roca,
árbol y montaña, cualquier río y océano forma parte de nosotros. Quizá
lo más importante sea que a ti y a mí nos recuerdan que ambos formamos
parte el uno del otro.
Las tradiciones esenias hacen referencia a esta unión como a la de
«nuestra Madre Tierra» y «nuestro Padre en el Cielo»:
«Pues el
espíritu del Hijo del Hombre fue creado del espíritu del Padre
Celestial, y su cuerpo del cuerpo de la Madre Terrenal. Tu Madre está en
ti y tú en ella. Ella te dio a luz: ella te da la vida. Fue ella quien
te dio tu cuerpo... como el cuerpo de un recién nacido nace del útero de
su madre»."
Nosotros
somos la unión asexuada de estas fuerzas, la masculina de «nuestro Padre
en el Cielo» fusionada con la femenina de «nuestra Madre Tierra».
Esta visión unificada nos invita a considerar que a través del hilo
común que une nuestros cuerpos con la Tierra, las experiencias de una
persona se proyectan en otra. Mientras se honre al matrimonio, la unión
entre la Tierra y el espíritu continúa y el tierno templo de nuestro
cuerpo seguirá viviendo. Cuando se rompe el acuerdo, finaliza la unión,
nuestro templo muere y las fuerzas de la Tierra y el espíritu regresan a
sus respectivos lugares de origen.
La sabiduría esenia, con estos sutiles conceptos, se encontraba entre la
inconexa colección de textos que formarían nuestras tradiciones bíblicas
actuales. Esos mismos textos, entre otros documentos, fueron eliminados
por el Concilio de Nicea en las revisiones realizadas en el siglo IV. La
elegante simplicidad que conecta las grandes enseñanzas de los esenios
con elementos significativos de nuestras vidas actuales fue
redescubierta -conservadas en muy buen estado- en las grandes
bibliotecas de la casa de los Habsburgo alemanes y de
la Iglesia Católica.
Los
manuscritos del Vaticano, que habían sido guardados durante más de 1.500
años, fueron esenciales entre todos los documentos que condujeron a
Edmond Bordeaux Szekeley a publicar traducciones revisadas de estos
extraordinarios textos esenios. En 1928 publicó el primero de una serie
de trabajos que se conocerían como El evangelio esenio de la paz,
donde se ofrecían nuevas revelaciones y un renovado respeto por este
linaje de sabiduría que precede a casi todas las grandes religiones de
la actualidad.
LA BIBLIOTECA DE
NAG HAMMADI
Dos años antes del descubrimiento de los manuscritos del mar Muerto
ya se había descubierto otra biblioteca de sabiduría antigua, que
cambiaría para siempre nuestras ideas sobre el cristianismo primitivo.
En Nag Hammadi, perteneciente a la región del Alto Egipto, dos hermanos
hallaron, en el mes de diciembre de 1945, una colección de manuscritos.
Enterrados en una jarra sellada, los textos se componían de doce
manuscritos completos y ocho páginas de un decimotercero, todos ellos
escritos sobre un papel antiguo hecho de tiras de papiro. Toda la
colección de documentos se conoce como la biblioteca de Nag Hammadi,
y actualmente se conserva en el Museo Copto de El Cairo, Egipto.
La biblioteca de Nag Hammadi pasó por un sinfín de
manos antes de que sus volúmenes fueran reconocidos, autentificados e
introducidos en los registros del museo el día 4 de octubre de 1946.
Aunque algunos manuscritos fueron destruidos al ser utilizados como
combustibles para los hornos de la región, los que han sobrevivido lo
han hecho en un sorprendente estado de conservación, y nos ofrecen
revelaciones nuevas, y en algunos casos, inesperadas sobre las
tradiciones de los antiguos gnósticos y los primeros cristianos.
La biblioteca de Nag Hammadi, que data del siglo IV, se inicia
aproximadamente cuando los manuscritos del mar Muerto quedan relegados.
Nunca antes habíamos visto semejante continuidad en las enseñanzas
espirituales y religiosas del cristianismo primitivo, que incluyera su
visión de nuestro tiempo mediante la profecía del futuro. Las
tradiciones gnósticas se originaron en una época en que las primeras
doctrinas cristianas estaban siendo remodeladas e iban a adoptar una
nueva identidad. Los gnósticos se identificaban con las enseñanzas
primordiales del cristianismo, en su forma original, y eligieron
separarse, en lugar de seguir la comente de cambio que la tradición
cristiana estaba llevando a cabo desde su base original de creencia.
Cuando el
imperio romano se convirtió al cristianismo convencional, los gnósticos
fueron los primeros relegados a la categoría de secta radical, y al
final fueron totalmente excluidos del cristianismo. Libros como el
Evangelio de María, el Apocalipsis de Pablo, el Apocalipsis de Santiago
y el Apocalipsis de Adán, así como el Libro de Melquisedec han llegado a
nuestros días como un testamento de la sabiduría gnóstica de enseñanzas
poco comunes conservadas para generaciones futuras.
El apocalípsís de Adán
Puesto que el gnosticismo
reconocía haberse originado dentro de las tradiciones del cristianismo
primitivo, muchos de los textos gnósticos tienen sus homólogos en las
historias, los mitos y las parábolas de los primeros textos cristianos.
Cabe destacar entre los documentos de Nag Hammadi este extraño texto del
Apocalipsis de Adán.
Este
libro, recopilación de enseñanzas de inspiración y transmisión divina,
es el relato del Adán que encontramos en el Génesis. Lo que hace único
al Apocalipsis de Adán es su aparente ausencia de cualquier relación con
otro material anterior. Según parece, este texto en particular ya estaba
completo y bien establecido como una forma temprana de gnosticismo mucho
antes de la literatura cristiana.
Adán comienza su relato describiendo la presencia de tres visitantes del
cielo, guías que le acompañaron en sus visiones de los futuros de la
humanidad. Poco antes de su muerte, le dictó sus revelaciones a su hijo,
Set. Al igual que con las enseñanzas del pro-feta Enoc, que dictó los
secretos de la creación a su hijo Matusalén, cuando ya tenía una edad
avanzada, los textos empiezan con Adán que enseña a su hijo «a los
setecientos años... ».13
Tras un
breve resumen de su vida con Eva, madre de Set, Adán comparte sus
visiones de acontecimientos que todavía han de suceder.
«Ahora
bien, Set, hijo mío, te voy a explicar las cosas que esos hombres que he
visto ante mí me han revelado... » 14
Adán le
habla del gran diluvio de Noé, que todavía había de llegar, con todos
los detalles sobre su familia y el arca que les salvará la vida.
Quizá la más significativa de las revelaciones de Adán sea la
descripción de un salvador al que él denomina el «Luminar». Adán habla
de una tierra constantemente azotada por las inundaciones y los
incendios hasta que el Luminar aparezca por tercera vez. Tras su
aparición, las grandes potencias del mundo cuestionarán con incredulidad
su poder, autoridad y facultades. A través de una serie de trece
escenarios, Adán describe trece reinos que identifican falsamente la
procedencia del Luminar, con orígenes tan variados como «dos luminares»,
«un gran profeta», «el león que está debajo...».
Es una
generación futura «sin rey» la que identificará correctamente los
orígenes del Luminar como alguien escogido por la divinidad de entre
todos los tiempos, pasados y futuros, y lo traerá al presente: «Dios le
eligió a él entre todos los eones. Generó el conocimiento del impoluto
sobre la verdad que llegaría a habitar en él».15 Estos textos ofrecen
claramente nuevas perspectivas y revelaciones renovadas sobre los
detalles fragmentados que suelen quedar en las versiones «autorizadas»
de nuestra antigua herencia.
El trueno: mente
perfecta
Quizá la más poderosa de las obras de Nag Hammadi sea un singular texto
escrito por una mujer de la tradición gnóstica, titulado
El trueno: mente perfecta. Según las palabras
de uno de los traductores de los textos, George W MacRae, esta
obra es «prácticamente única y muy extraordinaria en la biblioteca de
Nag Hammadi».16 El manuscrito está escrito en primera persona
en forma de diálogo, donde la autora anónima proclama haber
experimentado muchas de las dicotomías de la experiencia humana.
«Pues yo
soy la primera y la última. Soy la respetada y la despreciada. Soy la
ramera y la santa. Soy la esposa y la virgen. Soy la estéril y muchos
son sus hijos.» 17
Mediante
series de palabras que nos recuerdan la poesía encontrada en los
manuscritos del mar Muerto, ella nos recuerda que dentro de cada persona
se hallan posibilidades para todo tipo de experiencias, desde la luz más
brillante hasta la más negra oscuridad. Luego prosigue con un verso
final en el que adviene a los lectores que recuerden que cuando los
seres humanos vayan a su lugar de descanso: «Allí me encontrarán y
vivirán, y jamás morirán».18
El evangelio de
Tomás
Uno de los textos más polémicos de Nag Hammadi es el documento
conocido como el
Evangelio de Tomás. Al menos una parte
de este manuscrito se ha comprobado que fue traducido del griego al
egipcio copto, el lenguaje que usaban los cristianos en los monasterios
de Egipto a principios del primer milenio. El Evangelio de Tomás es una
rara colección de dichos, parábolas, historias y citas directas de
Jesús, que se creía que había sido recopilada por el hermano de Jesús,
Dídimo Judas Tomás. Es el mismo Tomás que posteriormente fundaría las
iglesias cristianas de Oriente.
Partes de este evangelio son muy similares al manuscrito llamado
Evangelio Q,19 un manuscrito fuente que se supone del siglo I. Los
textos «Q» -así llamados por la inicial de la palabra alemana Quelle,
que significa «fuente»-, son los que los autores del Nuevo Testamento
utilizaron como referencia. Sin embargo, hay muchas partes del Evangelio
de Tomás que no se encuentran en el Evangelio Q, lo que da a entender
que es una fuente independiente que puede confirmar y validar otros
textos que datan de la misma época.
Las palabras del Evangelio de Tomás son algunas de las más místicas de
los textos gnósticos. Al mismo tiempo, ante el rico contexto que
proporcionaron los manuscritos del mar Muerto, esas mismas palabras
adoptan un nuevo significado y ofrecen una nueva comprensión. Por
ejemplo, en respuesta a una pregunta de sus discípulos respecto a su
destino final en el mundo, el Evangelio de Tomás recoge que Jesús
explicó una parábola: «Pues hay cinco árboles en el paraíso para
vosotros que permanecen inmutables en invierno y en verano, cuyas hojas
no caen. Quienquiera que los conozca no experimentará la muerte».20
Ante la
ausencia de un marco de referencia para los «cinco árboles», estas
palabras ofrecen poco más que un proverbio místico sobre el que
reflexionar. Sin embargo, dentro del contexto ofrecido por los ángeles
de la vida esenios, 45 estas palabras se convierten en la fuente de
confirmación de la ciencia antigua de la vida eterna: las cinco claves
de pensamiento, sentimiento, cuerpo, respiración y alimento. Los textos,
al confirmar que Jesús era un maestro de las tradiciones esenias,
prestan credibilidad adicional a la interpretación de esta referencia
mística para la vida eterna.
MÁS ALLÁ DE LA CIENCIA, LA
RELIGIÓN Y LOS MILAGROS
Los mismos textos que conservaban las profecías sugieren que es posible
transmutar tales predicciones de cambios catastróficos, incluso las que
parecen inminentes. Textos como los Evangelios esenios y
la biblioteca de Nag Hammadi describen una
sabiduría que nos permite reunir nuestras visiones que afirman la vida
en una voluntad colectiva para remodelar nuestro futuro.
Al hacer
esto, volvemos a definir las antiguas visiones que hablan de la
elevación del nivel del mar, devastadores terremotos, llamaradas solares
que ponen en peligro la vida y la amenaza de una guerra mundial.
Por diferentes que en algunos aspectos nos puedan parecer los detalles
de nuestra herencia perdida, hay temas comunes que conectan los textos
con una significativa fuente de conocimiento para nuestros días.
Mediante la sabiduría que antecede a la historia, se nos recuerda que
las opciones personales de reafirmar la vida en el mundo de nuestros
pensamientos, sentimientos y emociones se reflejan como tiempos de paz y
de perdón en el mundo colectivo de nuestras familias y comunidades.
Del mismo
modo, las elecciones que nieguen el regalo de la vida en nuestros
cuerpos se reflejan como desasosiego, opresión y guerra en nuestras
ciudades, gobiernos y naciones. Una vez más se nos invita a recordar que
el mundo interior y el exterior son un reflejo el uno del otro. La
simplicidad que encierra este único recuerdo es la que hace que los
milagros, como la sanación que he explicado al principio de este
capítulo, sean un hecho y no una probabilidad.
Quizá de
los elementos que se perdieron en las revisiones y
recortes del Concilio de Nicea en el siglo IV, las ciencias de la
profecía y de la oración sean los que más poderes pueden
conferimos. Consideradas por muchos como las más antiguas de todas las
ciencias, estas tecnologías internas representan nuestra oportunidad
para primero identificar las futuras consecuencias de nuestras
decisiones actuales y luego escoger nuestro futuro con seguridad y
confianza.
Aquí leo
lo que siempre ha sido, lo que era ahora y lo que podría llegar a pasar.
EL
EVANGELIO ESENIO DE LA PAZ
3 - Las
profecías
Visiones silenciosas de un futuro olvidado
Prácticamente todas las tradiciones del mundo que cuentan con siglos de
antigüedad nos recuerdan que nuestra época no es un momento ordinario en
la historia de la humanidad sobre la Tierra. Los que vivieron antes que
nosotros nos legaron sus mensajes proféticos cifrados en sus textos
sagrados, tradiciones orales y en los sistemas de cronometría. Sus
mensajes, escritos para unas personas de las que sólo podían conocer su
existencia en sueños, mantienen vivo el recuerdo de visiones, que en
algunos casos preceden a los primeros momentos de nuestra historia
escrita.
Con el
tiempo, los temas de sus visiones se han incorporado a una gran variedad
de tradiciones religiosas y prácticas espirituales. Por dispares que
puedan parecer, las huellas de las similitudes en dichas tradiciones nos
ofrecen claves para descifrar el sentido que esas palabras sacras tienen
hoy para nosotros. Sólo recientemente, con la ayuda de los ordenadores y
otras ciencias del siglo XX, se han podido confirmar y autentificar las
referencias de las antiguas visiones respecto a un tiempo futuro.
LOS GUARDIANES DEL
TIEMPO: LOS MISTERIOSOS MAYAS
A medida que nos acercamos a los
albores del siglo XXI, uno de los misterios de nuestro pasado, el de los
maya, todavía está por resol ver. Casi con la misma rapidez que hicieron
su aparición en las remotas áreas de la península del Yucatán, hace
aproximadamente 1.500 años, estos arquitectos de templos masivos y
observatorios celestiales de pronto se esfumaron alrededor del 830.
Además de sus inmensas plazas y torres de piedra desperdigadas, nos
dejaron pistas de su pasado, y quizá de nuestro futuro, en sus
inigualables cálculos del tiempo.
El calendario de los mayas puede que sea uno de los sistemas más
antiguos y sofisticados de medir el tiempo conocidos por la humanidad.
Hasta la llegada de nuestros relojes atómicos, basados en la vibración
del átomo de cesio, el calendario maya rivalizaba en precisión con
cualquier otro sistema de medir el tiempo conocido hasta el siglo XX.
Hasta la fecha, los descendientes de los antiguos mayas calculan el
tiempo y determinan la fecha correcta mediante un sistema que, según los
expertos, «no se ha saltado ni un día en, más de veinticinco siglos». Al
reconocer la naturaleza como ciclos recurrentes de acontecimientos, el
calendario maya refleja que ese' pueblo entiende el tiempo como un
sistema de períodos que se entremezclan.
En el sistema de medición del tiempo maya era esencial un cálculo de 260
días denominado
tzolkin o «calendario sagrado». Común a otras
tradiciones mesoamericanas, el tzolkin se crea como una
interconexión entre veinte días designados y un cálculo basado en el
número trece (es decir, 20 meses de trece días). Los mayas, sin embargo,
llevaron su cronometría aún más lejos. Entremezclado con un calendario
de 365 días denominado «año vago», progresaban los dos ciclos de tiempo
como los engranajes de dos ruedas, hasta que se producía la extraña
concurrencia de que un día del calendario sagrado coincidía con el del
calendario vago. Eso marcaba el fin de un ciclo de 52 años; ese día, que
era muy celebrado, definía un período de tiempo aún más extenso. El
«gran ciclo» de los 5.200 años anteriores era medido como 100 ciclos de
52 años. Según estos cálculos y las tradiciones de los propios
sacerdotes del calendario maya, nuestro último gran ciclo empieza en los
tiempos bíblicos de Moisés, en el 3114 a.C., y termina
en el 2012.
Las visiones mayas sobre nuestro futuro están íntimamente relacionadas
con su sistema de medir el tiempo. Los antiguos profetas sugieren que
los ciclos del tiempo tienen características únicas que se basan en una
«gran ola» que viaja periódicamente por el cosmos. Mientras la ola se
riza durante la creación, su movimiento sincroniza la vida y las fuerzas
de la naturaleza en ciclos. El final de nuestro ciclo actual se
considera especialmente significativo tanto para la Tierra como para la
humanidad.
El doctor
José Argüelles, reconocido experto
en la cosmología maya, sugiere que el actual subciclo de veinte años,
que empezó en 1992, marca,
«el
surgimiento de tecnologías no materialistas y ecológicamente
armónicas... apoyadas por una nueva sociedad mediárquica de información
descentralizada ...».2
Los mayas
ancianos de nuestros días creen que el cierre de este gran ciclo
milenario tendrá lugar en nuestra generación, en el año 2012, lo cual ya
se había predicho hace tres mil años. Ven este momento único como la
culminación de un ciclo y el nacimiento de una época de cambios
extraordinarios. El doctor Argüelles, al hacer referencia a
atributos específicos asignados a los ciclos, evoca las creencias mayas
cuando sugiere que, con la convergencia de los ciclos mayas, se cumplirá
nuestro propósito de «reunir toda la mente de la Tierra... y sellarla
con una armonía de simiente estelar».'
De modo similar, las tradiciones aztecas del centro de México siguen los
grandes períodos de la historia de la Tierra con sus ciclos denominados
«soles». Su historia les habla de una época del primer Sol, denominada
Nahui Ocelotl, cuando nuestro mundo estaba habitado por gigantes
que vivían sobre la tierra. Si evocamos las referencias bíblicas a un
mundo similar, nos encontramos con que el preniceano
Libro de Enoc describe los días en que,
«las
mujeres que concebían sólo parían gigantes, cuya estatura era de 300
codos [unos 150 metros]. Estos devoraban todo lo que producía el trabajo
de los hombres hasta que fue imposible alimentarlos ...».4
Este
período concluyó cuando el reino animal conquistó al reino humano.
El segundo Sol o siguiente gran ciclo, denominado Nahui Ehecatl, tiene
lugar cuando los seres humanos empezaron a cultivar y a cruzar las
plantas. Este período culminó con un gran viento que barrió la
superficie de la Tierra, arrasando todo lo que encontró a su paso.
Durante el tercer Sol, Nahui Quiauhuitl, los pobladores de la
Tierra construyeron grandes templos y ciudades. Se dice que grandes
grietas y una «lluvia de fuego» puso fin a este ciclo. En los registros
geológicos podemos ver que, de hecho, hubo un tiempo en que partes de la
Tierra estuvieron cubiertas de fuego. Se cree que fue debido a la
colisión de un objeto, posiblemente un asteroide, hace casi 65 millones
de años. El final del cuarto Sol, con hielo e inundaciones, también se
ha confirmado geológicamente, así como en las tradiciones orales y
escritas de todo el mundo. El calendario azteca indica que hoy
estamos viviendo los últimos días del quinto Sol. El fin de ese
quinto mundo se predice que tendrá lugar en nuestra generación,
coincidirá con el último ciclo maya y dará lugar al próximo gran ciclo,
el nacimiento del sexto Sol.
Con el pasado como plantilla, muchas antiguas tradiciones describen los
días del cambio como tiempos de tribulaciones y purificación. En esos
tiempos se nos invita a que contemplemos los inusuales y, en algunos
casos destructivos, despliegues de la naturaleza como una oportunidad
para fortalecernos y prepararnos para cambios aún mayores que tendrán
lugar en el mundo. Los temas comunes a todas las profecías sobre esta
época de la historia incluyen fenómenos climáticos anormales y la
pérdida de la costa debido al aumento del nivel del mar, hambrunas,
sequías, terremotos, y la destrucción de las infraestructuras en todo el
mundo.
Los profetas del siglo XX, como Edgar Cayce, han previsto cambios
masivos en nuestro planeta, que se supone que reestructurarán la
geografía de Norteamérica desde finales de los noventa hasta el siglo
XXI. Esto incluye visiones de un gran mar interior, que conectará el
Golfo de México con los Grandes Lagos, y la inmersión de gran parte de
las costas orientales y occidentales. Las descripciones gráficas que se
han hecho de nuestro futuro, a veces de cientos o de miles de años de
antigüedad, han establecido un nuevo criterio para las posibilidades de
la tecnología interior y
la profecía.
¿Cómo
pudieron nuestros antepasados haber vislumbrado lo que todavía ha de
suceder en nuestro tiempo? Quizá lo que es aún más importante: ¿hasta
qué punto son exactas sus visiones sobre nuestro futuro?
VISIÓN REMOTA:
PROFETAS DEL SIGLO XX
La palabra profeta invoca
imágenes de antiguos videntes envueltos en hábitos con capucha, que
soñaban despiertos con una época que todavía había de llegar. Sin
embargo, la ciencia de la profecía se ha conservado hasta nuestros días
como una respetable profesión envuelta en el misterio de un nuevo
nombre.
Según una investigación realizada en el prestigioso
Stanford Research Institute (SRI) a
principios de los setenta,' la facultad de ver acontecimientos lejanos
ha pasado a denominarse visión remota. Aunque las características de la
visión remota pueden variar entre las personas, el procedimiento general
es similar para todas. Con frecuencia empieza con un suave estado de
relajación con los ojos cerrados; el receptor trabaja con impresiones
sensoriales respecto a acontecimientos que puedan estar sucediendo en
cualquier lugar de nuestro planeta, en la habitación contigua o en un
puesto fronterizo de un desierto que se encuentre en la otra punta del
mundo.
El
vidente, adiestrado para distinguir los múltiples tipos de sensaciones,
asigna identificadores a la experiencia y va refinando las impresiones
hasta grados cada vez más detallados. Sonidos, olores, sabores y
sensaciones, así como imágenes, pueden presentarse en este viaje. El
entrenamiento para enseñar a los videntes remotos a aceptar y grabar
esas impresiones con imparcialidad constituye la habilidad que los
diferencia de los soñadores fortuitos. Con las ventajas obvias que esta
técnica ofrece a los servicios secretos y de inteligencia, estas
facultades suponen todo un nuevo campo de recopilación de información
con menos riesgos.
La visión remota desempeña ahora un papel viable en la seguridad y la
defensa de las naciones en el mundo libre. En 1991, por ejemplo, a los
videntes remotos que trabajaban bajo los auspicios de la Science
Applications International Corporation (SAIC) se pidió que
redujeran el área de búsqueda para un tipo específico d misil en el
oeste de Irak.6
Confinar
la búsqueda a regiones específicas del desierto iraquí tenía el
potencial de ahorrar tiempo, combustible, dinero y salvar vidas. La
visión remota, o la habilidad de una persona de proyectar la conciencia
de un lugar a otro, se ha convertido en un tema de estudio riguroso.
Irónicamente, sólo ha sido ahora, en los últimos años del segundo
milenio, cuando la ciencia moderna ha confirmado los principios de esta
tecnología interna, que ya conocían los profetas de hace 2.500 años.
Para muchas personas, su primer contacto con la ciencia de videncia a
distancia de acontecimientos en tiempo real, ha sido través de los
invitados de los programas de radio nocturnos. Para de la llegada del
siguiente milenio, una serie de expertos en e campo de la futurología y
las visiones remotas han reivindicad haberse adentrado en el mundo de
una Tierra postmilenio, aun que, a veces, con resultados inquietantes,
lo cual no es de extrañar, Al igual que otras descripciones de profecías
para el milenio, lo viajes remotos hacia nuestro futuro generalmente se
encuentran e dos categorías de experiencias. Algunos videntes han
descubierto que no pueden ver más allá del año 2012, el familiar año
del calendario maya que marca el cierre de nuestro gran ciclo.
En
el año 2012, los viajeros del tiempo
dijeron haber visto una Tic muy diferente. Desde su actual punto de
ventaja, el mundo parecí haber sufrido algún cataclismo. No veían
edificios, signos de comercio o normalidad según nuestros patrones
actuales. Lo evidentes del año 2012 puede que se hayan visto en
presencia de un resultado descrito ya por otros videntes y profetas, la
destrucción debida a una guerra, de gran parte del mundo, tal como hoy
lo conocemos.
Otros videntes que han visto nuestro futuro recientemente relatan un
escenario similar, pero añaden que habrá una gran ola de fuego y de
calor. Este escenario nos recuerda las teorías que preveían olas
cíclicas de flujo de protones y plasma que viajan por el cosmos en
ciclos de tiempo descomunales, y que esporádicamente se encuentran con
la Tierra a su paso. En cualquiera de los dos casos, los informes de los
videntes remotos describen un futuro que no es nada prometedor. Aparte
de ese tema común para muchas profecías, puede que exista una
alternativa para tales resultados.
NOSTRADAMUS
Durante más de cuatrocientos años, la palabra profecía ha sido casi
sinónimo del nombre de un gran vidente cuyas visiones se extendieron
varios siglos en el futuro. Nacido el 14 de diciembre de 1502, Michel
de Nostredamus, conocido como
Nostradamus, ha sido quizás el
profeta más ilustre de los últimos tiempos. Su don de la videncia le
permitió adentrarse en el futuro de nuestros días como testigo de hechos
con extraordinarios detalles y precisión. Cuando estudiaba los antiguos
oráculos, desarrolló sus propias técnicas para navegar en las ondas del
tiempo como observador, y con frecuencia llevó a su tiempo tecnologías
del futuro que había visto en sus visiones.
Al final,
Nostradamus se hizo médico e incorporó muchas de las ideas de sus
profecías en su práctica. Sus técnicas, que hoy en día parecen de
sentido común, fueron revolucionarias en la Europa del siglo XVI,
durante la época de la peste negra, entre las que se incluía el uso de
plantas medicinales, aire fresco y agua limpia. Además, recetaba una
mezcla de áloe y pétalos de rosa, muy rica en vitaminas y desconocida en
su tiempo.
Una de las anécdotas más conocidas sobre la facultad de Nostradamus de
ver el futuro es la siguiente: Nostradamus se cruzó inesperadamente con
un grupo de frailes que caminaban por una carretera. Inmediatamente se
arrodilló a los pies de uno de ellos y le besó el hábito. Cuando le
preguntaron por qué hacía eso, sencillamente respondió: «He de
inclinarme ante Su Santidad». Pasaron cuarenta años, diecinueve desde la
muerte de Nostradamus, para que el misterioso acontecimiento de
la solitaria carretera cobrara sentido. En 1585, el fraile cuyos hábitos
había besado el profeta se convirtió en el Papa Sixto V
En lo que quizá sea su obra más conocida, Las centurias,
Nostradamus registró sus visiones del futuro. A su muerte había
registrado visiones para diez siglos, cada una de ellas con cien versos
de cuatro líneas, denominadas cuartetas. Las profecías de Nostradamus,
que siempre han sido reeditadas desde entonces, se extienden hasta el
año 3797 y, según las interpretaciones, incluso más lejos.
Muchas visiones que prevén acontecimientos sociales, políticos y
científicos de magnitud global, son extraordinariamente exactas. Otras
sin fechas específicas, en el mejor de los casos son nebulosas y sujetas
a interpretaciones. Nostradamus anunció dos guerras mundiales, de las
que citó el nombre de Hitler y describió el símbolo de la svástica, el
descubrimiento de la penicilina y de la energía nuclear, el asesinato de
John E Kennedy, el virus del SIDA y el fracaso del comunismo. Aunque las
fechas y los acontecimientos estén sujetos a interpretaciones, los
eruditos sobre Nostradamus están de acuerdo en que el profeta predijo un
cambio catastrófico a escala global, para final del milenio.
Aunque la fecha precisa de un acontecimiento podía ser calculada por sus
lectores a raíz de frases clave, sólo cuando él sentía que había un
hecho en concreto que era critico daba la fecha del mismo. Por
consiguiente, la circunstancia de que una de estas se produzca en
nuestra generación es especialmente interesante. La centuria X, cuarteta
72, reza:
«En el año
1999 y siete meses, vendrá del cielo un gran Rey del Terror. Hará
revivir al gran rey de los mongoles. Antes y después, la guerra reinará
afortunadamente».7
Se pueden
hallar más revelaciones sobre esta ominosa cuarteta en la Carta a
Enrique II, verso 87, donde Nostradamus escribe que,
«esto será
precedido por un eclipse de sol, más oscuro y tenebroso que nunca desde
la creación del mundo, salvo el que tuvo lugar tras la pasión y muerte
de Jesucristo».
El 11 de
agosto de 1999 tuvo lugar un eclipse solar que pudo verse desde muchos
países del continente europeo.
Las visiones de Nostradamus también prevén cataclismos en la Tierra que
producirán cambios, semejantes a las profecías que hallamos en las
tradiciones de los amerindios y en la Biblia. En el verso 88 de la Carta
a Enrique II hay detalles hasta el mes específico.
«Habrá
presagios en primavera y cambios extraordinarios a partir de entonces,
cambios en las naciones y grandes terremotos... Y en el mes de octubre
se producirá un gran movimiento del globo, y será de tal magnitud que la
gente pensará que la Tierra ha perdido su movimiento natural de
gravitación y que será sumida en un abismo de oscuridad eterna. »
Nostradamus proyectó su visión todavía más lejos y vio una época mucho
más feliz, tras los días de oscuridad sobre la Tierra. En un pasaje de
la Centuria II, cuarteta 12, los eruditos interpretan la visión de
Nostradamus como una descripción de un tiempo de renovación espiritual:
«El cuerpo
sin un alma ya no es sacrificado. El día de la muerte se convierte en un
renacimiento».
En la
Centuria III se describe más a fondo esta época de nuestro futuro en la
cuarteta II:
«La divina
palabra dará la sustancia que contendrá al Cielo y la Tierra... Cuerpo,
alma y espíritu serán omnipotentes. Todo está bajo sus pies, como en el
trono del cielo».
Indiscutiblemente, poco científicas y abiertas a muchas
interpretaciones, estas visiones del siglo XVI sobre nuestro futuro
comparten cosas con las de otros profetas, tanto antiguos como más
recientes.
EDGAR CAYCE
Edgar Cayce es el hombre que se ha llegado
a conocer como el «profeta dormido» del siglo XX. Nacido en el mes de
marzo de 1877, la educación formal de Cayce terminó cuando completó el
noveno curso. Aunque de niño ya dio muestras de tener experiencias
paranormales, no desarrolló sus dones de clarividencia y sanación a gran
escala hasta que fue adulto.
Cayce, que limitaba las sesiones de sanación a dos al día, a
menudo viajaba por el pasado de sus pacientes para comprender su
condición actual. Aunque no recordaba los contenidos de sus lecturas
cuando despertaba de su estado de trance en que las realizaba, su
secretaria, Gladys Davis, siempre estaba presente para tomar notas de
las sesiones. Mediante cientos de esos informes, sistemáticamente
catalogados para su estudio en la
Association for Research and Enlightment (ARE) [Asociación
para la Investigación y la Iluminación], Cayce ofreció breves
revelaciones sobre los misterios de nuestro olvidado pasado, así como de
nuestro futuro milenario.
La primera curación de Edgar Cayce tuvo lugar cuando tenía 24
años y fue una que se realizó a sí mismo. Con la ayuda de un
hipnotizador, este le pidió a Cayce que se centrara en su persistente
dolor de garganta mientras estaba en un relajado estado de con ciencia
alterada. Para sorpresa de los presentes, en su «estado de sueño» Cayce
empezó a hablar, dirigiendo al hipnotizador para que le diera
sugerencias a su cuerpo inconsciente. Respondió inmediatamente a las
instrucciones de redirigir el flujo sanguíneo hacia la parte superior de
su cuerpo, su problema de garganta se solucionó y Edgar Cayce inició lo
que acabó convirtiéndose en un servicio de por vida, que fue realizar
lecturas similares para los demás.
La precisión de sus lecturas está bien documentada. Predijo el
hundimiento de la bolsa en el mes de octubre de 1929, en sus lecturas
#137-117:
«Con toda
certeza se producirá un hundimiento que hará cundir el pánico en los
centros monetarios, no sólo en la actividad de Wall Street sino que
supondrá el cierre de muchos centros... »8
Cayce vio
lo que posteriormente se denominaría la Segunda Guerra Mundial, años
antes de que sucediera.
En su
visión futura sobre el conflicto (lectura #416-417), afirmó que los
países empezarían a tomar partido como,
«demostraron los austriacos, alemanes y posteriormente los japoneses al
unir sus fuerzas...».
Su
descripción continúa con la afirmación de que, a menos que hubiera la
intervención de una fuerza, que él describió como sobrenatural,
«los
asuntos de las naciones y de los pueblos, del mundo entero, por así
decirlo, arderían en las llamas provocadas por los militares y por los
que ansían el poder y la expansión... ».
Cayce, en
lo que sería una de las más conocidas y a la vez confusas profecías,
sugirió que los últimos años del siglo XX y los primeros del siglo XXI
serían una época de cambios sin precedentes sobre la Tierra. Al igual
que los videntes del pasado, vio cambios globales que podían
clasificarse en dos categorías: un futuro que vendría por un cambio
gradual, y una época de tumultuosos cambios que, en el mejor de los
casos, se pueden describir como catastróficos. Curiosamente, los dos
tipos de profecía tienen lugar para el mismo periodo de tiempo.
En la lectura #826-828, de agosto de 1936, se le pregunta a Cayce sobre
cambios que ve para los años concretos de finales de milenio y comienzos
del 2001. Lejos de la vaguedad de muchas de estas profecías, su
respuesta es una afirmación directa de un movimiento tangible de cambio
sobre la Tierra.
«Hay el
cambio del polo. O empieza un nuevo ciclo ...»11
Las
fluctuaciones de los polos magnéticos de más de cinco grados en los
últimos cuarenta años, unidas al rápido descenso de la intensidad
magnética que ha precedido a estas inversiones polares en la historia de
la Tierra, han renovado el respeto por esas visiones.
En una serie de lecturas que culminaron en 1934, Cayce describió cambios
geográficos y geofísicos que vió que comenzarían en un período de
cuarenta años, entre 1958 y 1998.12 Una clave para interpretar estos
indicadores es que fueron profetizados como que han de empezar, no
necesariamente como que suceden, alrededor de 1998. Estos cambios es muy
previsible que se alarguen hasta el siglo próximo.
Mark
Thurston, un experto en las enseñanzas y
filosofía de Edgar Cayce, resume sus descripciones como sigue:
1. Se
producirá una ruptura de la masa terrestre en la porción occidental de
América.
2. La mayor parte del Japón quedará sumergida bajo las aguas.
3. Habrá algunos cambios en las partes del norte de Europa que sucederán
tan rápido que se podrá decir que ha sido en «un abrir y cerrar de
ojos».
4. Surgirán tierras del océano Atlántico frente a las costas de América.
5. Grandes solevantamientos azotarán el Ártico y la Antártica.
6. Los volcanes entrarán en erupción, especialmente en los trópicos.
7. Un cambio en los polos alterará las condiciones climáticas. Por
ejemplo, ciertas áreas frías y semitropicales se volverán tropicales.
Tal como
indica Thurston, varios de estos cambios parecen estar directamente
conectados con un cambio en los polos magnéticos. Aunque todavía se ha
de producir un cambio completo, cada vez hay más científicos e
investigadores que creen que los cambios recientes en los campos
magnéticos de la Tierra son justamente los precursores de dicho
acontecimiento. 13
Aunque entre las primeras predicciones de Cayce hay una serie de
profecías sobre el milenio que parecen ser catastróficas, lecturas
posteriores sugieren un cambio interesante, aunque sutil. En una lectura
de 1939, la visión de Cayce del final de siglo describe cambios
graduales, en vez de los cambios repentinos anteriormente citados. Cayce
afirma que «en 1998 veremos una gran actividad creada por los cambios
graduales que se están produciendo». 14 Continúa hablando sobre el
cambio de milenio, y afirma que «en lo que a los cambios se refiere, el
cambio entre la era de Piscis a la era de Acuario es gradual, sin
cataclismos».''
Al ofrecer dos visiones distintas sobre el cambio de siglo, Cayce puede
que hubiera aportado una nueva revelación sobre el valor de la profecía
en nuestras vidas actuales. Puesto que sus lecturas de catástrofes, así
como la de cambios graduales, comprendían sólo unos cuantos años en vez
de siglos, ¿qué cambio en nuestro futuro puede sugerir esa diferencia en
sus lecturas?
Es indiferente qué visiones sobre nuestro futuro consideremos, pues la
mayoría se escapan de las mediciones exactas del tiempo parecen
representar momentos de posibilidad, más que una cita concreta con un
resultado preciso. Con sus propias palabras, el «profeta dormido» ofrece
una clave para la ciencia de la profecía, recordándonos que nosotros
influimos en el resultado de la historia mediante el rumbo que toman
nuestras vidas en el presente.
En la
lectura #311-310,'6 Cayce sugiere que nuestra respuesta a los retos de
nuestra vida puede determinar, al menos en parte, el grado en que
experimentemos los cambios que él predijo.
«Puede
depender en gran medida de lo relacionado con la metafísica... Existen
las condiciones que en la actividad de las personas, de acuerdo con su
pensamiento y empeño, a menudo mantienen intactas muchas ciudades y
tierras con su aplicación de las leyes espirituales. »
PROFECÍAS SOBRE LOS
AMERINDIOS
Los pueblos nativos del norte y del sur de América creen firmemente que
los acontecimientos actuales evocan las profecías de sus antepasados.
Muchas visiones de un mundo que ha de venir han sido mantenidas en
secreto por distintas tribus para salvaguardar la integridad de las
revelaciones de sus antepasados. Al sentir que el cambio de milenio
representa el día descrito en las profecías tribales, sus directrices
para este momento en la historia se comparten ahora abiertamente. La
creencia es que personas de todas clases y de todas las naciones se
beneficiarán de las revelaciones que nos legaron hace mucho tiempo.
Salvo las
diferencias específicas entre las tradiciones de las familias y de las
tribus, hay hilos comunes que unen muchas de las profecías de las
Américas tribales en una visión unificada de nuestro futuro.
Los indios hopi del sudoeste de América del
Norte ofrecen algunas de las visiones más concisas sobre el futuro en
sus profecías del nacimiento de un nuevo Sol. Al igual que las
tradiciones de los maya, de los aztecas y de otros pueblos indígenas
anteriores que se encuentran por toda América, los hopi creen que ha
habido grandes ciclos de experiencia humana antes de nuestro tiempo.
Cada uno de ellos terminaba en un período de destrucción, de los cuales
el más reciente era el de la Gran Inundación. Estamos en los últimos
días del fin de uno de esos ciclos, dicen ellos, y nos estamos
preparando para entrar en los días del quinto Sol. Antes del fin de
nuestro ciclo, las profecías hopi describen un período de declive
seguido de una etapa de transición hacia el próximo ciclo. Desde su
perspectiva, el tiempo de declive es un tiempo de grandes cambios, a
menudo denominado «tiempo de purificación». Al creer que la Tierra y
nuestros cuerpos son uno, los hopi ven el estado de la Tierra como un
«mecanismo de interacción», como una especie de barómetro, que nos
recuerda cuándo hemos tomado decisiones que afirman o niegan la vida en
nuestro mundo.
Una de las primeras visiones hopi que se divulgó fue la que habla de los
tres signos que denotan un calendario para el Gran Cambio. El
primer signo era la aparición de la Luna «sobre la tierra, así como en
el cielo». El cumplimiento de esta parte de la profecía supuso un
misterio hasta 1993, cuando empezaron a aparecer las imágenes lunares
circulares en los campos de cereales de la campiña inglesa. Las
inconfundibles imágenes de luna creciente fueron interpretadas por los
ancianos hopi como la primera parte de su profecía.
El segundo signo fue la aparición de la «estrella azul», símbolo
que es habitual en el folclore y en los mitos de muchas tradiciones
hopi. Algunos ancianos hopi vieron en 1994 el
impacto del cometa Shoemaker-Levy contra Júpiter como una señal de la
segunda profecía. Los investigadores no comprendían cómo podían creer
que el impacto de un cometa roto significaba el cumplimiento de la
segunda profecía. La respuesta llegó cuando se vieron las imágenes
espectrográficas del planeta gigante tras las colisiones: Júpiter
brillaba emanando un curioso tono azul, ¡que sólo podía verse con
sofisticados instrumentos de imagen!
Quizás el signo más místico de las profecías hopi sea el tercero y
último. Usadas con profusión en las danzas, tejidos y en la arena, las
pinturas de los hopi son curiosas imágenes humanoides que a menudo
adornan sus viviendas y sitios ceremoniales. Con extraños trajes y
rostros de otro mundo, estas representaciones de los antepasados de los
hopi, las gentes del cielo, se denominan kachinas. La tercera
parte de la profecía afirma que la época del tercer gran cambio ocurre
cuando regresan los kachinas de las estrellas y vuelven a bailar
sobre las mesas de las plazas de sus pueblos. Que yo sepa cuando escribí
este libro, este tercer signo todavía no se había producido.
PROFECÍAS BÍBLICAS
Tal como se ha mencionado en el
segundo capítulo de este libro, una serie de libros relacionados con
nuestra Biblia moderna fueron considerados inapropiados para ser
aceptados oficialmente por la Iglesia Católica del siglo IV. Relegados a
la oscuridad de las criptas y a las bibliotecas privadas, uno de los
libros antiguos más fascinantes y quizás el más místico sea el del
profeta Enoc. Con elocuentes descripciones de la creación, el linaje
humano e información astronómica, tan detalladas que sólo podían ser
autentificadas con la tecnología del siglo XX, este antiguo texto se
conoce como el Libro de los secretos de Enoc.
Encontramos referencias directas a este extraño texto en la obra del
teólogo del siglo II, Tertuliano. En cartas recientemente recuperadas,
nos explica que la «Escritura de Enoc» no es tratada del mismo modo que
el resto de las escrituras porque no está incluida en el canon hebreo."
Estas referencias confirman que el Libro de Enoc era considerado como
una obra apta por los eruditos antes de las revisiones del Concilio de
Necea en el siglo IV.
Las profecías de Enoc guardan una considerable semejanza con las
de los profetas bíblicos posteriores a él, como Isaías, y posteriormente
Juan en el Apocalipsis. Enoc describe con tremendo detalle su viaje
profético hacia el futuro a su hijo Matusalén, que anota la experiencia
de su padre para las generaciones siguientes. Enoc, en un manuscrito
descubierto en la biblioteca Bodleian en 1773, comparte su visión de los
cambios climáticos y celestes que predijo para finales de nuestro siglo.
Matusalén, identificado como el «séptimo hijo después de Adán», habla de
las experiencias proféticas de su padre de un modo muy distinto a como
lo hacía el, «profeta dormido» Edgar Cayce, cuando dice que Enoc
«hablaba con los ojos abiertos, mientras tenía una visión sagrada en los
cielos». 18
Tras sus grandes visiones sobre nuestro futuro, Enoc afirmó,
«haber
oído todas las cosas, y comprendido lo que había visto; - aquello no
tendría lugar en su generación, sino en una generación que había de
llegar en una época muy lejana, a causa de los elegidos... En esos
días... la lluvia escaseará..., los frutos de la tierra se retrasarán y
no florecerán en su estación; y en su estación los frutos de los árboles
serán retenidos...; el cielo permanecerá inmutable. La Luna cambiará sus
leyes y no será vista cuando corresponde... ».19
Justo
después de la tribulación que describe para la Tierra Enoc narra una
secuencia adicional de acontecimientos que encarnan una época de
belleza, esperanza y futuro. En esta secuencia, que se presenta como si
se originara en una visión diferente que hablara de un tiempo distinto,
Enoc ve el anterior cielo «partir y extinguirse», y anuncia que «un
nuevo cielo aparecerá». Este antiguo patrón de adversidades,
aparentemente seguido de la redención, se repite en todas las visiones
de Enoc, así como en otras profecías que examinaremos.
Quizá las revelaciones con más carga emotiva sobre los tiempos futuros
puedan hallarse en la colección de visiones proféticas de los textos
bíblicos modernos. Las profecías de la Biblia, que abarcan desde el
destino de dirigentes específicos y jefes de Estado hasta las visiones
globales del fin de los tiempos, continúan provocando fuertes reacciones
en quienes las leen, miles de años después de que estas tuvieran lugar.
Las pistas sobre el poder, así como la confusión que rodea a tales
visiones, que suscitan desde una curiosidad sin límites hasta un
ardiente fervor, podemos hallarlas al revisar las modernas
interpretaciones sobre las mismas hasta llegar a su origen.
No es extraño descubrir, por ejemplo, que muchas de las profecías a las
que hoy hacemos alusión no fueron escritas hasta algunos años después de
que la profecía original fuera revelada, a veces incluso tras haber
transcurrido cientos de años. Puesto que eran transmitidas oralmente, de
generación en generación, no se sabe Seguro si algunos libros proféticos
fueron escritos por los propios profetas o por otros que usaban su
nombre como metáfora en las historias.
