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MI MUÑECA

Entre los cinco de familia,
la única desigual, yo.
Los recuerdos comenzaron a descobijarse cuando recostada en este
diván con imágenes aún abiertas me hicieron mirar el suelo.
Recordé mi niñez, con historias montadas de la familia perfecta y el
marido, qué pondría anillo en mano.
Renuncio a ser adulto, dije con rabia, tú detrás escuchabas ajena,
cruzada de piernas, con la mano en la barbilla y la taza de café
escribías en silencio, mi piel sentía escalofríos, debiste pensar lo
mal que estaba, no dejabas de observarme, sentada en el suelo y con
la cabeza agachada seguí.
Soñaba con la navidad, la cena poca importancia tenía para mí, pues
lo qué realmente esperaba era ver a ese hombre gordo qué metido por
la chimenea cargaba en el saco regalos para los niños buenos, yo era
traviesa, ¡que diferencia! Siempre pensé que la gente duraba un
cielo tan azul, yo obscura conocí las pastillas para dormir.
Al llegar a casa encontré el sillón de papá más hundido que de
costumbre, supe que la despedida era en serio y el “hubiera hecho”
rondo mucho tiempo.
De las despedidas repentinas, esta tuvo reclamo fuerte.
Sin los apapachos, me hacía bolita en
la cama, tapándome con la colcha. Hoy tuve un amanecer donde la
palabra “no” se quedó pegada al paladar.
Quiero explicaciones con lógica, ya basta de hurgar en el
inconsciente para
agregar a tus notas: existe mejoría.
No quiero crecer, volveré a lo de antes. Quiero una muñeca.
¿Serás capaz de ponerla entre brazos y decirme, por hoy hemos
terminado?
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