El Libro de Daniel es uno de estos ejemplos. En la edición de la
New American Bible, de la editorial Saint Joseph, el prólogo a
Daniel afirma que,
«este
libro lleva este nombre, no por su autor, que en realidad es
desconocido, sino de su héroe, un joven judío llevado de pequeño a
Babilonia, donde vivió hasta el año 538 a. C. ».20
La
introducción prosigue:
«El libro
contiene historias que se originaron en las tradiciones populares y
fueron transmitidas por estas, que narran las pruebas y los triunfos del
sabio Daniel y de sus tres compañeros».
Esta
interpretación contradice directamente la de otros expertos en la
Biblia, como John Walvoord, que afirma,
«está
claro que el libro dice ser producto de Daniel, pues se hace referencia
a él en primera persona en numerosos pasajes de la segunda mitad del
libro... También se menciona a Daniel en Ezequiel, lo cual sería
bastante natural puesto que eran contemporáneos ...».21
Incluso
hoy, casi dos milenios después de la recopilación de los textos, los
expertos todavía han de llegar a un consenso incluso respecto a los
aspectos básicos de algunos de los textos más sagrados. Para añadir más
confusión al desciframiento de las profecías bíblicas, está la cuestión
de la precisión de las traducciones con el paso de los siglos. A
diferencia de algunas partes de la Biblia hebrea, que se sabe que fue
copiada letra por letra con total exactitud durante al menos los últimos
mil años,* la Biblia occidental ha sufrido muchos cambios. Incluso desde
la fundación de Estados Unidos, hace menos de trescientos años, las
adaptaciones y traducciones de un idioma a otro han introducido cierto
margen de error.
* El
códice de Leningrado data del año 1008. Desde esa época, los eruditos
están de acuerdo en que los cinco libros del Antiguo Testamento hebreo
han permanecido inalterables
Por exacta
que nuestra recopilación de la historia, la genealogía y la sabiduría
nos pueda parecer en algunos aspectos, no se puede interpretar al pie de
la letra, porque el texto cambia con cada traducción. Con frecuencia,
sencillamente en un idioma no hay palabras que representen exactamente
el mismo concepto y del mismo modo que se expresa en otro. En estos
casos, los traductores hacen todo lo que pueden. Aquí es donde cabe
introducir una aproximación de temas y conceptos en tales traducciones.
La Biblia occidental, tal como hoy la conocemos, ha sufrido muchos de
estos procesos, incluyendo una traducción del idioma egipcio altamente
simbólico, que a su vez procedía de las lenguas originales aramea y
hebrea. Un ejemplo de cómo la aproximación puede alterar sutilmente una
traducción bien intencionada queda ilustrada en las palabras en arameo
de la primera línea de la oración del Padrenuestro. En inglés
esta frase reza como el familiar «Padre nuestro que estás en los
cielos». Sin embargo, en el original arameo, la misma frase sólo tiene
dos palabras: Abwoon d'bwashmaya. No hay palabras en inglés que
puedan expresar con exactitud estas palabras arameas.
Los
traductores han tenido vía libre para crear series de palabras inglesas
que se aproximen al significado original. Una muestra de tales
aproximaciones puede verse en las siguientes posibles traducciones de
este ejemplo del Padrenuestro:
«¡Oh,
Otorgador de vida! Padre-Madre del Cosmos»,
«¡Oh, Tú!
El aliento de la vida de todos»,
«Nombre de
los nombres, nuestra pequeña identidad se disuelve en tu interior» y
«Resplandeciente: Tú brillas en nuestro interior»."
Todas
ellas son traducciones válidas de las palabras originales y cada una
expresa un sentimiento muy distinto para la intención del texto
original.
En este ejemplo, podemos ver que el tema siempre permanece presente,
aunque las palabras cambien. Al igual que cuando hoy fotocopiamos un
texto, muchas de las copias se parecerán al original, aunque hayan
perdido claridad. En el último siglo de historia bíblica, ha habido
muchas oportunidades de que se introdujeran errores que cambiaran el
sentido original de los antiguos profetas. Hoy en día podemos escoger
entre una serie de interpretaciones y traducciones; todas ellas
satisfarán una necesidad especial y servirán a un propósito en concreto
para cada lector.
Un
estudiante de la Biblia puede que elija la King James Version, u
otras como la New International Standard Version, The New
Living Bible y la Saint Joseph Edition. Cada versión tiene su
origen en la misma colección de rollos, libros, documentos y manuscritos
aceptados por la Iglesia en el siglo IV.
LA PROFECÍA PERDIDA
En las versiones modernas de las
profecías bíblicas, vemos una clase especial de textos visionarios
identificados con nombres como «el Final del Tiempo», «los Días Finales»
o «en aquellos días». En su conjunto estas obras se conocen como las
profecías apocalípticas. Aunque con frecuencia se ha considerado que
anunciaban una terrible época de oscuridad y cataclismos en el futuro
del planeta, estas obras, de hecho, puede que estén enseñando a
generaciones futuras algo de una naturaleza totalmente distinta.
En la actualidad la palabra Apocalipsis evoca en nuestra psique
colectiva profundos sentimientos de tinieblas, desesperación y juicio.
La palabra griega apohalypsís tiene una definición breve y
aparentemente inocente. Sencillamente significa divulgar o revelar. Esto
es precisamente lo que nos ofrecieron los antiguos profetas gracias a
sus magistrales revelaciones sobre nuestro futuro. Revelaron posibles
resultados basados en las condiciones de su tiempo y divulgaron sus
descubrimientos a las generaciones futuras.
El Libro esenio de la revelación [o del apocalipsis] es un
ejemplo de uno de esos libros. Recuperado y traducido del idioma arameo
nativo en que fue escrito, esta versión de la Revelación es tan similar
a las versiones canonizadas posteriores conocidas como la Revelación de
Juan [el Apocalipsis] que los investigadores y expertos sospechan que el
manuscrito del mar Muerto pueda ser la versión original de esta antigua
visión de nuestro futuro.
Consideradas por muchos como las profecías bíblicas más místicas, las
visiones del apóstol Juan también describen algunos de los detalles más
gráficos de las adversidades, como en cualquier otra profecía, antigua o
moderna. La fragmentada naturaleza de la visión de Juan contribuye a lo
que ya es en sí mismo un texto esotérico y profundamente simbólico.
Durante la canonización de la Biblia en el año 325, parece casi como si
se hubiera llegado a un compromiso respecto a algunos de los textos
clave. En lugar de descartar por completo los manuscritos, fueron
conservados como versiones editadas, condensándolos en un formato que se
creía que era más asequible para los lectores de la época.
El viaje,
que se convierte en la revelación de Juan para las generaciones futuras,
empieza cuando él pide que le saquen de su tiempo, le lleven al futuro y
le permitan ver lo que posiblemente nos espera y el final de milenio.
Juan describe su visión de caos, muerte, terror y destrucción, de una
magnitud sin precedentes con detalles gráficos. Le pregunta a su guía
angélico por qué suceden estas cosas, y este le responde:
«El hombre
ha creado estos poderes de destrucción. Los ha forjado de su propia
mente. Ha apartado su rostro de los Ángeles [fuerzas] del Padre
Celestial y de la Madre Terrenal y ha fabricado su propia destrucción».
Tras
presenciar estos hechos, el corazón de Juan «se llena de compasión».
«¿No hay esperanza?», pregunta. La voz le responde a Juan, recordándole
las grandes posibilidades para el presente y para las generaciones
futuras:
«Siempre
hay esperanza, para ti y para quienes fueron creados el cielo y la
tierra ... ».
De pronto,
la visión de muerte y destrucción se disuelve y aparece otro escenario,
una segunda posibilidad. En lugar de un final para lo que toda la
humanidad ha llegado a conocer y amar, esta nueva posibilidad ilustra un
resultado de una naturaleza muy distinta.
«Pero no
vi lo que les acontecía, mi visión cambió y vi un cielo y una tierra
nuevos: pues pasaron el primer cielo y la primera tierra... Y escuché
una gran voz desde el cielo que decía:
«No habrá
más muerte, ni tristeza, ni llanto, ni habrá más dolor". »25
Mientras
la visión de Juan prosigue, éste ve un tiempo de paz y de cooperación
que engloba a todas las naciones del mundo. En esta época ya no hay más
necesidad de luchar. Escucha cómo su guía le describe el fin de la
guerra:
«Ninguna
nación blandirá ya su espada contra otra, tampoco aprenderá ya más la
guerra, pues estas cosas ya pasaron».26
A través
de estos pasajes y de otros similares, se nos ofrece un mensaje de
esperanza.
A continuación viene un tema que es familiar en otras profecías, Juan ha
mostrado dos posibilidades para el futuro de la humanidad. Ambos
resultados eran reales y los humanos pueden elegir cualquiera de ellos.
La clave que quedó de nuestra oración masiva por la paz fue que el
resultado conjunto vendría determinado por nuestras elecciones
individuales. La capacidad de la gente que vivió en los tiempos de Juan
de respetar las leyes de la vida fueron las experiencias que aportarían
nuevos resultados, que desviarían la posibilidad de una destrucción.
En cada visión, se le recuerda a Juan que la gente que vivía en
«aquellos días» determinaría cómo iban a experimentar el gran cambio del
futuro de la humanidad. Él pregunta qué ha de pasar para que ocurra el
segundo resultado. Una vez más, la voz que guía sus visiones le
responde:
«Observa,
hago de nuevo todas las cosas... Yo soy el principio y el final... Daré
de beber al sediento del agua de la fuente de la vida. El que [recuerda]
heredará todas las cosas... ».27
Los
pasajes finales registran el reconocimiento de Juan de comprender lo que
ha visto y el efecto que su visión ha tenido sobre él:
«He
alcanzado la visión interior... He escuchado tu asombroso secreto...
Mediante mi revelación mística has hecho brotar en mí un manantial de
conocimiento, una fuente de poder, que mana aguas vivas; un torrente de
sabiduría infinita».28
Hay otros
pasajes en los rollos esenios que continúan describiendo con todo
detalle la posibilidad de un tiempo en nuestro futuro en que habremos
superado, la necesidad de catástrofes para provocar un cambio. En ese
tiempo, las condiciones que se habían cobrado la vida de los habitantes
de la Tierra ya no estarán:
«En e
reino de la paz no hay hambre ni sed, ni viento frío ni caliente, ni
vejez ni muerte. En el reino de la paz, animales y hombres vivirán
eternamente».29
Los
profetas de la Biblia muchas veces describían resultad muy distintos
para nuestro futuro, a veces incluso contradictorios La pregunta es:
¿por qué? ¿Por qué hay diferentes visiones de las profecías para una
misma época en nuestro futuro? ¿Cómo puede un profeta ver dos
posibilidades diferentes para un mismo período de tiempo?
A mediados de los noventa, se descubrió una nueva herramienta profética
en un formato muy antiguo. Puede que el cerrojo de tecnología del tiempo
nos haya permitido curiosear a través de lo ojos de este instrumento
profético sólo cuando hemos madurado 1 suficiente para poder reconocer
sus posibilidades
EL MAPA DEL TIEMPO
DE 3000 AÑOS DE ANTIGÜEDAD
En 1995, un antiguo instrumento profético fue de pronto expuesto al
público de un modo gráfico y espectacular. El 4 de noviembre de ese año
sucedió algo que el instrumento había predicho con una precisión que
sobrepasaba la posibilidad de que fuera una coincidencia. El
acontecimiento fue el asesinato de Yitzhak Rabin, el primer
ministro de Israel, en la ciudad de Tel Aviv. El asesinato había sido
profetizado con tal precisión que el nombre del primer ministro, la
fecha en que se produciría, el nombre de la ciudad e incluso el nombre
del asesino, Amir, no eran un secreto, ¡todo ello estaba cifrado
en un documento de más de tres mil años de antigüedad!
Lo irónico es que el documento no era un manuscrito perdido custodiado
por una organización secreta o por algún privilegiado. El mapa
codificado del futuro era el mismo mapa que nos ha proporcionado confort
y guía durante al menos setenta y cinco generaciones y que hoy en día es
considerado como sagrado por varios cientos de millones de personas de
todo el mundo. ¡El mapa del tiempo fue descubierto como un código
secreto oculto en la Biblia en los tiempos en que fue escrita!
Concretamente, el código se halló en los cinco primeros libros de la
Biblia hebrea, conocidos como Torah, la versión que se dice que
permaneció sin modificar desde que fue revelada al ser humano hace más
de tres mil años.
La clave, conocida como el Código de la Biblia, descubierta por
un matemático israelí, el doctor Eliyahu Rips, ha sido revisada y
confirmada por matemáticos de las mejores universidades del mundo, así
como por organismos especializados en criptografía, como el Ministerio
de Defensa de Estados Unidos. Durante más de doscientos años, los
eruditos han sospechado que los textos bíblicos eran algo más que una
recopilación de palabras que se debían leer de forma linear. Un experto
del siglo XVIII, conocido como el Genio de Vilna, afirmó que,
«la regla
es que todo lo que fue, es y será hasta el fin del tiempo, se encuentra
en la Torah, desde la primera hasta la última palabra. Y no meramente en
un sentido general, sino con los detalles de todo lo que le ha sucedido
desde su nacimiento hasta su fin».30
Los
mensajes cifrados de nuestro pasado y futuro se pueden estudiar creando
una matriz con las letras de los cinco primeros libros de la Biblia
hebrea. Se empieza con la primera letra de la primera palabra, se
eliminan todos los espacios y puntuaciones hasta llegar a la última
letra de la última palabra, dejando una sola frase de cientos de
caracteres. Con el uso de sofisticados programas, se examina la matriz
restante en busca de patrones e intersecciones de palabras.
Por
ejemplo, en el Génesis, la palabra «Torah» es deletreada en secuencias
de cincuenta caracteres hebreos entre cada una de las letras de la
palabra. Esta misma secuencia se halla en los libros siguientes: Éxodo,
Levítico, Números y Deuteronomio. La observación de esta secuencia por
parte del rabino H. M. D. Weissmandel en los años cuarenta se convirtió
en la clave para descifrar los patron de palabras cifradas en el texto.
Michael Drosnin, en su libro The Bible Code, describe la
precisión y exactitud del Código de la Biblia para predecir los
acontecimientos pasados. Circunstancias tan dispares como el asesinato
de Kennedy, el impacto del cometa Shoemaker-Levy contra Júpiter,
elección del primer ministro israelí Netanyahu, incluso las fechas la
localización del ataque con mísiles SCUD que los iraquíes lanza ron
contra Israel durante la Guerra del Golfo en los noventa, están
descritos con un grado de detalle que desafía las probabilidad
matemáticas y estadísticas.
El
Código de la Biblia ofrece datos específicos, no generalidades que
puedan estar sujetas a interpretación Drosnin describe muchas de esas
referencias. En la predicción de Segunda Guerra Mundial, por ejemplo, el
código deletrea palabra¡ como «guerra mundial» y «solución final», junto
a nombres de líderes políticos de la época: «Roosevelt», «Churchill»,
«Stanlin» «Hitler».
Los países
involucrados en el conflicto estaban claramente especificados:
«Inglaterra», «Francia», «Rusia», «Japón» y «Esta dos Unidos». Incluso
aparecen las palabras «holocausto atómico» « 1945 », el año en que se
lanzó la bomba atómica sobre Hiroshima la única vez que esas palabras
aparecen en la Biblia.
Gracias al desarrollo de los ordenadores de alta velocidad ha podido
descifrar el código que se halla en la Biblia hebrea. Lo nuevos
ordenadores han substituido la tediosa descodificación manual con
sofisticados programas de búsqueda. Tras haber comparado con otros
textos de grupos de control y diez millones de casos de prueba creados
por el ordenador, sólo se han hallad textos cifrados en la Biblia.
Vertical, horizontal y diagonalmente nombres de países, acontecimientos,
fechas, tiempos y personas se entrecruzan entre ellos, ofreciendo una
instantánea de los acontecimientos del pasado y de las posibilidades del
futuro. El mecanismo actual de este extraordinario pronosticador se
tratará en el capítulo VII, pero ahora quizá lo más importante para el
asunto de la profecía sea de qué modo este libro del tiempo
aparentemente milagroso se relaciona con nuestro futuro.
En vista de la precisión del Código de la Biblia para detallar nuestro
pasado, ¿qué exactitud puede tener esa misma matriz en predecir los
tiempos futuros? El doctor Rips en sus conversaciones con Drosnin,
sugiere que todo el Código de la Biblia tuvo que ser escrito de una sola
vez, en lugar de en series de escritos que se fueron haciendo con el
paso del tiempo. Esa afirmación sugiere que todas las posibilidades de
todos los futuros ya están marcadas.
«Lo
experimentamos como un holograma; se ve de un modo distinto cuando lo
observamos desde otro ángulo, pero, por supuesto, la imagen está
pregrabada.»31
La clave
que aplicar a este antiguo código del tiempo para los acontecimientos
futuros puede estar en contemplarlo con los ojos de un físico cuántico.
En la física moderna hay un principio que afirma que es imposible saber
el «cuándo» y el «dónde» de una misma cosa al mismo tiempo. Si mides
dónde está algo, pierdes información sobre la rapidez con la que se
mueve. Si mides la rapidez con la que se mueve, no puedes saber con
certeza dónde está. Esta clave para el mundo cuántico fue desarrollada
por el físico Werner Heisenberg, y se conoce como el principio de
incertidumbre (o indeterminación) de Heisenberg.32
La demostración de la impredecible conducta de la naturaleza en el mundo
cuántico puede que indique que nuestro sentido del tiempo sigue
precisamente este tipo de conducta. De ser así, las posibilidades que
aparecen en el Código de la Biblia pueden existir sencillamente como
tales, como posibilidades. Los acontecimientos, tanto pasados
como futuros, son el resultado final de una secuencia de condiciones que
puede que hayan empezado días, o incluso cientos de años, antes de que
el hecho real tenga lugar. Expuesto como una ecuación actual, si
elegimos un curso específico de acontecimientos, entonces podemos
esperar ver tal y tal resultado.
Si vemos la herramienta de predicción como una lente que nos muestra
mejor las posibilidades, esta aportará un nuevo entendimiento sobre el
papel de la profecía en nuestras vidas. El Código de la Biblia,
al coincidir sobre nuestro futuro con muchas profecías bíblicas, de los
amerindios y demás, nos pone sobre aviso respecto una serie de
escenarios apocalípticos. Con inicio en un futuro próximo, sucesos como
una tercera guerra mundial que se originará en Oriente Próximo,
terremotos catastróficos y la devastación de grandes centros de
población, se presentan como posibilidades. La amenaza de una colisión
directa con un cometa al final del siglo XX o principios del XXI,
parece, ser una de las, preocupaciones, más inmediatas.
En 1992 el astrónomo Viran Marceen del Harvard-Smithsonian
Centre for Astrophysics, anunció el regreso del cometa «Tortuga
Veloz» (Swift-Turtle), descubierto originalmente en 1858. El día exacto
del redescubrimiento del cometa estaba en el Código de la Biblia, junto
con su predicho retomo 134 años después. Las palabras concretas
«cometa», «Tortuga Veloz» y la fecha del retorno de dicho cometa en el
año 2126, están claramente cifradas en el texto.
Al
principio se pensó que estaba en vías de colisionar con la Tierra en el
momento de su retorno; sin embargo, la revisión de los cálculos parece
indicar que el cometa pasará a una distancia segura. No obstante, los
astrónomos advierten de una serie de «colisiones fallidas cercanas» que
nos conducirán hasta la época del regreso de la Tortuga Veloz en el
año 2126;
la primera de ellas tendrá lugar
en el año 2006. En el texto hebreo, cruzándose
con la fecha del año 2006, se encuentran las palabras:
«Su camino
colisionó con su morada», acompañadas de la frase en una línea adjunta,
«Año en que se predice para el mundo».
A
continuación de estas advertencias hay palabras similares que conducen
al año 2010. Las palabras «días de horror» cruzan esta fecha con
descripciones adicionales de «oscuridad», «tinieblas» y «cometa». Quizá
la secuencia más inquietante de las palabras respecto al futuro se
encuentre por encima del año 2012. Es aquí, justamente en el
mismo año en que finaliza el calendario maya, donde vemos las palabras
«Tierra aniquilada». Esta visión de una antigua posibilidad para nuestro
futuro ofrece un misterioso ejemplo de un elemento que se halló en todo
el Código de la Biblia. Drosnin afirma que en el lugar
donde está cifrada la fecha, un segundo pasaje describe un resultado muy
distinto.
Las
palabras simplemente dicen: «Será hecho añicos, apartado, lo haré
pedazos, 5772» (el año hebreo para el año 2012).33
Al igual
que otras profecías, por una parte el código parece estarnos diciendo
que el año 2012 termina con la vida en el planeta, al menos tal
como la conocemos, mientras que a un mismo tiempo, en otro lugar, la
amenaza contra la Tierra es destruida. ¿Cómo pueden darse los dos
resultados a un mismo tiempo? De vez en cuando surgen paradojas
similares en el Código de la Biblia, concretamente en lo que respecta a
los resultados de elecciones, acontecimientos políticos y guerras.
Además de recordarnos la oportunidad de dar forma a resultados
específicos para el futuro basados en nuestras elecciones del presente,
el Código de la Biblia nos recuerda algo aún más significativo.
Muy cerca de los resultados específicos, como asesinatos y las simientes
de una guerra mundial, hay dos palabras que se repiten una y otra vez.
Junto a muchos de los sucesos más graves, las palabras formulan una
sencilla pregunta: «¿Lo cambiaréis?». El Código de la Biblia, al
evocar las creencias de los antiguos esenios conservadas para nosotros,
también parece sugerir que desempeñamos un papel significativo en el
curso de los acontecimientos, incluso de aquellos que ya están en
movimiento en forma de posibilidades. ¡Según parece, nuestro papel es
tan importante que puede que hasta cambiemos el curso de los hechos! «¿Lo
cambiaréis?», parece ser una pregunta directa hecha a aquellos que
con seguridad leerían el mensaje del criptógrafo tres mil años después
de que fuera escrito.
Es como si
los escritores supieran que seria necesario disponer de tecnología
altamente sofisticada para comprender su código; como si nos recordaran
que ahora, cuando estamos descifrando el mensaje de los criptógrafos, es
cuando estamos preparados para participar en el despliegue del tiempo y
cambiar las posibilidades más oscuras del futuro. ¿Cómo puede ser que
hayan aparecido ahora estos y otros mensajes en un manuscrito que fue
cifrado hace más de tres milenios? El Código de la Biblia nos devuelve a
las mismas preguntas a que nos han conducido las otras profecías.
UNA NUEVA PROFECÍA
Entre los múltiples cálculos y
profecías de los indígenas respecto al momento actual en la historia, el
año 1998 parece marcar el comienzo de una ventana en el tiempo donde
podemos esperar ser testigos de algunos de los más grandes cambios que
tendrán lugar sobre la faz de la Tierra. Saber en qué lugar exactamente
dentro de esa ventana se sitúa nuestra vida es cuestionable, incluso
para los propios profetas. Edgar Cayce, por ejemplo, vio el año
1998 como el último año de un ciclo de cuatro décadas, en el que
podíamos esperar el inicio de «una transformación planetaria sin
precedentes».
Nostradamus, por otra parte, situó el año
1998 al principio de un ciclo de cataclismos que él preveía que duraría
unos trescientos años. Más allá de las discrepancias de las fechas
exactas, las profecías para nuestro tiempo revelan casi universalmente
un tema común:
anuncian
el nacimiento del nuevo milenio como una época en la que podemos esperar
ver grandes cambios sobre la Tierra y en nuestros cuerpos.
Junto a
las visiones sobre nuestro posible futuro, los antiguos videntes nos
recuerdan un gran misterio. Este es especialmente fascinante ante la
sofisticación de los calendarios y la precisión de los sistemas para
medir el tiempo. Por precisas que las tradiciones proféticas orales y
escritas puedan parecer, ninguna llega a describir con detalle cómo
terminará este gran ciclo del tiempo y cómo empezará el siguiente.
Además de resaltar posibilidades para el futuro, nuestros antepasados
reconocieron una potente fuerza que nos daría el poder de elegir qué
posibilidad queremos vivir. Muy olvidada en los últimos tiempos, esa
fuerza es el poder de la elección en masa expresada en la forma de
oración masiva.
En el lenguaje de su tiempo, los antiguos profetas sugirieron que
nosotros tendríamos la capacidad de evitar sus visiones de destrucción
para nuestro futuro, cambiando conscientemente el curso del tiempo en el
presente. Parece como si muchas de las tradiciones de nuestros
antepasados hubieran vislumbrado una relación entre las acciones de las
personas en este mundo y el resultado de las profecías que ellos habían
anunciado. Esa conexión entre nuestras rutinas cotidianas y el resultado
de la profecía ha sido un misterio hasta el siglo XXI. Es en esta época,
con la formulación de una nueva física, cuando las posibilidades del
tiempo, la profecía, los milagros y nuestro papel en el futuro de la
humanidad se han aclarado. Ahora sabemos que las predicciones ofrecen
sólo posibilidades aisladas. También
sabemos que elegimos nuestras posibilidades cada vez que respiramos.
El tiempo no
es lo que parece. No fluye sólo en una dirección, y el futuro existe
simultáneamente con el pasado
ALBERT
EINSTEN
4 - OLAS, RÍOS Y
CAMINOS
La física del tiempo y de la profecía
En el umbral de un nuevo milenio, han surgido dos líneas de pensamiento
respecto al significado de este peculiar momento en la historia. Están
los que creen que corremos peligro, que vivimos en un peligroso tiempo
de incertidumbre. Se han ocupado de preparar su supervivencia física
para los días en que creen que comenzará el «final de los tiempos». Para
estas personas, que utilizan las antiguas profecías, los problemas de la
sociedad y la potencial amenaza de los desastres del mundo como refuerzo
de sus creencias, cada nuevo conflicto global, nueva enfermedad o
fracaso de la economía mundial se convierte en una prueba más. Al mismo
tiempo, otras personas citan las mismas pruebas, pero ven el cambio de
una forma muy distinta.
Los que tienden por la segunda interpretación, ante las mismas
enfermedades, conflictos militares y azotes de la naturaleza, aun
haciendo referencia a las mismas profecías, sienten que se está
produciendo un extraño nacimiento, un elemento integral que está
originando cambios igualmente extraordinarios en la raza humana. En
último término esta visión sugiere que estamos entrando en una época de
felicidad, paz y cooperación sin precedentes entre los pueblos y
naciones del mundo. ¿Cómo pueden producir las interpretaciones de las
mismas pruebas semejantes puntos de vista tan variados y diversos? Pero
quizá la cuestión sea: ¿está nuestro futuro cerrado como producto de un
antiguo plan, o hay una ciencia que nos permite escoger qué futuro vamos
a experimentar?
EL TIEMPO Y LA
VOLUNTAD DE GRUPO
Me agaché rápidamente para
recoger mi riñonera y objetos personales de debajo del asiento. Podía
oler el inconfundible olor de las pastillas de freno calientes, mientras
el conductor detenía nuestro autocar turístico construido en Alemania.
Las dos últimas horas habíamos atravesado una carretera de montaña, que
en algunos sitios era poco más que un camino para un todo terreno.
Debido a
los desprendimientos de rocas, el viento que levantaba arena y el casi
inexistente mantenimiento de la carretera, esta en varias ocasiones se
estrechaba hasta convertirse en una fracción de un solo carril. Cada vez
el conductor nos había conducido magistralmente por los pasos difíciles,
a veces eligiendo dar rodeos que siempre nos devolvían a la seguridad de
la carretera principal. Descendíamos del pueblo de Santa Catalina a
1.310 metros sobre el nivel del desierto egipcio; sabía que el puesto de
control en la carretera que teníamos enfrente estaba cerca del nivel del
mar.
El motor, el aseo y atestados compartimientos de equipaje substituían a
las ventanas que normalmente están situadas en la parte posterior de un
autocar turístico. Me cambié a un asiento al: lado de una ventana, desde
la cual podía ver por los retrovisores. El camión militar que nos había
escoltado por las montañas todavía nos seguía, quizás a una distancia de
dos coches. Mirando por encima de la cabeza del conductor pude ver que
un vehículo de similares características al que nos escoltaba estaba
fuera de la carretera, cerca de un puesto de guardia hecho de hormigón.
El camión camuflado transportaba tropas, su parte posterior estaba
cubierta por una tela oscura de color arena, que se extendía sobre una
serie de aros de metal y se sujetaba a la base del vehículo:;` Recuerdo
haber pensado en las similitudes entre los camiones militares de los
desiertos de Egipto y los carromatos cubiertos del oeste estadounidense
que había visto en los museos cuando era pequeño.
La luz matinal que asomaba desde detrás de las montañas de pronto dio
vida a la realidad de estos camiones. Con los primeros rayos del sol del
desierto, pude ver los rostros de los soldados, jóvenes egipcios que nos
miraban con curiosidad desde sus bancos detrás de la lona. Con quizá
cinco hombres sentados a cada lado, la misión del camión era escoltarnos
a través del desierto del Sinaí hasta la enorme ciudad de El Cairo. Casi
con la misma rapidez con la que cambia el clima, la situación política
había variado inesperadamente durante el tiempo que habíamos estado en
las montañas. Ahora en nuestra ruta por tierra de regreso al hotel, se
había instaurado un sistema de puestos de control para nuestra seguridad
y para tenernos siempre localizados. Sabía que en cuestión de segundos
un guardia entraría en el autocar, aprobaría nuestros documentos de
viaje y reemprenderíamos la ruta.
Tras cruzar los primeros puestos de control, pronto nos encontramos en
la ruta de las brillantes playas del mar Rojo en dirección al canal de
Suez. Cerré los ojos e imaginé la misma escena hace tres mil años,
cuando los habitantes de Egipto viajaban por una ruta similar en
dirección a la montaña de donde ahora regresábamos. Salvo por el
transporte y las carreteras, ¿cuánto había cambiado realmente? Al calor
del sol del final de la mañana, me puse a hablar con los miembros de
nuestro grupo y a explicarles que esa tarde entraríamos en las antiguas
cámaras de la Gran Pirámide.
De pronto, levanté la mirada cuando nuestro autocar se detenía en un
transitado boulevard. Miré por la ventana para ver si encontraba alguna
señal que me orientara. A nuestra izquierda había una vista familiar,
que había contemplado muchas veces en las revistas, así como en persona.
Para confirmar nuestra localización, miré a la derecha. Nos detuvimos
delante de un monumento que es uno de los símbolos más poderosos para
todos los egipcios, quizá más significativo que las propias pirámides:
la tumba de su ex presidente Anwar al-Sadat.
Mientras me desplazaba hacia la parte frontal del vehículo, pude ver las
escoltas delante de nosotros. Los soldados habían saltado de debajo de
las lonas y estaban arremolinándose por delante del autocar con nuestro
conductor. Bajé a la calle desde el último escalón del autobús y observé
algo muy especial. La escolta, nuestro conductor y nuestro guía egipcio
Mohammed, tenían todos expresiones de asombro en sus rostros. Algunos
señalaban sus relojes. Otros hablaban nerviosamente entre ellos
intercalando su idioma egipcio.
-¿Qué
pasa? -le pregunté a nuestro guía-. ¿Por qué nos hemos detenido aquí en
vez de hacerlo en nuestro hotel, que todavía está a una hora de camino?
Mohammed me miró asombrado.
-Algo no va bien -contestó, con una rara intensidad para su habitual
tono distendido-. ¡No deberíamos haber llegado tan pronto!
-¿Qué dices? -le pregunté-. Aquí es precisamente donde debíamos estar,
de camino a nuestro hotel en Gizeh.
-No -dijo él-. Tú no lo entiendes. Es imposible que estemos aquí.
¡Todavía no ha pasado el suficiente tiempo desde que salimos de Santa
Catalina para que ya hayamos llegado a El Cairo! Tardamos al menos siete
horas en cruzar por debajo del Canal de Suez, atravesar el desierto y
llegar hasta las montañas. Al menos siete horas. Con las paradas en los
puestos de control, aún deberíamos haber llegado más tarde. Mira a los
guardias ¡No creen lo que ven sus ojos! Han pasado sólo cuatro horas. Es
un milagro que estemos aquí.
Al
observar a esos hombres delante de mí, una extraña sensación recorrió
todo mi cuerpo. Aunque había tenido experiencias similares solo, nunca
me había pasado en un grupo. Siguiendo las señales de limitación de
velocidad, más las paradas adicionales en los puestos, ¿cómo podíamos
haber reducido el tiempo de viaje casi a la mitad?
Aunque la distancia entre el monte Sinaí y El Cairo no había cambiado,
nuestra experiencia de recorrer la distancia sí. ¡Estaba registrado en
todos los relojes de los militares, guardias armados y pasajeros del
autocar! Era como si nuestros recuerdos del día, en nuestra mutua
presencia, se hubieran prensado de algún modo en una experiencia de una
fracción del tiempo que se suponía que íbamos a tardar. ¿Dónde estaba el
resto de nuestro tiempo? No fuimos conscientes del fenómeno mientras
ocurría. La cuestión es: ¿cómo sucedió y por qué?
Quizás aquí encontraremos la clave. En nuestra inocencia de anticipar
las experiencias dentro de las pirámides y de hablar de ellas como si ya
estuviéramos dentro de las antiguas cámaras, nuestra impresión de lo
largo que nos parecía el viaje se había transmutado en cómo nos
sentiríamos al estar allí dentro.
MILAGRO SIN
MEDICINAS
Las luces se atenuaban a medida que nos acercábamos a las sillas de la
parte posterior de la habitación. Al haber llegado más tarde de lo que
esperábamos, mi esposa y yo no encontramos muchas opciones para sentamos
juntos. Las sillas de acero inoxidable, generalmente orientadas hacia
una mesa que se hallaba al otro lado del salón de baile, parecían haber
sido ordenadas al azar por el personal del hotel. A los pocos momentos
de haber encontrado asiento, la clase comenzó con las formalidades y
presentaciones habituales.
Mientras estudiaba en una clínica a las afueras de Pekín, el instructor
había grabado en vídeo los efectos de un antiguo arte de sanación basado
en técnicas del movimiento, la respiración, el pensamiento y el
sentimiento. Empezó a preparamos para lo que íbamos a ver. El vídeo nos
mostraría un fenómeno de las tradiciones asiáticas que la ciencia
occidental no podía explicar. Las experiencias anómalas de esta clase
suelen clasificarse como milagros. Para las personas que habían acudido
a esta clínica como último recurso, elegir el amor, el movimiento
especializado y el desarrollo de la fuerza vital (chi) por encima de la
medicina y la cirugía era la respuesta a sus plegarias. Justo cuando la
luz de la habitación se apagaba, la televisión que estaba cerca del
instructor se encendió.
Mi esposa
y yo agarramos las patas de las sillas para moverlas rápidamente un poco
más hacia delante y ver mejor la pantalla. El vídeo que estábamos viendo
había sido grabado en la Clínica y Centro de Formación Huaxia Zhineng
Qigong, el «hospital sin medicinas» de la ciudad china de Qinhuangdao.
La cinta empezaba mostrando a una paciente estirada en una camilla de un
centro sanitario. Parecía estar totalmente despierta y consciente, no
estaba anestesiada ni había señales de que se usara ningún tipo de
anestesia.
La mujer
llevaba poca ropa y su camisa había sido modestamente retirada hacia
arriba para dejar al descubierto su abdomen inferior. A la luz del vídeo
y de la sala de hospital, su estómago brillaba con un gel preparatorio
que parecía mojado y resplandecía. Sentada al lado de la paciente había
una enfermera que movía un transductor de ultrasonidos a través de la
tensa y suave superficie del vientre de la mujer.
Justo detrás de la paciente había tres médicos. Iban vestidos de blanco
y estaban sólo a unos centímetros de ella. Los hombres parecían estar
muy concentrados, mientras permanecían de pie cerca de la parte superior
de su cuerpo. Uno de los hombres inició un movimiento con sus manos, las
movía silenciosamente por e aire encima de la cara y el pecho de la
mujer.
Luego, el vídeo transmitió la imagen ecográfica, que nos mostró la
vejiga de la paciente durante el proceso. Las paredes y la curvatura se
veían con claridad.' En esta imagen empezó a aparecer algo más, algo que
se suponía que no debía estar allí.
-Están
viendo un cáncer de vejiga -nos explicó el instructor-, un tumor de
aproximadamente 7,5 centímetros de diámetro.
Estábamos
viendo el tumor tal como era en ese momento según lo captaba la
ecografía. La cámara se acercó a la pantalla, mientras éramos testigos
de un acontecimiento para lo que no había explicación en la ciencia
occidental. Todo el mundo se quedó en silencio al prever lo que iba a
suceder. Incluso las viejas sillas plegables dejaron de chirriar
mientras el grupo observaba asombrado el desarrollo del milagro ante sus
propios ojos.
Mientras el asistente sanitario continuaba monitorizando el
acontecimiento mediante los ultrasonidos, los tres hombres que estaban
de pie detrás de la paciente estaban trabajando juntos. Participaban al
unísono en un modo de sanación que se conoce desde hace siglos. El único
sonido que irrumpía en el proceso procedía de los propios hombres.
Repetían una palabra una y otra vez, una palabra que aumentaba en sonido
e intensidad a medida que avanzaba la sanación. Traducido libremente al
inglés estaban diciendo «ya se ha ido», «ya se ha conseguido».
El cambio
empezó lentamente, casi de modo imperceptible. La forma cancerosa empezó
a temblar, como si estuviera respondiendo a alguna fuerza invisible.
Mientras continuaba el movimiento con el resto de la imagen
perfectamente enfocada, toda la masa empezó a desaparecer. En cuestión
de segundos, el tumor se disolvió ante nuestros ojos. En sólo dos
minutos y cuarenta segundos el tumor había desaparecido. ¡Sencillamente
había desaparecido! Se había producido una sanación, tan completa que la
ecografía ni siquiera indicaba una cicatriz en el tejido que el tumor
había invadido.
A medida
que la cámara se apartaba de la pantalla del ordenador, la paciente,
todavía despierta y consciente, parecía sentirse aliviada por lo que oía
en la habitación. La enfermera y los tres hombres consultaron entre
ellos y luego asintieron con la cabeza; su curación había tenido éxito.
Se saludaron educadamente inclinándose desde la cintura y aplaudieron
suavemente, en señal de reconocimiento de su logro.
Al principio reinaba el silencio en la sala. Luego se escucharon
suspiros que dieron paso a sonidos de admiración y felicitaciones por lo
que habíamos presenciado. ¿Qué había sucedido? ¿Por qué la ciencia no
tiene ningún mecanismo que explique este hecho?
Las dos historias anteriores son importantes por dos razones. En Primer
lugar, cada una ilustra una experiencia compartida en presencia de un
grupo, en lugar de ser una experiencia única de un solo individuo. Fuera
lo que fuera lo que sucedió con nuestra percepción del tiempo ese día en
el desierto del Sinaí en Egipto, le sucedió a muchas personas de muy
distintas procedencias, creencias y religiones. En el grupo de personas
que realizamos el viaje a través de la península del Sinaí había
guardias musulmanes y cristianos, así corno viajeros musulmanes,
budistas, judíos y cristianos. Todos teníamos nuestras propias creencias
respecto a nuestra relación con este mundo y nuestras razones para estar
en el desierto esa mañana.
Asimismo, la desaparición del cáncer fue presenciada por cuatro personas
sin contar a la paciente. Además, fue grabada por un cámara, lo que ya
suman cinco testigos. Eso también era una experiencia de grupo.
Para nuestro grupo del autocar, la llegada con antelación a El Cairo,
tras haber estado encerrados en la Gran Pirámide durante cuatro horas
con un acceso privado, fue el tema del día. Para muchos amigos de
nuestro círculo, eso era la culminación de un sueño que había comenzado
en la infancia y se había hecho realidad gracias a trabajar mucho y a
pasar meses planificándolo. La clave de
esta historia y la sanación de la mujer con cáncer es que el grupo
estaba concentrado en sentir el resultado más que en sentir
cuánto tiempo tardarían en conseguirlo. Esta es una distinción sutil y
poderosa a la vez, que será todavía más significativa en discusiones
posteriores.
La segunda razón por la que he compartido estas historias es que, en
cada caso, los acontecimientos no tienen explicación para la ciencia
occidental actual. ¿Cómo explicamos un hecho que hemos experimentado
personalmente, como la compresión del tiempo y una sanación física
instantánea, sin un sistema de creencias que nos permita concebir
semejante cosa? Quizá la forma de responder a estas preguntas sea
indagar en la naturaleza del tiempo - a través de los ojos de nuestros
antepasados, así como con la visión de la ciencia moderna.
EL MISTERIO DEL
TIEMPO
Desde que la humanidad empezó a registrar los relatos de su experiencia
en este mundo, el tiempo se ha presentado como un concepto que nos
intriga. Nuestro único método para explorar la misteriosa cualidad que
experimentamos como tiempo ha sido especular sobre su naturaleza. Al no
poder atrapar, fotografiar o registrar el tiempo, nos quedamos con las
mediciones relativas de los acontecimientos que ocurren dentro del
mismo.
Estas
mediciones son descritas con frecuencia como «ahora» y «entonces», o
como «antes» y «después» del acontecimiento. Las tradiciones indígenas a
veces ven el tiempo como un río que fluye en una sola dirección, con las
experiencias de la raza humana inextricablemente vinculadas de algún
modo a la vida de ese fluir. Otras tradiciones consideran el tiempo como
una senda, que trasciende las membranas del espacio y que se puede
recorrer en dos direcciones. Esta perspectiva sugiere que el tiempo se
origina en alguna parte y termina en otra, y nos deja que viajemos y
experimentemos los puntos que hay entre medio.
Independientemente de cómo percibamos el espacio que hay entre
«entonces» y «ahora», el tiempo se ha convertido en el factor dominante
en nuestra forma de ver nuestras vidas. Nuestros días consisten en
prepararnos para el futuro, mientras planificamos lo que vamos a hacer
al momento, al día siguiente o el próximo año. Desde los hechos
aparentemente insignificantes, como dónde comeremos dentro de veinte
minutos, hasta los acontecimientos históricos, como el encuentro de dos
naves de distintas naciones en el espacio, el tiempo es un hilo común
que nos une mediante la sincronización de las experiencias en nuestro
mundo.
A la luz de las profecías en lo que respecta a nuestras posibilidades
para el futuro, nuestra comprensión del tiempo puede tener más
importancia ahora que en ningún otro momento de la historia de la
humanidad. Hay una antigua escuela de pensamiento, una creencia que ha
perdurado durante al menos cinco mil años, que sugiere que el tiempo y
los acontecimientos del futuro no sólo están inextricablemente
relacionados, sino que también son coherentes y se pueden conocer.
Además,
esta línea de pensamiento sugiere que los acontecimientos catastróficos
de las profecías, los que tienen el potencial de amenazar la existencia
de nuestra especie, pueden ser conocidos y evita dos, o al menos,
podemos prepararnos para ellos. Un renovado equipo de investigación,
dirigido por destacados físicos y matemáticos de nuestros días, ahora da
credibilidad a esta línea de pensamiento. Una cosa parece ser cierta:
para comprender la profecía como acontecimientos que suceden en el
tiempo, primero hemos de comprender la naturaleza del tiempo.
CIENCIA CONFLICTIVA
Sorprendentemente, gran parte de
la misma ciencia que se ríe de los milagros y de las profecías todavía
ha de llegar a un consenso sobre la naturaleza básica del mundo. Aunque
nuestra tecnología haya colocado sensores automáticos en la superficie
de otros mundos y haya extendido nuestros sentidos hasta los confines de
este universo conocido, todavía no está segura acerca de quién estaba
antes que nosotros, ni siquiera respecto a la edad de la propia Tierra.
Durante casi cien años, por ejemplo, la física ha estado intentando
definir las fuerzas causantes de nuestro mundo actual, las mismas
fuerzas que cambiaron el aspecto del tumor de la mujer y comprimieron
nuestro sentido del tiempo en Egipto. Se cree que, una vez descubierto,
el mecanismo responsable de los acontecimientos de nuestras vidas
cotidianas nos describirá el funcionamiento del cosmos. Las teorías de
la física clásica y la física cuántica, divididas en dos líneas de
pensamiento, forman el escenario para estas dos posibilidades.
La física clásica es el conjunto de leyes que se utilizaron para
explicar nuestro mundo hasta aproximadamente la década de 1920. Las
leyes del movimiento de Isaac Newton, las teorías de la electricidad y
el magnetismo de Maxwell y la teoría de la relatividad de Einstein, por
ejemplo, fueron útiles para explicarnos los acontecimientos cotidianos
hasta esa época. No obstante, las tecnologías que se están
desarrollando, han permitido a los científico ver más allá de los hechos
cotidianos, y han visto expresiones de la naturaleza que no podían ser
explicadas por la física clásica. Desde el mundo de las partículas
subatómicas y las galaxias distantes, empezó a emerger una física
rectificada para explicar los nuevos fenómenos observados. Al proponer
teorías de ciencia ficción de viajar por el tiempo y de universos
paralelos, las matemáticas de dichas posibilidades se convirtieron en
la ciencia de la física cuántica.
En algunos casos, las dos escuelas de pensamiento no estaban de acuerdo.
Una de las claves de la controversia fue si lo que experimentamos en el
mundo era producido por una secuencia predeterminada de acontecimientos
que podían ser conocidos, o si en el proceso de la vida había un grado
inherente de casualidad. En otras palabras, si pudiéramos identificar
todos los acontecimientos que conducen a un momento dado, ¿tendríamos la
información necesaria para predecir el resultado de un momento, o habría
otro agente de cambio que no se podría explicar en dicho conocimiento?
Formulada en tiempo presente, ¿puede un acontecimiento, que ya se ha
puesto en movimiento, cambiar sin una razón física evidente, sin una
fuerza que aparentemente actúe sobre él mismo?
La idea de que un resultado específico ocurre debido a acontecimientos
anteriores se denomina determinismo. El determinismo, atribuido al
filósofo alemán Gottfried Leibniz, afirma que todo lo que
presenciamos o experimentamos en nuestro mundo, independientemente de su
aspecto fortuito, sucede debido a los acontecimientos que lo han
precedido. La teoría está mejor descrita con las palabras del propio
Leibniz:
«Nada
tiene lugar sin una razón suficiente; es decir, si alguien tiene
suficiente conocimiento, siempre puede explicar por qué las cosas pasan
de ese modo ».1
Últimamente, el determinismo ha sido mejor aclarado por cualificados
científicos como Jacques Monod, premio Nobel de Biología en 1965.
Monod describe su punto de vista declarando que «cualquier cosa puede
ser reducida a simples y obvias interacciones Mecánicas».' Desde esta
perspectiva del determinismo, la aparente curación del tumor cancerígeno
tuvo lugar debido a hechos que condujeron a ese momento de sanación. Si
conociéramos cada uno de esos hechos, el concepto que tenemos de los
milagros desaparecería y veríamos la sanación como un resultado lógico
de una secuencia de acontecimientos.
En el mundo de la mecánica cuántica, sin embargo, un evento como la
compresión del tiempo o la sanación de un tumor ofrece una perspectiva
muy diferente. El agente adicional ha sido identificado como «libre
albedrío».
UNA NUEVA FÍSICA
La clave de la física
cuántica puede hallarse en el propio nombre de la ciencia. Cuanto se
define como «una cantidad discreta de radiación electromagnética». Los
físicos hablan ahora de la creación como algo no sólido y discontinuo.
La ciencia de la física cuántica ha demostrado que nuestro mundo en
realidad se produce en brevísimos y rápidos estallidos de luz. Lo que
creemos ver como el balanceo del bateador en el «home plate», por
ejemplo, en términos cuánticos es una serie de acontecimientos
individuales que tienen lugar muy deprisa y con muy poca distancia entre
ellos. Al igual que las múltiples imágenes que forman una película,
estos acontecimientos son en realidad minúsculos impulsos de luz
denominados cuantos.
Los
cuantos de nuestro mundo suceden con tanta rapidez que aunque
nuestros ojos sean capaces de percibirlos, nuestra mente no diferencia
los pequeños estallidos de luz. En su lugar, las pulsaciones son vistas
en conjunto como un acontecimiento continuado; en el ejemplo que hemos
dado, el balanceo del bateador. La física cuántica es el estudio de
estas diminutas unidades de ondas radiantes, fuerzas no físicas cuyo
movimiento crea nuestro mundo físico.
En los últimos años, los científicos han recurrido a sus observaciones
del mundo cuántico del átomo para explicar los misterios que se han
presenciado en los confines del cosmos. Se cree que si un acontecimiento
es observado a pequeña escala, quizá se pueda aplicar el mismo mecanismo
para comprender los acontecimientos a gran escala. La física cuántica
nos permite ahora «milagros» como la desaparición de un tumor y nuestra
experiencia del tiempo perdido, posibilidades que antes se consideraban
imposibles.
Por
ejemplo, ¿nuestros vehículos y nuestro grupo sencillamente cambiaron su
percepción del tiempo, o sucedió algo todavía más sorprendente? ¿Es
posible que esa mañana en el desierto del Sinaí participáramos en un
hecho que desafió los límites de nuestra imaginación, la posibilidad de
experimentar múltiples realidades y de saltar de un resultado a otro sin
tan siquiera ser conscientes de ello?
Si, en realidad, el tiempo transcurre como si fuéramos por una ruta de
dos direcciones, ¿es posible que la ruta tenga múltiples carriles?
¿Podrían los acontecimientos empezar en un carril del tiempo y llegar a
un punto en otro carril con un resultado distinto? ¿Podemos iniciar una
línea de acontecimientos y «saltar» a mitad de camino para obtener un
nuevo resultado? Si es así, esto implica la posibilidad de que existan
múltiples resultados para un mismo hecho que ya ha comenzado. Las 80
implicaciones de este tipo de pensamiento dan un nuevo sentido de
esperanza a las predicciones de destrucción y sufrimiento global y, al
mismo tiempo, nos invitan a considerar las elecciones que hacemos en
nuestra vida cotidiana como vínculos directos con experiencias futuras.
La existencia de muchos resultados para un mismo acontecimiento fue
predicho en la física cuántica hace casi ochenta años. Actualmente,
científicos como Fred Alan Wolf y Richard Feynman han dado
un nuevo sentido a estas posibilidades esotéricas vinculando las
posibilidades cuánticas a la vida cotidiana. De todas las incertidumbres
de un universo con muchas posibilidades, están claros dos componentes.
Primero,
el hecho que se puedan considerar múltiples resultados implica que cada
posibilidad ya ha sido creada y está presente en nuestro mundo. Quizás
en algún lugar de la creación, en una forma que todavía hemos de
reconocer, hay una mezcla embrionaria de lo físico y lo no físico, cada
resultado espera ser llamado al centro de nuestra conciencia.
Segundo,
mientras un resultado cede su lugar a otro, durante un breve momento los
dos ocupan el mismo espacio al mismo tiempo. Mientras un acontecimiento
llega a la atención de nuestros sentidos, este ha de ser capaz de
superponerse a un segundo acontecimiento, aunque sólo sea durante la
fracción de segundo en que se cruzan los dos.
La física cuántica propone un nombre para la realidad que tiene lugar
durante el tiempo en que dos átomos ocupan el mismo punta; en el mismo
espacio, en el mismo momento. Esta consecuencia la denomina condensado
de Bose-Einstein, en honor a los autores de las ecuaciones que predicen
este caso. Estos condensados ahora se han podido observar y documentar
en el entorno de laboratorio. Jeffrey Satinover relata que las
condiciones Bose-Einstein se han dado en «condensados» de hasta 16
millones de átomos de berilio fusionados producidos en laboratorio a
finales de los noventa.
Además,
Satinover cuenta que el material creado a raíz de los experimentos es
«lo bastante grande como para ser visto con los ojos y ha sido
fotografiado». Sólo con estos estudios, aunque los sucesos que
experimentamos en el desierto egipcio y la sanación que presenciamos en
el vídeo parezcan contrarios a las leyes de la naturaleza, entran ya
dentro de la conducta prevista de las leyes de la naturaleza que
sugiere, la física cuántica.
Quizás el hecho de considerar múltiples oportunidades nos revele uno de
los grandes misterios de las ciencias de la creación ¿por qué gran parte
de nuestro universo parece no «existir»? Con los grandes ordenadores que
siguen las huellas de los pasos de l creación hasta el Big Bang en el
principio del tiempo, se desarrolla rápidamente un misterioso fenómeno.
Poco después del instante en que los científicos creen que empezó
nuestro universo, aproximadamente el 90 por ciento del mismo
«desaparece», quedando! sólo un 10 por ciento que se puede explicar
dentro de los modelos.
Al mismo
tiempo. los investigadores de las ciencias de la vida nos piden que
consideremos un segundo misterio. Los estudios, sobre el cerebro humano
sugieren que los seres humanos utilizamos sólo una fracción del cerebro,
aproximadamente un 10 por ciento. El funcionamiento del 90 por ciento
restante queda por explicar y se cree que está en estado latente.
Por supuesto, hay teorías como los «circuitos biológicos redundantes
múltiples» y un todavía no realizado estado de evolución en que
utilizaremos más el cerebro.
Sin
embargo, todavía quedan por explicar los cálculos numéricos. Sólo
utilizamos el 10 por ciento de nuestro cerebro, y sólo se puede dar una
explicación del 10 por ciento de la masa del universo. ¿Dónde está el 90
por ciento restante de la creación y cuál es el propósito de ese 90 por
ciento «inutilizado» de nuestro cerebro? ¿Es una coincidencia que
estos porcentajes estén tan correlacionados? ¿Qué nos están
mostrando u ocultando los modelos informáticos y los biólogos?
Ni el modelo ni los científicos de la vida en el pasado tienen en cuenta
una de las dinámicas de la creación más fundamentales y posiblemente la
menos comprendida, el componente de la dimensionalidad. En nuestra
siempre cambiante visión de la creación, muchos científicos ahora creen
que todo lo que conocemos como nuestro mundo, en esencia está formado
por la misma sustancia, de diminutas partículas de luz (cuantos) que
vibran a diferentes velocidades. Algunas formas de luz vibran tan
despacio que aparecen en la forma de minerales y rocas. Otras vibran más
deprisa y se manifiestan como plantas, animales y personas, mientras que
otras mucho más rápidas son las que crean nuestras ondas de televisión y
de radio.
Pero, en
último término, todas ellas pueden reducirse a una cualidad de luz
vibratoria. Las observaciones de los físicos y de los científicos no
tienen en cuenta los parámetros de la dimensionalidad, hechos que tienen
lugar a un índice de velocidad vibratoria tan elevado que parecen estar
más allá de nuestro alcance de percepción física. Las nuevas
investigaciones sugieren que nuestro mundo no termina con las
vibraciones observadas en los gráficos convencionales de ondas cósmicas,
que vibran por encima de los 1022 ciclos por segundo.
Los
cosmólogos ahora intuyen que poco después del momento de la creación, el
universo se estaba expandiendo con tal rapidez que su vibración ya no se
podía expresar dentro de las leyes de la experiencia tridimensional.
Según esta teoría, ¡el 90 por ciento del universo estaría vibrando
literalmente en estados más elevados de expresión ! Este 90 por ciento
puede representar el lugar donde se encuentran los universos paralelos
de la teoría cuántica.
DENTRO Y FUERA DEL
TIEMPO: PUNTOS DE ELECCIÓN
Con frecuencia, cuando se hace
referencia a las posibilidades paralelas se mencionan las teorías de
Hugh Everett III, un físico pionero de la Universidad de Princeton.
Everett desarrolló las ideas de universos paralelos como respuesta a los
enigmas de las realidades cuánticas. En un ensayo escrito en 1957, que
llevaba por título «Relative State Formulation of Quantum Mechanics» [El
estado relativo de la formulación sobre la mecánica cuántica], Everett
llegó hasta dar un nombre a los momentos del tiempo en que se podía
cambiar el curso de un acontecimiento. Llamó a estas ventanas de
oportunidades «puntos de elección».'
Un punto
de elección se produce cuando aparecen condiciones que crean un camino
entre el actual curso de los acontecimientos y un nuevo curso que
conduce a nuevos resultados. El punto de elección es como un puente que
hace posible que comience un camino y que cambie d curso para
experimentar un resultado nuevo.
Desde esta perspectiva, en el momento
en que los tres médicos la paciente eligieron la visión de que el tumor
ya no existía, se estaba trasladando a un punto de elección que daría un
nuevo resultado. Al cambiar su sistema de creencias, trascendieron
cualquier intento de «sanar» la expresión física de un hecho que ya
había ocurrido. Lo que hicieron fue enfocar los orígenes no físicos del
tumor y adoptaron un pensamiento, sentimiento y emoción
desde un lugar donde nunca había existido. Sus acciones se convirtieron
en el atrayente de un punto de elección, permitiendo de ese modo el
salto cuántico desde un curso de acontecimientos que ya estaba en camino
a otro nuevo con un resultado diferente. Las herramientas que hacen
posible semejante cambio se encuentran en sus creencias: los
pensamientos, sentimientos y emociones de que la nueva realidad ya
estaba en su lugar.
Contrariamente a lo que se piensa de
que semejante cambio ha de ocurrir lentamente, en largos períodos de
tiempo, la nueva posibilidad ocupó su lugar y la anterior fue eliminada
¡en tan sólo dos minutos y cuarenta segundos!
Los puntos de elección pueden suceder con más frecuencia de la que
pensamos. En nuestra definición de los cuantos como pequeñas pulsaciones
de luz que crean nuestra realidad, abrimos la puerta a una
extraordinaria posibilidad: ¡una nueva definición del tiempo!
Al igual
que ahora los físicos creen que la materia está hecha de múltiples y
breves explosiones, en lugar de ser un campo continuo, nuestros
antepasados también creían que se producía de un modo similar. En cada
estallido experimentamos los eventos que tienen lugar en el mundo.
Cuantas más explosiones de luz entrelacemos, más larga será la duración
de nuestra experiencia. A la inversa, cuantas menos explosiones, más
breve será la experiencia en general.
Para que exista un final en una pulsación de luz antes de que comience
la siguiente, debe haber un espacio entre ambas. Podemos entender
nuestra experiencia sobre la Tierra como una pequeña metáfora para la
experiencia a gran escala del cosmos (como arriba, así abajo), del mismo
modo que los esenios hicieron una comparación similar entre la
respiración humana y la respiración del cosmos. En el Evangelio
esenio de la paz, por ejemplo, se nos recuerda que «en la pausa
entre la inspiración y la espiración se ocultan todos los misterios
...».6
En la
filosofía esenia, los espacios entre las explosiones cuánticas se pueden
ver como pequeñas expresiones de la quietud entre cada respiración. Es
en los espacios intermedios, en el silencio entre las pulsaciones de la
creación, donde tenemos la oportunidad de «saltar» de una posibilidad a
la siguiente. Este es el espacio donde ocurren los milagros.
CUANDO EL TIEMPO SE
RALENTIZA
En 1977, el invierno parecía haber llegado de repente en Missouri. Había
sido aceptado en una universidad al norte de Colorado para finalizar mis
estudios sobre ciencias de la Tierra, pero no estaba, preparado para los
interminables recados y trámites burocráticos que ocupaban todos mis
días antes de mi marcha. Quizás esta sea la razón por la que hay una
cosa que recuerdo muy bien, que destacó entre todas las demás en esos
ajetreados días de preparativos.
La semana antes de que comenzaran las clases, fui testigo de tres
accidentes de tráfico separados en las carreteras y autopistas, cercanas
a nuestra casa. Aunque nunca estuve directamente implicado en ninguno de
ellos, yo fui el primero en llegar en los tres casos. En cada ocasión,
pude ver lo que iba a suceder y me sentí' impotente para hacer algo al
respecto.
En el tercer incidente, yo estaba parado en un semáforo justa' delante
de un cruce. De pronto, a mi izquierda, vi un coche azul: pequeño que
aceleraba, mientras el resto de los vehículos frenaban para respetar la
señal. Miré al semáforo y enseguida supe lo que ibas a suceder.
La mujer
que conducía estaba intentando escurrirse con el semáforo en ámbar. De
pronto, el semáforo cambió y vi algo que no había visto antes. Al otro
lado del cruce había un vehículo en el mismo carril, pero en sentido
contrario. Cuando el semáforo estaba cambiando a rojo, al coche que
estaba esperando en el cruce se le puso verde y empezó a girar, justo
cuando el coche azul aceleraba: para aprovechar el ámbar. La escena se
había desarrollado en un instante.
Aunque todo sucedió en cuestión de segundos, mi experiencia del momento
fue mucho más larga. Una extraña mezcla de impotencia y fascinación me
invadió mientras velaba por la seguridad de mi propio vehículo. Vi a
cámara lenta cómo chocaban los dos, coches y se encastraban. La mujer
que conducía el coche azul llevaba a un niño en el asiento de atrás,
según parece sin sillita ni cinturón de seguridad. Mi fascinación se
transformó en horror cuando vi al pequeño, vestido con una chaqueta de
plumón y la cabeza cubierta con un gorro de punto, salir disparado por
el aire y salta sin poder hacer nada hacia los asientos delanteros.
A cámara
lenta el niño se golpeó con el parabrisas, luego se deslizó hacia abajo
por el cristal hasta el salpicadero, para caer sobre una pila de ropa
que había en el asiento. Durante esos breves segundos, sentí que el
mundo se ralentizaba como si fuera a paso de tortuga. Al igual que
cuando estás viendo un vídeo, y vas congelando cada imagen, la escena
era muy vívida, lúcida y real.
Muchas personas han relatado experiencias similares, bajo una serie de
distintas circunstancias. Comparto esta por una razón. Durante la semana
de los tres accidentes, que culminó con el que acabo de describir,
observé un tema común en cada una de las experiencias. Estaba claro que
yo determiné cómo vi cada acontecimiento por el modo en que sentía lo
que estaba viendo. Por ejemplo, el día del tercer accidente, mis
emociones de horror se unieron a mis pensamientos de fascinación
respecto a lo que estaba ocurriendo y lentifiqué mi visión del suceso a
paso de caracol.
Era como
si alguien me hubiera mostrado toda la escena grabada en una baraja de
cartas, con cada imagen un poco diferente de la anterior. En tales
casos, cuanto más rápido se pasan las cartas, más rápida es la acción.
El accidente me recordó precisamente esta metáfora, y los poderes que
movían esa baraja lo hacían muy despacio. En ese efecto de tortuga,
presencié el accidente y recuerdo detalles específicos que, con toda
probabilidad, de otro modo se me habrían pasado por alto.
Ese día,
mi experiencia de la ciencia cuántica trascendió la teoría y los
«¿qué pasaría si?», para convertirse en la realidad de una experiencia
muy tangible de ver los acontecimientos, así como los espacios
intermedios.
EL EFECTO MARIPOSA
Por extrañas que puedan parecer
las ideas de la teoría cuántica, explican las observaciones de los
experimentos subatómicos con tal éxito que en ochenta años no se ha
hallado otra mejor. Estos son los experimentos que preparan el camino
para nuevas reflexiones sobre nuestro papel en la historia y el destino
de la raza humana. En los artículos divulgativos podemos ver que es
evidente que los investigadores han estudiado seriamente la posibilidad
de observar el tiempo e influir en los resultados. ¿Qué podemos hacer
con esa información? ¿Cómo afecta a nuestras vidas, día a día, un
conocimiento de tal magnitud?
Para conseguir que esta información tan abstracta desempeñe un papel
importante en nuestras vidas, como mínimo hemos de poseer un
entendimiento conceptual de cómo trabajan los principios. Al aplicar
nuestra nueva física al antiguo don de la profecía, contamos ahora con
un vocabulario más amplio para describir las visiones de los antiguos
videntes y el papel de sus visiones en nuestras vidas. Sin la ventaja de
ese lenguaje y de esos modelos conceptuales, los antiguos profetas con
frecuencia se quedaban, sólo con una vaga idea sobre el futuro, tan
lejano a su tiempo que ni siquiera tenían las palabras para describir lo
que habían visto.
Quizá nuestro concepto del tiempo como una ruta por la que se circula en
dos direcciones podría servirnos para aplicar las ideas sobre las
profecías previamente sugeridas. Un profeta que se hallara en medio de
dicha ruta podría aplicar su don de profetizar proyectando sus sentidos
hacia delante o en dirección contraria. En lugar de mirar al horizonte
para ver hasta dónde puede llegar su visión del tiempo, las percepciones
del profeta en realidad se desplazan por la ruta hasta adentrarse en
otra experiencia del espacio E del tiempo.
Aunque el
cuerpo de Nostradamus parezca estar en el presente, por ejemplo,
sentado en una silla delante del hogar de sur, estudio en 1532, de hecho
la conciencia del profeta ha navegada por la vía del tiempo hasta la
realidad de un futuro distante. La clave para comprender la profecía es
que el futuro que se observa es el resultado lógico de las
circunstancias en el momento de las profecías. Si algo hubiera de
cambiar entre el momento del presente y el tiempo del futuro, entonces
los resultados de las profecías, habrán de reflejar ese cambio.
La física cuántica ha dado pie a un maravilloso vocabulario nuevo para
poder describir justamente esas experiencias. Descripciones, que en un
principio, pueden parecer que muy poco tienen que ver con la ciencia de
la que se está hablando, poseen una forma muy elocuente de hacer
comprensibles ideas complejas. El «efecto mariposa» es una de
esas descripciones. El efecto mariposa, utilizado normalmente para
describir la relación entre el momento del cambio y el posible resultado
que se producirá a raíz de ese cambio en un tiempo posterior, se conoce
formalmente como dependencia sensitiva en las condiciones iniciales. En
resumen, este efecto confirma que pequeños cambios en las condiciones
iniciales pueden conducir a grandes cambios en un resultado posterior.
Al igual
que las ideas complejas eran descritas mediante historias sencillas en
el pasado, en la actualidad utilizamos una parábola para ilustrar el
efecto mariposa. La frase sugiere:
«Si una
mariposa agita sus alas hoy sobre Tokio, un mes más tarde puede provocar
un huracán en Brasil».'
El poder
del efecto mariposa nos recuerda lo importantes que pueden llegar a ser
los pensamientos y las acciones del momento, y se puede ilustrar
gráficamente como un error localizado con consecuencias globales. ¿Es
posible que un error aparentemente insignificante, como una mala
maniobra del conductor de un dignatario extranjero, pueda provocar una
guerra global?
Precisamente la historia fue testigo de dicho efecto en el primer cuarto
del siglo XX. Era el año 1914 y el dignatario era el archiduque
Francisco Fernando de Austria. Un documental sobre los desencadenantes
de la Primera Guerra Mundial señalaba:
«Una
equivocación del conductor del archiduque llevó al heredero al trono de
Austria a encontrarse de frente con [su asesino] Gavrilo Princip».
¿Qué
habría pasado si el conductor hubiera girado por otra calle o si ni
siquiera hubiera conducido ese día? Aunque el asesinato del archiduque
bien hubiera podido acontecer en otro punto de la línea del tiempo,
probablemente no habría sucedido ese día y de ese modo. Quizá la misma
equivocación cometida más tarde se habría producido en un mundo cuyo
clima político hubiera permitido que todo quedara en un error.
Estas visiones nos pueden servir de recordatorio para no subestimar el
poder del efecto mariposa por la delicadeza de su homónima. Al ver las
profecías de hace miles -de años sobre nuestro futuro, el efecto
mariposa puede explicar por qué algunas de ellas parecen haberse
cumplido fielmente, mientras que otras parecen haber fallado por
completo. Si tenemos en cuenta que cualquier cambio dentro de la
generación en la que se ha hecho la profecía puede afectar al resultado
de la misma, es sorprendente que las visiones sobre nuestro tiempo
vistas hace miles de años guarden alguna semejanza con la visión
original del profeta.
Si
seguimos con nuestra analogía de la ruta, lo que los antiguos profetas
puede que supieran, o quizá no, es que en una senda paralela al lado de
la ruta del tiempo por la que circulaban, había otra que se movía al
mismo tiempo y en la misma dirección. Cerca de esa ruta hay otra, y al
lado otra. Cada una de ellas es invisible para las demás. Cada ruta está
ocupada por una superposición, copias sutiles de los mismos lugares,
acontecimientos y personas en las mismas ciudades, países y continentes.
La diferencia entre las rutas es que la experiencia en cada una de ellas
cambia ligeramente en relación a su vecina. Cuanto más se alejan las
rutas de aquella donde se yergue el profeta, mayores son los cambios. En
las que están más cerca, las diferencias pueden ser mínimas y apenas se
distinguirán una de otra. Aquí lo importante es que, aunque sutil existe
una diferencia.
Si nos remitimos a los profetas de los manuscritos del mar Muerto
y del Código de la Biblia, recordaremos que para cambiar el
resultado de cualquier profecía para el futuro, hemos de cambiar
nuestras vidas en el presente. La física cuántica insinúa que la
oportunidad de volver a definir los resultados puede que sólo llegue en
intervalos específicos donde las rutas del tiempo se desvíen de sus
destinos y se acerquen entre ellas. A veces las rutas van tan paralelas
que se tocan. Estos puntos de contacto son los puntos de elección de los
que hemos hablado antes.
En vista de las antiguas y las modernas profecías, este concepto de
saltar de una ruta a otra en un punto clave de elección se convierte en
una solución para el misterio de los milagros, de la sanación y de la
compresión del tiempo. Además, esta antigua ciencia ahora bien fundada
en la física moderna, ofrece una nueva esperanza ante la presencia de
predicciones catastróficas para nuestra futuro. El resultado
anteriormente descrito en el Código de la Biblia para el año 2012, por
ejemplo, va acompañado de la pregunta: «¿Lo cambiaréis?».
En una
matriz de posibilidades que empezó a desarrollarse hace más de tres mil
años, la posibilidad de redireccionar un resultado potencialmente
trágico fue reconocida incluso entonces. El «cámbialo» del Código de la
Biblia, las trágicas lecturas de Nostradamus, Edgar Cayce y de los
profetas anteriores a ellos, seguidas por escenarios aparentemente
contrarios de paz y redención, son los marcadores de los puntos de
elección a lo largo de la ruta del tiempo.
FUTUROS CUÁNTICOS
DE LOS HOPI
Los hopi relatan visiones similares para nuestro futuro con
oportunidades igualmente similares para elegir el resultado de lo que
queremos experimentar, en términos que pueden parecer más pertinentes
para nuestros tiempos.
Las tradiciones hopi para la paz, de las que ya
hemos hablado en otro capítulo, vistas bajo la perspectiva cuántica,
ofrecen nuevas posibilidades para nuestra época actual.
Hace mucho tiempo, a los hopi, cuyo nombre significa «pueblo de la
paz»,, se les dio el diagrama de un plan de vida que los guiaría a
través de esta época en la historia. Su plan, elocuentemente simple,
consiste en dos sendas paralelas, posibilidades paralelas que
representan las elecciones de vida de la raza humana. Al principio, los
dos caminos parecen muy similares. El superior, sin embargo, se va
transformando gradualmente en un zigzag interrumpido que no llega a
ninguna parte. A los que siguen ese camino se los representa con la
cabeza cortada, suspendida por encima de sus cuerpos. Experimentarán el
gran cambio como una época de confusión y de caos que conduce a la
destrucción. El camino inferior se extiende como una línea regular,
fuerte y estable. Los que eligen este camino viven hasta edades
avanzadas y sus cosechas crecen fuertes y sanas.
Aproximadamente a dos tercios de ambos caminos hay una línea vertical
que los conecta. Hasta que se llega a este punto de intersección, dicen
los hopi, podemos movernos libremente hacia atrás y hacia delante,
explorando los dos caminos. Sin embargo, después de este punto la suerte
está echada y ya no hay marcha atrás. En lenguaje de física cuántica,
esta parte de la profecía describe un punto de elección, una
oportunidad par la humanidad de experimentar los caminos de ambos mundos
elegir el que sea verdadero para ellos. En las palabras de la profecía:
«Si nos
decidimos rápidamente por la senda sagrada tal como él [Creador] la
concibió para nosotros, lo que hemos ganado no lo perderemos jamás. Sin
embargo, todavía hemos escoger entre los dos caminos»."
La Madre
Naturaleza nos dice cuál es el camino correcto.
«Cuando
los terremotos, las inundaciones, los granizos, las sequías y las
hambrunas se convierta en algo habitual, habrá llegado el momento de
regresar al auténtico camino.»9
El récord
de catástrofes naturales que estamos superando e nuestros días es, para
los hopi, un indicio de que el momento de purificación ha llegado. La
crudeza de dicha limpieza es determinada a medida que nuestras
respuestas individuales a los retos d la vida crean un resultado
colectivo. En un texto escrito por u grupo de ancianos de la nación
hopi,10 los acontecimientos específicos del mundo son
contemplados como barómetros de nuestro progreso en el desarrollo de un
escenario mucho mayor.
En estos
indicadores se encuentran:
• hambruna
general y desnutrición
• aumento de la violencia y el crimen
• pérdida de abundantes recursos de agua limpia
• ruptura y expansión sin precedentes de la capa de ozono de Antártica
• efectos de la tecnología (pérdida de los bosques tropicales, extinción
de la vida salvaje y proliferación de armamento nuclear)
Es en esta
época, en el período que viene indicado por los fenómenos que tienen
lugar en el mundo, cuando se pondrá a prueba sistema de creencias de las
personas y de las naciones. Los ancianos del clan de los hopi
describen un escenario de tres «grandes temblores» de tierra. Los dos
primeros fueron interpretados por los ancianos de la tribu como las dos
primeras guerras mundiales-, el tercero sigue siendo un misterio. No
está identificado, pues la naturaleza de este temblor todavía está
siendo determinada por la raza humana.
«La
profecía dice que la Tierra temblará tres veces: la primera vez con la
Gran Guerra, la segunda, cuando la esvástica se elevó sobre los campos
de batalla de Europa para terminar con un Sol Naciente que se hundía en
un mar de sangre.»
El tercer
temblor «dependerá del camino que tome la humanidad: la codicia, la
comodidad y el provecho, o la senda del amor, la fortaleza y el
equilibrio»."
Es evidente que estas tradiciones reconocen una relación directa entre
la forma en que afrontamos los retos de cada día y el tipo de mundo que
experimentaremos en el futuro. El caos del cambio es nuestra oportunidad
para refinar nuestras creencias, conservar la parte que funciona y
desprendemos de lo que ya no nos sirve. Es nuestra nueva visión del
mundo actual perfectamente pulida la que nos conducirá con suavidad a
través de los tiempos de futuros retos.
Como sucede con las profecías de los esenios y de Edgar Cayce,
los hopi nos transmiten un mensaje de esperanza. Su visión del
futuro concluye con una advertencia para que seamos responsables al
utilizar los poderes de nuestros cuerpos y de nuestras máquinas. Una vez
más se nos recuerda que las decisiones que tomamos a diario determinarán
la duración y la gravedad de nuestros días de adversidad. Con elocuencia
y simplicidad, la profecía de los hopi nos recuerda que la forma en que
vivimos nuestras vidas determina el camino que vamos a seguir.
La elección está en
nuestras manos.
DOBLEGAR EL TIEMPO
Un denominador común al considerar muchas posibilidades y resultados es
la referencia a una sustancia que forma el entramado de la creación y la
fuerza que actúa sobre esta sustancia. Si existen mundos de posibilidad
paralelos, ¿de qué están hechos? El premio Nóbel de física Max Planck
conmocionó al mundo con sus referencias a fuerzas de la naturaleza
invisibles.
Al aceptar
el premio Nóbel por su estudio sobre el átomo, hizo una afirmación
importante:
«Como
persona que ha dedicado toda su vida a la ciencia más perspicaz, el
estudio de la materia, todo lo que puedo decirles sobre el resultado de
mis investigaciones sobre los átomos es lo siguiente: "¡La materia no existe!". Toda materia se origina y
existe sólo en virtud de una fuerza que hace vibrar las partículas de un
átomo y mantiene unido al más diminuto de los sistemas solares, átomo...
Tras esta fuerza hemos de suponer la existencia de una mente consciente
e inteligente. La mente es la matriz de toda materia»."
Puede que
la «fuerza» de Planck sea la clave para redirección los resultados
postulados por la ciencia y predichos por los antiguos profetas. Quizás
el premio Nóbel Richard Feynman fuera quien mejor describió el
potencial de predecir nuestro futuro en su ahora famosa cita:
«No
sabemos cómo predecir lo que va a suceder en un momento dado. Lo único
que se puede predecir es la probabilidad de que sucedan distintos
acontecimientos. Sólo podemos predecir las excepciones».13
Según esta
forma de pensar, está claro que la ciencia está investigando seriamente
la relación entre las fuerzas no físicas del cosmos y su efecto en
nuestro mundo físico.
El modo en que sintonizamos con los posibles resultados c mediante
nuestra visión de la vida. Desde esta perspectiva, cualquier condición
que ponga en peligro la vida de un cuerpo ya está sanada, la paz ya está
presente, y todos los niños, mujeres y hombres tienen alimento. Ahora se
nos invita a elegir la calidad del pensamiento, el sentimiento y la
emoción que nos permita «doblegar» las ondas del tiempo y traer estas
condiciones al centro de nuestro presente.
Y un día
los ojos de tu espíritu se abrirán, y conocerás todas las cosas.
EVANGELIO ESENIO
DE LA PAZ
5 - EL EFECTO
ISAÍAS
El misterio de la montaña
En los textos bíblicos modernos, las primeras visiones sobre el futuro
son las descritas por el profeta Isaías en el Antiguo Testamento. En los
manuscritos del mar Muerto, el buen estado del gran Rollo de Isaías
nos permite ver la obra de Isaías como un patrón para comprender las
profecías apocalípticas de otras tradiciones, así como vislumbrar
nuestro futuro a través de los profetas bíblicos. Con ello, eliminamos
la tediosa tarea de examinar a fondo cada uno de los cuatro libros
mayores y los doce menores de las profecías bíblicas.
Este
enfoque generalizado hace posible contemplar estas antiguas tradiciones
desde un plano más elevado y buscar patrones de ideas, en lugar de
enfocarse en los detalles de cada una de las visiones y en compararlas
entre ellas. Cuando hacemos esto, aparece una posibilidad interesante y
quizás inesperada.
En los capítulos anteriores insinuamos que en las profecías de Isaías
había un patrón de una época de destrucción, de cambios catastróficos y
una casi incomprensible pérdida humana, seguida de un tiempo de paz y
sanación. Los elementos de tal predicción están claramente presentes.
Una parte específica de sus profecías, denominada el Apocalipsis de
Isaías, revela todavía con mayor amplitud la naturaleza dual de las
visiones del profeta. Describe un tiempo en su futuro en que,
«la Tierra
está contaminada debido a sus habitantes, pues han quebrantado las
leyes, violado el derecho, roto la antigua alianza... Por eso, los que
moran sobre ella se consumen y pocos sobreviven»
(Is.,
24,5-6).
Isaías
sigue describiendo un violento movimiento de la Tierra, así como una
conducta inusual de la Luna y el Sol:
«Los
cimientos de la Tierra temblarán. La Tierra será quebrantada del todo,
enteramente desmenuzada, la Tierra será conmovida... La Luna se
ruborizará y el Sol se avergonzará ...»
(ib., v
23).
Tras los
momentos más oscuros de su visión sobre el futuro de la Tierra, el
Apocalipsis de Isaías hace un inesperado e interesante giro. Isaías, de
pronto, sin apenas dar indicios del cambio que se va a producir, empieza
a describir un tiempo muy diferente en su visión del futuro, una época
de felicidad, de paz, de vida. En la siguiente parte de su revelación,
todavía considerada de naturaleza apocalíptica por los eruditos,
describe un tiempo en que es creada una «nueva tierra» y un «nuevo
cielo». Durante este tiempo,
«de las
cosas pasadas ya no se hará más memoria, ni recuerdo alguna Sino que
habrá alegría y regocijo eterno... Nunca jamás se oirás voces de llanto
ni de lamentos»
(ib.,
65,17-19).
Y esta
secuencia de acontecimientos nos hace creer que acontecimientos felices
seguirán a los trágicos, que uno ha de preceder al otra en el orden
sugerido por el texto. ¿Por qué las profecías de Edgar Cayce, de
Nostradamus, de los ancianos amerindios y otras parecen tan
contradictorias a veces, ofreciéndonos un mensaje con una mezcla de
esperanza y posibilidad junto con aterradoras visiones de muerte,
desintegración y destrucción catastrófica para el mismo período de
tiempo? ¿Cabe la posibilidad de que estas antiguas visiones sobre
nuestro futuro ofrezcan una alternativa que confiera tanto poder y sea
tan extraordinaria que ni siquiera los profetas pudieran darse cuenta de
las implicaciones de sus propias visiones?
Esta es
precisamente la impresión que nos transmite la profecía de Daniel
en uno de los últimos capítulos del Antiguo Testamento. Tras habérsele
ofrecido una rara visión de un futuro lejano, parece como si Daniel no
comprendiera plenamente lo que le habían mostrado. Sin un marco de
referencia para las cosas que él había presenciado en su futuro, ¿cómo
podía entenderlo? Cuando ya estaba llegando al final de su excursión por
el tiempo, el guía que le ha conducido por el futuro sencillamente le
sugiere:
«Pero tú
anda hasta el final. Reposarás, y al final de los días te levantarás
para gozar de tu herencia»
(Dn
12,13).
Cuando
Isaías compartía sus visiones, ¿estaba prediciendo acontecimientos
reales que iban a ocurrir con toda seguridad, o más bien describía
revelaciones de una posibilidad cuántica con un significado tan
inesperado que ha sido un misterio hasta el siglo XX? Cuando
contemplamos la descripción de Isaías de la vasta cantidad de diferentes
futuros para el mismo momento en el tiempo con los ojos de nuestra nueva
física, nos damos cuenta de que existe una sorprendente correlación con
las descripciones modernas de los resultados cuánticos. En tales
discusiones, los futuros visionados por Isaías se convierten en ondas de
posibilidades en lugar de resultados fácticos. Además, la ciencia
cuántica permite que las personas que estamos viviendo actualmente
cambiemos los resultados catastróficos del futuro. La clave es
comprender cuándo y cómo se presentan las oportunidades para el cambio.
El ejemplo del capítulo 1 de la oración masiva por la paz en la víspera
de una campaña militar aérea contra Irak supone un maravilloso ejemplo
de lo que son tales opciones. Para algunos observadores, la orden de
iniciar el ataque, seguida al cabo de unos minutos por la contraorden de
abortar la misión, tenía poco sentido, pero desde la perspectiva del
fino velo entre las posibilidades cuánticas, los acontecimientos de ese
día eran perfectamente coherentes.
Esa tarde miles de personas, en al menos 35 países de los seis
continentes, habían acordado unirse en una vigilia masiva por la Paz que
hizo eco en todo el mundo. Coordinada a través de Internet y de la World
Wide Web,' la oración fue seguida por familias, organizaciones y
comunidades como una voz de paz que trascendió las fronteras políticas
de los Gobiernos y de las naciones. La vigilia no fue una protesta en
contra del bombardeo a Iraq o de alguna política, gobierno o situación
de alguna parte del mundo. Fue una llamada de miles de corazones y
mentes a respetar lo sagrado de la vida, que se convirtió en una opción
única y unificas da para hacer eco de un sencillo mensaje: paz en todos
los mundos y naciones para toda vida.
En cuestión de horas, el curso de los acontecimientos en Ira había
cambiado. Ese día, ante los ojos del mundo, fuimos testigos del poder de
la conciencia humana mientras esta reorganizaba las piezas de los
eventos que ya se habían puesto en movimiento. En lugar de súplicas
dispersas de personas que pedían la intervención divina en una situación
que parecía inevitable, la opción sincronizada de muchas personas,
coordinada a través del milagro de Internet, se coló entre los velos de
las posibilidades cuánticas para producir un fruto que afirmara la vida
mediante la paz.
En nuestra calidad de ser únicos como naciones, familias e individuos,
el viernes 13 de noviembre de 1998 compartimos una experiencia común.
Oculto en los recónditos parajes de nuestra memoria colectiva, como si
fuera un secreto de familia, considera, do tabú durante tanto tiempo que
los detalles se hubieran perdida; nuestra oración por la paz abrió la
puerta a inmensas oportunidades de sanación y de cooperación
internacional, y a mayores expresiones de amor para nuestros seres
queridos. Esa tarde de noviembre dimos un suspiro colectivo de alivio, a
la vez que rescribíamos una consecuencia que parecía inevitable. Con
ello, presenciamos nuestro poder para terminar con el sufrimiento en el
mundo.
¿Cómo podemos probar científicamente que durante la oración de miles de
personas, una nueva posibilidad substituyó a la guerra que ya estaba en
curso? Al mismo tiempo, ¿qué otro poder que no sea la paz podría haber
actuado ante semejante oración? Teniendo en cuenta esto, ¿cuáles son las
implicaciones de opciones similares para el futuro de nuestro mundo?
Durante casi tres milenios, los eruditos han examinado las claves que
nos dejó Isaías para averiguar lo que podemos esperar para el futuro.
Puesto que las culturas han cambiado, nuestra interpretación de su
profecía también lo ha hecho. Las traducciones que `se hicieron durante
los tiempos de la Inquisición española, por ejemplo, reflejan los
rigurosos límites impuestos por la Iglesia para la interpretación
mística. Hoy en día el lenguaje de la ciencia cuántica ofrece una nueva
y ampliada visión de las predicciones de Isaías sobre el futuro.
Quizás el misterio de las profecías de Isaías fuera revelado en el
momento en que se escribieron. Como si invitara a las gentes de un
tiempo futuro a ver más allá de lo que parece obvio, escribe:
«Para
vosotros todas estas revelaciones son como las palabras de un manuscrito
sellado, que cuando se lo dan a alguien que sabe leer y le dicen,
"léelo", éste respondería: "No puedo, está sellado"»
(Is
29,11).
En este
curioso pasaje, uno de los pocos de esa índole, Isaías hace una sutil
observación sobre la actitud de las generaciones venideras en cuanto a
su visión del tiempo. Sabe que las gentes del futuro que «puedan leer»
su profecía, podrán comprender este mensaje. Sin embargo, ellos no lo
reconocen porque nunca se les ha revelado el contexto.
¿Podría suponer el «sello» de Isaías el descubrimiento de las leyes
fundamentales de la creación, de la naturaleza del tiempo? Si en
realidad estaba ofreciendo estas revelaciones a una generación de su
lejano futuro, ¿cómo podía ser entendida la visión de Isaías sin los
elementos de la física del siglo XX? Al mismo tiempo, ¿qué palabras se
podían haber utilizado en sus días para transmitir tan poderoso y
abstracto mensaje para las generaciones futuras? El profeta nos ofrece
una clave para descifrar su aparente misterio cuando describe cómo los
habitantes del lejano futuro de la Tierra puede que elijan cuál de sus
visiones quieren experimentar.
Con ello,
Isaías nos abre la puerta a una senda que puede cambiar para siempre las
actitudes de la humanidad, y a su vez, conseguir nada más y nada menos
que cambiar el curso de su historia.
Isaías perfila una forma de conducta que nos permite escapar de
la oscuridad que ha presenciado. Empieza a referirse a una clave mística
a través de la cual las personas de cualquier generación podrán cambiar
los acontecimientos que se encuentran en su probable futuro. Esta clave
se identifica en su visión con un «monte» (ib., 25,6-7). Dentro de ese
monte Isaías describe un «refugio para los pobres, para los necesitados
afligidos; cobijo para la lluvia sombra para el calor» (ib., 25,4).
En un
pasaje especialmente interesante, el profeta habla de un tiempo que en
la presencia de la montaña, «el velo que ciega a los pueblos, la malla
que envuelve a todas las naciones», serán destruidos. Aquí encontramos
una de las primeras pistas para esta profecía en particular. Es evidente
que se está refiriendo al monte como la clave del refugio y del poder.
Justamente, ¿qué es el monte de la profecía de Isaías?
Algunos investigadores creen que se refiere a un lugar físico, a un
centro de poder y santuario para los afortunados que lo descubran. Otros
sugieren que el monte de Isaías era algún tipo de código, un cerrojo del
tiempo para asegurar que su mensaje sólo sería revelado cuando se
comprendieran los principios para emplear esta sabiduría. Aunque ambas
teorías pueden ser factibles, quizás el misterio de la profecía pueda
ser explicado de un modo más sencillo. La identificación del monte de
Isaías podría ser un maravilloso ejemplo de cómo el paso del tiempo y la
evolución de las culturas ha distorsionado el contexto original hasta
tal punto que el mensaje original se ha perdido, o al menos ha quedado
oculto, en el proceso.
Con frecuencia, en las referencias modernas a los antiguos textos
bíblicos hallamos palabras específicas marcadas con una nota a pie de
página que indica que puede que existan usos, interpretaciones o
significados diferentes para las mismas. Este es el caso del monte de
Isaías. Además de la posibilidad de que tanto los traductores como el
lenguaje indujeran a error, en este punto todavía hay otro factor que
disfraza -el significado original: el uso de las metáforas y los
símbolos. Los eruditos dicen que durante el tiempo en que se escribió la
Biblia, la palabra monte era generalmente simbólica y se usaba para
representar la «Jerusalén celestial» (ib., 25,6).
Más que un
lugar físico -en este caso la ciudad de Jerusalén-, 10 notas
a pie de página indican claramente que dicha palabra se usa en sentido
metafórico. No obstante, el sentido de una «ciudad celestial» sigue
siendo un tanto confuso, hasta que las investigaciones revelen alguna
pista adicional. Nuestra Biblia actual es el producto de anteriores
traducciones del hebreo. Si nos remitimos a esta frase con las palabras
precisas en su idioma original, descubrimos un significado inesperado,
aunque no sorprendente.
En hebreo, la palabra para Jerusalén es Yerushalayim. Aquí
la definición se vuelve muy clara: significa «la visión de la paz». Por
fin se desvela el misterioso significado del mensaje de Isaías. ¡El
monte de Isaías no es un lugar físico sino una referencia al poder de
la paz! Con esta aclaración, podemos leer su profecía como:
«La visión
de la paz proporciona refugio a los pobres, a los necesitados afligidos;
cobijo para la lluvia, sombra para el calor. Ante la presencia de la
visión de la paz, el velo que ciega a los pueblos, la malla que envuelve
a todas las naciones, serán destruidos».
Esta nueva
comprensión de la profecía de Isaías ofrece una visión renovada del
poder que encierra este antiguo mensaje. Cuando vio Isaías algunos
momentos clave de nuestro futuro, fue testigo de dos posibilidades muy
distintas: la de una época de sanación y la de un tiempo de destrucción.
Al igual que haríamos hoy en día, el gran profeta describió su visión
con las únicas palabras que conocía, y nos alertó de una posibilidad en
nuestro futuro basada en cierto curso de acontecimientos. Al mismo
tiempo, advirtió a quienes leyeran sus profecías que reconsideraran las
decisiones que tomaran en sus vidas y, al hacerlo, evitarían el
sufrimiento que él había presenciado como posible futuro.
EL EFECTO ISAÍAS
Está claro
que entramos en una nueva era de entendimiento de las ciencias
interiores de la oración, de la profecía, y de los agentes de cambio que
Isaías y otros reconocían en sus escritos. Engañosamente simples, las
profecías de Isaías nos recuerdan dos cosas.
·
Primero, a
través de la ciencia de la profecía podemos vislumbrar las futuras
consecuencias de lo que hacemos en el presente.
·
Segundo,
representamos el poder colectivo para elegir qué futuro queremos
experimentar.
Mediante el
respeto hacia los demás en nuestra vida cotidiana, podremos encajar las
experiencias que traerán el futuro que deseamos. Este es el efecto
Isaías, la expresión de una antigua ciencia que afirma que podemos
cambiar el resultado de nuestro futuro a través de las decisiones que
tomamos en el presente.
Ahora, la física cuántica nos brinda el lenguaje que da sentido a
esta sofisticada tecnología en nuestras vidas. Con ello, conferimos
poder a nuestras familias, comunidades y seres queridos con el sencillo
y eficaz mensaje de respetar la vida en nuestro mundo. Si elegimos la
paz en nuestra vida, aseguramos la supervivencia de nuestra especie y el
futuro del único hogar que conocemos. Ya hemos sido testigos del poder
del efecto Isaías. Sabemos que funciona. Ahora, la pregunta es:
¿cómo ponemos en práctica este principio cuántico de la elección
en nuestra vida cotidiana como una familia global?
Cuando se
utiliza la oración y la meditación en lugar de confiar en
nuevas invenciones que crean más desequilibrio, entonces también ellos
[la humanidad] hallarán el verdadero camino.
ROBERT BOISSIERE
MEDITATIONS WITH THE HOPI.
6 - ENCUENTRO
CON EL ABAD
Los esenios en el Tíbet
En mis estudios de las tradiciones esotéricas del Perú, Tíbet, Egipto,
Tierra Santa y del suroeste de América del Norte, destaca un tema que es
fascinante y curioso a la vez. Las profecías de cada una de estas
culturas parecen maleables, como arcilla tierna en las manos de un
escultor. Al igual que la forma final de la arcilla de un escultor viene
determinada por el gusto y el movimiento del artista, el tema de estas
antiguas tradiciones da a entender que somos nosotros los que estamos
dando forma al fruto y al destino final de la humanidad en cada momento
de nuestras vidas.
Curiosamente, he descubierto algunas de las referencias más claras a
estas tradiciones en documentos de Oriente Próximo, concretamente en los
rollos de Qumrán de la zona del mar Muerto. Las referencias hablan de un
linaje de sabiduría tan antiguo que ya era viejo en los tiempos del
Egipto clásico, hace más de tres mil años. Siempre he pensado que si
existía semejante información, qué mejor lugar para guardarla que en los
remotos retiros espirituales de una tierra a la que todavía no ha
llegado la tecnología moderna.
Seria en
un lugar así donde las tradiciones perdidas en Occidente hace mucho
tiempo puede que todavía se conservaran en la forma de los rituales
cotidianos de sus habitantes. Aislados del mundo exterior hasta 1980,
los apartados monasterios de la meseta tibetana parecían proporcionar
justamente ese entorno.
En el mes de abril de 1998, tuve el privilegio de organizar una
peregrinación a las altas montañas del Tíbet en busca de tales
tradiciones. Irónicamente, no fue hasta que regresé del viaje que mi
sospecha fue confirmada por escrito. Al cabo de unos días de haber
llegado a casa en Estados Unidos, recibí un manuscrito de los
nazireos, una secta de los antiguos esenios, que había sido
traducido recientemente. Este texto decía que los recipientes de
información, al igual que antiguas cápsulas del tiempo, habían sido
estratégicamente escondidos por los esenios durante el siglo i, a fin de
conservar su sabiduría para las generaciones futuras. Entre los lugares
que se mencionaban claramente como depositarios de tales textos se
encontraban los remotos monasterios y conventos de monjes y de monjas
tibetanos.
Con la ayuda de un experto en culturas asiáticas que conocí en
Inglaterra hace cuatro años, nuestro grupo fue hábilmente conducido por
el paisaje tibetano hasta adentrarse en los pueblos aislados, los
monasterios ocultos y los templos de cientos de años de antigüedad.
Durante veintiún días estuvimos inmersos en la presencia del pueblo
tibetano, en el halo sagrado que envuelve sus vidas y en la abrupta
magnificencia de su tierra. Cruzamos ríos poco profundos sobre balsas de
madera, recorrimos caminos desgastados y experimentamos la euforia de
los pasos de montaña a más de 5.000 metros de altitud por encima del
nivel del mar. Durante dos tercios del camino incluso tuvimos que
abandonar la seguridad de nuestro autocar y trasladamos a un camión de
fruta abierto que nos esperaba al otro lado de un corrimiento de tierra
de unos cuatro pisos de altura.
Casi un tercio del viaje transcurrió a través de la zona montañosa de la
meseta, por los pueblos, conventos y monasterios remotos que rara vez
han visto personas de fuera de Asia, donde la gente vive como hace
cientos de años, respetando las tradiciones de sus antepasados. Cada vez
que entrábamos en el patio de un complejo de templos, era como si
hubiéramos penetrado en una imagen congelada hace siglos de las
tradiciones tibetanas. A cada paso de nuestro viaje éramos acogidos con
una apertura y calidez que excedía todo lo imaginable en el entorno de
la extraña belleza que impregnaba esa desolación. El propósito de
nuestra peregrinación era presenciar, experimentar y aportar pruebas de
ejemplos vivos de una tecnología interna que sospecho que se perdió en
Occidente hace casi dos mil años. Hoy en día conocemos fragmentos de
esta ciencia denominada tecnología interna de la oración.
BENDECIDOS POR EL
ABAD
Un rayo de luz asomaba por algún lugar situado bastante por encima del
suelo del templo. Este rayo único tenía una curiosa cualidad
tridimensional, como si pudiera rodearlo con mis manos y trepar hasta su
fuente. El rayo cortaba con precisión el frío y húmedo aire, denso por
el humo de las innumerables lámparas de manteca y por el incienso. Giré
la cabeza para ver de dónde procedía la luz. Seguí el rayo desde el
punto donde contactaba con el resbaladizo y oleoso suelo hasta su
fuente, y pude ver una apertura bastante por encima de nuestras cabezas.
A través
de una pequeña ventana cuadrada podía vislumbrar el cielo tibetano de un
color azul intenso. Salvo por la pequeña linterna que había sacado de mi
mochila, este rayo del sol directo de la mañana era la única luz en el
laberinto de intrincados pasillos y corredores sin salida. Me grabé
mentalmente la apertura que había por encima de mi cabeza. Esta sería mi
referencia con el exterior en caso de que no hubiera otros corredores
que condujeran hacia el lugar de donde veníamos.
Mi esposa y yo habíamos cruzado con un grupo de veinte personas el
escarpado territorio de la zona montañosa tibetana, sorteado caminos de
piedra y tierra por los que escasamente pasaba un todoterreno, hasta
llegar a este lugar. Durante años de investigación personal sobre las
tradiciones antiguas he observado que éstas hacían alusión a un linaje
de sabiduría olvidada en las sociedades occidentales. Las enseñanzas de
las escuelas de misterio, órdenes sagradas y sectas esotéricas perdidas
después de los tiempos de Cristo, señalaban un linaje común de
sabiduría olvidada aproximadamente hace mil setecientos años. Quizá la
evidencia más clara de estas tradiciones se encuentre hoy en día en el
legado de las misteriosas comunidades descritas en los primeros
capítulos, los antiguos esenios.
Las constantes referencias a los esenios terminaron por conducirme a una
serie de viajes en busca de pruebas directas y tangibles de sus
enseñanzas y de su importancia en nuestro mundo actual. A mediados de
los ochenta estuve en los desiertos de Egipto, hice senderismo por los
altos Andes peruanos y bolivianos y pasé numerosas estancias en los
desiertos del sudoeste de América del Norte en busca de pruebas actuales
de su sabiduría perdida. Mi lógica era que una enseñanza tan universal
tenía que haber dejado más de un texto o manuscrito aislado, al estilo
de los manuscritos del mar Muerto. Por significativos que puedan ser los
manuscritos antiguos, las pruebas reales las hallaremos en la historia,
en las enseñanzas y en las tradiciones de las propias personas. Quizá
las posibilidades sean tan obvias que en los últimos tiempos se han
pasado por alto.
En lugar de especular sobre textos de dos mil años de antigüedad y sobre
aquello a lo que puedan estar haciendo referencia las traducciones, en
presencia de los pueblos indígenas que viven la sabiduría perdida,
pudimos ser testigos de sus prácticas en la actualidad. Durante el
tiempo que estuvimos juntos, pudimos perfilar nuestras preguntas y
comprobar nuestras respuestas con una claridad que hasta ahora no había
sido posible en las traducciones de las paredes de los templos y de los
arrugados manuscritos. Además aumentó nuestro respeto por los guardianes
de nuestra sabiduría perdida, adquirimos una nueva comprensión de su
cultura y de sus vidas.
La clave de esta sabiduría está en encontrar documentos bastante
precisos que hayan sido conservados durante mucho tiempo por algún
pueblo y estén prácticamente intactos y sin alterar. Si había un lugar
así, si todavía existe hoy en día, el Tíbet me pareció un buen sitio
para empezar. Aislado como ha estado del resto del mundo hasta 1980,
muchas de las enseñanzas y archivos se han conservado precisamente en el
mismo lugar donde se colocaron hace siglos. Escondida en el «techo del
mundo», en monasterios y conventos construidos hace 1.500 años, la
sabiduría del linaje de los esenios debería estar a la vista, conservada
en los rituales y en la vida y costumbres de las gentes del lugar. Allí
estábamos en su búsqueda, arrastrando los pies a través de uno de los
oscuros pasillos de uno de esos monasterios.
Aunque nos habíamos aclimatado durante más de catorce días, el rápido
movimiento de mis ojos de un lado a otro todavía me producía un efecto
de mareo. Hice un esfuerzo por inhalar profundamente en cuanto me di
cuenta de que mi respiración se había vuelto superficial y rápida. Sin
dar tiempo a mis ojos a que se adaptaran, di un paso hacia delante con
cuidado hacia una tenue luz cerca del final del pasillo cargado de humo.
A mi lado había unas inmensas figuras que parecían acecharnos, y la luz
de mi linterna creaba un tenue camino hacia la apertura. Sin detenerme,
primero giré hacia un lado y luego hacia el otro, para iluminar las
formas humanas esculpidas en proporciones gigantescas. El brillo de mi
linterna descubrió grandes pinturas detrás de cada figura, murales que
se perdían en la oscuridad hacia un techo que sólo podía adivinar que
estaba allí.
De pronto mi atención se apartó de las siniestras figuras para centrarse
en un apagado y familiar sonido que venía de lejos. Como un zumbido
grave de muchos sonidos relacionados, las notas se fundían en un tono
continuo. Parecía que venía de todas partes a la vez. Proseguí pisando
con cuidado el terroso suelo, resbaladizo por los seiscientos años de
derramarse el aceite sobre él. Los monjes que se apresuraban por este
corredor con sus urnas de manteca de yak lo habían convertido en un
camino peligroso. Era el único acceso a la estancia más sagrada del
monasterio. Cuando crucé un umbral de madera con relieves, el sonido fue
aumentando de intensidad. Al pisar el frío suelo, tuve que volver a
dejar que mis ojos se adaptaran.
Las tres paredes de esta diminuta cámara me rodeaban con el parpadeo de
pequeñas llamas. Cientos de velas de manteca de yak en deslustradas
lámparas de latón iluminaban la habitación con un resplandor casi
surrealista. Aunque cada lámpara era pequeña, el calor que producían
todas ellas en conjunto hacía que la habitación resultara
considerablemente cálida. Un joven monje se sentó delante de mí,
marcando rítmicamente un sonido en un estado como de trance, mientras
cantaba un canto del libro de oraciones que tenía delante. La voz de
Xjinla, nuestro traductor, me susurró al oído (En tibetano, el sufijo
-la se añade al final de un nombre como señal de respeto. De ahí que el
nombre de «Xjin» se convierta en «Xjinla».)
-Esta es
la sala de los protectores -dijo Xjinla. Y adelantándose a mi pregunta,
antes de que se la formulara, prosiguió-: Los protectores son las
deidades que invocamos para alejar a las fuerzas de la oscuridad que
puede que intenten adentrarse en la siguiente habitación.
* Se han
cambiado los nombres de nuestros guías y traductores para respetar su
intimidad.
Siguiendo
las normas del monasterio, respetuosamente pasamos por la izquierda,
dejamos atrás al monje y nos dirigimos a la puerta de la siguiente
estancia. Yo fui el segundo en entrar, después de nuestro guía. De poco
más del tamaño de un pequeño cubo, el espacio parecía estar aún más
reducido por una viga de refuerzo que se encontraba justo en el medio.
Allí, al
pálido reflejo de aproximadamente media docena de velas, estaba la razón
de haber recorrido medio mundo, viajado por dos continentes, cruzado
diez husos horarios y habernos adaptado a uno de los aires más
rarificados de la Tierra. Sentado con sus piernas hábilmente colocadas
sobre gruesos cojines de lana debajo de sus hábitos estaba el abad del
monasterio, el anciano guía espiritual de esta secta de monjes. Me sentí
muy honrado de tener la oportunidad de estar unos pocos y valiosos
momentos en presencia de este hombre. Para mi sorpresa, esos primeros
momentos serían el inicio de una audiencia que duraría casi una hora.
Las formalidades fueron lo primero. Todos llevábamos un chal de color
blanco para ofrecérselo en señal de respeto. Nos habían dado
instrucciones para doblar cuidadosamente el chal, que se llama bata,
llevárselo al abad y entregárselo. Tras recibir su presente, el abad o
acepta el chal como regalo o te lo devuelve bendecido. Si los guarda,
recuerdo haberme preguntado: ¿qué hará este hombre con veinticuatro
chales en su diminuta habitación?
Xjinla fue el primero en ofrecer su bata, y con ello nos enseñó cómo
hacerlo: se arrodilló al nivel del hombre de aspecto frágil sentado
sobre cojines. Inclinando su cabeza, este tibetano presentó su chal en
señal de respeto con las manos abiertas y mirando hacia arriba. El abad
lo aceptó, se lo puso y se lo volvió a sacar bendiciéndolo, para después
devolvérselo a Xjinla colocándoselo alrededor del cuello mientras este
todavía estaba inclinado ante él. Yo fui el siguiente.
Al acercarme, al abad, de pronto sentí una extraordinaria sensación de
eternidad, ese sentimiento que tiene lugar en un momento en que el mundo
parece ir a cámara lenta. Muy lentamente, me incliné con respeto,
presenté mi bata y esperé a que el abad me lo devolviera. Parecía que
habían pasado muchos segundos, con seguridad más de los que debería
haber durado el ritual. En un acto de curiosidad, levanté la cabeza
justo en el momento en que el abad se inclinaba hacia mí. Levantó los
brazos para colocarme el chal alrededor del cuello, sostuvo gentilmente
mi cabeza entre sus manos y tocó su frente con la mía.
Al momento sentí una afinidad con este hombre a quien había visto por
primera vez hacía tan sólo unos minutos. La afinidad de pronto se
convirtió en confianza: levanté la vista y me atreví a mirarle
directamente a los ojos. Lo que sé es que esos segundos fueron eternos.
Consciente de que había violado la costumbre de mantener la cabeza
inclinada durante la ceremonia de ofrecimiento, no estaba seguro de cómo
iba a ser recibida mi mirada. La incomodidad fue muy breve. El abad
demostró su dominio substituyendo la inseguridad del momento con gracia
y soltura. Con su gesto de apertura, supe que mi tiempo para la
ceremonia había terminado. También supe que algo se había abierto, una
oportunidad para explorar los recuerdos de este hombre y la experiencia
de sus enseñanzas. Era el turno de la siguiente persona.
EL SECRETO DE LA
ORACIÓN
Tras veinte bendiciones
similares, el abad se recostó en silencio sobre su asiento, cerró los
ojos y se concentró en nuestro encuentro. Este era el momento que todos
esperábamos. Había solicitado una audiencia con este hombre santo con el
fin de conectar con su antiguo linaje de sabiduría. Si realmente los
esenios habían emigrado al Tíbet después de la muerte de Cristo, en los
rituales tibetanos actuales se podrían reconocer elementos de la
tradición esenia.
Bajo la
guía de Xjinla, le hice las preguntas por las que había recorrido medio
mundo.
-Xjinla,
por favor, pregúntale al abad sobre las oraciones que hemos escuchado en
los monasterios -comencé-. ¿Nos podría describir qué entraña la oración
y cómo se consigue?
-Xjinla me miró, como esperando el resto de la pregunta. -¿Algo más?
-preguntó-. Quizás es que no entiendo la pregunta.
Hay muchas
palabras en tibetano que no tienen una correspondencia directa en
inglés. Para comunicar conceptos, suele ser necesario crear una frase u
oración breve en inglés para hacer una descripción equivalente en
tibetano. Me di cuenta de que ese era uno de esos momentos. Reorganicé
mis pensamientos y volví a formular la pregunta en el inglés más
sencillo que pude sin cambiar el sentido de mi pregunta:
-Concretamente, cuando vemos los cantos, los tonos, los mudras y los
mantras desde fuera -pregunté-, ¿qué le está sucediendo interiormente a
la persona que está orando?
Xjinla se
dirigió al abad, que esperaba pacientemente mi pregunta, y comenzó el
proceso. A veces, el abad cerraba sus ojos durante varios minutos como
respuesta a una frase pronunciada por Xjinla. En otras ocasiones,
murmuraba una breve respuesta acompañada por un gesto o un suspiro.
Xjinla hacía todo lo posible por convertir la explicación del abad de
una experiencia sutil en su equivalente en inglés antes de compartir la
traducción. Al escuchar nuestra pregunta corregida, el abad me miró
dibujando una leve sonrisa en su cara. Hay sonidos que no necesitan
traducción.
-¡Aaaah!
-exclamó en un tono pensativo.
Por su
tono de voz supe que nuestra pregunta había dado directamente en el
clavo de lo que se estaba practicando en su monasterio y en otros en los
que habíamos estado durante el viaje. Su incipiente sonrisa se convirtió
en una sonrisa abierta mientras apretaba los labios y emitía un sonido
diferente.
-¡Uuuum!
-Observé cómo sus ojos se enrollaban hacia el techo que estaba
oscurecido por el hollín de las innumerables lamparillas que habían
ardido durante cientos de años. Fijó su mirada en un lugar invisible por
encima de él. Utilizando el lugar en el techo como punto de enfoque, el
abad buscó las palabras para reconocer la esencia de mi pregunta.
Recuerdo haber pensado que mi pregunta era como pedirle a alguien que
describiera el sentido de la vida en veinticinco palabras o menos. Este
hombre, que no sabía nada sobre mi educación, evolución espiritual,
tendencia religiosa o intenciones, intentaba hallar una forma de hacer
honor a mi pregunta. Estaba buscando por dónde empezar.
«Ahora
empezamos a entendemos», pensé para mis adentros. «¿Qué puedo hacer para
facilitarle al abad mi pregunta?»
Recordé
las traducciones de los manuscritos esenios del mar Muerto y pensé en el
lenguaje que se utilizaba hace dos mil quinientos años para describir la
tecnología perdida de la oración. Los textos se centraban en los
elementos de la oración: pensamiento, sentimiento y cuerpo. Lo último
que pretendía hacer era sugerirle una respuesta al abad. Volví a
formular mi pregunta con cuidado.
-Xjinla
-pregunté, interrumpiendo por un momento el Curso del pensamiento del
abad-, lo que me interesa es cómo se crea la oración. Cuando vemos las
expresiones externas de los oradores en las salas de canto, ¿cuál es el
resultado? ¿Adónde les llevan las oraciones?
El abad
miró, ansioso por escuchar la traducción de Xjinla de mi reformulada
pregunta. Eso fue lo que hizo Xjinla con rapidez y con una frase
notablemente corta. Yo sabía que nuestra insistencia nos estaba llevando
a alguna parte. Sin tan siquiera detenerse a pensar, el abad exclamó una
sola palabra. Entonces la repitió, seguida de un estallido de sonidos
tibetanos muy distintos de las frases que había estudiado en los libros
de texto. Enseguida desistí de mis intentos de entenderle directamente.
Mientras
observaba al abad y fijaba en él mi mirada, mi atención se centró en
Xjinla. Casi podía ver el proceso en su mente. En lugar de traducir
todas las palabras del abad al inglés, escuchaba el tema de la idea que
estaba comunicando y luego transmitía los puntos más importantes.
-¡Sentimiento! -dijo Xjinla-. El abad dice que el objeto de cada oración
es alcanzar un sentimiento. -El abad asentía con la cabeza como si
comprendiera la traducción de Xjinla-. Los movimientos exteriores que
ves son un despliegue de movimientos y sonidos que nos ayudan a
conseguir ese sentimiento -prosiguió Xjinla-. Nuestros antepasados los
han utilizado durante siglos.
Ahora la
sonrisa iluminaba mi rostro. Aunque ya imaginaba que la nebulosa fuerza
del «sentimiento» era el factor de las oraciones tibetanas,
por primera vez se confirmaba mi
sospecha. El abad nos decía que el sentimiento era algo más que un
factor en la oración. Hizo hincapié en que el sentimiento era el
centro de cada oración.
Al momento, mi mente se trasladó a los textos esenios. En el lenguaje de
sus tiempos, esos antiguos escritos describen brillantemente una
experiencia que hoy en día consideramos como una forma de oración. Al
igual que las enseñanzas de los esenios ha-cían referencia a las fuerzas
creativas de nuestro mundo como ángeles, al lenguaje que empleaban para
hablar con los ángeles lo llamaban «comunión». Hoy en día a ese mismo
lenguaje lo llamamos «oración». Los textos perdidos de los esenios nos
recuerdan que a través de nuestra comunión con los elementos de este
mundo, se nos abre la puerta a los grandes misterios de la vida.
«Sólo a
través de la comunión con los ángeles del Padre Celestial aprenderemos a
ver lo invisible, a escuchar lo inaudible y a expresar lo inefable.»
El
silencio envolvió la pequeña habitación, mientras reflexionábamos en las
palabras del abad. Una monja o un monje necesitaría años de formación,
de erudición y experiencia directa antes de que se le permitiera tener
semejante conversación. El abad parecía algo sorprendido con las
preguntas que le hacíamos. Como si hubiera leído mis pensamientos,
Xjinla habló antes de que formulara mi siguiente frase.
-Tus
preguntas son muy distintas de las de otros visitantes que han llegado a
este monasterio -dijo.
-¿De verdad? -respondí, un tanto sorprendido-. Si otros se han tomado la
molestia de viajar desde Occidente a Lhasa, aclimatarse a estar a más de
3.000 metros sobre el nivel del mar durante una semana más o menos,
respirar interminables nubes de polvo por senderos de montaña esculpidos
al borde del abismo para encontrar este monasterio a 4.500 metros de
altitud en el Himalaya, ¿qué otras preguntas se pueden hacer?
Xjinla se
rió ante la intensidad de mi pregunta. El sonido de su voz rompió el
silencio, a la vez que su risa hacía eco en las paredes y reverberaba
por las numerosas capillas que se encontraban en el pasillo contiguo a
nuestra estancia.
-Normalmente las preguntas que nos hacen son respecto a la antigüedad
del monasterio, lo que comen los monjes o la edad del abad.
Ambos nos
reímos y miramos al abad, calculando automáticamente su edad en nuestra
mente. Yo pensé: «Este hombre no tiene edad. Simplemente es». Volví a
mirar a Xjinla. Tras nuestro último intercambio de palabras, el abad
había permanecido en su posición, sentado con las piernas recogidas
debajo de su pesado hábito. El aire de la habitación era frío, aunque yo
tenía calor por el entusiasmo que me provocaba nuestra conversación.
Miré el
termómetro miniatura que colgaba del cierre de la cremallera de la
mochila de mi esposa. Marcaba 55 grados Fahrenheit (13 °C). Me
preguntaba si era correcto.
Un asistente aprovechó la oportunidad del silencio para volver a
encender los conos de incienso que disimulaban el olor picante de la
manteca de yak requemada que ardía en las lámparas y los platos. Me metí
la mano por debajo de la chaqueta y toqué las tres capas de ropa que
llevaba desde que había salido del autocar. Me quedé sorprendido. ¡Mis
camisetas estaban empapadas!
Cada día
en el Tíbet es como un verano y un invierno: verano durante las horas
solares, e invierno a la sombra, por la noche y dentro de los
monasterios. Miré detrás de mí justo a tiempo para ver cómo una ráfaga
de viento soplaba por el pasillo apenas iluminado, formando montoncitos
de paja y de polvo en los rincones.
Me llevé la mano a los ojos para secarme el sudor mientras le planteaba
a Xjinla la siguiente pregunta. Empecé a explicarle la razón por la que
habíamos ido al monasterio y le habíamos hecho esa pregunta. Mirando
directamente al abad concluí con una sola pregunta.
-Si
hubiera un mensaje que quisiera compartir con las personas de este
planeta -empecé-, ¿qué es lo que le gustaría al abad que transmitiéramos
del Tíbet en su nombre?
Incluso
antes de que Xjinla hubiera terminado de traducir, el abad empezó a
hablar desde su apretada posición al fondo de nuestro mal iluminado
santuario. Sentía la intensidad de Xjinla, quien a veces rayaba en la
frustración cuando buscaba palabras en inglés para transmitir lo que ese
hombre sin edad intentaba decir. En varias ocasiones tuve que pedirle
que repitiera o que aclarara las palabras.
Con
frecuencia, yo recomponía la traducción con mis propias palabras,
siempre dejándome ayudar por la experiencia de Xjinla para evitar
cualquier error. Sus ojos puestos en mí revelaban lo que estaba pasando
en su interior. Sentí que Xjinla era muy consciente de su
responsabilidad de comunicar las palabras del abad con exactitud. Los
tres juntos trabajamos para asegurarnos de lo que el abad estaba
intentando transmitir.
-Cada vez
que rezamos individualmente -dijo el abad-,
hemos de sentir nuestra oración.
Cuando oramos,
sentimos en nombre de todos los seres,
de todas partes. -Xjinla hizo una pausa mientras el abad
proseguía con su respuesta-. Todos
estamos conectados -dijo-. Todos
somos expresiones de una misma vida.
No importa
dónde estemos, nuestras oraciones serán
oídas por todos. Todos formamos una misma unidad.
En lugar
de responder directamente a mi pregunta, sentí que el abad estaba
preparando el camino, sentando las bases para su respuesta. Al asentir
con la cabeza, mi lenguaje corporal transmitía lo que mis conocimientos
de tibetano no podían: le había escuchado, le había comprendido, y
estaba preparado para el resto de la respuesta. Respecto a qué mensaje
podíamos llevar con nosotros al mundo exterior, el abad respondió
apasionadamente. Aunque sus palabras eran transmitidas por Xjinla, su
tono y el lenguaje de su cuerpo eran muy claros.
Las manos
del abad moviéndose hacia nosotros con el gesto de las palmas hacia
arriba a la altura de su corazón, tenían su propio idioma. Me miró
directamente, mientras yo escuchaba a Xjinla con atención.
-La paz es de suma importancia en nuestro mundo
actual -prosiguió—. Cuando no
hay paz, perdemos todo lo que
hemos ganado. Con la paz, todo es posible: el amor, la compasión y el
perdón. La paz es la fuente de todas las cosas. Yo les pediría a todas
las personas del mundo que encuentren la paz en su interior, para que
esta paz se proyecte en el mundo.
Cada
palabra suya se convertía en una fuente de asombro en mi intelecto, así
como en una fuente de júbilo en mi alma. ¡Las respuestas que compartió
el abad eran los mismos conceptos, en algunos casos casi las mismas
palabras, que se hallaban en los textos esenios del mar Muerto escritos
hace más de 2.500 años! En el Evangelio esenio de la paz, por ejemplo,
los esenios empiezan un largo discurso sobre la paz con un elocuente y
único pasaje. La enseñanza comienza simplemente con la frase:
«La paz es la clave de todo conocimiento, de todo
misterio, de toda vida».
A todos
los miembros del grupo les quedó claro lo importante que era para el
abad ser escuchado y comprendido. Su paciencia con nuestras preguntas
directas y a veces redundantes fue considerable. Durante casi una hora
permaneció sentado en la postura del loto, sobre el pequeño promontorio
de finos cojines marrones que le aislaban del frío suelo de piedra del
antiguo monasterio. Al final, el rápido bombardeo de preguntas dio paso,
una vez más, al silencio de la reflexión sobre nuestra interacción. Para
todos los presentes, nuestra reunión había sido intensa y auténtica.
Nuestra
audiencia con este hombre santo, que había dedicado toda su vida a
alcanzar la sabiduría en un antiguo monasterio en las montañas del
Himalaya, se convirtió en una invitación para hacer compatible esa
experiencia en nuestras vidas. Este hombre nos había recibido con
amabilidad en su diminuto aposento privado, y su paciencia con nuestras
preguntas realmente me emocionó. De nuevo el silencio invadió la
habitación. Los ojos del abad se habían cerrado. Esta vez, sin embargo,
su barbilla se inclinó hacia su pecho mientras colocaba las manos en una
posición de oración, con las palmas y las yemas de los dedos unidas en
dirección hacia el techo. Manteniendo esta posición de las manos se tocó
suavemente la frente con los pulgares. Esta es la última imagen que
recuerdo del abad.
Parecía fatigado, quizá por haber tenido que atender a estos veintidós
occidentales que se habían presentado en su monasterio sin avisar. Como
si nos hubieran dado una señal silenciosa, supimos que nuestro tiempo
con el abad había concluido. Casi al unísono, empezamos a deshacer
nuestras complicadas posturas que habían permitido que todos los que
estábamos en la habitación pudiéramos ver a ese hermoso descendiente de
tan antiguo linaje Uno a uno nos fuimos levantando en silencio, nos
estiramos y, tras expresar nuestro respetuoso narraste, salimos en fila
hacia el oscuro corredor.
LA SALA DE LA SABIDURÍA
Mientras volvíamos por el mismo
camino que nos había conducido a los aposentos del abad, de nuevo oímos
el sonido de un zumbido grave y casi imperceptible en la lejanía. Era el
ahora ya familiar sonido de muchos monjes que estaban en una habitación
resonante, que entonaban el monótono canto utilizado en la oración
tibetana. Cada persona percibe el sonido de modo diferente. Para mi, el
tono se encuentra en el umbral de escuchar con mis oídos y de sentir el
sonido en mi cuerpo. Parece vibrar desde algún lugar en el centro de mi
pecho. Una vez que se ha oído ese sonido, es inconfundible. En este
momento, se oye muy lejos.
La luz del sol iluminaba el final del pasillo a medida que nos
acercábamos a una estrecha escalera de mano con peldaños de madera. No
había barandilla, e inmediatamente adoptamos la posición que nos había
funcionado en ocasiones similares en otros monasterios. Sujetamos bien
nuestras mochilas, cámaras, botellas de agua y otros enseres a la
espalda, para quedarnos con las manos libres y poder bajar de espaldas
por los rústicos peldaños de madera. Los escalones estaban tan
inclinados que pocos se atrevían a mirar hacia el suelo bajando de
frente.
Con estas
maniobras, a veces se pierde el sentido del ridículo. Al viajar en un
grupo tan reducido en condiciones tan precarias todos los días, el
sentido del ridículo había desaparecido con nuestra nueva amistad y se
había convertido en confianza dentro de nuestra familia virtual. Los que
ya habían llegado al suelo estiraban la mano para indicar al que todavía
estaba en la escalera un lugar seguro donde colocar el pie, con
frecuencia sosteniendo cualquier parte del cuerpo que hubiera llegado
antes. Uno a uno fuimos descendiendo ayudándonos mutuamente hasta
alcanzar el suelo de barro endurecido.
Un joven monje, de quizás unos catorce años, nos estaba esperando en una
pequeña antecámara situada detrás de la escalera. Cuando el último del
grupo llegó al suelo y se recompuso, nos dirigimos al monje con el
tradicional saludo de t'ashedelay. El monje nos sorprendió con
unas pocas frases de inglés entrecortado. Estaba muy interesado en la
audiencia que acabábamos de tener con el abad. Por lo visto nuestra
visita no era muy corriente, e incluso era difícil para los monjes que
vivían allí tener la gracia de semejante oportunidad.
A todo esto, Xjinla, que nos había seguido por la escalera, Se hizo
cargo de la conversación. Tras unas cuantas formalidades, le pregunté si
en ese monasterio había alguna biblioteca antigua. Sabía que entre los
muchos regalos que los tibetanos habían guardado a salvo en nuestro
mundo, se incluía el de ser meticulosos archivadores. Lo más hermoso es
que parecen registrar las cosas sin juzgarlas. Quizá sea su capacidad
para vivir la compasión en todo lo que hacen lo que les permite esa
imparcialidad al archivar las cosas del mundo que les rodea. Al no
juzgar los hechos que han experimentado como «buenos» o «malos»,
simplemente registran lo que han presenciado. Sospechaba que mediante
sus documentos de acontecimientos significativos en sus vidas, quizá
habría algo escrito sobre la sabiduría que el abad acababa de compartir.
Estaba particularmente interesado en el sistema de oración basado en el
sentimiento.
Nos condujeron por una serie de pasillos hasta una habitación oscura que
se encontraba detrás de la miríada de altares. Estatuas monumentales de
Buda en sus múltiples aspectos flanqueaban los corredores y continuaban
hasta otra «sala de protectores». Allí apenas podíamos ver las figuras
de inmensas proporciones que se encontraban en las paredes, que
resplandecían con los residuos de las lámparas de manteca. Como sabía
que este monasterio tenía más de mil quinientos años, supuse que el
hollín se había acumulado durante al menos varios cientos de años. En un
radio de aproximadamente unos 5,50 metros, el parpadeante efecto de luz
estroboscópica de cada lámpara revelaba una escena de demonios y fuerzas
de la oscuridad. Si se miraba más detenidamente, se podía observar que
en cada una se libraba una batalla contra las fuerzas de la luz, en
antiguas metáforas que reflejaban las pruebas, los éxitos y los fracasos
de la humanidad a lo largo de su vida terrenal.
Nos inclinamos para atravesar por una abertura que daba a otra
habitación poco iluminada; mis ojos tuvieron que adaptarse a una escena
muy distinta. De toda la belleza y experiencias que habían llenado
nuestros días durante las dos semanas anteriores, lo que presencié en
ese momento merecía todo el viaje. Había libros y más libros, cubiertos
por una capa de polvo de varios milímetros, apilados desde el suelo
hasta el techo, quizás unos nueve metros por encima de mi cabeza,
perdidos en oscuros corredores y esparcidos entre los estantes. Filas y
filas de libros. En algunas partes cuidadosamente apilados.
En otras,
puestos al azar unos encima de otros, formando columnas. Muchos de ellos
estaban tan mezclados y desorganizados que era imposible adivinar dónde
terminaba una hilera y empezaba la otra. Al observar mi sorpresa ante el
desorden, el joven monje se dirigió a Xjinla. Salvo por las
exclamaciones de sorpresa y admiración, estas eran las primeras palabras
que oíamos desde que habíamos entrado en la habitación. Supuse que le
estaba dando una explicación. Xjinla se giró y me dijo:
-Los
soldados saquearon esta habitación en busca de joyas y oro.
-¡Los soldados! -exclamé yo-. ¿Quieres decir los soldados de la
revolución de 1959? Seguro que han entrado otras personas en esta
habitación desde entonces. Han pasado casi cuarenta años.
-Sí -respondió Xjinla-, los soldados. Otros han entrado en estas
habitaciones. No muchos. Los monjes creen que los soldados trajeron la
mala suerte. Sus espíritus se han quedado aquí, controlados por los
protectores.
Mis ojos
empezaron a buscar algún lugar significativo por donde empezar a
investigar mientras me adentraba en los corredores. Con mi linterna en
alto, hasta donde mi vista podía alcanzar, pude ver cientos de
manuscritos, textos impresos y atados al estilo tradicional tibetano.
Los libros estaban protegidos por una cubierta inferior larga y estrecha
de madera o de piel de animal. Estas tapas rígidas variaban de tamaño,
con una media de unos 30 centímetros de largo por 7 a 8 de ancho. Otra
cubierta similar protegía la parte superior. Las páginas se encontraban
apiladas entre las dos cubiertas; eran páginas sueltas de tela, papel o
piel de yak. Todo el texto estaba atado para evitar que se cayeran las
páginas. Unas veces los lazos eran muy elaborados, con cintas de seda y
lino de colores brillantes. Otras sencillamente estaban atados con tiras
de cuero.
El joven monje movió la cabeza en señal de aprobación mientras yo
intentaba alcanzar uno de esos textos. Había elegido un libro que ya
estaba desenvuelto, para ocasionar el menor trastorno posible en la
biblioteca. Para mi decepción, aunque no para sorpresa del monje, las
páginas del libro eran tan delicadas que se arrugaron sólo al tacto.
Nuestro joven guía estaba claramente conmovido ante nuestro entusiasmo
por su biblioteca. Según parece, pocos conocían su existencia, y menos
aún eran los que la visitaban. Me dirigí a Xjinla y le pregunté por el
contenido de los libros. ¿Eran sencillamente muchas copias de un solo
texto, quizá de las enseñanzas de Buda? ¿Había algo más?
Para entonces, nuestro grupo ya se había dispersado. Cada uno estaba
explorando un ala distinta de la estancia, con la sensación de que en
las páginas de esos antiguos libros se encontraba algo único y
maravilloso. Sin girarse para mirar al monje, Xjinla repitió en voz alta
mi pregunta. Sin dudar ni un momento, el joven monje sonrió. Él y Xjinla
intercambiaron unas pocas palabras antes de responder a mi pregunta.
-Todo
-dijo-, el monje dice que en los textos de esta habitación está todo
registrado.
Me detuve
para ver a Xjinla sosteniendo mi linterna de modo que pudiéramos vernos
las caras para hablar.
-¿Qué
quiere decir con «todo»? -le pregunté-. ¿Qué incluye ese «todo»?
Xjinla
comenzó:
-En las
páginas de estos textos están las enseñanzas y experiencias que han
tenido los tibetanos durante siglos. Que nosotros recordemos, la
sabiduría de los grandes místicos ha encontrado aquí su lugar a fin de
ser preservada para las generaciones futuras. Todo está registrado aquí
en los libros que nos rodean hasta donde alcanza nuestra vista.
Sabía que
los monasterios constituían un grupo de escuelas bastante heterogéneo.
Diseñados para conservar las tradiciones secretas, cada uno de ellos se
especializaba en una forma concreta de sabiduría. Nuestro viaje ya nos
había llevado a los monasterios que se centraban en las tradiciones de
combate y artes marciales, por ejemplo. Otros monasterios preservaban la
sabiduría de la telepatía y de los estudios de psiquismo, del
razonamiento o las artes de sanar.
Esta
escuela, en concreto, se encargaba de preservar el conocimiento. Sin
prejuicios ni juicios, la información sencillamente era registrada y
almacenada sobre las frágiles páginas de innumerables libros, como los
que teníamos ante nuestros ojos.
«Esta es
la razón por la que hemos venido», pensé para mí. Aquí hemos visto
tradiciones de oración y tenemos la oportunidad de documentarlas
mediante los textos escritos por quienes llevan practicándolas desde
hace casi dos mil años. ¡Este momento justifica todo nuestro viaje, y
estoy seguro que todavía queda más!
En sus
textos, los esenios se habían referido a un modo de oración del que no
dan razón los investigadores sobre la oración actuales. Aquí, en un frío
monasterio situado en las remotas montañas del oeste del Tíbet, había
sido testigo de esta oración y me habían enseñado las fuentes que
documentaban su historia y origen.
A medida
que continuaban las traducciones ese día, se me confirmó la sensación de
que los tibetanos proseguían, al menos en parte, un linaje de sabiduría
cuyos elementos eran anteriores a la historia. ¿Cómo podría compartir
esta antigua y a la vez sofisticada tecnología con otras personas?
Toda materia se origina y existe
sólo en virtud de una fuerza que hace vibrar las partículas de un átomo
y mantiene unido al más diminuto de los sistemas solares, el átomo...
Tras esta fuerza hemos de suponer la existencia de una mente consciente
e inteligente. Esta mente es la matriz de toda materia.
MAX PLANCK
7 - EL LENGUAJE
DE DIOS
La ciencia perdida de la oración y de la profecía
Las antiguas tradiciones sugieren que el efecto de la oración procede de
algo que no son las palabras en sí mismas. Quizás esta sea la razón por
la que haya tanta gente que parezca haber perdido la fe en la oración.
Tras las revisiones de la Biblia en el siglo IV, los detalles
subyacentes al lenguaje de la oración se fueron perdiendo gradualmente
en las tradiciones occidentales, dejando sólo las palabras. En esta era,
muchos empezaron a creer que el poder de la oración residía sólo en la
palabra hablada.
Las
revelaciones de los textos anteriores al siglo IV, sin embargo, nos
recuerdan que no hay códigos mágicos en las vocales y las consonantes
que nos abran las puertas a reinos olvidados. El secreto de la oración
trasciende las palabras de alabanza, los encantamientos y los cantos
rítmicos de los «poderes que son». * Mediante textos como los
manuscritos del mar Muerto, se nos invita
a vivir la intención de nuestra oración
en nuestras vidas, pues si las palabras sólo se «repiten con los labios,
son como una colmena muerta... que no
da
más miel».1
*
En el lenguaje esenio se hace referencia a los ángeles de muchas formas,
una de ellas es como fuerzas o poderes. (Nota de la T )
EXPRESAR LO
INEFABLE
El poder de la oración reside en una
fuerza que no se puede describir ni transmitir como la palabra escrita;
son los sentimientos que sus palabras evocan en nuestro interior.
Es el 'sentimiento que ponemos en
nuestras oraciones el que nos abre la puerta e ilumina nuestro camino
hacia las fuerzas visibles e invisibles. Aunque, con frecuencia,
otras referencias antiguas hacen alusión a este aspecto de nuestra
comunión con la creación, el abad del Tíbet nos confirmó el elemento del
sentimiento en la oración durante nuestra audiencia privada.
Respecto a mi pregunta sobre lo que les estaba ocurriendo interiormente
a los monjes y a las monjas cuando contemplábamos la expresión exterior
de sus oraciones, el abad respondió con una sola palabra: sentimiento.
Las expresiones externas de la oración qué presenciamos en los
monasterios del Tíbet eran una manifestación de los movimientos y
sonidos que utilizaban los monjes y las monjas para crear los
sentimientos en su interior. El abad llevó su reo puesta todavía un poco
más lejos cuando nos dijo que el sentir miento era algo más que un
factor en la oración. ¡Hizo hincapié en
que el sentimiento es la oración!
A través de la comunión con los
elementos de este mundo, se nos abren las puertas a los grandes
misterios de la vida, a la oportunidad de «ver lo invisible, escuchar lo
inaudible y expresar lo inefable». La oración en su forma más pura no
tiene expresión externa. Aunque podamos pronunciar una secuencia de
palabras prescrita que nos ha sido transmitida de generación en
generación, esta ha de originar un sentimiento dentro de nosotros, para
que llegue al mundo que nos rodea. En el mejor de los casos,
cualesquiera que sean las palabras que escojamos para recitar nuestras
oraciones en voz alta, sólo serán una aproximación al sentimiento
interior que intentan describir. ¿Cómo pudieron los grandes maestros
hace dos mil años enseñar estos sentimientos? ¿Cómo podemos compartirlos
hoy en día?
Muchas veces, cuando me piden que hable a grupos sobre la oración, surge
una pregunta que me recuerda una conversación que tuve hace años con mi
madre. Una tarde, mientras hablábamos por teléfono entre breves visitas
y a través de varias zonas horarias, yo estaba compartiendo mis
impresiones acerca de un nuevo taller que había preparado sobre la
compasión. Cuando le di mi definición de oración que comprendía
sentimiento y emoción, mi madre me hizo una pregunta que me han hecho
muchas personas desde aquel día en muchas y diversas situaciones.
Abierta e inocentemente, me dijo sin más:
«¿Cuál es
la diferencia entre emoción y sentimiento? Siempre había pensado que
eran lo mismo».
Sentía
curiosidad por escuchar la visión de mi madre sobre estas, a veces,
confusas experiencias que desempeñan un papel tan importante en nuestras
vidas. Como cabía esperar, su explicación se asemejaba a las
definiciones comúnmente aceptadas en la actualidad en Occidente. Por
ejemplo, algunos diccionarios consideran ambas palabras casi sinónimas y
usan cada una de ellas para definir a la otra. En The American
Heritage Dictionary of the English Language, la palabra
sentimiento es definida como «un estado emocional o disposición; una
emoción tierna». (En el mismo texto, emoción la definen en un sitio como
«sentimiento fuerte», y en otro como sinónimo de sentimiento.)
Aunque estas
definiciones puedan servir a los propósitos de nuestro mundo actual, los
antepasados hacían una distinción. Además, aunque íntimamente
relacionados, pensamiento y sentimiento se consideran
elementos sin conexión, claves, que se pueden utilizar para realizar un
cambio en las condiciones externas, en nuestro cuerpo, nuestro mundo y
más allá de éste.
COMO ARRIBA...
En un relato de hace veinte
siglos, las gentes de Tierra Santa hicieron una pregunta a sus guías que
continúa resonando en nuestras mentes. Salvo por condiciones
específicas, la pregunta sigue siendo inquietantemente similar. Respecto
a la paz en el mundo, nuestros antepasados preguntaron:
«¿Cómo,
entonces, podemos traer paz nuestros hermanos... pues queremos que todos
los Hijos de los Hombres compartan las bendiciones del ángel de la
paz?».'
Los
maestros esenios respondieron ilustrando el papel del pensamiento, del
sentimiento y de la poderosa naturaleza de la oración. Sus palabras,
desafiando nuestra lógica actual, nos recuerdan que la paz es algo más
que la simple ausencia de agresión o de guerra. La paz trasciende el
término de un conflicto o una declaración política.
Aunque
puede que forcemos el aspecto externo de la paz sobre un pueblo o una
nación, es el pensamiento subyacente el que se has, de cambiar para
crear una paz auténtica y duradera. Los maestros esenios, en palabras
que, sorprendentemente, suenan muy similares a las budistas y
cristianas, respondieron que,
«tres son
las moradas del Hijo del Hombre... Su cuerpo, sus pensamientos y sus
sentimientos... Primero el Hijo del Hombre deberá hallar la paz en su
propio cuerpo. Luego el Hijo del Hombre deberá buscarla en sus
pensamientos... Por ultimo buscará en sus sentimientos».3
Los
antepasados nos ofrecieron una elocuente visión de uniforma de pensar
que nos permite redefinir lo que hemos experimentado fuera recurriendo a
aquello en lo que nos hemos convertido interiormente. Una escuela de
medicina, similar en algunos aspectos al sistema de la práctica
sanitaria occidental, aporta un cambio al atacar la enfermedad misma.
Según este sistema se eliminan los cuera pos extraños mediante
medicamentos, o se extirpan quirúrgica* mente los órganos y tejidos que
parecen enfermos.
Otra
escuela de pensamiento trasciende la expresión externa del aspecto de
nuestro cuerpo y va en busca de los factores subyacentes que pueden ser
la causa de ese estado, donde las fuerzas invisibles del pensamiento, el
sentimiento y la emoción se convierten en el plano que nos ayudará a
comprender y cambiar las situaciones de nuestra vida que ya no nos
sirven.
Para cambiar las condiciones del mundo exterior, se nos invita que
primero las transmutemos desde dentro. Cuando lo hacemos, las nuevas
condiciones de salud o de paz se proyectan en el mundo que nos rodea.
Esto es esencial en el pasaje esenio que he citado'
Para aportar paz a nuestros seres queridos, primero hemos de
convertirnos en esa paz. En el lenguaje de su tiempo, los autores de los
manuscritos del mar Muerto incluso nos ofrecen revelaciones de la
tecnología que facilita esta sanadora cualidad de la paz: se ha de
producir en nuestros pensamientos, sentimientos y cuerpos. ¡Qué poderoso
concepto y cuánta fuerza transmite!
Cuando comparto en grupo los pasajes de los esenios, observo las caras
de las personas desde mi ventajosa situación en la parte frontal del
aula. Al principio el cambio se produce lentamente. Mientras unas
personas sencillamente anotan las palabras en sus cuadernos con pocas
muestras de emoción, otras se entusiasman e inmediatamente captan el
significado de las antiguas enseñanzas. Al confirmar ideas actuales con
los manuscritos que nos legaron aquellos que siguieron el mismo camino y
que buscaban las mismas confirmaciones hace dos mil años, se produce
algo mágico.
A través de sus visiones, los esenios ancianos diferenciaban claramente
entre emoción, pensamiento y sentimiento. Aunque el pensamiento y la
emoción estén íntimamente relacionados, primero han de ser considerados
aparte, y luego fundirse en una unión de sentimiento que se convierte en
el lenguaje de creación silencioso. Las descripciones siguientes de cada
experiencia son consignas que nos conducen al núcleo de nuestro perdido
modo de orar.
Emoción
La emoción se puede considerar como la
fuente de poder que nos guía hacia delante en nuestras metas en la vida.
Mediante la energía de nuestra emoción alimentamos nuestros pensamientos
para hacerlos realidad. Sin
embargo, este poder de la emoción por sí solo puede desperdigarse y
perder el rumbo. El pensamiento confiere una dirección a nuestras
emociones, y éstas inyectan vida en la imagen producida por nuestros
pensamientos.
Las tradiciones antiguas sugieren que
somos capaces de tener dos emociones primarias. Quizá para ser
más exactos, podríamos decir que a lo largo de nuestras vidas
experimentamos varias condiciones que se resuelven en una sola emoción.
El amor es un extremo de esas condiciones. Cualquier cosa que
creamos que se opone al amor es el segundo extremo, con frecuencia
definido como miedo. La calidad de nuestra emoción determina cómo
se expresará esta. La emoción, unas veces fluyendo y otras alojada en
los tejidos de nuestro cuerpo, está íntimamente relacionada con el
deseo, que es la fuerza que conduce a nuestra imaginación a una
resolución.
Pensamiento
El pensamiento se puede considerar como
el sistema de guía que dirige nuestra emoción. La imagen o la idea
creada por nuestro pensamiento es la que determina hacia dónde se dirige
nuestra atención o emoción. El pensamiento está íntimamente relacionado
con la imaginación. Sorprendentemente, para muchas personas, el
pensamiento por sí solo no tiene mucha energía; es sólo una posibilidad
sin energía que le dé vida. Es la belleza del pensamiento puro.
Ante la
ausencia de emoción, no hay poder que pueda hacer realidad nuestros
pensamientos. Nuestro don del pensamiento carente de emoción es el que
nos permite modelar y simular las posibilidades de la vida sin riesgo,
sin crear temor o caos en nuestras vidas. Es sólo con nuestro amor o
miedo hacia los objetos de nuestros pensamientos como infundimos vida a
las creaciones de nuestra imaginación.
Sentimiento
El sentimiento sólo puede existir
cuando hay pensamiento y emoción, puesto que representa la unión de los
dos. Cuando sentimos, estamos experimentando el deseo de nuestra emoción
fusionada con la imaginación de nuestros pensamientos. El sentimiento es
la clave de la oración, al igual que nuestro mundo de los sentimientos
lo es para la creación. Cuando atraemos o repelemos a otras personas,
situaciones y condiciones que encontramos en nuestra experiencia, quizá
deberíamos observar nuestros sentimientos para comprender la razón.
Por definición, para tener un
sentimiento, en primer lugar hemos de tener un pensamiento y una
emoción. El reto para desarrollar nuestro nivel más elevado de
dominio personal es reconocer qué pensamientos y emociones representan
nuestros sentimientos.
De estas
simples y hasta quizá demasiado simplificadas definiciones, es evidente
por qué es imposible «pensar sin más» en experiencias aterradoras y
dolorosas. El pensamiento sólo es un componente de nuestra experiencia,
«ver» en nuestra mente los posibles resultados. El dolor, sin embargo,
es un sentimiento, el producto de nuestro pensamiento alimentado por el
amor o el odio hacia lo que nuestra mente cree que ha ocurrido. Los
maestros esenios, con esta fórmula, nos invitan a sanar los recuerdos de
nuestras experiencias más dolorosas cambiando la emoción de la propia
experiencia.
Como antigua base para el axioma moderno «la energía sigue a la atención», una
parábola concisa del perdido Evangelio Q describe este concepto: «Quien quiera proteger su vida, acabará perdiéndola».
Estas engañosas y breves palabras
explican por qué a veces atraemos a nuestras vidas experiencias que son
las últimas que habríamos deseado tener.
En este
ejemplo, mientras nos preparamos y defendemos contra todas las
posibilidades y situaciones en las que podríamos perder nuestras vidas,
el modelo sugiere que en realidad estamos llevando la atención a esa
misma experiencia que estamos intentando evitar. Al no querer, creamos
la condición que permite que suceda. En lugar de centrar nuestra
atención en lo que no queremos, es mucho mejor identificamos con lo que
queremos traer a nuestras vidas y vivir con esa perspectiva. Justamente
las afirmaciones proporcionan un maravilloso ejemplo de este principio.
Últimamente, las afirmaciones se
han hecho muy populares entre los seguidores de algunas enseñanzas
esotéricas y espirituales. En estas tradiciones se sugiere que al
afirmar, muchas veces al día, las cosas que elegimos experimentar en
nuestra vida, estas llegan a suceder. En general, cuanto menos
complicada sea la afirmación,
más claro será el efecto. las palabras de nuestras afirmaciones con
frecuencia reflejan un deseo de cambio en la vida, como por ejemplo:
«Mi pareja
perfecta se está manifestando para mí en este momento» o «Estoy
desbordante ahora y en todas las manifestaciones futuras».
Conozco
personas que llevan sus afirmaciones hasta el grado de convertirlas en
una disciplina formal. Empiezan a prepararse en el aseo con notas
pegadas alrededor del espejo, recordándose las afirmaciones. Cuando
cogen el coche para ir al trabajo por la mañana, pegan las notas en el
salpicadero y se las cuelgan en los retrovisores. En el trabajo en su
despacho las pegan en la mesa, en el tablón de notas y en la pantalla
del ordenador; cada nota es como un recordatorio de esas cosas que han
elegido cambiar o traer a sus vidas.
Es evidente que a algunas personas las afirmaciones les han abierto
poderosas puertas. Por primera vez, las personas han empezado a sentirse
dueñas y responsables de las cosas que les pasan en la vida. A algunas
personas las afirmaciones les han funcionado; sin embargo, a otras
muchas no. Tras meses de innumerables repeticiones de recordatorios
creativos sin resultado alguno, sencillamente han dejado de repetir las
afirmaciones. Nuestro antiguo modelo de pensamiento, emoción y
sentimiento podría ayudar a esas personas a comprender lo que ha
sucedido o lo que no ha sucedido.
CUANDO LA ORACIÓN
NO FUNCIONA
No hace mucho hice una encuesta informal entre los participantes de mis
seminarios respecto a la oración. Utilicé los resultados para
proporcionar un ejemplo actual de la naturaleza de la oración en ese
tipo de audiencia en particular. Cada encuesta empezaba con la pregunta:
«Cuando rezas, ¿qué pides?». Me puse un tablón con las hojas y delante
de él iba registrando los múltiples y variados escenarios que habían
descrito los miembros de cada grupo.
Después de
seis meses de estas encuestas informales, de públicos que eran una
muestra representativa de distintos estratos sociales, étnicos,
geográficos y de edad, pude definir cuatro propósitos para orar: para
conseguir más dinero, un trabajo mejor, tener buena salud y mejorar las
relaciones, justamente en este orden.
Orar por Pensamiento Sentimiento Emoción,
1. Más
dinero ????
2. Un trabajo mejor
3. Buena salud
4. Mejorar las relaciones
Al aplicar
nuestro modelo de oración como pensamiento, sentimiento y emoción,
podemos averiguar por qué funcionan nuestras oraciones y qué sucede
cuando no es así. Por ejemplo, a la cabeza de la lista, lo más normal
era rezar por dinero. Si queremos rezar para conseguir «más dinero»,
primero hemos de ser conscientes de cuánto dinero tenemos. Si rellenamos
los espacios en blanco a medida que nos desplazamos por la tabla hacia
la derecha, obtendremos una visión sobre la cualidad de dichas
percepciones.
Cuando pedí a los asistentes que piden más dinero en sus oraciones que
describieran sus pensamientos sobre él, las respuestas me llegaban desde
todas las direcciones de la sala. Como cabía esperar, eran bastante
similares. Frases como «no tengo bastante», «necesito más» y «se me está
acabando» eran bastante frecuentes. Enseguida apunté las palabras que
correspondían al apartado «pensamiento».
Antes hemos identificado el pensamiento
como nuestro sistema de guía, el programa direccional para la energía
que movemos en el mundo. Sin ese poder que alimenta a nuestro
pensamiento, este podría existir indefinidamente como una posibilidad en
nuestra mente. El potencial del pensamiento sin la energía que lo
alimenta, es lo que conocemos como deseo. Para que nuestro pensamiento
tenga fuerza, hemos de infundirle energía; quizás esta sea la respuesta
a por qué nuestras oraciones a veces parecen no tener respuesta.
Cuando no está el poder que da vida a nuestras afirmaciones, éstas
pueden existir indefinidamente como un potencial, como deseos
bienintencionados.
Es nuestro don de la emoción el que
confiere poder a la posibilidad de nuestro deseo. Al reconocer que
podemos elegir amor o miedo como la
emoción que alimenta a nuestro pensamiento, es más frecuente que basemos
nuestra necesidad en el segundo. Cuando decimos que «necesitamos más» o
que se «nos está acabando», generalmente la emoción que está detrás de
estas afirmaciones es el miedo. Aun reconociendo que puede haber
excepciones, he colocado la palabra «miedo» a la cabeza de la categoría
«emoción» en nuestra tabla. Con estos elementos de la oración
aparentemente simples, adquirimos una claridad tremenda acerca del
mecanismo de cómo y por qué nuestras oraciones funcionan en el modo en
que lo hacen.
Con los
resultados de esta tabla delante, planteo la siguiente pregunta: cuando
unimos la emoción del miedo con el pensamiento de «no tengo suficiente»,
¿qué sentimiento obtenemos?
La respuesta suele ser el silencio. No me sorprende, porque el
sentimiento es distinto para todos. La palabra que utilizamos para
describir el sentimiento no es importante. Lo que importa es el
sentimiento.
-¡Venga!
-les vuelvo a preguntar-. ¿Cómo os sentís cuando pensáis que no tenéis
dinero y experimentáis la emoción del miedo?
-¡Uf! -oigo exclamar desde algunas partes de la sala. -¡Fatal! -dice
alguien.
-Justamente -respondo yo-. Ahí es precisamente adonde quiero llegar.
-A través de nuestros sentimientos, de la unión
invisible de pensamiento y emoción, escogemos las situaciones que
condicionan nuestra vida. Cuando imaginamos un resultado con el ojo de
nuestra mente y somos conscientes de la emoción que lo está alimentando,
forjamos el sentimiento. Para comprender lo que hemos creado, basta con
mirar el mundo que nos rodea. ¿Cómo vamos a crear dinero, relaciones y
salud si los sentimientos que alimentan a nuestra creación son «fatal» y
«uf»? Los sentimientos de desvalorización alimentan precisamente la
creación de esa experiencia contraria a la que deseamos tener en nuestra
vida, el sentimiento de falta de autoestima. Casi todas las personas
presentes ya han escuchado los principios del ejercicio. Quizá lo que
les resulte nuevo sea la oportunidad de poder comprender qué es lo que
les había sucedido en el pasado cuando rezaban. Ahí es donde empieza
nuestra sanación.
Al repasar
juntos estos ejercicios, en menos de diez minutos, con la ayuda de un
sencillo tablón para colgar hojas, es posible ilustrar el mecanismo de
lo que puede que sea el poder más grande de la creación. ¡Es la dicha
que surge de recordar nuestro poder para traer bienestar, abundancia,
salud, seguridad y felicidad a nuestras vidas, que se había perdido en
Occidente hace mil quinientos años! Además de identificar cómo funciona
nuestra tecnología interna de la oración, también tenemos que cambiar
los elementos de nuestra oración para que nos sirvan mejor en el futuro.
Tras decir esto, inmediatamente se establece esta comprensión entre los
participantes. Oigo un suspiro, luego otro y otro. Cada uno acentuado
con brotes de risitas nerviosas, quizás en un esfuerzo para disipar la
intensidad del momento. Al mirar los rostros de los asistentes, tengo el
privilegio de contemplar el inicio del milagro.
EL CALDO DE LA CREACIÓN
Con los años, he aprendido
muchas cosas de las personas que he conocido en distintos lugares.
Aunque cada grupo de participantes es único, hay aspectos universales
que conectan a cada grupo de cada ciudad con la experiencia común de
formar una sola familia. Hacer una pregunta es uno de esos aspectos. Hay
personas que se arman de valor para hacer una pregunta, mientras que
otras, que se encuentran en el mismo lugar y se están preguntando lo
mismo, no lo expresen.
Algunas
personas puede que sean conscientes de su pregunta, pero se sienten
cohibidas para exponerla delante de un grupo. Otras, hasta que no la
oyen en boca de otro no dicen: «Sí, yo me estaba preguntando lo mismo».
Yo disfruto con esos momentos. Nuestros grandes momentos de comunicación
se producen cuando hay la oportunidad de interactuar y aclarar cosas
entre todos.
En una de las primeras oportunidades que tuve de presentar los conceptos
de la oración en un taller, un señor que estaba sentado en las primeras
filas, lanzó un suspiro que todo el mundo pudo oír. ¡Sin duda consiguió
acaparar mi atención! Al mirarle, vi una expresión de inseguridad en su
rostro. Busqué un modo de reconocer la frustración del hombre sin
mirarle directamente, y quizá con ello hacerlo sentirse molesto; me
dirigí entonces al público y dije: «¿Hay alguna pregunta?».
El hombre del suspiro aprovechó inmediatamente la oportunidad.
Era un
hombre de unos treinta y cinco años, y tenía un codo apoyado sobre la
mesa que compartía con los demás de su fila. Apoyaba informalmente la
barbilla en su mano abierta situada debajo de la mandíbula. Mientras me
dirigía hacia él para escuchar su pregunta, colocó su lápiz sobre la
mesa cerca de su cuaderno de notas. Miré rápidamente la página que tenía
delante. Estaba llena de notas, diagramas y garabatos. Pude ver que este
hombre había estado ocupado. Comenzó a hablar con otro gran suspiro.
-Ya he
oído esto antes -dijo, manteniendo la barbilla apoyada en su mano-.
Llevo muchos años en el «camino» y he estado con muchos maestros. De un
modo u otro, todos han dicho lo mismo. Lo que está diciendo no es nada
nuevo. Sin embargo, ha habido algo en lo que nunca había caído en la
cuenta hasta ahora. ¿De qué modo nuestros sentimientos internos pueden
tener algún efecto sobre lo que sucede en el mundo exterior?
Recordé la
conversación que había tenido meses antes con mi madre. La idea de que
el componente sutil del pensamiento, sentimiento y emoción pudiera tener
algún efecto sobre el mundo físico de moléculas, átomos y células era un
misterio para mi madre, al igual que para ese señor. Empecé con una
explicación que he usado como una analogía en muchas ocasiones con el
paso de los años. Procede de un experimento que recuerdo haber realizado
en una fase temprana de mi vida para probarme los principios de los que
estábamos hablando.
-El caldo
de la creación existe como un estado de posibilidades -empecé-. Todos
los componentes para cualquier cosa que podamos llegar a concebir,
incluyendo la propia vida, existen en ese estado de posibilidad. Aunque
allí están los componentes para formarlas, no hay ningún desencadenante
que las «empuje» a moverse. Esta idea es muy similar a hacer una barra
de caramelo de colores con una jarra de agua a la que le hemos añadido
mucho azúcar. Podemos añadir muchas cucharadas de azúcar en el agua y
ver cómo se disuelve y desaparece. Aunque ya no vemos el azúcar, sabemos
que hay varias cucharadas en esa agua.
»El azúcar
permanece en el mismo estado, invisible, hasta que llega algo que cambia
las condiciones del agua. A eso lo llamamos catalizador, algo que
desencadena una nueva oportunidad para que el agua y el azúcar
interactúen. El desencadenante puede ser algo tan simple como colocar
una cuerda de fibra en el agua. Cuando el agua impregnada de azúcar se
absorbe en la cuerda, se evapora y se separa del azúcar. Al no haber
agua, el azúcar se cristaliza en una nueva expresión de sí mismo, en los
diminutos cristales que siguen las leyes del aire más que las del agua.
Diferentes temperaturas y presiones representan distintas leyes y
producen cristales diferentes.
»Cuando creamos sentimientos sobre las cosas que queremos experimentar
en el mundo, estos son como la cuerda en la solución de azúcar. Entre
las posibilidades de la creación colocamos una imagen de sentimientos,
con la energía suficiente para hacer realidad una nueva posibilidad. Sin
embargo, la clave de este sistema es que la creación devuelve
precisamente lo que nos ha mostrado nuestra Imagen. La imagen le dice al
caldo creativo dónde hemos puesto nuestra atención. La emoción que
asociamos a nuestra imagen atrae la posibilidad de la misma. Cuando «no
queremos» algo -Una emoción que se basa en el miedo-, nuestro miedo está
aumentando eso que no queremos.
Estas
leyes nos invitan a robustecer nuestras elecciones centrándonos en las
experiencias positivas que hemos elegido más que preparándonos para las
cosas negativas que no deseamos. La creación simplemente produce la
consecuencia de nuestro sentimiento, perpetuando aquello que hemos
imaginado. Este es el antiguo secreto de un modo olvidado de oración,
algo que se perdió en el siglo IV.
Vi el cambio de expresión en la cara del hombre. En cuestión de
segundos, este sencillo experimento, que hoy en día se realiza en potes
de mayonesa expuestos a la luz solar en innumerables alféizares de
ventanas de incontables aulas alrededor del mundo, explicaba una
posibilidad que le había desconcertado durante años.
¿CÓMO ORAMOS?
Tras él ejercicio de afirmaciones y oración, pregunté a los
participantes si sentían que sus oraciones en el pasado habían tenido
respuesta. Al principio hubo silencio, dudaban en responder. Poco a poco
la gente empezó a levantar la mano para decir «no» o «sólo a veces».
Estas
personas me estaban diciendo que para las categorías de la oración
concernientes al dinero, trabajo, relaciones y maestros, muchos sentían
que sus ruegos no habían sido escuchados.
Mi siguiente pregunta fue: «¿Por qué?». ¿Adónde recurrimos para
comprender la sofisticada tecnología de la oración y cómo la aplicamos a
nuestras vidas? Los investigadores de la oración, por razones de
estudio, dividen las múltiples aplicaciones y métodos de oración
utilizados en Occidente en grandes categorías. Por ejemplo, Margaret
Paloma, profesora de sociología en la Universidad de Akron (Ohio),
identifica cuatro clases o modos, que describo a continuación.
Oración
coloquial
Nos comunicamos con Dios con
nuestras propias palabras, describiendo informalmente nuestros problemas
o dando las gracias por las bendiciones que recibimos en nuestras vidas:
«Amado Dios, por favor, permite por esta vez que mi coche llegue a la
gasolinera que está en la próxima salida de la autopista, te prometo que
nunca volveré a dejar que se me acabe la gasolina».
Oración
de petición
En este tipo de oración pedimos
nuestro bien a las fuerzas creativas de nuestro mundo para obtener cosas
o resultados específicos. La oración de petición puede ser formal o con
nuestras propias palabras: «Poderosa presencia "Yo soy", reclamo mi
derecho a sanar».
Oración ritualista
Aquí repetimos una secuencia determinada de palabras, quizás en
ocasiones especiales o en momentos concretos. Las oraciones antes de
irse a dormir como el «Con Dios me acuesto...», o el «Señor, bendice los
alimentos que vamos a tomar... » antes de las comidas, son ejemplos por
todos conocidos.
Oración meditativa
Una oración meditativa es la que trasciende las palabras. En meditación
estamos en silencio, quietos, abiertos y conscientes de la presencia de
las fuerzas creativas dentro de nuestros mundos y nuestros cuerpos. En
nuestra quietud, dejamos que la creación se exprese a través de nosotros
en ese momento.
Para
muchas personas, la práctica de la meditación va más allá de la oración.
En el sentido más estricto de la palabra, si la meditación implica un
pensamiento, un sentimiento y una emoción, puede ser definida como
meditación y oración.
Los cuatro
modos descritos, utilizados individualmente o combinados, constituyen el
grueso de las modalidades de oración que se emplean en Occidente.
En mi experiencia de las tradiciones indígenas o esotéricas, siempre ha
habido referencias a un modo de oración que nunca ha parecido encajar en
ninguna de estas categorías. Los viajes a algunos de los lugares más
sagrados de la Tierra me han revelado un modo de oración que está
reservado para los iniciados y los estudiantes serios de temas
espirituales. Las paredes de los templos de Egipto, las costumbres de
los amerindios del Norte y los curanderos de las montañas de Perú me han
enseñado una forma de oración que no parece ser conocida en las
tradiciones occidentales.
¿Es posible que exista un quinto modo que nos permita fusiona nuestros
pensamientos, sentimientos y emociones en una única y potente fuerza de
creación? Además, ¿es esta la fuerza que abre directamente la puerta a
los procesos de sanación en nuestro cuerpo y en el mundo? Tanto los
textos antiguos como los estudios modernos nos dan a entender que así
es.
Los ejemplos del cáncer curado, de la
desaparición de la herida del cuello, la compresión del tiempo en el
desierto del Sinaí y la misteriosa contraorden del bombardeo de Iraq nos
ofrecen pistas sobre el secreto que envuelve a nuestro olvidado método
de oración. Gracias a nuestra nueva comprensión del tiempo y de los
puntos de elección, la física cuántica considera la posibilidad de cada
uno de estos aparentes milagros como productos que ya existen.
El secreto
de nuestro olvidado método de oración es cambiar nuestra visión de la
vida sintiendo que el «milagro» ya se ha producido y que nuestras
oraciones ya han sido escuchadas. Los pueblos indígenas del mundo
comparten el recuerdo de esta oración en sus textos más sagrados y en
sus tradiciones más antiguas. Ahora tenemos la oportunidad de atraer
esta sabiduría a nuestras vidas en forma de oraciones de gratitud por lo
que ya tenemos, en lugar de pedir para que nuestras oraciones sean
escuchadas.
LA ORACIÓN DE DAVID
Estiré la mano por encima del
hombro para alcanzar una botella de agua fresca de mi mochila. Eran sólo
las once de la mañana y el alto sol del desierto ya había penetrado el
grueso nailon, eliminando cualquier resquicio de frescor de la botella.
Durante semanas nos habían estado avisando de que estaban prohibidas las
fogatas y quemar basuras. Incluso lanzar un cigarrillo desde la ventana
de un vehículo en marcha podía suponer una cuantiosa multa. Este era el
tercer año de sequía en el desierto del sudoeste de Estados Unidos.
Aunque era una época de climas extremos en todas partes, parecía que las
montañas del norte de Nuevo México estaban especialmente afectadas. las
pistas de esquí no habían abierto ese año, y el río Grande se había
reducido a un hilo antes de fusionarse con el río Rojo cerca de Questa.
Al coger la reblandecida botella de plástico para abrirla, se me derramó
un poco de agua alrededor del tapón. Observé fascinado cómo el agua
salpicaba el suelo. La superficie estaba tan reseca que las gotas se
fusionaban formando un charquito antes de rodar al interior de una
pequeña depresión cercana. Incluso dentro de ese hoyo superficial, no se
difuminaron y absorbieron en la tierra. Para mi sorpresa, todo el
charquito se evaporó en cuestión de segundos.
-La tierra
tiene demasiada sed para beber -me dijo David suavemente desde detrás.
-¿Has
visto antes una sequía como ésta? -le pregunté.
-Los ancianos dicen que hace más de cien años que las lluvias no nos
dejaban durante tanto tiempo -respondió David-. Esta es la razón por la
que hemos venido a este lugar, para invocar a la lluvia.
Hacía años
que conocía a David; de hecho, desde antes de trasladarme al elevado
desierto del norte de Santa Fe. Los dos habíamos emprendido un viaje
sagrado alejándonos de nuestros hogares, familias y seres queridos. Su
gente llamaba a estos viajes la «búsqueda de la visión». Para mí suponía
la oportunidad de escaparme de mis compromisos corporativos y estar en
contacto con la tierra durante mi etapa periódica de reflexión sobre mi
propósito y rumbo en la vida. A los cinco meses de habernos conocido, me
fui a vivir a las montañas que había visitado para estar en soledad.
Aunque
David y yo rara vez nos veíamos, cuando lo hacíamos era como si
hubiéramos estado hablando el día anterior. Nunca había ninguna
sensación de extrañeza o necesidad de disculparnos por nuestra falta de
contacto. Los dos sabíamos que teníamos que dar prioridad a las cosas de
nuestra vida que nos exigía nuestra atención. En ese momento estábamos
juntos, compartiendo una tórrida mañana de verano en el desierto.
Tras un largo trago de mi botella caliente, me levanté y empecé a
caminar hacia David. Él estaba a unos veinte pasos por delante. Le
seguía por un camino invisible que sólo él podía ver. Nuestra marcha se
hacía más rápida a medida que nos abríamos paso por densos matorrales de
salvia y chamico que llegaban a la altura de las rodillas. Miré el suelo
que tenía delante. Cada uno de mis pasos levantaba una pequeña nube de
polvo que desaparecía en la tórrida y seca brisa. Detrás no quedaba ni
rastro del camino que estábamos creando.
David
sabía exactamente adónde íbamos; era un lugar conocido por su familia y
antepasados durante muchas generaciones. Año tras año acudían a ese
lugar en busca de la visión, para realizar sus ritos de paso, y en
ocasiones especiales como hoy.
-Allí
-dijo David. Miré hacia donde estaba apuntando. Tenía el mismo aspecto
que los otros miles de hectáreas de salvia, junípero y pino que nos
rodeaban en el valle.
-¿Dónde? -pregunté.
-Allí, donde cambia la tierra -respondió David.
Miré
detenidamente, estudiando el paisaje. Revisé la parte superior de la
vegetación, mis ojos buscaban irregularidades en el espacio y en el
color. De pronto saltó a la vista, como una imagen oculta en uno de esos
gráficos tridimensionales que disfrazan una imagen entre los puntos.
Miré más de cerca y vi que las puntas de los arbustos de salvia tenían
una distribución diferente. Al dirigirnos hacia la aparente anomalía,
pude ver algo en el suelo, algo grande e inesperado. Me detuve para
colocarme a la sombra que creaba mi propio cuerpo, y entonces pude ver
una serie de piedras, hermosas y de todo tipo, organizadas para formar
perfectas líneas y círculos geométricos. Cada piedra estaba exactamente
situada, revelando la precisión con la que las antiguas manos las habían
colocado cientos de años antes.
¿Qué es
este lugar? -le pregunté a David-. ¿Por qué está aquí, en medio de la
nada?
-Esta es
la razón por la que hemos venido -dijo riendo- por esto, lo que tú
llamas «nada», es por lo que estamos aquí. Hoy sólo estamos tú y yo, la
tierra, el cielo y nuestro Creador. Eso es todo. Aquí no hay nada más.
Hoy nos pondremos en contacto con las fuerzas invisibles de este mundo;
hablaremos con la Madre Tierra, con el Padre Cielo y con los mensajeros
que están entre medio.
»Hoy rezaremos lluvia -dijo David.
Siempre me
sorprende la rapidez con la que los viejos recuerdos pueden inundar el
presente. Al igual que me sorprende lo pronto que se desvanecen. Al
momento, mi mente buscó las imágenes de lo que esperaba que iba a
suceder a continuación. Recordé las escenas de oración que me eran
familiares. Recordaba haber ido a los pueblos vecinos y ver a los
nativos ataviados con prendas de su tierra. Recuerdo haberlos estudiado
mientras se movían rítmicamente al son de los mazos de madera con los
que percutían los tambores de cuero de alce tensado sobre marcos de
pino. Sin embargo, ningún recuerdo de mi mente podía prepararme para lo
que iba a presenciar.
-El
círculo de piedra es una rueda de medicina -me explicó David-. Que
nosotros recordemos, siempre ha estado aquí. La rueda no tiene poder en
sí misma. Sirve como objeto de concentración para invocar la oración.
Puedes verlo como un mapa de carreteras.
Yo debía
de haber puesto cara de perplejidad. Por lo que David se adelantó a mi
pregunta y la respondió antes de que hubiera acabado de formularla en mi
mente.
-Un mapa
entre los seres humanos y las fuerzas de este mundo -dijo respondiendo a
la pregunta que todavía no había formulado-. El mapa fue creado aquí,
porque en este lugar las pieles de ambos mundos son muy finas. Cuando yo
era un niño me enseñaron el lenguaje de este mapa. Hoy recorreré un
antiguo camino que conduce a otros mundos. Desde esos mundos, hablaré
con las fuerzas de esta tierra, para hacer lo que hemos venido a hacer.
Invitar a la lluvia.
Observé
cómo David se sacaba los zapatos. Hasta la forma en que se desataba los
lazos de sus viejas botas de trabajo era una oración, metódica,
intencionada y sagrada. Con sus pies descalzos sobre la tierra, se dio
la vuelta y se apartó de mí en dirección al círculo. Sin emitir sonido
alguno recorría su camino alrededor de la rueda, con sumo cuidado para
respetar la colocación de cada una de las piedras.
Con
veneración hacia sus antepasados, colocó sus desnudos pies sobre la
tierra agrietada. En cada paso, los dedos de sus pies se acercaban a
menos de un centímetro de las piedras exteriores. Ni una sola vez las
tocó. Cada piedra se quedó justo en el mismo sitio donde otras manos, de
una generación hace mucho tiempo desaparecida, las habían colocado.
Mientras circundaba el contorno más lejano del círculo, David se giró,
permitiéndome ver su rostro. Para mi sorpresa, sus ojos estaban
cerrados. Habían estado así todo el tiempo. ¡Estaba venerando una a una
la posición de cada piedra blanca y redonda sintiéndolas mediante la
posición de sus pies!
David
regresó al lugar más cercano a mí y colocó sus manos en posición de
oración delante de su cara. Su respiración era casi imperceptible.
Parecía no enterarse del calor del sol del mediodía. Tras unos breves
segundos en esta posición, respiró profundamente, relajó la postura y se
giró hacia mí.
-Vámonos,
aquí ya hemos terminado -dijo mirándome directamente.
-¿Ya? -pregunté un poco sorprendido. Parecía como si acabáramos de
llegar-. Pensé que íbamos a rezar para invocar a la lluvia.
David se sentó en el suelo para ponerse de nuevo los zapatos. Me miró y
sonrió.
-No, yo te dije que «rezaría lluvia» -respondió-. Si hubiera rezado para
invocar a la lluvia, nunca podría suceder.
Por la
tarde cambió el tiempo. La lluvia empezó de repente, con unos pocos
sonidos sordos sobre la tierra que estaba en dirección a las montañas
del este. En cuestión de minutos las gotas se fueron haciendo más
grandes y más frecuentes, hasta que se declaró una tormenta con todas
las de la ley. Enormes nubes negras cubrían el valle, oscureciendo las
montañas de Colorado por el norte durante el resto de la tarde. El agua
se acumulaba con tanta rapidez que la tierra no la podía absorber, y al
cabo de poco tiempo empezaron los temores a las inundaciones. Miré los
18 kilómetros de salvia que había entre donde me encontraba yo y la
cadena montañosa al este. El valle parecía un inmenso lago.
A última hora de la tarde, miré la previsión meteorológica de las
estaciones locales. Aunque no estaba sorprendido, recuerdo haber sentido
admiración mientras los mapas del tiempo coloreados parpadeaban en la
pantalla. Las flechas animadas indicaban el típico patrón de aire frío y
húmedo que descendía formando un ángulo desde la región Noroeste del
Pacífico, atravesaba Utah y entraba en Colorado, como solía hacer en los
meses de verano. Luego, inexplicablemente, la corriente cambió su curso
e hizo algo excepcional.
Observaba,
sorprendido, cómo la masa de aire se adentraba con precisión en el sur
de Colorado y norte de Nuevo México antes de formar un cerrado bucle
para cambiar de dirección y regresar al norte, reanudando su camino a
través de la región Central. Con ese descenso se convertía en un frente
de baja presión y aire frío que se mezclaría con el aire caliente y
húmedo que ascendía del Golfo de México, la receta perfecta para la
lluvia. Por las previsiones del tiempo, parecía que iba a llover y
bastante. Llamé a David a la mañana siguiente.
-¡Qué
desastre! -exclamé-. Las carreteras han desaparecido. Las casas y los
campos están inundados. ¿Qué ha sucedido? ¿Cómo explicas toda esta
lluvia?
La voz al otro lado de la línea permaneció en silencio durante unos
segundos.
-Ese es el problema -dijo David-. ¡Esta es la parte de la oración que
todavía no he comprendido!
A la
mañana siguiente, la tierra ya estaba lo bastante húmeda para aceptar
más agua. Me monté en el coche y atravesé varios Pueblos en dirección a
la ciudad más cercana. La gente estaba extasiada contemplando la lluvia.
Los niños jugaban en el barro. Los granjeros estaban en las ferreterías
y tiendas de ultramarinos, ocupándose de sus negocios de ganadería y
agricultura. Las cosechas habían sufrido un daño mínimo. El ganado tenía
agua en sus estanques y parecía como si el norte de Nuevo México hubiera
superado la tristeza de la sequía, al menos en lo que quedaba de verano.
GRATITUD: RESPIRAR
LA VIDA EN NUESTRAS ORACIONES
La historia de David ilustra
perfectamente el funcionamiento interno de un modo de oración olvidado
por nuestra cultura hace casi dos mil años. Tras su breve ceremonia
dentro del círculo de la medicina, David me había mirado y dicho
simplemente:
«Vámonos,
aquí ya hemos terminado nuestro trabajo». El resto del tiempo que estuve
con David ese día, ahora tiene mucho más sentido e importancia.
Ya sé lo que significaba la respuesta de David «he venido a rezar
lluvia». El resto de la historia quizá sea mejor contarla con sus
propias palabras.
-Cuando era joven -dijo-, nuestros
mayores me transmitieron el secreto de la oración. El secreto es que
cuando pedimos algo, estamos reconociendo que no lo tenemos. Seguir
pidiendo sólo aumenta el poder de lo que nunca sucederá.
« El camino entre el ser humano y las fuerzas de este mundo empiezan en
nuestro corazón. Es allí donde nuestro mundo de los sentimientos se une
con el de nuestro pensamientos ». En mi oración, empecé con un
sentimiento de gratitud por todo lo que existe y por todo lo que ha
sucedido. Di gracias al viento del desierto, al calor y a la sequía,
pues hasta ahora así es como ha sido. No es bueno. No es malo. Ha sido
nuestra medicina.
»Luego he escogido otra medicina. Empecé a sentir lluvia. Sentí la
lluvia cayendo sobre mi cuerpo. De pie en el círculo de piedra, imaginé
que estaba en la plaza de nuestro pueblo, descalzo bajo la lluvia. Sentí
la sensación de la tierra húmeda que rezumaba entre los dedos de mis
pies. Olí el olor de la lluvia en las paredes de paja y barro de las
casas de nuestro pueblo después de las tormentas. Sentí la sensación de
caminar por los campos de maíz que crecía hasta la altura de mi pecho
debido a la generosidad de las lluvias. Los ancianos nos recuerdan que
así es como elegimos nuestro camino en este mundo. Primero hemos de
tener el sentimiento de lo que deseamos experimentar. Así es
como plantamos las semillas para un nuevo camino. De ahí en adelante
-prosiguió David- nuestra oración se convierte en una acción de
gracias.
-¿Gracias? ¿Quieres decir gracias por lo que hemos
creado?
-No, no por lo que hemos creado --respondió David – la creación ya esta
completa. Nuestra oración se convierte
en una oración de gracias por la
oportunidad se elegir que creación vamos a experimentar. Mediante
nuestro agradecimiento, veneramos todas las posibilidades y atraemos a
nuestro mundo aquellas que deseamos.
De este
modo, con las palabras de su pueblo, David había compartido conmigo el
secreto de entrar en comunión con las fuerzas de nuestro mundo y
nuestros cuerpos. Aunque había escuchado y comprendido lo que me había
dicho, sus palabras todavía son más significativas para mí hoy en día.
NUESTRO MÉTODO DE
ORACIÓN OLVIDADO
Después de haber estado con
David, volví a buscar en los textos, algunos antiguos, otros
contemporáneos. Descubrí que muchos grupos, organizaciones y sistemas
filosóficos hablaban de nuestro olvidado método de oración. Muchos
continúan practicándolo, con técnicas que nos dicen «piensa como si tus
oraciones ya se hubieran hecho realidad» o «como si tus oraciones
vinieran del lugar donde se cumple la oración». No obstante, por más que
he investigado estas tecnologías, casi siempre el elemento del
sentimiento brillaba por su ausencia.
A mediados del siglo XX, un hombre conocido simplemente como Neville
puso en la vanguardia del pensamiento contemporáneo el método olvidado
de oración con su trabajo pionero sobre las leyes de causa y efecto.
Nacido en Barbados, Antillas, Neville describió elocuentemente su
filosofía de hacer realidad nuestros sueños mediante el sentimiento e
invitamos a «hacer de [nuestro] futuro sueño un hecho en el presente,
adoptando el sentimiento de [nuestro] deseo realizado».4 Además, Neville
sugiere que es el amor por nuestro nuevo estado el que infunde poder
para que su existencia se haga realidad. «A menos que tú mismo entres en
la imagen y pienses desde ella, esta no puede nacer. »' Examinar una
oración específica, como una oración por la paz, puede aportar un grado
de concreción a estos conceptos a veces un tanto confusos.
Los condicionamientos reinantes en nuestras tradiciones occidentales han
hecho que «pidiéramos» que la paz se produzca bajo determinadas
circunstancias. Al pedir que haya paz, por ejemplo, estamos reconociendo
inconscientemente el hecho de que no la hay, quizá hasta reforcemos lo
que puede ser visto como un estado de violencia.
Desde la
perspectiva de nuestro quinto modo de oración, se nos invita a crear paz
en nuestro mundo mediante el pensamiento, el sentimiento y la emoción en
nuestro cuerpo. Una vez que hemos creado en nuestra mente la imagen de
nuestro deseo y hemos sentido que este se ha realizado en nuestro
corazón, ¡Ya ha sucedido!. Aunque el propósito de nuestra oración puede
que, todavía no se haya materializado ante nuestros sentidos, suponemos
que así es. El secreto del quinto modo de oración reside en reconocer
que cuando sentimos, el efecto de nuestros sentimientos ya ha tenido
lugar en alguna parte, en algún plano de nuestra existencia.
Nuestra oración se origina entonces desde una perspectiva muy distinta.
En lugar de pedir que se produzca el resultado de nuestra oración,
reconocemos nuestro papel como una parte activa de la creación y damos
gracias por lo que estamos seguros de haber creado. Tanto si vemos los
resultados inmediatamente como si no, reconocemos que en algún lugar de
la creación nuestra oración ya ha sido escuchada. Ahora nuestra oración
se convierte en una oración afirmativa de acción de gracias, que
alimenta nuestra creación y permite que se desarrolle en su máximo
potencial. A continuación expongo un resumen de nuestra oración por la
paz, desde la perspectiva tradicional y desde la de nuestro método
olvidado de oración.
Oración
de petición
1. Nos
centramos en las condiciones donde creemos que no existe la paz.
2. Pedimos la intervención de un gran poder para que cambie dichas
condiciones.
3. Al hacer la petición, puede que estemos reconociendo que la paz y que
el cambio positivo todavía no existen en esos lugares.
4. Continuamos pidiendo esta intervención hasta que vemos que se produce
el cambio en nuestro mundo.
El
quinto modo de oración
1. Tomamos
nota de todos los acontecimientos, los que vemos cuando no hay paz, sin
juzgarlos como buenos, malos, justos o injustos.
2. Mediante la tecnología del pensamiento, el sentimiento y la emoción
creamos las condiciones desde nuestro interior que elegimos para tomar
nota de nuestro mundo exterior. Por ejemplo: «Un cambio positivo en la
Tierra, sanación para todo tipo de vida y paz en todos los mundos».
Nuestro sentimiento de que ya es así da fuerza a nuestra oración y
materializa ese fruto. Al hacerlo, hemos renovado el recuerdo de una
posibilidad mejor. Reconocemos el poder de nuestra «tecnología interna»
y damos por hecho que nuestra petición ya se ha cumplido; la paz y el
cambio positivo ya están aquí.
Nuestra
oración consiste ahora en:
a)
reconocer lo que hemos elegido,
b) sentir que ya se ha cumplido,
c) dar gracias por tener la oportunidad de elegir, y al hacerlo
infundimos vida en nuestra elección.
Las
últimas traducciones de los textos arameos originales ofrecen nuevas
visiones de por qué las referencias a la oración han sido tan ambiguas
en el pasado. Los manuscritos del siglo XII revelan el grado de las
libertades que se tomaron para condensar la estructura de las frases y
simplificar su significado. Quizás una de las referencias más evidentes,
y al mismo tiempo sutiles, sea una oración que se ha enseñado durante
varias generaciones a los estudiantes de teología y a los alumnos del
catecismo dominical.
Este
fragmento de nuestro método de oración olvidado nos invita a «pedir» el
beneficio de nuestra oración, como en nuestra conocida admonición «pedid
y recibiréis». La comparación del texto arameo ampliado con la versión
bíblica moderna de la oración nos ofrece poderosas revelaciones sobre
las posibilidades de esta tecnología perdida.
La versión moderna condensada:
En verdad,
en verdad os digo, que todo cuanto pidiereis a mi Padre en mi nombre, os
lo dará. Hasta ahora nada habéis pedido en mi nombre; pedid, y
recibiréis, para que vuestro gozo sea cumplido (Jn, 16,2324).
La versión
original, vuelta a traducir del arameo:
Todo
aquello que pidas directa y abiertamente... en mi nombre, te será
concedido. Hasta ahora no lo has hecho. Pide sin un motivo oculto y
serás rodeado por la respuesta. Déjate envolver por lo que deseas, que
tu júbilo sea completo...'
A través
de las palabras de otros tiempos, se nos invita a acoger nuestro
olvidado método de oración como una conciencia que nosotros encarnamos,
en lugar de una forma prescrita de acción que realizamos para tal
efecto. Al invitarnos a estar «rodeados» por nuestra respuesta y
«envueltos» por lo que deseamos, este antiguo pasaje hace hincapié en el
poder de nuestros sentimientos. En nuestro lenguaje actual, esta
elocuente frase nos recuerda que para crear nuestro mundo, en primer
lugar hemos de tener los sentimientos de que nuestra creación ya se ha
realizado. Nuestras oraciones se convierten entonces en una acción de
gracias por lo que hemos creado, en lugar de ser peticiones de lo que
queremos que suceda.
UNA NUEVA FE
No puedo decir a ciencia cierta que la oración de David tuviera algo que
ver con las tormentas que se produjeron durante el tiempo que estuvimos
juntos. Lo que sí puedo decir es que el tiempo en el norte de Nuevo
México cambió ese día. Tras semanas de sequía, de cosechas perdidas y
ganado deshidratado, en un día cambió el tiempo y llegaron lluvias
torrenciales que dieron lugar a lluvias diarias que duraron hasta las
heladas de otoño. Además, puedo decir que hubo una sincronicidad
entre el inesperado cambio de tiempo y la experiencia que compartí con
David. El tiempo que transcurrió entre los acontecimientos fue cuestión
de horas. ¿Cómo podemos probar un hecho de tal magnitud e importancia?
Los habitantes de los pueblos de amerindios en la desierta región
suroeste no necesitan pruebas; sin duda alguna, ellos saben que dentro
de cada uno de nosotros se encuentra el poder para comunicarnos
directamente con las fuerzas creadoras de este mundo y fuera de él. Lo
hacen sin expectativas, sin juzgar el resultado de su comunión. Por
ejemplo, si no hubieran venido las lluvias, David habría visto la
ausencia de las mismas como una parte de su oración, en lugar de como
una señal de fracaso. Su oración no ponía condiciones. No puso una fecha
al resultado de su comunión con las fuerzas de la naturaleza.
David
había compartido un momento divino con los poderes de la creación, había
plantado la semilla sagrada de una posibilidad a través de su oración y
había dado gracias por tener la oportunidad de elegir otro resultado. Su
inquebrantable fe en que su oración había logrado algo es la clave para
regresar a nuestra oración perdida.
En nuestro mundo moderno, con frecuencia esperamos una gratificación y
una respuesta rápida. El tiempo de procesamiento de nuestros
ordenadores, por ejemplo, supera en más de cincuenta veces la rapidez de
los primeros microordenadores de principios de los ochenta. Entonces,
pensábamos que eran rápidos. Esperar durante más de una fracción de
segundo tras teclear nuestro comando en el teclado a veces nos provoca
ansiedad por obtener una respuesta que hace sólo unos años suponía el
último avance de la tecnología.
Los hornos
microondas han reducido a la mitad el tiempo que se necesitaba para
hervir el agua con la cocina de gas o eléctrica convencional. Ahora,
esperamos con impaciencia a que el reloj digital marque los segundos que
quedan para que hierva el agua. Ha habido una tendencia a ver los
resultados de la oración del mismo modo. Si los resultados no son
inmediatos, sentimos que no ha funcionado.
Los antepasados eran
más sabios.
Cuando David oraba lluvia, sabía a ciencia cierta que con su oración
había invitado una nueva posibilidad. También sabía que su oración no
era más que una posibilidad. Quizás el efecto no seria inmediato para
nuestros ojos. Mientras él y yo estábamos de pie en el campo de salvia,
en lo alto de los desiertos del norte de Nuevo México, el hecho de que
no viéramos inmediatamente la lluvia no le afectó a David demasiado.
Estaba seguro de su capacidad para elegir otro resultado y su confianza
era algo natural para él.
La certeza de David de haber plantado la semilla de la posibilidad en
alguna parte de las profundidades de la creación, nos conduce a
replanteamos una palabra que puede que en los últimos tiempos haya
perdido su significado. Esa palabra es fe. Aunque en The American
Heritage College Dictionary la fe se define como «creencia que no se
basa en pruebas lógicas o evidencias materiales», los antepasados y los
pueblos indígenas de nuestros días aceptan una definición de la palabra
mucho más amplia.
Su
comprensión es tan válida hoy en día como lo fue en generaciones
pasadas, cuando la fe era la clave para comunicarse con las fuerzas
invisibles de nuestro mundo. Gracias a su maravillosamente integrada
visión de nuestro papel en la creación, la fe se convierte en la
aceptación de nuestro poder como fuerza directriz en la creación. Esta
visión unificada es la que nos permite avanzar en la vida con la
confianza de que a través de nuestras oraciones hemos plantado las
semillas de nuevas posibilidades.
Nuestra fe
nos permite reasegurarnos de que nuestras oraciones han sido escuchadas.
Con esta conciencia, nuestros rezos se transforman en expresiones de
gratitud que infunden vida a nuestras elecciones a medida que estas se
manifiestan en el mundo.
Siete son
los senderos
que cruzan el Huerto Infinito,
y cada uno deberá transitarse
con el cuerpo, el corazón y la mente cual uno…
EVANGELIO
ESENIO DE LA PAZ
8 - LA CIENCIA
DEL SER HUMANO
Secretos de la oración y de la sanación
En el siglo IV, nuestra relación con las fuerzas sutiles del mundo que
nos rodea, así como con las que están en nuestro interior, empezaron a
cambiar. Cuando las palabras que confirmaban estas relaciones fueron
eliminadas de los textos donde se habían conservado, empezamos a vemos
como observadores, a contemplar pasivamente las maravillas de la
naturaleza y el funcionamiento de nuestro cuerpo. Las tradiciones como
las de los esenios y los amerindios sugieren que nuestra relación con el
mundo trasciende el papel del observador, recordándonos que formamos
parte de todo lo que vemos. En un mundo con semejante interconexión es
imposible observar pasivamente cómo cae una hoja de un árbol o corre una
hormiga por el suelo. El propio acto de observar nos coloca en el papel
de participantes.
El físico Niels Bohr formuló, a finales de la década de 1920, una
teoría que insinuaba esta relación, y describió una visión similar en
términos modernos. Se había observado que, en el plano atómico, la
materia a veces se comportaba de forma extraña, en contradicción con la
teoría aceptada. En forma simplificada, la teoría de Bohr, conocida como
la Visión de Copenhague, postulaba que el observador de cualquier
acontecimiento pasa a formar parte del mismo tan sólo por el acto de
observar.
En el
diminuto mundo de los átomos, la observación adquiere mayor importancia
cuando «los objetos del tamaño del átomo son perturbados por cualquier
intento de observarlos».' Según esta línea de pensamiento, es evidente
que la ciencia moderna está buscando un lenguaje para describir la
relación de unidad que los esenios utilizaron como base en sus
oraciones.
Vernos como independientes del mundo que nos rodea ha precipitado un
sentido de separación, una actitud de «aquí dentro» frente a un «allá
fuera». Desde nuestra infancia, empezamos a creer que el mundo
«sencillamente sucede». Algunas veces ocurren cosas buenas, otras no
tanto. Parece que el mundo suceda a nuestro alrededor, en ocasiones sin
razón aparente.
Al
prepararnos para los imponderables de la vida, pasamos gran parte de
nuestro tiempo ideando estrategias para sobrevivir e ir sorteando los
retos que se interponen en nuestro camino. Las nuevas investigaciones
sobre la relación entre el poder de nuestros sentimientos y la química
de nuestros cuerpos nos hacen pensar que las implicaciones de ese punto
de vista de «nosotros» y «ellos» tienen un alcance mucho mayor, y a
veces, inesperado.
Por
ejemplo, la ciencia ha demostrado que sentimientos específicos producen
una química previsible en el cuerpo que corresponde a ese sentimiento en
particular. A medida que cambiamos nuestros sentimientos, cambiamos
nuestra química. Literalmente tenemos lo que puede contemplarse como
«química del odio», «química de la ira», «química del amor» y así
sucesivamente. Las expresiones biológicas de la emoción se manifiestan
en el cuerpo como los niveles hormonales, de anticuerpos y enzimas que
están presentes en nuestro estado de bienestar.
La química
del amor, por ejemplo, afirma la vida reforzando el sistema inmunitario
y las funciones reguladoras de nuestro cuerpo. A la inversa, la ira, que
a veces dirigimos hacia dentro en forma de culpa, puede manifestarse
como una respuesta de inmunodeficiencia.
En el verano de 1995, Glen Rein, Mike Atkinson y Rollin
McCraty publicaron un ensayo en el Journal of Advancement in
Medicine. Con el título de «The Physiological y Psychological
Effects of Compassion and Anger», se centraba en el estudio de la
inmunoglobulina A salival (S-IgA), un anticuerpo que se encuentra en
la mucosidad de los tractos respiratorios superiores, gastrointestinales
y urinarios, y que los defiende de las infecciones. En esencia, el
ensayo decía que,
«los
niveles altos de S-IgA se asocian con un descenso de la incidencia de
enfermedades infecciosas en las vías respiratorias superiores».
El resumen
final del ensayo concluía diciendo que «la ira producía un significativo
aumento en el nivel general de trastorno de los estados de ánimo y del
ritmo cardíaco, pero no en los niveles de S-IgA. Por otra parte,
las emociones positivas, producían un significativo aumento en los
niveles de S-IgA. Al examinar los efectos en un periodo de seis horas,
observamos que la ira, por el contrario, producía una significativa
inhibición del S-IgA desde la primera hora hasta cinco horas después de
la experiencia emocional 3. Otros estudios señalan las
cualidades específicas de las emociones como un poderoso factor en la
hipertensión, la insuficiencia cardiaca congestiva y la insuficiencia de
las arterias coronarias.
Vivir como si el mundo «exterior» fuera algo separado de nosotros abre
la puerta a un sistema de creencias de juicio y a las expresiones
químicas de esos juicios en nuestro cuerpo. Por ende, tendemos a ver
nuestro mundo en forma de «buenos gérmenes» y «malos gérmenes», y usamos
palabras como «toxinas» y «desechos» para describir los subproductos de
las propias funciones que nos dan la vida. Es en este mundo donde
nuestros cuerpos se pueden convertir en una zona de conflicto para las
fuerzas que están en oposición entre ellas, creando campos de batalla
biológicos que se manifiestan como enfermedades.
La perspectiva holista de los esenios, por otra parte, ve todas las
facetas de nuestros cuerpos como elementos de una fuerza sagrada y
divina que se mueve a través de la creación. Cada una es una expresión
de Dios. En un mundo donde todo lo que sabemos y experimentamos
surge de una sola fuente, bacterias, gérmenes y los subproductos de
nuestro cuerpo trabajan juntos para dotar a nuestro cuerpo de fuerza y
vida. Esta visión nos invita a redefinir las lágrimas, el sudor, la
sangre y los productos de la digestión que denominamos «desechos», como
elementos sagrados de la tierra que están a nuestro servicio, en lugar
de considerarlos subproductos aborrecibles que se han de eliminar,
desechar y destruir.
¿POR QUÉ ORAR?
La voz procedía de algún lugar del fondo de la habitación. Mis ojos se
dirigieron hacia la izquierda, buscando en todas las filas para
localizar de dónde había surgido la pregunta. Desde el escenario al
final del salón de baile, miré a los participantes del seminario de tres
días. Siempre he considerado un honor y un signo de confianza la
oportunidad de hablar en público. Un aspecto importante para honrar a
todos los públicos es responder a las preguntas que siempre surgen
después de haber tratado cualquier tema importante. Miré las caras que
se centraban en mí.
Una
deslumbrante hilera de luces iluminaba las primeras filas desde el
techo. Cuando miré al fondo de la sala, cada fila iba quedando más en la
penumbra, hasta fundirse en una oscuridad que llegaba hasta las paredes
que no podía ver. El único signo visible a través de la sala era el
verde resplandor de las señales de salida que estaban encima de las
puertas.
-¿Quién ha
hecho la pregunta?
Dirigido
por los gestos que hacían los participantes señalando hacia la
izquierda, salí del escenario y caminé por el pasillo con la esperanza
de entablar contacto visual con la persona. Un asistente de sala que
llevaba un micrófono se reunió conmigo en el pasillo a la altura de la
fila hacia donde señalaban los dedos.
-Estoy
aquí -exclamó una frágil voz.
-Bien
-dije yo-. Ahora puedo verte. ¿Cómo te llamas?
-Evelyn
-susurró tímidamente por el micrófono la vocecita-. Me llamo Evelyn.
-Evelyn, ¿podrías repetir la pregunta, por favor? -le pedí.
-Por
supuesto -respondió ella-.
Simplemente preguntaba «por qué rezar». ¿Qué hay de bueno en eso,
realmente?
Escuché la
pregunta que planteaba Evelyn. Percibía una inocencia subyacente a la
pregunta, mientras mi mente escuchaba las palabras. En mis círculos de
amistades y en mis conversaciones, el papel de la oración y su
importancia eran temas habituales. En las conferencias a larga distancia
y en las vigilias a nivel mundial coordinadas por Internet, hablábamos
de las aplicaciones, de los orígenes y de las técnicas de la oración.
Con frecuencia nuestras conversaciones iban dirigidas a aspectos
específicos de acontecimientos globales que tenían lugar en ese momento.
Sin embargo, que yo recuerde nunca habíamos hablado del propósito de la
oración. En realidad, no. Evelyn estaba haciendo bien su trabajo. Al
hacer su pregunta, me estaba invitando a que respondiera desde lo más
profundo de mi ser a una cuestión que nunca me habían planteado.
Era uno de esos momentos que tienen lugar muy pocas veces. De algún modo
su pregunta se abría camino entre los centinelas de la lógica y del
razonamiento, para abordar la realidad del momento. No tenía muy claro
lo que iba a decir. Abrí la boca para responder a la pregunta de Evelyn,
con confianza absoluta en el proceso que se estaba desarrollando entre
nosotros. Una a una, las palabras fueron saliendo de mi boca, en el
preciso instante en que se iban formando. Aunque no estaba especialmente
sorprendido, sentía admiración por el proceso, por la facilidad con la
que fluía cada palabra y por lo conciso de mi respuesta.
-La
oración -empecé- es para nosotros como el agua para una semilla.
¡Eso fue
todo! Mi respuesta era completa. El silencio inundó la habitación. Los
participantes y yo hicimos una pausa para reflexionar sobre el poder de
esas once palabras. Pensé en lo que había dicho. La semilla de una
planta es completa en sí misma. Bajo las circunstancias apropiadas, la
semilla puede conservarse durante siglos de ese modo, con una rígida
capa que la protege de otras posibilidades. Sólo con el agua, la semilla
alcanzará su mayor expresión de vida.
Nosotros somos como semillas. Venimos a este mundo completos, con la
semilla de poder ser algo aún más grande. Nuestro tiempo en común, en
presencia de los cambios de la vida, despierta en nuestro interior las
posibilidades superiores del amor y la compasión. Con la oración
florecemos para completar nuestro potencial.
Evelyn esbozó una sonrisa en su rostro. Sentí que ella ya conocía la
respuesta que tan hábilmente me había sonsacado. Era como si supiera que
los demás participantes se iban a beneficiar de escuchar las palabras
que, aparentemente, yo no habría dicho ese día. A principios del siglo
XX, el profeta y poeta Kahlil Gibran afirmó que el trabajo que
hacemos en la vida es nuestro amor hecho visible. Con su valor para
ponerse en pie en una sala con varios cientos de personas, la mayoría
desconocidas para ella y hablar tímidamente por el micro, Evelyn me sacó
una respuesta que fue útil para todos en aquel momento. Desde ese día,
esa misma respuesta me ha servido para muchas otras personas en otras
ciudades. Evelyn y yo hicimos bien nuestro trabajo en común, nuestro
amor hecho visible.
MÁS ALLÁ DE LAS
PALABRAS
Recuerdo que cuando era niño había rezado mucho. Repetía mis oraciones
tal como me las habían enseñado, a la hora de comer, de dormir, durante
las vacaciones y en ocasiones especiales. Durante esos momentos de
oración daba gracias por las cosas buenas de mi vida y pedía
reverentemente a Dios que cambiara las situaciones que me herían o que
causaban sufrimiento a los demás. Con frecuencia mis oraciones eran para
los animales.
Siempre me
había sentido especialmente cerca del reino animal, y me tomaba la
libertad de compartir nuestro hogar con los animales salvajes que
encontraba en los bosques de los alrededores de nuestra casa al norte de
Missouri. Al no dejármelos tener dentro, mis amigos animales solían
competir por el espacio en la furgoneta de la familia que teníamos en
nuestro pequeño garaje. En cualquier momento, podía haber una
representación de casi todo tipo de animal en la reserva del garaje, una
parte de nuestra casa que mi madre llegó a llamar el «zoo».
Recuerdo sentir que nuestro hogar era una especie de refugio, un techo
para los residentes hasta que estos pudieran volar, correr, nadar o
regresar a su entorno natural. A veces los animales estaban enfermos o
heridos. Los encontraba en el bosque abandonados con los huesos rotos,
el pico destrozado o sin alguna extremidad, teniéndose que valer por sí
mismos. Al mirar atrás, ahora me doy cuenta de que algunos de mis
huéspedes sencillamente eran demasiado torpes para escapar de mi
bienintencionado «rescate».
Al vivir en hábitats hechos a medida -recipientes individuales, jarras
de cristal y bañeras adaptadas-, cada animal tenía su propia etiqueta,
en la que identificaba meticulosamente la especie, el lugar donde lo
había encontrado y sus alimentos favoritos. Al tratar de comprender por
qué algunos animales eran abandonados por los de su propia especie,
amigos y parientes, recordaba que esa era la «ley de la naturaleza».
Recuerdo que pensaba:
«¿Y si
ayudara un poco a las leyes de la naturaleza? ¿Y si lo único que
necesitan estos animales es estar unos cuantos días en un lugar seguro y
bien alimentados para curarse de sus heridas?».
Mi
razonamiento era que, tras un breve período de recuperación, los
animales podrían regresar a su vida salvaje para afrontar cualquier cosa
que la vida les reservase. Si vivían un día o muchos más, me traía sin
cuidado. Lo que me importaba era que el animal dejara de sufrir. Incluso
aunque ese animal se convirtiera en la comida de otro al día siguiente,
mientras tanto estaría fuerte, sano y sin dolor.
Rezaba por los animales cada noche. Unas veces mis oraciones
funcionaban, otras no. Nunca comprendí por qué. Si Dios estaba en todas
partes, escuchando, ¿por que dudaba en responder? Si podía escuchar
todas mis plegarias y responder a algunas de ellas algunas veces, ¿por
qué no hacía lo mismo en otro momento con otro animal? No comprendía esa
incoherencia.
A medida que me fui haciendo mayor seguí rezando. Aunque pensaba que ya
lo hacía como un adulto, los temas de mis oraciones en realidad no
habían cambiado. Todavía hablaba con «los poderes que son» en nombre de
los animales de mi vida. Tanto para aquellos que corrían libremente como
para aquellos que yacían aplastados al borde de la carretera, pedía
bendiciones para que tuvieran viajes seguros y paz en su otra vida.
Aunque siempre había rezado también por las personas, durante esta época
mis oraciones por los demás se extendieron más allá del círculo de mis
parientes y amigos. Además de rezar por mi familia, amigos y seres
queridos, también dirigía mis oraciones a personas a las que no conocía.
Las conocía sólo como rostros anónimos que aparecían en la pantalla del
televisor en blanco y negro que teníamos en la sala de estar, o que me
miraban desde las páginas de las revistas Look y Life.
Cuando rezaba por la vida de los animales y de las personas, también lo
hacía para remediar la causa de su sufrimiento en este mundo.
Al final,
mis sentimientos sobre la oración empezaron a cambiar. Concretamente,
fueron los sentimientos que tenía mientras oraba los que cambiaron.
Tenía la sensación de que faltaba algo. Aunque el sagrado momento era
reconfortante hasta cierto punto, siempre sentía que tenía que haber
algo más. Con frecuencia notaba una sensación de reproche en mi
interior, un antiguo sentimiento de que la oración que acababa de
repetir en ese momento era sólo el principio de algo más grande. Sentía
que había un momento en que las personas nos acercábamos entre nosotras,
y que también estábamos más próximas a las fuerzas invisibles de nuestro
mundo. Al no haber religión ni ritual, intuía que la oración en sí misma
era la clave de esa proximidad. Sabía que en alguna parte, entre las
neblinas de nuestra antigua memoria colectiva, debía haber algo más
respecto al lenguaje silencioso que nos permite entrar en comunión con
las fuerzas sutiles de este mundo y del más allá.
A principios de los noventa, tuve el primer indicio de por qué sentía
que mis oraciones eran incompletas. La pista se presentó un día
inesperadamente; mientras hojeaba una copia de un texto antiguo que me
había dado un amigo. Lo que distinguía a este documento de obras
similares era que el traductor había recurrido al lenguaje original de
los autores para sus referencias, en lugar de utilizar las palabras de
otros eruditos, posiblemente distorsionadas con el tiempo. Allí, en las
nuevas traducciones de los manuscritos arameos originales, se
encontraban los detalles de cómo unir los tres componentes de la oración
en una fuerza poderosa que guiara nuestras vidas.
El texto que mi amigo me había dejado era una recopilación de un
conocido erudito sobre estudios del mundo antiguo, Edmond Bordeaux
Szekely, el nieto de Alexandre Szekely, que había recopilado
la primera gramática tibetana hacía más de 150 años. Las traducciones de
Szekely hechas a partir de la versión aramea original de los Evangelios,
ilustraban el rico lenguaje de las oraciones e historias narradas por
Jesús y sus discípulos. Todavía me maravillo de la claridad que tales
traducciones continúan proporcionando sobre las enseñanzas y la ciencia
de la oración. Si se revisa este trabajo desde la perspectiva de la
física cuántica, vemos sutilezas que se han perdido en otras
traducciones hechas posteriormente.
Según la
visión de los autores arameos, por ejemplo, la forma en que se
desarrollan en nuestra vida una serie de acontecimientos es sólo una
cuestión de enfoque. Tanto si pensamos en la historia global como en
nuestra sanación personal, los antiguos eruditos nos recuerdan que todas
las posibilidades ya han sido creadas y que están presentes. En lugar de
forzar soluciones para las cosas que nos suceden en la vida, se nos
invita a elegir con qué posibilidad identificarnos y vivir como si ya
hubiera sucedido.
Esto no
quiere decir que impongamos nuestra «voluntad» sobre los demás en la
forma de la oración. Lo que proporciona la sutil diferencia es más bien
nuestra predisposición a aceptar cualquier posibilidad sin prejuzgarla,
conscientes de que podemos atraer o repeler cualquiera de ellas mediante
las elecciones que hacemos en nuestra vida. Elegir un resultado a través
de la oración no garantiza que este sucederá; nuestra oración
sencillamente invita a esa posibilidad. Ahora la pregunta es: ¿cómo
podemos atraer resultados concretos a nuestro presente mediante la
oración?
CUANDO TRES SE
CONVIERTE EN UNO
Por sus escritos sabemos que los antiguos esenios creían que nos
comunicábamos con nuestro mundo a través de nuestras percepciones y
sentidos. Cada pensamiento, sentimiento, emoción, respiración,
nutriente, movimiento o la combinación de cualquiera de ellos, era
considerado como una expresión de la oración. Según la visión de los
esenios, según sentimos, percibimos y nos expresamos durante el día,
estamos orando constantemente.
Mediante el don de la poesía y las metáforas de su tiempo, los textos
esenios nos recuerdan que nuestro cuerpo, corazón (sentimientos) y mente
trabajan juntos, casi de la misma manera que un carro, el caballo y el
conductor.' Aunque considerados de forma independiente, los tres
trabajan mano a mano para proporcionarnos nuestras experiencias en la
vida. En esta analogía, el carro es nuestro cuerpo y el conductor
nuestra mente. El caballo representa los sentimientos de nuestro
corazón, el poder que conduce al caballo y al conductor por la senda de
la vida. Gracias a la fuerza de nuestro cuerpo físico, la experiencia de
la sabiduría de nuestro corazón y la pureza de nuestras intenciones son
las que determinan la cualidad que dominará en nuestra vida.
Si la oración es en realidad el lenguaje olvidado a través del cual
escogemos las posibilidades y los resultados que queremos conseguir en
nuestra vida, en un sentido muy real cada momento de nuestra existencia
puede ser considerado como una oración. En cada instante de nuestro
estado de vigilia o de sueño, si estamos pensando, sintiendo y teniendo
emociones, estamos contribuyendo a las situaciones que se producen en el
mundo. La clave es que unas veces nuestras contribuciones son directas e
intencionadas, mientras que otras podemos estar participando
indirectamente, sin ni siquiera ser conscientes de nuestra contribución.
Este
último tipo de experiencia puede ser el que describan las personas que
sienten que la vida «les sucede». Las personas que tienen esta
experiencia suelen sentir que son «espectadores» que simplemente
observan los procesos de la vida que tienen lugar a su alrededor entre
sus amigos, familiares y seres queridos, incluso en la propia Tierra.
Los sentimientos de esta experiencia varían desde la admiración y
asombro por el nacimiento de un bebé hasta una sensación de impotencia
ante la trágica pérdida de las vidas humanas en tiempos de guerra o por
desastres naturales. La crisis de Kosovo de 1999, o la indignación por
la matanza en una escuela pública, son ejemplos de tales momentos de
impotencia.
Los textos
recientemente traducidos, algunos de los cuales tienen más de dos mil
años, nos ofrecen otra forma de participar activamente para «hacer algo»
durante este tipo de situaciones de la vida. Al reconocer la eficacia
del poder silencioso de la oración, los antepasados describen un método
de oración conocido en la actualidad como oración activa. Cuando estos
componentes de la oración se fusionan en uno solo, se nos presenta un
puente para comunicarnos con el lenguaje de la creación. Gracias a este
puente podemos elegir el resultado de una situación entre una serie de
posibilidades.
Quinientos
años antes del nacimiento de Jesús, los maestros esenios nos
invitaron a concentrar el poder de los elementos individuales de la
oración -pensamiento, sentimiento y emoción, que experimentamos como
mente, corazón y cuerpo- en un solo resultado. La clave del dominio de
esta técnica se encuentra en un solo pasaje:
«Siete son
los senderos que cruzan el Huerto Infinito, y cada uno deberá
transitarse con el cuerpo, el corazón y la mente como uno ...».5
Es esta
fuerza unificada del lenguaje celestial, que se manifiesta en nuestro
cuerpo, la que llena de vida nuestras oraciones y nos asegura que
«cualquiera que dijere a este monte: quítate de ahí y échate al mar, no
vacilando en su corazón, sino creyendo que cuanto dijere se ha de hacer,
así se hará» (Mc 11,23).
Piensa en los efectos de la oración con la ayuda de un sencillo modelo.
Hace más de cincuenta años, en 1947, el doctor Hans Jenny
desarrolló una nueva ciencia para investigar la relación entre la
vibración y la forma.' Mediante estudios bien documentados, el doctor
Jenny demostró que la vibración producía geometría. Es decir, al crear
una vibración en un material que podemos ver, la forma de la vibración
se hace visible en ese medio. Cuando cambiamos la vibración, cambiamos
la forma. Cuando regresamos a la vibración inicial, vuelve a aparecer la
forma inicial. A través de una serie de experimentos realizados con
distintas substancias, el
doctor Jenny produjo una
sorprendente variedad de dibujos geométricos, desde algunos muy
complejos hasta otros muy simples, en materiales como agua; aceite,
grafito y azufre en polvo. Cada dibujo era sencillamente la forma
visible de una fuerza invisible.
La importancia de estos experimentos es que con ellos el doctor Jenny
probó, sin lugar a duda, que la vibración crea una forma previsible en
la substancia en la que es proyectada. Pensamiento, sentimiento y
emoción son vibraciones. Al igual que las vibraciones en los
experimentos del doctor Jenny, las vibraciones del pensamiento, del
sentimiento y de la emoción crean un trastorno sobre la materia en la
que son proyectados. En lugar de agua, azufre y grafito, proyectamos
nuestras vibraciones sobre la refinada substancia de la conciencia. Cada
una tiene un efecto.
En el capítulo vil hablamos de que la
ciencia nos insinúa que nuestro futuro puede que ya exista en forma
latente en el caldo de la creación como una de entre muchas
«posibilidades». A medida que cada día elegimos cosas nuevas en nuestra
vida, vamos despertando otras posibilidades y ajustamos el resultado
final. Esta visión implica que cada vez que pedimos algo en la oración,
existe la posibilidad de que nuestra petición ya esté en curso.
Si esta
visión del mundo es correcta, entonces en el zoo del garaje de mi
infancia, por ejemplo, cada pico roto, miembro sesgado y hueso
fracturado era uno de los posibles resultados para ese momento. En ese
mismo instante, también existía otra situación en que cada uno de esos
animales a mi cargo ya estaba sanado. Las dos situaciones ya existían.
Cada posibilidad era real.
La clave para elegir un resultado entre los muchos posibles reside en
nuestra habilidad para sentir que nuestra elección ya está sucediendo.
Vista la anterior definición de la oración de otro modo, como
«sentimiento», se nos invita a hallar la cualidad del pensamiento y de
la emoción que produce ese sentimiento: vivir como si el fruto de
nuestra plegaria ya estuviera en camino.

Sentimiento-Emocion-Pensamiento
Figura 1.
Pensamiento,
sentimiento y emoción como patrones no alineados.
Al no haber
unión, pueden perder su enfoque.
Como podemos beneficiamos del efecto de nuestro pensamiento y emoción,
si cada patrón se
mueve en una dirección distinta?
Si, por otra
parte, los patrones de nuestra oración se centran en la unión,
¿cómo puede el
«material» de la creación no responder a nuestra plegaria?
Cuando
pensamiento, sentimiento y emoción no están alineados, cada uno puede
ser considerado como una fase distinta de la otra. Aunque existan
pequeñas zonas comunes, la mayor parte del patrón no está centrado, y
trabaja en direcciones distintas, independiente del resto. El resultado
es una dispersión de la energía.
Por ejemplo, si pensamos: «Elijo a la pareja perfecta de mi vida», se
libera un patrón de energía que expresa ese pensamiento. Cualquier
sentimiento o emoción que no esté sincronizado con nuestro pensamiento
no podrá infundir fuerza a nuestra elección de encontrar una pareja
perfecta. Si nuestros patrones no están alineados debido a sentimientos
de que no somos merecedores de tener una pareja así de perfecta o por
emociones de miedo, estos pueden truncar que se materialice nuestra
elección. En este estado no alineado puede que nos encontremos
preguntándonos por qué nuestras afirmaciones y oraciones no han
funcionado.

Pensamiento
Figura 2.
El pensamiento no
está alineado con el sentimiento y la emoción.
Esta situación
puede hacer que nuestra oración se disperse y no surta efecto.
Mediante estos sencillos ejemplos, vemos claramente por qué la oración
puede aportar el mayor de los cambios cuando sus elementos están
centrados y alineados entre sí.
Sin usar la palabra oración, y sin duda de un modo menos técnico, la
idea de unificar el pensamiento, la emoción, el sentimiento y vivir
desde el lugar del deseo que se aloja en nuestro corazón ya fue
presentada a principios del siglo XX, pero con un lenguaje muy distinto.
El trabajo de Neville, que afirma el quinto modo de oración y da por
hecho que nuestra plegaria ya se está produciendo, nos lo expone de este
modo:
«Te has de
abandonar mentalmente a tu deseo que se ha cumplido gracias a tu amor
por ese estado, y al hacerlo, vive en el nuevo estado y abandona el
antiguo».'
Las
descripciones de Neville sobre nuestra habilidad para cambiar los
resultados y escoger posibilidades nuevas en la vida, aunque eficaces
puede que no tuvieran mucho sentido para las personas de principios del
siglo XX. Al igual que ha sucedido con muchos pensadores cuyas ideas se
adelantaban a su tiempo, poco se supo de la obra de Neville hasta
después de su muerte en 1972.
Visiones como esta nos permiten contemplar la oración como un lenguaje y
una filosofía que une el mundo de la ciencia y del espíritu. Al igual
que otras filosofías utilizan modos de expresión únicos y vocabularios
especializados, la oración tiene un vocabulario propio en el lenguaje
silencioso del sentimiento. A veces una idea que tiene sentido para
nosotros en un lenguaje, en otro con el que no estemos familiarizados
tiene muy poco. Sin embargo, el lenguaje existe.
La filosofía de la paz, por ejemplo, se puede expresar a través
de lenguajes tan diversos como el de la física o el de la política, así
como el de la oración.

Figura 3.
«...Cualquiera
que dijere a este monte: quítate de ahí y échate al mar,
no vacilando en
su corazón sino creyendo que cuanto dijere se ha de hacer, así se hará»
(Marcos 11,23).
La clave para que
la oración sea eficaz es la unión del pensamiento, del sentimiento y de
la emoción.
Por ejemplo, la paz suprema según la física puede ser descrita como la
ausencia de movimiento en un sistema. En ese lenguaje, cuando la
frecuencia, la velocidad y la longitud de onda llegan a cero, el sistema
está en reposo y tenemos paz. En la política, la paz se puede
interpretar como el fin de la agresión o la ausencia de guerra. Nuestras
oraciones pueden ser pensadas del mismo modo.
Mediante
el lenguaje de la oración, la paz puede ser descrita en forma de
ecuación, como lo que acerca la oración a nuestra ciencia en la que
muchos se han atrevido a creer. En lugar de ecuaciones de números y
variables, la lógica, el sentimiento y la emoción se convierten en los
componentes de la ecuación de la oración. Con la forma de una prueba
matemática estándar -si esto y esto es así, entonces presenciamos tal y
tal resultado-, la ecuación de la oración activa se puede contemplar del
siguiente modo:
Si,
pensamiento = emoción = sentimiento
entonces,
el mundo
refleja el efecto de nuestra oración.
Con esta
unión las fuerzas de nuestra tecnología interior se pueden concentrar y
aplicar en el mundo exterior. Cuando alineamos los componentes de la
oración, estamos hablando el lenguaje silencioso de la creación: el
lenguaje que mueve el monte, acaba con las guerras y disuelve los
tumores.
La belleza de la oración radica en que no es necesario saber exactamente
cómo funciona para beneficiamos de sus milagrosos efectos. En esta
tecnología universal, sencillamente se nos invita a experimentar, sentir
y reconocer lo que nuestros sentimientos nos están comunicando. Nuestras
oraciones cobran vida cuando enfocamos el sentimiento de anhelo que
reside en nuestro corazón, en lugar de enfocar el pensamiento que
gobierna el mundo de la razón.
LA CLAVE OLVIDADA
Sabía que la respuesta se
hallaba en algún lugar de los textos que tenía a mi alrededor. En alguna
parte entre los libros, papeles, documentos y manuscritos esparcidos por
el suelo estaban las palabras que los antiguos maestros habían escrito
hace más de dos mil años, teniendo presente momentos como estos. Sabían
que en alguna generación futura se harían las mismas preguntas que las
que se les plantearon a los maestros en el primer milenio de nuestra
era.
Aunque se
trataría de un mundo diferente, las preguntas serían idénticas, harían
referencia a nuestra relación con el cosmos, con nuestro Creador y entre
nosotros. Concretamente, sabían que las personas del futuro llegarían a
un grado de desarrollo en que los logros de su tiempo recordarían e
invitarían a rememorar el fundamento de la vida humana y a reclamar la
esencia de sus vidas. Sabía que las pistas de un antiguo linaje de
sabiduría estaban reservadas para nosotros, para un momento justo como
este.
Eran las dos de la madrugada. Llevaba horas sentado en el suelo, mirando
los textos que me rodeaban. Me levanté y me dirigí hacia una de las
ventanas que daban a miles de hectáreas de salvia del desierto alto. En
el paisaje sin luna, apenas podía ver el perfil de la montaña del norte
que se eleva a más de 600 metros por encima del suelo del valle. Hice
una respiración profunda, regresé al centro del edificio de cincolados,
a la habitación más grande de la propiedad. Miré al techo y una vez más
admiré el misterio de las vigas que surgían de cada pared, haciendo
ángulo con el cielo hasta encontrar un punto en lo alto del centro de la
estancia.
Además de
estas vigas cuadradas de madera de pino, no había otros signos de
soporte del techo. Siempre me había maravillado ver cómo cada viga, de
51 centímetros, se anclaba en las paredes de barro de 60 centímetros de
grosor para sostener el techo. La estructura ofrecía un espacio muy
sagrado. Me daba la impresión de estar en el seno de la Tierra cuando me
encontraba en la «cúpula», como a algunas personas del valle les gustaba
llamarla. Era perfecta para tardes como esta.
Respiré profundo, suspiré y reclamé mi espacio en el suelo. Había
dedicado varias semanas a recomponer fragmentos de una sabiduría que
describiría lo que yo creía que eran los elementos de una ciencia
perdida en Occidente hace casi 1.700 años. Alcancé un documento que
había visto cientos de veces antes, y una vez más empecé a hojear sus
páginas. De pronto mis ojos vieron una secuencia de palabras que había
hojeado superficialmente hacía sólo unos segundos. Algo en esa
agrupación o patrón de palabras en particular, llamó mi atención.
Probablemente había visto las mismas palabras muchas veces. Sin embargo,
esta vez, me parecieron distintas y me puse a hojear el libro, buscando
en el texto palabras que me resultaran familiares. Las encontré casi al
final de una página. El texto que estaba revisando era una traducción al
inglés del antiguo lenguaje de Oriente Próximo. Allí es donde vi la
clave que buscaba: la palabra paz.
«¿Cómo,
entonces, podemos traer paz a nuestros hermanos... pues queremos que
todos los Hijos de los Hombres compartan las bendiciones del ángel de la
paz? »
El texto
que tenía en las manos evocaba la pregunta planteada hace dos mil años,
una pregunta que con frecuencia suele oírse en los debates públicos
actuales. ¿Cómo podemos alimentar a los hambrientos, ofrecer un techo a
los sin hogar, sanar a los enfermos y terminar con las guerras y el
sufrimiento? Aunque la ayuda de urgencia, las soluciones militares y los
frágiles tratados de paz puedan hacer frente a la manifestación externa
del sufrimiento en un plano físico, y aunque sea importante hacerlo, la
clave para un cambio duradero se encuentra en modificar la forma de
pensar que permite que este sufrimiento continúe. Quizá para responder a
las mismas preguntas que hacen los buscadores de hoy en día, los
visionarios y escribas del pasado nos legaron su ciencia sobre cómo
atraer el poder de la oración para hacer frente a los retos de la
sociedad.
En las prácticas religiosas y espirituales de nuestro tiempo se nos ha
pedido que hilvanemos los hilos de la oración que tejerán nuestras
vidas. Sin embargo, rara vez se nos ha enseñado a hacerlo. En el mejor
de los casos, las bienintencionadas instrucciones que se nos ofrecen en
la actualidad son vagas, inexactas y confusas.
En los textos donde se encuentra un linaje de sabiduría anterior a
nuestra historia, se nos enseñan los puntos clave de esta poderosa
tecnología durante tanto tiempo olvidada. Tras identificar los elementos
del pensamiento, sentimiento y emoción, los esenios nos muestran cómo
unir los tres componentes en una aplicación concentrada. Identifican un
denominador común que vincula el final del sufrimiento con la alineación
de los elementos de la oración. La consecución quedará mejor descrita
con las palabras de los maestros de la oración:
Primero el
Hijo del Hombre habrá de buscar la paz en el interior de su propio
cuerpo, pues su cuerpo es como un lago de montaña que refleja el sol
cuando está quieto y claro. Cuando está lleno de barro y piedras, no
refleja nada.
Luego el
Hijo del Hombre deberá buscar la paz en sus propios pensamientos... No
existe poder más grande en el cielo o en la tierra que el pensamiento
del Hijo del Hombre. Aunque invisible para los ojos del cuerpo, cada
pensamiento tiene una poderosa fuerza, de tal magnitud que puede hacer
temblar a los cielos.
Después el Hijo del Hombre buscará la paz en sus propios sentimientos.
Invocamos al Ángel del amor para que entre en nuestros sentimientos,
para que los purifique. Y todo lo que antes era impaciencia y discordia
se tornará paz y armonía.9
¡Estas
eran las palabras! Estas eran las claves que los esenios dejaron a las
generaciones futuras. No sólo compartieron con nosotros las
posibilidades que la oración puede aportar a nuestras vidas, sino que
nos abrieron la puerta a posibilidades de oración que la ciencia
occidental explica como «milagros». Conscientes de que llegaríamos a un
punto en nuestra evolución en que se nos pediría que redefiniéramos el
papel de la tecnología en el mundo, nos legaron la clave para afirmar la
vida en la ciencia y en el mismísimo misterio de la vida. Su secreto es
el antiguo código de la paz. ¡Sutil y engañosamente simple, el poder de
nuestro olvidado método de oración se encuentra en el marco de la paz!
Giraba las páginas entusiasmado, buscando más confirmaciones, quizá como
un código oculto que describiera el papel que la paz puede desempeñar en
la actualidad. Las palabras casi saltaron desde la mitad de la página
siguiente, superando mis expectativas.
«Busca al
Ángel de la paz en todo lo que está vivo, en todas tus acciones, en cada
una de tus palabras. Pues la paz es la clave de todo conocimiento, de
todo misterio, de toda vida. »10
En la
tradición de su época, la palabra esenia «ángel» se podía traducir de
muchas formas, entre las que se incluyen «poderes o fuerzas que son». Si
tenemos esto presente, las palabras poder o fuerza pueden sustituir a la
palabra ángel, especialmente para aquellos que ven en esta palabra una
connotación religiosa o la consideran un término cristiano. Está claro
que la tecnología que nos ofrecieron mediante el regalo de la oración
trasciende cualquier tendencia secular o religiosa.
Los
esenios parecen estar describiendo una tecnología que, en algunos casos,
se remonta a quinientos años antes de Cristo. Para los esenios esta se
revelaba en todos los aspectos de la vida; incluso los momentos de dar
la bienvenida o de despedirse los consideraban como una oportunidad para
afirmar el poder de la paz en su mundo interior. Las últimas palabras
pronunciadas por los hermanos y hermanas de la comunidad esenia eran «
¡Que la paz sea contigo! ».
Ahora ya
está todo encajado. A través de estas palabras, en el lenguaje de su
tiempo, nos ofrecen una sofisticada tecnología, con frecuencia pasada
por alto actualmente en Occidente. Más allá de los microcircuitos y de
los chips informáticos de los modernos electrodomésticos, la tecnología
de la oración se basa en componentes tan sofisticados que todavía no
hemos podido reproducir en nuestras máquinas. ¡Los componentes son
lógica y emoción, alimentados a través de los sistemas operativos de la
paz!
Mientras
marcaba las páginas para referencias futuras, me di cuenta de que estaba
casi enfermo de entusiasmo. Tenía que compartir con alguien los
resultados del trabajo de esa tarde. Al mirar el pequeño reloj digital
situado al otro lado de la habitación, parpadeé incrédulamente. Eran
casi las cuatro de la madrugada, sin duda demasiado pronto para llamar a
alguien. Alcancé mi chaqueta acolchada, y me levanté en dirección a la
puerta. Mi esposa estaba durmiendo en casa, un edificio rústico a varios
metros de la oficina.
Al abrir la puerta para salir, noté que una ráfaga de calor, procedente
de la estufa que tenía detrás, se perdía en el helado aire de la noche
del desierto. El termómetro que estaba al lado del edificio marcaba casi
29 grados centígrados bajo cero, temperatura típica para esta época del
año. Con los primeros rayos del alto sol del desierto, las temperaturas
matinales subirían rápidamente casi 40 grados en una hora o dos, y
crearían una agradable tarde de unos 7 grados. Al cerrar la puerta tras
de mí, caminé por la grava suelta que formaba un camino entre los
edificios. Me detuve un momento. Fue un maravilloso momento.
A excepción de mi respiración, que formaba nubes de vapor delante de mí,
no había ruido alguno. Reinaba un silencio absoluto. No había viento.
Las pocas hojas que todavía no habían caído de los olivos rusos que
tenía detrás estaban curvadas y eran marrones. La menor brizna de viento
las habría hecho susurrar con el familiar sonido del otoño. Estaban
calladas. Miré al cielo despejado, justo a través de la frontera de la
Vía Láctea. La había visto cientos de veces. Sin embargo, esa noche
parecía distinta. Los ante-pasados nos enseñaron a llegar a las
estrellas y más allá de ellas, mediante nuestra ciencia interna de la
oración. Ellos nos recuerdan que el alcance de nuestras oraciones se
refleja en nuestras creencias respecto a lo que somos capaces de hacer.
En ese momento de silencio, todo cobraba sentido.
Me apresuré por el camino enlosado y atravesé el patio hasta entrar en
la pequeña casa donde dormía mi esposa. Entusiasmado, me senté en el
borde de la cama y empecé a compartir con ella mis descubrimientos.
Abrió un ojo para indicarme que me estaba escuchando y yo hice una
pausa. Me ofreció su cálida y comprensiva sonrisa. En voz baja me
preguntó:
-¿Podemos
dejarlo para mañana?
-Por supuesto -dije, un tanto avergonzado por mi entusiasmo.
-Bien -me dijo-. Parece importante. Me gustaría estar despierta para
escuchar lo que has descubierto.
Aunque
estaba sorprendido por la intensidad de mi euforia, no me sentí
decepcionado por su respuesta. Quizá también fuera hora de dormir para
mí. A fin de cuentas, estos textos habían conservado sus secretos
durante dos mil años. Sabía que podían esperar unas cuantas horas más
hasta que amaneciera.
CONOCIMIENTO,
SABIDURÍA Y PAZ
Veo una distinción sutil entre
las cualidades del conocimiento y la sabiduría. El conocimiento se puede
contemplar como el elemento de nuestra experiencia que se hace cargo de
la información. Todos los datos, estadísticas y patrones de conducta de
nuestro pasado o presente se pueden considerar conocimiento. Por otra
parte, la sabiduría es cómo vivimos nuestro conocimiento. El
conocimiento puede ser enseñado y transmitido durante generaciones en
forma de textos y tradiciones. Cada generación ha de vivir
individualmente la experiencia de la sabiduría para conocer las
consecuencias de la experiencia directa.
Había un tema que siempre estaba presente en todo el conocimiento esenio
y que descubrí la tarde anterior. El denominador común era la antigua
clave de la paz. Vi la poesía, las analogías y las parábolas que nos
dejaron en sus textos que datan de 2.500 años, como vería el código de
un manual de instrucciones moderno. El código esenio de la paz se basa
en cualidades familiares que ya experimentamos en nuestra vida: la
lógica y la emoción. A su manera, los esenios nos dejaron el
conocimiento de la paz, recordándonos dos cosas. Primera, se nos muestra
el significado de la paz a través de toda la creación. Segunda, se nos
muestra cómo, al aplicar la paz a nuestro mundo interior, creamos un
cambio en nuestro mundo exterior.
Los eruditos de las comunidades de Qumrán nos han recordado el potencial
que la oración puede aportar a nuestras vidas. Al describir los
componentes de la misma, nos dan la ecuación para mover la energía
eléctrica a través de las membranas de nuestras paredes celulares,
generar complicados patrones en la sustancia de la conciencia humana y
crear químicas específicas dentro del laboratorio de nuestro cuerpo.
Ante tal poder, ¿es posible que la imagen del «monte que se mueve» sea
una descripción literal del gran poder que supone nuestro mayor
potencial? En vista de la confirmación de la ciencia sobre los efectos
de la oración, hemos de aceptar en nuestra vida la posibilidad de dicho
poder.
De todas
las distorsiones que han tenido lugar en las traducciones de nuestros
textos más sagrados, la última clave de nuestra tecnología de la oración
es un elemento que escapó a las revisiones realizadas en el siglo IV por
el Concilio de Nicea y que todavía está con nosotros. Aunque las
palabras puedan modernizarse de algún modo, todavía queda bastante del
primer intento de anunciar el comienzo de una nueva visión en nuestras
vidas. Algunos elementos de esta clave todavía siguen existiendo en
nuestros textos bíblicos, así como en los manuscritos esenios varios
cientos de años más antiguos que nuestra Biblia. Estos pasajes
«entrecruzados» apoyan la creencia de que ambos documentos proceden de
un mismo origen.
En algunas enseñanzas, el código perdido se conoce como el Gran
Mandamiento. El Evangelio de Marcos, capítulo 12, versículo 30,
resuelve el último misterio para fundir los elementos de la oración en
uno solo. Para crear este poder hemos de amar de una forma muy
específica. «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu
alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas.» Quizá la clave
para comprender este misterioso pasaje se halle en la visión esenia de
nuestra relación con el Creador. Desde su perspectiva, somos uno con
nuestro Padre que está en los cielos.
«Al lado
del río se encuentra el sagrado Árbol de la Vida. Allí mora mi Padre y
mi hogar está en él. El Padre Celestial y yo somos Uno. »11
Dentro de
cada persona que vive en este mundo brilla la chispa divina de la
creación de nuestro Creador. Esta comprensión se convierte en el gran
reto de nuestro misterio. Para que nuestra oración tenga una finalidad,
hemos de amar el principio creativo de la propia vida, a nuestro
Creador, con todo nuestro corazón, alma, mente y fuerza. Puesto que
somos uno con nuestro Padre en el cielo, al hacerlo, nos hemos amado a
nosotros mismos. Con estas cuatro cosas, los esenios nos recuerdan cómo
honrar el amor al que se referían como «la fuente de todas las cosas».
La clave
es que sólo en la presencia de este tipo de amor se puede hallar la
cualidad de la paz que recompense la labor de nuestra oración. Estas
palabras ya se han dicho antes. Pero, ¿qué es lo que significan? ¿Qué
significa amar de este modo? ¿Cómo podemos amar con todo nuestro
corazón, alma, mente y fuerzas?
El código olvidado de los esenios nos recuerda cómo alcanzar esta paz. A
través de nuestro cuerpo, corazón y mente experimentamos nuestros
pensamientos, sentimientos y emociones. Aunque podamos sentir que
tenemos poco control sobre nuestras percepciones, mediante nuestro
vínculo con ellas podemos escoger la cualidad de nuestra experiencia. La
última parte de este código, basada en la lógica y la emoción, puede que
sea la clave final de nuestra búsqueda para unificar nuestras oraciones.
«Conoce esta paz con tu mente, desea esta paz con tu corazón, realiza
esta paz con tu cuerpo.»12
A través de la lógica de nuestra mente, hemos de hacer realidad la paz.
Hemos de probárnosla a nosotros mismos, demostrarnos la viabilidad de la
paz en nuestras vidas y en nuestro mundo. Con la fuerza que reside en
nuestro corazón, hemos de desear esta paz en todo lo que experimentamos.
La paz ya existe en nuestro mundo. Se nos reta a que la busquemos, a
encontrarla en lugares donde parece no existir. A través de nuestro
cuerpo expresamos nuestra mente y corazón. Elegimos las acciones que
ofrecemos al mundo. Este pasaje nos recuerda que hemos de hacer que
nuestras acciones reflejen externamente las decisiones que ya hemos
tomado en nuestro interior.
De este
modo, los esenios nos desafiaron a una especie de código de conducta.
Aunque algunas personas opten por acciones que nieguen la vida en ellas
mismas y en los demás, mediante estas palabras podemos aspirar a algo
superior. Estamos invitados a crear paz en cada uno de estos elementos,
para alcanzar el amor que traiga unidad a nuestras acciones.
LOS SECRETOS DE LA
ORACIÓN Y LA SANACIÓN
Podemos buscar en las tradiciones precristianas de los antiguos esenios
algunos de los datos menos distorsionados de nuestras olvidadas
tecnologías. Quizá la mejor forma de llegar a comprender la elocuencia
de esta sabiduría se encuentre en el modelo esenio de oración y de
sanación, que empieza dando por hecho algo que es donde las terapias
modernas terminan. El principio fundamental de la sanación esenia es que
ya estamos sanados. En cada momento de nuestro tiempo en este mundo
estamos tomando decisiones que afirman o niegan la vida que existe en
nuestros cuerpos.
Los
maestros esenios veían las expresiones de enfermedad como poderosas
ilusiones, que surgían de las elecciones y acciones realizadas por una
persona, en lugar de contemplar las «causas» externas. Creían que
determinamos nuestra respuesta a las situaciones que se nos plantean en
la vida, unas veces conscientemente y otras no. Sabemos que la filosofía
esenia, a través de sus escrituras más sagradas, consideraba nuestra
alma como una expresión divina del Creador, intacta e impoluta. Nuestra
alma ya está sana, e intenta expresar ese estado a través del cuerpo. Al
aceptar nuestra sanación a través de nuestras creencias y del perdón,
esta se refleja a través de la expresión del alma en este mundo, el
cuerpo humano.
Esta perspectiva nos invita a ver los estados que observamos en nuestro
cuerpo como indicadores de la cualidad que hemos elegido. Si pudiéramos
destilar los múltiples proverbios, parábolas, enseñanzas y dichos en
resúmenes concisos, descubriríamos que esta forma de pensamiento indica
que afirmamos o negamos la vida en nuestro cuerpo según la cualidad que
domine en cuatro supuestos o principios. Cada principio contribuye a
nuestra expresión general de salud y vitalidad. Cada uno testifica la
naturaleza interrelacionada del espíritu, la materia y la vida. Podemos
ver estos principios hoy en día, en el idioma del siglo XX, como
posibles modelos que nos ofrecen una comprensión de las elecciones que
realizamos a diario: su naturaleza, nuestras razones para optar por
ellas y sus posibles resultados.
En las páginas siguientes, cada principió es presentado de forma
concisa, en unas cuantas palabras o en una sola frase. Luego viene una
explicación, con un ejemplo o una sencilla descripción. Luego examinamos
las implicaciones y consecuencias del principio, centrándonos en por qué
es importante. Por último, veremos cómo poner en práctica cada uno de
ellos en nuestra vida.
PRINCIPIO 1. YA
ESTAMOS SANADOS
Explicación
La clave para comprender este principio es la misma que nos permite
elegir nuevos resultados para nuestra situación. La comprensión de que
ya estamos sanados surge de nuestra visión del mundo como un conjunto de
posibles resultados y de nuestra habilidad para elegir qué resultado
queremos experimentar. El reconocimiento de nuestro papel como fuerza
activa en la creación, capaz de atraer nuevos resultados a nuestra vida
mientras nos desprendemos de los que ya nos han servido, es inherente a
esta fe. Nuestro cuerpo es el mecanismo de respuesta interactiva, que
nos refleja la cualidad que hemos elegido para los siguientes aspectos:
pensamiento, sentimiento, emoción, respiración, nutrientes, movimiento y
respeto por la vida.
En el ejemplo del tumor que desaparecía (capítulo IV), en lugar de
imponer la voluntad de curar el cáncer, los médicos eligieron sentir,
pensar y exteriorizar una situación donde el tumor nunca había existido.
Al hacerlo, atrajeron un nuevo desenlace, la capa superpuesta de una
posibilidad cuántica que reflejaba las creencias del momento. En dos
minutos y cuarenta segundos la nueva creencia reemplazó a la antigua.
Los antepasados conocían el poder de esta tecnología como método de
oración, que trascendía cualquier principio religioso, místico o
científico.
Implicaciones
Para aceptar el principio de que ya estamos curados, se nos invita a
concebir la posibilidad de que hay muchos resultados para una situación
en concreto. El acto de elegir cosas nuevas en nuestra vida es la
tecnología que nos permite seleccionar otras posibilidades. Desde la
perspectiva que define la oración como una cualidad del sentimiento,
esta también se convierte en un lenguaje para ajustar las elecciones de
salud y relaciones que afirman la vida.
El principio de que ya estamos curados nos recuerda que cada vez que
pedimos ser sanados en una situación, existe la posibilidad de que
nuestra súplica ya haya sido respondida en otra situación. Teniendo en
cuenta esta posibilidad, cada vez que nos diagnostican un estado de mala
salud o una enfermedad que pone en peligro nuestra vida, se nos está
mostrando sólo uno de los múltiples resultados posibles para ese
momento.
El diagnóstico de una condición no es necesariamente acertado ni
fallido. Al no permitir otras posibilidades, sencillamente es
incompleto. En ese mismo momento, también ha de existir otro resultado
en que la mala salud, la enfermedad o esa condición no estén presentes.
Ya existen todas las posibilidades. Cada resultado es real. Según este
principio, la diferencia entre diversos resultados es una cuestión de
perspectiva nuestra.
Aplicado a nuestras vidas
En cada momento, elegimos cosas que afirman o niegan la vida en nuestro
cuerpo. Consciente o inconscientemente, elegimos la cualidad de cada uno
de estos seis parámetros: pensamiento, sentimiento, emoción,
respiración, nutriente y movimiento. Hemos de preguntamos si aportamos
la cualidad más alta que somos capaces de producir, para cada uno de
ellos. En caso de que descubramos las condiciones en nuestro cuerpo que
queramos cambiar, la cualidad de la salud es la señal para tener en
cuenta uno de los parámetros de la vida o una combinación de los seis.
Al aplicar
nuestro método de oración olvidado al principio de que ya estamos
curados, la oración se convierte en una aclaración de la(s)
condición(es) que elegimos representar en el mundo, en lugar de ser una
súplica para un cambio en nuestra condición actual. Sentir y vivir con
el conocimiento de que ya existen otras condiciones nos sintoniza con el
fruto de nuestra nueva elección.
PRINCIPIO 2. TODOS SOMOS
UNO
Explicación
Las cifras del censo mundial indican que somos aproximadamente seis mil
millones de personas en el planeta. Este principio nos recuerda que cada
persona es una expresión única e individualizada de una sola conciencia
unificada. Dentro de esta unidad, las opciones y acciones de cada
persona afectan a todas las demás en algún grado.
Implicación
Las implicaciones de este principio son muy extensas y, al mismo tiempo,
de una tremenda importancia. En el sentido más amplio, nuestro papel
dentro de una conciencia unificada significa que no pueden haber
acciones aisladas, que no existe el «ellos» y el «nosotros». Ya no
podemos contemplar las condiciones de nuestro mundo como «sus problemas»
y «nuestros problemas». En un campo de conciencia unificada, cada
elección que hacemos y cada acto que realizamos en cada momento, día
tras día, ha de afectar a todas las demás personas de este mundo.
Algunas acciones producen un mayor efecto que otras. Sin embargo, el
efecto sigue presente.
-Cada vez que elegimos una nueva forma de enfrentarnos a los retos de la
vida, nuestra solución contribuye a la diversidad de la voluntad humana
que asegura nuestra supervivencia. Cuando uno de nosotros se aventura en
una nueva solución creativa para los aparentemente pequeños retos de
nuestra vida individual, nos convertimos en un puente para la siguiente
persona que se encuentra ante el mismo reto, y para la siguiente, y así
sucesivamente. Cada vez que uno de nosotros se enfrenta a la condición a
la que otros ya se han enfrentado en el pasado, tiene más opciones a las
que recurrir de nuestra respuesta colectiva. Relativamente pocas
personas pueden crear posibilidades que se conviertan en opciones para
todos.
En este mundo de conciencia unificada están implícitas las consecuencias
de nuestras acciones. Cada vez que herimos a los demás con nuestras
palabras o acciones, en realidad nos estamos hiriendo a nosotros mismos.
Cada vez que quitamos la vida a alguien, nos hemos quitado una parte de
nuestra propia vida. Los propios pensamientos que nos hacen herir a otro
limitan nuestra habilidad para expresar la voluntad de la creación a
través de nosotros mismos.
Al mismo tiempo, cada vez que amamos a otra persona, nos amamos a
nosotros mismos. Cada vez que dedicamos un tiempo a otra persona,
intentamos entenderla, nos ponemos al alcance de los demás, hemos hecho
cada una de estas cosas para nosotros mismos. Cuando desaprobamos las
acciones, elecciones o creencias de los demás, a través de ello somos
testigos de aquellas partes de nosotros mismos que necesitan mayor
sanación.
Aplicación
Cuando otras personas realizan acciones que puede que consideremos de
forma negativa, se nos invita a que reconozcamos su papel en la unidad
como una parte de nosotros que ha elegido una vía distinta. Sin tener
que condonar, consentir o incluso aceptar las acciones de otras
personas, se nos dice que bendigamos compasivamente la acción como una
posibilidad más y que prosigamos con nuestra nueva elección.
La clave de nuestra unidad es la influencia para transformar nuestro
mundo. El poder de nuestra unidad permite que relativamente pocas
personas puedan influir en la calidad de vida para toda una población.
PRINCIPIO 3. ESTAMOS EN
RESONANCIA, «EN SINTONÍA» CON NUESTRO MUNDO
Explicación
Somos parte de todo lo que percibimos. Al igual que grupos de átomos,
moléculas y compuestos, estamos hechos justamente de los mismos
elementos que nuestro mundo, nada más y nada menos. Este principio, base
de muchas creencias antiguas y de los indígenas, nos invita a recordar
que mediante hilos invisibles y cuerdas inconmensurables, formamos parte
de toda expresión de vida. En un mundo de semejante resonancia,
cualquier roca, árbol, montaña, río y océano forma parte de nosotros.
Sea lo que fuere lo que les suceda a los materiales de nuestro mundo, lo
percibimos con nuestro cuerpo.
Los materiales que nos rodean en nuestra vida cotidiana reflejan la
cualidad que hemos elegido en nuestra vida. Nuestros hogares, coches,
animales domésticos y nuestra Tierra, todos sin excepción, nos reflejan,
en cada momento, la cualidad, las implicaciones y las consecuencias de
nuestras decisiones.
Implicación
Mientras aprendemos a reconocer qué es lo que nos están diciendo las
condiciones del mundo exterior, se nos muestran posibilidades cargadas
de fuerza para crear un cambio en nuestro mundo mediante los cambios en
nuestra vida. Los investigadores han documentado cambios en la Tierra
que están en relación directa con los cambios en la conciencia humana.
Sensores colocados en la tierra alrededor de una persona que
experimentaba desde una ira extrema hasta el súmmum de la compasión, han
detectado el cambio en la frecuencia biológica.
¿Cuál es el efecto exterior de que muchas personas, quizá comunidades
enteras o ciudades, compartan emociones comunes de ira o compasión? ¿Es
posible que sanar las emociones dentro del pequeño mundo de nuestros
cuerpos tenga efectos sobre el mundo que nos rodea, en cosas como los
patrones climáticos y la actividad sísmica?
Aplicación
En cada momento de la vida estamos relacionándonos con los elementos de
nuestro mundo. A través de nuestras amistades, romances, hogares,
vehículos y las circunstancias de la vida, se nos ofrecen poderosas
revelaciones para comprender nuestro sistema de creencias, juicios e
intenciones. A medida que cambiamos nuestras creencias y hallamos nuevas
formas de expresión, este principio afirma que el mundo que nos rodea
refleja nuestras decisiones. Los sistemas turbulentos se serenan en
presencia de la paz. Las elecciones que afirman la vida dentro de
nuestros cuerpos crean condiciones en nuestro mundo que reflejan dichas
decisiones. Quizás esto sea una explicación de la antigua sugerencia de
que, para sanar nuestro mundo, hemos de empezar por crear las
condiciones que nos sanarán a nosotros.
PRINCIPIO 4. LA TECNOLOGÍA
DE LA ORACIÓN NOS FACILITA EL ACCESO DIRECTO A NUESTRO CUERPO, A LOS
DEMÁS Y A LAS FUERZAS CREATIVAS DE NUESTRO MUNDO
Explicación
Mediante nuestra tecnología interna de la oración entramos en comunión
con las fuerzas invisibles de nuestro mundo. Siempre hemos tenido la
habilidad de acceder a estas fuerzas y utilizarlas para determinar la
cualidad que rige nuestra vida y nuestro mundo.
Implicación
Las experiencias del mundo exterior reflejan las elecciones que hemos
hecho en cada momento, en cada respiración. Unas veces somos conscientes
de ellas, otras no. Investigaciones recientes han demostrado que
nuestras emociones y sentimientos influyen directamente en la expresión
de nuestro ADN. 13 ¡Otros estudios indican que nuestro ADN también
influye en el comportamiento de los átomos y moléculas de nuestro mundo
exterior! 14
Hemos presenciado la respuesta del tejido humano para cualidades
específicas del sentimiento, como en la «curación» de lesiones y tumores
en cuestión de segundos. Se ha demostrado el vínculo, aunque las
implicaciones sobrepasan el marco de la ciencia moderna. Nuestra
elección de reconocer la relación es muy personal, y nos invita una vez
más a «pensar pensamientos de ángeles y actuar como actúan los ángeles».
Aplicación
La oración puede que sea la fuerza más poderosa de la creación. A cada
uno se nos ha dado un lenguaje silencioso que nos permite participar en
el resultado de los acontecimientos y de los retos de nuestra vida. Orar
juntos es una oportunidad para compartir los frutos de nuestro mundo.
Las antiguas tradiciones y los científicos modernos insinúan que la
oración es la sofisticada tecnología que nos permite reconocer las
posibilidades de futuros resultados y elegir cuál queremos experimentar.
Cuando nos convertimos en las condiciones que elegimos experimentar en
el mundo, atraemos el resultado que refleja nuestra elección. Con ello,
las guerras, las enfermedades y el sufrimiento ya no «suceden»
sencillamente; sino que se nos ha mostrado el mecanismo por el que
suceden. Al mismo tiempo, también tenemos el poder de volver a elegir.
¡Qué
irónico resulta que los descubrimientos de la tecnología del siglo XX,
principalmente producto de la defensa y de su aplicación militar, hayan
conducido a las revelaciones que nos dirigen hacia la poderosa y
sencilla ciencia de la oración! La base está ahora en su lugar. Los
datos se han medido y los experimentos se han llevado a cabo. Hemos
probado, al menos bajo ciertas condiciones, que el pensamiento y la
emoción producen el sentimiento, y que el sentimiento produce patrones
vibratorios que afectan a nuestro mundo. Cuando cambiamos la cualidad de
nuestro sentimiento, cambiamos el patrón de vibración, modificando así
los patrones del mundo exterior.
La cuestión ahora es, ¿cómo y en qué medida afectan nuestros patrones de
sentimiento al mundo que nos rodea? Si podemos hallar un vínculo entre
la fuerza invisible del sentimiento humano y el efecto de nuestros
sentimientos en el mundo que nos rodea, habremos llegado a cerrar el
círculo. Ese vínculo dará nueva credibilidad a las tradiciones antiguas
y a las habilidades que los místicos y los yoguis han demostrado con los
años. Quizás el trabajo de Vladimir Poponin pueda ofrecernos algunas de
las primeras pruebas que confirman una relación directa entre la materia
y el ADN humano.
MOVER MONTAÑAS: EL EFECTO
FANTASMA DEL ADN
A principios de los noventa, la
Academia de Ciencias Rusas de Moscú anunció una sorprendente relación
entre el ADN y las cualidades de la luz, medidas en fotones.
En un informe donde se describían estos primeros estudios, el doctor
Vladimir Poponin hablaba de una serie de experimentos que parecían
indicar que el ADN humano afectaba directamente al mundo físico a través
de un nuevo campo que los conectaba. El doctor Poponin, reconocido como
un gran experto en el campo de la biología cuántica, estaba prestando
temporalmente sus servicios por un acuerdo entre entidades para una
institución de investigación estadounidense cuando se realizaron esta
serie de experimentos.
Los experimentos comenzaron con la medición en un entorno controlado de
los patrones de luz al vacío. Cuando se hubo extraído todo el aire de
una cámara especialmente diseñada, los patrones de las partículas de luz
y el espacio entre ellas siguió una distribución al azar, tal como se
esperaba. Estos patrones fueron doblemente revisados y registrados, para
ser utilizados como referencia en la siguiente parte del experimento.
La primera sorpresa llegó cuando se colocaron muestras físicas de ADN
dentro de la cámara. En presencia del material genético, cambió el
espacio y los patrones de las partículas de luz. En lugar del patrón
disperso que habían observado con anterioridad, las partículas de luz
empezaron a crear un nuevo patrón que se asemejaba a la cresta y al seno
de una ola suave. El ADN influía claramente en los fotones, como
si a través de una fuerza invisible les diera la forma regular de una
ola.
La siguiente sorpresa vino cuando los investigadores sacaron el ADN de
la cámara. Estaban convencidos de que las partículas de luz retornarían
a su estado original de distribución fortuita, pero sucedió algo
inesperado. Los patrones eran muy distintos a los que habían observado
antes de introducir el ADN. En sus propias palabras, Poponin
describió que la luz se comportaba de un modo «sorprendente y contra
intuitivo». Tras revisar los instrumentos y repetir los experimentos,
los investigadores se enfrentaron a tener que hallar una explicación
para lo que habían visto. Al no estar el ADN, ¿qué era lo que afectaba a
las partículas de luz? ¿Había dejado algo el ADN, una fuerza residual de
algún tipo, que persistía mucho después de que el material biológico
hubiera desaparecido?
Poponin
escribe que él y los demás investigadores se vieron «obligados a aceptar
la hipótesis de trabajo de que se había excitado alguna nueva estructura
de campo...». Para hacer hincapié en que el efecto estaba relacionado
con la molécula física del ADN, el nuevo fenómeno fue bautizado como el
«efecto fantasma del ADN». La «nueva
estructura de campo» de Poponin se parece sorprendentemente a la
«matriz» de la fuerza de Max Planck y a los efectos sugeridos en
las tradiciones antiguas.
Esta serie de experimentos es importante porque demuestra claramente,
quizá por vez primera en condiciones de laboratorio, que existe una
relación que ofrece aún mayor credibilidad al efecto de la oración
en nuestro mundo físico. En este caso, el ADN era más o menos una
serie de moléculas separadas del cerebro de un ser vivo consciente.
Incluso en ausencia de un sentimiento directo que vibrara a través de su
antena de doble hélice, había una fuerza y un efecto que se podía medir
en su mundo inmediato.
Los investigadores sugieren que una persona de tamaño, estatura y peso
medio, posee muchos billones de células en su cuerpo. Si cada célula,
cada antena de sentimiento y emoción dentro de una persona, contiene las
mismas propiedades que afectan a su entorno, ¿cuánto se puede amplificar
el efecto? Ahora. bien, ¿qué sucedería si, en lugar de enviar
sentimientos cualesquiera a través de las células de una persona, el
sentimiento fuera el resultado de una forma específica de pensamiento y
emoción, regulado en forma de oración?
Multiplica
los efectos que puede producir la persona, robustecida por un método
específico de oración, por tan sólo una fracción de los aproximadamente
seis mil millones de personas sobre el planeta, y empezaremos a sentir
el poder inherente en nuestra voluntad colectiva. Es el poder que
terminará con todo el sufrimiento y erradicará el dolor que ha sido el
sello del siglo XX. La clave es que hemos de trabajar juntos para
alcanzar esta meta. Esto puede llegar a ser el mayor reto del tercer
milenio.
Nuestro lenguaje tiene el vocabulario para describir nuestra relación
olvidada con las fuerzas del mundo, con la inteligencia del cosmos y
entre nosotros. Con algunos de los instrumentos más sensitivos de
nuestro tiempo para medir los campos de energía que ni siquiera
conocíamos hace cincuenta años, la ciencia ha confirmado ahora la
relación que los antepasados nos recordaron hace más de dos mil años.
Tenemos acceso directo a las fuerzas de nuestro mundo y hemos cerrado el
círculo. Este es el lenguaje que mueve montañas.
Es el
mismo lenguaje que nos permite elegir la vida en lugar de los tumores
cancerosos, y crear paz en situaciones donde puede que creamos que esta
no existe. Cuando leemos sobre milagros de sanación, ya no nos quedamos
con el deseo de que estos mismos milagros puedan ocurrir hoy. Los
milagrosos resultados ya están aquí, sencillamente se nos pide que los
escojamos.
Hoy en día continúo rezando. Para mí, cada momento de la vida se ha
convertido en una oración. Todavía doy gracias por las cosas buenas, y
me siento con poder para escoger nuevas situaciones en lugar de aquellas
que me han causado sufrimiento en el pasado. Mi formación en informática
me ha enseñado que hay pocos misterios, y pocos que no podamos probar,
si osamos aceptar las «leyes» que la naturaleza nos enseña en el milagro
de cada día.
La oración me ha demostrado que ciertas cosas son, independientemente de
nuestra habilidad para poder probarlas en el momento. Por ejemplo, sé
que algunos de los más sagrados recuerdos de nuestra herencia fueron
repartidos por monasterios, iglesias, tumbas y templos por nuestros
antepasados. También sé que los mismos recuerdos viven en las costumbres
y tradiciones de pueblos que antes considerábamos como primitivos. Sé
que somos capaces de tener hermosos sueños, grandes posibilidades y
fuentes insondables de amor.
Quizá lo
más importante sea que sé que ya existe una posibilidad donde hemos
acabado con el sufrimiento de todas las criaturas y honrado el aspecto
sagrado que hay en toda forma de vida. La posibilidad ya existe aquí y
ahora. Sé que estas cosas son ciertas, porque las he visto. El momento
en que permitimos tales posibilidades a gran escala se convierte en el
primer momento de una nueva esperanza. Ese es el momento que siempre
recordaremos. Es el momento en que anularemos el último día de la
profecía.
Ninguna
nación blandirá su espada contra otra, ni aprenderá ya más la guerra:
pues estas cosas ya pasaron.
EVANGELIO
ESENIO DE LA PAZ
9 - SANAR LOS
CORAZONES, SANAR LAS NACIONES
Volver a escribir nuestro futuro en los días de la profecía
Hacía apenas unos momentos estaba solo. Caminaba por la vieja carretera
que iba paralela al valle hacia el oeste, me abría paso a través de las
matas de salvia que me llegaban hasta el pecho, todavía mojadas por la
helada matinal. La tierra estaba blanda y seca bajo una fina capa de
hielo que se rompía bajo mis pies. A cada paso, mis pies se hundían en
la frágil mezcla de arcilla y tierra e iba dejando tras de mí la marcada
huella de las suelas de mis botas de trabajo en el suelo del desierto.
Busqué en
el resplandor del alba y pude ver a alguien que se dirigía hacia mí.
Cuando entrecerré los ojos para enfocar mejor, pude ver que se trataba
de Joseph. Habíamos acordado encontramos, como solíamos hacer,
sencillamente para caminar, charlar y compartir la mañana. Los primeros
rayos del sol de invierno proyectan largas sombras por detrás de los
impresionantes montes Sangre de Cristo que se alzan al este. Los dos
estábamos de pie dando la espalda a las montañas y contemplando la
espléndida vista que teníamos ante nosotros.
Nos encontrábamos al borde de un valle de más de 50.000 hectáreas de una
salvia especialmente aromática; Joseph se detuvo y respiró
profundamente.
-Todo este
campo -empezó- hasta donde alcanza nuestra vista, actúa como una sola
planta. -Sus palabras formaban pequeñas nubes de vapor cuando su aliento
se fundía con el frío aire de la gélida noche.
»Hay muchos arbustos en este valle -prosiguió- y cada planta está unida
a las otras mediante un entramado de raíces que no podemos ver. Aunque
ocultas a nuestros ojos, las raíces están ahí, debajo del suelo. Todo el
campo es una familia de salvia. Como en toda familia -explicó- la
experiencia de un miembro es compartida en cierto grado por todos los
demás.
Escuchaba lo que Joseph me decía. ¡Qué hermosa metáfora!, pensé, sobre
cómo estamos interconectadas las personas a través de la vida.
Aunque
podamos ver muchos cuerpos que creemos que son extraños, que viven vidas
independientes y que no están relacionadas, hay un hilo de conciencia
que nos une formando una familia. Estamos conectados mediante un sistema
invisible. Sin embargo, la conexión existe como lo que algunos han
denominado «mente universal»: el misterio de nuestra conciencia. Al
igual que las plantas de salvia, todos estamos relacionados durante
nuestro viaje por este mundo. En el plano de la conciencia, todos somos
uno.
A veces
los grandes misterios de la vida se aclaran sólo cuando dejamos de
pensar en ellos. Aunque podamos conocer la información en nuestra mente,
el significado de un misterio se ha de sentir antes de poder vivirlo. En
la inocencia del momento, compartir la experiencia de otra persona se
convierte en un catalizador que despierta una nueva comprensión dentro
de nosotros mismos. Ahora sé por qué.
Con frecuencia pienso en esa mañana, admirado por la elocuente
simplicidad con la que Joseph describía la relación entre las plantas de
salvia. Además 'de comprender de qué modo están conectadas, la
explicación de Joseph también describió las posibilidades de semejante
relación. Por ejemplo, cuando un área de salvia desarrolla una
tolerancia a un insecto o a un producto químico en particular, toda la
familia demuestra la misma tolerancia. La clave es que muchas se
benefician de la experiencia de 0unas pocas. Los últimos estudios sobre
el efecto de la oración masiva -muchas personas enfocadas en un tema en
común- confirman relaciones similares en la conciencia humana. Se ha
demostrado que la calidad de vida de un vecindario se ha visto afectada
por la oración dirigida de unas pocas personas.
Casi universalmente, las antiguas tradiciones creen que la relación
entre nuestro mundo cotidiano y nuestro mundo interno de la conciencia
es todavía más profunda. Ver nuestros cuerpos y la Tierra como espejos
que se reflejan el uno al otro, nos indica que los extremos que vemos en
uno se pueden considerar como metáforas para los cambios dentro del
otro. Esta forma de pensamiento relaciona los patrones destructivos del
tiempo y de las tormentas, por ejemplo, con el estado de conciencia
inestable de las personas donde tienen lugar esos fenómenos. Al mismo
tiempo, estas visiones holistas sugieren que los terremotos de gran
intensidad, las tormentas que ponen en peligro la vida y las
enfermedades pueden ser aminoradas, o incluso erradicadas, mediante
cambios sutiles en nuestro sistema de creencias.
Si estas relaciones existen, entonces, quizá por primera vez podamos
mirar hacia el siglo XXI con un nuevo sentido de confianza. Más allá de
las antiguas profecías sobre una tercera guerra mundial y de las
predicciones de catastróficas pérdidas de vidas y del caos de final de
milenio, el antiguo secreto de la oración de 2.500 años, puede suponer
una extraordinaria oportunidad para definir nuestro tiempo de un modo
que sólo hemos visto en sueños. En lugar de protegemos contra los
acontecimientos que pensamos que tienen poder sobre nosotros, podemos
elegir las condiciones que afirman la vida, que trascienden la
enfermedad y el sufrimiento, y la guerra en nuestro futuro.
TEMPLOS SUAVES
Los eruditos gnósticos, en el
lenguaje de su tiempo, apelaron a las generaciones futuras para recordar
que la Tierra está en nosotros, que nosotros estamos en ella, y que
ambos estamos íntimamente involucrados en todo lo que experimentamos.
Las nuevas traducciones de los documentos esenios de las cuevas del mar
Muerto ilustran un conocimiento aún mayor, y a veces incluso inesperado,
de sus autores. La motivación en las ceremonias, rituales y estilo de
vida de las primeras comunidades esenias era su profunda convicción de
honrar el vínculo vivo que une a toda forma de vida, en todos los
mundos.
Los maestros esenios veían nuestro cuerpo como un punto de convergencia
a través del cual se unen las fuerzas creativas para expresar la
voluntad de Dios. Consideraban nuestro tiempo juntos como una
oportunidad para compartir las experiencias de ira, rabia, celos y odio
que ocasionalmente rehuimos y juzgamos en nuestra vida. Es también a
través de estos mismos cuerpos que pulimos las cualidades de amor,
compasión y perdón que nos elevan a la mayor expresión de nuestra
humanidad. Por esta razón, consideraban el cuerpo como un lugar sagrado,
un suave y vulnerable templo para nuestra alma.
Dentro de nuestro cuerpo-templo es donde las fuerzas del cosmos se unen
como una expresión de tiempo, espacio, espíritu y materia. Más
concretamente, dentro de la experiencia del tiempo y del espacio es
donde el espíritu trabaja a través de la materia para realizar la máxima
expresión de honrar la vida. Curiosamente, los eruditos de Qumrán
enfocaron un lugar en particular dentro del cuerpo, en lugar de enfocar
el propio cuerpo como escenario de la expresión divina. En las palabras
de un fragmento hallado en los manuscritos del mar Muerto, se nos
recuerda que a través de nuestro cuerpo hemos,
«heredado
una tierra santa...; esta tierra no es un campo para ser arado, sino un
lugar en nuestro interior donde podemos construir nuestro sagrado
templo».
En los
lugares más recónditos de los antiguos templos se encuentran las partes
más sagradas del santuario. En los templos de Egipto, por
ejemplo, la capilla más sagrada está situada en la parte más profunda
del complejo. Las desgastadas escrituras hacen referencia a una sola
estancia, con frecuencia pequeña en comparación con el resto de la
estructura, situada entre pasillos sinuosos y capillas preparatorias,
como el beth elohim, la más sagrada de las más sagradas.
En la
capilla más sagrada de todas es donde el espíritu invisible alcanza la
materia física de nuestro mundo.
Si trasladamos esta metáfora desde los duros templos de piedra hasta los
suaves templos de la vida, nuestro cuerpo también ha de tener un lugar
que sea el más sagrado entre todos. Quizá de un modo que hoy en día
todavía tenga que ser reconocido por la ciencia, la porción más interna
de nuestros templos vivos representa el lugar sagrado donde el cuerpo de
la materia es alcanzado por la respiración del espíritu. ¿Existe
semejante lugar dentro de nosotros?
En un informe de la tercera conferencia anual de la International
Society for the Study of Subtle Energies and Energy Medicine
[Sociedad Internacional para el Estudio de las Energías Sutiles y para
la Medicina Energética], los científicos han demostrado que la
fuerza invisible de la emoción cambia realmente la molécula física del ADN.
El estudio basado en rigurosas pruebas con personas capaces de controlar
sus emociones, así como con un grupo de control sin ninguna
formación especial, indicaba que «las personas entrenadas para generar
sentimientos de amor profundo... eran capaces de provocar un cambio
intencional en la conformación [forma] del ADN». Cualidades emocionales
específicas, producidas a voluntad, determinaron en qué grado y hasta
qué extremo estaban enrolladas las dos cadenas de la molécula de la
vida.
Este estudio es importante por una serie de razones. El modo en que
nuestro bloque básico de desarrollo de la vida está configurado
desempeña un papel importante en cómo se repara el ADN y
reproduce en nuestros cuerpos. La pregunta respecto a qué es lo que
determina la forma de la molécula del ADN sigue en pie. Estos informes,
que confirman la larga sospecha de que la emoción afecta en gran manera
a nuestra salud y calidad de vida, ahora nos demuestran, quizá por
primera vez, que esta es el vínculo que faltaba, una línea directa de
comunicación con el propio núcleo de la vida.
¿Podrían
las referencias de los manuscritos del mar Muerto a una «tierra
santa..., un lugar dentro de nosotros donde podemos construir nuestro
sagrado templo», ser una descripción de las células de nuestro cuerpo? A
fin de cuentas, este es el lugar donde la ciencia ha presenciado ahora
el matrimonio entre el espíritu y la materia. Si es así, entonces cada
célula dentro del templo de nuestro cuerpo es, por definición, lo más
sagrado de lo más sagrado. ¡Cada célula ha de ser considerada sagrada!
El momento en que nuestra tecnología nos permite presenciar al espíritu
dando forma al mundo de la materia (la
emoción dando forma al ADN), abrimos la puerta a una nueva era en
la que reconocemos la relación entre nuestras creencias y nuestra
experiencia.
Este conocimiento ha surgido de algo tan poco prometedor como unos
textos de hace 2.300 años; ahora verificado con la ciencia del siglo
XXI, puede ser considerado como una especie de «teoría biológica
unificada». Esta teoría nos ofrece el mecanismo que hemos estado
buscando durante mucho tiempo para describir nuestra relación con toda
forma de vida. Todavía no tenemos nombre para esta visión renovada del
mundo que trasciende la ciencia, la religión y las tradiciones místicas.
Si evocamos las tradiciones indígenas de eras pasadas, las visiones de
esta índole recuerdan las palabras que nos dijo el abad en el Tíbet.
«Todos
estamos conectados», dijo él.
«Todos
somos expresiones de una vida... Todos somos lo mismo. »
Quizá la
similitud de sus palabras con las de Joseph describiendo la salvia y las
de los textos esenios no sean una coincidencia. Los archivos indican que
una secta particular de los esenios, la de los carmelitas del monte
Carmelo, llevaron copias de sus escritos más sagrados a regiones remotas
del mundo para protegerlas de la corrupción a la que estaban sometidos
dichos textos después de la muerte de Jesús. Los amerindios
ancianos describen recuerdos tribales de emisarios que llevaron estas
tradiciones a Norteamérica hace casi dos mil años.
Otros textos encontraron su lugar en apartados monasterios del Asia
central durante el mismo período. Uno de estos documentos, conocido por
los historiadores como el Evangelio arameo de Mateo, es también
conocido como el Evangelio de los nazi reos, el Evangelio de los
hebreos y el Evangelio de los ebionitas. Todos estos nombres
hacen referencia al mismo manuscrito. Hay pruebas de que este texto en
particular llegó hasta los aislados monasterios del Tíbet durante el
siglo I, y se ha confirmado que es «considerablemente más antiguo» que
la versión acabada del Nuevo Testamento.3
UNA PUERTA MÁS ALLÁ DE LOS
MUNDOS
Con el desarrollo de una
tecnología avanzada suele surgir una ironía. Generalmente, cuanto más
sencilla parece la tecnología al usuario, más complejos son los sistemas
que hay detrás de las escenas que permiten tal simplicidad. Podemos ver
un bello ejemplo de este concepto en nuestros ordenadores que funcionan
con imágenes, y en nuestra tecnología de «señalar y cliquear». Cada vez
que movemos el cursor de nuestro ordenador por la pantalla y cliqueamos
en el icono de un programa seleccionado, hemos puesto en movimiento una
compleja y sorprendente serie de operaciones.
Los
punteros internos, el lenguaje de máquina, los soportes de los sistemas
operativos y los programas de aplicación cobran vida a la velocidad de
los electrones que se precipitan por los trayectos de los
microcircuitos. Lo único que hemos hecho ha sido señalar una imagen y
apretar un botón. Afortunadamente, no era necesario que conociéramos
ninguno de los procesos que tienen lugar detrás de estas escenas. De
hecho, puede que sea una suerte no conocerlos.
Nuestra tecnología interna para acceder
a la creación funciona de un modo similar. A medida que dominamos
ciertas experiencias en nuestras vidas, son estas mismas experiencias
las que nos abren las puertas a otros mundos y a posibilidades que tan
sólo hubiéramos podido soñar en el pasado. Quizá sin tan siquiera ser
conscientes del poder de sus escritos, los antiguos eruditos nos estén
recordando que desde el momento de
nuestro nacimiento somos conductos de
la tecnología «fácil de usar», aunque altamente sofisticada, que
transforma nuestro mundo.
Las
enseñanzas de las comunidades ebionitas y nazireas nos hablan de un
lenguaje perdido y del olvidado poder que se encuentra en todos
nosotros. Es este lenguaje silencioso el que nos permite convertimos en
puertas que traen las cualidades del cielo a la tierra. La sabiduría, la
paz y la compasión que experimentamos en nuestros sueños, por ejemplo,
se pueden convertir en la realidad de nuestro mundo al reflejar estas
cualidades en nuestra vida cotidiana.
En un extracto de un texto esenio, se nos recuerdan las posibilidades de
tal relación:
«...
Aquel que construya en la tierra el
reino de los cielos..., morará en ambos mundos».'
Nuestro perdido lenguaje de la oración
es el puente que vincula los mundos del cielo y de la tierra. «Sólo a
través de las comuniones... aprenderemos a ver lo invisible, a escuchar
lo inaudible y a expresar lo inefable.»'
Tan
engañosamente sencillas como nuestra más avanzada tecnología
informática, las implicaciones de estos conceptos precristianos afectan
a nuestra vida de modos que jamás podríamos sospechar. Implican que
todos participamos en el resultado de los acontecimientos globales, así
como en la salud de nuestros cuerpos y en la calidad de nuestras
relaciones. Unas veces somos conscientes de nuestra participación, otras
no.
En vista
de esta comprensión, las referencias de hace siglos adquieren ahora un
nuevo sentido y quizá mayor importancia. En el transcurso de nuestra
época, mediante el control de nuestras elecciones, se nos invita a crear
un mundo exterior que refleje nuestras plegarias y sueños más profundos.
MILAGRO EN LOS
ANDES
En
primavera de 1998, el fenómeno climático conocido como El Niño estaba
causando estragos en forma de temperaturas extremas, lluvias y vientos.
En las montañas a lo largo de la costa oeste de Sudamérica, Perú estaba
sufriendo el peso de un sistema tormentoso que llegaba a tierra desde el
océano Pacífico.
Tras
lluvias torrenciales de proporciones fenomenales, las inundadas tierras
bajas se unieron formando un nuevo lago de una extensión de casi 6.000
kilómetros cuadrados. Ricas tierras agrícolas, que habían sido
cultivadas por familias durante varias generaciones, se habían
convertido en una formación permanente de agua fresca tan grande que
ahora el nuevo lago es visible en las fotografías tomadas por los
satélites.
Sin embargo, en otras partes de Perú, El Niño creó el efecto contrario,
con un índice de lluvias por debajo de lo normal y una desertización de
la densa jungla que se había formado por las lluvias anteriores. Las
tierras altas de la montaña en la porción sur del país se volvieron
especialmente susceptibles a un extraño período de extrema sequía y al
peligro de incendios forestales en lugares inaccesibles.
A una
altitud de casi tres mil metros sobre el nivel del mar, el antiguo
complejo de templos de
Machu Picchu, del que se cree que algunas
partes fueron construidas antes de los tiempos de los incas, está
situado en medio de algunos de los bosques más frondosos del país. El
enorme complejo de templos, uno de los yacimientos arqueológicos más
populares y misteriosos del planeta que existen hoy en día, atrae a
miles de turistas cada año y es considerado un tesoro nacional. La
ausencia de lluvia, combinada con el nivel ya bajo de humedad que hay a
tales alturas, creó las condiciones necesarias para que se produjeran
incendios que podían haber causado un desastre de proporciones
catastróficas.
En el mes de mayo de 1998 nos encontrábamos en una peregrinación de
oración por las montañas de las afueras de Cuzco, y nuestra guía e
intérprete peruana compartió una historia que conmovió profundamente a
todos los miembros de nuestro grupo. Al mismo tiempo, su historia
reafirmaba nuestra creencia en el propósito de nuestro viaje: investigar
y adoptar la perdida ciencia de la oración. María permanecía de pie
delante de nuestro autocar turístico, mientras nosotros nos dirigíamos
por los estrechos senderos hacia el antiguo yacimiento de Pisac, donde
hay un complejo de templos situado a más de tres mil metros sobre el
nivel del mar.
A la
mañana siguiente empezaríamos una caminata de cuatro días por los Andes
hasta nuestro destino, la «ciudad perdida» de Machu Picchu.
Además del reto físico que suponía la caminata, el propósito de nuestro
viaje era crear experiencias que despertaran nuestra fuerza, sabiduría y
compasión para que guiaran nuestras vidas.
Cada mañana de nuestro viaje comenzábamos el día con un tema de
meditación que diera un sentido más profundo a los retos a los que nos
íbamos a enfrentar. Estos momentos se convertirían en experiencias que
llevaríamos a nuestro mundo, a nuestras familias, profesiones y círculos
donde están nuestros seres queridos. Por ejemplo, la fuerza que
necesitaban nuestros cuerpos para llegar al campamento, situado en una
hondonada a 4.200 metros de altura, sería un modelo de la misma fuerza
que nos permite superar los grandes retos que nos pone la vida. Cada día
del viaje se convertía en un punto de referencia para una cualidad de
oración que contuviera el potencial de sernos útil cuando se nos
presentaran los obstáculos.
Cuando los rayos prendieron fuego a las junglas andinas a principios de
año, las comunidades locales se organizaron para combatir las llamas y
salvar sus aldeas. A pesar de sus esfuerzos, el fuego se había
descontrolado y llevaba días propagándose mientras los funcionarios del
Gobierno y los lugareños contemplaban el espectáculo impotentes y
exhaustos. Los incendios abrieron una vía de destrucción que parecía
propagarse en todas direcciones, al mismo tiempo. Una tarde cambió el
viento y el fuego se dirigió directamente hacia los templos de Machu
Picchu.
Los
bomberos, movilizaron los pocos recursos de los que disponían para
suavizar las llamas antes de que alcanzaran su muestra de historia
andina más famosa. Escasos de equipamiento, las vías del tren destruidas
y los caminos bloqueados por desprendimientos de tierra debidos a las
anteriores lluvias torrenciales, la única fuente de agua era el río
Urubamba, que recorría un cañón de varios cientos de metros de
profundidad. Los esfuerzos por salvar los templos eran en vano. La línea
de fuego frontal avanzaba arrasando los yacimientos periféricos del
complejo. Cuando las llamas alcanzaban los templos de la periferia en el
cercano pico Wayna Picchu, parecía que ya no había esperanza.
Tras agotar todos los demás recursos para frenar ese infierno, los
aldeanos recurrieron a una tecnología que había formado parte de su
cultura durante siglos. En grupos de familias e individualmente, en
público y en privado, empezaron a rezar. Aunque las oraciones
específicas variaban, el tema principal era el mismo: oraban para salvar
los templos de Machu Picchu.
Estaban
dirigiendo colectivamente sus oraciones para afrontar un desafío común.
En cuestión de horas los habitantes del sur de Perú fueron testigos de
un acontecimiento que se puede considerar un milagro. Se formó un
sistema de baja presión en esa región de los Andes. Una masa de aire
húmedo y caliente procedente de la costa se fundió con el aire frío y
seco de las montañas, los cielos se nublaron y empezó a llover.
La lluvia se convirtió en aguacero, empapando el denso bosque desde el
lugar donde se había propagado el incendio de copa en copa. El agua de
la lluvia penetraba en los barrancos situados entre los desnudos picos
de las montañas y llegaba a la agrietada tierra que tenían debajo.
Este
compuesto acuoso se mezclaba con el rico suelo y formaba un grueso barro
negro, a la vez que desprendía vapor mientras el agua caía sobre las
recalentadas rocas de la zona afectada por las llamas. Al cabo de unas
horas el incendio había desaparecido, dejando tras de sí los troncos
humeantes, producto del peor incendio registrado en la historia de esa
zona. Los espectadores que presenciaron lo ocurrido creyeron que fue una
afortunada coincidencia. Los funcionarios estaban desconcertados.
Los aldeanos simplemente se sintieron aliviados. Para ellos no fue un
misterio. Dios había escuchado sus plegarias y les había
respondido.
Ha habido historias similares sobre las oraciones masivas como en el
proceso de paz en Irlanda del Norte, la evitación de pérdidas humanas al
suspenderse los ataques aéreos de la OTAN contra Irak y el misterioso
cambio de curso de un asteroide que iba a colisionar con la Tierra en
1996. En todos los casos, las circunstancias, propicias para que se
produjeran trágicos resultados, con las subsiguientes pérdidas de vidas
humanas aseguradas, cambiaron repentinamente.
Cada vez,
el cambio coincidió con un esfuerzo coordinado de muchas personas y
grupos que se habían unido en una oración colectiva. La ciencia
occidental ya ha confirmado, al menos en cierto grado, que el mundo
exterior de los átomos y de los elementos refleja nuestro mundo interior
del pensamiento y de las emociones. ¿Puede ser tan fácil crear paz y
cooperación en nuestro mundo como unirnos en oraciones conjuntas para
ese mismo fin?
Durante cientos de generaciones, la oración como sistema de apoyo en
tiempos felices así como en momentos de crisis ha desempeñado un papel
fundamental en la vida de las personas, de las familias y de las
comunidades. Cruzando las fronteras de la cultura, la edad, la religión
y la geografía, el lenguaje silencioso de la oración quizá sea la
costumbre más universal que compartimos como especie. Es casi como si en
algún lugar oculto de nuestra historia colectiva quedara un recuerdo de
este sagrado lenguaje que nos pone en contacto con las fuerzas
invisibles de nuestro mundo y nos conecta a todos.
Quizá sean nuestras profundas y personales visiones sobre la oración las
que han permitido que nuestra costumbre universal también se convirtiera
en una fuente de discordia. Incluso hoy, que estamos entrando en los
primeros días del tercer milenio, las emociones se encienden cuando la
ciencia y la filosofía discuten sobre el poder de la oración. A los
antepasados, a los pueblos indígenas de nuestro tiempo y a muchos padres
de familia occidentales no les hace falta una prueba física del poder de
la oración. Los que rezan han visto el resultado de sus oraciones
durante generaciones sin necesidad de confirmación, medición o de lo que
muchos hoy en día denominan pruebas científicas.
Para las
personas que tienen fe, los milagros que tienen lugar en sus vidas son
toda la prueba que necesitan. Para otras, sin embargo, es la capacidad
de mensurar, documentar y verificar las maravillas de la vida lo que les
ha permitido crear la tecnología que nos ha mantenido a salvo hasta este
momento. Los dos caminos son válidos. Ambos nos permiten realizar las
elecciones que definen nuestro futuro.
¿QUÉ ES LO QUE
PODRÍA UNIR A TODAS LAS PERSONAS?
Las masas de personas siempre me han fascinado. Al contemplar cientos de
caras desde la soledad de un café de aeropuerto o de un banco al borde
de una bulliciosa plaza de ciudad, muchas veces me he preguntado qué es
lo que podría unir a todas las personas, independientemente de sus
diversas ocupaciones, en un momento de paz y cooperación común. ¿Qué
acontecimiento podría superar las diferencias físicas y las
preocupaciones por la rutina diaria, para despertar el recuerdo de una
historia común, que nos condujera a un futuro compartido en el único
mundo que conocemos?
Hay una escuela de pensamiento que sugiere que como personas y naciones
nos hemos alejado tanto entre nosotros y de nuestra Tierra que sólo una
crisis de inmensas proporciones podría despertar nuestro recuerdo de
unidad y renovar la posibilidad de cooperación. Curiosamente, parece que
los momentos de adversidad extraen de nosotros nuestro más profundo
conocimiento, que se manifiesta como nuestra mayor fortaleza, para
triunfar sobre las penurias compartidas. Durante estos momentos, una
meta común se antepone a cualquier diferencia de origen étnico, clase
social o cultura.
La
historia demuestra que los pueblos diversos tienden a unirse en momentos
de crisis. Durante el terremoto de Kobe en Japón, por ejemplo, los
grandes incendios de México o la estación de huracanes sin precedente de
1998, personas de todas las procedencias abandonaron su posición en la
sociedad para ofrecer asistencia en los lugares donde más se necesitaba.
De pronto, había ejecutivos de diversas empresas junto a vendedores
ambulantes en los restos de los edificios derrumbados para liberar a los
niños que habían quedado atrapados entre los escombros.
Presidentes de bancos trabajaban con la guardia nacional para apuntalar
diques inundados. Durante una de las peores tormentas de hielo de
nuestra historia, en el invierno de 1998, más de cinco millones de
personas sobrevivieron sin electricidad durante 33 días. En algunas
partes de Canadá y el nordeste de Estados Unidos, comunidades donde tan
sólo unos días antes las personas apenas se conocían entre ellas,
compartían estufas y cocinas de queroseno de emergencia.
Puede que un escenario similar, quizás a escala global, sea lo que
impulse esa fusión de nuestra tecnología interna de la oración, el
pensamiento cuántico y el poder de la emoción humana. La amenaza de un
solitario asteroide que se dirige hacia la Tierra, por ejemplo, o una
enfermedad que no se pueda controlar con la medicina convencional, puede
ser el catalizador para este tipo de cooperación. Afortunadamente, estos
ejemplos son hipotéticos, al menos por el momento. No tan hipotética,
sin embargo, es la creciente amenaza para la frágil paz que ha reinado
en nuestro mundo desde finales de la última guerra mundial, hace más de
cincuenta años.
NACIÓN CONTRA NACIÓN
En el nacimiento del siglo XXI,
parecen darse las circunstancias propicias para que se produzca una gran
polarización de las potencias mundiales, lo que llevaría la amenaza de
una guerra mundial al ámbito de la mera posibilidad. Países que
anteriormente apenas se tenían en cuenta en las estrategias globales,
están adquiriendo nuevos e inesperados papeles en los dramáticos sucesos
que están reestructurando nuestro mundo.
En los dos últimos años del siglo XX, por ejemplo, vimos una serie de
nuevos países que se unían a las exclusivas filas de los que poseen
armamento nuclear. Cabe destacar las sorpresivas pruebas de armamento de
India y Paquistán. A pesar de las reiteradas súplicas por parte del
Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, de Rusia y de Estados
Unidos, los dos rivales tecnológicos han continuado probando sus armas y
sistemas de abastecimiento, aludiendo que su aumento de armamento
nuclear era en interés de la seguridad nacional.
Aunque muchas personas se ríen de la posibilidad de que estalle otra
guerra mundial, porque creen que los horrores de la Segunda Guerra
Mundial todavía están demasiado frescos en nuestro recuerdo para
permitir que se vuelvan a producir, es importante permanecer atentos y
discernir para reconocer el significado de los acontecimientos globales
que, en un principio, nos parecen lejanos y que no tienen demasiada
importancia para nuestro país.
La crisis de finales de siglo en Kosovo es un ejemplo de ese tipo de
acontecimientos. Aunque a los observadores fortuitos les parezca que ha
«surgido de la nada», los conflictos que han conducido a la actual
crisis en Kosovo son el fruto de siglos de tensiones en una parte de
Europa del Este a la que muchos analistas denominan el «polvorín de los
Balcanes». Tras la limpieza étnica y las atrocidades de la guerra que
vimos en Bosnia hace menos de una década, las naciones de Occidente no
estaban dispuestas a permitir que sucediera lo mismo en Kosovo.
Sin
embargo, la intención, duración y forma de intervención militar eran
factores que dividieron incluso a las fuerzas aliadas que intentaban
intervenir. La lucha por el poder en Europa del Este es una clara
demostración de cómo las grandes potencias del mundo pueden polarizarse
inesperada-mente adoptando precarias posiciones en bandos contrarios de
la mesa de negociación.
La zona de los Balcanes no es más que un ejemplo de una situación
política que tiene grandes implicaciones militares. Mientras Estados
Unidos controla los acontecimientos que se desarrollan en Europa,
también sigue apoyando el embargo y las restricciones militares en Irak.
Irak, con su fabricación de armamento nuclear y biológico, también se ha
visto como un polvorín, esta vez en Oriente Próximo. Incluso los países
árabes vecinos, tradicionalmente considerados sus aliados, desaprueban
la capacidad del nuevo armamento de Irak y la desestabilización del ya
precario equilibrio de poder en una zona del mundo tan volátil.
Durante un tiempo, que muchos han considerado relativamente pacífico en
el ámbito mundial, los últimos veinte años, de hecho, han sido una época
de tragedias y de tremendos sufrimientos en lugares localizados. El
número de víctimas que se han cobrado los movimientos separatistas y
religiosos y las guerras civiles, se calcula que asciende a más de
cuatro millones de vidas, cifra que supone toda la población del estado
de Louisiana o todo Israel.
Cuando se
incluye el conflicto del Tíbet, las pérdidas de vidas humanas ascienden
al menos a otro millón, y posiblemente más aún.
|
ZONAS DE
TENSIONES GLOBALES A PRINCIPIO DEL TERCER MILENIO
|
Lugar |
Descripción del conflicto |
Pérdidas de
vidas* |
|
Bosnia
/Herzegovina
Kosovo |
Oposición
servia a la independencia bosnia
Lucha de los
kosovares por la independencia |
200.000+
2.000+ |
|
Irlanda del Norte |
Violencia sectaria |
3.200 |
|
Haití |
Guerra civil
que condujo a un golpe de Estado |
¿? |
|
Chechenia |
Los
musulmanes luchan contra los rusos por la
independencia |
40.000 |
|
Sri Lanka |
Los tamiles
luchan contra los cingaleses desde 1983
|
56.000 |
|
Ruanda
|
Lucha de la
mayoría hutu contra la minoría tutsi
|
800.000+ |
|
República
del Congo |
Guerra civil |
10.000+ |
|
Somalia |
Guerra civil |
300.000+ |
|
Sudán |
Musulmanes contra cristianos |
1,9 millones |
|
Angola |
Guerra civil |
1 millón |
|
Sierra Leona |
Guerra civil |
3.000 |
|
Liberia |
Guerra civil |
250.000 |
|
Argelia |
Guerra civil |
65-80.000 |
|
Turquía |
Guerra civil |
37.000 |
|
Tíbet |
Conflicto
entre China y Tíbet |
1 millón
|
* Estadísticas del primer
trimestre de 1999. |
¡Estas
estadísticas describen algo muy distinto a un mundo pacífico! Sin
embargo, hasta finales de los noventa, estos conflictos parecían
localizados y, aunque trágicos, no eran tan importantes en la vida
cotidiana del mundo occidental. No obstante, los acontecimientos que
tuvieron lugar a finales de 1998 y en 1999, cambiaron nuestra visión al
traernos los medios de comunicación, a nuestros hogares y aulas, los
conflictos regionales de un modo como jamás habíamos visto antes.
Además,
situaciones como la ruptura de las negociaciones de paz entre Israel y
el Estado de Palestina, las continuas tensiones en Irlanda del Norte y
un repentino salto de la tecnología nuclear china contribuyen a lo que
muchos expertos creen que son los precursores de conocidas profecías que
están tomando posiciones para una tercera guerra mundial. El propio
número de conflictos supone ya una amenaza para la estabilidad global,
que se conviene en una posibilidad cada vez más real a medida que
aumentan las tensiones.
VISIONES DE GUERRA
En las antiguas profecías abundan las visiones de caídas de los
Gobiernos del milenio, seguidas de un tiempo de guerra
especialmente horrible y extendida. El apóstol Mateo, por ejemplo,
hizo referencia a nuestro momento en la historia como una época en que,
«oiréis
[estruendos] de guerras y rumores de guerras... Porque se levantará
nación contra nación y reino contra reino»
(Mt
24,6-7).7
Con
frecuencia se han dado una serie de interpretaciones respecto a la causa
y naturaleza del resultado de este tipo de profecías.
Muchos
profetas han visto el nacimiento del tercer milenio como la época donde
se producirán, desde la escasez de recursos naturales como el agua y el
petróleo, desacuerdos sobre tierras fértiles, hasta una guerra entre las
grandes potencias del planeta de una magnitud sin precedentes. Un tema
casi universal de conflicto está siempre presente en las predicciones de
finales de siglo, desde las visiones de Edgar Cayce y
Nostradamus hasta aquellos profetas menos conocidos como el obispo
Christianos Ageda y un vidente bávaro llamado
Matthias Stormberger.
Nacido en el siglo XVIII, Stormberger demostró una destacada
precisión en sus profecías del mundo del siglo XX. Entre sus,
predicciones se hallaban los detalles sobre un conflicto que se
convirtió en la Segunda Guerra Mundial, la Gran Depresión y una tercera
adversidad, otra guerra mundial:
«Tras la
segunda gran lucha entre las naciones vendrá una tercera conflagración
universal, que será decisiva. Habrá armas totalmente nuevas. En un día
morirán más seres humanos que en ninguna de las anteriores guerras
juntas. Se producirán grandes catástrofes».8
Lo que es
especialmente interesante en la visión del futuro de Stormberger es su
comentario -de que la guerra llegaría por sorpresa para muchos. Ve que
aquellos que sí se dan cuenta de lo que está sucediendo son incapaces de
compartir sus revelaciones:
«Las
naciones de la Tierra entrarán en estas calamidades con los ojos
abiertos. No serán conscientes de lo que está sucediendo, y los que sí
lo sepan y hablen serán silenciados. La tercera gran guerra supondrá el
fin de muchas naciones».9
Stonmberger no aclara si el final de las
naciones se deberá a que habrán sido absorbidas por otras potencias o a
la devastación provocada por el nuevo armamento.
En algunas dé sus cuartetas más claras, Nostradamus describe su
visión de la guerra del milenio como que esta tendría lugar en el año
2000. En la Centuria X, cuarteta 74, escribe:
«En el año
en que se complete el gran séptimo [2000], habrá un tiempo de matanzas
cercano al comienzo del gran milenio... ».10
Recordando
los cientos de miles de refugiados que se vieron obligados a huir de los
Balcanes en los últimos años del segundo milenio, el obispo
Christianos Ageda predijo en el siglo IV una época en que,
«habrá
guerras y furia que durarán mucho tiempo; provincias enteras serán
evacuadas de sus habitantes, y algunos reinos se verán sumidos en la
confusión». 11
En un
documento que pasó a ser conocido como la Profecía de Varsovia,
un monje polaco del siglo XVIII describía una gran guerra como un tiempo
de,
«nubes
envenenadas y rayos que queman con más profundidad que el sol del
Ecuador; ejércitos que marcharán recubiertos de hierro; barcos voladores
cargados de temibles bombas y flechas, y estrellas voladoras con fuego
sulfúrico que exterminarán ciudades enteras en un instante ».12
En los
anteriores ejemplos podemos ver una clara similitud en todas las
profecías que describen una época de tragedia, guerra y muerte. Aunque
estas profecías, sin duda, están abiertas a interpretaciones, el hecho
de que prácticamente todos los grandes sistemas de creencias vean que
estas se están cumpliendo en esta era implica que deberíamos examinar
detenidamente nuestra situación actual. La clave-para leer estas
afirmaciones proféticas, algunas de ellas tan antiguas como el poema
épico hindú Mahabharata, * es que sólo representan posibilidades,
descripciones de hechos que todavía no se han producido.
* El
Mahabharata, que se utiliza para enseñar las tradiciones hinduistas, se
compone de aproximadamente 100.000 pareados que describen el dharma o la
acción correcta.
Anteriormente ya hemos hablado de cómo se podían haber inspirado los
detalles de estos relatos siglos antes de que se produjeran. Además, los
comentarios han aportado un contexto dentro del cual podemos contemplar
estas y otras predicciones como visiones de una vasta gama de posibles
futuros. En lugar de despreciar estas visiones calificándolas de «locura
del milenio» o «jerga apocalíptica», puede que lo mejor sea preguntamos
qué es lo que podemos aprender de ellas.
En medio de la ambigüedad de las antiguas profecías y predicciones, una
cosa sigue siendo cierta. Durante cientos de años, y en algunos casos
miles, los antiguos profetas vieron algo en nuestro futuro que los
impactó. Tanto si la profecía fue hecha hace 50 como 2.500 años, las
visiones de los profetas siguen siendo notablemente parecidas. Con las
palabras de su tiempo, describieron sus experiencias intentando prevenir
las tragedias de sus visiones.
Nosotros
tenemos la oportunidad de reconciliar los acontecimientos actuales y
determinar el papel y la viabilidad de las antiguas visiones en nuestra
vida moderna. Hemos de cuestionarnos si las condiciones que tenemos en
nuestro mundo actual propician las visiones de otros tiempos. De ser
así, quizá nuestro tiempo sea el momento en que «todo secreto será
revelado»,13 y cuando al fin apliquemos nuestra tecnología
olvidada de la oración para redirigir las antiguas visiones de tragedia
y sufrimiento.
ORACIÓN MASIVA Y
SEMILLAS DE MOSTAZA
Además de las predicciones escritas de los antiguos profetas, las
condiciones que preceden a un tiempo de grandes guerras se conservan en
la tradición oral de muchos pueblos amerindios. Quizá los
acontecimientos que preparan el camino para semejante tragedia estén
mejor resumidos por el propio pueblo de la paz, los hopi.
En una
parte de su profecía nativa, los hopi nos recuerdan elocuentemente que
cada vez que la humanidad se aparta de las leyes naturales que afirman
la vida en este mundo, nuestras elecciones se reflejan en nuestra
sociedad y en los sistemas naturales que nos rodean. A medida que el
corazón y la mente de los seres humanos se separan tanto que se olvidan
de su mutua existencia, la Tierra actúa para recordarnos nuestros
mayores atributos.
«Cuando
los terremotos, las inundaciones, los granizos, las sequías y las
hambrunas se conviertan en algo habitual, habrá llegado el momento de
regresar al auténtico camino.»
Además de
ofrecer los signos de ese tiempo, las tradiciones de los hopi van aún
más lejos, recomendando una forma de actuar que haga que el corazón y la
mente de las personas vuelvan a alinearse con la Tierra.
Aunque engañosamente simple, la profecía nos recuerda que «cuando se
utilicen la oración y la meditación en lugar de confiar en nuevos
inventos que crean más desequilibrio, entonces también ellos [los seres
humanos] hallarán el verdadero camino».14 Las palabras de los
hopi nos sirven de simples recordatorios del principio cuántico que
afirma que para cambiar el resultado de los acontecimientos que ya están
en curso, tenemos que cambiar nuestras creencias respecto al propio
resultado. Al hacerlo, atraemos la posibilidad que coincida con nuestra
nueva creencia y liberamos las condiciones actuales, incluso las que ya
están en camino.
Los últimos estudios sobre los efectos de la oración aportan una
nueva credibilidad a las antiguas proposiciones que sugerían que
podríamos «hacer algo» respecto a los horrores de nuestro mundo, tanto
en el presente como en el futuro. Estos estudios se suman a un creciente
número de pruebas, que indican que las oraciones con un propósito,
especialmente las que se realizan a gran escala, tienen un efecto
predecible y verificable sobre la calidad de vida en el momento de la
oración.
Hay una
serie de estudios, apoyados en datos estadísticos sobre los cambios
producidos en la vida cotidiana cuando se estaban ofreciendo oraciones,
como es el caso de delitos específicos y accidentes de tráfico, que han
demostrado que existe una relación directa entre las oraciones y las
estadísticas. En las épocas en que se reza, las estadísticas bajan.
Cuando las oraciones terminan, los datos estadísticos vuelven a subir
hasta los niveles anteriores.
Los
científicos sospechan que la relación entre la oración masiva y la
actividad de las personas en las comunidades se debe a un fenómeno que
se conoce como el efecto de campo de la conciencia. Al igual que la
descripción de Joseph sobre la salvia, en que la experiencia de una
planta afecta a todo el campo, los estudios con muestras específicas de
la población parecen confirmar esta relación. Dos científicos, que se
considera que han desempeñado un papel primordial en el desarrollo de la
psicología moderna, hicieron referencia claramente a tales efectos
observados en los estudios, hace casi cien años.
En un ensayo publicado originalmente en 1898, por ejemplo, William
James sugiere que,
«existe un
continuo de conciencia que une a las mentes individuales, que se podría
experimentar directamente si el umbral psicofisico de la percepción se
bajara lo suficiente mediante el refinamiento del sistema nervioso».15
El ensayo
de James era una referencia moderna a una zona de la conciencia, dentro
de un plano de la mente universal, que se encuentra en toda forma de
vida. Al usar las cualidades específicas del pensamiento, el sentimiento
y la emoción, podemos conectar con esta mente universal y compartir sus
beneficios. El propósito de muchas oraciones y técnicas de meditación es
precisamente alcanzar esa condición.
En el
lenguaje de su tiempo, las antiguas enseñanzas nos indican que existe un
campo de conciencia similar, al que se puede acceder por métodos
parecidos. La tradición védica, por ejemplo, habla de un campo de
«conciencia pura» unificado que impregna toda la creación.16 En estas
tradiciones, nuestras experiencias del pensamiento y de la percepción
son contempladas como obstáculos, interrupciones en lo que de otro modo
sería un campo inmutable. Al mismo tiempo, gracias a nuestra práctica de
dominar la percepción y el pensamiento podemos hallar la conciencia
unificadora como individuos o como grupo.
Aquí es donde la aplicación de tales estudios resulta crucial en
nuestros intentos por conseguir la paz mundial. Si vemos el conflicto,
la agresión y la guerra en el mundo exterior como indicativos de estrés
en nuestra conciencia colectiva, entonces el alivio del estrés colectivo
también eliminaría las tensiones globales. Según Maharishi Mahesh
Yogui, fundador de la Meditación Trascendental (MT),
«Todos los
actos de violencia, negatividad, crisis conflictivas o problemas en
cualquier sociedad no son más que una expresión del aumento del estrés
en la conciencia colectiva. Cuando el nivel de estrés es lo
suficientemente alto, estalla una gran escalada de violencia, guerra y
sublevación civil, para lo cual se requiere la intervención militar».
La belleza
del efecto de campo es que cuando se alivia el estrés en un grupo, los
efectos se registran fuera del mismo, en un área aún mayor. Este es el
pensamiento que condujo a estudiar los efectos de la meditación y
oración practicada por grandes grupos de personas durante la guerra
israelí-libanesa a principios de los ochenta.
En el mes de septiembre de 1983, se realizaron estudios en Jerusalén
para explorar la relación entre oración, meditación y violencia.
Aplicando las nuevas tecnologías para probar una antigua teoría,
colocaron a personas que habían practicado las técnicas de la MT,
consideradas por los investigadores sobre la oración como un modo de
oración, en lugares estratégicos dentro de Jerusalén durante el
conflicto con Líbano. La finalidad del estudio era determinar si la
reducción del estrés en esos lugares concretos se reflejaría en un
descenso de la violencia y de la agresividad a nivel regional.
Los estudios de 1983 eran posteriores a otros experimentos que indicaban
que bastaba con que un uno por ciento de una población practicara formas
unificadas de oración y meditación por la paz para que se redujera el
índice de criminalidad, accidentes y suicidios. Los estudios realizados
en 1972 demostraron que , 24 ciudades estadounidenses, cada una de ellas
con poblaciones de más de diez mil personas, experimentaron una
reducción estadísticamente comprobable de la delincuencia cuando tan
sólo un uno por ciento (cien personas por cada diez mil) de la población
participó de alguna forma en la práctica meditativa.17 Esto se conoció
como el «efecto Maharishi».
Para determinar de qué modo ciertas formas de meditación y de oración
podrían influir en la población general en el estudio israelí, la
calidad de vida se definió mediante un índice estadístico basado en el
número de incendios, accidentes de tráfico, delitos, fluctuaciones en el
mercado de valores y en el estado de ánimo de la nación. En el momento
álgido de los experimentos, 234 participantes meditaron y oraron, una
mínima fracción de la población de todo Jerusalén. Los resultados del
estudio mostraron una relación directa entre el número de participantes
y el descenso de la actividad en las distintas categorías de la calidad
de vida. Cuando el número de participantes era elevado, el índice de
incidencias en las categorías citadas descendía. Los crímenes, incendios
y accidentes aumentaron cuando el número de personas que oraba se
redujo. 18
Estos estudios demostraron una alta correlación entre el número de
personas que oraban y la calidad de vida en los lugares vecinos. En
estudios similares llevados a cabo en centros urbanos importantes de
Estados Unidos, India y Filipinas, se observaron correlaciones
semejantes. Los datos de estas ciudades entre 1984 y 1985 confirmaron
descensos en los índices de delincuencia que «no podían ser debidos a
tendencias o ciclos de criminalidad, o a cambios en las políticas o
procedimientos policiales».19
LA COSECHA ES
COPIOSA, AUNQUE ESCASOS LOS LABRADORES
Durante siglos, profetas y
sabios han sugerido que si una décima parte de un uno por ciento de la
humanidad colaborara en un esfuerzo unificado, se podría cambiar la
conciencia del mundo entero. Si esas cifras son exactas, entonces un
número sorprendentemente reducido de personas podría plantar las
semillas de grandes posibilidades. En estos momentos se calcula que la
población del planeta asciende a aproximadamente seis mil millones de
habitantes; un uno por ciento de nuestra familia global serían sesenta
millones de personas, y una décima parte de ese número, alrededor de
seis millones. Seis millones de personas representan escasamente tres
cuartos de la población de Los Ángeles
Aunque estas estadísticas puedan representar un número óptimo para
producir un cambio, ¡los estudios de Jerusalén y de otros grandes
centros urbanos dan a entender que las cifras para iniciar semejante
cambio pueden ser aún menores! Los estudios indican que los primeros
efectos de la meditación u oración masiva fueron observables cuando el
número de participantes en las oraciones era superior a la raíz cuadrada
del uno por ciento de la población.20 ¡En una ciudad de un millón de
personas, por ejemplo, este valor representa sólo cien personas!
Aplicar los descubrimientos localizados en las ciudades donde se han
realizado las pruebas a una población mayor a escala mundial, puede
suponer la obtención de poderosos e inesperados resultados. ¡La raíz
cuadrada de un uno por ciento de la población del planeta, que
representa sólo una fracción de los cálculos antiguos, supone únicamente
una cifra inferior a ocho mil personas! Con la llegada de Internet y las
comunicaciones informatizadas, organizar meditaciones u oraciones
coordinadas que sean seguidas por un mínimo de ocho mil personas es
bastante viable. Como es natural, esta cifra representa sólo el mínimo
requerido para que empiece el efecto, una especie de umbral. Cuanto
mayor sea el número de participantes, más se acelerará el efecto. Estas
cifras nos recuerdan las antiguas admoniciones en las que nos decían que
unas pocas personas pueden provocar un cambio en el mundo.
Quizás esta sea la «semilla de mostaza» de la parábola que Jesús utilizó
para demostrar la cantidad de fe requerida a sus seguidores. Respecto a
esta fe, en el Evangelio se nos recuerda que «la cosecha es copiosa,
aunque escasos los labradores». Con las pruebas de semejante potencial,
¿cuáles son las implicaciones de dirigir este poder colectivo hacia los
grandes retos de nuestro tiempo? Quizá ya hayamos presenciado el efecto
de estas elecciones globales en ejemplos como la oración por la paz la
víspera de la acción militar contra Irak en el mes de noviembre de 1998.
PENSAR LOS
PENSAMIENTOS DE LOS ÁNGELES
Eruditos, investigadores y científicos han identificado las condiciones
que creen que precipitarían desastres de proporciones catastróficas bien
entrado el siglo XXI. Una combinación de política, cambio social y
patrones climáticos destructivos ya se han cobrado las vidas de cientos
de miles de personas, principalmente mujeres y niños, a finales del
siglo XX. Aunque se están realizando esfuerzos bienintencionados para
aliviar las condiciones actuales, estos en el mejor de los casos han
dado resultado sólo temporalmente
En lugar de contemplar los tratados políticos y soluciones militares
como respuestas, quizás ahora sea el momento de reconocerlos como
puentes para una nueva forma de pensamiento. Parece que hemos alcanzado
un momento crítico en la evolución de los Gobiernos y de las naciones,
cuando el patrón de las exigencias seguido de la fuerza sencillamente no
funciona como antes, ni tan siquiera como hace cincuenta años. El uso
inteligente de la fuerza puede servirnos en casos aislados de breve
duración.
Cada vez
que aplicamos un vendaje militar, es como colocar nuestro dedo sobre una
raja en la estructura de un globo lleno de agua. Lo que parece ser un
«arreglo» para una parte del globo, se convierte en una protuberancia en
otro lugar del mismo. Esto es justamente lo que está sucediendo en el
escenario de la política global. Para cambiar las situaciones que
propician la guerra, la opresión y el sufrimiento de las masas, hemos de
cambiar la forma de pensar que ha permitido que aquellas se produjeran.
Vivimos en un mundo de consentimiento colectivo. Las condiciones que
propician la guerra y el sufrimiento a gran escala reflejan los
elementos que hacen posibles tales condiciones a pequeña escala. Una
veces conscientemente y otras no, consentimos expresiones de la voluntad
de nuestro grupo de modos que jamás habríamos sospechado. En planos en
que ni siquiera somos conscientes, nuestros pensamientos, actitudes y
acciones diarias entre nosotros, contribuyen a las creencias colectivas
que aceptan las guerras y el sufrimiento en el mundo.
Por ejemplo, la creación de una mentalidad bélica de estar a la espera y
prepararse para el conflicto en nuestro internacional mundo sólo puede
suceder si permitimos este tipo de conflictos en nuestra vida personal.
En la medida en que vivimos episodios individuales de adoptar una
«actitud defensiva» en los romances o en las relaciones personales, de
«burlarnos» de los demás en la escuela y de crear estrategias para
«estar por encima» de nuestros compañeros de trabajo y de la
competencia, la física cuántica nos recuerda que estas expresiones
individuales de nuestras vidas preparan el camino para expresiones
similares, de magnitud muy amplificada, en otro tiempo y lugar.
Para
conocer la paz en nuestro mundo, hemos de convertirnos en paz. Desde la
perspectiva cuántica, no tiene mucho sentido empujar a los demás con
impaciencia para poder aparcar, o ir haciendo maniobras salvajes de
adelantamiento o cerrando el paso a otros vehículos, en nuestra
desenfrenada carrera por la ciudad para asistir a un mitin en pro de la
paz mundial.
La sutileza de este concepto la vi todavía más clara en los momentos
finales de una entrevista que me hicieron poco después de que comenzara
la crisis de Kosovo a principios de 1999. En una emisora de radio que se
escuchaba por todo Estados Unidos, el moderador nos había dedicado
amablemente la primera hora del programa en directo para que
desarrolláramos conceptos y ofreciéramos alguna pincelada sobre la
teoría de la posibilidad, antes de que empezaran las llamadas con
preguntas.
Acababa de
terminar la descripción de los conceptos cuánticos sobre la
multiplicidad de resultados y el poder de la oración para elegir nuestro
futuro, cuando hubo una llamada. Tras presentar a la persona que
llamaba, nuestro anfitrión invitó al caballero que estaba al otro lado
del aparato a que formulara su pregunta.
Después de
elogiar la entrevista y el programa, empezó con su pregunta.
--Gregg,
entiendo lo que has dicho sobre el poder de la oración y cómo cuando
muchas personas rezan juntas esta tiene un mayor efecto que cuando se
realiza individualmente y sin coordinación. Ahora bien -prosiguió-, mi
pregunta es, ¿por que no organizas una vigilia y utilizamos el poder de
la oración para provocarle un ataque al corazón al dictador responsable
de todos estos problemas en Europa del Este?
Se produjo
un incómodo silencio en el ambiente, mientras tanto el moderador como yo
nos recuperábamos de la pregunta.
--Supongo
que esta pregunta es para mí -dije rompiendo el silencio.
--Toda tuya, Gregg -respondió el moderador.
--Quitar la vida a un líder político, aunque sea para detener la
violencia en su país, supone perder el propósito del poder de la
oración. Es justamente esta forma de pensar la que ha permitido las
atrocidades de la guerra -respondí-. Aunque podamos engañamos pensando
que cobrándonos una vida se ha resuelto el problema inmediato, en algún
lugar, en otra parte del mundo, veremos las consecuencias de nuestras
acciones, posiblemente de formas que jamás podríamos esperar. La oración
trasciende la imposición de nuestra voluntad sobre los demás. Mediante
el empleo de nuestra ciencia del sentimiento para atraer nuevas
posibilidades a una situación existente, la oración representa nuestra
oportunidad de convertirnos en algo más que en esos ciclos.
--Creo que
entiendo lo que dices -respondió-. No lo había pensado desde ese punto
de vista. Quizá, en lugar de matarle, bastaría con herirle. ¡Quizás eso
resolvería el problema!
El
moderador interrumpió con un anuncio, tras el cual tuve la oportunidad
de resumir nuestra entrevista y cerrar el programa. Durante el resto de
la tarde y varios días después, pensé en la persona que había llamado y
en el sufrimiento que debía haber en su vida para llevarle a tales
conclusiones. Aunque creo que su pregunta representa un punto de vista
extremista, al mismo tiempo esta persona era un ejemplo de hasta qué
punto está enraizado el pensamiento bélico en nuestra cultura.
¿Por qué
nos sorprendemos de las matanzas en nuestros hogares, trabajos y
escuelas cuando estamos de acuerdo con esa misma forma de pensar a mayor
escala en nombre de la paz?
Tanto si vemos nuestro mundo desde la perspectiva de las antiguas
tradiciones como de la física cuántica, se nos invita a que cambiemos
por completo nuestra forma de pensar respecto al modo en que hemos
enfocado los conflictos en el pasado. Ambos paradigmas, la ciencia y la
filosofía antigua, nos recuerdan que no pueden existir el «nosotros» y
el «ellos». Sólo hay «nosotros», y sin embargo, hemos desarrollado las
condiciones en las que es eficaz imponer nuestra voluntad e ideas de
cambio en la vida de los demás.
Si echamos
una mirada a los conflictos anteriormente mencionados, nos daremos
cuenta de que, aunque estas soluciones parecían haber funcionado en el
pasado, probablemente nos han conducido a una época en que tengamos que
reconocer nuevas opciones en lugar de soluciones duraderas. Cuando
elegimos honrar la vida en cada una de nuestras acciones cotidianas,
somos testigos del poder de nuestras elecciones para acabar con la
guerra y dejar obsoleta la agresividad.
Con frecuencia se ha hecho referencia a la oración como a una acción
pasiva. Muchas veces me han preguntado qué es lo que «realmente estoy
haciendo» respecto a una crisis concreta en el mundo. En estos casos, la
oración se ha visto como algo secundario a «estar haciendo algo». Desde
la perspectiva de las antiguas tradiciones que ahora cuentan con el
apoyo de las investigaciones modernas, nuestra capacidad para contactar
con las fuerzas del cosmos, para elegir nuestro camino por el tiempo y
determinar el curso de nuestra futura historia, puede que sea la fuerza
más sofisticada y poderosa con la que esté bendecido nuestro mundo.
La oración es una fuerza de la creación concreta, directiva y
mensurable. La oración es real. ¡Orar es hacer algo! ¿Qué más podemos
hacer? Las soluciones del pasado nos están fallando en el presente. La
oración es el acto de volver a definir los fundamentos del odio, la
violencia étnica y la guerra. La acción simplemente tiene lugar de un
modo muy distinto a la idea de «hacer» que teníamos en el pasado. ¿Es
posible que sea tan fácil? ¿Es posible que para reflejar la paz de
nuestros corazones en la realidad de nuestro mundo, sencillamente se nos
esté pidiendo que elijamos esa realidad sintiendo que el resultado ya se
ha producido? A los ojos del mundo, los recientes acontecimientos
parecen damos la razón.
A las puertas del siglo XXI, estamos en el umbral de una época en que la
supervivencia de nuestra especie puede depender de nuestra capacidad
para combinar nuestras ciencias internas y externas. Mientras volvemos a
definir nuestras afiliaciones políticas, alianzas militares y las
fronteras de las naciones, el poder de la oración masiva no debe
menospreciarse. Las implicaciones de aplicar nuestra tecnología de la
oración a escala global quizá sean de inmensas e inconmensurables
proporciones. ¡Nuestra vida supone un momento muy especial en que, quizá
por primera vez en la historia, podemos determinar el resultado del
momento!
Los
esenios, al trascender la ciencia, la religión y las tradiciones
místicas, nos dan a entender que es en este momento de la historia,
mediante la utilización de nuestra ciencia perdida de la oración y de la
profecía, cuando la sanación llegará a todos los seres, los encarnados y
los desencarnados, y que la paz prevalecerá en todos los mundos. Durante
nuestra generación, los habitantes de la Tierra conocerán todos los
secretos de los «ángeles del cielo».
Sin juzgar los acontecimientos cotidianos como buenos o malos, correctos
o incorrectos, nos dicen que adoptemos una nueva visión, una opción
superior en respuesta al horror de tales acontecimientos. Si los
principios de la oración y la paz son válidos, entonces el dolor de los
habitantes de África, de los Balcanes, de Oriente Próximo y de cualquier
otro lugar donde sufran los seres humanos es también nuestro
padecimiento.
Los antiguos
secretos de la sanación nos recuerdan que todos somos uno. Cuando
aliviamos el sufrimiento de los demás, también aliviamos el nuestro.
Cuando amamos a los demás, nos amamos a nosotros mismos. Cada hombre,
mujer, niño y niña de este mundo tiene el poder de crear una nueva
posibilidad, de cambiar la forma de pensar que permite el sufrimiento.
Nuestros antepasados nos prepararon para este momento. Tenemos la
oportunidad de elegir un nuevo camino ante los retos que parecen ir en
aumento diariamente. Se nos insta a pensar y a actuar en nuestro mundo
como lo hacen aquellos que están en los cielos. Al hacerlo, despertamos
una tecnología olvidada del sueño de nuestra memoria colectiva y, por
fin, traeremos las cualidades del cielo a la tierra.
Los eruditos de Qumrán, con las palabras propias de su tiempo,
registraron las enseñanzas de sus grandes maestros conservadas para
momentos como este, donde el ánimo de nuestros ancestros nos da la
fuerza para vivir y amar en este mundo, un día más. Se nos recuerda que,
«elevar
nuestros ojos al cielo, cuando los de los demás miran al suelo, no es
fácil. Adorar los pies de los ángeles cuando los demás veneran la
fama y el dinero no es fácil. Pero quizá lo más difícil de todo sea
pensar los pensamientos de los ángeles, hablar las palabras de los
ángeles, y actuar como lo hacen los ángeles».
FINALES
La historia captó mi atención momentos antes de que empezara la primera
noche de un seminario que duraría tres días. Durante la mayor parte de
la tarde había estado pensando cómo comenzar el programa de ese día.
Aunque tenía bastante claro lo que iba a hacer tras la inauguración,
justamente era la introducción lo que todavía suponía un misterio. En
esos momentos de incertidumbre, cuando parece que las soluciones
razonables sólo son tenues destellos de posibilidades distantes, he
descubierto que generalmente falta una pieza en el rompecabezas, algo en
lo que todavía no he caído. Mi confianza en ese sentimiento y la certeza
de que siempre han de suceder más cosas, con frecuencia toman los
angustiosos momentos de pánico en una extraña calma.
Entré en el comedor de nuestra casa y abrí un gran sobre que me había
llegado por la mañana. Contenía varios relatos de triunfos humanos, uno
de los cuales me emocionó tanto que me encontré secándome las lágrimas
de la cara antes de haber terminado de leer la historia. Más tarde, ese
mismo día, la compartí en directo ante una audiencia de varios cientos
de personas. Esta tuvo el mismo efecto en ellas. El relato que me había
llegado ese día describía un incidente que tuvo lugar en los Juegos
Olímpicos Especiales de 1998.
Los Juegos Olímpicos Especiales se organizaron para brindar una
oportunidad a niños y adultos de disfrutar juntos de una competición
amistosa. Lo que distingue a estos juegos es que cada persona compite
con el hándicap de las condiciones mentales o físicas que les impiden
participar en los Juegos Olímpicos internacionales que acaparan la
atención del mundo cada cuatro años. Este artículo era la historia de
nueve niños que se hicieron amigos durante su estancia en el campus
olímpico de 1998.
Una mañana coincidió que todos competían juntos en la misma pista y en
la misma prueba. Al sonido del disparo inicial, se lanzaron a alcanzar
la meta que se encontraba en el otro extremo de la pista. Fue un niño
que padecía el síndrome de Down el que hizo que este relato fuera tan
especial. Mientras los otros competidores avanzaban por la pista
utilizando todos sus medios para llegar a la meta, este niño redujo la
marcha y miró hacia la línea de salida. Vio que uno de sus compañeros se
había caído al principio de la carrera y estaba intentando levantarse.
El niño
del síndrome de Down se detuvo de pronto, se dio la vuelta y se dirigió
hacia su amigo. Uno a uno, todos los competidores al darse cuenta de lo
que estaba sucediendo, dieron la vuelta y le siguieron, hasta llegar de
nuevo al punto de partida, levantaron a su amigo, se cogieron todos de
los brazos y juntos recorrieron la pista hasta llegar a la meta. En ese
momento, esos nueve niños cambiaron las normas de la competición. Con el
cronómetro todavía marcando, trascendieron los límites del tiempo y del
deporte para crear una experiencia en la que cada uno terminó a su
manera, pero todos a la vez. Para ellos no tenía sentido llegar a la
meta sin los demás.
Esta historia es importante por dos razones. Cada vez que la comparto,
la imagen de los niños abrazados para llegar a la meta evoca una fuerte
emoción, que lejos de provocar tristeza o frustración, las personas
suelen describir como una emoción de esperanza. Esa emoción abre la
puerta a nuevas situaciones en nuestras vidas. Además, esta historia
supone un bellísimo ejemplo de cómo un grupo de jóvenes, con la
inocencia de su amor mutuo, cambiaron el curso de su experiencia, al
aplicar una nueva regla a una situación establecida. A su manera, los
niños de los Juegos Olímpicos Especiales nos recuerdan las grandes
posibilidades que se nos brindan en nuestra vida a medida que nos
adentramos en un peculiar momento de la historia.
Hemos visto que es posible redefinir los parámetros de las profecías
para nuestro futuro. Las pruebas nos recuerdan que nosotros intercedemos
en nuestro propio nombre, cada vez que respondemos a los retos de
nuestra vida diaria. Quizá la mejor forma de demostramos tales
posibilidades sea indagar en la naturaleza de la compasión, del tiempo,
del perdón y de la oración con la visión de nuestros antepasados. Con el
lenguaje de su tiempo, ellos nos recuerdan que en realidad somos uno y,
que por encima de cualquier otra razón, hemos venido a este mundo para
amar.
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